Mi ventana al mundo (4): Existencia histórica universal frente a existencia local

El hombre puede llevar una existencia histórica universal o una existencia local. Las condiciones materiales que elige o en las que le toca vivir son determinantes para su configuración espiritual en uno u otro sentido, aunque nadie lleve enteramente una u otra existencia.

El mercado es algo que determina la existencia histórica universal del hombre. Si vivimos en una gran ciudad estamos expuestos a múltiples y diversos estímulos y no así si vivimos en un lugar aislado y pequeño. Marx dice: «La riqueza en las sociedades donde predomina el modo de producción capitalista se presenta como inmensa acumulación de mercancías (…)» Vivir en una gran ciudad nos permite tener una relación sensible más intensa con esta inmensa acumulación de mercancías. Y esta es producida por la clase trabajadora mundial. En ese sentido vivir en una ciudad implica llevar una existencia más histórico universal que local. Se trata pues de minimizar nuestra existencia local y ampliar nuestra existencia histórico universal.

Esta es una condición material que cualquiera que persiga tener un desarrollo personal e intelectual más concreto debe elegir si esta en posición de hacerlo.

NOTA: Las reflexiones en las que se basa esta sección son fruto del trabajo intelectual de Francisco Umpiérrez Sánchez.

Mi ventana al mundo (3): Percepción, representación y concepto

La percepción es lo que aporta mayor riqueza y viveza a la conciencia.

Ver, tocar oír, oler, saborear son actos que nos proporcionan múltiples y diversas determinaciones del mundo exterior.

En el nivel de la representación se anula una importante parte de esta riqueza y viveza. Representarse, recordar, imaginar o soñar son actos que partiendo de los anteriores actos perceptivos hacen abstracción de muchas de las determinaciones que ellos nos aportan.

Finalmente, en el nivel del concepto o del pensamiento o del lenguaje (aquí los tres son equivalentes) se hace una abstracción mayor de aquellas determinaciones.

El hombre con los conceptos elaborados, es decir, habiendo transitado el ciclo percepción, representación y concepto, debe volver con su concepto a la percepción, para percibir el mundo con él y para ahora, corregirlo y enriquecerlo. Así una y otra vez. El ciclo dura la vida del hombre. El ciclo es infinito para la especie humana.

Si alguien no hace vida exterior, vida perceptiva, el concepto no se renueva. La etapa de la percepción es siempre el punto de partida de la renovación del concepto.

NOTA: Las reflexiones en las que se basa esta sección son fruto del trabajo intelectual de Francisco Umpiérrez Sánchez.

Ventana al mundo (2): Vida exterior y vida interior

En mi familia siempre se hizo muy poca vida de masas. El disfrute y la planificación del ocio no eran valores importantes, más bien cosas superfluas o secundarias. Los valores eran la austeridad, la disciplina y el compromiso hacia el otro; en consecuencia la educación recibida en términos perceptivos era escasa y poco diversa: De ahí que mi sensibilidad en la observación del mundo exterior tenga serias deficiencias.

A esto se le suma la etapa de mi vida, veinticinco años, en los que estuve con un grupo de amigos muy íntimos que se relacionaban con el mundo por medio de una serie de valores que estaban impuestos por un mentor. En aquel círculo de amistades estos valores regían nuestro comportamiento y lo controlaban. Comencé a juzgarme en base a ese código. Mi atención se centró no hacia el exterior sino más fuertemente al interior y me puse en vigilancia moral conmigo mismo utilizando estos valores morales externos, ajenos. Todo era autoobservarme para juzgarme. Esto me hizo mucho daño. 

El disfrute sensible de una vida exterior fue del todo barrido.

NOTA: Las reflexiones en las que se basa esta sección son fruto del trabajo intelectual de Francisco Umpiérrez Sánchez.

Madres disparejas

Me llama al móvil. No puede más. Está desbordaba por sus reclamos. Aire, necesita aire.

