Soy tu puta

Soy tu puta, me dices

y tus labios no lo pronuncian

porque reniego de que sean ellos

los que te degraden.

Yo te salvaré de mi lascivia, pienso

y luego me descubro egoísta al pensarlo

¿Por qué negar tu libre manera?

Soy tu puta, vuelves a decir

y es una implacable piedra 

que da en el centro de mi vergüenza

y es mi vergüenza el espejo en el que se mira

el rey moralista que me habita

encadenado a la sombra de un onanismo reprobable

¿Por qué no tumbar su oscuro reinado?

Soy tu puta, repites,

haz conmigo lo que quieras

has pagado mucho por mi

fóllame

y son palabras tiernas

que alivian poco a poco 

mis viejas heridas

y me renuevan y me traen la paz

y toleran lo que creía

sucios rincones inconfesos

y me regalan la belleza insospechada 

de la mujer que me redime y amo,

de la mujer que me disfraza de crápula,

y que ahora hago al fin mi puta.

David Galán Parro

16 de octubre de 2023

Contenido y continente

El hidrógeno volteándose en helio hasta ser un residuo grisáceo en una prefijada esfera que implosiona.

El agua democrática en la ondulación suicida que desaforada castiga al rompiente.

La blanda carne detenida en el exoesqueleto, rebasada su última ecdisis.

El hierro prensándose hacia el filo de la hoja en su anhelo de matar, muriendo.

Los labios en el beso y las manos, en las caricias y esto a su vez en la despedida inminente que todo lo pierde.

Las palabras de amor escritas latiendo en la jaula métrica secular que las apura para el goce de corazones arrinconados por el desamor.

El amor mismo habitando en la rutina invariable que lo empoza y vicia.

El hombre y las circunstancias que lo cercan hasta el estrangulamiento final de sus horas.

Todo contenido en el continente al que pertenece y le derrota.

David Galán Parro

18 de octubre de 2023 

Las crónicas de Tiberio

El payaso siciliano “Tatú” prescindió de su nariz amorfa y la peluca de rastas de Froot Loop cuando conoció a Cleotilde, una prostituta morena y sinuosa como sirena mutante de Avenida Tlalpan.

De manera que Tatú igual abandonó el apodo que aludía a su metro y treinta de estatura y se presentó como Vincenzo Tiberio con la ninfa que se retorcería de placer en la cama al comprobar dónde se compensaba la falta de altura del muchacho…

Al menos esa era la versión que sabíamos quienes acudíamos religiosamente a comer sopes y quesadillas al puesto de Tiberio al salir de la oficina. Porque no había otra explicación coherente para entender las miradas amorosas que le arrojaba a Tiberio esa hembra de cepa que picaba cebolla y cilantro con docilidad.

Fueran peras o perones, nadie se metía con Cleotilde luego de que mucho tiempo atrás a un tarado se le quitaron las ganas de estarla chuleando cuando en cuestión de segundos Tiberio saltó del tenderete con un cuchillo cebollero que le acopló al pescuezo mientras mascullaba insultos terribles en la lengua del Dante.

Quitando aquello, todos reconocíamos la destreza del hombre que reemplazó sus pastas legendarias por los antojitos mexicanos cuando mordisqueó unos tacos de carnitas con un guacamole picoso hasta su madre, que paladeó como si degustara cajeta de Celaya.

Dicen las malas lenguas que el genterío hacinado en el reducto de Tiberio no sólo acudía por lo delicioso de sus quesadillas, sino a causa de dos espectáculos extras: el cuerpo quita-aliento de una inmisericorde Cleotilde bien escotada que se las arreglaba para inclinarse cuando no la veía su esposo; y la secuencia inverosímil del minúsculo Tiberio encaramado sobre un banquito para alcanzar el molcajete donde bailoteaba el tejolote con el garbo de un tlaloque afanoso al suscitar las lluvias.

Sin embargo sólo pocos allegados a Tiberio supimos la razón de su popularidad: bastaba con que estuviéramos ahítos luego de que se apaciguaba el fuego de sus salsas a la media noche para que se limpiara las manos regordetas en el mandil, sacándole filo a sus cuchillos mientras nos refería las historias inauditas de los “figlios de puttana” que arrostró en su infancia, justo antes de ser seducido por el circo donde apasionó a las malabaristas con los mismos atributos que tanto valoraba su mujer.

Gatocteles (seud.)

29 de abril de 2016

Más sobre el autor: La Página de los Cuentos

Luz

Una tarde en que el calor no la dejó dormir la siesta, mi abuela se puso a decirme que no todas las personas tienen lucecitas en las puntas de los dedos. Fue un episodio atípico, de esos en que me sentía importante porque un adulto se tomaba el tiempo para explicarme algo complejo.

