El consuelo

No debería ser un drama para mí.

En la cruz que dio muerte a Cristo,

en la filantropía y la espada  de Trajano,

en la castidad del hidalgo que se armó caballero, 

en el vientre de Carlota ante el cadáver de su amante suicida, 

en los talismanes de un escritor argentino ciego,

en la ardua laboriosidad que se impuso Tesla,

en un tío abuelo mío que volvió de las trincheras enloquecido,

en los niños por su propio hambre devorados,

en la metralla o el plutonio que arrasa primaveras,

en cualquier otra circunstancia o cosa que lo niegue

nunca estuvo o estará.

Por eso ya acepté

que no llorará por mis siete duros años en Ogigia,

que no consolará a su madre y mi esposa,

que no buscará noticias de mí en Pilos ni Esparta,

y que a mi lado su espada no exterminará pretendientes.

Porque no es un drama

que lo que no fue ni será en mis días

me reproche su orfandad en mitad de la noche.

30 de mayo de 2024

David Galán Parro

Ancianos profundos

Estoy en clase ante la monótona docena de alumnos y alumnas de siete años a los que les imparto Lengua y Literatura. Acarreo con un pedazo colectivo de la inteligencia humana a mis espaldas. Necesitan de mi victoria, necesitan de mis fuerzas ilimitadas. No puedo zozobrar y, con ello, hundir el entusiasmo de sus crecientes ansias de conocimiento.

Leemos un viejo cuento ruso. Su autor, Leon Tolstoi, ya vivirá para siempre en la memoria futura de los hombres. En la historia que narra, un pequeño perro es arrojado a la jaula de un león para que éste se alimente.  Su suerte, decidida por los dueños del zoo, no transita lo previsto. La magia del giro literario opera, como el milagro que solo a un creador divino le es dado conceder, la salvación: el perro y el león pues traban amistad.

Lucha en nosotros, lectores, esa tensión que nos depara admitir que estamos a expensas de lo inexplicable y que el regreso a la lógica de la Naturaleza no tiene otra solución que la sangre final. Tolstoi se guarda para nuestra deleitosa incertidumbre, nuestro dulce desasosiego, el porqué del hecho que hace temblar aparejados dentro de la jaula a la fragilidad y la fuerza en un inusitado equilibrio que presumimos quebradizo. 

Pero el incalculable escritor nos devuelve con otro inesperado hecho, con otro giro, la lógica natural perdida: al cabo de un año de convivencia monstruosa el perro muere por una enfermedad. 

En el león se suceden entonces la confusión, la falta de aceptación, la impotencia, el dolor, la tristeza, el desamparo. No es una bestia. Es el trasunto de un hombre al que las poderosas fuerzas de la Naturaleza le han arrancado lo que más ama.

En este punto de la historia, mis alumnos respiran compungidos. Alguno aguanta las lágrimas. La vergüenza ayuda a ello. La historia sigue.

En mitad de la devastación del león, los propietarios del zoológico improvisan una solución urgente. Dan al león otro perro con el fin de restituir la pérdida. La solución se hace vana: el león lo despedaza y lo devora.

Miro a mis alumnos y presiento en sus mentes la confusión de este tercer giro. No saben que ésta es universal. Es la confusión que nos alcanza cuando somos testigos o protagonistas de hechos en los que se manifiesta la lucha entre necesidad y libertad. Quieren ver en la fiera un acto determinado por su voluntad, por motivos morales y no por la mera necesidad. Repito: no lo saben, pero ahora se enfrentan a la contradicción, como lo harán, una y otra vez, en el decurso de sus vidas azarosas e inciertas.

Uno de ellos, un alumno que me suele recibir con aparente frialdad, sin mucho entusiasmo, acaso midiendo el grado de manifestación de sus emociones, me escucha con sus ojos azules expectantes. Bulle el prodigio de su mente.

—El león no mató y devoró al primer perro —empiezo— No sabemos por qué. Al segundo, sí ¿Por qué lo hizo?

—Porque tenía que comer—me responde él.

—Entonces ¿Puedo decir que el león quiso comerse al segundo perro?

—No. Que tuvo que comérselo.

Vuelvo a pensar que tiene siete años mi alumno y que ya vislumbra que hay actos en la vida que no elegimos. 

Las palabras iniciales de Oda a la edad de Neruda, me vienen al recuerdo y de nuevo me estremecen corroboradas por mi experiencia docente:

«Yo no creo en la edad

Todos los viejos

llevan

en los ojos

un niño,

y los niños

a veces

nos observan

como ancianos profundos.»

