Recientemente mantuve una conversación con un compañero de trabajo sobre la pandemia y el confinamiento, sobre la incertidumbre del futuro inmediato, el miedo al contagio, la crisis económica y el efecto nocivo que, todo ello, ha tenido sobre la salud mental. Tal vez por ello, mi compañero me remitió ayer por correo electrónico la siguiente información:
“Los peores presagios se cumplieron: los suicidios llegaron a su máximo histórico durante la pandemia. Según los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), el suicidio se ha mantenido como la primera causa de muerte externa en 2020, con 3.941 fallecimientos, un 7,4% más que en 2019. Son casi 11 personas al día que se quitan la vida —10,8—. Un 74% de ellas varones (2.938) y un 26% mujeres (1.011).”
Al abrir y leer el correo, los recuerdos de aquel infausto día se precipitaron sobre mí como una lluvia de piedras golpeando mi memoria. Realmente, todo pasó en un espacio corto de tiempo y, sin embargo, en mi recuerdo se extiende en un lento y largo devenir de fotogramas congelados, reportando cada uno de ellos su visión pavorosa, su inequívoca significación aterradora.
Aquella mañana, como cualquier otro sábado, me disponía a salir para comprar el periódico en el quiosco de la esquina de la calle. Nada más abrir la puerta de mi vivienda y pisar corredor del edificio, escuché los alaridos desgarradores y los estallidos de objetos quebrados contra la pared que provenían del 3º H, situado en fondo del pasillo donde vivía mi amigo Luis, su mujer Claudia y su hija Laura. Corrí desaforadamente hasta llegar a la puerta entreabierta y me precipité al interior de la vivienda.
Un fogonazo brutal, un estallido repentino y violento me puso al tanto de la magnitud de la tragedia. Allí estaba Luís, en medio del salón. Enloquecido. Babeando ira. Destrozando todo lo que encontraba a su paso, lanzando objetos contra las paredes, agitando su cuerpo en sacudidas epilépticas, arañando el aire, soltando rugidos estentóreos que manaban de sus entrañas y con los ojos inyectados en sangre.
Fui hacia él. Le grité:
—-¡Luis! Luis! ¡Qué coño pasa, Luis!
El con una mirada de cristales rotos instalada en su rostro descompuesto, se limitó a decir:
—-¡Mi niña! ¡MI niña! ¡Mi Laurita! ¡Mi Laurita! ¡Dios! ¡Dios! Diooosss!
Quise inmovilizarlo abrazando su cuerpo menudo pero se revolvió con una fuerza sobrenatural, comenzando posteriormente a golpear su cabeza contra la pared. De su nariz y boca manaron regueros de sangre que salpicaron su garganta y su pecho. Al final, y con la ayuda de otro vecino que también estaba presente, logramos reducirlo y sentarlo en el suelo.
Los peores presagios se cumplieron. El vecino, en voz baja, me susurró:
—-Laura, su única hija, acaba de quitarse la vida. La han encontrado en el baño muerta.
Un escalofrío sacudió mi cuerpo. Sentí una dolorosa presión sobre mi pecho y un grueso nudo en mi garganta me impedía respirar, al tiempo que recordaba las veces que bajé a la pequeña Laura junto a mi hijo, para jugar en los columpios y toboganes del parque situado frente a nuestra casa. Y como la vi crecer, año tras año, hasta convertirse en una adorable adolescente. Quería negar lo que estaba viviendo. No podía haber ocurrido. Era imposible.
Me encaminé por el corto pasillo que conducía al cuarto de baño. Entonces vi a Claudia, su madre, tirada contra la pared. Vaciada de tanto gritar. Inerte y pálida. Bañada en sudor y lágrimas, con la bata pegada a su pecho como una fina gasa. Con sus brazos desmadejados a lo largo del cuerpo y la cabeza escorada sobre uno de sus hombros, encarnaba, toda ella y al mismo tiempo, la ausencia, la tristeza y el espanto. Me miro sin verme, con la mirada prendida sobre algún punto lejano de un horizonte imaginario. Ahí estaba Claudia sin dejar de repetir con su voz, ahora disminuida y monocorde:
—-¡No! ¡No! ¡No! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío!
Tras la puerta del cuarto de baño encontré a Laura, tendida sobre un charco de sangre y agua. El pelo pastoso y revuelto sobre su mejilla, tapando a media la espantosa mueca que dejaba entrever su rostro. Allí estaba, en medio de un escenario teñido de un rojo diluido, con su cuerpo lacio y retorcido sobre sí mismo, los brazos esparcidos sobre el suelo y con las muñecas rojas y rotas, abiertas de par en par, como bocas por donde se le fue la vida a borbotones. La estuve mirando calladamente, llorando en silencio. El grifo aún goteaba.
Después de aquel día, ni Luís ni Claudia, retornaron a la vivienda. Se marcharon de allí. Meses después, vendimos nuestro piso y abandonamos también el edificio. Algo sé de ellos. Entre otras cosas que aún siguen sin entender nada sobre el porqué de lo ocurrido y también sé que sobreviven en el día a día con el único fin de poder combatir tenazmente la pena perpetua que le produjo tamaña pérdida.
Ahora y aquí, sentado frente a mi ordenador, leo de nuevo el contenido del correo que me ha enviado mi compañero de trabajo. Reflexiono sobre él. Se nota que nunca fue testigo directo de ninguna tragedia como la que me tocó vivir a mí. Tal vez por ello, mi compañero ve el suicidio como un mero fenómeno social susceptible de ser cuantificado. Se relaciona con él de forma externa. La tragedia a que hace referencia el objeto del contenido no altera su sensibilidad, no se estremece con el dolor que conlleva. No lo revive en su interior. Lo reduce a simples datos y parámetros estadísticos.
No me sucede a mí lo mismo. Algo cambió dentro de mí después de aquella fatídica mañana. Hice mío el dolor y la tristeza derramada por Luis y Claudia. Allí, y también yo, sentí cómo se tronchó una vida cargada de futuro. Ahora, nada de lo que ocurre a mí alrededor, me resulta ajeno o externo. No sé si esto será una virtud o un defecto. Tampoco me importa mucho que sea una cosa o la otra. Solo sé que basta con oír o leer la palabra «suicidio» para sentir un profundo estremecimiento en el interior de mi alma.
7 de septiembre de 2022
Ramón Galán González
Me ha conmovido el relato de Ramón.
Adjunto un pequeño cuento escrito hace 2 años. Durante una fase difícil de la pandemia por covid-19
«He de decir que la expresión de la vida en estadísticas le quita realidad a la vida. Le quita sangre. Tampoco veo sangre en los comentarios.
Hoy en un hospital de una ciudad española un médico tiene que tomar una difícil decisión. Atiende a un paciente infectado por covid-19, tiene SARS-cov2. Esta en una situación limite. La vida agoniza. Quizás con un respirador y el soporte de una UMI pueda prolongar su vida. Pero, ¿si en vez de prolongarle la vida le prolonga la agonía?. ¿ se merece una larga languidez en soledad? Decide dejar a un lado el respirador y el soporte de UCI para el próximo paciente. En este si tiene certeza de una larga vida libre de agonía tras curar la infección. ¿Tendrá trabajo? se pregunta. ¿será presa del paro, la pobreza o la miseria?. Deja de pensar presionado por la situación. Actúa y el nuevo paciente sale adelante. Llega a casa . En la tele informan que los hospitales están al 10% de ocupación covid. Malditas estadísticas, se dice. Les falta sangre».
J. A. Vizcaino
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