Elsi y Bertha

La pequeña Elsi lloraba sola en un banco del parque Steglizt en Berlín, cuando una pareja que paseaba por allí se le acercó. La formaban un señor delgado de fino rostro y una joven bien parecida que podía tener la mitad de edad que él. Elsi no podía darse cuenta de esos detalles que perciben los adultos, y menos llorando. El hombre le preguntó cómo se llamaba.

—¿Y por qué lloras, Elsi?

—Porque he perdido mi muñeca.

La joven que acompañaba al señor al escuchar su respuesta se apartó y comenzó a merodear por allí.

—¿Cómo se llama tu muñeca? —prosiguió el hombre.

—Bertha.

Entonces dirigiéndose a la joven que se había alejado, dijo:

—¡Dora, no busques más! Ya hemos encontrado a la niña de la que nos habló Bertha.

La joven se encogió de hombros como si no entendiera nada y se acercó. El hombre volvió a hablar con un tono aún más cariñoso:

—Elsi, te estábamos buscando Dora y yo. Cuando veníamos de camino al parque nos encontramos con tu muñeca Bertha. No se ha perdido. Nos pidió que te dijéramos que se iba de viaje por un tiempo y que no la esperaras, porque todavía no sabía cuándo iba a volver.

Elsi que parecía no escuchar, dejó de repente de llorar y miró al hombre.

—¿Sí? —preguntó como si no creyera.

—Sí, y me pidió que te trajera las cartas que te iba escribir desde los lugares del mundo que iba a visitar.

Una sonrisa iluminó el rostro de la niña y el hombre al verla pensó en la belleza  de los amaneceres que le quedaban por ver.

—Espérame mañana aquí a esta hora —le dijo eufórico— te traeré la primera carta de tu muñeca viajera para que la leas.

—Pero todavía no sé leer —contestó Elsi con tristeza.

—No te preocupes. Yo te las leeré entonces.

Y diciendo esto, tomó de la mano a la joven que le acompañaba y ambos siguieron su camino. En la manera de caminar de la pareja había como una tristeza escondida, aunque como ya dije Elsi era aún muy pequeña para darse cuenta.

* * * * *

Durante casi tres semanas, aquel hombre, tal como había prometido, no faltó a ningún encuentro. Para Elsi se convirtió en su nuevo amigo y en el fiel mensajero de Bertha. Cada día traía una carta y se la leía lentamente. Elsi preguntaba aquello que no entendía —¿Una pirámide? ¿Un orangután? ¿Una cordillera? ¿Un guacamayo? ¿Un manglar? ¿Una cascada? ¿Una gruta? ¿El timón de un barco?— y él se detenía y le resolvía sus dudas con paciencia. Todo lo que contaba era hermoso y desconocido, lleno de colores, de olores, de tierra, de agua, de plantas, de fieras, de oscuridad y luz, de noches estrelladas, de amaneceres morados ¡Todo! Y Elsi sentía que aunque no podía acompañar a Bertha en su viaje, en verdad era como si estuviera a su lado ¡Hasta en sueños la acompañaba!

Todas las cartas acababan con un «querida Elsi, te echo mucho de menos; pronto nos veremos; un beso.» y siempre que él le leía ese final Elsi sentía el cálido beso de Bertha en su mejilla como si su muñeca se despidiera de verdad. Luego el hombre introducía la carta en el bolsillo de su chaqueta y se iba. Ninguna de aquellas cartas le fue dada a la niña.

* * * * *

La última tarde en que Elsi vio a su amigo, éste se acercaba llevando un bulto en los brazos. Lo apoyaba en su pecho e iba envuelto en una manta. Elsi imaginó enseguida un bebé protegido del frío —se acercaba el invierno— y pensó en la joven mujer del primer día «Será ella su mamá» se dijo. Pero cuando su amigo se agachó a su lado y destapó lo que traía vio una muñeca.

—Aquí tienes Elsi por fin… a Bertha.

La niña se quedó paralizada. No podía creer: aquella muñeca, de piel más bien oscura y menos regordeta, no se parecía en nada a su Bertha.

—Es ella, Elsi —le tranquilizó su amigo— No la desprecies. Los viajes tan largos cambian a las personas. Ha cambiado un poco porque además ha tenido que enfrentarse a muchos peligros. Ni ella, ni yo te los quisimos contar para que no te preocuparas. Cuídala, siempre —. Y dicho esto depositó delicadamente la muñeca en los brazos de la niña. La nueva Bertha dormía, cansada de su largo viaje. Elsi la miró en silencio y un triste sentimiento se apretó en su corazón; quizás el sentimiento más hermoso que cabe en un ser humano; un sentimiento al que una niña como ella no sabía ponerle nombre, ni falta que le hacía porque hacer tal cosa era una de las tantas tonterías que se le ocurrían a las personas adultas. 

Entonces el amigo se puso en pie con dificultad y posó sobre la cabecita de Elsi su mano. Ella la sintió temblar sobre sí como una débil llama que fuera a extinguirse y comprendió que el amigo se estaba despidiendo sin decirlo. Fue un instante en el que ambos se sintieron acaso las únicas personas vivas del mundo.  Al final él retiró su mano, se dio media vuelta y sin mirar atrás se alejó caminando lentamente. 

El amigo estaba enfermo. Le quedaban pocos días de vida. Pero Elsi tampoco sabía esto. Ni falta que hacía.

* * * * *

Pasaron unos diez años. Elsi estudiaba en la universidad y ayudaba durante el verano en la tienda de sus padres. Un joven compañero de clase estaba enamorado de ella, pero aún Elsi no se había decidido por él. Tenía miedo de quererlo mucho y perderlo después, tal como le había pasado cuando era niña con su muñeca Bertha.

Un día, Elsi invitó al muchacho a entrar en la casa familiar y éste la siguió hasta su dormitorio que también hacía de cuarto de estudio en la planta superior. Allí, Elsi tenía libros, fotos y algunas plantas sobre las estanterías. Todo lucía muy bien, ordenado y bonito. Pero algo rompía aquella armonía: Bertha, la muñeca viajera, ahora más estropeada por los años, estaba sobre un estante. Entonces la voz de una mujer pidió a Elsi que bajara a la cocina. El muchacho se quedó solo. No dejaba de observar a Bertha. No entendía: «¿Por qué una chica ya tan mayor como Elsi conservaba aún aquella vieja muñeca fea?» se preguntaba. Picado por la curiosidad la cogió para verla mejor. Le dio media vuelta y se fijó en su espalda: había una fina hendidura y a través de ella asomaba una punta de papel blanco. Tiró de ella y sacó un papelito. Un misterioso papelito escondido en el interior de la muñeca. Lo abrió. Algo ponía en él. Antes de que su amiga volviera, leyó:

«Cada cosa que amas es muy probable que la pierdas, pero al final, el amor siempre vuelve de forma diferente. Tu amigo, siempre, Franz Kafka.»

Era un mensaje de aquel amigo del parque ya fallecido. Elsi lo guardaba dentro del cuerpo de Bertha como recuerdo de su amistad con él, pero también como el consejo más útil que le habían dado en la vida para convertirse en una mujer feliz.

Un mensaje que a él, que ahora leía, le afectaba también, pero indirectamente, para su futura felicidad.

David Galán Parro

24 de septiembre de 2024

3 comentarios en “Elsi y Bertha

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