Intento romper mi abulia vital, intento situarme, empatizar con su dolor antes de verla: Aquella mujer insaciable, reclamadora de amor, de un amor que en vida dice haberle entregado, con su megalomanía, su narcisismo, su ajado orgullo burgués, su clasismo, su xenofobia, su férrea voluntad creadora de sentimientos culpabilizadores y deudores, su terrorismo moral como una losa para enterrarse con ella en vida. Una momia, con sus alhajas y sus avituallamientos para su descenso definitivo al inframundo, y al lado la osamenta de los esclavos que allá partieron aterrorizados con el cadáver aún palpitante de la faraona. Igual. Morir velando a un muerto vivo. Aquella mujer vampiro; aquella mujer vórtice, que quiere que el mundo gire hecho a su medida, que gire para ser devorado por la antigualla de su concepto. Aquella mujer: su madre 

¿Y si eso es también ella, la hija? La astilla recomponiendo el palo ¿Y si yo ando con astillas? Vidas astilladas. Trozos de vida luchando inútilmente por recomponerse en algo nuevo, y que luego, cuando se ven recompuestos calcan, sin saberlo o sin aceptarlo, aquello de lo que se desprendieron como astilla… Pero ¿Con qué autoridad moral hablo? ¿Acaso soy yo algo diferente? ¿Algo humanamente inhumano?

—Relájate, ¿Por dónde andas? Sí, vale ¿Dejas a Anita con su amiga, y seguimos nosotros? Vale, relájate,… un café, sí cualquier cosa, sí, claro,…podemos pasear, ya, ya, no está muy agradable, mucho viento, sí, pero…¡Exacto! Ver el mar siempre reconforta, sí, aunque nos trague una ola, sí, ja, ja, ja,… sí, ja, ja, ja,… sí, voy saliendo…

Risa para aplacar la ansiedad o para derrotar la apatía vital que me enclaustra entre cuatro paredes.

La ciudad rezuma cielo, aire, mar. Como ella, también me espera y como ella, siempre me será leal. Su avenida: esa serpiente gris dormida amante de una luna de arena violentada por las olas. Mi pereza, recorre su lomo sinuoso aprontada por los minutos previos a la cita. «Es un hábito recomendable caminar. Atenúa la ansiedad que procura tanto trabajo intelectual. Hay que salir» suele decir mi psicólogo. «Me retraso diez minutos» le escribo «¡Qué raro!» me devuelve ella. La ironía: viejo bálsamo con el que alegremente toleramos nuestras flaquezas y, a veces, las ajenas.  

Se me acerca trémula, contenida. Su silueta se recorta contra la cortina líquida de una fuente que deja tras de sí. Parece emerger de sus aguas. Una mirada vítrea y garza, hace de cualquier otro estímulo, infamia. Crespones rojos desprendidos por sus sienes. Labios mullidos, indolentes, pronto marchitos. El albur de la inevitable rendición de la carne prieta. Quiero abrazarla, tal vez, besarla. Las viejas normas morales, las vidas elegidas o que nos eligieron, encauzando el aluvión de los deseos inconfesos. Ella y yo, aceptadas ya nuestras seguridades, perdidos en esta domeñadora corriente, disecados bajo la untuosa pátina de los hábitos burgueses «Soy un hombre moral, soy un hombre moral, soy un… ¿cobarde?»

* * * * *

En la cafetería, se arranca con palabras como clavos en carne viva… Me encantan los bordes de las tazas de café. Me distraen y me reconfortan en momentos como éste. Bordes receptivos. Bordes, a veces, delatores de labios ausentes. Como viejos compañeros reconfortantes, me han perseguido desde el apremio materno que me expelía hacia la puerta de un colegio. Ahora los llamarían (es época de precisiones), bordes ergonómicos aplicados a bocas sorbentes. No sólo lo que dice el hombre es bueno para el hombre. También lo que hace el hombre con el mundo, moldeándolo para su eterna profanación ¿Y para qué? Para no sufrir, para aliviar sus terrores. Pero ella dice palabras como clavos desclavados antes enterrados en carne viva. Carne viva no mía, suya. Apenas resuena en mí su dolor. Huyo de él como del mío propio (quizá por eso me detengo distraído entre bordes de tazas de café) porque hemos aceptado esa débil promesa, esa debilidad mutua consentida, a la que llamamos amistad para sobrellevarnos, para sobrevivir. Consigno este torbellino de crudas ideas como prueba de que aún palpito. Sangran las palabras. Al fin lo admito: soy mezquino.

