Sobre el estilo de Ernest Hemingway

Leo a Ernest Hemingway y lo encuentro —utilizando adjetivos que lo definan estilísticamente— duro, seco, lacónico, sencillo, desnudo, realista,… Son adjetivos con los que me quiero acercar a las impresiones que me ofrece, pero esto no basta. He oído decir de su manera de narrar que muestra sin explicar. No es desacertado enunciarlo así, pero creo, que esta apreciación es parcial, pobre, simple.

Un autor es, a mi juicio, fundamentalmente lo que nos cuenta acerca del mundo subjetivo que late bajo una historia y no tanto el cómo lo cuenta. Entre mis particulares limitaciones como escritor están la falta de contenido subjetivo universal que transmitir y la dificultad de representar de forma concreta esta subjetividad por medio de los personajes y sus acciones, por medio de la historia que cuento. Esto me lleva muchas veces a ser formalmente preciosista. Y sí, disfruto y aprendo mientras escribo, pero no dejo de reconocer que soy formal. Otras veces, por tener algo más de ese contenido subjetivo, puedo ir más directo al tema y sub-temas, al argumento y a la historia.

Me sirvo de dos apreciaciones que enuncia Francisco Umpierrez Sánchez en su artículo ¿Cuándo haces narraciones debes mirar a tu mundo exterior o a tu mundo interior?, para establecer dos virtudes claras en lo que leo de Hemingway. La primera es «(…) nosotros queremos personajes que nos hagan sentir, padecer, sufrir. Queremos vivir tensiones y desasosiegos. Queremos acciones, pero acciones cargadas de subjetividad»; la segunda, «El nexo entre la vida exterior y la vida interior son las acciones y no los pensamientos. Si el narrador se centra, ya sea en su experiencia propia o en la ajena, en las acciones, su lenguaje literario nunca se presentará como una abstracción del lenguaje corriente y la realidad se impondrá en las representaciones del lector.»

Hemingway nos da principalmente las acciones como nexos entre la vida exterior e interior de sus personajes. Y así los personajes de los cuentos que he leído, hombres vinculados siempre a una actividad práctica —la caza, la pesca, la guerra, la tala, la navegación, la asistencia médica a un parto,…— actúan siempre. Sus acciones están cargadas de subjetividad —amor, odio, resentimiento, incertidumbre, traición, valentía, cobardía, esperanza, ilusión, culpabilidad,…—; y esta subjetividad Hemingway nos la deja entrever a través de una representación estilísticamente dura y sencilla del mundo objetivo y de las acciones de los personajes. Hemingway parece decirnos: vean lo que hacen y lo que dicen y deduzcan lo que sienten y piensan. 

Por último decir que Hemingway se centra en la experiencia propia. La caza, la pesca, el alcoholismo, las relaciones de pareja, la muerte, tuvo que conocerlos de primera mano. Hay detalles en sus narraciones que sólo un hombre que ha vivido de cerca y de manera práctica en esos mundos puede darnos. Con esto consigue que «su lenguaje literario no se presente como una abstracción del lenguaje corriente» y que «la realidad que ha vivido se nos imponga claramente en nuestras representaciones internas.»

Y Hemingway, en estos cuentos, tiene un contenido subjetivo universal que transmitir y lo hace a su modo duro y sencillo.

David Galán Parro

15 de agosto de 2025

Fue una promesa a mamá

—¿Has visto a Micky?

—Sí. Ayer—responde él.

Ella está sentada en un banco del bulevar. Sujeta un perro echado a sus pies. El perro forcejea al ver a otro pasar cerca. Él se agacha y lo acaricia. El perro con el hocico le rechaza la mano. Voltea su gruesa cabeza de un lado a otro, inquieto, como espantando moscas.

—Está potente ¿Qué tiene?

—Seis meses, nada más. Si es así ahora, imagínate…

—No te preocupes. Es normal. Todavía es pequeño…

—¿Y dónde lo viste?

—En el parque.

—¿Con quién?

Un breve silencio se hace. Un rumor de hojas cae sobre ellos.

—Con Toni.

—¿Con Toni otra vez?

—Sí, otra vez ¿Cómo se llama?

—Rudy

—¡Hey, Rudy! ¡Rudy! —agarra el hocico del perro y lo zarandea. El perro se incorpora sobre sus patas delanteras y se zafa de nuevo. La cara de él está frente al hocico con el aire retador de un domador de leones. Del hocico cuelga extraviada la lengua. En los costales hay un intermitente jadeo.

—¿Y qué hacía allí con Tony?

—Está potente. Va a ser un pedazo de animal de la hostia…

—Dime ¿Qué hacía allí con Tony?

—Lo de siempre… ¿Qué le echas de comer?

—Un pienso que en su día le compró Micky… Pero ¿Trapicheando?

—Sí. Los vi de lejos. No me acerqué. Estaban hablando con Leo, Kiliam y Noah, los de siempre… Iban a pillar, fijo… ¿Te lo quedaste tú o lo comparten?

—¿Qué? —le coge abstraída.

—¿Que si lo comparten?

—No, no… Me lo quedé yo. Fue un regalo de Micky ¿No puedes hacer algo para que Micky vuelva? ¿No puedes hablar con tu padre?

