La leyenda de las mariposas amantes

dedicado a mis alumnas Alba, Reichel, Ágora, Neiza, Fiorella, Alejandra, Yuleidy y Yanely

Zhu Yingtai quería ir a la escuela a estudiar y aprender. Pero su deseo no podía cumplirse. Por aquel entonces en China, las niñas no podían ir a la escuela, no así los niños. Las niñas debían aprender en casa las labores del hogar para convertirse en buenas esposas de hombres nunca elegidos por amor. Pero Zhu Yingtai era una joven inteligente y terca y tenía un plan.

Un día, habló con su padre. «Papá, disfrazada de chico podré ir a las clases sin que nadie se dé cuenta. Allí aprenderé muchas cosas útiles sobre agricultura y ganadería que seguro te servirán para mejorar tus cultivos y para curar a tus animales si enferman.» le dijo. El padre no estaba muy convencido: era un hombre muy tradicional. «De acuerdo» dijo finalmente «pero tendrás que casarte con el hombre que yo elija» Zhu Yingtai asintió y prometió que así haría. Al día siguiente, al despertarse se cortó su larga melena, se puso ropa de chico, cogió todas sus cosas y las metió en una bolsa de esparto. Por la tarde, en la despedida, su madre lloraba. No vería a su hija en casi un año, lo que duraría el curso escolar. Zhu Yingtai la abrazó fuertemente. Luego, ajustó la cinta de su sombrero cónico, se secó las lágrimas de la cara, se subió a uno de los burros de su padre y se despidió de éste con la mano. Tardaría dos días más o menos en llegar a la escuela a través de los descampados. El sombrero la protegería bien del sol.

Zhu Yingtai estuvo en la escuela ese curso y tres más.  Vivía en una residencia con otros compañeros. Era conocida como Xue Ming, un chico brillante que obtenía buenas calificaciones y que apenas tenía trato con los demás compañeros. Pocas veces acudió a los bailes y a las fiestas a las que fue invitada. Debía ocultarse cuidadosamente en Xue Ming y centrarse en estudiar mucho. En los veranos, regresaba a ver a sus padres y la misma triste despedida se repetía al final de sus estancias.

Pero Zhu Yingtai no contó con algo en su plan… 

Durante su tercer año de formación conoció a Liang Shambo, un compañero con el que empezó a compartir habitación en la residencia. Al principio, Zhu lo veía como un buen compañero, pero ya en el cuarto y último año, el compañerismo se volvió amistad y la amistad, amor. Zhu, quien nunca había estado enamorada se dio cuenta tarde. Liang Shambo no era muy agraciado, pero su inteligencia y bondad atraían mucho a Zhu.

En su último año, Zhu recibió la noticia de que su padre estaba enfermo. Tenía que volver junto a él. Poco le faltaba para acabar los estudios por lo que decidió que tenía que revelar su verdadera identidad a Liang y confesarle sus sentimientos antes de que la separación se hiciera definitiva. Llamó a una criada suya en el momento de irse y le dijo: «Amiga mía, quiero que le des a Liang este abanico, como símbolo de mi verdadera identidad y de mi amor por él. Dáselo cuando yo esté lejos junto a mi padre enfermo. Solo él debe saberlo. Nadie más». La criada cogió el abanico y Zhu Yingtai salió hacia la casa de sus padres en su burro.

Cuando llegó, vio a su padre fuera de la cama bastante recuperado. La enfermedad no había sido tan grave. Entonces, el padre le dijo: «Tengo otra buena noticia para ti: he encontrado a un joven muy honrado con el que te casarás este verano.» Zhu Yingtai sintió la espada del dolor traspasándole el corazón ¿Qué haría ahora? No podía renunciar a Liang, no podía renunciar al amigo al que únicamente amaba. Prefería antes morir.

Mientras en la escuela, la criada ya había entregado el abanico a Liang. Éste desesperado deseaba encontrarse cuanto antes con Zhu. Siempre había sospechado la verdad, aunque nunca había querido mencionarle el tema a ella por no romper su secreto. Había esperado a que fuera ella quien se lo revelara. Por eso ahora que lo había hecho, era el momento de ir a su encuentro. Al día siguiente, montado en su caballo partió hacia la casa de los padres de Zhu. El muchacho iba radiante de alegría.

