Soneto XI: El hidalgo y el caballero

a Francisco Umpiérrez Sánchez

Un hidalgo en su casa solariega,

perdida en el desnudo erial manchego,

trocará tierra en libros como juego

del destino sobre su mente ciega.

Ahora, se place en arduas batallas

vivificadas en página impresa;

ahora esboza su sueño, su empresa

de dar muerte a multiformes canallas.

Aún pues, no ha de ser él plenamente,

pues dos caras hacen real al hombre:

una mundana y otra que nos da el nombre

y que es sueño que sueña nuestra mente.

Que nadie se engañe o sea insincero:

en todo hidalgo aguarda el caballero.

David Galán Parro

3 de febrero de 2025

Soneto X: ¿Por qué esperas de mí…?

¿Por qué esperas de mí que te dé aquello

que dar no puedo por naturaleza?

¿Pedirás a la lluvia otra belleza

que no sea su efímero destello?

¿Por qué condenas a la libre nube

a ser polvo, piedra, hierro o camino?

¿Por qué imponer un exacto destino,

al cielo y agua que baja, rueda y sube?

Quizá de mí, tu voluntad requiera

esto que ha perdido y siente lejano:

ser nube, lluvia, helada cumbre y río,

mar calmo y de nuevo, humedad viajera.

Perseguirá tu corazón en vano,

lo que volvió tu mente intacto frío.

David Galán Parro

29 de enero de 2025

Soneto IX: La región vedada

Entre dos que se pretenden amantes

o amigos, se halla una región vedada,

una promesa que por bien usada,

de lo que entregan, los vuelve garantes.

Aguarda así allí, en penumbra discreta,

lo que ha de ser, si es mesura la urgencia,

más no, lo que convierte la exigencia:

libre amor por atadura secreta.

Parece se desdice el sentimiento

si de tal modo piensa cada parte;

parece endeble por ello el intento

de hacer de los mutuos afectos, arte.

Habita esa íntima tierra baldía,

cuando de mí la precises un día.

David Galán Parro

26 de enero de 2025

Soneto VIII: Rendición frente al mar

Adentrarme en el mar, solo y desnudo,

desafiando vulnerable su vasta

región; abandonarme a ella como hasta

la hora fatal, que a todos niega y pudo.

Lleva el mar un cierto destino aciago,

un azar triste, un encuentro, un consuelo;

noches de luna pródiga y desvelo:

tal llevo así en el pecho a este hombre vago.

El mar nos recuerda quizás por eso

que cualquier amor es un espejismo

que nada escapa al abandono mismo

de lo que no retuvo un primer beso.

Me he rendido a contemplar su oleaje.

Él sabe que es insensato este viaje.

David Galán Parro

20 de enero de 2025

Los que escribieron la historia sin empuñar la pluma

Escribieron la historia sin empuñar la pluma.

Fueron apenas sin ser para ellos, 

y por ello, somos,

tú y yo, aquí y ahora, amándonos.

Sobre los cuerpos ateridos,

sobre el sudor y la sangre derramada,

sobre los músculos y nervios agotados,

sobre la tierra así vivificada,

nosotros, flores de estiércol.

Nacerán millones de niños durante millones de años

—no era vana la promesa que por sucumbir nos hacían—:

manos y cerebros poderosos, 

infinitos, infatigables, inquebrantables,

-la materia del futuro-

alumbraron con dolor y entrega,

apenas -insisto- sin ser para ellos.

No hay un solo día

que no me sienta hijo de esos hombres 

que, sin saberlo, proyectaron la humanidad hacia adelante

con sus despedidas ordinarias o extraordinarias.

No hay un solo día, 

que no sienta suyas estas palabras mías 

cargadas de razón y que a otros me unen,

que no sienta suyas, estas cosas cotidianas 

que veo, toco, combino y recreo.

Por eso, 

mi amor palpitante que te necesita suyo,

mis torpes besos que te buscan,

mis palabras queriendo ser leales a sí y luego, a ambos,

son en su existencia sencilla

el rastro no escrito

de los que escribieron la historia sin empuñar la pluma.

David Galán Parro

12 de enero de 2025

Avioneta de guerra

—¡Marian! —grita de nuevo— ¡El libro de poemas que te escribí! ¿Dónde lo pusiste? ¡Recuerda! —revuelve frenético entre los cajones de su escritorio— ¡Por favor, Marian, recuerda…!

El incendio iniciado en la cocina, ya ha tomado el salón. Un sofá y la mesa del centro están en llamas. No hay tiempo. Hay que salir de inmediato.

Sin embargo, ella está paralizada, intentando recordar. Pero nada acude a su mente.

—¡Mi ordenador, Marian! —descubre ahora consternado— ¡En el ordenador tengo mis escritos! ¡Todo el trabajo de mi vida! ¡Todo lo que soy, está ahí, Marian! ¡Debes encontrarlo, sin ellos no soy nada! ¿Dónde lo pusiste? ¿Dónde? ¡Recuerda, rápido…!