28 de mayo de 2024

David Galán Parro

El nacimiento del coraje


Los sonrosados dedos de la aurora tantean el vellón de oveja que lo cubre y se allegan sigilosos a los párpados cerrados. Son los del caro hijo de Odiseo que duerme en su aposento. La luz primera le reclama para el inicio de la gesta. Están madurando su sangre y su carne aún y se fragua la idea de la espada mortífera en él. Abre entonces sus ojos desbordados por la claridad doliente y mira hacia el horizonte que espejea enmarcado en el vano, desnudo de cortinas, que da al balcón. Reconoce en esa desnudez el vestigio del paso mañanero de la leal y digna Euriclea aprontada por el canto del gallo al que las pausadas bestias, que ahora ve pastar a campo abierto, no consideran. «Quien fuera ellas» se dice y casi a la vez se reprocha estas palabras de leve cobardía. Va desperezándose. Abajo, en el patio, se oye el trasiego de sirvientes y heraldos preparando el saqueo festivo de los pretendientes, prestos a refocilarse en la devastación de la hacienda familiar. Ya han sido descubiertas las noches de insomnio aparejadas a las suyas, en una habitación contigua: entre dos antorchas y excitada por el frenesí del desteje de un sudario interminable intentaba alcanzar el alba, ella, la asediada, la embaucadora, la viuda, la futura hija desposada de Icario: su madre. Y sabe que el descubrimiento ha enervado los apetitos obscenos que les cercan. Algo le alivia: la posibilidad de que el vaticinio, que en la víspera pronunció el sabio Mentes, se cumpla. Imagina entonces al padre extraviado en la puerta de entrada de la casa, como un ser de trasmundo renacido, blandiendo terrible sus dos lanzas. «Ese día —piensa—- ansiarán los insolentes más la ligereza en sus pies huidizos que todo el oro y los vestidos del mundo» y en el pensamiento se cobija su esperanza. 

Vuelve a mirar la intangible linea y se pregunta qué abstrae, qué se contiene invisible en ella ¿Una isla perdida en mitad de las abruptas olas reteniendo la vida o los despojos de él? ¿Un abismo en cuyo lecho arenoso descansa el espolón que precedió al desventurado en el momento final? 

¿Dónde está él, su padre? ¿Cómo convertir la incertidumbre que deja su ausencia, en aliento y coraje? ¿Cómo parir de las propias entrañas al hombre futuro que peleará junto al hombro paterno para vindicar el ultraje?

Toma la blanca túnica y la ajusta firme al torso. Luego coge la espada y se la cuelga al hombro. Después se calza con sandalias los pies. Ensimismado hace maquinalmente estas operaciones y así se descubre. Una lánguida ansia le trepa pecho arriba. Avisa a los heraldos y estos vociferan convocando a todos. Se encamina al ágora. Despega de la columna en que reposan las lanzas del ausente, la suya de bronce. A mitad de trayecto acuden a su encuentro dos fieles perros que le flanquean acompasados. Es la imagen del terror venidero tocada por la gracia divina.

Siente el miedo, el vértigo del momento crucial. Prevé una áspera asamblea mientras ensaya interiormente sus argumentos. Un nudo ardiente se aprieta a su garganta. Lágrimas de impotencia quieren asomar. Las fuerzas no le asisten.  Aún no sabe que todo lo que siente es parte de la lenta agonía de una crisálida.

El sitial le espera, desocupado por la suerte del padre. Los ancianos le ceden respetuosos el lugar, acaso porque la sabiduría intuye que el día presente prefigura la justicia que se avecina, la venganza.

David Galán Parro

27 de mayo de 2024

El capital

Se regocija el dios cuando contempla el festín que le tributan los bárbaros.

La hecatombe, iniciada allá en tiempos remotos, le place. Los hierros, la pólvora, la metralla, el napalm, el uranio y el plutonio escalan su voracidad.

Es la tasa humana que se cobra por mantener lo que cree su carne inmortal, su carne necrófaga de fuerzas vitales constructoras.

Pero se equivoca. 

Ya aquí, la materia que busca su autoconsciencia plena.

Ya aquí, el ser humano como centro del ser humano.

Ya aquí, la incipiente aurora arrasando su fría carne oscura.

Y pronto o tarde aquí, el polvo de sus defenestradas cadenas.

