Contenido y continente

El hidrógeno volteándose en helio hasta ser un residuo grisáceo en una prefijada esfera que implosiona.

El agua democrática en la ondulación suicida que desaforada castiga al rompiente.

La blanda carne detenida en el exoesqueleto, rebasada su última ecdisis.

El hierro prensándose hacia el filo de la hoja en su anhelo de matar, muriendo.

Los labios en el beso y las manos, en las caricias y esto a su vez en la despedida inminente que todo lo pierde.

Las palabras de amor escritas latiendo en la jaula métrica secular que las apura para el goce de corazones arrinconados por el desamor.

El amor mismo habitando en la rutina invariable que lo empoza y vicia.

El hombre y las circunstancias que lo cercan hasta el estrangulamiento final de sus horas.

Todo contenido en el continente al que pertenece y le derrota.

David Galán Parro

18 de octubre de 2023 

Las crónicas de Tiberio

El payaso siciliano “Tatú” prescindió de su nariz amorfa y la peluca de rastas de Froot Loop cuando conoció a Cleotilde, una prostituta morena y sinuosa como sirena mutante de Avenida Tlalpan.

De manera que Tatú igual abandonó el apodo que aludía a su metro y treinta de estatura y se presentó como Vincenzo Tiberio con la ninfa que se retorcería de placer en la cama al comprobar dónde se compensaba la falta de altura del muchacho…

Al menos esa era la versión que sabíamos quienes acudíamos religiosamente a comer sopes y quesadillas al puesto de Tiberio al salir de la oficina. Porque no había otra explicación coherente para entender las miradas amorosas que le arrojaba a Tiberio esa hembra de cepa que picaba cebolla y cilantro con docilidad.

Fueran peras o perones, nadie se metía con Cleotilde luego de que mucho tiempo atrás a un tarado se le quitaron las ganas de estarla chuleando cuando en cuestión de segundos Tiberio saltó del tenderete con un cuchillo cebollero que le acopló al pescuezo mientras mascullaba insultos terribles en la lengua del Dante.

Quitando aquello, todos reconocíamos la destreza del hombre que reemplazó sus pastas legendarias por los antojitos mexicanos cuando mordisqueó unos tacos de carnitas con un guacamole picoso hasta su madre, que paladeó como si degustara cajeta de Celaya.

Dicen las malas lenguas que el genterío hacinado en el reducto de Tiberio no sólo acudía por lo delicioso de sus quesadillas, sino a causa de dos espectáculos extras: el cuerpo quita-aliento de una inmisericorde Cleotilde bien escotada que se las arreglaba para inclinarse cuando no la veía su esposo; y la secuencia inverosímil del minúsculo Tiberio encaramado sobre un banquito para alcanzar el molcajete donde bailoteaba el tejolote con el garbo de un tlaloque afanoso al suscitar las lluvias.

Sin embargo sólo pocos allegados a Tiberio supimos la razón de su popularidad: bastaba con que estuviéramos ahítos luego de que se apaciguaba el fuego de sus salsas a la media noche para que se limpiara las manos regordetas en el mandil, sacándole filo a sus cuchillos mientras nos refería las historias inauditas de los “figlios de puttana” que arrostró en su infancia, justo antes de ser seducido por el circo donde apasionó a las malabaristas con los mismos atributos que tanto valoraba su mujer.

Gatocteles (seud.)

29 de abril de 2016

Más sobre el autor: La Página de los Cuentos

Luz

Una tarde en que el calor no la dejó dormir la siesta, mi abuela se puso a decirme que no todas las personas tienen lucecitas en las puntas de los dedos. Fue un episodio atípico, de esos en que me sentía importante porque un adulto se tomaba el tiempo para explicarme algo complejo.

—Algunas personas—empezó entonces— son como la luna, reflejan la luz como un espejo.

Estaba agitada, algo ofendida. El calor le hacía rodar enormes gotas por el cuello y parecía que el temor de alguna cosa le hincaba los talones.