Sigue clavada en mitad del salón. En un ademán crispado, se lleva las manos a la cabeza, se presiona las sienes, aprieta los dientes, como si con ello, pudiera alumbrar un recuerdo repentino que lo salvara todo de la quema… Siente un nudo en el pecho que le ahoga cualquier palabra, cualquier expresión liberadora…

—¡Los libros, Marian, los libros! ¡Ayúdame a coger los libros,…! —le escucha gritar ahora, y lo ve, en un último gesto desesperado, lanzarse hacia las estanterías donde permanecen aún intactos sus libros, su sustento vital. Atropelladamente, toma los que le quedan más a mano, los acopia en sus brazos, los oprime en su pecho, pero se trastabilla y caen al suelo. Marian no puede reaccionar. No puede moverse. Solo puede observar la irrealidad de la escena, impotente. Entonces, mira hacia los libros volcados y ve algo imposible, desconcertante: abiertos sin pudor muestran sus páginas, absolutamente vacías de caracteres… Él, que ha reparado en lo mismo, cruza de repente con Marian una mirada de incredulidad, después de monstruoso reproche —tanto que no parece suya — y le suelta:

—¿También tú, Marian, me haces como él? ¿También, has borrado las palabras que le daban sentido a mi vida? —y como si de repente se rompiera la relación causal de la escena, le grita fuera de sí, enfurecido— ¿Y ahora quién te llama, Marian? ¿Quién? ¿Otro?

Marian se despierta sobresaltada. La helada humedad de su propio pecho le golpea al destaparse. El móvil suena sobre la mesilla de noche. En la lámina luminosa de la pantalla aparece aún el nombre de él con el corazón que ella le adosara al inicio de su noviazgo.

—Dime…

Escucha mientras se reclina trabajosamente sobre el cabezal de la cama.

—¿No podrías traerlas tú? —pregunta. Siente pastosa la boca.

Se hace un silencio. Un tenue hilo de voz compungida no ceja en lo que parece una explicación tortuosa.

—No tengo ni ganas ni ánimo para entrar en tu casa, lo sabes. No estaba en mis planes… De acuerdo… Sí… Voy… —aparta el móvil y amusga la mirada sobre la pantalla—  Dame una hora, como mínimo. Pero quiero que mantengamos lo acordado. No pienso demorarme allí. Ya no hay nada más que hablar, Marcos —y cuelga.

* * * * *

Ella había vuelto a la casa familiar tras la ruptura. Estaría allí a cargo de su madre viuda y desmemoriada. Marcos en cambio se había quedado en el ático.

Ese día, él le dejó entornada la puerta de entrada, como solía hacerlo al principio de su noviazgo: le gustaba escuchar los sonido que se colaban y la anticipaban: el del elevador ascendiendo las seis plantas; el del taconeo calmo de sus pasos enfilando el pasillo comunitario; luego, ver asomar su cabeza por la apertura, bajo el umbral, como si pidiera permiso, como si se sintiera indiscreta; y verla al fin, ya de cuerpo entero, aderezada con sus fascinantes conjuntos pensados para él, luminosa en el centro del salón.

Pero aquel juego con la puerta no se correspondía esa vez con la ansiedad propia de su ilusión primeriza, sino más bien con la de una incertidumbre de quién se juega todo a la carta única de la posible y definitiva despedida. No se había preparado para el encuentro: su zozobra, su enajenación de sí le habían hecho desentenderse por completo de su higiene acostumbrada. Con el pelo desgreñado y graso, con un albornoz y unas pantuflas, rezumaba levemente el olor dulzón a sudor seco, de los días sin ducha, de los días de clausura, de los días en que cualquier iniciativa le suponía un esfuerzo aterrador. La escasa voluntad le daba apenas para la contemplación ciega de programas y series insulsos o para la masturbación compulsiva. Lo poco que comía lo resolvía por encargos a domicilio. Era invierno y estaba de vacaciones. La mera idea de la vuelta al trabajo en aquellas condiciones le sacudía el estómago, le quitaba el aire.

Deslizó torpemente la puerta de la terraza exterior en su riel. Una brisa fría entró y oreó el salón. El zumbido de los coches rodando abajo en la calle apagó el silencio que imponía el cristal insonorizado de la puerta. Una tumbona plegable acolchada y al lado una mesita de aluminio ocupaban el centro del ámbito, delimitado por un barandal de láminas de cristal —ella lo había elegido así en su día para que al salón llegara la luz natural—. Se tendió, cerró los ojos y se puso a esperar. Estaba muy ansioso.

Al cabo de unos minutos, la oyó trajinar en el interior. Él se incorporó en la hamaca y se sentó. Marian apareció de pie, bajo el vano. Se miraron, ella, expectante; él aturdido, sin de pronto, saber qué decir. Al fin, aventuró:

—¿Cómo viniste? ¿Te ha traído alguien? —el tono era desvaído.

—¿Cómo que si me ha traído alguien? ¡Nadie, Marcos! He venido en autobús. No se tardaba tanto como decías, desde la casa de mi madre hasta aquí en autobús.

—¿Y a ella?

—¿Qué sucede con ella?

—¿Con quién la has dejado?

—Con mi hermana. La llamé y me pudo hacer el favor ¿Pero que más te da? ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada… por nada… No pensé que para venir tuvieras que pedir un favor…

—Da igual ¿Dónde están el abrigo y los zapatos? Debo irme…

—Espera, ahora te los traigo… ¿Quieres un café? ¿Una infusión?

—No, Marcos. Ya te dije que no hay nada que…

—Marian, espera, por favor, escúchame un momento ¡Por favor te lo pido! Seré breve esta vez… Seré breve, te lo prometo,…

—No… Debo irme…

—Marian, tendremos el hijo, lo buscaremos, de verdad. Lo veo… ahora lo veo…

—¿Ahora? ¿Estás soñando? No, Marcos eso ya pasó, hace mucho que pasó… Tengo que centrarme en mi madre…

—Lo sé, Marian, lo sé… sé que debes cuidar de ella y que ahora es más difícil para los dos, pero voy a esforzarme…

—Las cosas están en el armario ¿no?