David Galán Parro

26 de mayo de 2024

Antiguas bestias

La guerra de Troya, esa bestia luctuosa de hierros y belfos que encararon sobre los descampados en torno a la ciudadela arrasada. De ella salieron incólumes.

El mar griego, esa bestia de añil entraña, ávida de largas esloras. El músculo se extenúa aplicado sobre el remo para soslayar la pretensión que les niega la vuelta a la patria.

¿Qué les deparará ahora el denuedo de sus brazos que se baten contra su faz vinosa y hambrienta?

No se saben actores de una escena que se proyecta hacia el futuro insospechado; nada saben que a través de los siglos, esas dos antiguas bestias se perpetuarán para la repetición del éxodo; de la incertidumbre y el terror perfectos; de la desesperanza atroz que brota de la tierra abstraída en la indestructible linea del horizonte; de la antesala de la muerte inminente.

Y yo, hombre de hoy pregunto:

¿Por qué esta exclusiva dicha de poder contemplar a la primera de estas bestias entre la impotencia y el espanto; y a la segunda, entre la serenidad y el asombro sin que me alcancen?

¡Fuera de nosotros, esta venenosa lasitud, esta resignación, mientras no haya un solo descanso en las atribuladas almas de nuestros hermanos y hermanas!

¡Que sean siempre el mar y la guerra y sus millones de muertos anónimos el recordatorio del sueño inexcusable de nuestro regreso a la patria, del apremio que nos impele a la audacia de salvarnos en renovadas galeras!

David Galán Parro

26 de mayo de 2024    

Maltratada

Me pegan. Me pegan patadas y ruedo. No les he hecho nada, pero me pegan. Me duele todo el cuerpo y ensucian mi piel. Se pelean por mí como si fuera lo más valioso del mundo y cuando me persiguen parecen tigres hambrientos tras una presa. Cuando la patada es muy fuerte vuelo y entonces el aire fresco me alivia un poco el dolor, la quemazón. Pero todo dura poco más de un segundo. Caigo al suelo y me vuelven a dar patadas. No lo entiendo. No les hice nada.

Mientras me patean, se precipitan hacia el rectángulo vertical de siempre. Entonces se levanta el murmullo de miles de personas. Es el momento sublime de lo que para ellos es un juego. Ya veo al hombre del rectángulo que me clava la mirada, ya siento la fuerte patada final, el vuelo final, el roce al palo, y al final el descanso en la red que siempre me espera, me detiene y me enmaraña.

La mitad de los presentes a ras de cielo celebran a gritos el fugaz instante.

David Galán Parro

14 de mayo de 2024

Momento de plenitud

Estoy aquí con mis cinco hermanas gemelas, nacidas del mismo palo de cera. Sabíamos que esto era el final de nuestro largo sueño: estar clavadas en este blando y cremoso suelo. Una mujer nos sacó de la caja en la que íbamos dormidas y nos punzó a él delicadamente, mientras sonreía ensimismada, seguro que pensando en algo tierno. No sé hasta cuando nos quedaremos ahora aquí clavadas. Tenemos que estar muy firmes y rectas. No caer. Mantener el equilibrio y el porte. Nuestros mechones negros son lo más preciado que tenemos, nuestra razón de ser, lo que nos confiere la belleza, que dicen, nos hará breves protagonistas de la fiesta inminente. Estamos todas preparadas para ese momento. El color de nuestra carne de cera es un rojo intenso. 

Ahora la mujer levanta la base de suelo blando en que nos ha clavado y nos lleva en volandas. Abre una puerta y estalla entonces la música, los aplausos, las risas, los gritos de alegría. Alrededor nuestra, muchas caras sonrientes, principalmente infantiles. Una de esas caras se adelanta más hacia nosotras. Sus ojos desbordan ilusión y alegría ¿Por qué? ¿Tan importante somos para ella?

