Análisis literario de un extracto de un cuento titulado El camello escrito por Fantasmagoria (seud.).
Autor: dagalan8
No me dicen nada
No me dicen nada: La carne de tu voz no llega y por eso en mi desespero no me dicen nada.
Enmudecen con tu silencio.
Son las voces encumbradas y encarceladas en polvorientos libros que lanzan al anfiteatro del mundo sus palabras llenas de conocimiento conquistado a través del tiempo y de las civilizaciones destruidas. No me dicen nada.
«Son relevantes. Hay que estudiarlas» afirman los eruditos. Cual estrellas gigantescas engullendo planetas: así son esas voces. Su pretensión es universal, pero es vana cuando la carne de tu voz no me llega.
Intento escuchar el discurso que a coro hilvanan para silenciar tu silencio, para arrancarme el dolor de vivir tu ausencia, para saberme intocable.
Pero de nada sirve: Sus palabras: Una indescifrable mascarada de tinta que no alcanza mi intelecto. Y menos mi corazón, ahora, por ti ocupado.
¿Quién lo diría? El universo sin cobrar sentido dentro de mi a falta de la mota de polvo que tú eres.
Por eso, no me dicen nada, porque aunque yo insista en que sepulten tu voz con su sabiduría secular, tú, amada, corpúsculo pequeño que en torno a mi orbitas, al ser urgente sin estar conmigo te haces grito entre las voces de todos los otros; las voces que ahora no me dicen nada.
David Galán Parro
12 de agosto de 2023
Eco
Hace algunos años escribí:
«En la playa, retozando entre toallas y hamacas, rompiendo la calma y el descanso ajeno, niños y niñas juegan a la guerra de bolas de arena. Ellos contra ellas. Uno mira de reojo a una y sonríe malicioso mientras apelmaza y agranda su proyectil. «Ahora verás» le anuncia. Y dentro de unos años se lo susurrará de nuevo (o a otra) en la intimidad de sábanas húmedas, acabado su juvenil cortejo. Pero aún no lo saben. Vuelan las bolas persiguiendo los ágiles y esquivos cuerpos desnudos. «No, no, aquí no se puede jugar, niños, hay mucha gente» les sermonean las orondas señoras embutidas en sus trajes de baño. Pero no pueden escuchar: júbilo salvaje agarrado al momento fugaz. Yo no era así. La cobardía me hizo perder la voz de mi anhelo, me convirtió en un proscrito de la alegría de vivir. Y todo se construyó inexorablemente sobre ella y por eso, inconscientes, me desprecian. Juegan y la tristeza se apodera de mí.»
Así acontecía la escena entonces. Y así hablaba mi apesadumbrado fondo gris, mientras mi pequeña sobrina, bajo mi tutela, trajinaba en solitario con la pala y el rastrillo, llenando y vaciando de arena el cubo. Esa era su faena. Esa, y la de contemplar absorta y risueña el juego de los demás.
Entonces yo tenía a mi favor la certeza de una dedicación profesional en la Música. El presente era un árbol frondoso pródigo en frutos que apenas madurados se desprendían para alimentar una estable vida artística sin contratiempos. Pero ¿Eran aquellos frutos los ansiados por mí? Quise quererlos para no defraudar voluntades ajenas. Y aunque todo estaba encaminado, todo se gangrenaba, moría. La angustia de no ser lo esperado por otros, de saberme braceando en vano en una mar de plástico, de convertirme en un hombre inconcluso, sin mis errores y los sufrimientos por mí y para mí escogidos anegaba cada segundo de mi día a día. Un presente dadivoso aniquilando un futuro genuino y propio.
Hoy, todo es diferente. No hay futuro, no hay esperanza. Allá lejos la Música no me depara la trascendencia, porque a ella he renunciado. Ahora en mi desarraigo tengo otra certeza (o consuelo) áspera esta vez, de cuál es mi destino, mi condena: contemplar la vida sin vivirla y ser escritor.
