Al otro lado de la luz

Frente a mí, el suelo con torpe dulzura

van tanteando sus bastones llanos.

Una amorosa trenza son sus manos

y ellos, una simétrica figura.

Es lenta la conversación —ya de años—

que sostienen sin darse las miradas,

pues el destino las quiso privadas

de colores, de formas y tamaños.

¿Cómo ha sido entonces su mutuo viaje?

¿Qué rostros, mares, tierras y ponientes

rehuyeron pleno reflejo en sus mentes

y aún así fueron feliz paisaje?

¿Qué hay al otro lado de la luz ciega?

¿Qué dicha conocen y se nos niega?

David Galán Parro

22 de mayo de 2026

La Edad de Oro

Volveremos a ser la raza de oro,

hombres dioses, sin límite y sin dueño,

que celebrarán en la muerte, el sueño

y en el vivir pleno, un mundo indoloro.

Volveremos pero ya sin permiso,

con manos y cerebro empoderados,

los instrumentos más perfeccionados,

lanzándonos a un futuro preciso.

Seremos la áurea raza primera

que tú, humilde Hesíodo, distinguías

joven, pródiga y libre de cuidado.

Llegaremos al fin a tu quimera,

grabada en Los Trabajos y Los Días,

cuando hagamos resurgir lo olvidado.

David Galán Parro

21 de mayo de 2026

Hijos de la Esperanza

El fuego nos descubrió Prometeo

robándolo a Zeus con sagaz justicia;

y una hermosa mujer y su malicia

nos trajo luego, ingenuo, Epimeteo.

Es tiempo de revisar cuenta ahora,

de reparar tal castigo divino:

no es la infamia nuestro eterno destino,

ni sufrir por la jarra de Pandora.

Fuimos para ustedes, un servil juego;

una fecha incierta para el alivio;

los hijos de la atrapada Esperanza;

un caminar torpe a palo de ciego.

No diremos: «¡Hora de la venganza!»

¡No! Pero ya sí, la de no ser tibio.

David Galán Parro

16 de mayo de 2026

Corazones duros

No habrá sombra que dé refugio a ustedes.

No habrá clemencia ni oportunidades.

Serán barridos por nuestras verdades

como el lecho del mar, por crueles redes.

No volverá a vuestras cuatro paredes

el mundo tan preso de iniquidades;

no volverán las esclavas edades,

que nos decían: «vivirás si cedes»

Ya el mundo se alzó, se alzó en rebeldía,

ahíto de delirios decadentes,

de codicia vil, de perpetua orgía.

Y aquí al fin tendidos los libres puentes

resuena en nosotros, hombres futuros:

«¿A qué aún nuestros corazones duros?»

David Galán Parro

12 de mayo de 2026

Cuando yo no esté…

Cuando yo no esté, busca la alegría

en las proas no atracadas en puerto,

en los caminos que aún no hayan muerto,

en los instantes inmensos del día.

Cuando yo no esté, ya siempre confía

en la mirada azul del hombre cierto,

en la palabra en mitad del desierto,

en la urgencia hacia el otro que porfía.

Y así, amor, haz sin mí de esto tu estrella, 

tu hondo horizonte apenas confesado,

tu íntimo viaje quizá incomprendido;

y no mires atrás buscando la huella,

pues poco hay en las arenas del pasado

y nada habrá en las aguas del olvido.

David Galán Parro

10 de mayo de 2026

Yo me pierdo…

Yo me pierdo en estas calles obscenas,

sucias de ruido y furia presurosas,

yo dejo pasar las horas ociosas,

haciendo de este gris paisaje, penas.

Soy el viaje de la sangre por mis venas,

las conexiones mentales, nerviosas;

soy la dispersión de imposibles cosas 

que deseándolas me unen apenas.

Y así ando yo desecho, cual espuma,

cual ola que ya quebrada en la roca,

regresa en su inevitable reflujo

a ser entera, poderosa y loca.

Porque locura es ir sin ti en la bruma

de estas calles en que me desdibujo.

David Galán Parro

9 de mayo de 2026

La Hidra

Ya aquí la Hidra con sus nueve cabezas;

ya aquí por ellos al fin conjurada;

el veneno aquí de su atroz mirada,

aquí su odio, su infundio, sus vilezas.

Proclaman fuerte a su pobre criatura,

pues pobres razones la multiplican,

y por número fácil reivindican

que traiga la Hidra, orden y dictadura.

Se equivocan. Cifran mal nuestra fuerza.

Siempre haremos de la palabra fuego

para en sus cuellos sellar las heridas.