Él se incorpora. Se enjarra. Mira al cielo como buscando alivio.

—¡Uf! Jenny, la cosa está difícil… Mi padre acabó hasta los huevos de él… Lo sabes… La lío bien liada… No quiere ni oír hablar del tema…

—La última oportunidad, por favor, habla con él…

—Jenny, mi padre perdió muchos clientes de toda la vida en el bar… Hizo lo que pudo por tu madre, en paz descanse, y por ti, pero no se le podía joder más el negocio, Jenny… Sabes que quería mucho a tu madre y que para él eras como una hija, pero no podía más…

—Por favor Hugo, habla con él… Si no trabaja está perdido. Él quiere que volvamos, me lo dice, mira…

Ella saca el móvil y se lo acerca al amigo. Éste amusga la mirada sobre la pantalla. Lee durante unos segundos.

—Ya, ya, parece sincero, no digo que no, pero si sigue trapicheando es mejor que te olvides ya de él, Jenny… Siempre nos jodió a todos…

—Pero si tiene trabajo puede cambiar, Hugo, por favor habla con tu padre.

—¡Uf! Jenny, te digo que la cosa está difícil…

—Por favor, Hugo, por favor,… Si consigue trabajar de nuevo con tu padre yo me encargo de hablar con él, te prometo que no la volverá a cagar, te lo prometo. Si no curra es como un niño chico, pero yo hablaré con él, y todo se arreglará, Hugo, todo se arreglará…

—¡Uf, Jenny! Veré que puedo hacer, pero no te prometo nada…

—Vale, gracias… Si curra dejará el trapicheo, seguro. Yo no puedo estar con él si no curra. Fue una promesa a mamá. No puedo fallarle. Se fue algo tranquila sabiendo que Micky había conseguido trabajar con tu padre…

—Lo sé… Bueno, me voy… Llego tarde al bar… —dice mientras acaricia el lomo del perro. Luego, sonríe a la amiga a modo de despedida, pero lo que consigue es una expresión triste, resignada. Mientras se aleja, ella insiste:

—Dime algo en cuanto puedas. Mejor, por la tarde: tengo turno de mañana en el súper, hasta las tres, y en caja no dejan tener encendido el móvil.

De camino al bar pasa por la linde del parque. Tras el muro y los setos observa al amigo. Trapichea igual que en la víspera, pero como en ella, no con Toni, su socio habitual de antes, sino con una nueva chica que se le abraza y le besa entre cliente y cliente.

David Galán Parro

14 de agosto de 2025

La patria

Somos un árbol,

un viejo árbol,

que hunde sus raíces en la Libertad y la Belleza,

de aquel pueblo que absorbiendo lo precedente,

se hizo espiritualmente a sí mismo,

y que luego mirándolas dijo: ¡Patria!

Hoy, le cantan los millones de hombres y mujeres que nos han dado

las colosales construcciones que desafían y someten tierra, agua y aire,

las precisas conexiones que sortean muros y distancias,

los artefactos lanzados al vacío cósmico atisbando lo insondable,

las máquinas creadas, ahora autónomamente creadoras,

la incipiente conciencia de la materia que no alcanza la vida,

las invenciones para reír y llorar que son nuestro bello espejo,

el pensar sobre todo esto y el pensar replegado sobre sí, siempre interminables…

¿Qué es nuestro mundo

sino un profuso árbol

enraizado y germinado

sobre aquella antigua patria?

David Galán Parro

13 de agosto de 2025

Algo literario a partir de Hegel (1)

Dice Hegel refiriéndose a los antiguos griegos: «Es cierto que tomaron los rudimentos esenciales de su religión, de su cultura, de su convivencia social, en mayor o menor medida, de Asia, de Siria, y de Egipto; pero supieron anular de tal modo lo que de extraño había en estos orígenes, lo transformaron, elaboraron e invirtieron, haciendo de ello, algo distinto a lo que era, de tal modo, que lo que nosotros, al igual que ellos mismos, apreciamos, reconocemos y amamos en eso es, esencialmente, lo suyo propio»

¿Han leído bien? Pues, escuchen lo que me digo…

«Entrégale al otro y no esperes de él hacia ti. Hazlo, y contempla con dicha cómo vuela libre lejos de ti, con lo que le das, hacia regiones y horizontes que le son más afines y amados. No temas: si así haces siempre estará a tu lado: cerca y lejos son cosas iguales para los que viven entregados y a la vez, liberados.

Entrégale al otro y no esperes de él hacia ti, te repito. Sé una influencia más en él y acepta que estás muy parcialmente en él. Tu espera no debe ser otra sino la de querer ver en él que lo extraño recibido de ti, sea la materia y el impulso de su libre viaje. No te importe hacia dónde vaya. No te importe ser anulado en su interior cuando transforme, elabore e invierta tu aporte originario. Aprecia, reconoce y ama lo que con lo recibido de ti, ha hecho para sí; lo que ha hecho suyo propio. A fin de cuentas, tú amas la libertad que existe en ti y necesariamente por eso, la que existe en cada uno.

Haz lo que te digo, primero, ahí donde están los que te conciernen, aquellos que habitan en tu mundo más inmediato, no en otra parte antes.