—Nunca dejó de hacer su papel. Es victimista y plañidera hasta lo indecoroso. No le doy lo suficiente, dice. La decepcioné, dice, porque Alberto no es un hombre a mi altura; es un hombre que vive de mi posición, que parasita la posición que adquirió la familia a base de años. Si piensa así de él, imagínate lo que pensará de Anita, aunque no se atreva a confesármelo: Un producto de mi arbitrio pasado. Obviamente para Ana no existe su abuela. Y como ella lo sospecha, luego me acusa de haberla puesto en su contra. No encuentro una sola fisura en su alma por la que pueda penetrar algo de sensatez. Es dura, compacta en su podredumbre.

—¿Y qué vas a hacer, entonces? ¿Al final se irá a vivir con ustedes?

—¡Imposible! En mi casa no hay sitio y si lo hubiera tampoco la traería ¿Me entiendes? ¿Quién mete semejante víbora?

—Sí, ya… Pero ¿Qué harás?

Entonces me cuenta que está en espera de que le concedan una plaza en un centro municipal de acogida de mayores. Tiene que modificar algunos datos en el padrón, puesto que, de su época de soltera, aún figuran como convivientes, y la suma de ingresos de ambas impide la admisión. Aún no se lo ha comunicado. Pospone la tormenta que se desatará: «Me metes en un asilo, en una antesala a la cámara mortuoria, en un aceptado matadero, en un rincón de trastos olvidados… Siempre fuiste egoísta… Sabía que llegarías a esto…» Palabras recriminadoras en su boca para flagelar, hasta la extenuación, su consciencia ¿Y qué le queda a ella entonces? Cumplir con la fría obligación que le imponen los lazos consanguíneos vaciados desde su niñez: vaciados de toda ternura. Es hercúlea la tarea y lo sabe.

La miro en silencio. Sonríe en un gesto que parece una bocanada de aire atravesando una ventana abierta: es el hálito de su resilencia frente a las contingencias de la vida. Entonces se dibuja torpemente en mí la duda. Sé que preguntárselo es casi un acto de autoconfesión doloroso que me hago. Quizá por eso es por lo que quisiera dejarla dentro, sepultarla. Pero la duda me quema…

—¿Llorarás… llegado el momento?

Al principio, frunce el ceño y me clava la mirada como ofendida por la exasperante ingenuidad que sólo un estúpido, a estas alturas de la vida, puede sostener. Luego intuyo que vibra una primera respuesta equívoca en su interior: un no que quiere ser lapidario sin conseguirlo. Y así es: Al momento relaja las facciones, recapacita y encuentra bajo la dureza, el sustrato blando, antiguo, inquebrantable, redentor.

—Supongo que eso no se elige —sentencia al fin aún pensativa. 

* * * * *

Salimos de la cafetería y regresamos para encontrarnos con Anita y su amiga. Al separarnos la contemplo yendo junto a las niñas hacia la parada de guaguas y todo me resulta extraño: me apantalla una sensación onírica ¿Y si ella fuera sólo la efímera visión de una mujer madura a cargo de dos niñas esperando con apatía la llegada de una guagua? ¿La apreciaría entonces? ¿La pondría a la altura de mi engaño, de mi destino intelectual trascendente?

Mientras vuelvo a casa compruebo en el móvil algún mensaje no leído. Como de costumbre mi madre me ha atiborrado el chat personal.

«Que tengas un feliz descanso, hijito mío, y que empieces bien la semana en el trabajo. Ya te lavé la ropa y te dejé en el congelador algo de comida que hice para que tengas de todo, mi amor. Dime cuando vendrás por aquí a buscarla. Te quiero mucho, muchísimo.»

