Estoy contigo en esto

Aún no era medianoche cuando ella le pidió ir a dormir antes de lo habitual. Solía hacerlo así para darle alguna comunicación desacostumbrada y porque era su modo velado de decir «vamos a hablar seriamente tú y yo, de mujer a hombre, en la intimidad» Aquellas indirectas a él le ponían nervioso y expectante. Reclinados sobre sus respectivas almohadas miraban con atención difusa lo que daban en el televisor asentado sobre la cómoda. La tensión espesaba el aire del dormitorio.

—Voy a hacer un voluntariado —dijo ella al fin. 

—¿Sí?

—Sí. Algo que rompa mi rutina semanal y me obligue un poco a salir de casa. Madres en acción, se llama la ONG.

Se hizo una pausa. El televisor disparaba ahora un histriónico debate acerca de la traición que una madre, cantante de éxito venida a menos, había sufrido por parte de una hija adoptada. Ella apagó el aparato y soltó un leve soplido de alivio.

—¡Qué bueno, cariño! Creo que te vendrá estupendo —apuntaló él

—Sí, claro. 

—¿Y qué harás?

—Visitar a niños huérfanos en los Hospitales Infantiles y acompañarlos. Algunos son tan pequeños que se necesita tomarlos en brazos para que sientan el calor materno. Hay un cuadrante de voluntarias e iríamos cubriéndolo. Una hora a la semana es lo mínimo que nos piden.

Cunas de patas esqueléticas con neonatos y en el suelo blanco impoluto pelones gateando o trastabillándose por todas partes aproximándose febriles a las firmes pantorrillas de ella; el olor del alcohol isopropílico sepultando el hedor de lo próximo a la muerte también por todas partes. Una tierna cara rosada asomando por una capucha entre sus brazos y llenando su pecho de júbilo maternal. Algo inexistente en su día a día.

—Te vendrá bien, cariño. Muchos niños necesitan de mujeres como tú. Hay mucho abandono en esta sociedad. Cada uno va a lo suyo y nada lo justifica. Alguno dirá, que es lógico que así sea por aquello de que se sobrevive más que se vive y… 

Para ella, él hablaba y hablaba y hablaba y lo único que conseguía con su perorata era devolverle por dentro el resabio de su enquistada decepción: estaba comprometida con un niño pretencioso que medraba sin esfuerzo a costa de la familia, un inconsecuente de palabra y acto, un irresponsable sentimental. Hacia años que barruntaba, por el hecho de ser la mantenida, su soterrada autocomplacencia, su empoderamiento. Aquel circunloquio de burladero le iba empantanando hasta la exasperación. Él de pronto intuyó los viejos nubarrones y decidió rematar:

—…Así que me alegro. Te vendrá muy bien, cariño.

—¡Lo has dicho tres veces! Sé que me vendrá bien, lo sé, y por eso lo he decidido.

Aquel razonable discurso aburguesado de él ¡Cómo lo odiaba con sólo verlo venir! Él se quedó callado y luego dijo con actuada incredulidad:  

—¿A qué viene esa dureza ahora?

—No es dureza. Es cansancio. Mucho cansancio.

—¿Cansancio?

—Sí, cansancio de escuchar tus discursos de concienciación social. 

—¿Y qué otra cosa esperas que diga?

—Precisamente, Enrique, no espero nada. No te lo he pedido.

Él calló de nuevo. Calibraba una réplica para no estar absolutamente contra las cuerdas.

—Sabes que es mi manera de animarte en tus nuevas iniciativas, en tus intereses, quiero verte realizada, cariño.

Ella le miró y amusgó los ojos con reprobación.

—No. Esa no es la verdad. No te engañes y no me metas en tu engaño.

—Te estoy diciendo lo que siento. Es la verdad —insistió él.

—No. A cada cual le resuena el pasado según el rastro que deja su falta de decisiones, en tu caso, tu falta de cojones. Piensa a quién pretendes en verdad dar alivio con tu manera de animarme, y cómo lo pretendes… ¿Con un discurso moralizador acerca de lo bueno de tener una conciencia social en este mundo lleno de egoísmo? ¿A mí con eso? No, yo tengo mi conciencia muy tranquila, Enrique. No me vengas con lo que sabes que sé de sobra y menos para soportar una situación que elegiste tú. No tienes derecho a tomar ese papel.

—Pero… sabes que es mi manera de estar contigo en esto…

—No… no… no… —y con los ojos apretados, ella negaba con la cabeza como si cada palabra de él le desbordara— Tú hablas para tranquilizar tu conciencia, para eludir responsabilidades, para pasar falsamente página, para volver a tomar las riendas de todo, para recuperar tu ego, para colocarte en un lugar de poder y sentirte aliviado. Y no digo que no tengas derecho a hacerlo, pero no me hagas creer tu propio engaño. No te creas que tomo la decisión de ir al voluntariado por darle continuidad a mi antigua militancia de izquierdas. No va de eso. No va de conciencia política y lo sabes. Hace tiempo que tú y los tuyos me hicieron aborrecer la política.

—¿Por qué empiezas lo que no conduce a nada, cariño, por favor…? —dijo él vagamente compungido.

