VOX: explicar, justificar y consentir

Veo un corte de video sobre la violencia que se ha desatado en Torre Pacheco contra la población magrebí tras la brutal paliza que un grupo de jóvenes de esta nacionalidad ha propinado a un hombre de sesenta y ocho años. En el video un vecino sale de su casa con un bate de béisbol en actitud amenazante dispuesto a encarar a los inmigrantes magrebíes. Es por la noche y la calle está despejada de gente con lo cual se deduce que el vecino está alejado del tumulto. Dos policías lo interceptan y le quitan el «arma», el bate de béisbol. Otro hombre lo tranquiliza y lo hace regresar a casa.

Supongamos que el hombre consigue llegar al tumulto y comete el delito de agredir a algún magrebí ¿Se puede explicar su comportamiento? Sí, aunque no es el asunto ahora ¿Se puede justificar su comportamiento? No ¿Se puede consentir su comportamiento? No

Su comportamiento se puede explicar atendiendo a las múltiples causas que lo llevan a emplear la violencia.

Su comportamiento no se puede justificar, porque nada lo exonera de la responsabilidad individual del daño que ocasione; y gracias a que estamos en un Estado de derecho esta falta de exoneración tiene forma legal en el delito.

Y su comportamiento no puede ser consentido pues aceptamos y defendemos la existencia y autoridad de un Estado de derecho y su función de velar por los derechos de la sociedad civil. Consentir, en este caso, implica aceptar  que como individuos de la sociedad civil estamos expuestos a la indefensión frente al que decida hacer justicia individual, esto es, frente al que decida actuar de forma fascista.

Pues bien: el partido español VOX todavía no ha condenado el hecho de que este comportamiento violento se haya convocado y organizado en hordas para agredir a la población magrebí por parte de grupos violentos de ultraderecha en redes de internet. Mientras no lo haga, el partido VOX institucionalmente está justificando un comportamiento de violencia civil fascista. Y esto es una gravísima irresponsabilidad desde lo institucional.

Últimas preguntas que hago: ¿Qué pensaríamos del policía que en dejadez de sus funciones hubiera consentido al vecino con el bate de béisbol marchar al corazón de la refriega a hacer justicia? ¿Cómo es que este policía actúa desde su posición institucional de base y el dirigente máximo del partido de VOX no lo hace cuando ni menciona ni condena explícitamente a los instigadores del desorden público que podía acarrear la paliza al anciano? ¿Cómo no lo hace teniendo una responsabilidad institucional mucho mayor y de más alcance que la del policía? 

David Galán Parro

15 de julio de 2025

Reflexión sobre El nuevo abogado de Kafka

«Tenemos un nuevo abogado, el doctor Bucéfalo. Poco hay en su aspecto que recuerde la época en que era el caballo de batalla de Alejandro de Macedonia. Sin embargo, quien está al tanto de esa circunstancia, algo nota. Y hace poco pude ver en la entrada a un simple ordenanza que lo contemplaba con admiración, con la mirada profesional del aficionado a las carreras de caballos, mientras el doctor Bucéfalo, alzando gallardamente los muslos y haciendo resonar el mármol con sus pasos, ascendía escalón por escalón la escalinata.

En general, la Magistratura aprueba la admisión de Bucéfalo. Con asombrosa perspicacia dicen que dada la organización actual de la sociedad, Bucéfalo se encuentra en una posición un tanto difícil y que en consecuencia y considerando además su importancia dentro de la historia universal, merece por lo menos ser recibido. Hoy –nadie podrá negarlo– no hay ningún Alejandro Magno. Hay muchos que saben matar, tampoco escasea la pericia necesaria para asesinar a un amigo de un lanzazo a través de la mesa del festín; y para muchos Macedonia es demasiado reducida y maldicen en consecuencia a Filipo, el padre; pero nadie, nadie puede abrirse paso hasta la India. Aún en sus días las puertas de la India estaban fuera de todo alcance, aunque su camino fue señalado por la espada del rey. Hoy dichas puertas están en otra parte, más lejos, más alto; nadie muestra el camino; muchos llevan espadas, pero sólo para blandirlas, y la mirada que las sigue sólo consigue confundirse.

Por eso, quizás, lo mejor sea hacer lo que Bucéfalo ha hecho, sumergirse en la lectura de libros de derecho. Libre, sin que los muslos del jinete opriman sus flancos, a la tranquila luz de la lámpara, lejos del estruendo de las batallas de Alejandro, lee y relee las páginas de nuestros antiguos textos.»

Mi pequeña reflexión:

En este breve relato, Kafka imagina una situación que en modo genérico puede enunciarse tal así: el sujeto separado de las circunstancias que dan sentido a su existencia deja de ser ese sujeto, de manera que es tal la pérdida de identidad que de esta operación se deriva que el mismo sujeto puede ser trasplantado violentamente de las circunstancias de origen a otras enteramente extrañas de las que se le arrancó. Se plantea a mi modo de ver que el sujeto alcanza a ser solo un conjunto de circunstancias. O lo que es lo mismo, el sujeto alcanza a ser su propia negación y pasa a ser una pura entelequia.