Zhu y Liang se encontraron, sí, pero no para cumplir su mutuo deseo. Zhu le contó a Liang sobre la voluntad de su padre en un momento que pudieron estar solos. La decepción era inmensa. Lloraron, se abrazaron, se besaron, se juraron amor eterno bajo una triste luna llena. Un criado que vio casualmente el encuentro íntimo, comunicó al padre lo que sucedía. A la mañana siguiente Liang Shambo fue expulsado de la casa y regresó a la residencia y a la escuela. Estaba tan apenado que empezó a dejar de estudiar y de comer en pocos días. Dos meses más tarde, enfermó y murió. Zhu no lo supo.

El verano llegó y con él, la boda prevista. Zhu iba triste recordando en todo momento a Liang, de quién no tenía noticias. La llevaban en un palanquín (*) hacia la casa de su padre donde el casamentero y todos los invitados la esperaban. La comitiva caminaba lentamente cargando a Zhu por un descampado. Entonces la joven vio una piedra que parecía una tumba. Pidió que la acercaran. Necesitaba comprobar de quién se trataba. Se bajó del palanquín y leyó. En la piedra decía «Liang Shambo». La muchacha no pudo mantenerse en pie. Cayó de rodillas y rompió a llorar. Se enteraba así de la muerte de su amado.

Entonces, de repente, el cielo se oscureció y una densa lluvia comenzó a caer. La tierra se puso a temblar y la tumba se abrió como una enorme boca. Zhu comprendió el mensaje.  Era la llamada de Liang que la esperaba. Miró a todos los miembros de la comitiva, les sonrió a modo de despedida y se lanzó al fondo de la fosa. Luego, la tumba se cerró, la tierra paró, la lluvia amainó y el cielo volvió a despejarse.

Todo quedó en silencio unos instantes. Los acompañantes se miraron horrorizados e incrédulos. Fue entonces cuando ocurrió lo que contarían ya para siempre: que de la tierra de la tumba, dos bellas mariposas habían salido y habían echado a volar libres por el cielo hasta perderse de vista.

Leyenda popular china

Versión: David Galán Parro

(*) Palanquín chino: Vehículo-habitáculo sin ruedas sostenido por travesaños y sostenido y transportado por la fuerza humana.

El maletín

dedicado a Fiorella Juárez Cantale

Débora entró en el hotel con un maletín y se dirigió al mostrador de recepción. Tocó la campanilla de aviso y de una puerta salió un hombre delgado de rostro fino, con entradas pronunciadas, bigote y gafas. Iba elegantemente uniformado. Cuando vio a Débora pareció reconocerla.

—Señorita Salazar ¿Qué sorpresa? ¿Qué le trae por aquí?

—Descanso, Antonio, descanso. Ya iba siendo hora de tomarme unas vacaciones.

—Claro. Usted sabe que nuestro hotel es y será siempre su lugar de descanso. 

Débora sonrió, pero parecía la sonrisa forzada de alguien que lleva prisa.

—Tengo reserva en la 2.046.

El recepcionista se puso a comprobar.

—Efectivamente —confirmó.

—Esta vez no quiero ver a nadie, Antonio.

—¿Ni a ningún «amigo»?

—A nadie, Antonio. 

—Claro, señorita Salazar. El descanso es sagrado. 

El recepcionista le entregó la tarjeta de entrada a la habitación.

—En un momento vendrá el encargado de maletas ¿Quiere que le lleve el maletín a su habitación?

—No, gracias. Tengo que trabajar con el ordenador que llevo en él. Iré a la cafetería a trabajar primero y luego subiré.

Dicho esto, Débora se despidió y se dirigió a la cafetería. Allí, fue directa al baño con el maletín y al cabo de un rato salió, pero sin él. Luego, se acercó a la barra y pidió un café. Le gustaban los cafés muy fuertes. Lo apuró en dos sorbos y cuando lo hizo un señor sentado a una mesa, se levantó y se dirigió al baño. Débora pagó y salió. La zona de piscina del hotel parecía tranquila. Había sobre todo parejas de ancianos tomando el sol en las hamacas. Desde que habían prohibido a las familias la entrada con niños, el hotel había ganado en tranquilidad. A Débora le gustaban los niños, pero no podía permitirse ser madre. Su vida era muy peligrosa.

De repente, vio a los dos hombres de negro salir de detrás de unas palmeras. Débora los conocía de sobra y sabía lo que debía hacer. Llevaban pistolas y gafas de sol. Se acercaban despacio hacia ella. «Creerán los muy tontos que ya me tienen» pensó. Uno de ellos, la encañonó desde lejos y le gritó con una sonrisa maliciosa:

—¿Qué tal Débora? ¿De vacaciones por aquí?