Me senté a modo indio, como si me fuera a contar un cuento, y noté que se fastidiaba. Me esmeré en demostrarle que le ponía atención, así que le hice saber que me parecía bien que las personas reflejaran la luz como un espejo.

—No me estás entendiendo—replicó, mientras se pasaba un pañuelo de tela por la frente.Titubeó un rato buscando quizás la forma de decir lo mismo con otras palabras o considerando la posibilidad de quedarse en silencio. Miró mis ojos, mi pelo, los Rasti desparramados por el piso. Se resolvió por fin, con esa manera tan suya de mover las manos:

—¿Viste los sapos? Van a la luz.

Pensé en los sapos en el campo, reunidos debajo de los fluorecentes, estirando sus lenguas como chicle hacia la horda de insectos ávidos de estamparse contra el foco.

Observó mi cara, mi actitud de haber atrapado algo pero no saber qué. Se levantó con trabajo, me indicó que no hiciera bulla porque el abuelo dormía. Después se fue bufando hacia la cocina.

Ese día tiró muchos álbumes y fotos.

Noelia A.

1 de septiembre de 2023

Más sobre la autora: Blog personal, La Página de los Cuentos.

Otro instante

Dicen (no me es dado aún saberlo)

que en el instante atroz

en que no cabe el futuro

en el que la absoluta forma

en que habitamos

arbitrarios y sintientes,

siempre igual a sí misma,

pero al menos pronunciada

presente

es puro horror compactado

dicen (digo) que somos devorados 

de una dentellada por la memoria

preñada de apacibles recuerdos.

(Todo dolor tiene su inevitable plan de fuga)

Lo sé… 

Esta idea, ustedes los escépticos dirán, que es trillada habladuría…

Ya… 

Pero yo la supe de un amigo albañil

que sobrevivió al horror

de ocho metros de vertical vacío:

La práctica cierra a veces 

dolorosamente

el círculo de la verdad de una creencia.

David Galán Parro

14 de octubre de 2023

Dos instantes

Temblor y dehiscencia de la carne

hacia nuestra lluvia secreta

que no escampa. 

Tú, a horcajadas de mis ojos

siento el éxtasis de un niño 

que contempla entre pilastras 

el milagro de la bóveda suspendida sobre él. 

La visión me devuelve a un punto ínfimo 

donde sueño y vigilia se confunden, 

donde el tiempo ahuyenta la memoria o la esperanza.

En ese presente puro

al que me arrastra la sed de tí

presiento el instante postrero 

que se preserva esperando su turno

mientras este otro, ensayo y némesis de él, 

auspicia, una y otra vez, 

carne dentro de carne,

la vida.

David Galán Parro

14 de octubre de 2023

El parto del mito

Su hambre de libros haciendo turbios los días y claras las noches; unas mohosas armas proscritas a un lúgubre rincón por el olvido y el descanso eterno de los antepasados; su industria para hacer del morrión, desafortunada celada; un rocín escuálido; una joven de campo que limpia la piara familiar; su afición al ejercicio de la pluma autorizándole a componer nombres sonoros y peregrinos para las cosas mundanas; la diligencia de un ocupado ventero y el auxilio de dos jóvenes meretrices; la compañía pertinaz de un labriego vecino suyo sobre un rucio de áspero pelaje: todas ellas son las necesarias cosas que concurrirán por último al parto de su inédito desatino.

No obstante sin bosquejarlas siquiera aún, ya trepidan intermitentes las contracciones en los hechos cotidianos que lo cercan: cuando departe extrañamente excitado con Pedro el cura y el barbero Nicolás sobre la gallardía de los fantásticos héroes en montura y armas; cuando en el trasiego del mercado contempla a la hacendosa hija de Lorenzo Corchuelo y luego regresa a casa con un gozoso regusto inexplicable agarrado al pecho; cuando tumbando en el erial la fuga de liebres y perdices, alza la vista y a lo lejos en el volteo de las aspas de los molinos prefigura la furia de los novelados gigantes que le placen en las horas ociosas; cuando un resquicio de luz en la penumbra del astillero asoma las armas y siente que le llaman discretas en un secreto lenguaje… 

De momento él, ciego a estas sutiles vibraciones es un muerto en vida, fluyendo en las repetidas pocas cosas que lo hastían, aquietado y pasivo frente a su insospechado futuro. Mucho le queda aún para arrancarse de esta domeñada cordura, sueño gris de su postrada rutina, que le anda  concibiendo para parirlo al otro lado convertido en el hombre dinámico, dueño de un insensato proyecto de sí mismo; convertido en su plena liberación ideal; convertido en el mito.

