Velos y razones

Cuando vengan a destruirte,

no olvides

que ni la capucha que vela el patíbulo,

ni las palabras moralistas que susurran,

se hicieron por respeto al condenado;

sólo evitan el asco o el remordimiento

a los que contemplan y ejecutan

callados.

Mejor no ver la mueca que afrenta.

Mejor convencerse de que era razonable.

Porque hay que echarle muchos velos y razones 

para retorcer el hecho,

para retorcerlo bien

—tanto como la cuerda que aprieta—

y matarlo bien

para limpiar lo restante,

para dejarlo todo tan impoluto

que sólo quede la pobre ilusión 

de que el mundo aún

se mantiene vivo.

David Galán Parro

15 de octubre de 2025

El recolector de señales

Soy el recolector de señales…

Estamos dentro de una churrería mi novia y yo. Un mendigo toma una de las mesa exteriores. El camarero al rato va hacia él y le sirve una taza de chocolate y unos churros. El hombre empieza a comer con ansia a la vez que agradece al camarero. Este se vuelve y le dice: «No soy yo quien invita» El mendigo con un churro aún en la boca pregunta por el benefactor. «Era una señora. Acaba de irse» contesta el camarero.

Salimos de la churrería y enfilamos por una calle concurrida. Nos adelantan por la izquierda dos mujeres. Se vuelven y nos señalan al suelo. Hay un billete plegado sobre el adoquín. Lo cojo y ellas siguen su camino. Las mujeres son musulmanas.

Entramos en un supermercado. En la fila de cobro, un hombre enteramente tatuado me señala a una chica impedida de un brazo que cojea detrás de mí. Me insta con un leve gesto de cabeza y doy paso a la chica. Cuando el hombre y yo trasponemos la puerta de salida, nos agradecemos mutuamente el gesto.

Todo esto sucede a mi alrededor en menos de una hora.

Hoy por la mañana, las multitudes inundarán la calle para que paren las bombas israelís sobre Gaza.

Escasos días antes, por la misma causa, una huelga detuvo Italia; y unas protestas de jóvenes por una educación y una sanidad pública de calidad frente al gasto por el mundial de fútbol, inundaron Marruecos.

¡Cuántos actos sencillos y complejos, individuales y colectivos, nos regalan las personas sin contrapartidas!

¡Cuántas señales de la belleza que en nosotros se encierra!

No pido mucho: que la vida no me ciegue nunca a ellas. 

David Galán Parro

4 de octubre de 2025 

Hacia el corazón de las hogueras

Destruida al fin la vieja arquitectura, 

no me juzgo, 

no juzgo,

nada me detiene.

Al fin se confunden en mí todas las vidas. 

Al compás de mis latidos las oigo palpitar tan cerca,

bombeando fuertemente una misma sangre en un mismo sentido. 

No hay lucha que no reconozca en ellas

aspirando a la supervivencia 

y que no me regale con ello, 

su pedazo de heroísmo.

Para escuchar ese nivel de frecuencias

tuve que convertirme en un insolente feliz

y asaltar los muros de cada cual.

Sé al fin quién respira tras ellos; 

qué decir en todo momento; 

cómo aliviar. 

Sé el secreto: no hagas que nadie se sienta avergonzado de sí mismo. 

Saberlo me costó heridas, 

ya costras,

costras en las que encuentran descanso los atribulados;

me costó hacer polvo

los templos etéreos y sacrosantos

que nos humillan.

¡Cuánto costó!

Pero ahora, destruida al fin la vieja arquitectura 

soy mar al que llegan ríos y río hacia los mares.

soy algo en arrolladora expansión 

algo que no detienen ni la derrota ni el triunfo, 

esa estrella piadosa que nos mira al caer la noche.

Me he convertido al fin 

en el perro loco

que corre fascinado

hacia el corazón de las hogueras.

David Galán Parro

2 de octubre de 2025

Espalda de mujer solitaria

Estoy en una cafetería. He tomado una de las mesas y espero a que me atiendan. Tardan. Frente a mí en otra mesa, una mujer me da la espalda. Se sentó después de mí, pero no alcancé a ver su rostro. Lo puedo imaginar y lo imagino tocado de una moderada juventud. La mujer está sola. Lleva puesto un abrigo impermeable sobre el que cae en desorden su cabello rubio. Entonces, se quita el impermeable y deja al descubierto su espalda. Lo que veo quiebra mis expectativas. Su piel parece una fina película de plástico que se arruga como desprendida de sus flácidos músculos. No hallo la tersura esperada, la carne prieta. Una extraña tristeza, una dura certeza me embarga de repente. Ninguna lozanía escapa al tiempo, ningún descreimiento, ninguna audacia. Imagino que ningún hombre ha de desearla ya. Es casi de noche. Sin duda, volverá a su apartamento y dormirá sola en una cama. Nadie la llamará en mitad de la noche con urgencia. A la mañana siguiente, se despertará para hacer su ronda precisa, sin demoras, ni sobresaltos. Todo lo que haga estará siempre bien, como de ella se espera, tácitamente condenada a la corrección.

En el cristal azogado de esa espalda, asoma de golpe todo mi destino.

David Galán Parro

29 de septiembre de 2025

Estudiando Literatura 8: «Nick se recostaba en la tapia de la iglesia…»

Nick se recostaba en la tapia de la iglesia, donde le habían arrastrado para alejarlo de las ametralladoras de la calle. Las dos piernas asomaban en una postura forzada. Le habían dañado la columna vertebral. Tenía la cara sudorosa y sucia. El sol le daba en la cara. Era un día muy caluroso. Rinaldi, un tipo de espalda ancha, con todo el equipo por el suelo, yacía boca abajo arrimado a la tapia. Nick miraba al frente y le brillaban los ojos. El muro rosado de la casa de enfrente se había derrumbado, y una cama de hierro colgaba retorcida hacia la calle. Dos austríacos yacían muertos entre los escombros, a la sombra de la casa. Calle arriba había más muertos. En la ciudad las cosas avanzaban. Iban bien. Los camilleros llegarían en cualquier momento. Nick volvió la cabeza lentamente y miró a Rinaldi.