—No me llamo Débora. Te has debido confundir.

—Claro, Débora. Debo estar equivocado —dijo y los dos se rieron. El otro también levantó el arma y le apuntó. De repente pararon de reír y se pusieron serios — Ahora, dinos dónde está el maletín. Deberías aprender del recepcionista: no tardó nada en decirnos dónde estabas.

—Claro, pero yo, a diferencia de él, no le tengo miedo a que me apunten con un arma.

—¿Ah no? ¿Por qué? ¿Tienes superpoderes para esquivar las balas?

—Podría decirse que sí —respondió Débora con una sonrisa retadora.

Algunos clientes miraban asustados desde la piscina lo que sucedía. Entonces, el otro hombre de negro que hasta ese momento no había hablado pareció perder la paciencia. Se acercó más a Débora y alargando el brazo le puso la punta de la pistola en la frente.

—Dime nena ¿seguro que podrás esquivar ahora la bala? Se acabó el juego ¿dónde está el maletín con el dinero? No tienes escapatoria.

—Sí la tengo.

—¿Ah sí? ¿Y qué harás para escaparte?

—¡Despertarme!

Y así lo hizo.

David Galán Parro

5 de noviembre de 2025

El Moralista Absoluto

Ya está aquí el Moralista Absoluto

a sojuzgarnos con su Hombre Moral.

Nadie escapa a la voracidad de ésta, 

su entelequia, su criatura tricéfala.

«Vales por lo que sabes y haces»

dicta el Moralista.

La Utilidad como sustancia.

El Cuerpo como accidente.

Y así nuestro cuerpo lentamente,

devorado por el Hombre Útil.

«Vales por lo que alcanzas»

dicta el Moralista.

El Objetivo como sustancia.

El Cuerpo como accidente.

Y así nuestro cuerpo lentamente,

devorado por el Hombre Realizado.

«Vales por lo que entregas»

dicta el Moralista.

La Abnegación como sustancia.

El Cuerpo como accidente.

Y así nuestro cuerpo lentamente,

devorado por el Hombre Abnegado.

Mientras tanto, el autoproclamado

Moralista Absoluto en La Tierra

contempla el festín de su criatura

y recoge minucioso el rédito 

del horror que propaga.

David Galán Parro

3 de noviembre de 2025

El accidente

Conduzco el coche y voy mirando a la vez el móvil. Estoy en el centro de la ciudad y la calzada está atestada de coches. Me salto un paso de peatones. En ese momento pasan una mujer y una niña. No alcanzo a frenar a tiempo y las atropello. Los viandantes miran horrorizados hacia los pies del guardabarros, donde deben encontrarse los cuerpos de la mujer y la niña. No sé si las he matado. Me entra el pánico. Un motorista que está a mi lado toca en la luneta y me indica que salga. Sus modos son amenazantes. Siento una dureza en el estómago. Creo que voy a vomitar. El motorista me apremia. Intento abrir la puerta pero está atascada. Le miro desde dentro e imploro: «Lo siento, lo siento… No las vi» El motorista se levanta la visera. Veo sus ojos inyectados en furiosa sangre. Grita: «Ibas mirando al móvil, hijo de puta» Forcejeo con la puerta. Sigue sin abrirse. Una multitud rodea el coche y mira en silencio. Hay tanta gente que ya no veo la calle. Ahora la multitud son ancianos que llevan uniformes grises. Emiten un sonido ululante, bronco. El motorista ha dejado de increparme al otro lado de la luneta y ha desaparecido. Estoy solo, forcejeando aún con la puerta.

Al fin, me despierto. En el resabio de la pesadilla identifico la culpa que nunca me abandona.

David Galán Parro

22 de octubre de 2025

Espejos

En la sala vacía,

se rodea de espejos.

En ellos, aparece

multiplicado.

En su alma, el regocijo

inconfeso y mezquino

de creerse salvado

del solo polvo.

Guardarán los espejos

durante años su imagen

procurando leales

hacerle eterno.

Aunque sean sus formas

y tamaños diversos,

no dejan de ser eso:

espejos de otro.

En la sala vacía,

por falta de otras cosas

ciegas, él solo mira

tristes espejos.

David Galán Parro

20 de octubre de 2025

Velos y razones

Cuando vengan a destruirte,

no olvides

que ni la capucha que vela el patíbulo,

ni las palabras moralistas que susurran,

se hicieron por respeto al condenado;

sólo evitan el asco o el remordimiento

a los que contemplan y ejecutan

callados.