Que a la Hidra el dolor sin fin la retuerza,

que enterrada ya su cabeza, ruego

haga y diga: «¡Aquí adiós mis nueve vidas!»

David Galán Parro

22 de abril de 2026

Los doce trabajos de Heracles: la Hidra de Lerna

El segundo trabajo que ordenó Euristeo a Heracles iba a ser quizás el más peligroso: matar a la Hidra, una enorme serpiente de agua con nueve cabezas, ocho de ellas, mortales y una, en el centro, inmortal.

La Hidra vivía en el pantano de Lerna, un territorio lleno de manantiales, que sería propicio para la agricultura y la cría de ganado, sino fuera porque cada vez que la Hidra lloraba arrasaba todos los campos y los animales del lugar. Hasta allí fue Heracles, subido en un carro, conducido por su amigo Yolao.

Cuando ambos llegaron, descubrieron a la Hidra en lo alto de una colina. Al verles, la criatura empezó a agitar sus nueve cabezas de forma amenazante, sin que ello acobardará a los dos amigos, que lentamente comenzaron a subir por la pendiente. La Hidra entonces asustada huyó a su madriguera y se escondió. Preparando su arco, Heracles dijo:

—Querido Yolao, unta de brea la punta de mis flechas, préndelas de una en una y vete dándomelas. Haremos que esa bestia salga de ahí.

Y así, mientras Yolao suministraba las flechas encendidas a Heracles, éste las iba poniendo en su arco y las disparaba hacia el fondo de la madriguera. 

Pronto el fuego y el humo crecieron dentro, y la Hidra salió. Fue aquel el momento favorable en que Heracles abalanzándose sobre ella, la apresó y la inmovilizó. La Hidra entonces, desesperada en el forcejeo, enroscó su cola en una de las piernas de Heracles apretándosela, mientras éste golpeaba con la maza las cabezas de la criatura.

—Es imposible acabar con ellas —le gritó Heracles a Yolao, que estaba asustado e inmóvil. 

Y en efecto, así era, pues de cada cabeza aplastada, dos surgían de inmediato.

De repente, un enorme cangrejo apareció y mordió el pie de Heracles. Se trataba de Carcino, cangrejo enviado por Hera, reina de dioses, para que ayudara a la Hidra. Heracles, sintiendo el dolor, le dio primero una patada y luego lo aplastó con el talón. 

Las cabezas seguían duplicándose sin cesar pese a los mazazos de Heracles. Entonces Yolao, quien hasta ese momento no había sabido qué hacer, corrió hacia un bosque cercano e hizo fuego en él para obtener algunos tizones. Luego volviéndose hacia dónde Heracles y la Hidra luchaban fue aplicándolos a los cuellos de las cabezas aplastadas por el amigo, evitando con la quemadura que nacieran las nuevas. Evitada así la proliferación, Heracles cortó la cabeza inmortal, la del centro y la enterró, poniéndole después encima una pesada roca, cerca del camino que a través de Lerna conducía a la ciudad Eleúnte. Finalmente abrió en canal el cuerpo inerte de la Hidra y metió las flechas en su interior.

Cuando Heracles volvió con los restos de la Hidra ante la presencia de Euristeo, éste dijo:

—No te hagas ilusiones. Por este trabajo no serás recompensado, pues no lo has hecho sólo tú. Te ha ayudado Yolao. No es sólo tuya la hazaña.

Así de desagradecido era Euristeo. Y así de envidioso.

(basado en la obra Biblioteca mitológico, Apolodoro de Rodas)

Viernes 17 de abril de 2026

Adaptación: David Galán Parro

Los doce trabajos de Heracles: El león de Nemea

El primer trabajo que Euristeo, rey de Micenas, ordenó a Heracles fue traer la piel del león de Nemea, animal indestructible hasta ese momento. El león era hijo de Tifón, un monstruo de cien cabezas de dragón que echaba fuego por ellas. Heracles yendo en busca del león llegó a la ciudad de Cleonas y se quedó en casa de un campesino llamado Molorco. Éste se disponía a inmolar unas ovejas en honor a Zeus, pero antes de que lo hiciera, Heracles le dijo:

—Molorco, buen hombre, voy a cazar al león de Nemea. Si dentro de treinta días regreso sano y salvo de la cacería, dedícale el sacrificio a Zeus como tenías pensado hacer, pero si muero dedícamelo a mí, como héroe.

—De acuerdo, te esperaré. 

