Los doce trabajos de Heracles: El león de Nemea

El primer trabajo que Euristeo, rey de Micenas, ordenó a Heracles fue traer la piel del león de Nemea, animal indestructible hasta ese momento. El león era hijo de Tifón, un monstruo de cien cabezas de dragón que echaba fuego por ellas. Heracles yendo en busca del león llegó a la ciudad de Cleonas y se quedó en casa de un campesino llamado Molorco. Éste se disponía a inmolar unas ovejas en honor a Zeus, pero antes de que lo hiciera, Heracles le dijo:

—Molorco, buen hombre, voy a cazar al león de Nemea. Si dentro de treinta días regreso sano y salvo de la cacería, dedícale el sacrificio a Zeus como tenías pensado hacer, pero si muero dedícamelo a mí, como héroe.

—De acuerdo, te esperaré. 

Entonces Heracles se despidió de Molorco y se dirigió hacia la ciudad de Nemea en busca del león. Los habitantes de Nemea le dijeron que podría encontrar al león en el bosque y Heracles se fue hasta allí para darle caza. 

En el bosque todo era oscuro y lleno de fieras salvajes y de entre ellas, la más temida, era el león. Heracles buscó y buscó y a los pocos días lo vio cerca de un riachuelo. Entonces, Heracles le empezó a disparar sus flechas y las flechas se clavaban en el cuerpo del león, pero sin matarlo: así de indestructible era. Heracles pensó: «Si no muere por las flechas, lo mataré con la maza» Y sacando la portentosa maza de hierro fue tras el león para acabar con él. El león corrió a través del bosque perseguido por Heracles, y se escondió dentro de una cueva que tenía una abertura de entrada y otra de salida. «Debo cerrar una de las aberturas para que no pueda escapar cuando yo entre» y diciendo esto, Heracles tapó con piedras una de ellas, antes de entrar en la oscuridad de la cueva.

Dentro, vió al león resoplando, nervioso, mirándole y esperándole. Heracles alzó su maza, se abalanzó sobre el animal y empezó a golpearle. Pero los golpes nada le hacían: era un león de duros músculos al que la maza ningún daño podía hacerle tampoco. Entonces, Heracles, encaramado sobre el lomo del animal, le rodeó con el brazo el cuello y apretándoselo fuertemente durante unos minutos, consiguió asfixiarlo. Luego, se echó el animal sobre los hombros y lo cargó de vuelta a la casa de Molorco. 

Allí, encontró a su amigo a punto de sacrificar las ovejas prometidas en su honor porque ya era el día treinta.

—Espera, Molorco, no lo hagas, ya llegué—le gritó a tiempo Heracles— Sacrifica las ovejas en honor a Zeus. No lo hagas por mí.

Y Molorco al ver a su amigo vivo y sano se alegró infinitamente y lo abrazó.

Después Heracles regresó a Micenas al encuentro del rey Euristeo para entregarle la piel del león que le había pedido. Pero Euristeo, que en verdad era muy envidioso y desconfiado, al comprobar que Heracles había sobrevivido a la cacería no quiso recibirlo y mandó a un mensajero a la puerta del palacio a que recogiera la piel que le traía. De esta manera Euristeo empezaría despreciar a Heracles.

David Galán Parro

10 de abril de 2026

Cárceles

Cárceles invisibles por todas partes.

Cárceles próximas o lejanas

que te someten y aceptas;

hombres y mujeres cárceles.

Cárceles, por aquí no, bájate de ahí, .

no toques esto, no te tires pedos, niño.

Cárceles, atiende, estás siempre despistado.

Cárceles ¿qué serás de mayor, niño?

Cárceles, me aburro, papá, cómprame un iphone.

Cárceles, videos con gente hablando alto y claro:

sé tu mejor versión, sé el GOAT, bro, 

sé la chica de sus sueños sin que él se de cuenta.

Cárceles, expositores de carne fresca, pero no te toques.

Cárceles, sé incorrecto, eso gusta, y serás deseado.

Cárceles, sé correcto, asienta la cabeza, y serás querido.

Cárceles, debemos amarnos de alguna manera 

y poner ya una etiqueta a este asunto.

Cárceles, te quiero ¿y tú? ¿cuánto me quieres?

