
Está en el patio sola. Apenas tiene ocho años. Hoy es uno de esos días en que ha decidido no tratar con el resto de niños. Yo vigilo el júbilo desarretado de ellos. Hay algo en mi cometido que me deja un resabio gris, que me aleja de mí mismo, que me envilece, que me vulgariza. Me imagino apostado en la torre de control de un presidio. No me salva el amago de comentario animoso que cruzo con el compañero de turno. Estoy atrapado, aquí, bajo un sol ardiente de finales de mayo, en un patio de escuela donde estoy viendo como se cuece lentamente el entusiasmo pujante que nos relegará y tomará el poder…
Vuelvo a mirarla y trato de explicarme su elegido retiro. Me parece un íntimo desprecio, pero sé que no lo es. Es el sustrato que necesita oírse a sí mismo alejado de interferencias para encontrarse. Tan pequeña aún y tan poderosamente decidida. Envidio sutilmente ese estadio interior que como a ella me fue dado al principio para apurarlo y fortalecerme. Yo lo desaproveché y crecí aterrorizado por la inminencia de cualquier toma de decisión.
La llamo y se me acerca envuelta en su halo flemático. Se coloca delante de mí. Voy a huir un instante. Quiero que ella lo presencie: «Hundo una varilla con aro en jabón líquido, soplo y va naciendo una pompa de jabón. Crece y crece entre tú y yo mientras soplo. Entonces la pompa se hace tan grande que quedas dentro de ella atrapada, pero no te importa. Luego la pompa empieza a elevarse contigo dentro. El viento la empuja haciéndola volar cada vez más alto. Desde ella, ves alejarse el patio, el colegio, las casas de tu barrio, las playas próximas donde alguna vez te bañaste. Ves la isla en que naciste reducida por la lejanía y luego solo mar y mar y mar. Sigues subiendo y el cielo es cada vez más sombrío. Llegas a la última capa de la atmósfera y entras en el oscuro espacio sideral rumbo a la Luna. La pompa de jabón y tú dentro ya están cerca de su superficie gris. Ahora casi la tocan. Es el momento: pincha la burbuja y salta. Te sentirás flotar sin peso mientras caminas por el suelo lunar. La fuerza de la gravedad es tan débil que seguro que podrás avanzar dando volteretas o haciendo el pino sin mucho esfuerzo. Por allí, encontrarás a unos astronautas chinos. Serán los primeros seres humanos en ocupar la luna. No desconfíes de ellos. Son gente muy trabajadora y van a lo suyo. No molestan a nadie. En eso se parecen a ti. Podrás hacer todo lo que te propongas en la Luna. Puedes pedirles a ellos semillas para plantar aquellas verduras y frutas que quieras comer. Como te gustan los gatos, puedes estudiar y especializarte en curar a los gatos chinos o montar una escuela para educarlos y hacerlos mas inteligentes —también los animales tienen derecho a adquirir más inteligencia—. Así te dedicarás a lo que te gusta, allí, tranquila. Tu familia puede ir a visitarte de vez en cuando. Para entonces los viajes espaciales a la luna serán mas baratos. Disfrutarán de las espectaculares vistas de la Tierra cuando vayan a verte. Pero ojo, no dejes que tus padres te lleven comida hecha ni ropa lavada. No los mal acostumbres. Te has independizado en la Luna y eso significa que tienes que sobrevivir por ti misma lejos de casa haciéndotelo todo. Sólo así llegará alguien y se enamorará de ti y querrá estar siempre contigo. Puede que sea un ser humano, un extraterrestre o un robot, nunca se sabe, la vida da muchas vueltas…»
Nos miramos con alegre complicidad. Sonríe y yo me pregunto vanidosamente: ¿Qué seré en su recuerdo cuando sea la mujer fuerte que le he anticipado con mi historia?
David Galán Parro
19 de junio de 2025