De repente siento un inesperado calor en mis mechas negras y éstas se convierten en una hermosa llama rubia. A mis hermanas que están a mi lado, les sucede lo mismo. Se han apagado las luces de la sala. Empieza una canción a coro cuya letra saben todos los presentes. Estamos mas bellas que nunca con nuestro pelo radiante como estrellas en la noche. La carita de ojos exultantes se vuelve a acercar y de ella, una primera ráfaga de aire tibio sale venteando nuestras cabelleras ardientes. Tambalean, languidecen y amagan morir, pero se nos mantienen aún prendidas. Solo una de mis hermanas ha perdido el esplendor. Una segunda ráfaga golpea y ahora sí, su fuerza ha tumbado el pelo luminoso de todas dejando una humeante hilacha sobre cada una de sus cabezas. De todas menos de la mía. Mi pelo se resiste. No quiero perder mi trémula cabellera de fuego. Me gusta ¿Por qué no me la dejarán así para siempre? ¿Por qué ha de brillar y morir? Entonces se oye una voz grave animosa: «¡Pide un deseo, Laura, pide un deseo!» Y segundos después un tercer soplo de viento saliendo de aquella cara me oscurece también, como a mis hermanas, el pelo. Al aire se pierde el mismo olor a muerte.

Es ley de vida: nuestro momento de plenitud es también al mismo tiempo momento de alegría ajena. Vinimos sólo para esto.

Nos arrancan del blando suelo y nos tiran a la basura.

David Galán Parro

20 de mayo de 2024

El calamidad

Problemas, lo que se dice, problemas, nunca he tenido. No se me ha muerto nadie, no he pasado hambre, no he tenido enfermedades graves. He hecho siempre lo que me ha dado la gana. Sólo lo pasé mal una vez y todo por culpa de una mujer que me la jugó.

Desde los dieciocho he trabajado en esto de la peluquería y lo poco que gano lo quemo rápido. No tengo ahorros. Y en verdad ¿Para qué? El cementerio no distingue ricos de pobres. En los restaurantes no miro la cuenta. En los supermercados pillo lo que me entra por los ojos sin mirar precios ¿Van a cambiar las cosas por mirarlos? Ahí seguirán. Si los precios suben, suben y si bajan, bajan. Es lo que hay. Yo procuro ir a lo mío. Es mi filosofía.

La época en que todo pasó yo andaba mal con mi novia. Tú sabes como soy: un golfo, el peor golfo que te puedes echar a la cara. No lo puedo evitar. Y la piba me quería. Vaya si me quería. Pero al segundo año, de los ocho que estuvimos juntos, yo ya me follaba a toda la que cogía por delante. Ella no sospechó nunca nada en lo que duró la cosa, excepto en el tiempo en que salíamos con su mejor amiga y el novio de ésta. Ibamos a la playa, al cine, a los restaurantes, los cuatro, y la verdad que todo normal, hasta el día en que su amiga va y me confiesa que yo le molaba. Yo no tuve problema con eso: ella me ponía también. Así que nos empezamos a enrollar follando a destajo, en descampados, en su casa, en la mía —bueno, en la de mis viejos—-, como si se nos fuera la vida. Luego cuando salíamos los cuatro el morbo nos comía. Esto se convirtió en un bucle. Un jodido bucle. Un día, casi él nos pilla: Visitaban juntos por primera vez mi casa. No estaban los viejos. Yo había habilitado un cuarto donde hacía mis pinitos de peluquero y quería mostrarlo. En verdad lo hacía para calentarnos, para preparar el asalto que luego viniera. Entonces ella pidió ir al baño. Al día siguiente me contó que el novio no entendía la familiaridad con que se había dirigido allí. «Al pasar por delante del pasillo vi el baño de refilón» le explicó. Él se lo creyó y zanjó el tema, pero por hache o por be la llamada de atención nos metió miedo. Fuimos entonces espaciando las salida a cuatro, más por mi novia, que se olía algo, que por su novio y esta falta de encuentros atrajo los sentimientos entre los dos, sobre todo en ella, tal vez porque preveía que la cosa no podía seguir. Así que tuvimos que dejarlo al final. Años después, me dijo que cuando le contó todo a él, éste le soltó que por haber sido conmigo la perdonaba. De locos. Ése no era un hombre ni nada. No tenía huevos ni dignidad. Cualquiera hubiera venido a romperme la cara.

Pero a lo que iba: andaba mal con mi novia cuando empecé a tirarme a una compañera cubana, una esteticista recién contratada en la peluquería. La tía estaba buenísima, pero no valía un duro. Era una loca con la que no llegabas a una conversación con tino de aquí a la esquina. Eso sí, follaba de escándalo. Los mejores polvos de mi vida. Te lo juró. Yo estaba enganchadísimo.