—Porque no mides lo que dices. Yo no estoy para escuchar: «estoy contigo en esto»—y afilando su mirada— ¿De verdad piensas que estar conmigo en esto, es echarme ese discurso manoseado sobre la entrega social que aprendimos en Ciencias Políticas juntos? ¿De verdad que esperas que me lo crea? Sé honesto, Enrique: a ti te importan un carajo esos niños huérfanos y lo que yo haga con ellos; lo consientes para mi distracción, para tu alivio, para seguir retardando lo que tarda…

—Es mi manera de apoyarte…

—¿Tu manera de apoyarme? Sabes bien cuál es la única manera en que puedes apoyarme. Pero aún te faltan muchos… pero muchos cojones.

—Lo intento, Gloria, sabes que lo intento, pero no es fácil… La situación no es fácil… —el tono era ya casi suplicante.

—¿Qué situación? La situación eres tú, Enrique. Tú y tu miedo. El miedo a no enfrentarte al animal de tu padre. Nunca lo has sentido en verdad tu enemigo, alguien a quién debías pararle los pies.  No lo intentas ni siquiera. Estás cagado y no das el puñetazo definitivo. Has dejado que se impusiera a ti y que te impusiera su visión de mí; una visión de la que aún no escapas. 

—¡Eso no es así! Yo no te veo para nada como él te ve.

—¿Ah no? ¿Y entonces cómo es que permites que suelte en petit comité delante de ti eso de «las extravagancias de la perroflauta esa» y tú apoquinas? Hace tiempo que tenías que haberle parado. Ahora está envalentonado y…

Él miraba abstraído hacia la penumbra que se hacía al pie de la cama. Allí había algo que no sabía decir si era calzoncillo o braga.

—…En verdad desearías, para evitar complicaciones, que yo fuera otra mujer, más práctica, más previsible, más manejable, menos idealista, más como él espera; mucho tarda ya en aceptar a la perroflauta esa ¿no crees?

La interpelación devolvió a Enrique a la realidad que le flagelaba. Dijo entonces:

—Sabes que he discutido mucho con él y que a mí también me duelen sus insinuaciones… —y lo dijo en un intento de zanjar la discusión. Pero ella no captó su intención y siguió ensañándose:

—De nada sirve lo que le digas, Enrique. No seas ingenuo. Cedes a sus chantajes velados. O te dejas comprar. Los ideales de nuestra carrera fueron una cosa y el comer otra ¿Y a quién le has puesto tú la mano para las cosas del comer? A él ¿Y a costa de qué? De nuestra libertad. Se siente con poder y tú no quieres enfrentarte a él aún. Te es más fácil decirme —y puso voz meliflua— «te vendrá estupendo, cariño» «haz esto o lo otro», «quiero estar contigo en esto, cariño», «te apoyaré»… siempre que la cosa no choque con papá

—Pero, Gloria, cariño, quiero estar contigo en esto, y superarlo, de veras —repitió con voz afectada. 

—¿Y acaso no debías estarlo? El tema es de qué manera quieres estar ¿A tu manera de siempre? Te negaste durante años a lo que necesitábamos, utilizando un argumento «práctico», y ahora, cuando soy yo la que principalmente sufro por tu negativa de entonces (porque en el fondo fue por tu negativa, no por circunstancias inevitables o por las urgencias laborales de tu padre o por el mantenimiento de la empresa familiar) hablas tratando de que me crea tu autoengaño, tu huida, como si quisieras una vez más llevar el control de nuestra situación, de mis sentimientos, de mis tiempos, de mi espacio, de mi dolor y de mi resignación ¿No te han bastado todos estos años?

La llovizna punzaba el silencio y perlaba el ventanal. La puerta del dormitorio estaba abierta y Enrique miró hacia el pasillo que daba a ella. Una vez más le pareció tristemente desolada la casa. Convivían allí hacía apenas cinco años. Enrique retomó lo que decía más por evitar el silencio que por encontrar razones que le redimieran de su débil sentimiento de culpa.

—No es justo lo que dices. Ya no soy el de antes. Hago esfuerzos por cambiar. Estoy más tiempo contigo. Mi padre se ha mentalizado y ha cedido en algunas cosas. Sabes que él piensa que nos ha dado todo lo que tenemos ahora y eso bajo su mentalidad es deuda. 

—Y en la tuya también. No te engañes ¿O acaso crees que tu sentimiento de deuda con él no nos afectó ya lo suficiente? ¿Por qué debo yo pagar ese sentimiento tuyo y además aceptarle a tu padre que me considere menos que una concubina que por tu capricho dejaste permanecer demasiado tiempo a tu lado? Para tu viejo, su opción preferida para ti fue siempre Sonsoles, la hija del ex-alcalde. Estaba claro además que andaba colada por ti en la época en que gobernaba su padre.

El discurso de ella, desnudo, real, le destrozaba, le tenía agotado. Era demasiada verdad para sus delicadas entrañas, demasiado apremio agolpándose de pronto. Tuvo que reprimir un bostezo que afloraba inoportuno. Luego hizo un esfuerzo y dijo arrastrando las palabras:

—He conseguido que ya no me requiera cuando le da la gana en los asuntos de la empresa. No ha sido fácil conseguirlo. Ese hombre es de la vieja escuela. Chapado a la antigua. Le va a costar aceptar nuestra decisión… Sabes que es así, cariño.