Esta fascinante premisa ontológica, esta operación abstracta a la que de fondo nos invita Kafka sin llevarla para desarrollo del cuento a su máximo extremo, es la fuente de su relato, es su esqueleto, su inédita necesidad y por ello, su inestimable valor literario.

David Galán Parro

12 de julio de 2025

Artículos de interés sobre el mismo cuento:

Franz Kafka y el nuevo abogado, análisis de la obra

Kafka y el caballo de Alejandro Magno

La desgarradura

El sol impenitente calcinaba el aire y reblandecía el alquitrán sobre el que, pesadamente, rodaban orillando los descampados. Bajo un capó deslucido por lamparones mate, el soniquete metálico de las entrañas del auto era el quejido asincrónico de las piezas apenas desbaratadas. Las ventanillas delanteras iban abiertas. El viento caracoleaba en el habitáculo.

—Cariño ¿De verdad que no había otra idea mejor? —-preguntó él, con las rodillas apretadas contra la guantera.

—No —contestó con aspereza. Obviamente no para ella, que conducía.

—Quiero decir ¿No hubiera sido una mejor idea contratar el servicio de transporte y montaje? Tan caro no era y los muebles estarían en pocos días en casa, ya preparados —insistió mientras sentía en el envés del respaldo la presión que el filo de una tabla le imprimía al asiento del copiloto donde estaba encajonado.

—¿Qué no era tan caro? Hablas cómo si te sobrara el dinero. No pareces preocupado.

—¿Y por qué habría de estarlo?

—¿Y por qué? ¿Acaso, Oscar, me puedes asegurar que cobrarás este mes?

—Por mis clases particulares, no lo sé; pero por el taller, sí.

Había sobrevivido en la plantilla de escritores mediocres contratados por la academia para impartir aquellos cursos en los que el alumnado entraba como diletante y como tal, salía. Todo era un negocio alejado de la pura e íntima necesidad de los pupilos; un negocio cada vez menos rentable en aquellos tiempos tan pragmáticos y críticos. Entre los ilusos principiantes había conocido a Raquel. Prometía. Tenía fuerza. Planificaba y elaboraba, aunque le perdía cierta rigidez discursiva. Él, de línea en línea, iba dejando entrever sus intenciones; primero, regalándole la exclusividad de sus más preciados secretos profesionales; luego, invitándola al café, al cine, a lo sesudo, sin menoscabo de placeres más fútiles y mundanos; finalmente, vendría el íntimo compromiso de noviazgo, sellado con el beso en los labios ya expectantes de la joven.

Pero aquella época amarilleaba ahora en su memoria.

—La academia no aguantará, Óscar. Lo sabes bien. No le doy más de tres meses de vida.

Sin embargo, era ella la que no había aguantado. Todo había quedado en un conato de pasión artística y su excepcional naturaleza creativa se uniformaba diluida en las sensatas obligaciones que imponían el comer y el advenimiento, infructuosamente buscado, de la prole. Su aprobado en las oposiciones a la administración pública había empalidecido además la ingenua chispa idealista que ardía en ella cuando la conoció. Más pálida si cabe por los viperinos comentarios de su madre, sobre las nulas perspectivas laborales del futuro yerno ocioso. En la penumbra, se persignaba secretamente la vieja rogando también por la nulidad de su leche machuna.

—Me parece una visión muy pesimista del futuro, la verdad.

—Realista, diría yo.

—Pues podías haber aplicado un poco de tu realismo a la hora de decidir llevar los muebles. Me estoy dejando las rodillas y el espinazo, querida.

Ella, enérgica, ladeó su cabeza y le lanzó una mirada abrasadora. Un pertubador bandazo respondió a la fuerza del gesto. Con las manos engarradas al volante, la joven convertía a la sumisa máquina en una endeble extensión de su cuerpo enervado. Durante la pausa que se produjo, ajeno a todo, el viento seguía racheando en el habitáculo, entretenido con los mechones de negro azabache que resbalaban por sus sienes crispadas. Estaba terriblemente hermosa.

—¿Me lo dices así, tan a la ligera? ¿A mí, que tengo que estar pensando en todos los asuntos domésticos que nos conciernen a los dos y de los que no te ocupas? —le recriminó con los ojos inyectados de odio. —Gracias a mi realismo resuelvo, Óscar.

—Bueno, eso no es exactamente así. No exageres. Me ocupo por mantener la limpieza en casa. Y me he esforzado mucho, bien lo sabes, por aportar espiritualmente a nuestra relación ¿Quién te sacó de tu total falta de realismo en tantos asuntos diarios? Ese realismo del que hablas, no salió de la nada. Su tiempo me llevó —y le hizo un gesto de reconfortante triunfo a modo de carantoña amorosa.

—¿Cómo puedes echarme en cara otra vez eso? No sé a cuento de qué viene ahora —dijo incrédula.

—Viene porque pareces olvidar lo que me costó que te deshicieras de tus rarezas

—¿Rarezas? ¿Y las vuelves a llamar así después de tanto tiempo?

