El sol impenitente calcinaba el aire y reblandecía el alquitrán sobre el que, pesadamente, rodaban orillando los descampados. Bajo un capó deslucido por lamparones mate, el soniquete metálico de las entrañas del auto era el quejido asincrónico de las piezas apenas desbaratadas. Las ventanillas delanteras iban abiertas. El viento caracoleaba en el habitáculo.
—Cariño ¿De verdad que no había otra idea mejor? —-preguntó él, con las rodillas apretadas contra la guantera.
—No —contestó con aspereza. Obviamente no para ella, que conducía.
—Quiero decir ¿No hubiera sido una mejor idea contratar el servicio de transporte y montaje? Tan caro no era y los muebles estarían en pocos días en casa, ya preparados —insistió mientras sentía en el envés del respaldo la presión que el filo de una tabla le imprimía al asiento del copiloto donde estaba encajonado.
—¿Qué no era tan caro? Hablas cómo si te sobrara el dinero. No pareces preocupado.
—¿Y por qué habría de estarlo?
—¿Y por qué? ¿Acaso, Oscar, me puedes asegurar que cobrarás este mes?
—Por mis clases particulares, no lo sé; pero por el taller, sí.
Había sobrevivido en la plantilla de escritores mediocres contratados por la academia para impartir aquellos cursos en los que el alumnado entraba como diletante y como tal, salía. Todo era un negocio alejado de la pura e íntima necesidad de los pupilos; un negocio cada vez menos rentable en aquellos tiempos tan pragmáticos y críticos. Entre los ilusos principiantes había conocido a Raquel. Prometía. Tenía fuerza. Planificaba y elaboraba, aunque le perdía cierta rigidez discursiva. Él, de línea en línea, iba dejando entrever sus intenciones; primero, regalándole la exclusividad de sus más preciados secretos profesionales; luego, invitándola al café, al cine, a lo sesudo, sin menoscabo de placeres más fútiles y mundanos; finalmente, vendría el íntimo compromiso de noviazgo, sellado con el beso en los labios ya expectantes de la joven.
Pero aquella época amarilleaba ahora en su memoria.
—La academia no aguantará, Óscar. Lo sabes bien. No le doy más de tres meses de vida.
Sin embargo, era ella la que no había aguantado. Todo había quedado en un conato de pasión artística y su excepcional naturaleza creativa se uniformaba diluida en las sensatas obligaciones que imponían el comer y el advenimiento, infructuosamente buscado, de la prole. Su aprobado en las oposiciones a la administración pública había empalidecido además la ingenua chispa idealista que ardía en ella cuando la conoció. Más pálida si cabe por los viperinos comentarios de su madre, sobre las nulas perspectivas laborales del futuro yerno ocioso. En la penumbra, se persignaba secretamente la vieja rogando también por la nulidad de su leche machuna.
—Me parece una visión muy pesimista del futuro, la verdad.
—Realista, diría yo.
—Pues podías haber aplicado un poco de tu realismo a la hora de decidir llevar los muebles. Me estoy dejando las rodillas y el espinazo, querida.
Ella, enérgica, ladeó su cabeza y le lanzó una mirada abrasadora. Un pertubador bandazo respondió a la fuerza del gesto. Con las manos engarradas al volante, la joven convertía a la sumisa máquina en una endeble extensión de su cuerpo enervado. Durante la pausa que se produjo, ajeno a todo, el viento seguía racheando en el habitáculo, entretenido con los mechones de negro azabache que resbalaban por sus sienes crispadas. Estaba terriblemente hermosa.
—¿Me lo dices así, tan a la ligera? ¿A mí, que tengo que estar pensando en todos los asuntos domésticos que nos conciernen a los dos y de los que no te ocupas? —le recriminó con los ojos inyectados de odio. —Gracias a mi realismo resuelvo, Óscar.
—Bueno, eso no es exactamente así. No exageres. Me ocupo por mantener la limpieza en casa. Y me he esforzado mucho, bien lo sabes, por aportar espiritualmente a nuestra relación ¿Quién te sacó de tu total falta de realismo en tantos asuntos diarios? Ese realismo del que hablas, no salió de la nada. Su tiempo me llevó —y le hizo un gesto de reconfortante triunfo a modo de carantoña amorosa.