—¡Espera, Marian, déjame decirte…! Apartaré la novela, no habrá más espera. Me implicaré, Marian, te lo prometo. Seremos tú, yo, el niño. Nada más…

Marian negaba con la cabeza, con los ojos cerrados, como hastiada de sus palabras, de sus promesas.

—No, no… ¡no! Han sido años esperando. Tu vocación literaria te llama —y una fina sonrisa irónica acudió a sus labios—. Vas a ser un gran escritor, Marcos. No tienes porqué angustiarte más. Tienes todo el tiempo, toda la energía que necesitas para realizarte, para demostrarle a tu padre que no estabas equivocado en tu apuesta… Yo y mis cosas no seremos más tu obstáculo…

—Lo que piense mi padre me da igual, Marian…

—No, no te da igual. No te engañes. Tener un hijo y trabajar en la librería para mantenerlo está muy lejos de tu sueño de escritor… Necesitas tu espacio, tu tiempo, encontrarte… ¿no? Ahora es tu momento. Nunca lo tuviste más fácil… Es el momento de restregarle a tu padre la novela que nunca creyó que escribirías…

—Marian, por favor, créeme. Ya ese hombre no me importa…

—¿Ah no? ¿Y qué ha hecho que eso sea así? 

—Sentir que te pierdo definitivamente…

Marian le miró cómo quien mira una pared harto conocida. No había ilusión en ella; sólo cansancio, un viejo cansancio, pegajoso y gris.

—O eres ingenuo o me tomas por idiota —dijo arrastrando las palabras con la mirada apartada y como ausente—. Agotaste mis esperanzas, fui un pasatiempo alargado, un complemento fuera de tu vida ¿Y ahora que me tocó dedicarme a la mía, pero no para realizarme, sino porque debo cuidar de mi madre, me vienes con que busquemos un hijo para salvarlo todo? ¿De verdad crees que para eso se trae un hijo? ¿Eso es lo que vale para ti un hijo? Un hijo se siente, Marcos, se siente y nada más.

—Estoy preparado, es nuestro momento, no tires todo como si no fuera posible ahora…

—Claro, ahora soy yo la que hago fracasar las cosas —otra vez, adoptó una mueca mordaz —. No te fue suficiente hacerme sentir culpable exigiéndome un tiempo prudente. Yo debía esperar mientras te recomponías de lo tuyo con tu padre. Debía esperar a que te fortalecieras… ¿Y mientras yo qué? Ahora como entonces, debo cargar con todo ¿Verdad?

—No, Marian, no siento así… —sus ojos contenían las lágrimas.

Ella lo contempló un instante. Su estado era deplorable. No quedaba rastro de aquella fuerza vital de antes, de su garra, de su impulso para domeñar su destino. Entonces confesó:

—Ya no te amo, Marcos. No hay nada en mí de lo que pueda tirar para recomponer lo que sentía. Nada. No es una parada en la que tomar aliento; no es una página en blanco en la que volver a empezar juntos, como siempre has dicho, sino una que he de reescribir sola durante mucho tiempo. No insistas, Marcos. Se acabó.

Él se levantó entonces de la tumbona, con el semblante desfigurado por el dolor. Con los labios labios fruncidos, contenía las lágrimas y respiraba con dificultad en lo que parecía el borde de una explosión de ansiedad. Estuvo así unos segundos hasta que pudo hablar: 

—¡No soy nadie sin ti, mi amor! —la voz se volvió de repente extrañamente solemne, entera, como si le hubiera sobrevenido un alivio íntimo, un convencimiento soterrado; lo que iba ahora a decir parecía ensayado— Recuerdo mi libreta de Dibujo Artístico en la escuela. Estaba rallada, garabateada, sin la precisión que exigían las pautas del profesor. La libreta se parecía a mi destino. Cada dibujo era un intento frustrado de juntar trazos que pretendían cumplir las pautas, a la vez que las escamoteaban. Ningún dibujo era enteramente mío y por eso, no entregaba el interés que podía hacer de mí el alumno ejemplar esperado por mis mayores. Me acostumbré a mentir, a complacer, a estar, sin saberlo, frustrado. Siempre me vi eligiendo entre la obediencia o la rebeldía absolutas; y por ello, nunca tuve la paz. Tal vez, yo sea un hombre de extremos, de excesos, fabricado por la intransigencia de mi padre. Y sé que eso te alcanzó, Marian, te dañó. Aquella libreta de dibujos retorcidos no me representaba. Y en tanto no me representaba era como si valiera para mí, lo mismo que una libreta en blanco. Así ha acontecido mi vida. Así, hasta que tú llegaste, amor. Pero ahora…

Marian sintió en su pecho una punzada al escucharle. Sabía que él perseguía la identidad perdida, mancillada, arrebatada; pero, a la vez sentía que no podía cargar con el peso de aquella búsqueda intransferible suya. No podía hacerlo porque entonces su identidad sería la que estaría en juego, la que correría el riesgo de —con los años— quedar totalmente devastada.