Soy un aterrado soltero, una veleta al viento, una nave zozobrando, una fruta pudriéndose contumaz en la rama de un árbol.

No le respondo. Me suele pasar.

13 de abril de 2024

David Galán Parro

No es fácil amar

Ya comprendí que para amar, para lo que se dice amar, debemos aceptar las pequeñas cobardías que jalonan el presente del ser amado, porque todos las tenemos, más privadas que públicas. Tal vez en esta aceptación, en esta espera, nos sintamos derrotados, o cansados, o traicionados, o sumidos en un fango compartido que no nos beneficia.

Nadie dijo que amar fuera fácil.

Quien no contemple con claridad lo antes dicho, no amará nunca, simplemente estará ajustando experiencias ajenas a sus propias teorías morales para con ello justificar y salvar, del peso de su conciencia, su propia experiencia de vida.

12 de abril de 2024

David Galán Parro

¿Qué nos ata?

Muchas veces uno se mantiene dentro de una relación por motivos que puede muy bien no sospechar. Entre ellos yo adivino al menos tres.

El primero, una necesidad casi congénita de sentirse querido para rehuir la soledad.

El segundo, una obligación moral impuesta por la tradición, diría yo, católica. El abandono de alguien presupone casi la deslealtad o el daño al prójimo.

El tercero, la concepción de que el dolor (como el que nos procura la ruptura) no debe ser parte de la vida y por ello todo dolor evitado hace nuestra vida más placentera. Pero Oscar Wilde decía por boca de su Príncipe Feliz que el placer no es igual a la felicidad.

12 de abril de 2024

David Galán Parro

Mitología griega para niños (1): Caribdis y Escila

Los aqueos iban remando en el barco cuando vieron a lo lejos dos enormes riscos, uno frente a otro. Tenían que pasar por el medio de los dos aunque por ahí el mar se estrechaba tanto que los barcos podían chocar contra las rocas de uno o de otro lado. El paso se llamaba el estrecho de Mesina.

—Va a ser muy difícil pasar por el medio —dijo Odiseo, el jefe de todos.

—No creo que sea como dices, Odiseo. Somos buenos remando y sabemos dirigir bien la nave. No chocaremos —dijo confiado uno de los remeros.

Pero Odiseo sabía bien porqué era difícil. En cada uno de los riscos algo terrorífico les esperaba; algo que solo Odiseo conocía y no quería contar para que sus hombres no se acobardaran antes de enfrentar el peligro real.

Cuando se acercaron a uno de los riscos un marinero gritó asustado:

—¿Qué es eso?

Todos miraron a donde señalaba y vieron un remolino enorme en el agua; de su centro salía una columna de humo. 

—¡Cuidado, compañeros! Es Caribdis —dijo Odiseo—. Antes era una ninfa, pero Zeus, padre y rey de dioses, la convirtió en el remolino que veis. Si pasamos muy al lado de ella nos tragará y moriremos ahogados.

Los remeros soltaron los remos y se escondieron asustados en la bodega, pero Odiseo les ordenó:

—¡Vuelvan a coger los remos! ¡La nave está descontrolada y se dirige hacia el remolino!

Los remeros volvieron y remando se esforzaron por controlar el barco.

Entonces de repente se escuchó un aullido débil, como de un cachorro de perro, y todos los marineros enmudecieron. Otro marinero, señalando al risco de enfrente, gritó:

—¡Por Zeus! ¿Qué es eso que se ve allí?

Todos miraron aterrorizados hacia donde señalaba. En el borde del otro risco había una mujer gigante con las piernas convertidas en seis feroces perros hambrientos. El cuerpo de cada uno de ellos salía de debajo de la cintura de la mujer y se sostenía solo con las patas delanteras. Los aullidos venían de la boca de ella y sus perros, desde la roca estiraban sus largos cuellos acercando los hocicos a la borda del barco para atrapar a los marineros.

—¡Cuidado, compañeros! Es Escila —dijo Odiseo—. Era también una bella ninfa, pero Circe, la hechicera, la convirtió en el monstruo que veis, porque estaba celosa de ella. Si nos acercamos sus perros nos morderán y moriremos devorados.