—Algunas personas—empezó entonces— son como la luna, reflejan la luz como un espejo.

Estaba agitada, algo ofendida. El calor le hacía rodar enormes gotas por el cuello y parecía que el temor de alguna cosa le hincaba los talones.

Me senté a modo indio, como si me fuera a contar un cuento, y noté que se fastidiaba. Me esmeré en demostrarle que le ponía atención, así que le hice saber que me parecía bien que las personas reflejaran la luz como un espejo.

—No me estás entendiendo—replicó, mientras se pasaba un pañuelo de tela por la frente.Titubeó un rato buscando quizás la forma de decir lo mismo con otras palabras o considerando la posibilidad de quedarse en silencio. Miró mis ojos, mi pelo, los Rasti desparramados por el piso. Se resolvió por fin, con esa manera tan suya de mover las manos:

—¿Viste los sapos? Van a la luz.

Pensé en los sapos en el campo, reunidos debajo de los fluorecentes, estirando sus lenguas como chicle hacia la horda de insectos ávidos de estamparse contra el foco.

Observó mi cara, mi actitud de haber atrapado algo pero no saber qué. Se levantó con trabajo, me indicó que no hiciera bulla porque el abuelo dormía. Después se fue bufando hacia la cocina.

Ese día tiró muchos álbumes y fotos.

Noelia A.

1 de septiembre de 2023

Más sobre la autora: Blog personal, La Página de los Cuentos.

Otro instante

Dicen (no me es dado aún saberlo)

que en el instante atroz

en que no cabe el futuro

en el que la absoluta forma

en que habitamos

arbitrarios y sintientes,

siempre igual a sí misma,

pero al menos pronunciada

presente

es puro horror compactado

dicen (digo) que somos devorados 

de una dentellada por la memoria

preñada de apacibles recuerdos.

(Todo dolor tiene su inevitable plan de fuga)

Lo sé… 

Esta idea, ustedes los escépticos dirán, que es trillada habladuría…

Ya… 

Pero yo la supe de un amigo albañil

que sobrevivió al horror

de ocho metros de vertical vacío:

La práctica cierra a veces 

dolorosamente

el círculo de la verdad de una creencia.

David Galán Parro

14 de octubre de 2023

Dos instantes

Temblor y dehiscencia de la carne

hacia nuestra lluvia secreta

que no escampa. 

Tú, a horcajadas de mis ojos

siento el éxtasis de un niño 

que contempla entre pilastras 

el milagro de la bóveda suspendida sobre él. 

La visión me devuelve a un punto ínfimo 

donde sueño y vigilia se confunden, 

donde el tiempo ahuyenta la memoria o la esperanza.

En ese presente puro

al que me arrastra la sed de tí

presiento el instante postrero 

que se preserva esperando su turno

mientras este otro, ensayo y némesis de él, 

auspicia, una y otra vez, 

carne dentro de carne,

la vida.

David Galán Parro

14 de octubre de 2023

El parto del mito

Su hambre de libros haciendo turbios los días y claras las noches; unas mohosas armas proscritas a un lúgubre rincón por el olvido y el descanso eterno de los antepasados; su industria para hacer del morrión, desafortunada celada; un rocín escuálido; una joven de campo que limpia la piara familiar; su afición al ejercicio de la pluma autorizándole a componer nombres sonoros y peregrinos para las cosas mundanas; la diligencia de un ocupado ventero y el auxilio de dos jóvenes meretrices; la compañía pertinaz de un labriego vecino suyo sobre un rucio de áspero pelaje: todas ellas son las necesarias cosas que concurrirán por último al parto de su inédito desatino.

No obstante sin bosquejarlas siquiera aún, ya trepidan intermitentes las contracciones en los hechos cotidianos que lo cercan: cuando departe extrañamente excitado con Pedro el cura y el barbero Nicolás sobre la gallardía de los fantásticos héroes en montura y armas; cuando en el trasiego del mercado contempla a la hacendosa hija de Lorenzo Corchuelo y luego regresa a casa con un gozoso regusto inexplicable agarrado al pecho; cuando tumbando en el erial la fuga de liebres y perdices, alza la vista y a lo lejos en el volteo de las aspas de los molinos prefigura la furia de los novelados gigantes que le placen en las horas ociosas; cuando un resquicio de luz en la penumbra del astillero asoma las armas y siente que le llaman discretas en un secreto lenguaje… 

De momento él, ciego a estas sutiles vibraciones es un muerto en vida, fluyendo en las repetidas pocas cosas que lo hastían, aquietado y pasivo frente a su insospechado futuro. Mucho le queda aún para arrancarse de esta domeñada cordura, sueño gris de su postrada rutina, que le anda  concibiendo para parirlo al otro lado convertido en el hombre dinámico, dueño de un insensato proyecto de sí mismo; convertido en su plena liberación ideal; convertido en el mito.