Hazlo, si quieres algún día alcanzar un pedazo real de amor hacia la Humanidad…»

David Galán Parro

11 de agosto de 2025 

Si pudiera darte ciertas cosas…

Si pudiera estar en el centro mismo de tu pesar,

arrojar lejos de ti tanta incertidumbre,

hacerte un inexpugnable cerco de trampas que ahuyente tus miedos,

aliviarte toda herida o cerrarte cicatrices,

proveerte de una intacta esperanza eterna.

Si pudiera darte estas cosas en los días inciertos

—y aún en los que nadie puede certificar si serán—;

incluso sin hallarlas en mí,

incluso sin hallarlas por ninguna parte…

Si pudiera…

Yo conocería por entero

la mitad de esa dicha que da sentido

a los fragmentos de mundo que me reunieron al nacer

y a los otros, de los que hago acopio para vivir contigo.

David Galán Parro

10 de agosto de 2025

Duke

1

Cuando se casaron, Vivian y Frederick compraron un modesto adosado en una apartada urbanización por una zona de la ciudad que estaba expandiéndose. No tenían aún hijos y Vivian, que los deseaba, insistía a su marido. Éste, analista de mercados e inversor financiero que teletrabajaba desde casa, decía no tener tiempo ni energía para hijo alguno. Eso decía; pero tras muchas discusiones, Vivian consiguió que cediera.  

Pasó un año sin resultados. Vivian se desesperaba. Aquel asunto necesitaba de algo más que de la voluntad de ambos, por lo que convenció a Frederick para que se sometieran a algunas pruebas. Los diagnósticos coincidieron contundentes: Frederick era estéril y la causa de ello, la achacaron a una imposibilidad genética. Él, que lo sospechaba desde hacía tiempo, se sintió triste pero mezquinamente aliviado al pensar que al menos Vivian, igual o más afectada, cejaría en su exigencia. En un falso gesto consolador hacia ella o de liberación moral hacia sí, Frederick confesó su sospecha y la confesión empeoró las cosas. Mas que la mera incapacidad de su marido de tener hijos lo que consumía a Vivian era que él pudiera haber puesto por delante de su necesidad de ser madre, una especie de orgullo viril y de estúpida filosofía machista, alimentados por sus visualizaciones en internet. Esta idea soliviantó a Vivian a seguir adelante. Propuso otras alternativas: la adopción o la fecundación artificial. Pero a él se le antojaban humillantes o peor aún, monstruosas. Estaba claro y no debía hacerse ilusiones: bajo su negativa y aparente recelo, Frederick regresaba y se anclaba a sus primeras posturas egoístas, a su vieja comodidad de soltero, al terror inconfeso que le producía la idea de la responsabilidad paterna. Porque Frederik, aunque no lo pareciera, no había dejado de ser un hombre construido sobre un niño aterrorizado por la vida. La situación se empantanó entonces y las desavenencias por cualquier cosa surgieron pronto. Se discutía por todo y en verdad, por lo mismo.

El matrimonio tenía que ser salvado sin comprometerle, pensaba Frederick. Tal vez una mascota como un perro sirviera. Sí, un buen perro de raza le gustaría a Vivian y sustituiría al hijo no venido en cuanto a crianza y compañía. La mantendría ocupada. No se sentiría tan sola allí en la apartada casa, cuando él estuviera durante interminables horas enclaustrado en su despacho con los clientes en linea. Aprovechando que estaba cerca el cumpleaños de ella, la idea no solo le pareció plausible sino que además como regalo no dejaría notar tan a las claras que se trataba de una solución compensatoria. 

En la celebración, el nuevo miembro familiar fue un espectáculo desde que Frederick lo sacó del maletero en un transportín cubierto en papel regalo. Era un pequeño Yorkshire terrier muy inquieto que de inmediato trasegaba queriendo estar con unos y otros. Lo llamaron Duke «Tú le pagarás los gastos cuando lo llevemos de viaje con nosotros ¿no, Vivian?» Todos los presentes se rieron. Y Vivian, ofendida, también. 

Pese a esto, Duke consiguió por una larga temporada insuflar un renovado entusiasmo a la convivencia y ser el centro de atención del hogar. El remedio al hijo parecía funcionar. 

2

Por aquella época, Vivian consiguió trabajo en un instituto público como interina —la obtención de una plaza fija se le resistía— y se le veía ilusionada y centrada en su labor docente entre estudiantes. Los alumnos la querían y Vivian se sentía no solo estimada, sino también secretamente deseada. Su personalidad encandilaba. Daba clases de Ética y Filosofía y adoptaba posiciones muy liberales en los debates que abría en clase. Alguna vez, estas ideas le valieron desencuentros con compañeros y familias, sin que ello la arredrara. En su trabajo se expandía. En casa, por contra, sentía la opresión del carácter de Frederick, su odioso intelectualismo que todo lo hería de muerte. El disentimiento y la complacencia frente a él cada vez menos nombrados se apoderaron de ella. El trato iba a regresar al frío de antaño y Duke no lo iba a remediar.