Los dos monstruos, al igual que los riscos, estaban tan cerca entre sí que Odiseo comprendió que era imposible salvarse de los dos a la vez. Tenía que elegir a cuál de ellos acercarse para salvar a la mayoría de sus hombres. Entonces pensó: «El monstruo más peligroso es sin duda Caribdis, pues la fuerza de su remolino lo traga todo y hundirá el barco con todos nosotros dentro. No se salvará nadie» 

Entonces Odiseo gritó a sus hombres: 

—Lleven la nave hacia Escila y cúbranse si pueden con los escudos para que no les muerdan sus perros hambrientos —y lo decía sabiendo que seis de ellos iban a morir devorados; uno por cada perro.

Y así fue. El barco pasó cerca de Escila y cada uno de los seis perros atrapó con sus fauces a un remero, tal como había previsto Odiseo.

-Sigan remando con fuerza y no miren atrás. Estamos pasando el peligro -les volvió a gritar a sus hombres para darles ánimo.

Pero en verdad iba pensando: «¡Qué pena! No he podido salvarlos a todos. Sin embargo, gracias al sacrificio de seis remeros nos hemos salvado los demás. Juro que siempre me acordaré de esos seis, por haber sido tan valientes». 

David Galán Parro

11 de abril de 2024 

Preguntas del Lector (1): Sobre el relato Keimu -kan

Un lector me formula las siguientes preguntas en relación a mi cuento titulado «Keimu-kan»

¿Por qué gana la fuerza sojuzgadora y no gana la fuerza liberadora?

Varias son las razones de por qué elijo ese final. 

Una es de carácter artístico. En el género de terror, las historias, ya sea en cine o literatura, tienen un final donde suelen vencer las fuerzas sojuzgadoras. El género de terror parte del concepto reaccionario de que la fuerza sojuzgadora termina destruyendo a las fuerza liberadora. El mal venciendo sobre el bien. La base de este concepto quizás provenga de nuestra visión negativa de la muerte y de nuestro miedo.

Otra es de carácter personal. Siempre he vivido sojuzgado por la obligación moral para con el otro. Esto me ha provocado mucho sufrimiento y una gran falta de libertad interior. Frente a las fuerzas exteriores que me sojuzgaban estaba mi miedo a enfrentar por mi mismo la vida. Esto me llevo a darle autoridad a esas fuerzas sojuzgadoras y delegué en la voluntad de ellas, mi propia voluntad. Esta vivencia aparece representada por medio del personaje de la madre que es un agente activo que sojuzga en tanto fuente exterior de la moral interior del protagonista; y luego, por medio del keimu-kan que es el agente activo que sojuzga con su egoísmo absoluto.

¿Por qué el niño no tira la maldita caja que lo tiraniza y se deja de someter por un bicho horrendo?

Porque el personaje está sojuzgado por los valores morales que adquiere por su madre. La madre es el agente externo que encarna el código de valores que le impide rebelarse. Si hubiera habido un personaje que adoptara este papel para contrarrestar su sumisión tendría coherencia su rebeldía con este hecho.

¿Por qué su madre solo habla de obligación y no promueve la rebeldía?

Porque el personaje de la madre es un personaje conservador que su necesidad en la historia es la de anular la voluntad del hijo. También es un personaje que no busca las causas de lo que le sucede al hijo a través de la relación particular que tiene con él sino a través de su concepto superficial sobre psicología.

El detalle de la obligación del protagonista de compensar el trauma de su madre por la muerte del padre sin haberlo conocido es significativo en cuanto al deber moral férreo del protagonista, desligado por completo de una relación real con él. 

¿Por qué los amigos solo son sombras?

Porque los amigos son personajes secundarios que no interfieren en la relación del protagonista con el keimu-kan. Simplemente aparecen como agentes pasivos que también son afectados por la anulación de la voluntad del protagonista y deciden según sus intereses de juego completamente ajenos a la realidad del amigo que sufre.