Cárceles, no te oigas a ti mismo, es peligroso,

escúchame, te beneficia, lo digo por tu bien: 

los viejos demonios internos traen problemas.

Cárceles, una vida aquí vale más que millones allá;

cárceles, siempre habrá hambrientos;

cárceles, casas sin gente y gentes sin casas,

pero tú puedes salvarte… ¿fija o variable?

Cárceles, no hay para todos, 

los números no cuadran, 

cerramos fronteras, sé razonable.

Cárceles, terror al cataclismo,

no hay vuelta atrás, es inevitable:

ya están tirando bombas y matando infancia

porque cárceles, ellos saben

cuándo y cómo es ético nacer.

Cárceles, nosotros elegimos tus cárceles ¿queda claro?

porque nuestras cárceles guían y sostienen tu miserable vida.

* * * * *

Al final, el indio muskogui

rompe la ventana del manicomio,

escapa a la luz de la mañana

corriendo libre por el prado 

de regreso al bosque virgen.

Soy el espíritu del hombre 

al que ese indio mató por compasión.

De momento, estoy llorando en la ventana

viendo su huida,  viendo su absoluta victoria...

De momento….

David Galán Parro

9 de abril de 2026

Relajada ignorancia

Al mar le debo un reencuentro.

Ella, que me arrastra a la rutina,

esa tarde se dejó llevar —convencida por fin—

a la orilla del mar.

Estábamos en la arena, mirando las olas, los niños y los bañistas.

«¿Qué sentido tiene estar sin más?» dijo. 

«En cualquier lugar puede ser formulada la misma pregunta» dije yo

«Nada me llama la atención aquí» insistió,

y había cielo y mar y montañas y horizonte y alegría de niños

y el ocaso prodigándose por todas partes.

Entré en las olas y nadé en soledad hacia lo profundo.

Ella no estaba para eso. Las cosas de mujer le excusaban.

No me importó.

Salí y no me había esperado. 

Tampoco me importó.

Al rato, se asomó a la baranda del paseo, 

en ese momento, un río de caras variopintas,

y me ofreció sorbos de un café para llevar,

mencionando lo que le había costado

en tiempo y en dinero: una barbaridad, un abuso.

Entonces dijo: «Nos sentamos en ese banco»

y yo dije —y el era también mío—, 

y en el banco, otra vez frente al mar,

me contó una breve conversación espontánea

con un desconocido en la cafetería.

Me alegró sentirla relajada mientras contaba.

Volvimos a casa 

con arena en el calzado,

con mi bañador húmedo, 

con el frío en las costillas y en los riñones,

y sobre todo, con la rutina rota.

En la cama, las cosas de mujer no importaron.

No hubo orgasmo, 

pero nos reencontramos

con uno de esos momentos bisoños de antaño,

renovado.

Y todo, porque la tarde, el mar y la playa,

impusieron sus sanadoras sendas secretas,

muy lejos de las que por demasiado transitadas, 

se nos habían quedado desgastadas.

El sentido del estar sinsentido 

no se conoce de antemano…

Mejor así: 

esa relajada ignorancia

es la perfecta huida 

de lo que lentamente todo lo mata.

David Galán Parro

5 de abril de 2026

El mar y una vieja mesa

Trabajo de Ramón Galán González

De regreso a casa, y enfrascado en el contenido de uno los últimos trabajos publicados en su blog por Francisco Umpiérrez, De lo abstracto a lo concreto, caminaba yo aquella tarde por la avenida de la Playa de Arinaga, cerca del muelle viejo. Es una zona tranquila que invita a la reflexión. La borrasca daba sus últimos coletazos y el mar se mostraba más vivo y bello que nunca. Me paré frente a él. En estas ocasiones, mejor sentir que pensar. Ahí estaba.  Inquieto, cambiando de forma sin dejar de ser él mismo. Con el poder que le otorga la fuerza de su inmensidad, sepultando con su manto las rocas negras que conforman la orilla a las que, instantes después, dejaba de nuevo emerger para que yo pudiera contemplarlas. Acompañando la estampa, lo oía rugir como un lamento por su eterno e incesantemente ir y retornar, sintiendo sobre mi rostro las diminutas gotas del abanico de espuma que levantaba frente a mí y que el viento transportaba. Y todo ello envuelto en el aroma que desprende el mar cuando hay “tiempo del sur”, en el hablar de los isleños.

