El bálsamo

Una vez, siendo yo estudiante en el último curso de Primaria, llegó al colegio un nuevo profesor de matemáticas no más alto que la mayoría de nosotros —Luis Cerrudo, se llamaba—. al que pusimos casi desde el principio, «Don garbanzo», no recuerdo si por su complexión rolliza o por su calva. De entrada, le profesábamos cierta indiferencia natural, pues era de modos anticuados o más bien, poco ajustados al prototipo de profesor joven y lúdico al que estábamos acostumbrados. «Soy un profesor de tiza y pizarrón; cosas obsoletas» decía ¿Obsoletas? ¿Y qué coño era «obsoletas»? Sus estrategias nos parecían más bien previsibles. No le gustaban las bromas. Se ponía frente a nosotros y rápidamente encaraba las operaciones y los problemas con una pasión nerviosa, con una concentración tenaz y agotadora. Literalmente, dejaba de vernos. Acabadas las sesiones, quedábamos sin fuerzas, parasitadas nuestras ganas de diversión por aquella bestia racional antes del toque a recreo. A él en cambio, la tensión lo dejaba revitalizado, crecido. En pocos días, la indisciplina galopante del grupo se había disipado frente a sus demandas. Yo fui uno de los que, entusiasmado, quise devolverle su buen hacer, poniendo todo mi empeño en sacar adelante la asignatura con las mejores notas. Pero todo esfuerzo se le hacía poco. El cabrón nos retaba y luego apartaba lo conseguido sin saborearlo, sin euforias que nos distrajeran. Pese a ello, antes de finalizar el primer trimestre, ya se había ganado nuestra admiración.

Un día, saliendo del aula, me quedé rezagado por el pasillo y «Don garbanzo» se aparejó a mí, casual o intencionadamente, no sé.

—Señor Ramírez— yo detestaba aquel formalismo— hoy resolvió bien los problemas. Con seguridad, sin tropiezos —oía su tono aleccionador y pensaba en alguien recién salido de una máquina del tiempo—Muy bien, muy bien—suspiró—, esta tarde tendré que seguir dando clases fuera del colegio, pero al menos hoy me voy sin la preocupación de su falta de estudio…

—¿Clases particulares de matemáticas, don Luis?

—No, de otras disciplinas: a primera hora, paracaidismo, con un grupo de chavales en la Escuela Oficial de Paracaidistas Profesionales; después, equitación, una actividad menos arriesgada para mis alumnos y para mí, en la Escuela Oficial de Jinetes Amateur; a tercera hora, curso de Corte Limpio de Pata de Jamón; después,… 

Lo miré primero un poco de soslayo, descreído de lo que escuchaba. No entendía aquella confidencia repentina sobre su atareada vida extraescolar. Me paré entonces, y nos miramos. Tenía el semblante de un hombre vencido por las circunstancias. Puso su mano en mi hombro con ademán paternalista y dijo seriamente:

—Por eso, señor Ramírez, no doy a basto. Estudie y no me complique usted también más la vida —y entró por la puerta de su despacho.

Con los años aprendí que hay que estar loco para necesitar que te tomen permanentemente en serio o para creerte en un estado puro. Y «Don garbanzo» lo sabía bien; por eso, aplicaba el absurdo de su mascarada como bálsamo para no acabar dentro de una camisa de fuerza.

David Galán Parro

23 de noviembre de 2025

2 comentarios en “El bálsamo

Replica a dagalan8 Cancelar la respuesta