Esto en parte lo representé así porque yo viví en esta situación durante años. Las personas que veían la relación de sometimiento no intervenían en la destrucción de estos lazos subyugantes.  

¿Por qué vive tan aislado?

Los hábitos de aislamiento y falta de ocio son básicos para el advenimiento, el establecimiento, el mantenimiento y el fortalecimiento de una relación de sometimiento. El personaje debe ser el resultado de una educación que prepara su personalidad para estar sometido.

¿Por qué vive en una cárcel?

El medio en el que vive, limitado al colegio y al cuarto, sin exteriores; los hábitos de ocio, completamente domésticos, para luego ser transformados en hábitos de sacrificio y deber; la relación de incomunicación con la madre, con la profesora y con los amigos y compañeros; procuran la atmósfera que necesita el relato para que la sensación de opresión alcance al lector.

David Galán Parro

9 de abril de 2024

Ejercicio de reescritura (5) a partir de un texto de Rafael Cansinos Assens

Debo el descubrimiento de la prosa de Rafael Cansinos Assens, escritor español de principios del siglo XX, a Jorge Luis Borges. El escritor argentino lo reconoció como su maestro y esto despertó mi interés. No creo que me equivoqué al afirmar que en Borges se puede rastrear al mentor.

Siempre admiré en los grandes artistas y pensadores su honestidad intelectual y su agradecimiento para con sus predecesores, así como su labor silenciosa por un necesario sentido del deber que les alejaba de la vanidad. 

Intuyo que estos dos excelsos escritores se sabían pequeños afluentes abocados al gran río que es, la producción intelectual de la humanidad.

Texto original

El enigma de la vida ha cautivado mis ojos desde la niñez; y mis ojos se han hecho ciegos y no he podido descifrarlo.

Durante mucho tiempo, mis labios han dicho palabras insensatas; y he afirmado o he negado según el tiempo que hacía en mi corazón; y al final me he convencido de que no he hecho otra cosa que crear nombres y que el enigma continuaba indescifrable.

Y al fin he dicho: dejemos que los locos disputen; todo lo que el hombre dice, sólo es bueno para él.

(Extracto de El candelabro de los siete brazos de Rafael Cansinos Assens).

Versión 1

Mis ojos, desde que era niño, han contemplado con estupor la vida y cautivados por su enigma han quedado ciegos sin llegar a descifrarlo. 

Mis labios (los años son testigos) se han empeñado en pronunciar palabras insensatas, afirmando o negando según la corriente de fondo de mi corazón; y al final me he convencido de que todo en este tiempo ha sido crear nombres que el enigma sorteaba indescifrable.

He dicho al fin: dejemos que los engañados por palabras propias disputen; todo lo que el hombre dice es sólo bueno para él.

Versión 2

Son mis ojos los cautivos de un enigma que guarda con celo la vida. Ya  éstos en mi niñez anhelaban liberarse para contemplar con estupor lo que la vida les oculta. Pero no ha podido ser. En la inútil espera, estos dos prisioneros han quedado ciegos y el enigma, el carcelero, permanece aún más inescrutable.

Durante años, fueron mis labios, atrevidos portadores de palabras  ajenas con las que buscaba reflejar y fijar el movimiento indómito de la vida. Pero todo fue una pretensión insensata: las palabras se agolpaban infructuosas en torno a un sí o a un no, pues no eran más que espejos de otra mudanza, la de mi alma. Definitivamente me resigné: era inútil crear palabras con las que descifrar el enigma.

Al final una certeza aliviadora me es dado enunciar: ¡Qué los locos disputen lo que quieran! Todo lo que el hombre dice, lo dice a su medida.

Versión 3

El enigma de la vida rehuye mis ojos y se niega a ser descifrado.

Durante años, mis labios fueron emisarios de palabras imprecisas y un sí o un no en ellos, testigos de la mudanza de mi alma. Me he desengañado. Nada espero de las palabras: el enigma es inescrutable.

Hoy una certeza me golpea: ¡Qué los locos disputen cuánto quieran! El hombre sólo dice para su propio bien.

David Galán Parro

6 de abril de 2024