Historias cotidianas de la Antigua Grecia: El maestro de escuela (*)

Estaba Metrotimé a las puertas de su humilde casa cuando vio pasar por un sendero cercano a Lampriskos, maestro muy valorado en la ciudad. La mujer le hizo un gesto con la mano para que se acercara. Lamprikos al verle el semblante comprendió de inmediato que algo le preocupaba.

—¡Ah Lampriskos! Dame una solución a mi problema: Kotalos no quiere estudiar. Creo que se merece una buena tunda de palos por ello, además de por mentir, insultar y burlarse de todo el mundo, empezando por mí, su propia madre ¿Qué puedo hacer Lampriskos?

—No te desesperes Metrotimé. Los muchachos de hoy en día son todos un poco alocados. Él tuyo no va a ser una excepción.

—Lo sé, pero el mío es especialmente malvado. Me roba dinero y luego se va a la plaza a reunirse con otros chicos tan malos como él y lo pierde todo jugando con ellos a los dados. Me está arruinando. Encima el maestro que le enseña me reclama al principio de cada mes el dinero que le debo por las clases. Pero mi hijo no va a clases. No sabe ni por dónde se va a la escuela: te digo, se escapa a jugar a los dados con los amigos y no sabe ni llegar a ella.

—¡Por Zeus! Menudo demonio. Te compadezco, Metrotimé.

—No te imaginas lo mal que vivo por causa de su carácter rebelde. Su pobre tablilla, que cada mes unto de cera para que no se estropeé, permanece tirada en la cama. No la quiere ni ver. Le duele verla más que si viera el infierno. Por eso cuando a veces la coge y me hago la ilusión de que se va a poner a estudiar por fin, termina llenándola de arañazos y la tira al suelo y la pisa. Eso sí, los dados que son su juguete favorito los tiene todos muy bien cuidados y guardados en sus saquitos y redecillas.

—Pero entonces, si tan mal cuida la tablilla ¡No sabrá ni leer ni escribir!

—Así es, Lampriskos. No quiere estudiar. Lo tiene claro. El otro día me dijo que él lo que quiere es aprender a guardar burros, que con sólo eso será feliz en la vida. Pero yo quiero que estudie, que haga algo de más provecho. Dice que estudiar no le sirve para nada y menos para mantenerme a mí cuando me llegue la vejez.

—Bueno, Metrotimé, has de pensar también en lo que él quiere para sí mismo. Que tenga que estudiar y que debamos obligarle a estudiar no quiere decir que la palabra última sobre su futuro, no sea la propia ¿Quiénes somos nosotros para arrancarle los cuernos al toro pretendiendo que sea caballo? El toro es toro y si tu hijo quiere en un futuro cuidar de los burros y disfrutar del placer de una vida sin grandes responsabilidades porque esa es su voluntad ¿se lo vas a impedir cuando sea dueño entero de su persona y voluntad? Deja que busque su propia satisfacción y felicidad y no insistas en que lo que espera tu cabeza de él sea lo mismo que lo que le depare el destino. Haz esto que digo y no sufrirás ni tú ni él. De momento sólo podemos exigirle que cumpla con el conocimiento más común a todos, para que al menos no se vea en demasiada desventaja por su ignorancia con respecto a otros y no se avergüenza por ello cuando sea una persona más juiciosa.

—Bien dices, Lampriskos. Pero es precisamente en este momento que ni con ese mínimo esfuerzo que le exijo quiere asunto.

—¿Y tú marido no hace nada al respecto?

—Mi marido es un hombre que ya no tiene bien ni la vista ni el oído y por ello, Kotalos tampoco lo respeta. Si mi marido y yo le regañamos fuertemente, coge y se escapa de nuestra casa y se va a la de mi madre, que es todavía más anciana y allí hace lo que le da la gana, pues mi madre le permite todo, la pobre. El otro día se subió al tejado de la casa y se colgó boca abajo como un mono. Podía haberse caído y matado. Luego, se puso a tirar todas las tejas e hizo un verdadero destrozo. Tuve que darle a mi madre un óbolo por cada teja rota. No hay nada que hacer con mi hijo. Todo va de mal en peor.

—Quizás cuando se acerquen las vacaciones venga yo por aquí y le obligue a estudiar.

—¿En vacaciones? ¡Será imposible! Está desesperado porque empiecen, como si estuviera cansado de estudiar todos los días, y ya está planeando cómo divertirse en ellas.

—Tranquila, Metrotimé. Me pasaré por aquí y haré que el muchacho estudie en las vacaciones. Se le harán muy largas, ya verás. Tú vete preparando una puerta resistente para dejarlo encerrado en esos días de verano en su cuarto. Tu hijo es como un perro al que solo le gusta salir y correr libre por el campo. Pero eso se le acabará. Yo estaré para evitarlo, aunque tenga que emplear (¡espero que no!) el cuero duro de mi cola de buey.

—Gracias Lampriskos, que las Musas te concedan la gracia y la dulzura de vivir.

—No hay de qué, Metrotimé. Entre los dos, haremos que Kotalos aprecie por igual el trabajo que le supone la tablilla y la diversión que le ofrecen los dados.

Y dicho esto, el maestro se fue por el polvoriento sendero que le llevaba al puerto. Allí le gustaba contemplar cómo preparaban los marineros sus redes antes de salir a pescar con sus barcos.

FIN

(*) Historia basada en el mimo, titulado “El maestro de escuela” del poeta griego Herondas.

David Galán Parro

17 de junio de 2026

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