Entonces le escuchó de nuevo:

—Sólo un dibujo sobrevivió, Marian, a esa amputación que me requerían ¡Sólo uno! Estaba al final de la libreta escondido y rebelde. Lo dibujé sin que nadie me apremiara, sin que nadie me indujera, sin que nadie lo pautara. Era el único de toda la libreta que tenía los trazos, los contornos, los colores, las proporciones, queridos y precisos para mí. En él, me había dibujado a mí mismo, pilotando una antigua avioneta de guerra, de color gris y con una hélice roja; una avioneta que sobrevolaba un campo verde, salpicado de árboles y casas con techos a dos aguas, y en el que serpenteaba un río con peces naranjas; y por encima de mi, brillaba el sol en un cielo azul claro por el que se deslizaba una sola nube que parecía a rebufo de mi cola y pájaros dibujados de manera simple con dos arcos yuxtapuestos; y yo iba inmenso y sonriente en la cabina abierta de la avioneta con una bufanda rosa que se aireaba… Era mi dibujo, Marian, era mi único dibujo…

Y mientras repetía estas últimas palabras en una letanía opacada, se fue desanudando el lazo que contenía el albornoz. Marian se estremeció de horror al verle desnudo bajo la prenda desceñida. Entonces, con inusitado boato se desprendió por entero de ella, se encaramó al barandal e irguiéndose en una cruz perfecta se arrojó al vacío.

David Galán Parro

18 de enero de 2025

«Ver más vidrio» (*)

a Óscar

Yo tenía por entonces quince años y me disponía a cursar el segundo grado de secundaria en un instituto público comarcal. Al centro, llegaban alumnos de todas partes del municipio, de distintos pueblos cercanos, de manera que los grupos de estudiantes eran variopintos y de procedencia fácilmente reconocible. Eran años en los que la idiosincracia de los pueblos aislados, se dejaba entrever graciosamente en el modo de hablar y el carácter particular de cada cual.

En el aula me ponía en los puestos del fondo. Por esa parte se colocaban los gamberros haciendo de las suyas y los inadaptados evadiendo las explicaciones cada vez más difíciles. Los aventajados en cambio se ponían delante, más solícitos, garantizando las respuestas correctas a los profesores. Éramos unos treinta. Yo, aunque figuraba entre los inadaptados, no tenía un encaje claro en aquella categoría.

Atrás se sentaba Óscar, por el lado opuesto al mío, hacia las ventanas. Los pupitres se adosaban y te podía tocar cualquiera en el contiguo. Era una lotería. Por la razón que fuera, ni a Óscar ni a mí nos acompañaría nadie durante el curso, y sin embargo, no quisimos evitar ese hecho, poniéndonos juntos. Nos sabíamos mutuamente solitarios y presumíamos en el acercamiento mutuo una humillación. La huida de la soledad no podía ser el motivo de nuestro posible vínculo.

Óscar era uno de los repetidores. Espigado, huesudo, de tez morena y con un pelo lacio grasiento, caminaba con orgullosa desgana. Llevaba camisetas negras estampadas con vinilos de bandas heavy metal y tenía fama de tipo huraño y rebelde. Como yo, venía del pueblo de abajo, de la playa, y había estudiado la primaria en mi mismo colegio. Los pocos amigos que hizo en esa etapa se le apartaban pronto sin dar mucha explicación. Tampoco se le conocía novia alguna. Simplemente tenía un halo odioso para la mayoría. De vuelta del colegio, me lo solía encontrar apostado en la entrada de los recreativos, fumando, sospechosamente desocupado y sombrío. Lo saludaba cordial, más por miedo que por afecto. Yo tenía mi pandilla y no me planteaba trato alguno con él.

Una vez, me enteré que de niño había participado en el asalto nocturno al colegio con otros más que, disfrazados de mercenarios y con pasamontañas, habían puesto todo el mobiliario patas arriba. Nadie lo delató a la policía, ni siquiera Carmelo el Pícaro al que habían cogido por último, oculto dentro de uno de los bidones de la azotea, y que había largado todo. Eso me lleva ahora a pensar que pese a su fama, Óscar tenía que ser respetado por los que le rechazaban.

El segundo grado iba a ser un curso difícil para mí. Por cuestiones familiares, estaba inestable y los estudios comenzaron a resultarme un suplicio. Al principio, me esforcé en entender, pero como todo se me hizo cuesta arriba, un amargo sentimiento de frustración depuso pronto mi atención. Ante el mismo problema, Óscar fue más contundente, más pragmático: directamente se saltaba las clases. Se presentaba en la primera hora y luego desaparecía. Por lo que supe después, se iba por los alrededores del centro, solo, a fumar y dejar pasar las horas muertas. Sus ausencias preservaron nuestra antigua falta de comunicación en el pueblo, nuestra cordial distancia. Sin embargo poco a poco, en la contienda esquiva que nos teníamos, un mutuo afecto soterrado, una complicidad de marginados —de marginado veterano a novato y viceversa— fue creciendo hasta consolidarse. Creo que en esa época dejé atrás algo de mi inocencia de colegial.

Habíamos hecho de una canción de entonces, la sintonía de nuestra complicidad. La letra narraba la azarosa vida de un gitano, un tal Manuel Sánchez Sánchez, que de niño era un rapaz y de adulto, un delincuente de poca monta, inofensivo y alegre. Nos divertía cantarla en íntima consonancia, a espaldas del entendimiento de los demás, y en alusión a cierto malvivir que nos pronosticábamos inevitable de seguir sumidos en aquella desnortada situación.  Fue la primera vez que experimenté lo que era vivir resignado.

Los años me han hecho comprender que lo mío era un bache pasajero; lo de Óscar, otra cosa.