—De acuerdo, corrijo: acciones individuales de lucha solidaria —apostilló resabido y burlón—. Acciones como subir por la escalera comunitaria del edificio con las luces apagadas; como conducir con las ventanillas cerradas y sin aire acondicionado pese al calor sofocante en el coche; como ducharte,  un día sí, y tres, no; como hablar por el móvil con el auricular a cuatro palmos de la cara por asunto de las radiaciones; como no comprar artículos de marca o de multinacionales,… Concesiones  que no le hacías al sistema contaminante, consumista, dominante, explotador,…

—¡Porque era el estilo de vida que había elegido para mí…! —soltó en un espumarajo de rabia contenida.

—Tú lo has dicho: que elegías para ti; pero no para mí, que convivía y convivo contigo. No me negarás que sufrí como un campeón por tus acciones solidarias. Aunque tu ocurrencia de hoy es un extra a destiempo, una leve involución que me parte el espinazo y que tomaré, para resignarme, como un benévolo déjà vu míoaguijoneó con sorna victimista.

—Eres cruel, muy cruel… Seguía mis creencias de entonces… ¡de entonces! 

—Sí, y menos mal que allá quedaron, si no a estas alturas tendría mis posaderas pegadas al pescante de un carro azuzando a una mula, durmiendo sobre una esterilla dentro de una cueva y frotando un palo para hacer el fuego de nuestro nido de amor…

Se hizo un tenso silencio, solo amortiguado por la carraspera prolongada del motor, milagrosamente vivo a pesar de sus años. Entonces, ella pulsó los interruptores de los elevalunas. Peligro. El viento quedó implorando ululante al otro lado de los vidrios mientras era rasgado.

—¿Por qué subes los cristales, cariño? No quiero asarme —protestó, aún mordaz.

—Como siempre, Óscar, te niegas a valorar mis cambios —comenzó en un susurro de odio creciente— Es lo que le interesa a tu miedo, a tu falta de iniciativa en todo, a tu amargura. Prefieres recordar mi pasado y juzgarme para ponerme a tu nivel. Y quieres con ello también adueñarte de mis esfuerzos y mis conquistas presentes, hacerme sentir en una deuda perpetua contigo, para tenerme picoteando de la palma de tu mano. Intentas hacerme sentir como una estúpida. Siempre lo haces. ¡Eres muy despreciable!

Era obvio que, desde hacía ya mucho tiempo ella orbitaba alejada de él, en torno a algo duro, amasado y compactado por el sentimiento de abandono a través de los años. Algo que se le mostraba ininteligible e inquietante toda vez que ella lo invocaba con sus ásperas palabras. La inconsciencia le había hecho frívolo e insensible; el miedo, algo peor, un hombre pueril, un inmaduro.

—Cálmate Raquel. Era broma. Solo quería que te rieras. Que te vieras con distancia y te rieras de ti misma. Quería distender, amor mío, de verdad que no pretendía ofenderte. No me importa, estar así, aquí… doblado.

Pero era tarde. Del hilo ya asomado, la madeja se deshacía.

—Estoy cansada… muy cansada, Óscar. Siempre lo mismo: esa alegre indolencia, ese regocijo para hacerme sentir ridícula en mis decisiones, pero…—suspiró  rebasada y con los ojos acuosos—al menos las he tomado, intentando encontrar una salida a los asuntos del día a día, aunque no salgan bien, porque he querido que lo nuestro fuera adelante ¡adelante!… Pero de tu parte nunca he visto esfuerzo, Oscar, no lo veo,… Tú solo esperas en la absurda creencia de que las cosas se van a reconducir por sí solas y lo único que hacen es empeorar y empeorar; y no das señales de vida y estás como ausente y refugiado en tus historias y en tu mundo literario del que no me haces partícipe desde que dejé de escribir porque ya no soy de tu interés intelectual… y yo cada vez más y más lejos, y no parece importarte nada, nada, nada…

Y se derrumbó llorando de un modo lastimoso con la mirada perdida en las líneas divergentes y sinuosas que le abrían el paso al salpicadero. Él ensayó en vano alguna que otra palabra de consuelo. Pero solo cabía esperar a que el llanto amainara de puro cansancio. Entonces una sensación de impotencia, de vacío, de soledad, de asco hacia sí mismo, se adueñó de él y se sumió como un pedazo de plomo hacia el fondo de su corazón. ¿Qué había sido de aquella relación prometedora que se alimentaba de los intereses comunes en la literatura, de aquel tándem de voluntades firmes, de aquella futura colaboración artística de la que germinaría una familia de educación avanzada y libre? ¿Qué la había corrompido? Desde luego que la seguridad del puesto vitalicio y burocrático de ella había bifurcado en dos formas muy opuestas el sentir del día a día de ambos y había contribuido a las desavenencias. Pero no podía ser el único motivo. Tal vez lo crucial se revelaba tras la desgarradura infligida por ella y que le desenmascaraba: Se había resignado a vivir con una mujer que no había cubierto sus expectativas intelectuales. Pero ¿Qué era Raquel entonces? ¿Un fantasma de sus ilusiones abandonadas? ¿Un reflejo de su aquiescencia podrida? ¿Una mantenedora económica de todos los mundos por él ficcionados? ¿La amaba? ¿La conocía ahora realmente? Todavía escuchaba en el bisbiseo de sus labios la palabra «nada» repetida como un eco parsimonioso y aturdido, mientras negaba levemente con la cabeza. La palabra languideció hasta apagarse. Parecía pensativa y lejana.

