Los doce trabajos de Heracles: la hidra de Lerna

El segundo trabajo que ordenó Euristeo, rey de Micenas, a Heracles iba a ser quizás el más peligroso: matar a la Hidra, una enorme serpiente de agua con nueve cabezas, ocho de ellas, mortales y una, en el centro, inmortal.

La Hidra vivía en el pantano de Lerna, un territorio lleno de manantiales, que sería propicio para la agricultura y la cría de ganado, sino fuera porque cada vez que la Hidra lloraba arrasaba los campos y los animales. Hasta allí, se fue Heracles subido en un carro conducido por su amigo, Yolao.

Cuando ambos llegaron, descubrieron a la Hidra sobre una colina, junto a la fuente de Amimone. Al verles, la Hidra empezó a agitar sus cabezas con violencia, de forma amenazante. Pero ni Heracles ni Yolao parecieron asustarse, de modo que fueron subiendo lentamente por la colina, acercándose al monstruo, que sin más remedio tuvo que huir hacia su madriguera a esconderse. Entonces Heracles tomó su arco y le dijo a Yolao:

—Querido Yolao, unta de brea la punta de mis flechas y préndelas. Haremos que esa bestia salga de su madriguera.

Y así, una vez que Yolao hubo untado de aceite la punta de cada una de las flechas, las fue prendiendo y suministrándoselas a Heracles, quien las ponía en su arco y las disparaba hacia el fondo de la madriguera. Pronto el fuego y el humo comenzaron a crecer dentro, y obligaron salir a la Hidra. Ese fue entonces el momento en que Heracles abalanzándose sobre el monstruo, lo apresó y lo inmovilizó. Éste desesperado en el forcejeo enroscó su cola en una de las piernas de Heracles apretándosela mientras Heracles le golpeaba con su maza las cabezas para aplastárselas. Pero su intento era inútil pues de cada cabeza, inmediatamente después de recibir el golpe, surgían dos. 

—Es imposible acabar con ellas —le gritó Heracles a Yolao, que estaba asustado e inmóvil.

De repente, un enorme cangrejo apareció. Se trataba de Carcino, cangrejo enviado por Hera, reina de dioses, para que ayudara a la Hidra. El cangrejo mordió entonces el pie de Heracles, y éste, sintiendo el dolor, le dio una patada y luego lo aplastó con el talón. 

Mientras, las cabezas seguían duplicándose a pesar de los mazazos de Heracles. Entonces, Yolao que hasta ese momento no había sabido qué hacer, corrió hacia un bosque e hizo fuego en él. Consiguió así algunos tizones y volvió hacia dónde Heracles y la Hidra luchaban. Luego, con los tizones, fue quemando los cuellos de las cabezas aplastadas por la maza de su amigo, evitando que nacieran las nuevas. Evitada así la proliferación cortó la cabeza inmortal, la del centro y la enterró. Puso después encima una pesada roca, cerca del camino que a través de Lerna conducía a la ciudad Eleúnte. Luego, abrió el cuerpo inerte de la Hidra y metió las flechas en su interior.

Cuando Heracles volvió con el cadáver de la Hidra ante la presencia de Euristeo, éste dijo:

—No te hagas ilusiones. Por este trabajo no serás recompensado. No lo has hecho sólo tú. Te ha ayudado Yolao. No es tuya la hazaña.

Así de desagradecido era Euristeo; y así de envidioso.

(basado en la obra Biblioteca mitológico, Apolodoro de Rodas)

Viernes 17 de abril de 2026

David Galán Parro

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