
No hay otra solución a mi vida sino cruzar el río. Mis ex-alumnos universitarios vendrán hoy al mediodía a buscarme. Me ocultarán en el maletero de uno de sus coches y me pasarán al otro lado escondido. No les registrarán en el puesto de control del puente. No son sospechosos. La visita está autorizada por motivos de estudio. Allí, en el puesto, habrá muchos sexagenarios jubilados intentando validar los salvoconductos que les permitan disfrutar de unas breves vacaciones en Ribera Nueva. Algunos, esperados por sus hijos, tendrán permiso para el reencuentro familiar. Luego, en pocos días, deberán estar de vuelta. Yo sin embargo cruzaré para siempre. Estoy aquí, en mi casa, escribiendo estas palabras que dan fe de la inminente huída. Allá no seré el mismo. Allá me deberé a la liberadora tarea de arrancarme el recuerdo de esta abúlica vida, como también el recuerdo de mi querida Beatriz.
En Ribera Vieja, la llovizna no escampa. Hace décadas un nimbo gris devoró sin remisión las últimas parcelas de luz y quisimos creer entonces que el fenómeno sería pasajero, una breve calamidad de los dioses o de la naturaleza. Pero no. La tiniebla se había allegado para siempre, y aunque esperábamos con impaciencia la restitución de los luminosos días, una especie de incredulidad primero, una desazón vital después, se fue abatiendo silenciosamente en nuestro ánimo hasta sumirnos en la actual resignación colectiva, en la somnolencia ensordecedora que ahora a todos nos embarga. Suspendido sobre Ribera Vieja, el nimbo magnetiza nuestro ánimo y lo ha vuelto una masa exangüe, pegajosa. Somos, como él, seres cenizos. A eso nos hemos acostumbrado todos los de mi generación desde su llegada.
Una vez, en mi época de estudiante universitario, me aventuré a comentárselo a un compañero. Ninguno parecía hablar del tema. Era un tabú atroz, un velo cuyo descorrimiento se antojaba peligroso. La situación se había normalizado, institucionalizado. El compañero me miró como descreído, como si mentara una sublime estupidez:
—No pienses. Pon asunto en tus deberes y obligaciones y luego, una vez todo ejecutado, durante el fin de semana, sal a contemplar desde alguno de los miradores habilitados en lo alto de las montañas, la belleza estática de ese sudario sobre nuestras cabezas. Es un milagro tranquilizador. Acepta que ha llegado para quedarse.
Pero no podía aceptar. Tal vez desde esa desafortunada conversación en que transparenté mis dudas me hice presa fácil; tal vez desde ella, anduviera fichado por posible sedición; tal vez ella, fuera el motivo de la visita inesperada, pocos días después, de los inspectores en la entonces casa de mis padres (yo vivía aún con ellos):
—Nos han informado que anda usted propalando opiniones insidiosa en torno a la llegada del Elemento Aéreo Estabilizador ¿No cumple la llovizna con sus expectativas vitales? Sabe perfectamente que puede concertar una cita con un especialista mental y exponerle sus dudas y miedos sin necesidad de andar con opiniones no ajustadas a ley.
La visita al principio me amedrentó y me decidió a recluirme aún más si cabe en las rutinas establecidas, en lo oficioso. Sin embargo urdía mi plan: Terminé mis estudios, conocí a Beatriz, me casé con ella y me hice profesor titular en la universidad. Luego ascendí, confieso, más como premio a una impostada lealtad que a una capacidad docente probada. Fue fácil trepar. Y también mentir: en verdad, yo era uno de los que alentaba la actividad subrepticia de mis jóvenes alumnos en la universidad. Como resultado de ello, unos cuántos migraron al otro lado del río escapando de la vejez prematura que nos cercaba. Fundaron su ciudad, Ribera Nueva, bajo el cielo diáfano y prometedor que el nimbo inexplicablemente no podía alcanzar más allá del cauce. Hoy los hijos de aquellos primeros disidentes regresan en mi busca. Me consideran una reliquia intelectual, un referente vivo de su lucha.
Sabía que este día, el día de la inminente huída (o de mi rescate), habría de llegar. Miro por la ventana y veo en el cielo el límite en donde se difumina, sobre el cauce, este monstruo combado y mercurial que nos preside y aplasta. El cielo resiste más allá del río con su rabiosa claridad. Son los celajes de una antigua esperanza, de una antigua rebeldía; tan antigua que pareciera venida de trasmundo. Beatriz salió muy temprano a sus planificados quehaceres, complaciente con las directrices gubernamentales. No estamos mal, nunca lo hemos estado. Somos un matrimonio bien avenido, dentro de orden, felices, pese a a la falta de hijos. Pero ¿cómo seguir respirando este desdén compartido que bajo la apariencia de orden socava hace ya años nuestras primigenias ansias de vida? Me voy y Beatriz nada sospecha de la visita que anunciaron mis subversivos pupilos.
Los muchachos están por llegar. Tengo ya preparada la maleta. «Le necesitamos aquí, profesor. No habrá retorno» me había dicho uno de ellos días antes al teléfono. Con la excusa de que necesitaban de unas clases magistrales de mí, las autoridades les permitieron la entrada. Dado el status quo convenido entre ambas riberas, nuestras autoridades siempre están dispuestas a ello con el fin de convencer ideológicamente a estos jóvenes que -dicen- viven en el desorden vital en Ribera Nueva.
Tocarán a la puerta. Me apremiarán nerviosos pero con júbilo, como una pandilla de tramposos que vinieran a llevarse a un amigo al que le tienen preparada una fiesta. Son chispa pura, fuerza y amor incondicional. Adentrarse en esta parte nuestra sin quedar atrapados no es cosa fácil para estos muchachos. El nimbo ejerce una rápida influencia invisible que envejece cuánto toca. Dos o tres horas aquí es suficiente, devastador para esos delicados corazones. Esto es zona sin esperanzas, sometida, muerta en vida. Son mis héroes. Mis pequeños intrépidos. Mis felices carontes, a los que pagaré con el óbolo de mis ideas críticas.
Ya oigo la luz de sus tiernas voces tras la puerta. Cuchichean y ríen secretamente sabiéndose protagonistas de la incipiente gesta revolucionaria. Ya el tímido golpe en la madera me reclama.
Es la hora de mi huída. Es la hora del sol de la rebeldía.
30 de abril de 2024
David Galán Parro
(*) La historia del relato tiene elementos comunes a los de un relato de Adolfo Bioy Casares titulado Planes para una fuga al Carmelo.
Magistral. El miedo al cambio, a la huida… Gracias por el relato 🙏
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Antonio, muchísimas gracias por el comentario! Es un texto con un final esperanzador. Me alegra que te haya gustado.
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