—Nos estamos quedando sin gasolina —-dijo entonces con sonámbula lucidez.

Él se alongó como pudo para ver el nivel en el cuadro de mandos.

—Sí, el testigo se ha encendido, pero da para llegar bien —aseveró con impostada convicción.

—Es mejor no apurar, Óscar. Es una mala costumbre que has adquirido —-le reprendió en un suave tono maternal, quiso creer, conciliador.

—Tienes razón.

Tomaron la desviación más próxima y entraron en una estación de servicio. Bajo el cemento armado que la encapotaba, los clientes, trasegados por el autorepostaje, hormigueaban entre los vehículos aparejados a los surtidores y el establecimiento de pago. 

Tenía las mejillas veteadas por el rímel corrido. 

—¿Estás mejor, cariño? —preguntó cuando se detuvieron, en un remedo de voz solícito de perdón, ansiando el acercamiento.

Ella no le contestó. Sacó una toallita húmeda, se limpió la cara y se sonó la nariz afresada por la congestión.

—Toma; vete y avísame cuando hayas pagado —-y se bajó del coche para tomar la pistola dispensadora.

Desde la cristalera del establecimiento, mientras era uno más en la fila de anónimos pagadores, contemplaba agradecido la pequeña (para él inmensa) figura muda esperando repostar: la melena undívaga, la tez blanca, el aniñado porte al que se ajustaban unos pantalones vaqueros y un top fruncido. Se le antojó entonces la imagen como una bella fotografía casualmente hallada entre la insignificante hojarasca de otras que, desprendidas de la anodina y previsible vida compartida, testimoniaban la inexorable muerte de esta. Un sentimiento de dulce compasión hacia la novia y, a la vez, de tristeza por las oportunidades perdidas en la desidia cotidiana le embargó al punto. Aquella mujer era lo más noble que había conocido nunca.

Al término del pago se aplicó en hacer la seña convenida. Seña que, comprendería más tarde, era inútil en el encargo, pero muy útil, para risa del destino, en la parodia de despedida en que, ante sus atónitos ojos, se estaba transfigurando el momento final: Sin apuro, habiendo ya despachado su parte, la joven dejó la pistola en el surtidor, cerró la tapa del depósito, entró en el coche y arrancó. No le miró. Sobre el salpicadero su cartera y su móvil iban bamboleados por la prisa violenta de la fuga.

Algunas horas después, tras un exasperante y vergonzoso viaje de regreso, encontró la cerradura cambiada de la puerta de casa, y, abandonada, en el zaguán del edificio, su maltrecha maleta de viaje, junto a unos pocos enseres más. Nadie contestó al otro lado de la madera; tampoco, de la linea telefónica.

Fue la última y perfecta alegría que se llevó la vieja chismosa.

David Galán Parro

20 de abril de 2022

Conversación 3: La percepción enriquecida con el concepto

Antes de empezar a pasear con Francisco Umpiérrez Sánchez, éste me plantea que tiene un concepto de Arquitectura con el que de alguna manera vamos a relacionarnos.

Francisco me proporciona primero una distinción: hay personas con conceptos pero faltos de experiencia sensible; y al revés, personas con mucha experiencia sensible pero faltos de conceptos. Debemos pues tener experiencia sensible y conceptos unidos e interrelacionados. La interrelación de la experiencia sensible con el concepto la realizaremos durante el paseo.

Francisco me proporciona el nombre del objeto del concepto: recercado. Luego, me proporciona el contenido del objeto del concepto, más o menos así: borde que rodea el marco de una ventana con fines principalmente ornamentales. Miramos hacia las ventanas de los edificios y distinguimos ventanas con o sin recercado. Aquellos edificios que carecen en sus fachadas de ventanas con recercados nos resultan francamente feos. Se cumple entonces en la experiencia sensible parte de lo expresado en el contenido del concepto. De las ventanas que observamos distinguimos aquellas que tienen un recercado simple, con menos determinaciones, de otras con un recercado más complejo, con más determinaciones. Sabemos además el nombre de los componentes del recercado: capialzado (pieza horizontal superior), jambas (piezas laterales) y vierteaguas (pieza horizontal inferior). Algunos recercados prescinden del vierteaguas.

Tener el concepto recercado en mi mente, después de que me lo provee Francisco, me permite modificar mi percepción. Las ventanas que observo no las veo ya de la misma manera: identifico con mucha nitidez un objeto, el recercado, que de forma reiterada está frente a mí, y que incluso cuando no está frente a mí tengo la certeza de su existencia genérica. Descubro en mi experiencia sensible como se cumple un planteamiento suyo: «el concepto como medio para mejorar los rendimientos de la percepción (…) retornemos del concepto a la percepción, pero no abandonando el concepto, sino conservándolo y utilizándolo como medio para modificar el alcance y la profundidad de la percepción. Hablaremos, en este caso, de percepción enriquecida con el concepto.» (artículo Sensibilidad, pensamiento y emoción) Descubro así un hecho psicológico vinculado a mi actividad perceptiva y que se relaciona directamente con el concepto acuñado por Francisco, percepción enriquecida con el concepto.