Senta, Rinaldi, Senta. Tú y yo hemos firmado una paz aparte.

Rinaldi estaba echado al sol, inmóvil, y respiraba con dificultad.

—No somos patriotas.

Nick volvió la cabeza con cuidado hacia el otro lado, sonriendo y sudando. Rinaldi era un público decepcionante.

Ernest Hemingway

«Nick se recostaba en la tapia de la iglesia, donde le habían arrastrado para alejarlo de las ametralladoras de la calle.»

Aparición inmediata del primer personaje, Nick.

Lugar: Una tapia. Una iglesia. Una calle.

«Ametralladoras» insinúa una situación de guerra. El objeto ametralladora representa el peligro. Alejan a Nick del peligro. No se toma como causa del peligro a los soldados enemigos, sino al objeto ametralladora (metonimia).

Nick esta recostado en relación a la tapia y previamente lo han arrastrado hasta ahí para protegerlo. Este hecho insinúa varias hechos a su vez. Uno de estos hechos es un nexo narrativo:

-Nick está en posición pasiva: recostado.

-Nick tiene compañeros. En contexto de guerra, el personaje y sus compañeros deben ser soldados.

-Nick es arrastrado, luego, no se vale por sí mismo. Esto tiene cohesión con el primer hecho, estar recostado (cohesión narrativa). Los dos hechos insinúan el nexo que sirve para la continuidad narrativa: la condición de herido de Nick.

Este nexo se da en el plano del significado, interno, del contenido.

«Las dos piernas asomaban en una postura forzada.»

Tercera insinuación o expresión indirecta del hecho que sirve de nexo narrativo. Esta expresión se hace por medio del mundo sensible, por medio de una imagen.

«Le habían dañado la columna vertebral.»

Ahora, expresión directa del hecho que sirve de nexo narrativo.

«Tenía la cara sudorosa y sucia.»

Expresión indirecta del hecho que sirve de nexo narrativo por medio del mundo sensible, por medio de otra imagen.

«Cara» nuevo nexo narrativo, en el plano del significante, externo, formal.

«El sol le daba en la cara.»

El personaje está pasivo frente al sol, porque está herido (cohesión y continuidad narrativa). La repetición de la palabra «cara» hace efectivo el nexo narrativo externo.

«Sol» nuevo nexo narrativo, en el plano semántico, interno, de contenido.

«Era un día muy caluroso.»

La palabra «caluroso» hace efectivo el nexo narrativo interno.

En esta oración se borra a Nick, al sujeto y se hace una apreciación exclusivamente sobre el mundo objetivo en que está inmerso.

Al borrar provisionalmente a Nick se prepara la aparición del segundo  personaje (transición narrativa)

«Rinaldi, un tipo de espalda ancha, con todo el equipo por el suelo, yacía boca abajo arrimado a la tapia.»

Aparición del segundo personaje, Rinaldi.

Lugar: La tapia y la calle.

Rinaldi no está recostado, está arrimado, yaciendo boca abajo, con todo el equipo por el suelo. Esto insinúa que está en una situación más pasiva si cabe que Nick.

La mínima descripción física de Rinaldi -espalda ancha- refuerza la imagen de su cuerpo yaciente.

La tapia se siente como un límite con la que ambos cuerpos mantienen una relación de situación y posición.  

«Nick miraba al frente y le brillaban los ojos.»

Imagen que expresa quietud externa de Nick herido, a la vez que un fuerte movimiento emocional.

Aparición de un nuevo nexo narrativo interno: la dirección de la mirada de Nick.

«El muro rosado de la casa de enfrente se había derrumbado, y una cama de hierro colgaba retorcida hacia la calle.»

«El muro rosado de la casa»: El color que Hemingway le da al muro contrasta con los colores propios que deben verse en una situación de guerra (gris, negro, blanco, rojo…). El «rosa» insinúa calidez, placidez, intimidad, inocencia.

La imagen del muro derrumbado con una cama de hierro colgando hacia la calle se asemeja a la de una persona destripada o con vísceras hacia fuera. Se insinúa así un grado alto de violencia donde lo interno sale dañado y deformado impúdicamente hacia afuera.  

Por otra parte, la expresión «la casa de enfrente» hace efectivo el nexo narrativo interno, dirección de la mirada del personaje, y el muro derrumbado se convierte en el nuevo nexo narrativo interno.

«Dos austríacos yacían muertos entre los escombros, a la sombra de la casa.»

El nexo muro derrumbado se hace ahora efectivo mediante las palabras «casa» y «escombros»

Aparición de la idea de la muerte y de enemigo con la imagen de los cadáveres de los austriacos. Austria-Hungría pertenecía a la Triple Alianza, e Italia (Rinaldi) y EEUU (Nick) pertenecían a la Triple Entente en la Primera Guerra Mundial.

«Calle arriba había más muertos»

Se vuelve a la imagen de la calle del principio, pero ahora se le suma el componente subjetivo cuando se refiere a los muertos. Se amplía la visión del lugar donde se produce la escena. Esta apertura se mantiene en el lugar de la escena sin aún alejarse de ella. El mayor número de muertos intensifica el dramatismo de la escena.

«En la ciudad las cosas avanzaban. Iban bien.»

