A lo largo de su vida, ha salvaguardado su honorabilidad, su autodisciplina, su fuerza para contener los instintos primarios. Pero ha llegado ese momento en el que el elemento moral en que vive inmerso lo corroe y lo desintegra poco a poco. No se siente libre, dueño de sus decisiones. No soporta más ser para otros. Una vieja piel de hombre lúcido, complaciente y justo se disuelve. La pócima no es más que la causa externa con que piensa transfigurarse en Edward Hyde. Hace tiempo que el monstruo habita en él agazapado, a la espera de tomar su posición de poder con que arrogarse al fin la satisfacción de los deseos más egoístas. Viaja su joven sangre escondida hacia el desorden. La maldad quiere encarnarse.
Se observa en el espejo de su laboratorio. Ha apurado el brebaje. Un hombre infame y repulsivo le devuelve la mirada y lo cela. No hay ahora una sola partícula de su carne que no pertenezca al mal absoluto. La bestia solitaria y sin escrúpulos irá borrando al hombre de ciencia, al hombre moral y justo. Todo él, empieza a ser lo que deseó. El que deja atrás, será una pura entelequia que inventó la razón, un residuo espectral de su adocenada naturaleza humana, un inútil despojo de la abnegación que lo ha condenado a una vida reprimida.
Atormentado por la culpa del asesinato perpetrado por su doble, Jekill buscará el alivio de su sentimiento en las buenas acciones morales. Pero será en vano su intento. Nada detendrá a Hyde, dueño ya de la fatal metamorfosis en contra de la voluntad del reputado doctor. Los cambios se operan atrozmente sobre él. Hyde, reverso de una conciencia moral esclava para la que su instinto lujurioso vence sobre la necesidad de redención de Jekill, se ha desatado y ha triunfado sobre la visión culpabilizadora de su acto criminal, Jekill, en cambio, se rebaja ante ella. En el final, la precipitada confesión exculpatoria del doctor así lo atestigua: nos quiere dar fe con ella del hombre justo sin mácula que fue y nos reclama compasión antes de sucumbir en las entrañas perversas de su doble. Pero éste otro no nos concederá ese poder: como malvado irredento, no buscará nuestro perdón y salvará su dignidad criminal mediante el suicidio antes de ser atrapado por la policía.
¿No nos estará invitando pues en este final, R. L. Stevenson, a aceptar una aberrante conclusión difícil de digerir, a saber, que el hombre absolutamente malvado es el hombre absolutamente libre?
La génesis de las bestias ha concluido. De forma exhaustiva, los dos creadores, Epimeteo, el imprudente, y Prometeo, su hermano antagonista, más previsor, han ponderado el reparto de los recursos y lo juzgan cabal: la mutua aniquilación de las bestias, y por ende, el del propio género, será así evitado.
De repente, miran a la última de sus creaciones y con inquietud, reparan en que la han dejado inerme. Es un animal de pie y piel desnudos, de mediana estatura, indefenso. No hay dureza o filo en su cuerpo que le sirva para el contraataque. Una mirada de fondo ciego habita en sus ojos azorados. Sus carnes se le lastiman apenas rompe a caminar por los lugares inhóspitos en los que ha de sobrevivir como nómada. Tiembla de frío, de desamparo. Es la más débil de las bestias que han pergeñado. Es el Hombre. Y lo han creado injustamente en desventaja al resto.
¿Qué hacer? Los hermanos cavilan en silencio. Saben inexpugnable el reino de Zeus —no son pocos los guardianes de su ámbito— de modo que no cabe otra solución: hay que profanar el palacio donde habitan dos dioses menores, Hefesto y Atenea, para hacerse con el fuego de uno, y la sabiduría artística de la otra. En el ladrocinio que perpetran, los hermanos no anticipan el germen de su propia derrota, no anticipan la audacia aún no desenvuelta en esa creación rudimentaria suya que con el paso de los años, conquistará su expresión más sublime e indómita para rebelarse contra lo divino. La salvación del hombre será la aniquilación de ellos, los dioses.
Pero ese tiempo no ha de llegar aún…
Ahora, una vez pertrechado con el fuego y el arte —con sus herramientas y modos de operar— el Hombre ensaya sus primeras tentativas de alcanzar la inmortalidad. Y así primero, reconociendo a los dioses como sus semejantes, levanta templos, altares, estatuas; luego, nomina a las cosas para subyugarlas; y de la conjunción de lo robado, produce además el mundo para sí: su techo, su pan, su abrigo y su zapato.