—¿Y de qué me sirve escucharte eso ahora? Precisamente ahora que ya nos hemos decidido ¿Lo echarás a perder todo de nuevo por tu cobardía? —le increpó y él recordó de repente el grito de impotencia, que el día en que recibieron los resultados médicos devastadores, ella le había soltado: «¡Ya no hay tiempo, Enrique! Ahora es imposible» A eso les había deparado su sometimiento al padre y, por complacerle, su recurrente negativa al deseo de ella: una vida llena de proyectos empresariales heredados, pero vacía de hijos.

  —¡Dime! ¿Lucharás? ¿O de nuevo te veré cruzado de brazos frente a lo que él estima razonable para ti? 

—Lucharé, sí, lucharé… —repitió como para insuflarse fuerzas; pero lo decía con ausencia.

—Incluso cuando vea el color de piel de la niña… ¿No te echarás atrás? ¿Seguro? ¿O también necesitarás un tiempo para defenderte de sus humillaciones al respecto y para convencerle? —le dijo con sarcasmo—. Tu padre hará todo lo posible por impedir que una niña extraña en la familia pueda heredar lo más mínimo de lo que dan sus negocios.

Entonces, la luz de la pantalla del móvil de Enrique se disparó en la penumbra. Tomó el aparato, miró y cerrando la llamada lo puso bocabajo sobre la mesilla. Estaba aterrado ¿Por qué coño arriesgaba la situación si le había dicho mil veces que a esas horas era seguro que estuviera con Gloria en la cama?

—¿Quién es?

—Barreto —mintió.

—¿Barreto? ¿A estas horas? Joder, Enrique, ese tío es al estilo de tu padre. Son tal para cual: se cree que puede tocar los ovarios cuando quiere por haber estado ocho años gobernando esta puta ciudad.

—Mañana lo llamo, tranquila.

—Sí, hazlo, por favor.

Y no había más que decir. No podía seguir machacándolo sin medida. Conocía bien los límites de él y ya era suficiente por hoy. Una especie de renuncia a convivir con alguien más osado y capaz en la vida le había predispuesto a tratarle con cierta indulgencia, con cierta piedad maternal. Su duro sentido del deber le impedía volver atrás y ahora se arrepentía vagamente de haberse abandonado a la seguridad de una vida con él.

Apagaron las lámparas y se dieron las buenas noches y las espaldas. Enrique al fin respiró aliviado. No podía más y por suerte la llamada no había complicado más las cosas. Ese hecho estaba reservado para la satisfacción de la preferencia del padre. 

Esa noche no pudo dormir. Sentía una confusa mezcolanza de sentimientos encontrados que le eran familiares: la culpa y a la vez el júbilo secreto del niño mentiroso que fue y que se sabía imposible de coger en un embuste.

David Galán Parro

5 de octubre de 2024

Soneto VII

Nada irrumpe dentro de mí y estremece

esta piedra dolorosa que es mi alma;

nada la quiebra, la ablanda o la calma

en su gris pensar que todo envilece.

Una fe me echó al difícil camino

de ejercitar el descreimiento en todo

sin saber que eso me acercaba al lodo

de un corazón frío y un ciego destino.

Ahora me espera una ingrata muerte;

una que apura esta íntima agonía

de símbolos que arrebaté a mi suerte

para encontrar la dicha en cada día.

Estudié y no viví (esta es mi certeza):

no probé la gloria, ni la bajeza.

David Galán Parro

30 de septiembre de 2024

Cruce de humildes miradas

Es un error sentirse menos frente a los grandes artistas y pensadores. Hay una concepción, entre algunos hombres que se creen garantes de saber, que desprecia equivocadamente el aporte que muchos pueden hacer desde su conocimiento de las cosas. El que crea no debe sentirse reo en absoluto de estas apreciaciones nocivas y castrantes para su libre vuelo creador. Esta idea liberadora es importante tenerla clara en el instante en que la necesidad creadora aflora. Y hay que tenerla en el corazón y en el pensamiento. Es una idea que le provee a uno de una gran ligereza y de un aire renovado para descubrir y descubrirse en cualquiera de esos momentos creativos.

Cada artista ocupa un lugar en el Arte, esa tarea colectiva que es de todos y de nadie. Nadie debe despreciar el sentido del aporte de los demás. Es una pérdida de tiempo entrar en estas lizas. Cómo dijera Orson Wells en una entrevista: están los que se sienten llamados a dedicarse en cuerpo y alma a su arte, (quizás los más valiosos, dice) y que consideran su arte por encima de todas las formas de lealtad con las que una persona puede sentirse unida a la vida. y están los que no sienten intensamente esa llamada. Pero la lealtad a la profesión no es la única lealtad, ni en tiempo ni energía, a la que una persona se debe en vida. Eso es decisión íntima y exclusiva de cada cual ¿Quiénes somos nosotros para juzgar esto que excede los límites de nuestro mundo moral particular? De modo que el artista no le debe una lealtad ni excelencia al Arte. Primero se la debe a sí mismo. De esta manera se zanja en el interior del artista la contradicción. Crea, si es tu deseo, pero hazlo lo mejor que puedas con el nivel que te permita tu conocimiento. Esta es tu primera lealtad artística, a la que te debes como creador. La segunda, la lealtad al Arte, ya decidirás en qué grado la asumes. Pero que nadie te dicte el cómo y el cuándo de esta decisión sólo tuya.