Sentado en un banco de piedra, flanqueado por turistas, que al igual que yo se detienen ante la imponente Catedral de X, para colmar con algo de sentido estético un instante de sus desnortadas vidas, aparece ante mí, ella, rasgando con su cuerpo liviano y espigado el aire tibio que recorre la plaza. Liberada su melena azabache, vuelve su rostro ovalado hacia mí y los negros cristales insinúan infinitas miradas posibles. Son todas y ninguna. Como mi incierto futuro. Sus pómulos amanzanados se asoman bajo un sombrero de ala ancha. Fulgura su piel canela al borde de sus coloridas prendas fruncidas. La tenue correa de una pequeña bandolera de rafia cruza su pecho y talle casi ingrávidos. Una amiga le acompaña y le dispara fotos ante mí. El acto se me antoja frívolo y estentóreo. Ensaya diversas posiciones frente a la Catedral de X, pero me adivino su receptor único, su pedazo de naturaleza escogido. Me come a dentelladas, me destroza: lo sabe. Todo es así, animal y primario, aunque nunca quise asumirlo. No apartaré la mirada esta vez. Es irrisorio el gesto, lo sé, pero es lo que alcanzo. Estoy hastiado de no desafiar a la vida. Con la misma desenvoltura con que aparece, se recoge y retoma su deambular caprichoso. Desde lejos, me devuelve su rostro y esboza una sonrisa esperada, inevitable, cómplice, presa entre nosotros, que su acompañante ni siquiera barruntará. Todo debe diluirse en la fugacidad necesaria del momento para que obre la magia, para que palpite el misterio. Estoy en vano consignando esta indefectible pérdida (todo momento lo es) a golpe de palabra huera.
¿Acaso tú, a escasos tres años de nacida, mujer aún por llegar, linda muñeca afín a mi carne célibe, prefigurabas en tu sonrisa absorta, mientras contemplabas el vertiginoso juego de aquellos niños y niñas que se revolcaban en la espuma pasajera que lamía la arena, lo que serás: el eco de mi naturaleza contemplativa, huidiza, a la que le horrorizó siempre vivir y a la que no le quedó, por ello, más que la ficción como refugio necesario para sortear el dolor atroz de una existencia cobarde?
David Galán Parro
1 de junio de 2022
Khalwat
1 Recién en casa y aún sin desvestirse, Julio Mederos ambientaba el hogar con su ritualizado encendido de luces nocturnas y velas aromáticas, cuando un leve tintineo, inusual para él, anunció en la aplicación de la red social de su teléfono móvil la presencia de un nuevo mensaje. Auxiliado por sus gafas de presbicia vio, […]
Una alumna ideal
Ella le esperaba en el antiguo desván reconvertido en dormitorio y estudio. Allí se aislaba de los gritos y las discusiones del ambiente familiar. Había acomodado sus libros, sus pinturas, el ordenador de mesa y también el piano que él le regalara antaño. A través de un amplio ventanal se veían la montaña y a […]
Sin respuesta
La enfermera salió y ambas hermanas quedaron solas. La penumbra anegaba la sala. Había sido un día intenso en la planta de oncología y Margaret estaba cansada. Demasiadas visitas, demasiadas conversaciones fútiles, demasiada normalidad evasora. A Vicky le pareció por eso sepulcral y a la vez aliviador el silencio que se hizo. Contemplaba desde la butaca allegada a la cama de la hermana las vetas de fuego que rasgaban el cielo sobre la ciudad. «Es ya el crepúsculo» pensó «la noche llegará pronto y será larga».
Entonces la voz apagada y trémula de la enferma preguntó:
—¿Habrá vida después de la muerte, hermana?
Vicky, sobrecogida, contuvo el llanto: Margaret siempre se había declarado firmemente materialista.
………..
Cool jazz flotando en la penumbra rota por el neón de los focos inquietos del garito. Letargo en las miradas sensuales que se buscan.
Un camarero deposita dos copas con líquido ambarino sobre una mesa vintage alargada. En un lado de ella, en un mullido sillón desvencijado se arrellana el cuerpo espigado y fibroso de un hombre maduro. Sus gafas de pasta se vuelven ostentosas en su rostro afilado. Su chaqueta informal, sus pantalones ajustados y su barba descuidada quieren restarle años a los años. Autosuficiencia intelectual.
Frente a él, los ojos de una joven fulguran extasiados: ansía su discurso sublime, revelador, profundo.
—Betty, tu trabajo sobre La inmortalidad del alma en Platón es insuperable —dice él con voz arrulladora y tras un breve sorbido con la pajita añade—. No he tenido en mis manos algo parecido en todos mis años de docente en la universidad.
La alumna sonríe complacida y triunfante. Yergue sutilmente los hombros y la levedad de los pechos se insinúa bajo la camisa desabotonada. Deja que el fino cuello asome para él cuando retira y pinza sus negros mechones ondulados hacia la nuca.
