Conceptos vivos

Soy un hombre muy teórico. Es uno de mis principales defectos; uno de esos defectos que no te permiten vivir con plenitud. Los sentidos empañados por esa obstinada introspección que vuelca mi atención hacia dentro no dejan que en mí entre el aire fresco que renueve mis conceptos. Soy interiormente más un viejo museo de reliquias conceptuales que una selva de conceptos vivos. No reniego de esta realidad más interesante para un paleontólogo que para un biólogo, sino que procuro ciertos esfuerzos de inversión de ella.

* * * * *

Supongan que tengo el contenido del concepto de mesa en mi interior y que así más o menos reza: «mueble formado por un tablero horizontal sostenido por tres o más pies que sirve para comer, escribir, estudiar, o dejar cosas encima.»

Como soy hombre no perceptivo y poco práctico no observo el hecho de que el objeto mesa puede evolucionar, de modo que un día no me percato de que hay mesas en las que un lado del tablero esta prendido a otro tablero vertical y que en consecuencia la horizontalidad del primero necesita de solo dos pies; o no me percato de que hay mesas que mantienen la horizontalidad del tablero en base a un solo pie que sale de su baricentro y se ensancha hacia el punto de apoyo al suelo. Si este hecho ni lo observo ni me lo represento ni lo integro al contenido del concepto de mesa que tengo, este concepto estará para siempre en mí con un contenido inamovible. En cambio si este hecho lo observo, me lo represento, y lo integro al contenido del concepto éste quedará modificado así: «mueble formado por un tablero horizontal sostenido por uno o más pies…»

* * * * *

Hace unos días tuve un encuentro muy interesante con una pareja de jóvenes maestros. (Normalmente cuando nos encontramos los del gremio hablamos de manera ilusionante sobre nuestra profesión hasta el punto vergonzoso de apartar de la conversación a cualquier otra persona que no se dedique a nuestro oficio.) Referiré una historia hermosa y conmovedora, que ella, la maestra, me compartió. Por mi incorregible pretensión literaria y por mi impreciso recuerdo me arrogo el derecho de no ser del todo fiel a la verdad.

Hablábamos de la educación familiar del alumnado y conveníamos que ésta está determinada muy fuertemente por las condiciones materiales de las familias. Entonces surgió la contradicción entre el concepto de familia que teníamos por nuestras personales condiciones de vida y por nuestra educación y la diversidad de modelos familiares que se iban integrando poco a poco en la sociedad actual.

Yo aporté un ejemplo: En una de mis clases, en las que tenía que explicar el tema de la familia, yo iba con la intención de señalar tan sólo ese modelo que dominaba más en mi época: padre, madre e hijos relacionados básicamente por lazos biológicos. Como era el modelo dominante de mi época y como apenas renuevo los conceptos en mi interior a punto estuve de cometer el fallo de limitar la percepción de la realidad familiar actual en mis alumnos y alumnas a ese concepto mío antiguo ¿Cómo podía estar ciego ante esa realidad que se mostraba ante mi en la propia vida de ellos: niños y niñas mantenidos y criados por el esfuerzo de sólo una madre o un padre, de los abuelos, de una pareja homosexual,…  Cuando me percaté de este hecho en mí tuve que corregirme y señalar la diversidad de familias que ahora imperan y se aceptan con total normalidad.

Entonces la joven maestra refirió una historia en la que se proponía un modelo más difícil de concebir. Un modelo fruto de la globalización mundial, del desequilibrio brutal entre las regiones económicas a nivel planetario; fruto de las más desesperadas luchas por la supervivencia, ajena a nuestros estómagos resueltos, a nuestras consciencias a veces idealmente sufridas…

En su colegio se habían matriculado un grupo de niños inmigrantes subsaharianos que tenían tras de si una historia atroz de supervivencia a bordo de pateras. No se podían certificar ni edad ni nombres ni pasado de ninguno de ellos. Niños que surgían vomitados por la miseria y que, excepto sus ganas de vivir, nada más traían consigo.

En una de sus clases la maestra explicaba el mismo tema que me tocó  explicar a mí y pidió a cada niño o niña que describiera oralmente a su familia. Cuando le llegó el turno al niño inmigrante, esté se levantó y sin poder articular una sola palabra de un idioma para él aún ajeno, abrió sus brazos e hizo el gesto de abarcar a todos los presentes y de allegarlos a su pecho.

Cuando la joven maestra terminó el relato yo sentí que aquella historia me emocionaba, me renovaba por dentro y a la vez me descubría algo que se me antoja verdadero: la necesidad en última instancia renueva el concepto.

David Galán Parro

9 de diciembre de 2023

Deja un comentario