Entonces un día me llama, me da bola y al rato me pregunta si yo seguiría con ella con un chiquillo de por medio. La pregunta me los puso de corbata: «¿Y eso a qué viene ahora?» «Me he hecho tres pruebas y las tres dan positivas» me suelta. Me agarré para no irme al suelo Tres pruebas positivas eran premio seguro y el cuadro era éste: Yo vivía con mis padres aún. Mi hermano Alberto, cinco años mayor que yo, se había independizado y estaba con su novia bien colocado de funcionario de carrera. Mi madre ya jubilada había sido toda su vida profesora y mi padre, ingeniero. Lo de ellos era vocación, lo mío, por hacer algo. Yo era un consentido, un bala perdida, un calamidad. Si por lo menos lo que iba a venir, fuera con mi novia….Pero ¿qué iba a hacer yo con un hijo de aquella guarra? A mis padres les daba algo. Tenían cierta reputación, me entiendes. Era un marrón para toda la familia.

No podía dormir ni comer; solo cagar: una cosa dura metida bajo el pecho me aflojaba las tripas y me mandaba al retrete a cada dos por tres. Alguien me aconsejó entonces una pastilla para conciliar el sueño. Me tomé tres esa noche y ni con esas. A la semana la piba me dejó tras ocho años. «Por lo menos me ahorro explicaciones con ella» y por ahí me quité un peso de encima. Pero la cubana no podía joderme la vida. Tenía que pensar en algo. Cuando le conté la situación a un colega, éste me dijo: «Manu, a lo mejor el chiquillo no es tuyo. Tienes que comprobarlo. Por lo visto, esa perra se ha tirado a medio personal en la peluquería. No seas primo, bro, a ver si te vas a buscar la ruina por un chiquillo que no es tuyo». Tenía razón. La llamé y de nuevo me preguntó si la querría con chiquillo por medio. Improvisé poniéndome meloso: «Claro, amor, por algo he dejado a Marta, nosotros adelante —se lo estaba tragando—. Pero vamos a asegurarnos bien del resultado de las pruebas. Es mejor ir a un hospital. Yo me quedaría más tranquilo, mi amor» Y me ofrecí a acompañarla: tenía que ver unos resultados definitivos. «No. Es mejor que me acompañe mi madre» dijo. Insistí. Se negó. Insistí. Se negó de nuevo. Aquella resistencia me desconcertó y levantó en mí cierta sospecha. Al final casi suplicando le dije: «Infórmame en cuanto sepas y tráeme los documentos del resultado, mi amor» 

Lo que vino después fue una semana de dura espera en la que la hojilla y la tijera me temblaban en las manos para dolor de alguno. En una de las noches, hice el gesto de ponerme a rezar al pie de la cama. De niño mi madre nos llevaba a Alberto y a mí a misa. Era costumbre aún en el pueblo. Yo hice la comunión a la vez que mi hermano se confirmaba. Sobre los once ya no quería saber nada de misas ni de curas —mi madre respetó la decisión— y desde entonces no tuve cuentas con Dios. Nunca, hasta aquella noche de mierda en que fui a postrarme para al momento decirme: «¿Qué coño hago? Ni que tratara con un colega de juergas al que se la suda todo» Luego pensé en Alberto: Dios le andaría premiando su lealtad. Conmigo no iba a ser tan generoso.

En el día convenido, la cubana me vino a coger la llamada por la noche, en mi enésimo intento:

—Cariño ¿No habíamos quedado en que me contactarías en cuánto salieras? —le pregunté simulando cordialidad.

—Sí, pero no pude.

—¿Y?

—Nada. Las dos pruebas que me hice por mi cuenta no daban los resultados correctos.

«¿Las dos pruebas?» pensé ya con mala idea.

—¡Genial, pues vamos a celebrarlo, cariño! Todo ha sido un susto. Paso a buscarte  —y colgué. 

En su casa yo tenía algunas pertenencias.

—¿Aún no estas preparada? —fingí de buen rollo en la puerta de entrada— Voy cogiendo unas cosas que tengo en tu cuarto —y me adelanté sin permiso.

Como imaginé, su madre, que trajinaba en la cocina, me saludó afectuosa sin mencionarme el tema. Hice el paripé. Entré en su cuarto, cogí lo que era mío y cuando me crucé con ella de vuelta en el salón supo de inmediato por mi expresión todo. En un susurro contenido le dije:

—Hija de puta ¿Y esta era tu manera de averiguar si yo iba en serio? No te escacho la cabeza porque en este país me mandan a prisión.

