Ejercicio de reescritura (3): La paloma y la hormiga

La paloma y la hormiga (versión original)

Obligada por la sed, una hormiga bajó a un manantial; arrastrada por la corriente, estaba a punto de ahogarse.

Viéndola en esta emergencia una paloma, desprendió de un árbol una ramita, la arrojó a la corriente, montó encima a la hormiga y la salvó.

Mientras tanto un cazador de pájaros se adelantó con su arma preparada para cazar a la paloma. Lo vio la hormiga y lo picó en el talón, haciendo soltar al cazador su arma. Aprovechó el momento la paloma para alzar el vuelo.

Debemos ser agradecidos y devolver los favores que recibimos.

Esopo

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La paloma y la hormiga (versión 1)

Una paloma vio a una hormiga que se ahogaba en un arroyo arrastrada por la corriente. Entonces subiéndose a la rama de un árbol que estaba en la orilla dejó caer una hoja al agua. La hormiga se aferró a ella como un náufrago y se salvó.

A los pocos días un cazador apuntaba con una escopeta a la paloma para darle caza. La hormiga viendo la situación entró en el zapato del hombre y le picó en el pie haciéndole perder el tiro. La paloma tuvo tiempo de remontar el vuelo y salvarse.

Es de agradecido devolver los favores recibidos.

David Galán Parro 

* * * * *

La paloma y la hormiga (versión 2)

Se ahogaba. Las turbulentas aguas del arroyo le arrastraban. Iba a morir. Su cabecita negra con antenas emergía intermitentemente entre las pequeñas olas, grandes sin embargo para ella, la hormiga. Era en esos momentos cuando alcanzaba a respirar un poco y volvía a tener la esperanza de salir con vida. Pero la corriente implacable le sumía una y otra vez hacia el fondo cenagoso. De repente vio encaramada a la rama de un árbol inclinado sobre el agua a una paloma que le observaba en su lucha por sobrevivir. Entonces ésta zarandeó una hoja del árbol y la dejó caer al lado de dónde ella se debatía. Se aferró a la hoja como náufrago a una balsa ¡Qué renovadas le parecieron las gruesas nervaduras de su carne verde por las que siempre transitó! La hoja fue empujada por el torrente hasta un remanso y allí tocó la orilla. Al pisar tierra firme la hormiga se desmoronó desmadejada quedándose boca arriba con sus negras patitas apuntando al cielo que ahora le parecía de un azul intenso como nunca había contemplado. Estaba milagrosamente a salvo. A salvo por la gracia de una desconocida: la paloma.

A los pocos días regresaba hacia el hormiguero acarreando un pedacito de una araña que había capturado junto a sus compañeras cuando vio escondido en un matorral a un hombre que apuntaba con su escopeta hacia la copa de un árbol ¿A qué apuntaría? Su curiosidad escrutadora entrevió entre el follaje a la blanca paloma que días atrás le había salvado la vida. Estaba a punto de ser derribada por el fuego mortal del cazador. Entonces la hormiga corriendo hacia el zapato del hombre se escurrió en él, y dando con su talón lo mordió con todas sus fuerzas. El cazador soltó un alarido, trastabilló con una piedra y en la caída se le disparó el fusil extraviando la bala hacia ningún blanco preciso. Cuando se vino a incorporar, la paloma ya había remontado el vuelo y huido.

Así le devolvió la hormiga el favor a la paloma.

Agradece mejor con acciones que con palabras los favores recibidos.

David Galán Parro

Amantes en fuga

¿Por qué encierras, amor, tu presencia

si ella misma ya no te pertenece?

¿Acaso no es ya algo mía

si el breve tiempo indeleble

que nos hemos regalado

es quien decide 

sobre su existencia libre compartida?

Al principio, cuando no éramos amantes

tu presencia no reclamaba su libertad;

nada te pedía:

tuya era y así se conformaba

atada a ti.

Pero ahora que soy tuyo,

suyo me quiere también tu presencia

¿No oyes cómo te suplica

desde la cárcel en que te has convertido?

Deja que se allegue a mí, por favor,

con su alivio, antes de que sea tarde.