No obstante, es volátil este momento, pues aún no se ha procurado su vida gregaria. Es verde su conciencia de especie, por muy maduro que pueda hallarse como individuo. Sigue pues, expuesto a las bestias que le diezman, mientras no abrace el necesario arte político y de él, el arte bélico. No le sirve de nada cimentar ciudades sin dicho arte: la piedra urbana no refrena por sí, las pobres trifulcas egoístas que le devuelven, una y otra vez, a una vida dispersa y huraña. Lo político no ha tomado cuerpo en su sangre arbitraria. Puede aún sucumbir.
Entonces, la piedad de Zeus acude en su auxilio. Por la imperfección de su acabado, el hombre, la maravilla de barro, la obra más obstinada en alcanzar su debacle, debe ser rescatada de sí misma —incluso a sabiendas de una futura defenestración de los mismos dioses— proveyéndola de los dos últimos recursos, también espirituales, la honestidad y la justicia, con los que se habrán de estatuir definitivos los lazos de amistad.
Antes de salir, Hefesto, el dios pírico al que Zeus encomienda la tarea, pregunta desconcertado:
—Pero ¿He de dar la honestidad y la justicia a unos pocos de ellos, y que estos pocos la suministren al resto sabiamente para disfrute de todos, tal como acontece así a las artes, que es medicina que unos pocos ofrecen a la mayoría; o mejor las he de repartir en igualdad entre todos?
—Igual parte para cada uno, y que cada uno, la suministre responsablemente —contesta el crónida.
—¿Y si no es así? ¿Qué haremos con el que la dilapide?
—Matarlo. La ciudad no resiste la falta de honestidad y justicia entre los hombres.
Pedro, Laura y Juan eran tres amigos a los que les encantaba vivir aventuras.
Un día, Laura trajo a casa de Pedro un mapa en el que aparecía dibujada una pequeña isla sin nombre. Con mucha ilusión, decidieron hacer un viaje hasta ella.
Tomaron un pequeño barco, propiedad del padre de Laura, y cuando llevaban dos días navegando con él, una fuerte tormenta se desató.
Pedro manejaba el timón y Juan, la vela. Los dos, se esforzaban para que el barco no zozobrara, pero una ola gigante cayó sobre él y lo hundió. Como Pedro y Juan habían cogido a tiempo los salvavidas quedaron flotando en mitad de las olas. Laura, sin embargo, había desaparecido. Los muchachos se pusieron muy tristes, pues querían mucho a su amiga.
Cuando la tormenta pasó se vieron empujados por la corriente marina, a la deriva. Entonces vieron a lo lejos una isla. Nadaron hacia ella y arribaron a una de sus playas. Al ver que se hacía de noche, cogieron unos cangrejos e hicieron un fuego para cocinarlos y calentarse. Pronto se quedaron dormidos en la arena. Al día siguiente, al despertar decidieron adentrarse hacia el centro de la isla.
En su camino, vieron aves coloridas, monos juguetones y serpientes enroscadas. Luego, pasaron por detrás de una enorme cascada de agua, y al pie de una montaña vieron la entrada a una oscura cueva. Fueron hasta ella, y aunque estaban temerosos, entraron.
* * * * *
Encendieron una antorcha para iluminarse y caminaron un rato por sus galerías. Los murciélagos dormían en los huecos de las paredes.
De pronto, oyeron voces adentro y alguien que lloraba. Se escondieron y lo que vieron les alegró y les amedrantó: dos piratas, uno gordo y otro flaco, barbudos los dos, con pistolas y espadas, habían atado a una estalagmita a su amiga Laura. «Al menos está viva ¡Qué valiente es!» pensaron los dos amigos.
El pirata gordo gritó a Laura:
—¿Dónde está el mapa, niña estúpida?
—¡Nunca te lo diré!
—Pues te quedarás aquí amarrada sola hasta que hables. No te daremos de comer ni de beber, así que cuando empieces a tener hambre y sed ya te lo pensarás mejor. Vámonos, Palitroque a comer algo. Ya volveremos.
—Sí, Jefe, pero no me llame «Palitroque» —dijo el flaco— que sabe que me molesta…
—Vale, Palitroque —y se fueron.
* * * * *
Pedro y Juan salieron entonces de su escondite y desamarraron a su amiga. La abrazaron y la besaron tanto que casi la ahogan a la pobre.
