La escasa vivencia y un pertinaz interés por la Filosofía me han deparado una melancolía incorregible a la vez que me ha dado una inusitada clarividencia que nunca pensé alcanzar y con la que sin testigos me alivio del peso de la rutina cotidiana y de la estrechez de las opiniones mundanas. No me sacian las engañosas percepciones. Soy eminentemente conceptual y por eso estoy condenado a la soledad de los pensamientos más abstractos, a la tristeza de vivir en un desierto de formas lógicas, a la renuncia de paraísos sensuales. Apenas me elevo por encima de aquel monstruoso soldado lisiado que en una película regresó a la civilización sin extremidades ni cara y que su cuerpo era el ataúd de una conciencia en la que monologaba su desesperación; un ataúd que me es extrañamente amable.
El hombre que les cuento que soy se fraguó en mi época de estudiante en el provincianismo de un instituto rural. Yo odiaba en mis compañeros ese entusiasmo unánime por las cosas efímeras y mezquinas con el que confraternizaban y que hacían de mi un proscrito, un rebelde inconfeso ¡Qué absurdas se me antojaban sus conversaciones sobre fútbol, moda, chicas, gimnasio,…! Si el desprecio ajeno me hubiera rebasado, fácilmente una pistola en mi mano saldara las cuentas de ese sutil oprobio que se conjuraba en mi contra. Pero no tenía agallas.
Esto les hará creer que fui un estudiante ejemplar. Pero nada más desacertado. Mi brutalidad soterrada, disimulada por un rictus nervioso, no daba para una mente diáfana y aliviada de tormentas espirituales. Todo en mí era un lodazal de sentimientos de culpa, de odio y de autocompasión que ahogaba las más primigenias necesidades intelectuales. Una pequeña libreta comenzó a ser el testigo mudo de las confesiones balsámicas que iban alumbrando un diario.
Las cosas, imaginarán, no andaban bien en casa. La relación de mis padres se volvía distante y fría y sus discusiones, ocasiones más oportunas para enrocarse que para ablandarse. Por consiguiente el hogar se desbarataba y yo era el residuo solitario del mutismo evasivo, de los reproches velados, de la desesperanza que extravía el cariño. Este era el lecho de aquellos lodos ¿Entienden? No quiero justificarme; sólo que me entiendan.
Bajo estas amargas condiciones fue cómo me descubrí huyendo de la sirena que me convocaba al tedio de las clases y refugiándome en la libertad que me procuraba la biblioteca del instituto. Y no tuve mentor en mis lecturas prófugas. Me es imposible describir la emoción que me anegaba cuando leía por vez primera la poesía liberadora y única de Rimbaud o la encarnizada lucha interior en los personajes de Dostoyevsky o los textos de Mommsen en los que el mar de espadas de las legiones romanas hacían de la bárbara tierra, imperio ¡Qué alejado y grato era aquel mundo con el que me obsequiaba para rehuir mi lacerante realidad! ¿Me pueden entender ahora?
Así estaba yo cuando ella apareció en mi vida.
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Lo imagino sumergido en la sequedad del páramo, envuelto por terribles lenguas de fuego. Ya han sufrido sus ojos la belleza de la pastora celebrada en los árboles por coronas en los tronchos o por el nombre harto roturado en las cortezas. Ya volvió de esa primera visión de ella apostada en la fuente que abreva al melocotonero con la firme determinación de mudar su atuendo estudiantil por la pelliza. Ya conoció cómo la fama era sobrepasada por la propia hermosura hiriente. Ya sus ansías le devoran el pensamiento antes entregado a las porfías vanas de la ciencia y el arte. Ya conoce el despecho que anuda los corazones abandonados de los demás pastores que la requebraron pero no sabe que mas pronto que tarde él también eslabonará su lengua maldiciente a la de ellos.
Va hacia la peña al encuentro concertado con la joven pastora. Hay palabras a las que no es humano ponerles demora. En su camino, el bronco susurro del viento en el descampado le allega historias de desamor que le auguran, pese a su terca esperanza, el riguroso recato y el rechazo de la ingrata.
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Levanté la mirada del libro y ahí estaba ella. Las hordas del amor tomaron sigilosas posiciones por doquier en torno al alcázar entre la espesura del bosque circundante. Yo no prefiguraba los planes del enemigo opacado por mi terquedad huraña a la vida. Apenas una mirada casual mutua desde la distancia de las mesas obedientes y chispeaban las armaduras recién salidas de su verde escondite a campo abierto preparadas para el asalto. Apenas el titubeo de una sonrisa complaciente cuando nos cruzábamos en el pasillo y las huestes se encaramaban afrentando los muros esquivos. Apenas un delicado saludo de ella en el que yo presentía pudor y el enemigo superaba las balaustradas y ocupaba los torreones almenados. Y así el cerco iba de a poco cerrándose hasta que en un inesperado día en que acabada la jornada tomé asiento en el bullicioso autobús que me devolvía a casa cuando un ligero cuerpo se arrellanó a mi lado exhalando su cálida aura. Giré el rostro. Tras la cortina de una melena rubia reconocí escondido el perfil de sus facciones serenas. Permanecía silenciosa esperando tal vez alguna tentativa leve, algún resquicio de osadía. Ya no lo sabré. Incapaz de articular la más breve conversación cordial en toda la media hora de moliente trayecto fui sintiéndome inevitablemente pequeño, impotente. Mis ínfulas de intelectual al margen de todo de nada servían para aliviar la ansiedad a la que me condenaba la timidez extrema. La fortaleza había sido al fin expugnada y yo, su único morador, había claudicado: estaba platónicamente enamorado y nunca hablaría con ella.