Un día, no sé si por navidad o fin de curso, los compañeros animados por el tutor acordaron regalarse mutuamente, en pareja. «El amigo invisible», se llamaba el juego. Por sorteo te tocaba alguien a quien tenías que regalar y para el cual permanecías en el anonimato. Yo tuve que regalarle a Marian, una de las chicas más estudiosas y a quién yo tenía endiosada —una camisa creo que le regalé—. A Óscar alguien le dio un feo llavero usado, una baratija, que tiró inmediatamente a la papelera delante de todos. Fue un momento incómodo. A mí me tocó un libro de cuentos poco voluminoso. No me entusiasmó. Una dedicatoria anónima en la solapa trasera, rezaba así: «¡Qué dedicatoria, ni qué coño! Si quieres que te digan cosas bonitas, que te las diga tu mamá ¡Que te den, Sánchez Sánchez» Me salió la risa tonta. Marian se me acercó y me dijo que un libro siempre era un buen regalo. Yo sentí, pese a mi admiración hacia ella, que decía una solemne frivolidad. A los pocos días, agarré el libro y comencé su lectura. No acabé ni el primer cuento. Me exasperaba el estilo del autor. No entendía a cuenta de qué se demoraba en una precisión descriptiva de los gestos mas insignificantes de los personajes; a cuenta de qué, en unos diálogos insulsos, aburridísimos, cotidianos; no entendía a cuenta de qué ese no pasar nada en aquella nada que en nada me incumbía. Lo crucifiqué y lo abandoné a la suerte del polvo de la biblioteca de mi padre.

Al año siguiente, yo había pasado al tercer grado. Las clases particulares que habían oscurecido mis vacaciones de verano, habían dado también en salvarme. Óscar, en cambio, había vuelto a repetir. O se había marchado, no recuerdo bien; el caso es que ya no andábamos cerca el uno del otro. Yo no esperaba una amistad de él y creo que él tampoco de mí. Éramos dos redomados indolentes para estas cosas. En verdad, ni siquiera echaba en falta nuestra complicidad de perdedores. En verdad nadie esperaba nada de él. Es lo que creo a día de hoy.

En el transcurso de ese u otro año —en esto se vuelve difuso todo— un amigo del pueblo me refirió la noticia que se propalaba de boca en boca: Óscar, el hijo del dueño del restaurante Las Salinas, se había suicidado. Su única hermana y su madre, lo habían encontrado ahorcado del gancho de la lámpara de techo de su dormitorio. Recuerdo, que la noticia no me impactó entonces. No le quise mentar a mi amigo mi relación con el suicida. Por una extraña huída de la memoria, no me vino a la mente ni siquiera el libro que años antes me había regalado. Simplemente me quedé frío. Estaba en otras cosas.

* * * * *

Han pasado treinta años y sí, he estado en otras cosas, hasta la mañana de hoy en que consigno estas palabras.

Acabo de terminar de leer una novela de largo aliento, de las que llaman novelas de aprendizaje. Salgo impactado del desarrollo psicológico de la protagonista, de su viaje de autorrealización, de su búsqueda de sí misma; salgo impactado porque presiento en su dechado lo que me fue sustraído de mi crecimiento personal en una época en que me extravié entregado a la voluntad de otros, entregado a una vida profesional alejada del despliegue intrínseco de mis necesidades y facultades primigenias. Quiero ser yo, reafirmarme y voy a contrarreloj. Siento que no hay otra opción posible o realista que la de ser esto que hago mas mal que bien, escribir. Dos años atrás constituyen mi calamitosa pista de despegue en este incierto vuelo que inicio. Las conexiones conmigo mismo, entre el que soy y el que fui, se están gestando ahora, a destiempo, azarosas, como pura magia, liberadas al fin de aquellas influencias que las impedían. En la oscura sala de la desmemoria, recordar se me presenta como un fenómeno que ilumina a fogonazos un cuadro entero, una lejana perspectiva de mi vida.  Voy cerrando círculos vitales de forma desaforada, atropelladamente. Este va a ser uno de esos círculos. No estoy preparado… No estoy preparado…

Agarro de nuevo aquel viejo libro de solapas cercanas, más para recomponerme de la novela que me ha confrontado conmigo mismo que por un especial interés. También sé que en general, en los relatos me encuentro próximo a mi pulsión vital, a mi irregular naturaleza, a mi dispersión incorregible. En esta elección ha querido mediar un triste azar. Pero aún no lo sé. En la solapa, releo la dedicatoria. La descubro esta vez falsamente desapegada, como renegando de un sentimiento de afecto espontáneo o de un reclamo urgente que quiere ser mitigado en vano. La impostura de Óscar, su aparente dureza, para rehuir la humillación. De un tirón, sin tomar aliento, el primer cuento que antaño había comenzado sin terminar se va desplegando ante mí. Avanzo en él, mientras presiento un desenlace: Una joven mujer en una habitación de hotel. Una madre aterrorizada al teléfono que le habla: «¿Estas bien, Muriel?» resuena una y otra vez deseperada «¿No trató de hacer el tonto con los árboles…? (mientras conducía)» Y Muriel deseando reencontrarse idealmente con su joven prometido atormentado, un veterano traumatizado por el horror inenarrable de la guerra, que en ese momento apura su última conversación en una playa cercana al hotel, en compañía de la comprensión infantil en la que se refugia; en compañía del acendrado enamoramiento de Sybil Carpenter. El joven regresa al hotel. Un presentimiento oscuro se va acercando mientras remato la lectura de ese primer cuento; un círculo se va cerrando, como ya dije, terrible e inexorable, iniciado por el azar de ese juego de clase, en que el anonimato era el estímulo, la baza lúdica, pero que escondía otro juego más brutal, más aterrador, el de las identidades atormentadas que envían desesperadas señales que nadie descifra, últimos gritos de auxilio que nadie escucha… Lo estoy viendo venir, es imparable. Ese final del cuento es al mismo tiempo, el atroz desenlace de mi cándida historia con Óscar, la definitiva explicación de todo, mi descubrimiento doloroso como la luz de un sol único, íntimo e intransferible, que solo a mi me arrasa los ojos…

«(Óscar) Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se descerrajó un tiro en la sien derecha.» (**)

Luego de hacer esto, Oscar me regaló el libro con la dedicatoria. 