—¿Dónde tienes el mapa y para qué lo quieren esos dos bobos?—preguntó Pedro.
—No lo tengo. Unos indígenas me lo quitaron creyendo que era un mensaje que yo les traía de parte de sus dioses. No saben que el mapa tiene las indicaciones para llegar a un tesoro. Pero los piratas, sí lo saben y por eso quieren conseguirlo.
—Pero ¿cómo sabían ellos que tenías el mapa?
—Chicos, nunca les conté la historia del mapa. Escuchen: mi padre, que es marinero, me llevó un día con él en su barco y visitamos un puerto donde compró el mapa. Esos dos piratas, intentaron robárnoslo allí, pero pudimos huir a tiempo. No pensé que al visitar esta isla me estarían esperando. Sabían que yo vendría a buscar el tesoro y por eso me secuestraron.
—Pero ¿Por qué no les dijiste a los piratas que te lo quitaron los indígenas? —preguntó Juan
—Porque si les digo la verdad, esos dos son capaces de ir al poblado de los indígenas y quemarlo todo.
Pedro escuchó la respuesta de su amiga y estuvo un rato en silencio, pensativo. Al fin dijo:
—¡Tengo un plan que no nos va a fallar!
Y no fallaría porque Pedro era muy astuto. Contó pues, el plan a su amiga y a su amigo.
* * * * *
Cuando los piratas estuvieron de vuelta encontraron a Laura sola, amarrada todavía a la estalagmita. El pirata gordo le dijo:
—¿Me dirás por fin dónde tienes el mapa, estúpida?
Laura callaba.
—Jefe ¿Le corto la cabeza? Seguro que así hablará —dijo Palitroque.
El pirata gordo lo miró enfadado:
—Pero ¿eres tonto o qué te pasa? ¿Cómo va a hablar si le cortas la cabeza?
Palitroque se rascaba la barba como si no entendiera todavía. Entonces Laura resolló:
—De acuerdo. Te diré dónde está el mapa.
—Muy bien. Pero esta vez no quiero trucos como cuando te escapaste de nosotros con tu padre.
—El mapa lo tiene una tribu de caníbales que vive en el centro de la isla —contó Laura—. Si lo quieren conseguir tendrán que ir conmigo. Yo sé dónde esta el poblado.
El pirata flaco al escuchar se alegró y dijo:
—¡Una tribu de carnavales! Me encantan los carnavales, jefe.
—¿Te estás quedando sordo o no te limpias los oídos, Palitroque? Ha dicho de caníbales, ¡de caníbales!
—Perdón, jefe, perdón…
—Ahora sí que tenemos un problema. Vete a avisar a los demás que están en el barco. Tráelos hasta aquí y que vengan bien armados, con pistolas y sables. Diles que es mejor embadurnarse con cera verde la cara para ir camuflados. Los caníbales son gente muy peligrosa. Si nos ven llegar estamos perdidos. Tendremos que acabar con ellos lo antes posible y quemar su poblado después conseguir el mapa.
—¿Y para qué queremos el mapa? —preguntó Palitroque.
—Pero ¿es que no te acuerdas ya? ¡Para encontrar el tesoro! ¡Madre mía, además de bobo y sordo, estás perdiendo la memoria!
Palitroque salió de la cueva a buscar a los demás piratas y al cabo de una hora regresó con cinco o seis de ellos. Unos eran tuertos, otros cojos, otros mancos y otros viejos. Todos venían muy borrachos.
—Pero ¿qué es esto, Palitroque? ¿Por qué están borrachos nuestros hombres? —gritó enfadado el pirata gordo.
—Hice lo que me ordenó, jefe. Les dije que era mejor emborracharse con cerveza muy cara para ir a un lago.
—¡Noooo! Te dije que era mejor embadurnarse con cera verde la cara para ir camuflados ¡No oyes nada! Da igual iremos así, aunque estos no están ni para matar moscas.
Y dicho esto, desamarraron a Laura, hicieron una fila y la pusieron delante. La niña salió de la cueva y comenzó a caminar en dirección al poblado de los indígenas. El jefe, Palitroque y los demás iban siguiéndola en medio de la selva.