Entonces sobre la mesa la pantalla del móvil del profesor se ilumina anunciando una llamada entrante. Clara pone y un corazón al lado. Tranquilamente voltea el aparato y lo ciega. Ella intuye…
—La cuestión es: ¿Habrá vida después de la muerte, Betty? —dice mansamente, sin apuro.
Y la pregunta sin respuesta dará para toda la noche con la alumna.
4 de agosto de 2023
David Galán Parro
Sobre psicópatas
Ella le relata la historia: «La hermana de una amiga mía ha muerto de cáncer. Esta amiga carga además con dos hijos discapacitados postrados en sillas de rueda. Enfermedades raras y degenerativas que los inmovilizan y los estragan. Esta circunstancia añadirá a la historia más dolor. La hermana de mi amiga convivió con un hombre […]
La ceguera del novio
Llegamos mi novia y yo al aeropuerto. Las cosas no van muy bien entre nosotros por lo que el viaje, arreglado por mi, representa una distracción o un remedio último. No aguanta mi desidia, mi desorden, mi inmadurez, suele decir. Casi le supliqué para que viniera.
No facturamos maletas de modo que pasamos directamente por la cinta y la puerta de seguridad. Nos dirigimos a la entrada que da a la zona exclusiva para viajeros. Es un corredor de cristal y en cada uno de sus extremos hay una puerta también de cristal que una vez traspasada impide el acceso desde el otro lado. Yo las traspaso. No siento a mi novia detrás. Me vuelvo y no la veo. Se habrá rezagado o despistado. Espero a que aparezca. Corre el tiempo. Ya deben de estar en la fila de embarque. El avión va a salir. Tal vez sea una broma pesada. En un intento que sé inútil empujo el cristal que no quiere ceder. No hay nada en él a lo que asirme y tirar. Además podrían saltar las alarmas y todo sería escándalo y complicación ¿Qué debería decir? ¿Que he perdido a mi novia y que en el momento de su desaparición llevaba un vestido rojo ajustado y tacones negros? Imagino las sonrisas burlonas que me llenarían de oprobio. Me siento vencido. Lo único que puedo hacer es subir a ese maldito avión que va a despegar y no malgastar el dinero invertido: una cruel opción que no obstante es endemoniadamente práctica.
Me apresuro hacia la puerta de embarque. Cuando corro por los pasillos de la terminal me da por mirar al ventanal de la izquierda que da a las pistas: A lo lejos por encima de una hilera de aviones que esperan su despegue una diminuta mancha roja planea libremente y al instante asciende y se adentra en el vientre plomizo de las nubes que encapotan el cielo.
En verdad no me ha dejado: Simplemente que, como ella misma dice, le agobia volar en cabina.
1 de agosto de 2023
David Galán Parro
Los hijos sublimes
¿Por qué sembramos, amor mío, estos momentos tan hermosos que se alejan? Son los hijos únicos y predilectos que nos sobrevivirán a través del tiempo inconcluso.
Pero ¿Por qué los trajimos al mundo, si nos echarán en cara su belleza e inmortalidad y abominarán de nosotros efímeros y para entonces decrépitos? ¿Qué burla es esta si voy a morir, si vas a morir quizá antes de que esta carne se consuma en tierra?
¿Acaso Alguien desde lo más remoto del universo aún por descifrar los reclama y los atesora como suyos?
¿Para qué lo hace? ¿Para dar fe de que la Humanidad alcanzó sus límites más excelsos? ¿Para que cuando todo acabe y la Humanidad sea de nuevo polvo de estrellas disperso tener en los innumerables hijos sublimes la prueba inequívoca de que los amantes arrasados de esta especie desquiciada fuimos pese a todo dignos de ellos?
David Galán Parro
31 de julio de 2023
Flor de loto
Con diecinueve años era la más joven de las cajeras del supermercado que hacía esquina en mi calle. Beatriz tenía unos ojos negros y brillantes, una tez blanca y fina y un pelo largo color caoba recogido en trenza. Si hubiera estado en el departamento de charcutería o de carnicería, donde las dependientas apeñuscan su pelo en cofias, nunca me hubiera fijado en ella. Tengo debilidad por las trenzas largas y sueltas de las mujeres.
Mi padre en la ferretería me había puesto en nómina por lo cual yo gastaba sin mesura a golpe de tarjeta. Bea me extendía el datáfono y me sonreía más allá del protocolo: «Pásela cuando quiera» Un día en que no había cola en la caja me animé a bromear: «Lo que se dice querer… la verdad…» Se ruborizó, pero para mi sorpresa la broma trajo el tuteo. Otro día solté que eso de ser cajera le favorecía y me preguntó el por qué. Le confesé entonces mi devoción por las trenzas. Finalmente, en un incidente con un cliente inflexible la defendí. A partir de esto mis preguntas no le parecían indiscretas y los pormenores de su vida personal me fueron dados.