¡Qué lejos y cerca a la vez podemos estar del devenir secreto de la vida!

David Galán Parro

3 de enero de 2025


(*) El título hace referencia al personaje suicida, Seymour Glass, del cuento de J.D. Salinger perteneciente a su libro, Nueve cuentos. Como se hace referencia en la nota primera de la traducción del libro a cargo de Elena Rius, en la edición de 1990 de la editorial Alianza, el nombre Seymour Glass es igualado fonéticamente a la expresión inglesa see more glass. Esta equiparación la hace en la narración el personaje infantil de Sybil Carpenter y representa el trato cariñoso que la niña le profesaba a Glass.

(**) Extracto literal del final del cuento «Un día perfecto para el pez plátano». La variante estriba simplemente en colocar como agente activo de la acción final al personaje Óscar, en vez de al personaje  Seymour Glass.

Así lo entiendo yo (2)

No soy una persona que eche de menos especialmente a nadie que haya sido o sea mi amigo. Me dejo en esto llevar. Antes esta suerte de laxitud, de adormecimiento pasional se me antojaba una perversión, una atrofia, algo que vivía con culpa, y a la que no le faltaron los que, llamándose amigos, me la hicieron sentir como lo más detestable, traicionero, o monstruoso de mi naturaleza. A día de hoy, camino bastante más liberado respecto de esos limitados juicios de valor acerca de mi persona que tanto me torturaron. Ahora me veo y me acepto con una comprensión que jamás pensé que me aplicaría a mí mismo. Voy pletórico como un griego antiguo con una copa de vino en un banquete.

No hay nada más liberador que no sentirse en deuda con ningún sentimiento de otro hacia ti. El que sabe ser amigo entiende esto a la perfección, de manera que su vanidad, su pretenciosidad jamás te reclamará esto, y esto no será óbice para su justa entrega a ti. Él sabe qué puede y debe tomar de ti, y tú sabes qué puedes y debes tomar. Y lo que tomas de él va maridado con el resultado de lo que le das. No hay reproches, no hay traiciones. Hay unánime reciprocidad y comprensión. Todo aquel que espere de la amistad algo fuera de estos marcos, se frustrará irremediablemente.

El sentimiento de traición que uno siente en la amistad es un sentimiento culpabilizador que busca la causa del malestar fuera de uno, en el otro. Un malestar que no es más que una proyección de un ego vanidoso que no acepta el desajuste entre lo que esperabas del otro —cosa que pone uno— y lo que él otro te puede o quiere entregar.

Por suerte, como yo soy de esos que voy por la vida sin pretensión sentimental sobre otros, la pretensión ajena sobre mis sentimientos me resulta la cosa más molesto y estúpida del mundo.

David Galán Parro

26 de diciembre de 2024

Así lo entiendo yo (1)

Una de las cosas que voy a proponerme entregar a mis alumnos —y lo haré a partir de ahora con todas mis fuerzas— es enseñarles a saber hacer amigos.

Saber hacer amigos es uno de los fundamentos de una vida feliz. Les diré que no es fácil, «porque para hacer un amigo debes contar con el otro; el otro debe estar preparado casi casi igual que tú —les diré—. Algunas de las personas de las que intentarás ser amigo no sabrán hacerlo igual que tú, porque en la vida nadie les enseñó» O al revés: «Aprende del amigo cuando te enseñe a su manera este noble arte»

Aún no sé cómo articular conceptualmente este conocimiento pero algo sé: el que hace amigos se vuelve fuerte, más completo, porque fortalece el lado humano más genuino: el lado social. Y como no hay nada dentro de la conciencia del hombre que no provenga de fuera, eso haré: enriquecer a mis alumnos con lo mas valioso que proviene de fuera de la conciencia que es educar en la interacción social. Y voy a quebrar, a destruir el individualismo y la soberbia de mis alumnos, que no su individualidad.

Pero para eso, no debo distraerme yo: ¿Soy yo un hombre que pone en primer plano el lado social en su vida? ¿Soy un buen amigo para otros? ¿Soy capaz de crear, mantener y profundizar relaciones personales? ¿Soy capaz en esas relaciones de no extraviarme o no extraviar a otro en su camino?

Nada puedo entregar que no tenga.

David Galán Parro

26 de diciembre de 2024

Blanco y Negro

Era un perro abandonado al que por su pelaje los vecinos de la barriada llamaban cariñosamente Blanco

Vagaba suelto y libre y los muchachos más baqueteados de la calle le habían tomado simpatía por su talante orgulloso parecido al de un gato.

Nadie sabía que aquel carácter le había sido dado en su antigua vida hogareña, por medio de un duro entrenamiento con el que sus dueños pretendían convertirlo en un prometedor perro de acrobacias. Mientras la dicha de su buena crianza duró, Blanco se sintió amado. Pero todo iba a truncarse. Un día, desmedrados por la lenta ruina de sus muchos negocios, los dueños se vieron obligados a abandonarlo. Y así, desolado y triste, Blanco fue a parar al barrio. Pese a todo, supo sobrevivir a la dureza de la calle.