Bajo esta reflexión apelo a un valor, en mi opinión a veces perdido entre artistas, que es la humildad. Un artista con mirada soberbia entre sus compañeros siempre caminará incompleto, ocupe la posición que ocupe en esa construcción social que es el Arte. 

A colación traigo una anécdota de juventud contada de forma vivida por el cantautor Facundo Cabral en la que se cifra un hermoso ejemplo de esta humildad recíproca. Permítanme que yo la recree.

Cabral frecuentaba con su pandilla de amigos un bar próximo a la casa de Jorge Luis Borges. Bulliciosos y osados, con sus camisas floreadas y fumando, departían sobre el poder de la canción, como género musical capaz de cambiar la sociedad. Abominaban de cierto idealismo de izquierda sin descubrir en ellos tal defecto; también, de instituciones benéficas que malograban la verdadera revolución social. A veces Borges pasaba por delante de la cristalera y ellos lo miraban con admiración. Por entonces iba con sus diferentes lazarillos: había ido perdiendo desde 1955 la vista. Ninguno de los muchachos se atrevía a salir y encararlo al menos para saludarlo. Se limitaban a decir: ¡Mirá, otra vez Borges!

Un día, el poeta entró en el bar. Le acompañaba un amigo y ambos se acodaron a la barra. Cabral bromeó entre los colegas: «Ahí me pego a ellos y les jodo una buena idea para el futuro de la Historia de la Literatura» Los muchachos  rieron y luego hicieron venir aparte al camarero: «Son invitados nuestros» le susurraron. Al rato, al verse invitada, la pareja de amigos se allegó respetuosamente a la mesa de los jóvenes que en ese momento estaban en un hilo, entre la vergüenza y la dicha. Borges dijo:

— Caballeros, han sido ustedes muy gentiles, ¿A qué se dedican?

El más inconsciente soltó:

—Somos colegas suyos, Maestro.

Borges sonrió y dijo piadoso:

—¡Qué interesante! ¿Y qué escriben? 

Todos sintieron sincera su pregunta.

—Canciones protesta, Maestro —dijo otro

—¡Cuánto los envidio! Porque cuando estoy enojado a mí no se me ocurre nada.

Este bellísimo cruce de humildes miradas no daba cabida a un ápice de desprecio. Cada cual sabía por dónde y para qué caminaba.

28 de septiembre de 2024

David Galán Parro

El mar

La Ciencia,

ese espíritu de superación compartido,

quiso que nos supiéramos tus hijos

y también, hermanos de todas las formas vivas.

Si contemplar una flor o una hormiga

es contemplar con piedad una vida

desde otra que la rebasa

¿con cuánta piedad líquida 

entonces tú, madre,

que a todos nos sobrevives, 

nos miras?

Hoy te vi una vez más 

y me recordaste

con esa piedad de tu inmensa naturaleza

que no es trágico

ir descontando tus ponientes.

David Galán Parro

28 de septiembre de 2024

Soneto VI

Mía no es esta voz que a ti te alcanza

ni es este arte que le atribuyes, suyo;

no hay pábulo a mi vanidad y huyo

del que me endiose por desesperanza.

Voz entre voces de una sola voz

soy y me place amigo el anonimato

alguno me juzgará timorato,

artista ligero, cobarde atroz.

No entono palabra reveladora:

apenas mi vida dio para ello;

no me pidas lo que en mí se demora:

un vano saber de blanco cabello.

Saberme tantos otros es mi espera;

saberme tu voz… ¡tu voz verdadera!

David Galán Parro

26 de septiembre de 2024

Elsi y Bertha

La pequeña Elsi lloraba sola en un banco del parque Steglizt en Berlín, cuando una pareja que paseaba por allí se le acercó. La formaban un señor delgado de fino rostro y una joven bien parecida que podía tener la mitad de edad que él. Elsi no podía darse cuenta de esos detalles que perciben los adultos, y menos llorando. El hombre le preguntó cómo se llamaba.

—¿Y por qué lloras, Elsi?

—Porque he perdido mi muñeca.

La joven que acompañaba al señor al escuchar su respuesta se apartó y comenzó a merodear por allí.

—¿Cómo se llama tu muñeca? —prosiguió el hombre.

—Bertha.

Entonces dirigiéndose a la joven que se había alejado, dijo:

—¡Dora, no busques más! Ya hemos encontrado a la niña de la que nos habló Bertha.

La joven se encogió de hombros como si no entendiera nada y se acercó. El hombre volvió a hablar con un tono aún más cariñoso:

—Elsi, te estábamos buscando Dora y yo. Cuando veníamos de camino al parque nos encontramos con tu muñeca Bertha. No se ha perdido. Nos pidió que te dijéramos que se iba de viaje por un tiempo y que no la esperaras, porque todavía no sabía cuándo iba a volver.

Elsi que parecía no escuchar, dejó de repente de llorar y miró al hombre.

—¿Sí? —preguntó como si no creyera.

—Sí, y me pidió que te trajera las cartas que te iba escribir desde los lugares del mundo que iba a visitar.

Una sonrisa iluminó el rostro de la niña y el hombre al verla pensó en la belleza  de los amaneceres que le quedaban por ver.

—Espérame mañana aquí a esta hora —le dijo eufórico— te traeré la primera carta de tu muñeca viajera para que la leas.

—Pero todavía no sé leer —contestó Elsi con tristeza.

—No te preocupes. Yo te las leeré entonces.