Con la palabra «ciudad» nos alejamos del lugar de la escena hasta abandonarla y se nos procura una visión mucho más amplia y contextualizada de lo que acontece y a su vez, nos hace imaginar daños de mayor alcance. En la misma oración también se representa la actuación sobre el daño creado. Y en la segunda, su efecto positivo. Estas dos oraciones insinúan otro nexo: el hecho de la victoria favorable a los dos heridos y la actividad de auxilio lejana a ellos.

«Los camilleros llegarían en cualquier momento.»

Regreso al lugar de la escena principal por medio de un personaje colectivo: los camilleros. «Camilleros» expresa indirectamente el estado de los dos soldados heridos (cohesión narrativa) y resuelve el nexo anterior trayéndolo a la escena principal por medio de los camilleros. 

«(…) Nick volvió la cabeza lentamente y miró a Rinaldi.

Senta, Rinaldi, Senta. Tú y yo hemos firmado una paz aparte.»

El lento movimiento corporal de Nick se adecúa a su estado al tener lesionada la columna (cohesión narrativa).

«Senta» en italiano es «escucha», «mira», «siente». Es la apelación de Nick a Rinaldi para que esté en total presencia del momento vívido y doloroso.

«Tú y yo hemos firmado una paz aparte» es la manifestación de que ellos dos ya no seguirán luchando por estar heridos.  

«Rinaldi estaba echado al sol, inmóvil, y respiraba con dificultad.

—No somos patriotas.»

Respuesta que se atribuye a Rinaldi y que por su contenido es opuesta a lo que apela Nick. Rinaldi, no vive el momento como Nick. Rinaldi, apela a la idea patriotismo y frente a ella, rebaja el momento que le toca vivir. Nick en cambio no se someta a ella, y pone en primer plano el momento que le toca vivir por encima de la idea. Esta actitud establece la contradicción entre lo real y lo ideal.

«Nick volvió la cabeza con cuidado hacia el otro lado, sonriendo y sudando.»

Nick vuelve la cabeza hacia el otro lado como signo de rechazo y desprecio hacia el compañero. Lo hace con cuidado por lo dicho anteriormente: tiene la columna dañada.   

«Rinaldi era un público decepcionante.»

Esta oración final constata y refuerza el rechazo y el desprecio de Nick hacia la actitud patriótica de Rinaldi.

David Galán Parro

21 de septiembre de 2025

¿A mí con esas…?

Hombres de grandes metas me exhortan:

«¡No te pares, lucha por la excelencia para ser tu mejor versión!»;

a mí, que tengo que aceptar la soberbia y la humillación de un jefe del que depende el sueldo que entra en casa;

a mí, que hago diez horas diarias en la caja de un súper para dar de comer a un hijo y no perder su custodia;

a mí, que una enfermedad crónica me paraliza y me arrasa el pensamiento hasta dejarme en un jirón de pura carne y no hay Estado que me salve;

a mí, que me despierto cuarenta y cinco años después en el mismo cuarto en el que estuvo mi cuna;

a mí, que hago diez horas diarias 

fregando platos en la estrecha cocina de un restaurante, 

lejos del país que me vio nacer;

o cuidando sin descanso a una anciana postrada en la cama y a la que paseo para que le bendiga el sol de la mañana, 

lejos del país que me vio nacer;

o partiéndome el lomo a jornal en el campo respirando la espesura de algo que dejó de ser aire, 

lejos del país que me vio nacer;

a mí, que perdí a mis seres queridos en una travesía atroz en el mar;

a mí, que me parieron para morir de hambre o sed en una choza de Sudán, Yemen o Somalia;

a mí; que en cualquier ciudad del mundo busco en la basura para tener mi mañana;

a mí, que me reventaron los hijos, los padres y el hogar en Gaza;

a mí, que vivo en una caravana en Texas después de que me desahuciaran;

a mí, que me estraga la heroína o el fentanilo en una mugrienta acera de San Francisco —y a mí, que soy su madre—;

a mí; que duermo en el pasillo de una cárcel sudamericana y que cada segundo pesa lo que a ti una vida;

De verdad… ¿A mí con esas? 

¡¿Y ustedes?! ¡Que moran plácidos en el reino de la libertad

mientras me la juego en el de la necesidad!

Pues yo les digo: 

piérdanse como mal sueño en la letrina de la historia

con sus metas y excelencias proclamadas

desde una realidad que les da a elegir

y déjenme por aquí 

lidiando con la mía,

con la verdadera,

con la que sin elegirla

me toca de lleno.

David Galán Parro

10 de septiembre de 2025

Los primos

Aletargado en su sillón y en medio de la penumbra, veía en la televisión la carrera ciclista. Afuera, el calor de la canícula apretaba y las persianas, las contraventanas y el ventilador suavizaban el sofoco de adentro. El sillón daba la espalda a la puerta acristalada de la sala y tras ella estaba el corredor principal de la casa. Sobre la mesa frente a él, había cuatro botellines vacíos y un paquete de tabaco, también vacío, junto a un cenicero con colillas retorcidas. Un crepitar de fritanga llegaba desde la cocina situada al fondo del corredor. De tanto en tanto, miraba el antiguo reloj de pared. Iba a dar las dos. Su mujer le traería en cualquier momento el almuerzo.

De repente, oyó unas voces agudas y chillonas aproximarse por el corredor. Las voces se pegaron a la puerta y se atenuaron hasta el cuchicheo. Reconoció en una, la de su hijo Antonio. Oyó el picaporte ceder sigilosamente y al instante lo vio pasar de largo en dirección a la terraza. Detrás, venía mas pausadamente otro niño que como su hijo, tendría siete años. El niño se detuvo a su lado y se le quedó mirando expectante. Él volvió la cabeza y también lo miró. Su facciones le eran familiares.

—Hola —dijo con timidez el pequeño.

