La criatura más débil

La génesis de las bestias ha concluido. De forma exhaustiva, los dos creadores, Epimeteo, el imprudente, y Prometeo, su hermano antagonista,  más previsor, han ponderado el reparto de los recursos y lo juzgan cabal: la mutua aniquilación de las bestias, y por ende, el del propio género, será así evitado.

De repente, miran a la última de sus creaciones y con inquietud, reparan en que la han dejado inerme. Es un animal de pie y piel desnudos, de mediana estatura, indefenso. No hay dureza o filo en su cuerpo que le sirva para el contraataque. Una mirada de fondo ciego habita en sus ojos azorados. Sus carnes se le lastiman apenas rompe a caminar por los lugares inhóspitos en los que ha de sobrevivir como nómada. Tiembla de frío, de desamparo. Es la más débil de las bestias que han pergeñado. Es el Hombre. Y lo han creado injustamente en desventaja al resto.

¿Qué hacer? Los hermanos cavilan en silencio. Saben inexpugnable el reino de Zeus —no son pocos los guardianes de su ámbito—  de modo que no cabe otra solución: hay que profanar el palacio donde habitan dos dioses menores, Hefesto y Atenea, para hacerse con el fuego de uno, y la sabiduría artística de la otra. En el ladrocinio que perpetran, los hermanos no anticipan el germen de su propia derrota, no anticipan la audacia aún no desenvuelta en esa creación rudimentaria suya que con el paso de los años, conquistará su expresión más sublime e indómita para rebelarse contra lo divino. La salvación del hombre será la aniquilación de ellos, los dioses.

Pero ese tiempo no ha de llegar aún…

Ahora, una vez pertrechado con el fuego y el arte —con sus herramientas y modos de operar— el Hombre ensaya sus primeras tentativas de alcanzar la inmortalidad. Y así primero, reconociendo a los dioses como sus semejantes, levanta templos, altares, estatuas; luego, nomina a las cosas para subyugarlas; y de la conjunción de lo robado, produce además el mundo para sí: su techo, su pan, su abrigo y su zapato.

No obstante, es volátil este momento, pues aún no se ha procurado su vida gregaria. Es verde su conciencia de especie, por muy maduro que pueda hallarse como individuo. Sigue pues, expuesto a las bestias que le diezman, mientras no abrace el necesario arte político y de él, el arte bélico. No le sirve de nada cimentar ciudades sin dicho arte: la piedra urbana no refrena por sí, las pobres trifulcas egoístas que le devuelven, una y otra vez, a una vida dispersa y huraña. Lo político no ha tomado cuerpo en su sangre arbitraria. Puede aún sucumbir.

Entonces, la piedad de Zeus acude en su auxilio. Por la imperfección de su acabado, el hombre, la maravilla de barro, la obra más obstinada en alcanzar su debacle, debe ser rescatada de sí misma —incluso a sabiendas de una futura defenestración de los mismos dioses— proveyéndola de los dos últimos recursos, también espirituales, la honestidad y la justicia, con los que  se habrán de estatuir definitivos los lazos de amistad. 

Antes de salir, Hefesto, el dios pírico al que Zeus encomienda la tarea, pregunta desconcertado:

—Pero ¿He de dar la honestidad y la justicia a unos pocos de ellos, y que estos pocos la suministren al resto sabiamente para disfrute de todos, tal como acontece así a las artes, que es medicina que unos pocos ofrecen a la mayoría; o mejor las he de repartir en igualdad entre todos?

—Igual parte para cada uno, y que cada uno, la suministre responsablemente —contesta el crónida.

—¿Y si no es así? ¿Qué haremos con el que la dilapide?

—Matarlo. La ciudad no resiste la falta de honestidad y justicia entre los hombres.

David Galán Parro

26 de febrero de 2025

2 comentarios en “La criatura más débil

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