Y diciendo esto, tomó de la mano a la joven que le acompañaba y ambos siguieron su camino. En la manera de caminar de la pareja había como una tristeza escondida, aunque como ya dije Elsi era aún muy pequeña para darse cuenta.

* * * * *

Durante casi tres semanas, aquel hombre, tal como había prometido, no faltó a ningún encuentro. Para Elsi se convirtió en su nuevo amigo y en el fiel mensajero de Bertha. Cada día traía una carta y se la leía lentamente. Elsi preguntaba aquello que no entendía —¿Una pirámide? ¿Un orangután? ¿Una cordillera? ¿Un guacamayo? ¿Un manglar? ¿Una cascada? ¿Una gruta? ¿El timón de un barco?— y él se detenía y le resolvía sus dudas con paciencia. Todo lo que contaba era hermoso y desconocido, lleno de colores, de olores, de tierra, de agua, de plantas, de fieras, de oscuridad y luz, de noches estrelladas, de amaneceres morados ¡Todo! Y Elsi sentía que aunque no podía acompañar a Bertha en su viaje, en verdad era como si estuviera a su lado ¡Hasta en sueños la acompañaba!

Todas las cartas acababan con un «querida Elsi, te echo mucho de menos; pronto nos veremos; un beso.» y siempre que él le leía ese final Elsi sentía el cálido beso de Bertha en su mejilla como si su muñeca se despidiera de verdad. Luego el hombre introducía la carta en el bolsillo de su chaqueta y se iba. Ninguna de aquellas cartas le fue dada a la niña.

* * * * *

La última tarde en que Elsi vio a su amigo, éste se acercaba llevando un bulto en los brazos. Lo apoyaba en su pecho e iba envuelto en una manta. Elsi imaginó enseguida un bebé protegido del frío —se acercaba el invierno— y pensó en la joven mujer del primer día «Será ella su mamá» se dijo. Pero cuando su amigo se agachó a su lado y destapó lo que traía vio una muñeca.

—Aquí tienes Elsi por fin… a Bertha.

La niña se quedó paralizada. No podía creer: aquella muñeca, de piel más bien oscura y menos regordeta, no se parecía en nada a su Bertha.

—Es ella, Elsi —le tranquilizó su amigo— No la desprecies. Los viajes tan largos cambian a las personas. Ha cambiado un poco porque además ha tenido que enfrentarse a muchos peligros. Ni ella, ni yo te los quisimos contar para que no te preocuparas. Cuídala, siempre —. Y dicho esto depositó delicadamente la muñeca en los brazos de la niña. La nueva Bertha dormía, cansada de su largo viaje. Elsi la miró en silencio y un triste sentimiento se apretó en su corazón; quizás el sentimiento más hermoso que cabe en un ser humano; un sentimiento al que una niña como ella no sabía ponerle nombre, ni falta que le hacía porque hacer tal cosa era una de las tantas tonterías que se le ocurrían a las personas adultas. 

Entonces el amigo se puso en pie con dificultad y posó sobre la cabecita de Elsi su mano. Ella la sintió temblar sobre sí como una débil llama que fuera a extinguirse y comprendió que el amigo se estaba despidiendo sin decirlo. Fue un instante en el que ambos se sintieron acaso las únicas personas vivas del mundo.  Al final él retiró su mano, se dio media vuelta y sin mirar atrás se alejó caminando lentamente. 

El amigo estaba enfermo. Le quedaban pocos días de vida. Pero Elsi tampoco sabía esto. Ni falta que hacía.

* * * * *

Pasaron unos diez años. Elsi estudiaba en la universidad y ayudaba durante el verano en la tienda de sus padres. Un joven compañero de clase estaba enamorado de ella, pero aún Elsi no se había decidido por él. Tenía miedo de quererlo mucho y perderlo después, tal como le había pasado cuando era niña con su muñeca Bertha.

Un día, Elsi invitó al muchacho a entrar en la casa familiar y éste la siguió hasta su dormitorio que también hacía de cuarto de estudio en la planta superior. Allí, Elsi tenía libros, fotos y algunas plantas sobre las estanterías. Todo lucía muy bien, ordenado y bonito. Pero algo rompía aquella armonía: Bertha, la muñeca viajera, ahora más estropeada por los años, estaba sobre un estante. Entonces la voz de una mujer pidió a Elsi que bajara a la cocina. El muchacho se quedó solo. No dejaba de observar a Bertha. No entendía: «¿Por qué una chica ya tan mayor como Elsi conservaba aún aquella vieja muñeca fea?» se preguntaba. Picado por la curiosidad la cogió para verla mejor. Le dio media vuelta y se fijó en su espalda: había una fina hendidura y a través de ella asomaba una punta de papel blanco. Tiró de ella y sacó un papelito. Un misterioso papelito escondido en el interior de la muñeca. Lo abrió. Algo ponía en él. Antes de que su amiga volviera, leyó:

«Cada cosa que amas es muy probable que la pierdas, pero al final, el amor siempre vuelve de forma diferente. Tu amigo, siempre, Franz Kafka.»

Era un mensaje de aquel amigo del parque ya fallecido. Elsi lo guardaba dentro del cuerpo de Bertha como recuerdo de su amistad con él, pero también como el consejo más útil que le habían dado en la vida para convertirse en una mujer feliz.