No adivinaba todavía.

—Soy Manu, tito Jose.

Pese a la sombra, la cara del sobrino se le definió repentinamente ante los ojos. Era el hijo de su cuñada Patricia, la que se había ido a Madrid cinco años atrás a ocupar un puesto de administrativo. Lo recordaba correteando con Antonio entre las maletas en el andén de la dársena el día de la despedida. Él había bebido demasiado y no había sido muy agradable con su cuñada. No habían vuelto hablar desde entonces. Ahora el niño llevaba gafas de vista como su padre y estaba peinado con la crencha a un lado. No sabía muy bien qué decirle, qué ofrecerle. Era todo un poco extraño y forzado.

—¿Dónde está papá y mamá? —se le ocurrió.

—Mamá está con abuela y viene a buscarme a la tarde. Papá no vino, se quedó en casa.  En mi casa de Leganés, no en mi casa de aquí.

—Ya

—Tita Eloísa está en la cocina y me dijo que te saludara.

—Sí, claro.

El sobrino miró hacia las botellas vacías; luego, al cenicero, luego le recorrió con la mirada la barriga y el pecho descubiertos por la camisa desabotonada. Parecía buscar respuestas para hilvanar y comprender. Al fin, le miró con curiosidad el rostro.

—¿Por qué tienes la nariz roja y la cara roja?

La candidez de la pregunta le hizo sonreír. Hacía días que no sonreía.

—No sé. Será porque trabajo por las noches de payaso de circo.

El sobrino se rió y a él, la risa le recordó cuando le hacía cosquillas junto a su hijo; cuando le quitaba un zapato obligándole a ir tras él, convertido en el cojito cabreado; o cuando le robaba trozos de pan a la mesa y se los pasaba a Eloísa y a Patricia por debajo, haciéndole de rabiar. Eran otros tiempos. Él era aún él. Cinco años atrás. Cinco largos años de terapia, de caer, de levantarse, de recomponerse, de volver a caer; un túnel en el que había renunciado a la luz. 

—¿Ya sabes leer?

—Sí

Cogió uno de los botellines vacíos y lo acercó a la cara del sobrino. Éste amusgó la mirada tras las lentes. 

—A ver… ¿Qué pone?

—Cer-ve-za Saaaan Mi-gueeel (1) 

Tomó luego el paquete de tabaco vacío e hizo lo mismo:

—¿Y aquí?

—Ta-ba-co Maaaar-bo-rro (2). Fu-mar peeeer-ju-di-ca gra-ve-men-te su sa-lud…

—Bien, bien, lo haces muy bien…

En ese momento, Eloísa entró con la bandeja de la fritanga y los platos y pidió a su hijo que jugaba en la terraza que hiciera el favor de traer los cubiertos y las servilletas que se había dejado atrás. El primo se ofreció a ayudarle y ambos salieron hacia la cocina. 

—¿Sabes que tu sobrino, ya lee, verdad? —dijo él con reproche.

—¿Y qué quieres decirme con eso? ¿Te vas a preocupar tú de que también lo haga Antonio? Yo, como comprenderás, no puedo más, y menos en mi estado.

—Te dije que en ese colegio no lo metieras. Te lo dije. Son unos vagos esos maestros…

—¡Ah claro! Lo dice quien se ha preocupado este año de ir personalmente a tratar el problema con ellos.

Los niños volvieron y se pusieron a colocar diligentes los cubiertos y las servilletas. Eloísa ultimó los preparativos trayendo los vasos y una jarra con agua. En la pantalla del televisor, el pelotón de ciclistas pedaleaba sin sobresalir, sin entusiasmo, con monotonía. Era así todos los veranos. Él se imaginaba que de estar allí en la carrera, sería uno más. Quizás el último de ellos.

* * * * * 

Se levantó de siesta. El salón comedor seguía en penumbra, ahora más densa por la caída de la tarde. No se oían voces. Los niños, Eloísa y Patricia ya habrían salido al parque a merendar. Se abotonó la camisa. Tenía el olor acre del sudor de aquella mañana. Se peinó malamente y al salir tomó del recibidor del vestíbulo las trescientas pesetas que Eloísa le había dejado. Ella le administraba los gastos. Caminó hacia el bar que estaba a unos cien metros de la puerta del edificio, en la misma acera. Ya hacía algo de fresco bajo los toldos de los establecimientos. Eran las siete.

En el bar, las pesetas se le fueron rápidamente en un paquete de tabaco y en cuatro copas de vino. Así y todo, seguiría bebiendo. Insistió al que despachaba que le pusiera tragos a cuenta. Pagaría mañana, dijo. Esta vez sí. Por su madre, en paz descanse, por su hijo y por la que venía en camino, dijo, que mañana sí. Pero el juramento no convencía al de la barra, ni a nadie. «No jures tomado, Jose. Dios te oye» le advirtió alguien a su espalda. Él se volvió torpemente para increpar, pero nadie se dio por aludido. De repente, la tragaperra cantó premio. El afortunado recogió con urgencia la ganancia para rehuirle su posible sablazo. En una mesa cuatro habituales echaban unas manos a la baraja. La situación que veían los movía a la coña, primero por lo bajo, y luego, sin tapujos, en alto. De repente, uno de ellos, el mas brutal, señaló hacia un rincón al pie de la barra y dijo «Si hay cojones Joselito de echártela pa entro, te pago yo mismo una copa» Algunos miraron hacia allí y rieron. Entre la mugre, tumbada boca arriba, había una pequeña cucaracha seca, sin vida. Un segundo ofreció una segunda copa para instigar la proeza; un tercero, una tercera. Hubo apuestas. El reto suscitó el interés de todos y galvanizaba la morbosidad latente. Algunos empezaron a jalearle. Él se iba sintiendo arropado y envalentonado. Al fin, para regocijo de los presentes, se fue hacia el rincón, se agachó, pinzó al insecto por las antenas y suspendiéndolo sobre su boca unos segundos, lo dejó caer para crujirlo. Todo parecía un espectáculo de circo.