Bea convivía en un pequeño apartamento con su madre y sus hermanos. La madre limpiaba escaleras de edificios privados pero su sueldo era lo bebido por lo servido. Beatriz los mantenía a todos. Una paga de invalidez que cobraba Sandro, su hermano mayor, y las becas y el comedor escolar gratuito de Simón, el menor, desahogaban la economía familiar pero rara vez la cuadraban a fin de mes. La madre era el problema y no cejaba en su adicción. Las discusiones con ella eran constantes.
Un día, en mi apartamento, arrebujados y desnudos entre sábanas fui sonsacando otros detalles. Al parecer, el padre los había abandonado a todos de improviso cuando Bea rondaba los once. El hombre trabajaba muy esporádicamente y se despreocupaba de Sandro, el único varón entonces. Bea solía decir mi difunto padre. Bestial debía ser su despecho, o su indiferencia, entendí aquel día. Una amante y la llegada de un hermano ilegítimo con ella habrían precipitado la huída, aseguraba. Y la amante no estaba menos devastada que la esposa: esta se consumía por boca; aquella, por nariz. Para el padre disoluto, ambas eran casi intercambiables. Siempre arramblaba con lo peor. Era su destino.
Con el abandono, la adicción de la madre se agravó haciendo mella definitiva en Beatriz. Una improductiva rebeldía que costó algunas relaciones fugaces con chicos y múltiples partes de expulsión en el instituto la decidieron a sentar cabeza y a buscar trabajos de lo que fuera. En el plazo de dos años hizo de todo: primero, tándem en la limpieza con su madre; luego, debido a las discusiones con ella, lo mismo pero sola; luego, de camarera, de repartidora; y finalmente, de cajera. Se había curtido: una flor de loto cerca del pubis la representaba rubricando su victoria sobre el duro pasado y encarando con determinación el futuro incierto.
Bea se desvivía por sus hermanos. Con una tía suya se turnaba para pasear al mayor en su silla de ruedas. Solía llevarlo al parque. Sandro tendría por aquel entonces veintitrés años. Yo me esforzaba por entender lo que a borbotones mascullaba en las salidas en que paseábamos con él y con Simón. Fueron muchos los fines de semana asoleándonos los cuatro en el parque. Sandro me veía llegar de lejos y gritaba con euforia algo parecido a mi nombre a la par que convulsionaba su único brazo útil en un remedo de saludo. Me quería muchísimo.
A través de la bruma difusa del recuerdo de aquella época yo contemplo a la sacrificada Beatriz con admiración. Pero es una admiración de fondo gélido, repugnante; una admiración desde el burladero de una vida acomodada, desdeñosa incluso de la fuerza que presupongo en Beatriz, sabiéndome sin ella, sintiéndola casi incompatible a mi naturaleza, o lo que es peor, reveladora de mi falta de coraje, de mi pusilanimidad. Y siempre fue así al poco de conocer los detalles de su vida problemática. Si uno debe hacerse con un hogar, yo no veía en la vida de Beatriz que pudiera germinar el mío. No tenía agallas para acompañarla en aquellas circunstancias. Yo había abandonado los estudios de puro gandul y me esperaba mi puesto de trabajo en la ferretería de mi padre. Ahí me salvaría. No me iba a complicar mucho más.
Entonces un día conocí a Clara. Me tocó atenderla al mostrador. Una fuga bajo el lavabo del baño en su piso compartido de estudiantes hizo que viniera a mí. No sabía arreglarla. Me ofrecí. «Te sale carísimo si cuentas con un fontanero» le dije. El favor a domicilio me lo compensó al poco con favores furtivos que se solaparon a mi ya rutinaria relación con Bea.
Cuando Bea se enteró que andaba con otra por medio de una amiga que nos había visto en el cine fue fulminante en despacharme.
Así que a día de hoy ni estoy con Bea; ni con Clara ni con ninguna.
Es por eso que ahora me estremezco cuando echando por la acera que orilla el parque oigo de lejos el grito eufórico y veo el brazo convulso de quien me saluda deseándome aún lo mejor en la vida.
Y a su lado, indiferente a mí, una victoriosa flor de loto.
David Galán Parro
25 de julio de 2023