En ese instante, mi pensar se unió a mi sentir. En mi memoria hizo acto de presencia la cita de Hegel que Francisco trascribió en su trabajo con el fin de rebatir las afirmaciones de Manuel Sacristán sobre el riguroso pensador alemán al que atribuía vaguedad e imprecisiones en la exposición de sus ideas. La cita de Hegel dice literalmente así:

“El contenido concreto de la certeza sensible hace que este se manifieste de un modo inmediato como el conocimiento más rico e incluso como un conocimiento de riqueza infinita a la que no es posible encontrar límite si vamos más allá en el espacio y en el tiempo en que se despliega, como si tomásemos un fragmento de esta plenitud y penetrásemos en él mediante la división. Este conocimiento se manifiesta, además, como el más verdadero, pues aún no ha dejado a un lado nada del objeto, sino que lo tiene ante sí en toda su plenitud”.

         Así tenía yo el mar ante mí: en toda su plenitud.

Poco después reinicié mi paseo. Llegando a casa, y entre dos contenedores de basura, vi una mesa que alguien habría depositado en la basura cuando ésta dejó de serle útil. En un primer momento, sentí indignación al comprobar cómo parte de la ciudadanía ensucia el paisaje urbano. Para algo están los “puntos limpios”. Después centré mi atención en la mesa. De madera, color miel, su tablero circular, con una única base central rematada por cuatro pequeñas patas, dos de las cuales estaban partidas. Los basureros son los cementerios de las mercancías cuando estás dejan de ser útiles.

Viendo la mesa, mi pensamiento se llenó de preguntas:

¿De qué bosque, de qué especie de árbol, de qué árbol individual salió la madera? ¿En qué carpintería o fábrica se construyó? ¿Quiénes y cuántos fueron los trabajadores que participaron en elaborarla? ¿Qué herramientas utilizaron? ¿Cuántas horas de trabajo emplearon? ¿Una vez terminada, cuántos días permaneció almacenada a la espera de su venta? ¿De qué lugar vino?  ¿Cómo fue trasportada hasta la tienda donde fue vendida? ¿Cuál fue su precio de venta? ¿Cuántas “hermanas” semejante a ellas existirían? ¿Cuántas seguiría siendo útiles? ¿Qué lugar de la vivienda ocupó? ¿Qué uso tuvo? ¿En cuántas comidas, cenas y desayunos estuvo presente? ¿Cuántos manteles la cubrieron? ¿Fue encima de ella donde los pequeños de la casa hicieron los deberes del colegio? ¿Qué acontecimientos sociales tuvieron lugar a su alrededor?  ¿Fue un mudo testigo de alguna partida de zanga?

A punto de entrar en casa, de nuevo recordé la cita de Hegel, y pensé que el contenido concreto de la certeza sensible de la mesa no aportaba respuesta alguna a las múltiples preguntas que sobre ella me formulé.

Descubriendo a mamá

Mis primos cargaban el féretro donde iba mamá. La comitiva la formábamos unas treinta personas. El camposanto estaba silencioso y nosotros también. Todo obraba armonizado para mamá. El brazo de Silvia me prendió la cintura; yo, un poco por corresponderle, le pasé el mío por el hombro. Era un último gesto mutuo: entre nosotros se deslizaba ya sin retorno el frío pragmatismo de la ruptura. La tristeza y la culpa me embargaban mientras caminábamos. En mi vida no había hecho otra cosa que intentar cerrar puertas tras de mí, escribir capítulos siempre malogrados. Y la  indiferencia por la suerte de mamá de los dos últimos años era una de esas puertas, uno de esos capítulos.

Delante de nosotros iba Clara. Había viajado desde Irlanda expresamente para despedir a mamá. También sentiría como yo, el no haber hecho nada por recomponer su relación con ella. La idea no me aliviaba. Clara intentaba mantener su falsa fotografía familiar, su mascarada de vida plena en Irlanda. Tres años antes, la crisis la había llevado allá como camarera de hotel; luego, la relación íntima con el gerente, su actual esposo, la había hecho medrar dentro de la empresa; después un hijo con él la había apartado del trabajo—eso convinieron—; y ahora, dos o tres competidoras  andaban socavando el matrimonio. Pronto volvería a España —estaba cantado— y yo preveía que la distancia entre nosotros sería más obscena superada la geografía. Era una tarde gris y caminábamos junto al féretro ¿qué otra cosa podíamos ya hacer por mamá?