Si así no haces,

su acto de liberación

será inevitable,

pero no en la forma en que esperas,

como presencia liberada a ti unida,

sino en la forma en que ha de perderse sin ti,

como presencia presa 

que se proyecta como ausencia 

fuera de los barrotes de tu cárcel.

Adivino 

con dolor inconcebible

con quién se reunirá ya afuera

la ausencia de tu presencia:

con el deseo insatisfecho 

que desesperado en mí te reclama

y que también se perderá sin mí.

Ambos,

monstruos de nuestras entrañas paridos,

arrancados del pedestal de carne 

que somos y los mantiene

huirán inmateriales lejos de nosotros

a consumar lo que no nos dimos.

Siento el horror de esa fuga inminente. 

Ya preveo cómo se aprestan a ello

sabiéndose inalcanzables

para salvarse y para amarse

como no supimos hacerlo.

Acuérdate de esto, amor:

serán despiadados cuando lejos,

siendo ellos los que no fuimos, 

nos contemplen muriendo en soledad

desde el supramundo habitado

por las sombras felices que escaparon 

de las terrenales promesas incumplidas.

David Galán Parro

19 de febrero de 2024

Danza de sol y tierra

¿Por qué me ciegas, sol?
¿Por qué no me dejas ver el secreto de la montaña?
¿No quieres que sea testigo de la belleza?
Amasas con las manos las nubes y las rocas,
las domesticas con tu aliento dorado,
le das formas irresistibles,
te cuelas por las nubes,
danzas con el viento,
caes en picado hacia la noche,
y, sin piedad,
proyectas tu amplia sombra sobre nosotros.
Te fundes con el horizonte,
tu cuerpo toma forma de piedra
oculta bajo el velo de la noche.
Los últimos rayos, esquirlas de luna,
se caen, se hunden,
dejas sin sombra el cuerpo desnudo de la montaña
que has abrazado todo el día
y lo dejas frío, huérfano,
hasta mañana.

Elisenda Romano

10 de agosto de 2023

Elisenda Romano – Poesía y Letras

Jana

a Idriss López Marrero Hace ya algunos años, en una época en que me encontraba bastante desmoralizado -Elena, mi novia, me había dejado- un buen amigo, harto de soportar mis lamentaciones, me aconsejó que hiciera un viaje «para salir del cuadrilátero». Me insistió en que fuera a visitar a su hermana que andaba por Barcelona […]

El león codicioso*

Un león que acababa de matar una gacela en compañía de otros leones se había retirado a la orilla de un río a devorar con calma su parte de la presa. Sujetaba con sus fauces el trozo de carne capturado y lo apretaba para que nadie se lo quitara: La jungla estaba llena de animales al acecho y todos muy hambrientos. 

Como sintió sed se acercó a uno de los remansos del río a beber. Al asomarse vio de repente sumergido bajo el agua a un león idéntico a él que le miraba y que también entre sus dientes aprisionaba un trozo de carne idéntico al suyo. Entonces nuestro león queriendo arrebatarle al otro su trozo abrió la boca para cogerlo y el suyo se le vino al agua. Un caimán que nadaba por allí y le vigilaba aprovechó para llevarse rápidamente el trozo que se hundía. El león lo maldecía rugiendo impotente desde la orilla sin caer en la cuenta que quien le había hecho perder el alimento no era el caimán, sino su propia codicia al verse reflejado en el agua.

Codiciar lo ajeno te hace perder todo

(*) basado en una fábula de Esopo

12 de febrero de 2024

David Galán Parro

Nadie necesario

Y dijo 

desde su alcázar de convencimiento,

desde su recelo enquistado,

desde su tormenta de desprecio:

«Nadie es necesario para mí»

Y entonces preguntó ofendida la voz

de sus hijos

de sus padres

de sus hermanos

de sus amantes

de sus amigos:

«¿Y qué somos en tu corazón?»

«La familia que elegí»

«¿Y cómo crees que has aparecido 

y hemos aparecido 

para que nos podamos elegir

sino sumergiéndonos y extraviándonos

con esperanza, entrega y dolor

en tu nadie necesario?»