David Galán Parro

1 de julio de 2025

NOTA: Para ver otras conversaciones con Francisco Umpiérrez Sánchez, aquí

Presocráticos

Sepultos en algún lugar del mundo,

hoy son polvo y sombras de eternos nombres.

El destino deparó a aquellos hombres

un cierto arquetipo meditabundo.

Lo inmediato natural es primero

donde buscan el quid de toda cosa:

Tales se aviene a la sustancia acuosa

Anaxímenes, al aire viajero.

Después, un algo sensible e ideal,

un signo que cifra lo repetido,

Pitágoras lo da por escondido

rigiendo lo diverso material.

Luego llega el pleno desprendimiento

de lo que se ofrece a nuestros sentidos:

Parménides y Zenón son queridos

por dar sólo al pensar el movimiento.

Pero otro sabio niega esto en un río

y dice: «Siempre al cambio está sujeto

todo, pues nada permanece quieto.

Tal es el caudal al que me confío»

Los átomos simples, quedos, compactos,

Demócrito ahora los conjetura,

no los ve, ni palpa, pero asegura

que se encuentran en todo objeto, intactos.

Es cierre final de la trayectoria,

el pensar motor que se hace así mismo,

Anaxágoras da este dinamismo

para esplendor de nuestra humana historia.

David Galán Parro

30 de junio de 2025

Vida de Tales, el sabio milesio

Tales fue uno de los primeros hombres que intentó descubrir cuál era la causa de por qué existía todo en el mundo.

No se sabe si nació en la ciudad jónica de Mileto o si fue allí con sus padres cuando era niño. Mileto en aquella época era una ciudad que tenía tres puertos y estaba llena de mercados y comercios en los que se vendía y se compraba todo tipo de cosas traídas de países lejanos. Tales se crío allí, viendo y aprendiendo.

Cuando Tales se hizo adulto, el rey de Lidia, Creso, lo contrató como estadista para la guerra contra Ciro, un rey persa. Los soldados dirigidos por Creso fueron desde la costa hacia el interior del territorio y tenían que cruzar el río Halis si querían atacar al ejército dirigido por Ciro. Pero el río Halis tenía mucha agua y no podía cruzarse. Entonces Tales consiguió desviarlo haciendo otro cauce que pasaba por detrás del campamento militar y que ayudaba a que el agua fluyera por el cauce principal con menos caudal y fuerza. De este modo, los soldados de Creso pudieron atravesarlo.

A pesar de que Creso y los suyos consiguieron esto, Ciro y los persas los derrotaron al otro lado del río. Entonces Tales huyó a Mileto y habló con las autoridades de la ciudad para que Mileto no luchara contra los persas. De este modo Tales evitó que Mileto fuera destruida por el enemigo.

Cansado ya de tantos problemas, Tales se retiró a la tranquilidad de su casa y reanudó sus estudios. A partir de ahí, empezó a investigar cuál podía ser la cosa del mundo que explicaba porqué existía todo. Primero se fijó que el agua hacía que todo tuviera vida. La daba a las plantas, a los animales y a los seres humanos. Luego se fijó que en los partos los bebés salían del vientre materno mojados y que las semillas de las plantas tenían una naturaleza húmeda. Luego se enteró que los egipcios y los babilonios creían que la tierra flotaba sobre el mar igual que una balsa. Todo esto le llevó a pensar que el agua era la causa de todas las cosas y aunque hoy sabemos que esto no es realmente así, en aquella época pensar esto era un gran adelanto para la humanidad.

Otra cosa que estudiaba Tales era astronomía, la ciencia de las estrellas y los planetas. Afirmó que la luna era siete veces más pequeña que el sol y que su luz no era realmente suya sino que era el reflejo de la luz del sol. Luego dividió el año en trescientos sesenta y cinco días y cuatro estaciones y predijo los eclipses de sol. Uno de los que predijo sucedió en mitad de una batalla y los ejércitos que peleaban hicieron las paces en cuanto vieron que el día se convertía en noche en cuestión de pocos minutos.

Como era muy despistado las personas que lo conocían, aunque lo apreciaban por su sabiduría, se reían de él: una noche salió a pasear por el campo acompañado de una anciana esclava suya. Tales caminaba mirando al cielo oscuro fascinado por las estrellas que tanto le gustaban y por ir así, no vio un hoyo que tenía delante. Al caer en él, oyó que su esclava le decía riendo: «Tanto interés por las cosas del cielo hace que no te enteres de las que tienes delante en la tierra ¿cómo vas a aprender y enseñar de las de arriba si no ves las de abajo?» Esta anécdota fue la que le dio su fama de sabio despistado, desde aquella época hasta nuestros días.