* * * * *
Pedro y Juan, por su parte, ya habían salido hacía rato de la cueva sin ser vistos por los piratas, y se habían adelantado tomando un atajo que Laura les había explicado. Tenían que alcanzar antes el poblado y avisar a los indígenas del peligro que se avecinaba. Al llegar, los niños pidieron que les llevaran ante el jefe de la tribu y le contaron todo. El jefe indígena les agradeció la ayuda y se fue con ellos a preparar una trampa con la que capturar a los que venían.
La trampa consistía en un hoyo tapado con ramas y hojas situado en mitad del camino por el que iban Laura y los piratas. Pedro, Juan y el jefe indígena se escondieron detrás de unos frondosos árboles. Cuando los piratas pasaron por encima de la trampa, el suelo de hojas y ramas cedió y todos cayeron al fondo del hoyo. Pedro con rapidez le echó una cuerda a Laura para sacarla de allí y así ella fue la única que pudo escapar. Los piratas se quejaban doloridos dentro del hoyo. Entonces, se asomaron al borde el jefe y los indígenas. Los piratas al verlos desde abajo temblaron horrorizados. Uno de ellos gritó:
—¡Dios mío! Es el fin. Nos van comer a todos. Tienen cara de hambrientos.
Entonces, el jefe indígena dijo:
—No se preocupen. No nos gusta la carne humana. Somos vegetarianos. Y si nos gustara no nos comeríamos a piratas como ustedes.
—¿Y cómo nos darán muerte entonces? —preguntó otro, aterrorizado.
—No les daremos muerte, pero tendrán un castigo. Nos entregarán sus armas y trabajarán durante un año para nosotros plantando frutas y verduras con qué alimentarnos.
—¡No es mala idea, jefe! —exclamó contento Palitroque.
El pirata gordo lo miró de nuevo enfadado. No estaba de humor. Le fastidiaba tener que trabajar, pues nunca lo había hecho: era muy gandul y siempre, desde chiquitito, se había ganado la vida como pirata.
Pedro, Juan y Laura podían ahora robar el mapa a los indígenas y conseguir el tesoro. Pero Juan, que era el más justo de los tres, les dijo hablando aparte sin que los indígenas escucharan:
—No debemos quitarles el mapa a estos indígenas. El mapa es para ellos ahora algo sagrado de su religión y robarlo sería una falta de respeto a sus creencias. Se quedarían tristes si no lo tuvieran. Para ellos, significa un mensaje divino, un dibujo, que les hicieron los dioses, de la isla que habitan y aman.
Pedro y Laura estuvieron de acuerdo con sus palabras. Pero Laura de repente dijo asustada:
—¿Y ahora nosotros cómo volveremos a casa?
Pedro sonrío. Ya lo había previsto en su magnífico plan, pero no lo había contado antes a sus amigos, para darles la sorpresa.
—¡Muy sencillo! Nos iremos en el barco que trajeron los piratas.
Y contentos, se despidieron de los indígenas y se encaminaron hacia la playa donde les esperaba un hermoso galeón pirata con el que ponerse de nuevo navegar.
Leo una historia que narra Protágoras, un anciano sofista, en uno de los Diálogos de Platón. Mi reflexión no sigue su propósito. La tomé y la reescribí parcialmente para satisfacer el mío.
Los dioses llevaban tiempo en el mundo sin tener su opuesto, el género mortal. Cómo pudieron concebir idealmente a éste, no lo sabemos, pero en la orden que dieron a sus dos creadores materiales, los hermanos Epimeteo y Prometeo, entendemos que ya iba contenida la idea de ese atributo que se les oponía.
De tierra y fuego era la sustancia madre con la que amasarían los cuerpo de aquellos nuevos seres, que, al principio subterráneos y ciegos, no saldrían a la luz del sol hasta no ser cabalmente construidos. Al menos, ese era el deseo de Prometeo, pues sufría por la impulsividad de su hermano —que obraba antes de pensar— y por la cual le rogó que dispusiera los recursos en las criaturas, mientras él, más previsor, gobernaba el acabado.
Convenida la condición, se pusieron a trabajar. El género mortal se iba a componer de diversas especies de animales, y entre ellas, estaba el hombre. A unas especies conferían fuerza sin rapidez y a otras, rapidez sin fuerza; a unas, naturaleza con defensa y a otras, sin defensa, pero con la facultad de evitar el peligro por medio de la pequeñez, el vuelo o el cubil protector. A otras les daban la enormidad y en el tamaño éstas encontraban la salvación. Frente a las inclemencias provocadas por Zeus, repartieron a unas y a otras, un adecuado acomodo: denso pelaje, piel gruesa o dura capa. Luego, a unas, las hicieron aptas para comer raíces o frutos de la tierra y a otras, aptas para devorar a aquellas, siempre y cuando el festín de las segundas, no fuera la desaparición absoluta de las primeras. Para ello, a éstas las proveyeron de proles numerosas.