—¿Cómo puedes echarme en cara otra vez eso? No sé a cuento de qué viene ahora —dijo incrédula.
—Viene porque pareces olvidar lo que me costó que te deshicieras de tus rarezas…
—¿Rarezas? ¿Y las vuelves a llamar así después de tanto tiempo?
—De acuerdo, corrijo: acciones individuales de lucha solidaria —apostilló resabido y burlón—. Acciones como subir por la escalera comunitaria del edificio con las luces apagadas; como conducir con las ventanillas cerradas y sin aire acondicionado pese al calor sofocante en el coche; como ducharte, un día sí, y tres, no; como hablar por el móvil con el auricular a cuatro palmos de la cara por asunto de las radiaciones; como no comprar artículos de marca o de multinacionales,… Concesiones que no le hacías al sistema contaminante, consumista, dominante, explotador,…
—¡Porque era el estilo de vida que había elegido para mí…! —soltó en un espumarajo de rabia contenida.
—Tú lo has dicho: que elegías para ti; pero no para mí, que convivía y convivo contigo. No me negarás que sufrí como un campeón por tus acciones solidarias. Aunque tu ocurrencia de hoy es un extra a destiempo, una leve involución que me parte el espinazo y que tomaré, para resignarme, como un benévolo déjà vu mío—aguijoneó con sorna victimista.
—Eres cruel, muy cruel… Seguía mis creencias de entonces… ¡de entonces!
—Sí, y menos mal que allá quedaron, si no a estas alturas tendría mis posaderas pegadas al pescante de un carro azuzando a una mula, durmiendo sobre una esterilla dentro de una cueva y frotando un palo para hacer el fuego de nuestro nido de amor…
Se hizo un tenso silencio, solo amortiguado por la carraspera prolongada del motor, milagrosamente vivo a pesar de sus años. Entonces, ella pulsó los interruptores de los elevalunas. Peligro. El viento quedó implorando ululante al otro lado de los vidrios mientras era rasgado.
—¿Por qué subes los cristales, cariño? No quiero asarme —protestó, aún mordaz.
—Como siempre, Óscar, te niegas a valorar mis cambios —comenzó en un susurro de odio creciente— Es lo que le interesa a tu miedo, a tu falta de iniciativa en todo, a tu amargura. Prefieres recordar mi pasado y juzgarme para ponerme a tu nivel. Y quieres con ello también adueñarte de mis esfuerzos y mis conquistas presentes, hacerme sentir en una deuda perpetua contigo, para tenerme picoteando de la palma de tu mano. Intentas hacerme sentir como una estúpida. Siempre lo haces. ¡Eres muy despreciable!
Era obvio que, desde hacía ya mucho tiempo ella orbitaba alejada de él, en torno a algo duro, amasado y compactado por el sentimiento de abandono a través de los años. Algo que se le mostraba ininteligible e inquietante toda vez que ella lo invocaba con sus ásperas palabras. La inconsciencia le había hecho frívolo e insensible; el miedo, algo peor, un hombre pueril, un inmaduro.
—Cálmate Raquel. Era broma. Solo quería que te rieras. Que te vieras con distancia y te rieras de ti misma. Quería distender, amor mío, de verdad que no pretendía ofenderte. No me importa, estar así, aquí… doblado.
Pero era tarde. Del hilo ya asomado, la madeja se deshacía.
