
Durante años, secas rodando en mi cara
y adentro, manando como en un pozo,
así eran mis lágrimas, muerto el gozo,
así al fondo iban por que yo te amara.
Mi pecho empozado lento crecía,
ahogando al corazón resignado,
pues solo de ti era necesitado…
¡Fue duro no tenerte cada día!
Te reclamé a gritos en el desierto
más tu voz acudía sin tu presencia:
eras el fantasma de mi impaciencia
arrastrándose en un camino muerto.
No volverás. Oigo el goteo incesante.
Queda la noche, el insomnio, el instante.
David Galán Parro
30 de junio de 2026