David Galán Parro

12 de octubre de 2023

A cada siete días

A cada siete días, 

por unas pocas horas,

tengo la dicha

de tus labios habitando los besos;

tus ojos, la mirada; 

tus manos, las caricias;

y tu voz, las palabras.

La verdad es que ya me acostumbré

a esos siete días 

en que estos moradores andan ausentes

¿o me resigné?

Mejor no pensar en la diferencia.

porque «el amor no debe tener prisa» dicen…

Y sin embargo este imperativo romántico ofende

en el intersticio atroz

en que soy un hombre lleno de casas deshabitadas.

David Galán Parro

10 de octubre de 2023

¿Quién bailará?

 En el ejercicio de esta precisa estrofa 

el espejismo de las tinieblas se agrava; 

brotan desde las más profundas raíces 

hasta la cima del firmamento morado. 

Es el otoño, con su marchita expresión, 

acompañando la prontitud de las tardes; 

tras la ventana la claridad se desviste 

y la rutina desaparece en la almohada. 

Vuelven los charcos, los ríos y el barro, 

vuelven tus alas a mi quimera desierta. 

Noche sincera con melodías de lluvia: 

¿quién bailará cuando el ocaso se duerma? 

Carlos Martín Vega

El estudiante y la pastora

Es el deseo o el amor que ha venido a destruirle. Siente su envoltura culpabilizadora. «Hereje el que no reniega de la tentación del pecado» dictamina la época. Sin embargo la visita es atroz. Luchan su carne y su espíritu bajo la pelliza con la que se echó a los descampados a requebrar en vano a esa casta pastora, súcubo invertido, plaga destructora de anhelos. No le importan ya las atónitas lenguas desencadenadas de los lugareños que le vieron remanecer como espectro insolente transfigurado en pastor por las polvorientas calles del pueblo manchego.

Atrás queda el liceo de Salamanca en el que a su vera, Ambrosio, su amigo, compartía banco y plática gozosa sobre Astrología y Poesía, talismanes ahora inútiles para conjurar su ansiedad aparejada al desamor que la pastora le profesa.

Ella, tez de luna, largas pestañas, mirada altiva, rosetas fulgurantes, lacera su memoria célibe y le recuerda aquella su primera visión en el aprisco donde una fuente alimentaba un melocotonero. El agua aliviaba entonces los níveos pies de ella cuando jalaba del faldón descubriendo sus firmes pantorrillas a sus ojos espías. Lo que sigue a esto no son los hijos de la memoria, sino los de otra cosa, enemiga de la decencia requerida a las mentes recatadas que se esperaban a la vuelta del liceo. Antaño estudiante domesticado por la razón secular y las expectativas paternas, desbocaba ahora su pensamiento más allá del faldón recogido por la muchacha para herrar despiadado su mente con cosas reprobables que ya nunca conocerá: el cierre de los muslos turgentes hacia la hendidura húmeda que nos devuelve a la vida; la tersura del abdomen que nos regala después el prodigio de la carne libre y grávida; el amanecer trémulo de las aréolas; el cuello, el gollete, el mentón socavados por la respiración entrecortada: el viejo sendero cíclico por el que trastabillan los besos hacia el oasis de unos labios amantes.

Grisóstomo ya no las conocerá. Quedarán para él tan alejadas de su realidad, como aquellas que fabuló para sí el hidalgo loco que se avendrá una noche de verano a escuchar entre pastores la historia repetida de su destino aciago.