Y así hicieron el reparto, con equidad, no sólo en pro del equilibrio y de la supervivencia mutua de las especies que se oponían, sino en ultima instancia para evitar la aniquilación del nuevo género creado que las contenía.
Prometeo y Epimeteo supieron ver que una especie lo era por medio de la otra y que, por ello, la conservación del género dependía de la coexistencia mutua de las especies dentro de la relación de oposición que mantenían. Lo que no barruntaron era que al crear especies mortales en coexistencia, necesariamente creaban un nuevo género inmortal, un género que contenía su opuesto: el género de las especies mortales.
* * * * *
Recojo hoy una cita que circula en internet, atribuida dudosamente a Jean Paul Sartre —al caso me sirve igual—:
«Aquel que quiere ser amado, debe querer la libertad del otro, porque de ella emerge el amor. Si lo someto, se vuelve objeto, y de un objeto no puedo recibir amor»
Pienso al respecto: En una relación, hay oposición de dos voluntades. Cada una de las partes debe querer la libertad relativa de la otra. La libertad relativa es la posibilidad que tiene la voluntad de una parte de realizar el pensamiento y la acción que le son propios con el sólo límite del menoscabo a la individualidad, voluntad y dignidad de la otra. En tanto una parte quiere la conservación de la libertad relativa de la otra, emerge y se mantiene el amor. En tanto no la quiere, somete a la otra. En tanto parte sometida, la parte se vuelve objeto. La parte sometida, en tanto objeto, no puede amar, y en consecuencia la parte que somete no recibe amor.
Esto me dice que la aniquilación absoluta de una de las voluntades en la relación de amor por parte de la otra, aniquila absolutamente la relación de amor que las contiene.
* * * * *
No hay género inmortal donde no se conservan las especies mortales que se oponen; ni amor donde no se conservan las libertades relativas que se oponen.
No puede ser lo que no conserva los opuestos necesarios de su existencia.
Mi familia vivía en la tercera planta de un edificio situado en un distrito próximo a la costa y colindante a una antigua barriada marinera. Yo tenía apenas cinco años.
Los sábados un enigmático sonido me despertaba al alba. No era el gorgojeo de pájaro alguno, ni la risa del viento por los resquicios de puertas y ventanas, ni los suspiros ni quejidos pudendos de los vecinos tras los finos tabiques, deponiendo o amándose. Todos estos sonidos eran símbolos unívocos de objetos mundanos que no veía, pero que se dejaban previsiblemente representar en mi mente.
El enigmático sonido, en cambio, no me confiaba representación alguna. Venía desde la calle y consistía en una destemplada escala de tonos agudos que se recorría de arriba a abajo en un tris metálico, en un lampo sonoro. A veces, me levantaba y me asomaba a la ventana exponiéndome al frío matinal para averiguar qué o quién lo producía. Pero no iba a saberlo todavía. Sólo se prestaba a ser escuchado culebreando inescrutable en la madeja de calles vacías del distrito.
No quise entonces preguntar a mis mayores por aquel engendro sonoro, quizás en la intención de salvaguardar esa íntima necesidad de misterio que nos espolea en la vida. Luego, la intriga y la fascinación iniciales decayeron hasta el punto que me acostumbré a oírlo con la indiferencia de quien da por explicado el azul del cielo con sólo verlo. El sonido protegía celoso su misterio ante la insolencia de los años que pasaban.
Hasta que, seguramente, hubo un día en que sin percatarme se avino su última escucha; y en otro, su olvido; y, seguramente, casi a la par en que se estuviera convirtiendo en un anacronismo, en un elemento extraño al paisaje urbano en cualquier parte de la ciudad. Así desapareció para mí, y debo entender que también para el mundo.
El recuerdo, como el olvido, es cosa convocada por circunstancias no elegidas…
En la venta en la que se haría armar caballero, Alonso Quijana come felizmente las truchuelas que el ventero la ha servido, equiparándolas a trucha entera. No han podido desmantelarle la celada contrahecha de manera que el vino se le suministra por un caño que acierta a dar con su boca en el interior de la misma. Dos solícitas amantes de todos, pero de nadie, le sujetan la visera de papelón para facilitarle la ingesta. En ese momento, un capador de cerdos entra en escena y tañe su silbato de cañas cuatro o cinco veces. El loco, en esto que lo ve, da pábulo a su locura, representándose a un músico que le ameniza la merecida degustación, como noble huésped que es de tan famoso castillo.