Fue a mitad de curso, cuando un compañero, algo más joven que ella, le dejó caer su interés y empezó a seducirla. Al principio, Vivian no se dio por aludida o no quiso creer. Atribuía el cortejo del compañero, mas que a un interés particular, a un talante excesivamente amistoso repartido por igual entre hombres y mujeres. Pero un día a la salida de una fiesta de jubilación de una compañera, él se ofreció a acompañarla hasta el coche. Vivian no se negó, confiándose a la idea de que de noche aquel barrio no parecía seguro. El compañero la despidió con un largo beso en los labios antes de cerrarle él mismo la puerta del auto. Vivian arrancó absolutamente confundida. No sabía bien decir si aquello le había gustado o no. El deseo y el deber iban a pugnar en ella un tiempo a partir de aquella noche.

Para mantenerse en el deber, inventó todas las razones y todas inútiles. Todas demasiado pragmáticas, demasiado casposas —el matrimonio, la casa, los ahorros conjuntos, los viajes, Duke…—; pragmatismo que Vivian sabía que no casaba con su concepto del amor, hecho de una sinceridad despiadada consigo misma. La atracción por él era fuerte, eso estaba claro. Y si era así… ¿No debía ahora predicar con el ejemplo? ¿No había ella impulsado a tantos alumnos a decidir en libertad frente al destino acomodaticio, frente a las expectativas familiares que lastraban sus genuinos anhelos? Para Vivian el conflicto comenzó a ser no solo una cuestión emocional, sino también racional, una cuestión de principios que de no atenerse a ellos, la deslegitimaba y la revelaba como una inconsecuente ¿No estaban además en juego su propia identidad, su fuerza, su pleno futuro, sus auténticos sentimientos? Estaba al borde de la desesperación.

Mientras tanto, el compañero siguió a lo suyo. Nada tenía que ver con aquellas consideraciones, por lo que nada le iba a hacer cambiar sus intenciones. Otras fiestas, otros encuentros furtivos, en un parque, en una solitaria playa, en algún que otro hotel, rellenaron las ausencias de ella justificadas ante Frederick con reuniones y cursos de formación ineludibles, salidas  con nuevas compañeras, incluso con atenciones o clases particulares a algún que otro alumno. Indolente y atareado, Frederick no sospechaba.

Aquella vertiginosa vida social de Vivian dejaba a Duke en manos de Frederick. Éste se sentía obligado con el perro. Lo sacaba a pasear sin entusiasmo, con fastidio, ocupándose casi por entero de su cuidado y alimentación. A fin de cuentas ¿Qué otra cosa podía hacer? Era el regalo compensatorio a Vivian, el regalo que ella no le había pedido, su solución. No ocuparse de Duke era reconocer lo que, como en muchas cosas de su vida, se negaba a ver: que la solución no había servido para salvar la relación, pero sí para confirmarle ante Vivian como el niño perdido, el inmaduro, que ella no escatimaba en reprochar. La humillación y la monstruosidad que creyó conjurar con su negativa a la adopción y a la fecundación artificial, lo buscaban ahora intempestivamente en su atadura al perro.

Aquel cuidado producto de una obligación moral encubierta, no iba a sostenerse indefinidamente. Al cabo de unos meses, Frederick fue perdiendo su obstinación. Ya no sacaba a pasear a Duke cada dos o tres veces al día. Ya no compraba su comida favorita. Apenas lo aseaba; apenas lo distraía cuando se le acercaba solícito. Duke fue enmudeciendo lentamente. Empezó a caminar más despacio. Estaba deprimido. El rabo antes enhiesto y alegre parecía esconderse ahora como avergonzado del entusiasmo en tiempos mejores. Dejó de hablarse de Duke y se asumió veladamente, que mientras el perro tuviera para vivir, todo andaría bien, nada les comprometería. Duke debía ser, sí o sí, el tercero en el hogar. No lo querían ver, pero en la salud del perro se encarnaba la salud del matrimonio.

3

Un día, un fallo en la aplicación que permitía la videoconferencia con la junta de accionistas obligó a Frederick a usar el ordenador de Vivian. No quería utilizarlo sin su consentimiento, así que trató de localizarla al móvil. No hubo respuesta. Los clientes ya esperaban. La urgencia justificaba esta vez el procedimiento indiscreto. Abrió el escritorio. Con la precipitación de su salida, Vivian había dejado en pantalla la ventana de sus correos privados. Frederick leía en sesgo, confundiendo en el paroxismo del momento, la ansiedad que le procuraba la inmediata solvencia del revés informático, con la del revés sentimental. Aún así, absolutamente descentrado, pudo mantener a flote el orden del día en la reunión con los clientes.

Nada dijo a la llegada de Vivian por la tarde. Duke dormitaba sobre su puff. Hacía tiempo que había dejado de recibir a su dueña. La casa parecía más oscura que de costumbre. Cuando Frederick salió del despacho dejaron que cayera la noche sin encender las luces. Estaban mutuamente silenciosos. Luego cenaron frente al televisor. Surgieron algunos monosílabos. Esta vez, no iban a comentar los pormenores del día. Vivian se acordó al acabar que le tocaba dar de comer a Duke. Se levantó con desgana y le sirvió. Su marido esperaba el gesto. Él no pensaba hacerlo.

