Las razones que nos sirven

A media tarde, ella y él están en el salón del apartamento. La conversación fluye por los derroteros habituales: pequeños problemas domésticos de cada uno, rencillas en el ambiente de trabajo, en las familias… Ella aún no se ha decidido a convivir con él. Necesita tiempo: en ciertos asuntos emocionales siente que no hay todavía terreno firme.

El televisor está encendido mientras conversan. De repente, unas imágenes brutales saltan en pantalla. Acaba de suceder en la ciudad de Minneapolis: un joven manifestante, de treinta siete años, está grabando con su móvil la detención de una chica inmigrante por parte de la policía. La detención forma parte de la nueva política migratoria del gobierno estadounidense. La detención implica la pérdida de derechos civiles y la expulsión del país. No importa cuánto haya contribuido la mujer al país. No importa si se le separa de familiares y amigos. El joven manifestante se interpone y graba. Ahora él se vuelve objetivo del grupo de agentes. Lo rodean, le quitan el móvil y el arma que lleva enfundada; luego, lo tiran al suelo y lo inmovilizan. Otros manifestantes que presencian la escena, gritan y piden ayuda. De improviso, uno de los agentes que lo rodea desenfunda la suya y dispara a un palmo sobre el detenido. Diez tiros. Una ejecución pública, obscena. El espanto tiene el resabio de irrealidad, como si el tiempo aún pudiera caminar hacia atrás y arreglarlo todo. El horror que nadie imaginaba, está ahí, tan fácil, tan vívido. La escena empieza a dar la vuelta al mundo.

Ella y él se miran. Luego, vuelven la mirada hacia el horror de la pantalla

—¡Esto es una verdadera locura! ¡A lo que estamos llegando! —dice él.

Ella hace un gesto de incredulidad:

—Cariño, tienes que considerar en qué circunstancias el policía se ha visto forzado a disparar.

—Pero mi amor, a la vista está, no hay nada que considerar…

—¿Cómo que no? El muchacho tenía un arma, no sabemos cómo podía terminar usándola ¿Quién le mandó tenerla?

—Estaba en el suelo, inmovilizado. Era imposible. Además tener un arma en EEUU no es delito.

—Por eso, mi amor: que una cosa como esa pase en EEUU es totalmente lógico y previsible. Es una sociedad legalmente armada y eso puede pasar. No hay que escandalizarse…

Se vuelven a mirar. Él vuelve a sentir un triste extrañamiento, un muro que nunca podrá rebasar. No entiende por qué ella niega la evidencia, porqué se empeña en rastrear razones. Adivina obstáculos insalvables. Quizás sea eso el amor. O quizás ella argumente así para salvar el nido de amor que tienen, o «sus propias convicciones reaccionarias en el peor de los casos» piensa él. «Da igual» concluye. Acercan sus caras y se besan. A él vuelve un leve alivio. Eso es mejor que nada.

Al cabo de una hora, ella se viste, toma el bolso y se dispone a salir. Él la acompaña hacia la puerta y se despiden. Siempre le gusta verla desaparecer por el hueco de la escalera, taconeando sobre el mármol de los peldaños, en un frágil contoneo que le inspira ternura; también le gusta escuchar la palabra adiós en su voz, certificando por el tono, que toda discusión entre ellos queda bien sellada, que no pasará nada, que sus diferencias nunca importarán, que todo saldrá adelante, que habrá futuro y serán felices.

En la calle es noche cerrada. Ella camina en dirección al coche. Lo ha dejado aparcado a unos cinco minutos de la casa de él. Esta vez, en una calle apartada. Un fallo técnico del alumbrado del sector —la vergonzosa desidia del ayuntamiento capitalino, piensa— le hace más desapacible el trayecto. Tiene un pálpito. Uno de tantos. Esta vez, sopesa darse la vuelta y pedirle a él que le acompañe hasta el coche. Pero no. Se llena de determinación y prosigue. Para sentirse a salvo de su miedo, decide echar por calles algo concurridas, aunque le lleve más tiempo; pero llegado a un punto, esa circunstancia no le asiste y tiene que transitar en mitad de una oscuridad imprevisible. Entonces, cuando va acceder al último tramo, en una esquina, siente un fortísimo golpe en la espalda, entre los omoplatos, y pierde el equilibrio. Siente su cuerpo ir hacia adelante, como si ya no fuera suyo. Otro golpe durísimo le sigue, en la cara, contra el pavimento. Queda de bruces. En su boca, siente la sangre salada. A continuación, un tirón le descoloca el brazo y libera el bolso. Una respiración ansiosa que pende sobre ella le hace mínimamente consciente del peligro: quien quiera que sea, está de pie, con el bolso, observándola, evaluando qué más hacer, hasta dónde llegar, cuánto tomar. Ella es una mujer bonita y como siempre, ha ido con el fino vestido que a su novio le gusta, con el que a él le es fácil desnudarla. Esta idea ahora le llena de horror y en ese instante maridándose con el horror, asoma la débil culpa, la repugnancia y la reprobación de sí misma. La ominosa presencia se ha acuclillado a su lado. Siente el hedor de sus sucias ropas; luego, una gruesa mano, su mano, palpándole las nalgas y atenazándolas, recreándose en su poder. Las suelta. Se levanta y se hace un nuevo y tenso silencio. La está observando otra vez. Al cabo de unos segundos, siente que se vuelve y comienza a oír la sucesión de pasos cada vez mas tenues que lo alejan y en esa debilidad creciente de los pasos el alivio se va acercando, la calma regresa.

Intenta incorporarse, pero sólo consigue quedar sentada. Tiene la cara, la boca y el cuerpo doloridos y magullados. Se recuesta contra la pared. La oscuridad sigue, indiferente. Comprueba que ha perdido uno de sus tacones y que en una de sus medias hay una carrera. Se siente aún más desvalida. Va a llorar. Vuelve la cabeza lentamente hacia un extremo de la calle donde el alumbrado es más intenso y ve de forma intermitente transeúntes pasar. Casi todos son hombres. Algunos miran, pero siguen su camino. Quizás piensen que es una borracha o una yonqui tirada en la acera; o peor, una joven imprudente, si fuera vista de cerca. Da igual la idea. Ambas sirven para considerar razonable la situación. 

David Galán Parro

25 de enero de 2025

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