No elegí estas circunstancias. No elegí este inesperado encuentro que me brinda el pasaje cervantino. No elegí pues, este momento presente en que descifro al fin, el enigma de aquellas mágicas ondas de mi infancia en el capapuercas, el trapecio de cañas desiguales que porta y hace sonar el castrador de cerdos de la historia. Tal fue el personaje que se dejó ver ante Quijana en la venta; en mi caso, el personaje se dejaba escuchar y pudo tratarse de un vendedor de pescado o de un afilador de cuchillos ambulante que, sin saberlo y atento a su negocio, me arrancaba de mi noche profunda y acendrada. No lo podría precisar.
Alonso Quijana y yo caminamos en sentidos opuestos dentro de la encrucijada casual que nos convoca como personaje y lector de una misma historia narrada: mientras yo me acerco a la representación del objeto que nunca pude percibir por entero en mi mundo real, él en cambio por su locura, se aleja de la representación del que sí puede percibir por entero en su mundo de ficción.
Una encrucijada solo posible por la imposible equiparación de mundos ontológicos contrapuestos.
Aparentemente, un día cualquiera en el colegio en el que imparto clases.
Apuramos la jornada y mis doce alumnos vuelven de su clase de Educación Física. Entran en el aula ordinaria soliviantados. El movimiento acumulado en sus cuerpos no merma sus ansías. Tengo que convertir toda la inercia de ese impulso físico, en fuerza pensante. No puedo hacer decaer la tensión.
Propongo el siguiente texto que he escrito exclusivamente para ellos. Se titula El ausente:
«Jugábamos siempre juntos en el patio, pero si yo jugaba con otros no se enfadaba ni se ponía celoso. Cuando se me olvidaba la comida en casa, él me daba algo de la suya. Nunca insultó, ni pegó a los demás. En los juegos siempre que me tocaba elegir a los compañeros de equipo, lo elegía a él. Al fútbol solía pasar la pelota cuando se lo pedías, aunque él era el que mejor jugaba.
No nos podíamos sentar cerca en clase, porque los profesores decían que hablábamos mucho. Una vez me hizo un dibujo en el que aparecíamos los dos pilotando un avión de guerra. Yo le di otro, en el que aparecíamos nadando en el mar perseguidos por unos tiburones hambrientos.
Nos disfrazábamos igual, porque nos gustaban los mismos personajes. Siempre decía la verdad. Por eso, si alguna vez yo le faltaba el respeto a algún compañero, no me daba la razón y menos si los profesores preguntaban. Prefería siempre ser justo en las discusiones con los demás.
Por todas estas cosas, yo lo quería. Era mi mejor amigo. Ayer se fue a otro colegio y no sé si nos volveremos a ver. Quizás cuando seamos adultos, quién sabe…
Ahora, me quedaré con lo que aprendí de él: ser un buen compañero y amigo de los demás.»
Lanzo la primera pregunta: «¿Les gustó el final?» Una alumna frunce los labios en una expresión desaprobatoria. «Es triste», afirma. Retomo su respuesta: «¿Les parece triste el final?» Un alumno responde: «Es un final triste porque ya no va a ver al amigo, pero es un final feliz porque aprende algo de su amistad con él» En mi alumno comienza a asomar la visión dialéctica del mundo que quiero —en lo posible— inculcar.