4

Llegó el verano y el escarceo de Vivian había acabado sin dejar rastro. El joven compañero tenía a otra y Vivian no volvería a verlo destinada por su nómada condición de interina a otros centros.

En uno de aquellos días, al volver también por la tarde, Vivian se asomó al despacho de Frederick y preguntó por Duke. Como abstraído y sin apartar la mirada de los gráficos salientes que mostraba el escritorio su marido le respondió:

—No está en casa —. Su voz parecía agotada.

—¿Cómo que no está?

—Te dejaste la puerta abierta al marcharte y debió salir tras de ti esta mañana.

—¿Seguro? Nunca me ha pasado.

—Pues pasó.

—Estará en los terrenos de algún vecino ¿no crees?

—No lo sé. Compruébalo. Tengo trabajo y no puedo dedicarme a ello. Tú puedes si haces hueco en tu atareada vida de verano. Si no, espera por él.

Frederick se volvió y la miró fijamente con una dureza ajena. Vivian no respondió. Sintió, entonces, un pálpito irreal, absurdo. En silencio, le dio la espalda, fue a la cocina, soltó el bolso sobre la mesa, abrió la nevera y destapó una cerveza. Luego fue al salón, se desplomó en el sofá y puso el primer programa que encontró en antena. Era ruidoso. Le ayudaría a no pensar.

* * * *

Una semana después, un vecino dijo a Vivian que habían encontrado a Duke entre los escombros de un solar alejado de allí, dentro de una bolsa de basura. Le habían aplastado la cabeza.

Vivian sospechó que sobraba decírselo a su marido.

David Galán Parro

6 de agosto de 2025

Promesa y soledad

Bajo el dosel del palio, parece dormido en su sitial. Lo llevan sobre la parihuela mientras lo envuelve el estremecimiento colectivo. Las borlas en los flecos de las bambalinas se agitan como un eco de la pugna que mantienen las manos solícitas por agarrar los travesaños de la base. Todos quieren complacer al sabio líder.

Son los fervientes acólitos de él que con rutilante boato lo sacan en loor de su sabiduría absoluta, en loor del conocimiento infinito que los salva. Una brizna de hierba que mueve el viento, la ínfima vibración del ala de un insecto, de un pelo apenas surgido del folículo; pero también la sustancia dinamizadora que buscaron los griegos, el resultado final todavía no desentrañado de una vasta cadena de ecuaciones matemáticas, el centro mismo de la singularidad que aúna lo infinitamente pequeño y grande del cosmos, la certeza de si hubo Dios allí, aunque alguien lo afirmara muerto… Todo, absolutamente todo, lo ha experimentado y lo conoce; todo, absolutamente todo, lo ha dado o lo dará con su perfecta generosidad de trasmundo.

Entre empellones, se agolpan al paso de la plataforma de madera; lloran, se mesan el cabello, extienden los brazos al cielo como urgiendo el maná, galvanizados por un fogonazo de arrebatado júbilo. Avanzan hacia la loma atravesando la húmeda pradera, veteada de flores, salpicada de árboles y arbustos. «Nuestro sabio líder camina… ¡Camina!… pese a su sufrimiento incomprendido, pese al odio que le tributan los mediocres, los adocenados, los injustos y los necios. Hemos conjurado gracias a él la vil disipación y por ello, a él le debemos también nuestra salvación. Es como un mesías para nosotros, espíritus libres… para nosotros que fuimos históricamente acusados de injuriar el orden y la moral establecidos ¡Al fin, nuestro espíritu libre hecho carne!» clama uno traspasado por una especie de epifanía.

El sabio líder va en silencio con una expresión de cera incorruptible,  acendrada, los párpados cerrados, abstraído de la multitud que le implora, que lo alza, que le canta y lo celebra. Su mirada es luz para aquellos que por ella hayan sido tocados. No dejan de llorar por su dolorosa entrega al mundo que lo rechaza ¡Cuánta magnanimidad concentrada en un sólo hombre! ¡Cuánto futuro sobre sus hombros para dicha de la humanidad!

Ahora, alcanzan el pie de la loma y la parihuela comienza su ascenso por el caminito que serpentea suavemente. Unos pocos corren y se adelantan para tomar el alto antes que el resto, y al pisarlo, lo descubren enfangado. Sopla un viento frío. Desde allí, extienden su mirada al paisaje de abajo y ven otra escena, la verdadera escena: la muchedumbre en torno al líder acarreado se ha ido deshojando en una aterradora ristra de cadáveres; los acólitos que quedan suben instigados por un fervor que no quiere morir; los portadores van desfallecidos pero sin transparentar un ápice de deslealtad, de renuncia; la pradera se ha convertido en un pedregal donde no medra ni árbol ni arbusto ni flor ni matojo ni nada y la tierra que se ha teñido de un color extrañamente gris, parece el borde de una sima. Minucioso, un denso nimbo va cubriendo el cielo. Los que están en lo alto comprenden entonces: el paso sordo y duro de la muchedumbre entregada al líder ha traído la inesperada devastación que contemplan.