Mejor no ver la mueca que afrenta.

Mejor convencerse de que era razonable.

Porque hay que echarle muchos velos y razones 

para retorcer el hecho,

para retorcerlo bien

—tanto como la cuerda que aprieta—

y matarlo bien

para limpiar lo restante,

para dejarlo todo tan impoluto

que sólo quede la pobre ilusión 

de que el mundo aún

se mantiene vivo.

David Galán Parro

15 de octubre de 2025

El recolector de señales

Soy el recolector de señales…

Estamos dentro de una churrería mi novia y yo. Un mendigo toma una de las mesa exteriores. El camarero al rato va hacia él y le sirve una taza de chocolate y unos churros. El hombre empieza a comer con ansia a la vez que agradece al camarero. Este se vuelve y le dice: «No soy yo quien invita» El mendigo con un churro aún en la boca pregunta por el benefactor. «Era una señora. Acaba de irse» contesta el camarero.

Salimos de la churrería y enfilamos por una calle concurrida. Nos adelantan por la izquierda dos mujeres. Se vuelven y nos señalan al suelo. Hay un billete plegado sobre el adoquín. Lo cojo y ellas siguen su camino. Las mujeres son musulmanas.

Entramos en un supermercado. En la fila de cobro, un hombre enteramente tatuado me señala a una chica impedida de un brazo que cojea detrás de mí. Me insta con un leve gesto de cabeza y doy paso a la chica. Cuando el hombre y yo trasponemos la puerta de salida, nos agradecemos mutuamente el gesto.

Todo esto sucede a mi alrededor en menos de una hora.

Hoy por la mañana, las multitudes inundarán la calle para que paren las bombas israelís sobre Gaza.

Escasos días antes, por la misma causa, una huelga detuvo Italia; y unas protestas de jóvenes por una educación y una sanidad pública de calidad frente al gasto por el mundial de fútbol, inundaron Marruecos.

¡Cuántos actos sencillos y complejos, individuales y colectivos, nos regalan las personas sin contrapartidas!

¡Cuántas señales de la belleza que en nosotros se encierra!

No pido mucho: que la vida no me ciegue nunca a ellas. 

David Galán Parro

4 de octubre de 2025 

Hacia el corazón de las hogueras

Destruida al fin la vieja arquitectura, 

no me juzgo, 

no juzgo,

nada me detiene.

Al fin se confunden en mí todas las vidas. 

Al compás de mis latidos las oigo palpitar tan cerca,

bombeando fuertemente una misma sangre en un mismo sentido. 

No hay lucha que no reconozca en ellas

aspirando a la supervivencia 

y que no me regale con ello, 

su pedazo de heroísmo.

Para escuchar ese nivel de frecuencias

tuve que convertirme en un insolente feliz

y asaltar los muros de cada cual.

Sé al fin quién respira tras ellos; 

qué decir en todo momento; 

cómo aliviar. 

Sé el secreto: no hagas que nadie se sienta avergonzado de sí mismo. 

Saberlo me costó heridas, 

ya costras,

costras en las que encuentran descanso los atribulados;

me costó hacer polvo

los templos etéreos y sacrosantos

que nos humillan.

¡Cuánto costó!

Pero ahora, destruida al fin la vieja arquitectura 

soy mar al que llegan ríos y río hacia los mares.

soy algo en arrolladora expansión 

algo que no detienen ni la derrota ni el triunfo, 

esa estrella piadosa que nos mira al caer la noche.

Me he convertido al fin 

en el perro loco

que corre fascinado

hacia el corazón de las hogueras.

David Galán Parro

2 de octubre de 2025

Espalda de mujer solitaria

Estoy en una cafetería. He tomado una de las mesas y espero a que me atiendan. Tardan. Frente a mí en otra mesa, una mujer me da la espalda. Se sentó después de mí, pero no alcancé a ver su rostro. Lo puedo imaginar y lo imagino tocado de una moderada juventud. La mujer está sola. Lleva puesto un abrigo impermeable sobre el que cae en desorden su cabello rubio. Entonces, se quita el impermeable y deja al descubierto su espalda. Lo que veo quiebra mis expectativas. Su piel parece una fina película de plástico que se arruga como desprendida de sus flácidos músculos. No hallo la tersura esperada, la carne prieta. Una extraña tristeza, una dura certeza me embarga de repente. Ninguna lozanía escapa al tiempo, ningún descreimiento, ninguna audacia. Imagino que ningún hombre ha de desearla ya. Es casi de noche. Sin duda, volverá a su apartamento y dormirá sola en una cama. Nadie la llamará en mitad de la noche con urgencia. A la mañana siguiente, se despertará para hacer su ronda precisa, sin demoras, ni sobresaltos. Todo lo que haga estará siempre bien, como de ella se espera, tácitamente condenada a la corrección.