Frente al nicho, mis primos descargaron el féretro y lo introdujeron en él. Mamá se perdía definitivamente de vista en el hueco. De fondo, las ramas de los cipreses se oían agitadas por el viento. Una persistente llovizna nos empapaba. El operario iba colocando la lápida mientras yo pasaba revista a los asistentes. Los reconocía a todos. A todos, menos a uno: un señor calvo, con barba, fornido y de baja estatura —de hecho, era el más bajo de la comitiva— de unos sesenta y largos años. Vestía de forma descuidada y llevaba una cazadora vieja con forro de felpa y pantalones vaqueros. Estaba solo y parecía ensimismado. Miré a sus pies y le vi unas zapatillas deportivas gastadas que desentonaban en color y estilo con el conjunto. Luego observé que regularmente se llevaba un pañuelo a la nariz y se sonaba. En sus ojos —a mi alcance estaban— entreví una profunda afectación. A toda vista, parecía un hombre bueno ¿Quién sería? Pregunté discretamente a Silvia y no supo decirme. Cuando el operario terminó el sellado y se fue, Clara agradeció la compañía a los asistentes. Luego, el lugar se fue despejando y quedamos los más allegados; también el desconocido. Seguía solo, pero ahora frente al nicho, mirándolo. Me acerqué a su lado y me presenté.

—Era una gran mujer, su madre —recuerdo que dijo—. La conocí en la parroquia. Llevaba comida y ropa para mucha gente. Fue de gran ayuda.

Siempre atribuí a mamá una escasa vida social. Pero tal vez, tras la muerte de papá y en medio de la soledad extrema, el instinto de supervivencia le llevó a un empeño filantrópico y un orgullo de madre abandonada, a no comunicarnos nada. Por su modo de vestir, deduje que aquel hombre sería uno de los beneficiados.

—También gracias a ella me animé a volver a terapia. Le prometí que cumpliría.

Me pregunté cómo habría mamá conseguido traspasar el trato formal y entrar en aquellas intimidades con él. Fue entonces cuando sentí que en verdad no me despedía de mamá —o de quien yo recordaba como mamá—, sino de una mujer a la que le atribuía una soledad e infelicidad insalvables que no eran más que la proyección de lo que temía en mi ruptura con Silvia. Como se suele decir, mamá «había rehecho su vida», sin miedos ni esperas, pero a espaldas de Clara y de mí, con intereses que no calculábamos y que no eran propios de nuestras urgentes vidas.

El hombre me miró fijamente. Unos hermosos ojos azules parecían a punto de quebrarse. Entonces dijo:

—Yo no podía conocerte ni a Clara ni a ti. Era el trato. No se lo reproches.

Y dicho esto, se despidió y sin mirar atrás enfiló por el camino flanqueado de hierba y flores. No lo volví a ver.

David Galán Parro

8 de marzo de 2026

La búsqueda infinita

Si la piedra no sabe que es piedra

ni el árbol, árbol

ni la hormiga, hormiga

¿por qué le tocó al hombre saberse hombre?

Como individuos ese saber es realidad en estrechos límites;

como especie, posibilidad nunca totalmente realizada, 

un horizonte, una promesa, un anhelo, una llama,… inextinguibles.

¡Infinitas manos, músculos y cerebros

aplicados a cubrir ese camino infinito!

¡Ah, el misterio de la naturaleza 

transformada por y para sí misma,

buscando eternamente su plena conciencia,

buscando ser sujeto y objeto ya uno en forma real!

Por eso, no te confundas, individuo, 

creyéndote decisivo: 

tanto no has puesto.

Eres una partícula de polvo

de la voluntad colectiva y poderosa de la especie

en aquella búsqueda.

Y por eso, no cometas el error,

de sentirte Dios, 

—esa idea pronto superada—

pues nada de lo que alcances

será para la especie

el Todo.