Tales murió con noventa y ocho años. Estaba en la grada de un estadio viendo un espectáculo de lucha griega un día de verano cuando una ola de aire caliente de repente lo asfixió. Como el estadio estaba lleno de gente atenta a la competición y alborotada, nadie se dio cuenta de lo que le pasaba y no pudieron auxiliarlo a tiempo.

David Galán Parro

24 de junio de 2025

Cómo predisponerse en la lectura de un cuento o una novela

Cuando uno acomete la lectura de un relato o una novela debe predisponerse de manera absolutamente abierta. Para ello entre otras cosas, el lector debe confiar incondicionalmente en quien le cuenta la historia. Debe apartar su razón y su sentido crítico. No debe cuestionar lo que se le ofrece ni en fondo ni forma. La realidad ficticia debe ser admitida con la misma certeza o resignación con la que se admite la realidad no ficticia y vivirla sin mediación de razones. Y de la misma forma que todo entra primero por los viejos cinco sentidos, así igual debe entrar en el lector la realidad ficticia que tiene delante. Debe sentirla dentro de sí, a la vez que sentirse inmerso en ella. Debe confiar en los personajes, como confía en las personas de carne y hueso. Debe dejarse sorprender por ellos o decepcionarse. Debe amarlos u odiarlos. Tal cual, repito, como sucede fuera del libro. Esto implica admitir algo que tal vez sea risible para unos, o execrable para otros, más moralistas, y es que durante una parte de tu ración diaria de vida, en la que dedicas esfuerzo para ganarte el pan o contribuir al beneficio social de otros con lo mismo que te da dicho pan, la realidad ficticia debe tener para ti, lector, casi una importancia ontológica superior a la realidad no ficticia. Es vergonzoso reconocer que para entrar plenamente entregado en el mundo de la realidad ficticia hay que desechar —alguno diría despreciar— el mundo no ficticio, e invertir monstruosamente su correcta jerarquía. Poner tan de lado los propios problemas a costa incluso de ser repudiado por ello por amigos, familiares y extraños. En una película en que se representa el hundimiento del Titanic, un grupo de músicos en el salón de fiestas sigue tocando pese a que las aguas los calan hasta las pantorrillas. No quiero poner otros ejemplos que podrían derivarse de este. Podría pasar por frívolo e insensible.

Y hoy me vino este pensamiento, después de levantar la cabeza de una lectura que me tenía absolutamente absorbido, a la vez que me planteaba qué preocupaciones y qué consideraciones técnicas había desechado de mi cabeza para acometer dicha lectura. Lección que aprendí: no te pongas a leer nunca si al menos estas dos condiciones van a concurrir en el acto de lectura.

Luego, un pensamiento más poderoso me asaltó y creo que se puede incluir en esta reflexión: comprendí que el lector absoluto ya lo parió la propia Literatura hace años en la figura de Alonso Quijano, ese personaje que no solo leía poniendo la importancia de la realidad ficticia sobre la no ficticia, sino que llevó esta inversión a su más insospechada plenitud. ¿No será esta locura de Quijana el horizonte al cual, sin llegar nunca a él, debe apuntar la mirada del lector para hacer de dicho acto, un acto de absoluta comprensión humana a través de los siglos?

Pese a que este horizonte realizado se representa en la locura y periplo de Alonso Quijana transfigurado en Don Quijote y que desaparece al borde de su muerte, Cervantes ya antes de su primera salida, nos pone al personaje, al hombre de libros, en la lectura técnica. Así en el capítulo uno de la primera parte aparece referido a una de sus lecturas esta consideración: «[Alonso Quijana] No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales» Y no solo esto nos aporta Cervantes en cuanto al acto de leer, sino también en cuanto al acto de escribir y a las circunstancias que lo condicionan, cuando en el mismo párrafo escribe: «…y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran»

Es evidente que Cervantes, en estos fragmentos llenaba de condicionantes el acto de la lectura y el de la escritura, a la vez que con la historia de su personaje nos dibujaba al prototipo de lector pleno, de lector cuya vida no ficticia quedó para sí aniquilada por su entrega a la vida ficticia. 

David Galán Parro

21 de junio de 2025

Mujer fuerte

Está en el patio sola. Apenas tiene ocho años. Hoy es uno de esos días en que ha decidido no tratar con el resto de niños. Yo vigilo el júbilo desarretado de ellos. Hay algo en mi cometido que me deja un resabio gris, que me aleja de mí mismo, que me envilece, que me vulgariza. Me imagino apostado en la torre de control de un presidio. No me salva el amago de comentario animoso que cruzo con el compañero de turno. Estoy atrapado, aquí, bajo un sol ardiente de finales de mayo, en un patio de escuela donde estoy viendo como se cuece lentamente el entusiasmo pujante que nos relegará y tomará el poder…

Vuelvo a mirarla y trato de explicarme su elegido retiro. Me parece un íntimo desprecio, pero sé que no lo es. Es el sustrato que necesita oírse a sí mismo alejado de interferencias para encontrarse. Tan pequeña aún y tan poderosamente decidida. Envidio sutilmente ese estadio interior que como a ella me fue dado al principio para apurarlo y fortalecerme. Yo lo desaproveché y crecí aterrorizado por la inminencia de cualquier toma de decisión.