David Galán Parro

22 de enero de 2024

El cangrejo que no quería cambiar

Un pececillo fue a visitar a su amigo el cangrejo ermitaño al que llevaba meses sin ver. Como se sabe, los cangrejos ermitaños cargan con una pequeña concha con la que se protegen de sus enemigos y que adquieren, justo después de nacer, de un molusco muerto. Cuando el pececillo llegó vio a nuestro cangrejo jalando con sus pinzas las algas adheridas a una roca dándose su atracón. Entonces le dijo:

-¿Qué tal amigo? Menos mal que subió en demasía la marea y he podido nadar hasta aquí para verte. Este pequeño charco sería de imposible acceso sino fuera por la pleamar. Además está muy alejado de charcos más grandes ¿No has pensado mudarte a alguno de ellos para no estar tan solo? Podrías visitar a otros vecinos o requerir de su ayuda.

-No pienso en tal cosa, pececillo. Cada uno es cómo es. No necesito de nadie, y mucho menos de los que viven en los grandes charcos. Aquí vivo feliz y alejado de las incomodidades y peligros que acarrea el vivir entre extraños. 

-Ya, pero no siempre podrás elegir la situación que quieres como en la que ahora te encuentras. Piensa que el mundo está en continuo cambio y la vida, en continua adaptación a ellos. Te quieras adaptar o no, nunca podrás evitar la incomodidad y el peligro que dichos cambios traen aparejados. Al menos un esfuerzo de adaptación te puede asegurar la supervivencia.

El cangrejo escuchó estas razones pero se mantuvo en su opinión inicial. Entonces el pececillo optó por conversar de otras cosas hasta que se despidió de él.

Pasó el tiempo y el cangrejo gozaba de su soledad elegida mientras crecía dentro de la concha que tomará al nacer y que le servía de protección. Y tanto creció que empezó a quedársele insoportablemente estrecha. Cuando quiso cambiarla por otra mas amplia no la pudo encontrar. Ya era demasiado tarde: en su charco no había molusco alguno, ni nadie más que él.

Finalmente su miedo al ataque de las gaviotas y su propio crecimiento le hicieron morir aplastado dentro de la concha.

No querer socializar ni adaptarse a los cambios del mundo aísla y destruye.

David Galán Parro

23 de enero de 2024

Soneto V

Son en la batalla el arco y el arquero

compañeros que convienen la muerte

del enemigo al que puso la suerte

en el viaje volátil del acero.

Pero esta atroz voluntad convenida

nace de mutuas fuerzas discordantes

preparadas y tensionadas antes

para de la flecha hacer su salida.

Así, amor, a esta lucha nos debemos

vivámosla sin miedo y sin mesura

que como arco y arquero en ella estaremos

inquebrantables como piedra dura.

No demos nuestra lucha por desecha.

No disparemos sin blanco la flecha.

David Galán Parro

21 de enero de 2024

El hoyo

Contemplaba la piel constelada del firmamento y se sintió embargado por la oscuridad en la que presuponía todo el universo contenido. Tenía que recorrer y conocer los rincones profundos de ese universo que le regalara su dios. Este imperativo moral que llevaba a fuego en su mente le obligaba al pago por el regalo recibido. Pero como no podía saldar la deuda se sintió empequeñecido y cada vez más aplastado. Así que no le quedó más remedio que buscar un estrecho agujero luminoso por el que escapar. No sería ni el primero ni el último en tomar ese plan de fuga. Agujero blanco lo llamaban.

Y lo encontró.

Al salir por él se vio frente a algo que no tenía nombre. Era una inmensa masa de agua y a lo lejos una linea horizontal perfecta. Una sola estrella iluminaba todo el lugar a la vez que punzaba con su luz, sus ojos desacostumbrados. Las formas aún eran vagas.

Entonces sintió una mullida superficie bajo sus pies. Miró hacia abajo y vio a un lado el hoyo por el que saliera, con su diminuta tiniebla reclamándole. 

Era en verdad casi un inapreciable detalle en el conjunto del nuevo paraje.

20 de enero de 2024

David Galán Parro