—Estoy cansada… muy cansada, Óscar. Siempre lo mismo: esa alegre indolencia, ese regocijo para hacerme sentir ridícula en mis decisiones, pero…—suspiró rebasada y con los ojos acuosos—al menos las he tomado, intentando encontrar una salida a los asuntos del día a día, aunque no salgan bien, porque he querido que lo nuestro fuera adelante ¡adelante!… Pero de tu parte nunca he visto esfuerzo, Oscar, no lo veo,… Tú solo esperas en la absurda creencia de que las cosas se van a reconducir por sí solas y lo único que hacen es empeorar y empeorar; y no das señales de vida y estás como ausente y refugiado en tus historias y en tu mundo literario del que no me haces partícipe desde que dejé de escribir porque ya no soy de tu interés intelectual… y yo cada vez más y más lejos, y no parece importarte nada, nada, nada…
Y se derrumbó llorando de un modo lastimoso con la mirada perdida en las líneas divergentes y sinuosas que le abrían el paso al salpicadero. Él ensayó en vano alguna que otra palabra de consuelo. Pero solo cabía esperar a que el llanto amainara de puro cansancio. Entonces una sensación de impotencia, de vacío, de soledad, de asco hacia sí mismo, se adueñó de él y se sumió como un pedazo de plomo hacia el fondo de su corazón. ¿Qué había sido de aquella relación prometedora que se alimentaba de los intereses comunes en la literatura, de aquel tándem de voluntades firmes, de aquella futura colaboración artística de la que germinaría una familia de educación avanzada y libre? ¿Qué la había corrompido? Desde luego que la seguridad del puesto vitalicio y burocrático de ella había bifurcado en dos formas muy opuestas el sentir del día a día de ambos y había contribuido a las desavenencias. Pero no podía ser el único motivo. Tal vez lo crucial se revelaba tras la desgarradura infligida por ella y que le desenmascaraba: Se había resignado a vivir con una mujer que no había cubierto sus expectativas intelectuales. Pero ¿Qué era Raquel entonces? ¿Un fantasma de sus ilusiones abandonadas? ¿Un reflejo de su aquiescencia podrida? ¿Una mantenedora económica de todos los mundos por él ficcionados? ¿La amaba? ¿La conocía ahora realmente? Todavía escuchaba en el bisbiseo de sus labios la palabra «nada» repetida como un eco parsimonioso y aturdido, mientras negaba levemente con la cabeza. La palabra languideció hasta apagarse. Parecía pensativa y lejana.
—Nos estamos quedando sin gasolina —-dijo entonces con sonámbula lucidez.
Él se alongó como pudo para ver el nivel en el cuadro de mandos.
—Sí, el testigo se ha encendido, pero da para llegar bien —aseveró con impostada convicción.
—Es mejor no apurar, Óscar. Es una mala costumbre que has adquirido —-le reprendió en un suave tono maternal, quiso creer, conciliador.
—Tienes razón.
Tomaron la desviación más próxima y entraron en una estación de servicio. Bajo el cemento armado que la encapotaba, los clientes, trasegados por el autorepostaje, hormigueaban entre los vehículos aparejados a los surtidores y el establecimiento de pago.
Tenía las mejillas veteadas por el rímel corrido.
—¿Estás mejor, cariño? —preguntó cuando se detuvieron, en un remedo de voz solícito de perdón, ansiando el acercamiento.
Ella no le contestó. Sacó una toallita húmeda, se limpió la cara y se sonó la nariz afresada por la congestión.
—Toma; vete y avísame cuando hayas pagado —-y se bajó del coche para tomar la pistola dispensadora.
Desde la cristalera del establecimiento, mientras era uno más en la fila de anónimos pagadores, contemplaba agradecido la pequeña (para él inmensa) figura muda esperando repostar: la melena undívaga, la tez blanca, el aniñado porte al que se ajustaban unos pantalones vaqueros y un top fruncido. Se le antojó entonces la imagen como una bella fotografía casualmente hallada entre la insignificante hojarasca de otras que, desprendidas de la anodina y previsible vida compartida, testimoniaban la inexorable muerte de esta. Un sentimiento de dulce compasión hacia la novia y, a la vez, de tristeza por las oportunidades perdidas en la desidia cotidiana le embargó al punto. Aquella mujer era lo más noble que había conocido nunca.
Al término del pago se aplicó en hacer la seña convenida. Seña que, comprendería más tarde, era inútil en el encargo, pero muy útil, para risa del destino, en la parodia de despedida en que, ante sus atónitos ojos, se estaba transfigurando el momento final: Sin apuro, habiendo ya despachado su parte, la joven dejó la pistola en el surtidor, cerró la tapa del depósito, entró en el coche y arrancó. No le miró. Sobre el salpicadero su cartera y su móvil iban bamboleados por la prisa violenta de la fuga.
Algunas horas después, tras un exasperante y vergonzoso viaje de regreso, encontró la cerradura cambiada de la puerta de casa, y, abandonada, en el zaguán del edificio, su maltrecha maleta de viaje, junto a unos pocos enseres más. Nadie contestó al otro lado de la madera; tampoco, de la linea telefónica.
Fue la última y perfecta alegría que se llevó la vieja chismosa.
David Galán Parro
20 de abril de 2022