La llamo y se me acerca envuelta en su halo flemático. Se coloca delante de mí. Voy a huir un instante. Quiero que ella lo presencie: «Hundo una varilla con aro en jabón líquido, soplo y va naciendo una pompa de jabón. Crece y crece entre tú y yo mientras soplo. Entonces la pompa se hace tan grande que quedas dentro de ella atrapada, pero no te importa. Luego la pompa empieza a elevarse contigo dentro. El viento la empuja haciéndola volar cada vez más alto. Desde ella, ves alejarse el patio, el colegio, las casas de tu barrio, las playas próximas donde alguna vez te bañaste. Ves la isla en que naciste reducida por la lejanía y luego solo mar y mar y mar. Sigues subiendo y el cielo es cada vez más sombrío. Llegas a la última capa de la atmósfera y entras en el oscuro espacio sideral rumbo a la Luna. La pompa de jabón y tú dentro ya están cerca de su superficie gris. Ahora casi la tocan. Es el momento: pincha la burbuja y salta. Te sentirás flotar sin peso mientras caminas por el suelo lunar. La fuerza de la gravedad es tan débil que seguro que podrás avanzar dando volteretas o haciendo el pino sin mucho esfuerzo. Por allí, encontrarás a unos astronautas chinos. Serán los primeros seres humanos en ocupar la luna. No desconfíes de ellos. Son gente muy trabajadora y van a lo suyo. No molestan a nadie. En eso se parecen a ti. Podrás hacer todo lo que te propongas en la Luna. Puedes pedirles a ellos semillas para plantar aquellas verduras y frutas que quieras comer. Como te gustan los gatos, puedes estudiar y especializarte en curar a los gatos chinos o montar una escuela para educarlos y hacerlos mas inteligentes —también los animales tienen derecho a adquirir más inteligencia—. Así te dedicarás a lo que te gusta, allí, tranquila. Tu familia puede ir a visitarte de vez en cuando. Para entonces los viajes espaciales a la luna serán mas baratos. Disfrutarán de las espectaculares vistas de la Tierra cuando vayan a verte. Pero ojo, no dejes que tus padres te lleven comida hecha ni ropa lavada. No los mal acostumbres. Te has independizado en la Luna y eso significa que tienes que sobrevivir por ti misma lejos de casa haciéndotelo todo. Sólo así llegará alguien y se enamorará de ti y querrá estar siempre contigo. Puede que sea un ser humano, un extraterrestre o un robot, nunca se sabe, la vida da muchas vueltas…»

Nos miramos con alegre complicidad. Sonríe y yo me pregunto vanidosamente: ¿Qué seré en su recuerdo cuando sea la mujer fuerte que le he anticipado con mi historia?

David Galán Parro

19 de junio de 2025 

El poema inesperado

Mañana será el último día de curso con mis alumnos y alumnas de ocho y nueve años.

Dos días antes me viene una alumna y me dice: «David, hice un poema. Me está gustando cómo me quedó» Le pido si me deja verlo y me dice que pronto me lo traerá. Y hoy me lo ha traído. Me lo lee. Termina y me deja perplejo…

Mi alumna, a la que tengo desde hace casi tres años, siempre manifestó un carácter retraído, ensimismado y delicado. Había días que prefería la soledad en el patio y no jugaba con los demás. Me desconcertaba cuando sucedía esto, porque no sabía cómo arrancarla de lo que yo en ese momento consideraba perjudicial para ella (o quizá no sintiera yo desconcierto, sino esa impotencia que nos vuelve hostiles a lo diferente o inexplicable). Mi alumna acusaba la firme determinación de vivir en un espacio que durante días se creaba para sí misma, una determinación que se me antojaba desprecio hacia el prójimo. Pero aquello no podía ser desprecio pues ella no era soberbia en absoluto. Entonces fui poco a poco, sospechando que su talante obedecía a que algo diferente y natural se incubaba en ese elegido retiro y que, como a las demás personas, a mí también me era vedado. Me resigné a esperar por ella y en la espera empecé a representármela como una pequeña criatura de la naturaleza que no viene a nuestro encuentro por iniciativa propia cuando queremos darle alimento en un bosque, sino que emerge de su escondite cuando, acabada la violenta jornada de depredación de los demás animales, la noche, el silencio y la paz le dan sosiego y confianza para tomar lo que le llevamos; y no precisamente cuando nuestra voluntad lo elige, sino cuando ella lo decide. Y es entonces cuando tenemos la dicha de su presencia frente a nosotros…

Hoy tuve esa dicha con mi alumna.

Aquí les comparto toda la fuerza y la luz de su hermosa salida…

Luna y mar

Luna, me haces llorar,

Mar, me haces cantar.

No tenéis luz propia

pero para mí

brillais más que el sol

que recorre por la Tierra.