Una mañana, dos maleantes se cruzaron con él y, tras un violento forcejeo, lo inmovilizaron y lo adormecieron. 

* * * * *

Al despertar se encontró en el habitáculo de carga de una furgoneta. Otro perro de tamaño similar y de pelaje negro, iba a su lado. Éste le habló en tono amistoso:

— No temas. Tendrás alimento y hogar.

Pero Blanco no quería saber qué le deparaba la palabra «hogar». Estaba aterrorizado.

Al cabo de unas horas, la furgoneta se detuvo y las puertas se abrieron. El perro negro saltó de ella como familiarizado con el lugar. Blanco vio entonces a los captores esperando, un cercado en mitad de un descampado, y no muy lejos, un enorme cobertizo desde el que se oía el alboroto de gallinas, vacas y ovejas, cada cual a su manera. 

De allí, se aproximaba lentamente un viejo. Vestía un sombrero de ala ancha y un peto mugriento. En sus labios secos desfallecía prendido un cigarro y en su mano llevaba una vara de hierro.

—Patrón, aquí le traemos al nuevo. Parece una buena pieza —le dijo condescendiente uno de los hombres. 

El viejo no dijo nada; amusgó la mirada hacia el interior de la furgoneta para valorar a Blanco, y empuñando la vara, ordenó que lo sacaran. Afuera, empezó a pegarle como orientándolo hacia donde se hallaba el cobertizo; el perro negro que estaba a su lado también recibió hierro.

—Vamos, no te resistas —le dijo a Blanco—. Llevo meses aquí. Me ayudarás a vigilar el cobertizo y a alertar de la presencia de los ladrones, especialmente durante la noche. Yo te enseñaré a hacerlo. Aprenderás rápido.

Blanco no entendía porqué lo trataban así; tampoco la actitud sumisa de su nuevo compañero.

* * * * *

En el primer año, el trabajo fue fácil para Blanco porque Negro —así llamaba Blanco a su compañero— y él se turnaban para hacer las rondas nocturnas en torno al cobertizo y porque los intentos de robo que pudieron evitar fueron pocos y mal planificados. Bastaban dos o tres ladridos para ahuyentar a los intrusos.

Transcurrió así una época en la que ambos perros se hicieron amigos, y en la que se sentían cómodamente felices. Las conversaciones íntimas surgieron entre ellos, especialmente cuando Blanco añoraba su vida pasada en el barrio y le contaba al amigo.

—¿Por qué la echas de menos? —decía Negro—. Pasabas hambre, holgazaneabas sin dedicación alguna, eras indisciplinado y sin horario, andabas entre raterillos y gente de mala vida. Aquí estás bien: tienes sustento propio, algo en lo que ocuparte, compañeros y compañeras que se dedican a producir en la granja y para los que su vida tiene un fin. Deberías sentirte agradecido por pertenecer a esta comunidad de animales en la que te has vuelto útil.

—Sí, pero era libre y nadie me decía lo que debía hacer. Siempre hacía lo que yo sentía que necesitaba. Sentía una continua llamada dentro de mí, ¿No has sentido tú nunca esa llamada?

Negro quedaba pensativo rebuscando en su interior razones convincentes. Aquella llamada la sentía lejana, como un goteo perdido en el fondo de un pozo muy profundo. Un sonido del que, por su vaguedad, siempre había descreído y al que le había antepuesto razones lógicamente construidas.

—¿Has conocido el mundo más allá de la alambrada? ¿Has tomado alguna vez una decisión realmente arriesgada, sin entregarte a razones? ¿Has hecho lo que te gritaba el corazón por encima de todo el ruido que había fuera de ti? Y sobre todo —concluía Blanco— ¿Has tenido algo que sabías realmente tuyo? —y se acordaba con dolor de su frustrado destino de acróbata.

* * * * * 

Al año siguiente vino la crisis y las cosas cambiaron. Los robos se hicieron más frecuentes. Ahora el trabajo para Blanco y Negro no sólo era más arduo y agotador en las noches —dejaron de turnarse—, sino que alcanzaba otras horas del día. Los humanos padecían hambre y en su desesperación utilizaban métodos de robo más planificados, que incluían la carne o el agua envenenada, para deshacerse de los dos perros y poder entrar.

Gallinas, ovejas, cerdos y vacas fueron desapareciendo a golpe de noche y a la par que la granja era esquilmada, el trabajo de vigilancia de ambos amigos quedaba en entre dicho. No se les perdonaba la falta de resultados pese a las dificultades a las que estaban expuestos. Según el patrón, no había otros responsables de la situación que no fueran sus dos perros guardianes. Se habían acomodado y se habían vuelto negligentes. Y aquella negligencia le había acarreado serias pérdidas económicas. El viejo optó entonces por reclutar a una cuadrilla de perros más jóvenes, más ágiles, más avezados.

Blanco los vio salir de la misma furgoneta que le trajera dos años atrás. Eran cuatro o cinco. Los nuevos aprendían con rapidez y vigilaban sin las distracciones propias del cansancio, sin la merma de su cometido solícito. La diferencia de resultados se hizo pronto evidente a su favor y pronto los dos compañeros veteranos parecían viejos desplazados sin futuro. Negro se negó a aceptar la nueva situación que a ojos del patrón le ponía en desventaja. Blanco, en cambio, no se sintió mortificado por ella. Surgió la discrepancia entre ambos, luego la distancia. El primero para sobrevivir, buscó congraciarse con los nuevos pese a que aguantaba todo tipo de desprecios y burlas; el segundo resistía al margen, en solitario, con su firme orgullo. Finalmente, los nuevos integraron al veterano indigno. «Por lástima» se decía Blanco. Entonces, comprendió que debía estar atento al momento que le brindara la posibilidad de la fuga.