David Galán Parro

12 de octubre de 2023

A cada siete días

A cada siete días, 

por unas pocas horas,

tengo la dicha

de tus labios habitando los besos;

tus ojos, la mirada; 

tus manos, las caricias;

y tu voz, las palabras.

La verdad es que ya me acostumbré

a esos siete días 

en que estos moradores andan ausentes

¿o me resigné?

Mejor no pensar en la diferencia.

porque «el amor no debe tener prisa» dicen…

Y sin embargo este imperativo romántico ofende

en el intersticio atroz

en que soy un hombre lleno de casas deshabitadas.

David Galán Parro

10 de octubre de 2023

¿Quién bailará?

 En el ejercicio de esta precisa estrofa 

el espejismo de las tinieblas se agrava; 

brotan desde las más profundas raíces 

hasta la cima del firmamento morado. 

Es el otoño, con su marchita expresión, 

acompañando la prontitud de las tardes; 

tras la ventana la claridad se desviste 

y la rutina desaparece en la almohada. 

Vuelven los charcos, los ríos y el barro, 

vuelven tus alas a mi quimera desierta. 

Noche sincera con melodías de lluvia: 

¿quién bailará cuando el ocaso se duerma? 

Carlos Martín Vega

El estudiante y la pastora

Es el deseo o el amor que ha venido a destruirle. Siente su envoltura culpabilizadora. «Hereje el que no reniega de la tentación del pecado» dictamina la época. Sin embargo la visita es atroz. Luchan su carne y su espíritu bajo la pelliza con la que se echó a los descampados a requebrar en vano a esa casta pastora, súcubo invertido, plaga destructora de anhelos. No le importan ya las atónitas lenguas desencadenadas de los lugareños que le vieron remanecer como espectro insolente transfigurado en pastor por las polvorientas calles del pueblo manchego.

Atrás queda el liceo de Salamanca en el que a su vera, Ambrosio, su amigo, compartía banco y plática gozosa sobre Astrología y Poesía, talismanes ahora inútiles para conjurar su ansiedad aparejada al desamor que la pastora le profesa.

Ella, tez de luna, largas pestañas, mirada altiva, rosetas fulgurantes, lacera su memoria célibe y le recuerda aquella su primera visión en el aprisco donde una fuente alimentaba un melocotonero. El agua aliviaba entonces los níveos pies de ella cuando jalaba del faldón descubriendo sus firmes pantorrillas a sus ojos espías. Lo que sigue a esto no son los hijos de la memoria, sino los de otra cosa, enemiga de la decencia requerida a las mentes recatadas que se esperaban a la vuelta del liceo. Antaño estudiante domesticado por la razón secular y las expectativas paternas, desbocaba ahora su pensamiento más allá del faldón recogido por la muchacha para herrar despiadado su mente con cosas reprobables que ya nunca conocerá: el cierre de los muslos turgentes hacia la hendidura húmeda que nos devuelve a la vida; la tersura del abdomen que nos regala después el prodigio de la carne libre y grávida; el amanecer trémulo de las aréolas; el cuello, el gollete, el mentón socavados por la respiración entrecortada: el viejo sendero cíclico por el que trastabillan los besos hacia el oasis de unos labios amantes.

Grisóstomo ya no las conocerá. Quedarán para él tan alejadas de su realidad, como aquellas que fabuló para sí el hidalgo loco que se avendrá una noche de verano a escuchar entre pastores la historia repetida de su destino aciago.

Pero esto es aún futuro…

Bajo un árbol en cuya corteza otros desfavorecidos han roturado el nombre maldito o han colgado coronas laudatorias en ramas tronchadas o se han reclinado para entonar amorosas endechas por ella, se tortura ahora él imaginando esas perdidas cosas que sabe ya nunca tendrá y fraguando el plan fatal que lo libere para siempre.

Entonces sus ojos empañados por las lágrimas y el polvo de la tarde que declina divisan a lo lejos la figura desgarbada del amigo que, siempre fiel, lo ha secundado también en mudar atuendo estudiantil por pastoril y ya su corazón no se conmueve, exhausto de pura entrega a ella. Cuando cayado en mano, el otro alcanza el abrazo sombrío del árbol que los ampara la conversación acontece inusitadamente lacónica:

—¿En dónde?—pregunta el allegado

—Bajo la peña donde está la fuente que alimenta al melocotonero.

—Que así sea, compañero.

Y la voz se esfuerza por no parecer quebrada.

David Galán Parro

7 de octubre de 2023