* * * * *

—¡Ten cuidado! ¡Ten cuidado, pedazo de animal! —susurró contenida Eloísa cuando le abrió la puerta en el recibidor. Era ya de madrugada—. Los niños están durmiendo. Por favor, cuidado, no vayas a despertarlos. No quiero que Manu te vea así.

El roce de los infructuosos intentos de la llave en la cerradura habían alertado a Eloísa que había acudido presurosa a evitar una escena incómoda.

—Ni en el día en que viene tu sobrino te contienes ¡Por el amor de Dios…!

—¿Pero tu hermana no se lo iba a llevar? ¿Por qué se quedó a dormir? —masculló torpemente.

—Porque no hubo forma de convencerlo. Quiso quedarse con su tío y su primo. Pero no llegabas. Y menos mal.

Al oír aquello, él sintió una extraña punzada en el pecho, como si le faltara aire. Apartó a su mujer y enfiló el pasillo.

—¡¿A dónde vas?! ¡¿A dónde vas?! Vas a despertarlos, pedazo de animal. No vayas. Así no, así no…

—Déjame, déjame… —murmuró dirigiéndose a la habitación del hijo.

—Que me costó que se quedaran dormidos y le prometí a Patricia que no montarías una de las tuyas.

Él no podía ya escucharla. Con cuidado, empujó levemente la hoja entornada. Una pesadez en el cuello sudoroso y en los hombros le invitaba a caer hacia delante desvaído. Temía que eso pasara, pero tenía que ver a los niños. Tenía que verlos. Eloísa, reteniéndolo desde atrás por la espalda, controlaba el ligero vaivén de su torso trémulo. Apoyó el antebrazo en la jamba y contempló absorto, sin aire, desde el resquicio: los primos dormían juntos y destapados dándose las espaldas. Por la ventana abierta, la luna iluminaba sus caras plácidas y puras. Entraba también el fresco de la noche.

Dio unos pasos atrás vencido. La punzada en el estómago seguía ahí, como una dureza que esperaba ser regurgitada. Se reclinó en Eloísa que aún le sostenía, sintiendo desfallecer. Ambos, caminaron hacia la alcoba de matrimonio y allí él se dejó caer sobre la cama tembloroso. Agarró la almohada y se tapó el rostro con ella para ahogar y silenciar el llanto que brotaba incontenible. Estuvo así unos pocos minutos, con Eloísa ensimismada a su lado, palpándose el abultado vientre en la penumbra. Al final, retiró la almohada y se quedó mirando fijamente la lámpara de araña del techo como atravesado por una inusitada lucidez. Entonces, volviendo la cabeza hacia su mujer dijo mansamente:

—Hay que hablar con Alberto mañana, sin falta. La semana que viene vuelvo a terapia…

David Galán Parro

5 de septiembre de 2025

  1. Cerveza marca San Miguel muy consumida en la década de los 80 en España.
  2. Tabaco marca Marlboro, Idem.

El protector

—¡Hammam! (baño)—pidió el prisionero.

Todos iban en fila india en paralelo a la tapia derruida. El prisionero caminaba delante con las manos atadas a la espalda. Le habían puesto el propio uniforme militar y le venía grande. No tendría más de quince años. Uno de los reclutas del pelotón se apartó con él hacia la tapia, lo desanudó y, poniéndolo de cara a ella, lo encañonó. Nunca se sabía. Cualquier movimiento podía activar el protocolo anti-Actividad Hostil. La semana pasada en otra incursión habían acribillado por error a un chico tras darle el alto cuando hizo el amago de atarse los zapatos y se había armado un importante revuelo entre los superiores. El pelotón esperaba. Noah desenganchó la cantimplora de su mochila y tomó un buche. El sol pegaba. Hacia las colinas, todo era desolado campo llano y pilas de escombros diseminadas.  Milton, un tipo corpulento y con voz grave, dijo:

—Son buenos esos doobies (*) ¿eh, sargento?…

Eran buenos, sí: ni una casa, ni una mezquita, ni un hospital, ni un mercado, ni un muro en pie…

—…ni un túnel de esas putas ratas cobardes. Todavía estarán comiéndose la tierra de sus propias madrigueras derrumbadas.

Noah se recordó feliz en su época de instrucción. Aquello no era lo que le contaron. Luego, mirando al descampado, imaginó multitud de niños que irían con sus madres a los colegios; mercados trasegados por mujeres con velo; autos, bicicletas, carros y bestias de carga enfilando sobre las calzadas de tierra apisonada. Milton seguía:

—En Rafah, llevan mil doscientas tres ratas muertas ¡Mil doscientas tres! Y ni un sólo civil. Nuestros muchachos se emplean bien ¿eh, sargento? No es fácil.

Nadie dijo que lo fuera. Pero tampoco que no hubiera civiles entre los muertos. Noah, ni el sargento, ni ninguno decía nada.

Fue entonces cuando se oyó desgarrador: «¡Allahu Akbar! (¡Alá es grande!)»  El grito prolongado arrastraba una traza de alivio. Todos voltearon las caras hacia la tapia. El recluta acompañante estaba en shock. Los dos brazos del prisionero escupían sangre a borbotones a través de sendas incisiones longitudinales. Se había hecho para su propósito con un hierro afilado de entre los escombros arrimados a la tapia. Pese al estupor y la confusión de todos, alguien pudo alcanzarlo antes de que se desmoronara.