Luna, 

no solo eres el elemento de la noche

sino también

el elemento de mi corazón

Mar,

recorres por alrededor de los volcanes

tiemblas cuando están en erupción

y te quedas muy quieto cuando explotan

pero tú no tienes la culpa

de que exploten

porque tú solo nos proteges 

de lo que nos pueda pasar.

Ágora (8 años)

18 de junio de 2025

Tales, el sabio milesio

Sentado en la grada de piedra y confundido entre el público, ya no mira a los luchadores del pancracio. Tiene noventa años en este momento, o quizás setenta y ocho, no sabemos bien. Una vida célibe buscada le deparó encontrarse allí solo. El sopor le ha alcanzado bajo el sofocante aire húmedo de la canícula. La lengua se le ha engomado. Tiene sed. Un minucioso desfallecimiento lo invade. Los exaltados no reparan en él. Sus voces van opacándose. Empieza como a soñar, como a irse…

Ve primero el púrpura de las cañaillas sacrificadas para la túnica de su noble linaje. Luego se ve regresando del mercado de la mano de la joven nodriza. Ve la fachada de la casa familiar en la ladera del promontorio recortando los celajes de un ocaso rojizo. Ve las proas, los remos esforzados, las jarcias y el velamen presurosos de uno de los puertos de Mileto, al que escapó una mañana con sus jóvenes compañeros de escuela.  Oye las palabras de Creso convocando a todos los jonios contra Ciro. Ve de nuevo su pesadilla recurrente de espadas persas en el horizonte, al otro lado del río Halis. Recuerda los pormenores del día que llegó a él y se hizo infranqueable para las tropas jónicas; ve el álveo que hubieron de excavar en media luna por detrás del campamento y luego el aluvión atropellándose en el nuevo cauce y luego las monturas y las lanzas vadeando el otro caudal, ya aliviado, para alcanzar la ribera enemiga. Ve esto y vuelve a sentir aquel  júbilo de entonces al saberse domeñador de la naturaleza. Ve los campos fecundos de cadáveres aún palpitantes, el hierro sin denuedo ni audacia, el silencio aún atronador de la espesura del bosque, la derrota y la huída de la tropa. Oye sus propias palabras —quizás las balbucea ahora— para convencer a las autoridades de la capitulación y salvar al menos a Mileto del exterminio. Se ve de nuevo solo en el retiro de su casa del promontorio, lejos del boato oficioso, cavilando sobre la sustancia que en toda cosa se halla. Palpa la piedra magnética y la siente con alma. Contempla la lluvia sobre sus huertas y ve cómo medran. Asiste de nuevo, al parto del hijo de un amigo y la placenta liberada le va también corroborando sus conjeturas. Ve de nuevo el papiro egipcio que le regaló su amigo de Náucratis y en el que se declara que Nu es masa líquida universal, madre de todo germen. Imagina el mar en el que flota la mítica balsa de tierra sobre la que se erige vertiginosamente la ciudad babilonia de Eridu. Ve la costa del dorado Egipto y la arena inmensa que le prodiga a la pirámide, su soledad y maravilla; luego ve la sombra de ésta al mediodía, y también su propia sombra humana y entreve en la terna, pirámide-hombre-sombra, la ley geométrica con que mensuró para la posteridad lo inconmensurable. Ve las aguas del Nilo a contracorriente forzadas por los vientos etesios anegando los palmerales y los cultivos en las riberas. Siente otra vez el éxtasis con el que contempló el negro firmamento y por el que cayó distraído al fondo de la zanja y escucha desde allí la risa de su esclava tracia, y siente de nuevo la íntima felicidad que le reveló que sólo aquella torpeza no es más que el asombro que nos eleva por encima del entendimiento que se nutre de cosas mundanas. Ve de nuevo el número adecuado de días que computa la rotación terrestre que ya nunca descubrirá. Ve también los cuatro tiempos llenos de vida y de muerte que parcelan los días del año y repite sus nombres como si volviera a denominarlos—quizá, también ahora los masculla en lenta letanía—. Ve de nuevo en la luna, la luz del sol y recuerda que éste no excede en mas de siete veces a aquella. Sostiene de nuevo en sus manos la fría cerámica del trípode rescatado del fondo del mar y después de oír ante sí, las palabras de gratitud del gobernador milesio que en persona  se lo ha llevado a casa, pronuncia de nuevo humildemente: «Gracias pero no es para mí. Bías de Príamo lo merece antes.»

Todo esto acude en su último sueño, mientras la muchedumbre ovaciona arrebatada a los luchadores. Sigue aún solo en la grada, olvidado y difuso. Y lo estará durante miles años, pese a la gloria oficialmente alcanzada junto a los otros Siete Sabios. Nadie lo sabe allí: el precursor, el arquetipo de hombre que busca lo absoluto, lo que todo lo abarca, lo que todo lo explica se apaga. Al final, un último golpe de aire abrasador lo convulsiona como a una hoja de árbol, y así, consumido por la falta de lo que siempre buscó en todas las cosas y que a él ahora no lo socorre, muere.

Y lo hace repitiendo la cómica anécdota de la zanja que lo retratará ensimismado y profundo para la historia; solo que esta vez repitiéndola trágicamente.

David Galán Parro

17 de junio de 2025