Entonces Heracles se despidió de Molorco y se dirigió hacia la ciudad de Nemea en busca del león. Los habitantes de Nemea le dijeron que podría encontrar al león en el bosque y Heracles se fue hasta allí para darle caza. 

En el bosque todo era oscuro y lleno de fieras salvajes y de entre ellas, la más temida, era el león. Heracles buscó y buscó y a los pocos días lo vio cerca de un riachuelo. Entonces, Heracles le empezó a disparar sus flechas y las flechas se clavaban en el cuerpo del león, pero sin matarlo: así de indestructible era. Heracles pensó: «Si no muere por las flechas, lo mataré con la maza» Y sacando la portentosa maza de hierro fue tras el león para acabar con él. El león corrió a través del bosque perseguido por Heracles, y se escondió dentro de una cueva que tenía una abertura de entrada y otra de salida. «Debo cerrar una de las aberturas para que no pueda escapar cuando yo entre» y diciendo esto, Heracles tapó con piedras una de ellas, antes de entrar en la oscuridad de la cueva.

Dentro, vió al león resoplando, nervioso, mirándole y esperándole. Heracles alzó su maza, se abalanzó sobre el animal y empezó a golpearle. Pero los golpes nada le hacían: era un león de duros músculos al que la maza ningún daño podía hacerle tampoco. Entonces, Heracles, encaramado sobre el lomo del animal, le rodeó con el brazo el cuello y apretándoselo fuertemente durante unos minutos, consiguió asfixiarlo. Luego, se echó el animal sobre los hombros y lo cargó de vuelta a la casa de Molorco. 

Allí, encontró a su amigo a punto de sacrificar las ovejas prometidas en su honor porque ya era el día treinta.

—Espera, Molorco, no lo hagas, ya llegué—le gritó a tiempo Heracles— Sacrifica las ovejas en honor a Zeus. No lo hagas por mí.

Y Molorco al ver a su amigo vivo y sano se alegró infinitamente y lo abrazó.

Después Heracles regresó a Micenas al encuentro del rey Euristeo para entregarle la piel del león que le había pedido. Pero Euristeo, que en verdad era muy envidioso y desconfiado, al comprobar que Heracles había sobrevivido a la cacería no quiso recibirlo y mandó a un mensajero a la puerta del palacio a que recogiera la piel que le traía. De esta manera Euristeo empezaría despreciar a Heracles.

David Galán Parro

10 de abril de 2026

Cárceles

Cárceles invisibles por todas partes.

Cárceles próximas o lejanas

que te someten y aceptas;

hombres y mujeres cárceles.

Cárceles, por aquí no, bájate de ahí, .

no toques esto, no te tires pedos, niño.

Cárceles, atiende, estás siempre despistado.

Cárceles ¿qué serás de mayor, niño?

Cárceles, me aburro, papá, cómprame un iphone.

Cárceles, videos con gente hablando alto y claro:

sé tu mejor versión, sé el GOAT, bro, 

sé la chica de sus sueños sin que él se de cuenta.

Cárceles, expositores de carne fresca, pero no te toques.

Cárceles, sé incorrecto, eso gusta, y serás deseado.

Cárceles, sé correcto, asienta la cabeza, y serás querido.

Cárceles, debemos amarnos de alguna manera 

y poner ya una etiqueta a este asunto.

Cárceles, te quiero ¿y tú? ¿cuánto me quieres?

Cárceles, no te oigas a ti mismo, es peligroso,

escúchame, te beneficia, lo digo por tu bien: 

los viejos demonios internos traen problemas.

Cárceles, una vida aquí vale más que millones allá;

cárceles, siempre habrá hambrientos;

cárceles, casas sin gente y gentes sin casas,

pero tú puedes salvarte… ¿fija o variable?

Cárceles, no hay para todos, 

los números no cuadran, 

cerramos fronteras, sé razonable.

Cárceles, terror al cataclismo,

no hay vuelta atrás, es inevitable:

ya están tirando bombas y matando infancia

porque cárceles, ellos saben

cuándo y cómo es ético nacer.

Cárceles, nosotros elegimos tus cárceles ¿queda claro?

porque nuestras cárceles guían y sostienen tu miserable vida.

* * * * *

Al final, el indio muskogui

rompe la ventana del manicomio,

escapa a la luz de la mañana

corriendo libre por el prado 

de regreso al bosque virgen.

Soy el espíritu del hombre 

al que ese indio mató por compasión.

De momento, estoy llorando en la ventana

viendo su huida,  viendo su absoluta victoria...

De momento….

David Galán Parro

9 de abril de 2026