Un mensaje que a él, que ahora leía, le afectaba también, pero indirectamente, para su futura felicidad.

David Galán Parro

24 de septiembre de 2024

Oda a la moderación

“Entonces dijo Sócrates: «También a mí me parece muy bien el beber, amigos, pues en realidad el vino al regar las almas adormece las penas, como la mandrágora hace con los hombres, pero despierta las alegrías, como el aceite la llama. Sin embargo, me parece que al cuerpo humano le ocurre lo mismo que a las plantas que nacen en la tierra, pues cuando la divinidad las abreva en exceso no pueden erguirse ni orearse con las brisas, mientras que cuando beben tanto cuanto les place, van creciendo muy derechas y florecen y producen frutos. Así, también nosotros, si nos hacemos verter inmensas cantidades de bebida, pronto nos fallarán los cuerpos y las mentes y no podremos ni resollar, no digamos hablar. En cambio, si los criados nos rocían a menudo con pequeñas copas, para decirlo con la retórica gorgiana, no llegaremos a emborracharnos forzados por el vino, pero persuadidos por él alcanzaremos un mayor grado de alegría».”

Banquete, Jenofonte

* * * * *

¡Oh Sócrates, viejo sabio, 

que contemplas la vida sin premura!

De ti, hemos olvidado tu visión aliviadora,

quizás porque esta época fraudulenta

busca el beneficio, 

ahí, dónde tú no dabas en hallarlo.

Corría en ti, el vino moderado,

como planta narcótica al dolor,

como aceite en llama a la alegría

de modo que en tu ánimo se equilibraba con justicia

el saberte racional y el abandonarte a los necesarios instintos:

dos afluentes que morían para acaudalar el río de tu sabiduría.

Si el beneficio anhelado

es en verdad, la sabiduría postrera,

mar inmenso que contemplamos

detenidos desde la playa solitaria 

que damos en llamar vejez,

alcemos pues, la copa de la vida,

y bebámosla con la moderación 

que tú, oh Sócrates, inmenso griego, vindicaste

para nosotros, los entonces venideros.

David Galán Parro

14 de septiembre de 2024

Yo, el escritor

Salvarme sólo por medio de las palabras:

el horror de no poder ser otra cosa que escritor.

La emboscada del tiempo se ha iniciado:

¿A dónde ir a estas alturas? ¿Qué ser sino eso?

Y sin embargo, enfilar hacia la trampa de serlo.

Palabras vacías, aterrorizadas, 

para conjurar el vacío 

de lo inconstante inaprensible.

¿Qué hacer con ellas si son cáscara

de una fruta no probada, desechada por el miedo?

Luego mirarlas inútiles y lejanas

como mira su fusil el soldado que ha dejado

su rastro sangriento de niños exterminados;

como mira en la hora final, el tiburón financiero,

su acumulación asesina de vértigo;

como hemos mirado el perfecto invento letal

después de devastadas, Hiroshima y Nagasaki;

como miraremos el universo insondable, 

absolutamente ocupado, 

mancillado, 

hecho a medida.

develado ya su misterio.

Palabras vacías 

de carne, 

de enfermedad,

de hambre, 

de besos, 

de trenes, 

de lunas;

nada me revelan.

Soy un hombre humillado

por una mujer:

recibo por respuesta 

sobres con hojas en blanco

que ella introduce para destruir mi esperanza,

ergo, para destruirme.

Tal así me demora la vida.

Soy trágicamente el escritor,

alguien que a las puertas 

de lo incognoscible, de lo impenetrable,

grita palabras afectadas para hacerse oír;

palabras con las que, no obstante, 

va rehuyendo la vida para creerse salvado.

David Galán Parro

10 de septiembre de 2024

Plan de salvación


Tras una mañana sin pena ni gloria en la oficina, llegó a casa y recalentó para escapar una crema de verduras y unas croquetas preparadas por su madre el día antes. Después de comer, se tumbó con la intención de hacer una media hora de siesta reparadora. Pero su cansancio, que le parecía se fraguaba con los años cada vez mas rápido, le sumió en un profundo y largo sueño. Al despertarse sintió la boca pastosa, la frente plomiza y los músculos laxos y desmoronados. Era evidente que el viejo despertador tenía que regir su tiempo de sueño, porque aquella tensión nerviosa de antaño que acertaba inexplicablemente a despertarle al borde del estrépito de la alarma se había disipado en él, desde que el jefe le anunciara, a puerta cerrada, su decisión de hacerlo fijo en plantilla. Las solícitas horas extras y los chivatazos, con la consiguiente antipatía de sus colegas, había coadyuvado el ascenso. Desde entonces vivía íntimamente seguro y amodorrado, cosa que a rachas de algún modo le inquietaba.

