El hombre del molinillo


Le calculo cerca de los cuarenta años. Él y otro que debe ser su padre están frente al paso de cebra esperando que algún conductor les deje pasar. Él lleva en su mano un molinillo de aspas de cartulina iridiscente. Tocado por leves estereotipias, observa con reconcentrada ansia la acera opuesta, en ese instante, vacía de transeúntes. Cuando empiezan a cruzar la calzada frente a mí —voy en el coche al trabajo—, él levanta el molinillo y la brisa despierta ligeramente las aspas. Empieza a reír. Se despega entonces del lado de su padre corriendo desaforadamente por la acera vacía, hipnotizado por el destello abigarrado de las aspas en rápido movimiento. Tanto termina alejándose con su juguete que cuando llega la guagua que ha de recogerlo, han de esperarlo unos segundos a que vuelva sobre sus pasos.

Mientras, yo he detenido mi coche sobre el paso de cebra, abrumado por el extraño secreto que pide ser adivinado en el hombre del molinillo. Alguien me pita y me urge desde atrás. No hay tiempo para descifrarlo. No hay tiempo para oír el susurro de su sencilla enseñanza.

David Galán Parro

7 de febrero de 2025 

2 comentarios en “El hombre del molinillo

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