Los portadores arriban a la cúspide y sitúan la parihuela en mitad del montículo. Los demás hacen cerco en torno a ella. En todos los presentes, se esconde una callada tristeza ante lo que ven, mientras una fina lluvia pegajosa les ventea y va sumiéndolos lentamente en el barro que pisan. Ovacionan, lloran al sabio líder en una especie de delirio atávico, de alucinada plenitud, de rencorosa obstinación, que en realidad no es sino un intento de disimular la congoja, de insuflarse valor. Presienten cercanas las horas fatales…

Pero se equivocan: desde mucho tiempo atrás, por no cuidar en bajarse (o bajarlo) de la parihuela a tierra, lo que se yergue sobre la peana, lo que está en el sitial, no es ya el sabio líder, sino el cadáver de una vieja promesa y dentro de él, la traza, la sombra, de una espantosa soledad. 

David Galán Parro

2 de agosto de 2025

Acércate y calla

No te creas bendecido por un orden ideal preexistente.

Lo pagarás.

No te creas demasiado seguro de ti mismo.

Lo pagarás

No quieras dominar lo que no es de tu incumbencia.

Lo pagarás.

No rebases los límites que lo natural impone.

Lo pagarás.

No desprecies lo que está lejano e inconcebible para ti.

Lo pagarás.

Tu tamaño no es la medida.

Antes que a ti

el aire prefirió a la mosca impertinente,

la fuerza, a la hormiga laboriosa

la enfermedad y el hambre, al desesperanzado,

la locura,  a la mente devastada, 

la riqueza, al hombre brutal,

la fe, al recalcitrante…

No conoces nada que de antemano

te prefiera a los demás,

te proyecte en carne viva hacia otros espacios,

te prometa la sabiduría plena

y te haga garante de ella.

Luego, humildemente, acércate y calla…

David Galán Parro

26 de julio de 2025

Para no matar la vida

Hubo una época de mi vida en que mis relaciones personales no consentían que el placer de conversar por conversar fuera la razón misma de la conversación. Lo meramente particular, lo anecdótico era tachado de bajo, de superficial. La conversación se transformaba en una prueba intelectual en la que debían vincularse lo particular y lo universal —y cuando digo debían hablo de un desgastante imperativo moral— haciendo de lo particular soporte ilustrativo de un concepto del que se hablaba, o punto de partida para una conclusión universal. Todo se intelectualizaba mediante la absoluta tiranía de la razón pensante y lentamente todo el sustrato vivo, libre y propio, hecho de tus intereses, de tu voluntad y de tu pensamiento en desarrollo, iba silenciosamente muriendo. En estas conversaciones se caía con demasiada frecuencia en el adoctrinamiento moral.

Hoy que ando con personas que prescinden en las conversaciones de prueba intelectual alguna, todavía el mal hábito de conversar para intelectualizarlo todo aflora en mi y trata de imponerse. Pero entre esta gente normal y nueva, la conversación intelectualizada y moralizadora no tiene cabida lo que supone un enriquecimiento antes inimaginable para mí. No hay razones, ni valores morales, ni compromisos, ni lealtades que alguien imponga sobre los demás. Todo es visto en su más rica diversidad y todo contribuye de una u otra manera. Y como el rol intelectual —que no la inteligencia natural de casi todo el mundo— no es decisivo aquí, puedo descansar de mi mismo. Convivir y disfrutar con estas personas es salir de mi actividad intelectual y volver a ella con más ganas. Un buen amigo expresa la nueva actitud con una sencilla consigna que es título también de uno de sus escritos: «En todo veo algo, de todo me llevo algo»

Derrumbada en mi vida esta tiranía, ahora soy más dado a ver pasar los hermosos pedazos de vida a mi lado sin hablar intelectualmente de ellos, sin sacarle punta intelectual a la vida, sin matar la vida, sin ponerle moralina… Escuchen…  

Una pareja se encuentra con un amigo de noventa y cuatro años y le dice: «¿Qué tal estás?» El anciano responde: «Bien, pero no tengo tiempo para entrar en detalles»

Un niño de no más de tres años va de la mano de su madre. De repente la hace parar, se vuelve mirando hacia atrás y con el dedo apuntando a una señal en la carretera dice. «Da-niel» Entonces la madre lo corrige con fastidio: «No, Daniel, dice STOP ¡Ay, qué egocéntrico me salió este chiquillo!»

Una mujer parada en mitad del boulevard atestado de gente que transita. Tiene el móvil pegado a la oreja y hablando a gritos (cree que nadie la oye): «Ese, eeeese… el clarito café con leche…ese es el color del forro del sillón»

Otra mujer lleva a su perro atado. El perro parece cansado y le demora el paso a la dueña. La mujer (esta también cree que nadie la oye) le increpa: «Tú no puedes más, pero yo tampoco»

Un grupo de maestros quedamos en un restaurante. La conversación se empantana en torno a cuestiones técnicas del gremio —los largos procesos de selección de oposición, la incertidumbre de las listas para trabajar al curso siguiente, los colegios a los que nos destinan, los chiquillos descarriados,…—. Se respira aburrimiento. Entonces alguien salva la cosa diciendo: «¡Venga gente!… ¿Quién inicia el salseo…?» Y se sueltan alegres a rajar con sus lenguas viperinas. Sé que me voy a reír mucho y que no diré ni .