Se levantó de la cama, fue al baño y se sentó desplomado en la taza. El sonido del débil caño de orín le reconfortaba e incitaba sus discursos más enrevesados: «Al menos este hábito no lo he perdido ¿por cuánto resistirá? ¿Se perderá como los otros?» e inspirado por el gorgoteo comenzó otra vez a musitar los versos acostumbrados: «Mirar el río hecho de tiempo y agua / y recordar que el tiempo es otro río…» (*) Calló. Debía observarse, estar prevenido de sí mismo. Ese excesivo deleite en recitar en alto que chispeaba en inesperados momentos del día no presagiaba mucha cordura. Una tía suya comenzó así y ya no hubo quién parara su soliloquio delirante. Se apuró entonces mientras volvía a contemplar su vida recorriendo ese mismo orden infame: nula planificación, exceso de deleite, culpa y finalmente una ridícula urgencia precipitada. Al levantarse su imagen brotó en el espejo de al lado. Se acercó, abrió bien la boca y se inspeccionó la dentadura. «Me tenía que haber lavado los dientes antes de tumbarme» recomenzó «el sarro me trepa visible ¿Debo volver al hilo dental y los colutorios, a las dos duchas al día, a las toallitas húmedas? Esta noche empiezo sin falta al menos con el hilo. No se precisa tiempo para esa limpieza. Aunque por tiempo no es, ni por falta de voluntad ¡Olvido! Es el olvido que lo desplaza y sustituye todo. ¡Y prisa! Olvido y prisa destruyen los hábitos sanos de cualquiera y luego parece inalcanzable mecanizarlos de nuevo» Se puso de perfil y ahí, sin remisión, la flacidez abdominal galopante acusaba para su tortura. Se alarmó: «Es momento ya de empezar el estricto entrenamiento diario. Esta hora es buena para ir a nadar, sí, —vivía a unos pocos metros de la playa— aún no oscurece tan temprano. Natación unos días y carrera de fondo otros, puede ser una buena opción para complementar el gimnasio de la semana. No me vendría mal apuntarme a una clase guiada, antes de seguir por mi cuenta, aunque haga el ridículo delante de algunas mujeres que llevan más tiempo. Da igual. De todos modos, la mayoría de las mujeres de hoy, al menos las maduras, las hechas y derechas, las que pueden entenderme, saben que uno está en un proceso y no en resultados inmediatos. Es cuestión de disciplina, de voluntad, de no procrastinar ¡Procrastinar! ¡Qué palabra horrenda y ridícula! Es más fácil decir posponer, retardar, no enfrentar ¿Quién la inventó? ¡De Nobel, vamos! Estamos en una falsa época de precisión técnica» bufó en alto. 

Salió del baño y fue al salón. Se asomó a la ventana. El cielo encapotado no amenazaba su lluvia inminente «La playa estará perfecta para empezar a nadar. Media hora cada dos días: ese será el plan, sí. Quizás empiece mañana… ¿Mañana?…» Entonces el mismo episodio que siempre lo delataba obnubiló sus sentidos: un amigo, en unas fiestas taurinas, allá en su tierra extremeña, se había envalentonado y echado al ruedo. El morlaco liberado para la ocasión lo había zarandeado como a trapo en tierra y aunque la escena vaticinaba lo peor, el amigo apenas lució rasguños al final del lance. Él, en cambio, paralizado por el horror y sin poder asistir al otro, tras haber vivido con impotencia todo desde el burladero, casi más como víctima que como testigo, era quien lucía en su interior un estigma, de inferioridad y oprobio, inconfeso «¿Acaso, no he sido eso en mi vida? Alguien parapetado tras un burladero, parloteando sobre la conveniencia de pasar a la acción. Algún día habré de empezar el cambio. Honestidad, no me falta. Pero ¿esto no es el mismo discurso, otra idéntica teoría sobre mí mismo para evitar echarme al ruedo?» Era agotador. Miró de nuevo el nimbo gris apacible «Pero ¿por qué no empezar a nadar hoy mismo? ¿Por qué no ahora mismo?¿Tengo algún otro plan acaso?» 

Como las circunstancias visibles le comprometían consigo mismo y no quería verse por debajo de su obligación, se habló en un tono afectadamente decidido para darse brío y se predispuso a tomar los enseres de playa que estaban en el baño. Pero al pasar frente a la puerta de la cocina, miró a la encimera y se percató que estaba sucia. No solía abandonar la casa, dejando ciertos detalles irresueltos: sabía que le mortificarían puntillosos ya afuera. Así que tomó un paño, un bote con dispersor y roció la superficie. Iba frotando «He dejado de cocinar con dedicación. Esta noche me haré una buena cena ¿Por qué no cocinar para mí como lo hice en su momento para Gloria? ¿No debería ser algo que hiciera por amor a mí mismo? ¿Cómo pretendo entregar mis virtudes a una futura novia, si no me las concedo ni a mí mismo? Es pura inconsecuencia, pura falsedad. Una mujer con cabeza huele pronto esa impostura, e intuye en ella, la desesperación de la rancia soltería, el miedo a la soledad; y quien se hace sospechoso de su terror a la soledad, es visto casi peor que un criminal. No hay nada más espantoso que te imaginen desesperado, haciendo de lo último por complacer, agotando tus últimos cartuchos por salvarte de la soledad sin sentir nada de lo que haces…» El recuerdo del propósito con el que se dirigía unos minutos antes al baño le había interrumpido. Aceleró el acabado de la limpieza: nadar media hora era el objetivo primero de hoy.