Pero esto es aún futuro…

Bajo un árbol en cuya corteza otros desfavorecidos han roturado el nombre maldito o han colgado coronas laudatorias en ramas tronchadas o se han reclinado para entonar amorosas endechas por ella, se tortura ahora él imaginando esas perdidas cosas que sabe ya nunca tendrá y fraguando el plan fatal que lo libere para siempre.

Entonces sus ojos empañados por las lágrimas y el polvo de la tarde que declina divisan a lo lejos la figura desgarbada del amigo que, siempre fiel, lo ha secundado también en mudar atuendo estudiantil por pastoril y ya su corazón no se conmueve, exhausto de pura entrega a ella. Cuando cayado en mano, el otro alcanza el abrazo sombrío del árbol que los ampara la conversación acontece inusitadamente lacónica:

—¿En dónde?—pregunta el allegado

—Bajo la peña donde está la fuente que alimenta al melocotonero.

—Que así sea, compañero.

Y la voz se esfuerza por no parecer quebrada.

David Galán Parro

7 de octubre de 2023 

Niño que mira juegos ajenos al borde de una piscina

Es sábado. Se ha levantado a las diez de la mañana, tarde para él. Debe abreviar el desayuno y comenzar la lectura que se pospone entre semana por los compromisos ineludibles. Se siente sobrepasado, hastiado, vacío, alejado de su centro vital. Siempre así: largos viajes semanales por quehaceres que no le representan ni en lo mínimo ni íntimo y que sin embargo sostienen materialmente sus breves momentos de esparcimiento intelectual. «Sábado» fulgura en su ánimo como un cielo azul bendiciendo el nacimiento de los primeros hombres.

De repente una llamada al móvil interrumpe el paladeo del café. Es su amigo y entrenador personal. La vida le ha deparado amistades un tanto insólitas a su naturaleza contemplativa, hombres de acción y calle cuyo último refugio sería una biblioteca o una hoja en blanco en la que historiar o reflexionar. Al borde de la piscina de verano donde los demás niños alborotaban el agua con sus juegos salvajes, él los miraba ensimismado y retraído. Él, esquivo al ajetreo de la vida.

—¿Qué estás haciendo ahora? Vamos a la cafetería cerca de mi casa —le suelta imperioso el amigo.

Leer es la disculpa.

—¿Leer? ¡Anda ya! Es fin de semana. Deja los libros. Dentro de quince minutos nos vemos.

Efectivamente: no es sano recluirse. Su impulso creador a fin de cuentas se alimenta del estímulo de la calle y lo sabe. Sutilmente lo ha experimentado pese a sus opacados sentidos de rata de biblioteca y a su obstinado desinterés por lo accidental de las cosas cotidianas. Renuente se viste y antes de salir un impulso inconformista le impele a tomar uno de sus libros de los anaqueles de su biblioteca. Tiene tiempo, quiere creer, para extraviarse un poco en alguna de sus páginas y encontrar un pasaje sentencioso que como un talismán conjure lo fútil por unas horas. Aquella forma atroz de apurar y retorcer los últimos minutos para compensar su vacío y que le aleja de todo es exasperante para cualquiera que le solicite. Un regusto insatisfecho y ansioso traspone la puerta de casa con él.

En la cafetería el amigo se abrasa en el asiento.

—¿Por qué tardaste tanto? ¿Dónde te habías metido? 

Da una razón verosímil.

—Me acompañas a la depilación ¿no? 

Asiente sin resistencia.

—Tengo que hacérmela por aquí —el amigo tironea de unos pelos rebeldes que salpican su mentón sin querer hacer barba—. No me gusta un carajo verme así. La chica que me hace la cera es muy profesional. Pronto cuando tenga algo más de dinero le pido la depilación láser por el cuerpo. Deberías hacértela, tú que puedes. Estás muy dejado con eso. Las sesiones de cuerpo completo están regaladas, a mitad de precio, comparadas con las de hace cinco años y… 

Él se mira los brazos. Despoblar la piel puntualmente a cada diez días es la exigencia de su genética si quiere acompasarse al vértigo de la moda ¿Por qué tiene que plegarse a los nuevos tiempos? Entonces recuerda la espalda velluda de su abuelo cuando se descamisaba en mitad de la canícula veraniega y por la que vertía con su desportillada palangana agua para mitigar el sofoco ¡Aquellos benditos hombres libres sin complejos que transmutaron a esclavos de esta nueva época y atados a las veleidades del mercado de solteros si quieren sobrevivir!