¡Hijo de puuuuta! —soltó Milton enfurecido—. No te puedes fiar de estas ratas, ni a las buenas. A ver cómo cojones salimos de esta. Los mandos nos van a joder vivos, nos van a joder vivos…

—¡Cállase, Milton! ¡Cállase!—le gritó el sargento— ¿O quiere que solicite a base la continuidad del operativo y le ponga a usted a la cabeza del pelotón a ver si se los gasta como el muchacho?

Cuando Noah miró a los ojos aún vivos del joven palestino llevado entre dos, reconoció un inusitado brillo de puro triunfo; de un triunfo que la vida acomodada que le esperaba nunca le depararía.

David Galán Parro

25 de agosto de 2025    

(*) «Osito de peluche»: Nombre con el que los soldados israelíes llaman a un tipo de excavadora civil militarizada usada como arma de demolición urbana.

Ruta incierta

Era verano. Había pasado toda la mañana leyendo en casa. No había comido, cuando le cogieron los calores de la tarde. Tenía que comer un poco y salir. Sabía bien cómo acababan esos días de encerrona: atiborrándose de dulces por la noche frente al televisor tratando de dilucidar la quintaesencia de películas antiguas «¿Cómo coño, pretendo escribir algo de cierto interés, si no salgo y vivo?» La novia le reprochaba su falta de planes: «Ya quisiera yo tener tus vacaciones. En casa no me quedaría, desde luego» Pero él tenía grandes propósitos. Grandes metas. Su palabra valdría oro. Nadie lo entendía ahora. Ya sabrían. Se inmolaba generosamente. Todo él sería literatura. Laureada literatura. Salvado.

El móvil sonó entonces. Era una compañera de trabajo que le invitaba a merendar esa tarde. Estarían con la vieja tropa, todo muy divertido, aunque él se vería, sin duda, en medio de toda la tralla chismosa. Ni en verano descansaban de eso. 

—¿Cómo llego, Lupe?

—¿Todavía me lo preguntas? Te refresco: coge la dos, la veinticinco o la ochenta y uno en la parada frente al mercado. No cojas la veintidós. Escucha. Cualquiera menos esa. 

«¿Por qué tantas opciones? ¿Por qué es todo tan difícil en esta ciudad?» pensó… O eso o eran los tiempos de ahora. O que se hacía aceleradamente viejo.

—No me hagas esperar como siempre ¿vale? —dijo la compañera.

La vieja tropa con la que iba a reunirse la formaban profesores de colegios que él había ido dejando atrás en su periplo de funcionario vitalicio; un gran saco de indistintos conocidos «para obligarse a socializar» donde cabía de todo: solteros, divorciados, arruinados, ex-amantes,… Todos demasiado lejos de su corazón extraviado; todos, compromisos. Pesados compromisos por no volverse loco. Solitariamente loco.

Bajo la marquesina de la parada de guagua, el calor se hacía aún más sofocante. Un nimbo aplastante se había detenido sobre las mugrientas calles comerciales. Esto y el trasiego de la gente en sus ocupaciones de tarde, saliendo y entrando de los establecimientos, le hacían sentirse asfixiado, sumergido en una densidad caótica lo mas parecida al tumulto en pánico previo al apocalipsis. Para rentabilizar la espera se predispuso a observar: «Cualquier cosa o hecho delante de mí puede ser el material. Atento… atento…» A su lado, una joven con brazos tatuados fumaba. «¿Cómo será besar a una mujer fumadora? Su aliento. El sabor de su saliva. El color apagado de sus labios. Que va… No puede ser muy agradable, desde luego. Si Marta hubiera fumado ¿Lo nuestro? Imposible. La mujer fumadora. Buen título, sin duda… Ella volvió a su vieja costumbre después de que él la abandonara de improviso aquella tarde; a la vieja costumbre de  fumar la marca de cigarrillos que él le regalara y que la demoraba viendo caer la tarde por la ventana… ¿Tema? La dificultad de superar el pasado…» La joven de brazos tatuados tiró entonces la colilla al suelo, la piso, la recogió y la llevó a una papelera cercana. Al percatarse de que él la observaba, le lanzó una dura mirada en la que se leía claramente: «¿Qué coño miras, imbécil?» Avergonzado, escabulló sus ojos simulando interés por una señora mayor que llevaba atado a un caniche. Esto era menos problemático, desde luego. 

La guagua llegó entonces. Él se puso al final de la cola —no solía coger guaguas y podía evidenciarse su torpeza de señorito—. Mientras hacía fila, advirtió que había olvidado cuál era la línea que no debía coger. A ver: sabía que eran cuatro posibilidades y que sólo una, debía evitar. «Un setenta y cinco por ciento de acierto es seguro» se dijo para despreocuparse y le vino a la mente un hombre sonriendo al que le faltaba una pierna y medio brazo: ciertamente, un mutilado así podía muy bien hacer vida. Al llegar su turno, sacó la tarjeta y la pasó por el datáfono. La máquina no respondió. «Está rota» escuchó al chófer a su lado. La voz parecía sutilmente irritada, quizás de tanto advertirlo en el día. Quiso entonces pagar en efectivo, pero en el fondo del monedero, había sólo una monedilla inútil. Miró al chófer. Los nervios no le permitían fijar de modo preciso su fisonomía. Sentía su silencio acuciante. El de los pasajeros al fondo, también. Otra guagua esperaba detrás para ingresar en la misma parada. Entonces el chófer con expresión resignada le hizo un gesto de pase. Para él, todo suponía una situación francamente embarazosa. Entrar sin pagar, el muy señorito.