Pero dicho objetivo no podía quedar como hijo sin hermanos. Otros propósitos debían sucederle para ocupar la tarde. Debía hacer un plan completo que sirviera para esa tarde y las sucesivas. Dejó el paño, fue a su despacho y en una pequeña libreta sobre su escritorio apuntó a modo de borrador improvisado:

17.00 p.m. natación;

18.00 p.m. ducha y tareas domésticas;

19.00 p.m. trabajo de oficina;

20.00 p.m. lectura y estudio;

21.00 p.m. escribir;

22.00 p.m. cena, televisión, dormir…

Observó el plan y sintió en orden y, como esperándole, lo que restaba de día. Una fuerza de voluntad perdida regresaba. Tal vez esas breves notas fueran el nacimiento de una nueva etapa más disciplinada, más audaz, más enfocada, más economizada. «Nadar» estaba reseñado en la hoja. Nadar, eso haría hoy, ya, ahora mismo. Y se dijo que a eso se había iniciado. Un presentimiento de cambio, aires nuevos parecían soplar en el horizonte siempre desvaído. Tomó los enseres —gorra, chaqué, tapones, gafas, el cronómetro acuático, toalla—, lo dispuso todo en una bolsa y salió de la casa con apremiante impulso.

En la calle las ráfagas de viento frío le recibieron inclementes y le hicieron sentir una ligera caída en su verde determinación. No se amilanó. Siguió caminando, como a paso marcial, manteniendo la impavidez que se había jurado, no ya para hoy, sino para toda la vida. El pecho se le enfriaba a cada zancada apenas defendido por una fina camisa. No importaba, se decía. Cuando se asomó al pretil de la avenida que bordeaba la playa contempló el estado deplorable del mar que hasta allí lo había traído. Las olas de gris mercurial, turbias de fondo removido, formadas desde la planicie gris y lejana, avanzando como poderosas lomas de agua primero, retorciéndose como músculos punzados por un dolor después,  desbaratándose en altura y estruendo al contacto con la arena dormida, y retrocediendo finalmente como con un ansia de arrancar de allí la playa, la avenida y todo ser viviente si fuera necesario.

Ante aquella inesperada visión, comprendió impracticable lo primero anotado y en consecuencia, todo el plan sucesivo. Hizo un gesto de hipócrita fastidio y dando media vuelta regresó por donde vino festejándose mas conforme consigo mismo que decepcionado.

(*) Primeros versos del poema titulado «Arte poética» de J. L. Borges. 

David Galán Parro

6 de septiembre de 2024

Salir del círculo

La humanidad y la inteligencia no son lo mismo: la inteligencia no siempre ve lo justo. Lo justo es el resultado de una concepción siempre amplia de las cosas. Esto implica vernos siempre en las cosas o influenciados por ellas. Quién dice las cosas dice también las relaciones humanas. Reconocerse en las cosas y dejarse influir es tener siempre la posibilidad de escapar de los círculos concéntricos que cierran nuestra visión del mundo y nuestra forma de vivir y saber también que tan pronto te encuentras fuera del último círculo, uno nuevo se cierne para apresarte.

Durante muchos años, yo estuve en uno de esos círculos, y no podía vivir con arreglo a los siguientes conceptos liberadores: 

«No hay objetivo a alcanzar por encima del que lucha por alcanzarlo» ¿Cómo iba a ser el objetivo algo superior a mí, al que lo establece y elige alcanzarlo? ¿El objetivo sometiendo al que lo establece? ¿El que lo establece supeditado al objetivo? El mundo al revés. 

«El objetivo es primero algo propio que se genera en el ámbito de lo individual» ¿Cómo iba a dejar en manos de otros mi relación con mi propio objetivo? Dejé que se impusieran en mí objetivos ajenos, por mi frágil iniciativa y voluntad, y dejé que se me juzgara humanamente con arreglo a lo mucho o poco que me aproximaba a ellos ¿El objetivo ajeno sometiendo al que no lo establece? El desenlace me hizo entender que el mundo no puede ponerse al revés. Eso sólo trajo dolor.

«No hay que participar de ninguna aventura de gente que, en su modo de entender la vida y de relacionarse, comprometan los anteriores conceptos liberadores. Esto es un error de bulto» Yo propagué el error, haciendo piña con otros adeptos a esta forma de vivir. El resultado fue que intensifiqué mi cárcel y viví perdido y extraño a mí mismo. Mi inmadurez era un sustrato aún blando en el que, quién necesitara succionar y vivificarse por medio de otro, encontraba su abono. Negar, anular, someter, rebajar y esclavizar mi identidad fue el periplo que recorrí en veinticinco años en vista a servir y complacer a otros.

El objetivo propio no es más que la posibilidad que uno se pone dentro de acuerdo a una concepción previa de cómo y hacia dónde debe caminar. Pero quien instaura tal objetivo debe ser uno mismo y nadie más, y quién determina el apremio del paso es también uno mismo. Esto no debe ignorarse o despreciarse.  

Otro concepto que me liberó rezaba así: «Un hombre que no alcanza lo que se propone no es un derrotado en vida» Pero durante años estuve aplicándome su contrario y aplicándolo así veladamente a otros. Una mueca de autosatisfacción acudía a mi rostro cada vez que alguien se me antojaba sucumbiendo a las fuerzas ineluctables de una decadencia física o espiritual prematura. Si consideras dentro de ti esto ten presente que el derrotado eres tú, porque en ti sucumbió algo más importante: tu humanidad. Y otra cosa no dudes: que si bailas con gozo sobre lo que consideras la osamenta de alguien derrotado, sábete muerto en vida. Los huesos bajo tus pies celebrarán al fin ser eso: los huesos de un cuerpo que no se parezca ni de lejos al tuyo.

David Galán Parro

30 de agosto de 2024