En el cristal azogado de esa espalda, asoma de golpe todo mi destino.

David Galán Parro

29 de septiembre de 2025

Estudiando Literatura 8: «Nick se recostaba en la tapia de la iglesia…»

Nick se recostaba en la tapia de la iglesia, donde le habían arrastrado para alejarlo de las ametralladoras de la calle. Las dos piernas asomaban en una postura forzada. Le habían dañado la columna vertebral. Tenía la cara sudorosa y sucia. El sol le daba en la cara. Era un día muy caluroso. Rinaldi, un tipo de espalda ancha, con todo el equipo por el suelo, yacía boca abajo arrimado a la tapia. Nick miraba al frente y le brillaban los ojos. El muro rosado de la casa de enfrente se había derrumbado, y una cama de hierro colgaba retorcida hacia la calle. Dos austríacos yacían muertos entre los escombros, a la sombra de la casa. Calle arriba había más muertos. En la ciudad las cosas avanzaban. Iban bien. Los camilleros llegarían en cualquier momento. Nick volvió la cabeza lentamente y miró a Rinaldi.

Senta, Rinaldi, Senta. Tú y yo hemos firmado una paz aparte.

Rinaldi estaba echado al sol, inmóvil, y respiraba con dificultad.

—No somos patriotas.

Nick volvió la cabeza con cuidado hacia el otro lado, sonriendo y sudando. Rinaldi era un público decepcionante.

Ernest Hemingway

«Nick se recostaba en la tapia de la iglesia, donde le habían arrastrado para alejarlo de las ametralladoras de la calle.»

Aparición inmediata del primer personaje, Nick.

Lugar: Una tapia. Una iglesia. Una calle.

«Ametralladoras» insinúa una situación de guerra. El objeto ametralladora representa el peligro. Alejan a Nick del peligro. No se toma como causa del peligro a los soldados enemigos, sino al objeto ametralladora (metonimia).

Nick esta recostado en relación a la tapia y previamente lo han arrastrado hasta ahí para protegerlo. Este hecho insinúa varias hechos a su vez. Uno de estos hechos es un nexo narrativo:

-Nick está en posición pasiva: recostado.

-Nick tiene compañeros. En contexto de guerra, el personaje y sus compañeros deben ser soldados.

-Nick es arrastrado, luego, no se vale por sí mismo. Esto tiene cohesión con el primer hecho, estar recostado (cohesión narrativa). Los dos hechos insinúan el nexo que sirve para la continuidad narrativa: la condición de herido de Nick.

Este nexo se da en el plano del significado, interno, del contenido.

«Las dos piernas asomaban en una postura forzada.»

Tercera insinuación o expresión indirecta del hecho que sirve de nexo narrativo. Esta expresión se hace por medio del mundo sensible, por medio de una imagen.

«Le habían dañado la columna vertebral.»

Ahora, expresión directa del hecho que sirve de nexo narrativo.

«Tenía la cara sudorosa y sucia.»

Expresión indirecta del hecho que sirve de nexo narrativo por medio del mundo sensible, por medio de otra imagen.

«Cara» nuevo nexo narrativo, en el plano del significante, externo, formal.

«El sol le daba en la cara.»

El personaje está pasivo frente al sol, porque está herido (cohesión y continuidad narrativa). La repetición de la palabra «cara» hace efectivo el nexo narrativo externo.

«Sol» nuevo nexo narrativo, en el plano semántico, interno, de contenido.

«Era un día muy caluroso.»

La palabra «caluroso» hace efectivo el nexo narrativo interno.

En esta oración se borra a Nick, al sujeto y se hace una apreciación exclusivamente sobre el mundo objetivo en que está inmerso.

Al borrar provisionalmente a Nick se prepara la aparición del segundo  personaje (transición narrativa)

«Rinaldi, un tipo de espalda ancha, con todo el equipo por el suelo, yacía boca abajo arrimado a la tapia.»

Aparición del segundo personaje, Rinaldi.

Lugar: La tapia y la calle.

Rinaldi no está recostado, está arrimado, yaciendo boca abajo, con todo el equipo por el suelo. Esto insinúa que está en una situación más pasiva si cabe que Nick.