Bamboleándose atravesó el pasillo y se dejó caer en el primer asiento desocupado al lado de un señor gordo. Dos chicas adolescentes que iban de pie junto a la ventana central se hacían selfis. Parecían muy amigas. «De momento —receló—, porque no ha aparecido entre ellas el chico que lo joda todo… Aquella tarde, en la guagua, ellas que se decían inquebrantables amigas, se tiraban fotos con el móvil, como broma siniestra de su falsa amistad; el mismo móvil que escondía las fotos de una junto al novio de la otra… ¿Título? Dos grandes amigas ¿Tema? ¿Tema? ¿Tema? ¡Ah sí, la inevitable traición…!»

La guagua subía a toda mecha por una de las avenidas principales de la ciudad. Hileras de mustias palmeras en los parterres pasaban flanqueando la calzada. Él no las veía, absorto como iba. Después la guagua se paró ante un semáforo. Al verde giró y entró en la parte alta de la ciudad. Por allí, las construcciones lucían más ruinosas. A la altura de una cancha municipal desolada con gradas de hormigón recobró la presencia y se alarmó al comprobar que andaba demasiado lejos del destino previsto. No sabía qué hacer. Mensajeó a la amiga: «Lupe, no sé por dónde ando» Ella, al rato: «¿Cómo que no sabes? Estamos ya aquí, esperándote.» «No sé, Lupe» «¿No cogerías la veintidós?» Preguntó al señor gordo de al lado. Éste le miró como si no creyera la pregunta. «Lupe, confirmado, voy en la veintidós» «¡Te dije cualquiera menos la veintidós!» «Estoy en el coñísimo ¿qué hago?» «¡Bájate desde que puedas!» «Y luego ¿qué hago, Lupe?» La guagua iba torciendo por calles que tenían edificaciones con fachadas y salientes cochambrosos. Otra ciudad dentro de la ciudad. Veía gente, la mayoría jóvenes y niños, sucios y desarrapados, apostada sin propósito en cualquier parte o deambulando o mirando tétricamente desde las ventanas. La guagua serpenteó un rato por el barrio dejando atrás bares, supermercados, tiendas de ropa al por menor, peluquerías, farmacias… Luego, tomó por otra avenida principal. Alguien solicitó parada y él aprovechando la circunstancia se apeó simulando que controlaba la situación. No podía entreverse su desorientación. Podían asaltarle y robarle. En la pantalla del móvil la amiga insistía: «¿Te has bajado ya?» «Sí» «¿Saliste de Altavista?» «Sí, creo que sí» «Si estás en la avenida, pásate al otro lado, y ponte en una parada por la que pasen guaguas en sentido contrario. Toma una once u otra veintidós» «Ok, gracias, Lupe» y le mandó un corazón.

Cruzó la mediana y caminó un rato avenida abajo. Pasó una rotonda. Era la última hora de la tarde y el bochorno cejaba. Llegó a la parada. Tres adolescentes con camisetas de fútbol de la liga nacional armaban alboroto en el escaño. Iban rapados por nuca y laterales. Dos de ellos, empezaron a discutir acaloradamente. En medio, otro más aniñado, no decía nada.

—Mbappe, es el GOAT (*), el puto amo. Lo dice todo el mundo, bro (**)

—¿Qué sabe la gente? Si el míster y los técnicos apuestan por Bellinghan a muerte.

—¿Y quéeeee? ¡Mbappe, lleva treinta y un goles, TREINTA Y UNO, broooo!

—Pero Bellingham es centrocampista, puto retrasao, no se puede comparar…

El de en medio asentía con la cabeza y miraba a uno y a otro como para confraternizar por igual. Al cabo de un rato, una guagua apareció, se internó en la rotonda y salió por el ramal hacia allí. En el luminoso de puntos del parabrisas aparecía el número veintidós. Debía ser la otra guagua cubriendo el sentido contrario como le dijo Lupe. Los chicos subieron por delante de él. Los que discutían seguían a voces como si el asunto incumbiera a todos dentro. Desde el andén, miró al chófer. Nunca fue buen fisonomista. Dudó. No podía ser. Quiso cerciorarse:

—¿El datáfono… está roto? —le salía casi un remedo de voz.

Vio al chófer asentir ligeramente con una sonrisa entre piadosa y resignada. Luego, oyó  el bufido de cierre de la puerta automática y vio, como en un mal sueño, la guagua arrancar.

Se quedó un rato parado bajo la marquesina, otra vez absorto. En la acera opuesta de la avenida, pasaban dos chavales descamisados montados en una bicicleta. Uno pedaleaba, mientras otro por atrás se prendía a su cintura.

—¡Mira! ¡Mira! ¡Es Pablo! ¡¡Maestro!! ¡¡Maestro!! —decía el de atrás a velocidad. Él volvió en sí. Desde la distancia, el muchacho, erguido sobre el eje trasero y con los brazos liberados, le saludaba eufórico.

Haber ejercido de maestro por aquellos barrios compensaba lo calamitoso que era. Y eso no se lo iba a dar su fidelidad a la literatura.

David Galán Parro

21 de agosto de 2025     

(*) Acrónimo de «Greatest Of All Time»

(**) Apócope de «brother»

Estudiando Literatura 7: «El campamento indio» de Ernest Hemingway

Voy a analizar el comienzo de un cuento de Hemingway titulado Campamento indio y voy a enunciar a partir de este análisis algunas de las características generales de su estilo:

«En la orilla del lago había otro1 bote de remos preparado.2 Los dos indios estaban de pie, esperando.3

Nick y su padre4 subieron a la popa del bote5, los indios lo empujaron y uno de ellos subió y comenzó a remar.6 Tío George iba sentado en la popa del bote del campamento.7 El indio joven8 alejó el bote de la orilla, se montó en él y se puso a remar para llevar a tío George»