David Galán Parro

7 de marzo de 2026

El topo y el búho

(NOTA: El siguiente texto lo escribí en 1988 a los doce años. Lo presento sin modificar)

Como he de contar había una vez un topo que tenía los ojos negros que la vida no veían.

Viose el pobre cegato en tal maltrecha situación, pues era que a cada tres o cuatro pasos que daba, besaba duro y sucio suelo en donde contaba estrellas una a una y dolores y más dolores llegaban y se iban de su cabeza.

Ya harto de su desdicha decidió ver al cuervo oculista de quien seguramente arreglásele su problema ciego.

—Este problema se le presenta a los topos en su mayoría —decía el cuervo—, pero tiene arreglo, pues usando estas gafas ya verás que saldrás de tus sufrires —terminó su consejo y de allí salió alegre el topo.

Pues poco después viole el celoso búho que quedole el celo por las gafas que el topo usaba. Creía el muy tacaño que con esas mismas gafas contaría mejor su mucho dinero y quiso él también unas parecidas. Visitó también al oculista cuervo…

—Quiero unas gafas que me hagan ver mejor el dinero que tengo —decíale la codicia.

—Estas le servirán —aconsejole el cuervo.

—No. Éstas son borrosas.

—Pues éstas… —volvió a decirle.

—No. Veo pequeñas las cosas —optó el búho por la negación.

Así pasáronse horas y horas cambiando y probando gafas que ya casi loco el oculista estaba y quiso éste darle entonces las de la tontuna, las de sin cristales. Y así tomó el búho aquellas con su muy tonto deseo, y tan locamente las deseó que por ellas pagó la mitad de toda su fortuna.

¿Quién no hubiera reído ante semejante estupidez? Y así acaeció que riose más el oculista que un payaso de circo, pues se fue el búho entusiasmado con el creer de las gafas que se hallaban con transparentes cristales. Y bien ganó el cuervo oculista, pues merecido se lo tenía el búho.

David Galán Parro

Los emisarios

¡Quien pudiera volver a ese delicioso reino

que nos salva del peso del ayer y del mañana!

Sus contornos invisibles son inexpugnables murallas

para la incertidumbre y el miedo siempre vigilantes.

A ustedes os vemos, cándidos emisarios 

que hoy nos traéis noticias de aquel reino,

para nosotros, pretérito,

obrando movidos por la perentoria necesidad

de copiar nuestras luchas y querencias

sin ser arrastrados al definitivo abismo

del reino que copiáis y en el que os esperamos.

En el patio del colegio estáis: 

el viento os acuna;

los árboles se postran felices

para daros sombra;

las flores risueñas os miran hermanadas.

¡Larga vida al reino que proclamáis incontestable

en la inmensidad jubilosa de vuestra media hora!

¡Ah, emisarios ligeros que no paráis quietos!

¿Por qué será que en la contemplación serena de ustedes

encontramos siempre una lenta despedida de nosotros mismos?

David Galán Parro

27 de febrero de 2026

Los días contados

A tí, 

que le restas al mundo su cuerpo

a tí, 

que así haces 

para no rendir cuentas

para no sentirte postrado

por las azarosas circunstancias

que escapan a tu control

y a tu entendimiento que todo lo prefija;

a tí, 

que necesitas para tu calma

esa urdimbre de naderías

que no sirven para cubrir

el cuerpo necesitado y famélico

de este mundo real;

a tí, 

que desde tu estrado intelectual,

quieres hecho ese mundo

a imagen y semejanza de tu vana urdimbre;

a tí

que no pararías hasta convertirlo incluso

en una extensión muerta de tu voluntad;

a tí

y a todo el que te siga:

tienen los días contados.

David Galán Parro

15 de febrero de 2026

Soneto XIII: ¿Inútiles cosas?

El castillo de arena de la playa,

el molinillo de papel que gira,

la muñeca que la ternura mira,

el globo leve al que se pincha y estalla;

cosas que dibujan ese otro mundo

en que la infancia dichosa se hospeda,

y donde lo útil en suspenso queda,

para hacer raíz al sentir profundo.

No volverá ese tiempo a estar contigo.

No salvará su milagro tus días.

Has hecho de lo útil un sacro amigo

y has perdido las tiernas alegrías.

Ya sólo te queda la prisa eterna,

la ceguera y la sombría caverna.

David Galán Parro

19 de febrero de 2026