La mínima descripción física de Rinaldi -espalda ancha- refuerza la imagen de su cuerpo yaciente.

La tapia se siente como un límite con la que ambos cuerpos mantienen una relación de situación y posición.  

«Nick miraba al frente y le brillaban los ojos.»

Imagen que expresa quietud externa de Nick herido, a la vez que un fuerte movimiento emocional.

Aparición de un nuevo nexo narrativo interno: la dirección de la mirada de Nick.

«El muro rosado de la casa de enfrente se había derrumbado, y una cama de hierro colgaba retorcida hacia la calle.»

«El muro rosado de la casa»: El color que Hemingway le da al muro contrasta con los colores propios que deben verse en una situación de guerra (gris, negro, blanco, rojo…). El «rosa» insinúa calidez, placidez, intimidad, inocencia.

La imagen del muro derrumbado con una cama de hierro colgando hacia la calle se asemeja a la de una persona destripada o con vísceras hacia fuera. Se insinúa así un grado alto de violencia donde lo interno sale dañado y deformado impúdicamente hacia afuera.  

Por otra parte, la expresión «la casa de enfrente» hace efectivo el nexo narrativo interno, dirección de la mirada del personaje, y el muro derrumbado se convierte en el nuevo nexo narrativo interno.

«Dos austríacos yacían muertos entre los escombros, a la sombra de la casa.»

El nexo muro derrumbado se hace ahora efectivo mediante las palabras «casa» y «escombros»

Aparición de la idea de la muerte y de enemigo con la imagen de los cadáveres de los austriacos. Austria-Hungría pertenecía a la Triple Alianza, e Italia (Rinaldi) y EEUU (Nick) pertenecían a la Triple Entente en la Primera Guerra Mundial.

«Calle arriba había más muertos»

Se vuelve a la imagen de la calle del principio, pero ahora se le suma el componente subjetivo cuando se refiere a los muertos. Se amplía la visión del lugar donde se produce la escena. Esta apertura se mantiene en el lugar de la escena sin aún alejarse de ella. El mayor número de muertos intensifica el dramatismo de la escena.

«En la ciudad las cosas avanzaban. Iban bien.»

Con la palabra «ciudad» nos alejamos del lugar de la escena hasta abandonarla y se nos procura una visión mucho más amplia y contextualizada de lo que acontece y a su vez, nos hace imaginar daños de mayor alcance. En la misma oración también se representa la actuación sobre el daño creado. Y en la segunda, su efecto positivo. Estas dos oraciones insinúan otro nexo: el hecho de la victoria favorable a los dos heridos y la actividad de auxilio lejana a ellos.

«Los camilleros llegarían en cualquier momento.»

Regreso al lugar de la escena principal por medio de un personaje colectivo: los camilleros. «Camilleros» expresa indirectamente el estado de los dos soldados heridos (cohesión narrativa) y resuelve el nexo anterior trayéndolo a la escena principal por medio de los camilleros. 

«(…) Nick volvió la cabeza lentamente y miró a Rinaldi.

Senta, Rinaldi, Senta. Tú y yo hemos firmado una paz aparte.»

El lento movimiento corporal de Nick se adecúa a su estado al tener lesionada la columna (cohesión narrativa).

«Senta» en italiano es «escucha», «mira», «siente». Es la apelación de Nick a Rinaldi para que esté en total presencia del momento vívido y doloroso.

«Tú y yo hemos firmado una paz aparte» es la manifestación de que ellos dos ya no seguirán luchando por estar heridos.  

«Rinaldi estaba echado al sol, inmóvil, y respiraba con dificultad.

—No somos patriotas.»

Respuesta que se atribuye a Rinaldi y que por su contenido es opuesta a lo que apela Nick. Rinaldi, no vive el momento como Nick. Rinaldi, apela a la idea patriotismo y frente a ella, rebaja el momento que le toca vivir. Nick en cambio no se someta a ella, y pone en primer plano el momento que le toca vivir por encima de la idea. Esta actitud establece la contradicción entre lo real y lo ideal.

«Nick volvió la cabeza con cuidado hacia el otro lado, sonriendo y sudando.»

Nick vuelve la cabeza hacia el otro lado como signo de rechazo y desprecio hacia el compañero. Lo hace con cuidado por lo dicho anteriormente: tiene la columna dañada.   

«Rinaldi era un público decepcionante.»

Esta oración final constata y refuerza el rechazo y el desprecio de Nick hacia la actitud patriótica de Rinaldi.

David Galán Parro

21 de septiembre de 2025