  1. Si hay otro es que hay uno o más de dos botes de remos preparados. El adjetivo «otro» ayuda a la representación directa de este hecho, de momento, impreciso cuantitativamente. Hemingway nos fuerza a representarnos la historia por medio de su economía de palabras y nos somete a ella, aunque de momento la representación sea imprecisa en nosotros. Eso hace que tenga margen y libertad como narrador frente a nosotros, lectores, para ir, posteriormente, precisándola. Él narra sin tenernos totalmente en cuenta y nos transmite indirectamente, esta condición de narrador despreocupado, liberado de la responsable tarea de hacerse entender con facilidad y por ello, de ser desde el comienzo preciso.
    Hemingway pudo escribir para empezar: «En la orilla del lago había preparados dos botes de remos.» ¿Por qué razón no optó por escribirlo así? ¿Qué provoca sobre nosotros, los lectores? Pienso que mediante la manera suya, se produce un efecto que intentaré explicar. Tenemos la manera nuestra (A), «había preparados dos botes de remos» y tenemos la manera suya (B), «había otro bote de remos preparado». En A los dos botes aparecen en simultáneo e inmediatamente. En cambio en B tenemos que uno de los botes aparece primero inmediatamente y otro aparece después por medio del primero. Con esto, Hemingway provoca que la representación interna que nos hacemos de la historia se vaya formando más sucesivamente que simultáneamente. 
    Otra razón de escribirlo así, puede deberse a que provoca una formación de la representación interna de los hechos en el lector que se aproxima a la percepción de la realidad y a las expectativas que suponemos en los mismos personajes. Nos sentimos físicamente próximos a ellos. Me explico: Nick y el padre llegan a la orilla y no esperan que se encuentre un segundo bote, de manera que Hemingway nos dice entonces «En la orilla había otro bote…» Nos puso así en la actividad perceptiva y en la expectativa de los personajes.

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    ↩︎
  2. El adjetivo «preparado» hace referencia a un uso inminente de los botes. Nos provee así de una expectativa sobre la historia. La actitud de espera de los indios tiene cohesión con esta expectativa, cohesión narrativa.

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    ↩︎
  3. El artículo determinado «los» delante del sustantivo «indios», sin aparecer antes en el discurso el artículo indeterminado «unos» acompañándolo, es indicativo del forzamiento a representarnos la historia por medio de su economía de medios y nos impone el ritmo de construcción de la representación interna de la historia. Además no le interesa describirnos a los indios: están ahí principalmente con el fin de poder avanzar en la narración de la historia. Hemingway establece así una relación narrador-lector, violenta, de ritmo acelerado, en lo que cuenta y en el cómo lo cuenta. Esto contribuye a reforzar la unidad contenido-forma de su estilo. Por otra parte algo queda dilucidado: el número de botes. Gracias a que dice que hay dos indios, ya podemos casi afirmar que no hay más de dos botes.

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    ↩︎
  4. Al igual que a los indios, presenta a estos dos personajes sin describirlos. Sólo nos dice que uno se llama Nick y, que el otro, es el padre de éste. No podemos saber de momento, acerca de Nick, si es un niño, un joven o un adulto. Esto no importa para las intenciones narrativas presentes del narrador.

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    ↩︎
  5. A la popa de uno de los dos botes. Lo dicho antes indirectamente —el número de botes, por medio del número de indios— debe ser suficiente para que nos representemos los elementos necesarios de la escena. Hemingway no ha perdido la cohesión y continuidad narrativa pese a la economía de medios que utiliza. Por otra parte, es importante fijarnos en que Hemingway dice «bote», sin predicar nada más sobre dicho objeto porque no necesita diferenciarlo.

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  6. Tras la acción descrita ya sabemos que Nick, su padre y uno de los dos indios van en uno de los dos botes. El indio rema, esta activo, Nick y su padre no reman, pasivos. El otro indio queda en suspenso.

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  7. Nuevo personaje. No se le describe. Hemingway sólo nos dice cómo se llama, y que es tío de Nick. No sabemos si es por parte de padre o madre. Como en (4), esto no importa para las intenciones narrativas presentes del narrador. Por otra parte, ahora nos fijamos que Hemingway dice «bote de campamento», predicando sobre el objeto, porque ahora sí necesita diferenciarlo del otro bote que ya salió. Para Hemingway predicar sobre algo suele ser un acto de diferenciación motivado por necesidades intratextuales prácticas: bote uno, «bote»; bote dos, «bote de campamento».

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    ↩︎
  8. Solo con el adjetivo «joven» Hemingway predica inmediatamente de uno de los dos indios y por medio de esta predicación lo hace del otro como indio «viejo».
    Hemingway podía haber escrito al principio: «Dos indios, uno viejo y otro joven, estaban de pie esperando. Al no escribirlo así, Hemingway nos ha impuesto otra vez, como en (1), el ritmo de construcción de la representación interna que nos hacemos de la historia y provoca que esta representación se vaya formando más sucesivamente que simultáneamente. 

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    ↩︎

Extraigo estas características generales del análisis:

A) Todo lo narrado es mundo objetivo, y principalmente, acción y hechos.

B) Apenas hay descripción de personas, objetos y lugares.

C) No hay referencias directas al mundo subjetivo de los personajes.

D) No se cuenta nada que produzca una reiteración.

E) Si algo se puede decir por medio de decir otro algo, mejor.

F) El narrador nos suministra la información estrictamente necesaria en cada momento según sus intenciones.

G) El narrador nos impone el ritmo de construcción de la representación interna que nos hacemos de la historia.

H) No hay metáforas.

I) Oraciones simples, cortas, yuxtapuestas, no subordinadas.

J) Los verbos utilizados indican acciones externas a la conciencia.

K) Los adjetivos tienen un carácter funcional, no ornamental.

David Galán Parro

15 de agosto de 2025