David Galán Parro

23 de julio de 2025

Las madres

La casa familiar estaba al principio de una calle en cuesta en la parte del pueblo que se había expandido hacia lo alto de la loma. Las irregulares oleadas de construcción urbana habían parido una intrincada red de callejuelas y una abigarrada aglomeración de casas en la ladera.

Nuestra calle era de las principales. Todas las mañanas mi hermana Carmen y yo subíamos por ella para llegar a la explanada donde estaba el colegio.  A mitad de calle estaba la casa del ferretero del pueblo, un hombre viudo, que mataba su soledad a base de criar perros de compañía. Tenía unos diez o doce, a cada cual más chico —los mil leche, los llamábamos— que alborotaban siempre a nuestro paso hacia arriba. A este hecho le debo mi miedo actual a todo lo relacionado con el mundo de los perros. Luego en el camino de vuelta, el alboroto perruno era el mismo. Así todos los días entre semana. Mi madre suspiraba aliviada cada vez que nos veía salir; esto incluía a mi padre que se iba a la finca a lo suyo hasta el anochecer. Eran las cinco horas de libre ocupación doméstica de mamá.

Era una época en que el barrio estaba lleno de gatos y los vecinos se habían concedido tenerlos en las casas. Los gatos parecían una comunidad paralela que se había ganado la intimidad del vecindario de manera que cada cual disfrutaba de la compañía de alguno sin que existiera un pacto explícito de propiedad. Los gatos eran de todos y de nadie. Al menos fue así en mi calle. Los gatos eran leales o traicioneros. Un día te tomaban por dueño, otro ni te conocían. Todo dependía de su predilección. Tanto amor y traición era un asunto de estómago.

Ya entonces por mi casa paraba una gata a la que mi madre bautizó como Juanita. Era gris y encarada. No solía asustarse cuando se le hacía espanto. Pienso —el tiempo me daría la razón— que distinguía a su modo gatuno, el peligro real de la amenaza artificiosa —distinción que a los humanos nos resolvería bien muchas absurdas preocupaciones, la verdad—. El caso era que Juanita empezó a preferir nuestra casa frente a la de los vecinos y a tener una extraña fijación con mi madre. Tengo en el recuerdo la estampa de la gata junto a ella. Merodeaba cerca de sus faldones como protegiendo un territorio que se movía a la par del trajín de las labores de la mujer que poco a poco la consentía. Pronto se produjo como una conexión animal, una admiración secreta de mujer fuerte a mujer fuerte. Cada una parecía conocer los tiempos de la otra. Si mi madre necesitaba estar sola o concentrarse en alguna ocupación importante, Juanita no se acercaba a reclamarle. Y por su parte mi madre, si Juanita dormitaba, evitaba atosigarla con caricias y arrumacos impertinentes. Era un tácito equilibrio de discreciones mutuas. A la hora de comer Juanita no maullaba aunque mi madre se demorara con los pucheros. Eso favorecía la relación: no había nada peor que meter prisa a mi madre, experta en meterla a los demás. Y como Juanita sabía esto, sin duda, también a su modo, supo convertirse para mi madre, en su ojito derecho, en el miembro consentido del hogar, en detrimento incluso de sus propias hijas. Por ejemplo: Mamá al tomar su siesta no nos permitía reclamo alguno. Su dormitorio era sagrado en lo que duraba la siesta. Era así excepto para Juanita que ya antes de que mi madre ocupara la cama, la veíamos encaramada en el borde del cabezal, con la mirada fija hacia la puerta entornada aguardando su llegada. No es descabellado creer que si Juanita nos hubiera hablado en aquel entonces muchos enigmas de lo que fue mamá nos hubieran sido revelados y mucho hubiéramos sabido sobre ella. Acaso otra mujer me parecería hoy.

Un día, Juanita desapareció. Mamá se desesperaba:

—La han debido envenenar —insistía—. A Mariola le encontraron el otro día uno de sus perros envenenado en la finca.

—Pero Paqui, eso seguro fueron ladrones ¿quién gana envenenando a Juanita?—le decía mi padre.

—Gente mala en este pueblo, gente mala…

—Ya aparecerá, ya aparecerá,…—repetía mi padre en tono acariciante.

Y apareció, pero casi al mes, maullando desde la calle, como pidiendo permiso o disculpas. Mi madre que había sufrido muchísimo en su ausencia se puso como loca. No le guardaba rencor. Yo sentí vagamente el desprecio inconsciente que nos hacía mamá en aquel momento con su inusitada alegría; contrastaba con la dureza habitual de su trato, especialmente hacia Carmen que ya tenía once años —yo ocho—. Intuí que Juanita no iba a recibir su escarmiento. Era un asunto de mujer a mujer, del que no se rendía cuentas y que concernía a una libertad femenina conquistada. Nada que ver con el hecho de que Carmen o yo nos hubiésemos perdido de vista una tarde entera. Insisto: sobre todo, para Carmen a la que mamá ya le vigilaba las compañías.

Mi madre calculaba que sería la primera y última desaparición, pero lejos de ser así, Juanita iba a iniciar una tanda de ellas, ya no tan espaciadas, a las que mi madre tuvo a bien acostumbrarse.