* * * * *

Una alambrada de mas de dos metros de alto cercaba la finca por lo que Blanco descontaba la fuga saltándola. Tampoco podía enfrentarse a los hombres. El viejo y sus dos ayudantes tenían armas de fuego peligrosas y no solían errar al disparar con ellas. Blanco daba fe de ello, había visto su certera puntería en los lances de tiro en los que incluso a veces, andaban ebrios y alborotados. Tampoco podía contar con los otros perros para organizar la fuga: eran sumisos, fieles cobardes, fáciles delatores. Tenía en consecuencia que planear una situación que le incumbiera solo a él.

Entonces un suceso acaecido días atrás vino a inspirarle el plan. 

Uno de los nuevos, el más activo y rudo, se había despertado una mañana sintiendo una inusual fatiga. Los compañeros al verlo hicieron broma. Sobre el mediodía, cuando entrenaban con sus habituales carreras y saltos, vieron que no sólo no corría sino que caminaba sin dirección cierta, como ausente. La broma pasó a preocupación. A primera hora de la tarde, lo vieron desplomarse. Yacía de lado con la lengua babosa estúpidamente volcada sobre el polvo y con un jadeo que hinchaba acompasado su flanco visible. Pensaron como causa en el sofocante calor de la tarde, pero sin dejar de considerar que todos estaban sometidos igualmente a la misma inclemencia. La preocupación aumentó e hizo barruntar otra causa en el hecho.
Nadie quería nombrarla por no socavar el entusiasmo de equipo, por no atraer el pánico que ya asomaba. Entonces los dos hombres arramblaron con el perro enfermo hacia el cobertizo, ejecutando la tarea con fastidio —habrían recibido la previa reprimenda del patrón— y lo abandonaron en el pajar. Ya cerca de la noche y tras unas espantosas convulsiones, el infeliz murió. Uno que lo vio agonizar dijo que se le habían quedado unos ojos hermosos, como hechos de cristal. Los dos hombres cogieron entonces el cuerpo exangüe, lo metieron en una bolsa de plástico negra como si fuera basura y salieron de la finca con las palas. Negro y los nuevos quedaron horrorizados con la escena. Parecía premonitoria.

El envenenamiento no sólo trajo el pánico, también la flaqueza de la entrega expedita a la causa, de las convicciones, del envalentonamiento. Los ladrones se erigieron en el imaginario perruno como demonios  despiadados y brutales.    

Blanco contemplaba todo, desde su sima de silencio calculado. Era el momento que esperaba. Se dio primero un tiempo prudente para no levantar sospechas y luego, en una de las mañana dio inicio a su fingimiento ayudado por la repulsión que le dejara el festín que durante la víspera se había procurado hozando como cerdo en el estiércol.

Los síntomas parecieron espantosamente iguales y las soluciones tomadas con él, también. Los dos hombres ejecutaron con el mismo fastidio sus labores mortuorias. Blanco fue sacado de la finca en la misma bolsa de plástico negra, mientras hacía dentro su pantomima de muñeco desarticulado, descoyuntado, dejándose tropezar en la tierra por el descuido de las manos que tironeaban de la bolsa arrastrada. Al cabo de unos minutos, los hombres se detuvieron en mitad de un llano, despoblado de peñas —más apto para la tarea— y empezaron a cavar la fosa improvisada que acogería el cadáver. Luego se deshicieron de las palas, extrajeron a Blanco de la bolsa y lo arrojaron al hoyo. Fue entonces, aprovechando el impasse en que los hombres se disponían a tomar de nuevo las palas, cuando Blanco dio un respingo, se incorporó y, encaramándose al borde de la fosa, corrió con todas las fuerzas que le daban sus renovadas ansias de vida. Sus enterradores quedaron paralizados, desconcertados, desprovistos de la ilación lógica para una respuesta inmediata a lo que veían, para un natural impulso de ir en pos de aquella cosa inerte repentinamente galvanizada por la magia y la esperanza. El patrón no debe saber nada, secreteaba unánime en ellos la prudencia, el miedo.

* * * * *

Días más tarde, la furgoneta transportaba una nueva camada de perros apresados. Negro iba dentro, vigilante, oficioso. Miraba a través de las lunetas traseras de la furgoneta cómo se alejaba la carretera de la que acababan de desviarse para enfilar la ruta de tierra que atravesaba el descampado. De repente lo vio: un destello blanco, un fogonazo de nieve, saliendo tras unos arbustos y saltando entre las peñas afiladas. Luego se dirigió en un trote libre hacia la carretera que llevaba a la ciudad.  En aquella blancura imprecisa hubiera querido ver otra cosa, algo de trasmundo, un espíritu derrotado, definitivamente borrado de su posibilidad de existencia material.

Pero no. Negro sabía bien quién era y qué simbolizaba allí apareciendo fugazmente: era el infame recordatorio en adelante, el escarnio perpetuo del destino por él elegido. Se reconcomía y su odio al que fuera el amigo se le iba amasando lentamente por dentro, mientras el traqueteo de la furgoneta lo retornaba una vez más a la finca.

David Galán Parro

18 de diciembre de 2024