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No es su voz cotidiana la que canta en la noche. Es otra que trajo la obsesión que a dentelladas le destroza el pecho. Es otra que le concedió el infierno para atribular los oídos, ahora sordos, de ella, súcubo recatado, nacida para con rigor pudrir los corazones. Rugen y aúllan las bestias aparejadas al canto del pastor letrado. Y lejos de allí, el mar retorcido sobre sí también escucha y brama. Es el odio de los elementos que el infeliz cree haber invocado. Es el destino, piensa, que le dicta una corta vida y así debe ser anunciado al orbe entero ¿Para qué vivir en ese pozo cierto de recelo, soledad y humillación? ¿Para qué prolongar una vida de renuncia perpetua? Hierro y soga se le antojan fieles amigos y quienes a su voluntad se opongan no lleven esa noble palabra junto a su último lecho. Ha renunciado a tener el amor de ella, pero no a la obsesión de un amor estéril con el que fantaseará hasta el fin de sus días y con el que se sabe hereje «¿No será ella el objeto encarnado por el cual se ejecuta el castigo de un Dios que me reclama perfecta pleitesía?» sospecha en un instante de horror «¿Qué prueba es esta a la que me somete el Divino?» Entonces su pretensión rebelde, su determinación suicida se hace ominosa y gigantesca.
Él, Grisóstomo, es la Naturaleza refractaria que no admite servidumbres.
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He recuperado algunos pasajes del diario que escribía entonces y donde encuentro cómo ya barruntaba al hombre que ahora soy. En el albor de mi actual conciencia estaba la simiente de ese pesimismo que malea cuanto toca y que siempre me anticipa. Les transcribo:
Miércoles 23 de abril de 1986
Te amo. Sin orden ni urgencia. A mi modo, desde esta distancia que mi naturaleza impone, desde palabras ausentes que nos prodigamos en las noches que te sueño y te invento mía, desde esta timidez tirana que deja pasar los días como si acontecieran al otro lado de un cristal que me niega la felicidad de vivirte y que me da el falso consuelo, la tortura, de hacerte sólo objeto grato a mis miradas furtivas.
Hoy en un momento en que la vieja bibliotecaria tuvo que abandonar la sala me acerqué a hurtadillas a su mesa de trabajo y fui hojeando en el cajón de registro de libros el monto de fichas de lectura individuales de tu grupo de clase y entre ellas, vi la tuya. Nunca hubiera podido imaginar lo que encontré. Pensaba que en tu ficha estarían sólo consignadas las lecturas obligatorias con las que cualquier estudiante cumple mas por el interés de una excelente calificación oficial que por el del saber mismo. Pero no. Estaban además de aquellas, una larga lista de títulos sobre temas varios: Astronomía, Física, Historia, Literatura. Fue un golpe de dolor lo que sentí. ¿Quién eres? Estás más cerca de mi de lo que pensaba y sin embargo ¡Qué lejos! Te imagino, como yo, arrobada frente al milagro de las constelaciones, frente al enigma del Tiempo y del Espacio; frente a la debacle de los imperios seculares, frente a las voces sublimes de los poetas enamorados. Se me hace hiriente saber que se aleja la dicha de conversar contigo sobre estos temas que sé no son más que el narcótico con el que sobrellevo esta vida que me agota y se repite.
Más adelante, en un tono casi infame certifico la renuncia al amor de ella sin ni siquiera conocerla…
Viernes 16 de mayo de 1986
He decidido, amor no mío, vilmente adormecerme. Duele esta resignación, ensayo perpetuo de una despedida de cosas que jamás tendré o que siempre me he negado. Así daré la espalda a los años cada vez más apremiantes con mis obligaciones, más despiadados con mi sensibilidad exacerbada. Tal vez haya cobijo en las disquisiciones intelectuales que me aportarán los libros clásicos. Tal vez me lluevan con su sabiduría y venga la paz y la aceptación íntima de mi miedo a la vida a través de esas voces inmortales. Esa es mi actual esperanza.
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Busco las repeticiones en las diversas formas que engañan nuestros sentidos, busco las leyes fijas que todo lo dictaminan. Ser, insisto, trágicamente conceptual fue mi elección en vida y es el narcótico que languidece los dolores de mi renuncia.
Se repite en mí, el hombre que sucumbe ante el amor inalcanzable pero no por él, sino por su propia obsesión aniquiladora, por su idea de ella; y como aquel hombre elijo mi supremo destino llegado el caso. Esto hallé revelado en el aciago final de Grisóstomo historiado en El Quijote.
Grisóstomo me prefiguraba pero con su variante: él elegía el absoluto abandono de este mundo a través del suicidio; yo, el otro parcial que me otorga mi destierro.
Dirán que es poco tanta clarividencia teórica, pero contemplar las olas solitarias rendidas en la arena poco es también y sin embargo para ustedes, más mundanos, y no para mi, prefigura la calma. No quiero su conmiseración, esa pátina con la que ustedes camuflan sus miedos o sus carencias y con la que sibilinamente esperan la definitiva derrota de hombres que, como yo, no le temen a las cosas prefijadas por una libre elección.
Y al igual que a Grisóstomo una de esas cosas me aguarda como una venganza divina: morir aquejado del más atroz idealismo.
31 de octubre de 2023
David Galán Parro
Un muy buen texto 👌
👏👏👏
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Muchas gracias Antonio!
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