—Se ha independizado —decía mi madre—. Mi amiga se ha independizado y tiene sus cosas. No creo que me ande traicionando con la boba de Fefi.

En uno de esos días de ausencia, volvíamos Carmen y yo del colegio cuando sentimos el habitual alboroto a la altura de la casa del ferretero. Algo o alguien había anticipado la fogosidad con la que nos recibían sus perros. Al acercarnos lo que vimos nos quedó a fuego: Juanita impedía el paso de los mil leches al callejón transversal que daba al solar de doña María. Lo hacía encarándose, bufando, mostrando sus colmillos, saltando e interponiéndose aquí y allá, con el lomo tensamente arqueado. La jauría de chuchos retrocedía contagiada por el terror. Nosotras observábamos entre incrédulas y fascinadas la escena a cierta distancia. Cuando los perros se retiraron al fin, Juanita se calmó y pareció reconocernos. Entramos por el callejón y entre matojos y escombros vimos la hermosa camada de Juanita retozando por aquí y por allá, ajena al peligro. Contamos la prole diseminada: eran siete. A mi madre la noticia pareció reconfortarla consigo misma: «Ya sabía yo que de eso iba la cosa» dijo. Tuvo que ser un momento de mucha felicidad para mamá «Eso sí que es una madre» sentenció.

Al poco de aquello, Juanita se presentó con la camada ya criada. Estaban los siete y rebosaban salud. Mi madre, que siempre luchó por los suyos, hubo de ver entonces en su amiga una proyección fantástica de sí misma que no iba sino a acrecentar el fuerte lazo íntimo que se tenían. Y así, mi madre se dedicó también a los siete de Juanita. No escatimó en comida ni cobijo.

Con el tiempo algunos de aquellos gatos desaparecieron; otros fueron dados a las vecinas por aquello de que los hijos les cogían cariño. En casa quedaron Juanita, siempre fiel a mi madre, y Candela, una de sus hijas. Habían pasado cuatro años y yo andaba terminando la Primaria; Carmen ya fumaba y flirteaba secretamente en el instituto, con unos y otros.

Al morir Juanita, mi madre no quiso hacer asunto de la pérdida. No recuerdo que llorara. Le dijo a mi padre que la llevara a la finca y que la enterrara por allí. Luego se corrigió: «Tírala de camino allá en el primer contenedor que encuentres. No quiero que tenga lugar de reposo que yo pueda visitar» Mi padre salió con Juanita en un saco de esparto. Años mas tarde, papá me confesaría que no tuvo fuerzas para ejecutar la voluntad de mamá, por lo que acabó enterrando a Juanita al borde de la carretera. Me lo confesó un día mientras conducía señalando el pie de un árbol en torno al cual crecía a diferencia de otros, una profusa vegetación.

Carmen, papá y yo teníamos claro que Candela ocuparía el lugar privilegiado de su madre. De hecho Candela reproducía casi exactamente ciertos hábitos de Juanita que hacían sin pretenderlo el gusto a mamá, como el recibimiento único sobre el cabezal de la cama o la contención de los reclamos a deshora. Todo pintaba que iba a ser así de manera que mamá recuperaba poco a poco la alegría.

Sin embargo la cosa cambió a partir del día en que a Candela le tocó también ser madre. Las desapariciones habituales, tres meses antes del parto, no fueron esta vez preocupación para mi madre. «Está en la edad del desfogue» nos decía. A diferencia de Juanita, Candela parió en casa, sobre un lecho de tierra que papá le había preparado en la azotea. Fue de noche y oíamos sus maullidos de madre primeriza. Mamá que casi no podía dormir, no hizo por verla, porque como me diría mas tarde «le resultaba irrespetuoso acercarse a Candela» en aquel momento decisivo. Así que mamá esperó el alba. Yo andaba ya despierta cuando habiendo apenas luz del día, sentí sus pasos en los peldaños que daban a arriba. Luego, un grito de horror que al principio no pude adivinar de mi madre rompió el silencio de la mañana. Oí a mi padre, que se andaba preparando para salir a la finca, subir presuroso y trastabillarse por la escalera. «Es verano y no tengo que ir al colegio» recuerdo que pensé. Tampoco iría en septiembre. El pensamiento en el esperanzador futuro nos protege sabiamente de las intuiciones del horror presente. Como nos contó papá, sin mucho detalle, Candela había devorado a sus crías durante la noche. Mamá nunca pudo hablar de ello con nosotras. Aquello le resultaba como fuera de toda realidad concebible.

Al cabo de unos días, Candela desapareció. Y sería para siempre. En casa no se hablaba de su ausencia. Carmen me dijo que a eso se le llamaba tema tabú. Mamá no parecía triste, sino más bien aliviada. Muchos años después supe por mi padre que desbordada por el asco que le provocaba la cercanía de Candela, mamá le pidió que se deshiciera de ella. «Pégale un tiro en la próxima caza que hagas. Esa no es hija de mi Juanita» le dijo.

Por suerte para Candela, papá tampoco ejecutó esta voluntad.

David Galán Parro

22 de julio de 2025