—¿Has entrado ya en Tinder (*)?

No lo ha hecho aún.

—¿Cómo que no? ¿A qué esperas? ¿A conocer viejas en el parque mientras lees? O estás a punto de salir del armario o eres bobo. Tienes cuarenta y siete años, soltero, funcionario, dinero de por vida… Métete ya en Tinder… Viaja, conoce mundo…y cambia ya de coche…

«Ese cacharro con el que me muelo las vértebras. Y sin embargo lo amo» En su habitáculo, el cacharro había acogido además los besos y las caricias de amores frustrados, el ajetreo de múltiples cambios de residencia en su antigua vida nómada y el espanto que le imprimió para siempre alguna anécdota al volante en que se salvó para contarla. Ahora, deslustrado, rozado, abollado, sucio… Su maltrecho perro viejo o él, un idiota nostálgico.

—Estás haciendo progresos en el entrenamiento, pero no te desbarates comiendo lo que no te puse en la dieta. El entrenamiento es principalmente disciplina en lo que se come…

Una carrera a contrarreloj por compactar la caída congénita muscular,  por demorar el desbordamiento flácido en la parte abdominal, por echar a volar la testosterona, por reprimir la rebelión pilosa en el cuerpo y alentarla en la zona craneal son los ingredientes mínimos necesarios para brillar algo en el escaparate en donde todos se matan a codazos por defender su hueco.

—Esas camisas a cuadros y esos pantalones chinos que te quedan un poco sueltos por la pantorrilla son horrorosos. Ya te diré como renovar el armario…

El aderezo: una estética de ropa ceñida aparentando juventud…¿Por qué aquella moda le apremiaba y le negaba? Él, el retrógrado.

Mientras espera su turno para entrar a la sala de depilación, el amigo le enseña videos en el móvil. En ellos, ostentosas viviendas, barcos y coches de lujo quieren aplastar las esperanzas de las mezquinas cucarachas obreras. «Haber elegido ser bróker de un fondo de inversión o futbolista de élite o cantante internacional con superventas. A lo mucho cópianos el rasurado y los tatuajes. Pero ni se te ocurra asaltar los cielos y profanar nuestro paraíso financiero. Hay estados de cosas que tocarlos se paga caro, cucaracha» reza la grosería del lujo en las imágenes. Pleitesía, dicta el sentido común fosilizado.

—Y en esta de aquí celebraron su boda. Costó dos millones de dólares…

Salen del centro de estética y el mentón del amigo brilla embadurnado de aceite protector.

—Es para hidratar—y luego— Acompáñame ahora al supermercado. Tengo que comprar algunas cosas. No serán muchas. Marta no ha cobrado y no podemos gastar mucho…—. El amigo da la espalda a las puertas automáticas corredizas que se accionan intermitentes descubriendo al fondo la espantosa marabunta que trasiega desaforada con carros atestados de bolsas.

Entonces sucede: primero de repente una sensación de vértigo le golpea y contempla al amigo como al que en el tumulto de una dársena al pie de un autobús a punto de partir implora no ser abandonado por quien ya no lo ama; luego un sentimiento de extrañamiento le asalta y le embarga mientras el otro le interpela. Y en el amargo sentimiento adivina una dureza vital necesaria para sobrevivir, un camino propio alejado de concesiones a otros…

Un camino cuyo origen fraguaba el niño al borde de una piscina de verano.

David Galán Parro

1 de octubre de 2023

(*) Tinder: plataforma global de citas, generalmente amorosas, en internet.