Luego, le digo a una alumna que repita el siguiente concepto: «Todas las personas tenemos un aspecto físico y una personalidad» Pido que otros lo repitan para afianzarlo, para que flote en el ambiente reflexivo que ya se ha instalado en el aula. A continuación, digo rubio y pido a un alumno que me lo ubique o en el concepto aspecto físico o en el concepto personalidad. Lo coloca en el de aspecto físico. Hago lo mismo para los rasgos simpático, alto, egoísta, delgado,… y los van situando en cada uno de los dos conceptos antes dados. Entonces planteo: «¿Qué pueden decir sobre el concepto aspecto físico y sobre el concepto personalidad teniendo en cuenta lo que acabamos de leer?» Tras algunas respuestas infructuosas, uno de mis alumnos da con la clave y responde: «Que en la historia sólo se habla de la personalidad del amigo y no de su aspecto físico» Yo matizo esto que ha dicho: «Sólo sabemos que es varón»
Tercera pregunta: «¿Quién es el personaje principal?» Me responden atropellándose: «El amigo» Queda pues insinuado que hay otro personaje, un secundario: «¿Quién es el secundario?» Otro alumno suelta: «El que cuenta la historia.» Les aporto que el personaje que cuenta una historia se denomina narrador. Aquí indirectamente creo estarles enseñando algo: a saber, que el narrador de una historia siendo personaje de la misma, no es necesariamente su personaje protagonista. A este tipo de narrador se le denomina narrador testigo. Creo estarles enseñando eso —digo— porque un alumno sentencia entonces: «Pero al final, si el amigo se va, el narrador se volverá el personaje principal de la historia al quedarse solo» Otra vez, me siento apabullado por la clarividencia inesperada, y por la ley dialéctica que no saben contenida en esa observación: lo que es se vuelve su contrario.
Una alumna observa entonces que no se aporta tampoco nada del aspecto físico del narrador, por lo cual el narrador puede ser una niña y no un niño. Surgen discrepancias entre ellos. Uno, afirma que no puede ser una niña pues juega al fútbol con el amigo. Otra, lo corrobora, diciendo que si fuera niña le gustaría más bailar y no jugaría al fútbol. Al final, el primer dialéctico, que además de filósofo, juega al fútbol en un equipo federado, aporta su incontestable conocimiento empírico: «En mi equipo, una niña es la que mejor juega de todos nosotros» y concluye: «El narrador puede ser una niña»
Tienen ocho años y ojos de pirañas hambrientas.
Lo dicho: aparentemente, un día cualquiera en el colegio.
Nadie lo sospechaba. Hacía semanas que había dejado de ser el hidalgo, ese difuso hombre que se emborronaba en la épica fantástica que día y noche le imponían los libros para amordazar su voz cuerda.
Zozobrado su juicio del todo en un mar de pendencias imposibles y multiformes criaturas era inminente la hora. El mundo agonizante clamaba al héroe y no podía más. Él no podía demorarse.
Aquella mañana, los gallos llamaban con urgencia aún la sombra, y la fresca traía levemente jirones de la sofocante canícula.
Todas las prevenciones hechas por su ingenio e industria le esperaban ahora, fieles al momento. Nombres peregrinos ya duplicaban y magnificaban el mundo, su mundo. Aunó sobre su recia complexión espigada el peto y el espaldar. Se ciñó la escarcela protegiendo sus secos muslos. Sobre la gola, asentó su diputada celada de finísimo encaje —el morrión contrahecho con su frágil visera de cartón— que evitaría las contingencias de la lucha o el mal tiempo amenazando su noble cabeza. Envainó su hoja de Toledo, embrazó la adarga, tomó la vieja lanza. El alma parecía regresar y convocar a aquellas cosas heredadas por su sangre pretérita. Se aprestó a la cabalgadura imperfecta y sobre ella montado, salió por la puerta falsa del corral a campo abierto, encomendándose a la azarosa voluntad del animal, tal como los libros que desatinado le tenían, juraban que así debía ser conforme a su nuevo oficio. Hemos de suponer que aquel, preñado de vértigo y soledad absolutos, fue el instante supremo de su célibe vida, .
No obstante, pese a su férrea determinación, pese a su decisión anacrónica ¿Qué pensamiento, qué sentimiento, le hicieron aún ejecutar su plan a espaldas de los demás moradores de su casa solariega? ¿Acaso una voz sensata en un rincón de su memoria devastada le aconsejaba prudencia, le susurraba que aquello no podía ser? ¿Le acercaba el miedo al oprobio, a las consideraciones reales de sus allegados? ¿Acaso aún algo de Quijano se revivía en su carne y le amonestaba en el momento de esa oculta salida? ¿Acaso se sabía prófugo de la conciencia del hidalgo?
Yo me tengo ahora por un quijano…
¿No será que nunca podremos zafarnos perfectamente de esta realidad opresiva que nos obliga a la cordura, a la mundanidad de los hábitos y de las cosas?
¿No será el insoslayable destino de nosotros, los artista, estar al borde de ese oscuridad inefable también preñada de inciertas posibilidades llamándonos a la gloria a la vez que la tierra nos tironea queriéndonos juiciosos, grávidos, mortales?