Se quedó temblando, clavada allí. Yo estaba ciego: era lo más horrible que le había dicho en vida a una mujer y al mundo entero. Me vi como un monstruo peligroso. Al fin y al cabo ¿qué había hecho ella que no fuera también barrer para casa? Cuando salí, tomé el móvil, le mandé un breve mensaje de disculpa y la bloqueé para siempre. No quería tener el más mínimo roce. Hacía una semana que la habían trasladado a otro establecimiento y eso ayudaría.

Estuve un año sin interés por las mujeres y rallado con la idea de que no era fértil: siempre lo hice a pelo con todas y a ninguna le hice un hijo. 

Creo que esa será la única alegría que les daré a los viejos.

David Galán Parro

12 de mayo de 2024

Sobre la publicación de El idealismo homicida

Para sentirme seguro de la publicación del artículo «El idealismo asesino» consulté sobre su idoneidad a mi amigo Francisco Umpiérrez Sánchez, filósofo e investigador independiente. Esta fue su respuesta:

«Me parece totalmente adecuado para su publicación. Lo importante para tu persona: expresa o configura tu punto espiritual propio. ¿Por qué la otra persona es como es? Sencillamente porque su alimento espiritual en el 90 por ciento proviene de fuentes reaccionarias, esto es, de fuentes incultas. Decía Luria que para modificar la conciencia se necesitan años. Ahora bien, para modificarla la clave está en que la persona en cuestión quiera modificarla. Y si una persona lleva decenas de años alimentándose del pensamiento reaccionario, poco se puede hacer.  Lo que habría que decirle a esa persona y a ti mismo es lo siguiente: leamos conjuntamente el libro de Martin Wolf y discutamos sobre sus ideas. Es el único modo de avanzar. Lo contrario supone no salir de los mundos pequeños, incultos y reaccionarios.»

Hoy hice una primera lectura del prefacio del libro que aconseja mi amigo, La crisis del capitalismo democrático de Martin Wolff, y descubro la opinión moderada de un hombre culto de derechas, de un hombre que se siente hijo de la Ilustración, de un hombre que opta por separase de forma firme de toda posición extremista y reaccionaria. Por fin respiro aliviado entre tanto discurso agresivo de la derecha extrema.

David Galán Parro

9 de mayo de 2024

El idealismo homicida

Alguien de extrema derecha defiende como legítimo el enriquecimiento ilimitado, esto es, la ausencia de tope máximo a los ingresos y al patrimonio de alguien.

Yo le digo que con su posición favorece el mantenimiento de las desigualdades sociales en el mundo, a lo cual me responde que no, que en absoluto es esa su intención respecto del problema de la pobreza.

Esta persona no entiende que una cosa es intención y otra son resultados objetivos. No distingue que una cosa es tener la intención de no favorecer el mantenimiento de las desigualdades sociales y otra es conseguirlo.

Le digo que se puede tener frente a la realidad una posición objetiva o una posición subjetiva. Le digo que para tener una posición objetiva hay que formarse, cosa que mi interlocutor no quiere acometer, porque le basta, dice, la opinión de la calle que es donde se encuentra la verdad. Según su razonamiento no es necesaria la teoría, los conceptos, la ciencia para acercarnos a la esencia de la realidad objetiva. Le digo que en tanto no acometa esto, su posición es subjetiva. Mi interlocutor sin embargo me tilda de ser un idealista y se atribuye a sí mismo, el ser un realista.

Pero la realidad se muestra así, a pesar de las buenas intenciones de mi interlocutor de extrema derecha: Amancio Ortega se gasta 182 millones de euros en la compra de un yate. En Jordania la renta per cápita fue de 5 euros en 2022. Esto quiere decir que con lo que gastó Amancio Ortega para adquirir el yate podrían vivir en ese año 36.400.000 jordanos. Pero la población de Jordania es de 10,269.000 habitantes lo cual implica una verdad más dolorosa: con lo que gastó Amancio Ortega podrían vivir durante tres años y medio toda la población de Jordania.

Mi pregunta es entonces: ¿Puede mi interlocutor afirmar que su posición es objetiva frente a la solución del problema de la pobreza extrema? A las claras se ve que no. Entonces ¿Por qué se empecina en su posición? Sólo cabe una respuesta: Porque antepone a lo que es el mundo su representación del mundo, porque prefiere mantener viva su idea a costa de la muerte de millones de seres humanos en el mundo. 

Y esto es ser algo más que un idealista: es ser un idealista homicida.

David Galán Parro

9 de mayo de 2024