La malla

Sé de la noche gracias al día y del día a la noche. Son recíprocos delatores que se conocen de años.

El día se declara enemigo de mis apocados sentidos. Soy un hombre oscuro al que lo decisivo de la vida se le antoja transcurriendo dentro de su cabeza; que se refugia en las representaciones que le ofrecen los libros; que rehuye la amalgama de percepciones por parecerle intolerablemente abigarrada. Chispean las percepciones sin tomar lugar definitivo en un sistema dentro de mí. 

Frustración.

La noche, en cambio, es amante de mis horas. Pero como amante, me busca y convulsiona. Afloran con ella, el anhelo de los proyectos futuros vistos con esperanza engañosa, el conato de rebeldía ante la aquietada vida diurna que convoca minutos por minutos, la quimera de ser otro más enérgico, más comprometido, más práctico. Chispean las representaciones sin materializarse.

Frustración.

Lentamente el alba y el ocaso reconcilian a aquellos dos viejos conocidos para salvarme de sus cuerpos sublimes e hirientes. Y en ambos, momentos crepusculares me encuentro: yo que me asemejo más a una suave transición que a los contundentes día o noche.

Soy como la lánguida malla que transita de la claridad a la tiniebla y luego regresa; esa lánguida malla que contiene a los contrarios y los perdona.

David Galán Parro

30 de marzo de 2024

El sueño del asno de Kuichú

Yo era un buche que se destetó tarde, quizás porque una ligera cojera hizo de mí un asno algo temeroso al que mamá no podía evitar proteger en exceso. En comparación con mis hermanos, aprendí más tarde a correr, saltar y dar coces.

Vivíamos libres en los hermosos prados y bosques de Francia. No nos faltaba nada. Teníamos el agua de un río y abrevado por él, mucho pasto. Todo el peligro que hasta entonces había nos lo procuraban los lobos, enemigos que mis hermanos y yo, en pandilla feroz, sabíamos enfrentar. Las certeras coces que les dábamos cuando nos atacaban en manada nos dieron fama de rudos y terribles. No recuerdo que ninguno de nosotros sufriera una dentellada de alguna de aquellas bestias hambrientas. Mamá estaba orgullosa y se sentía segura.

Segura hasta el día en que llegaron los cazadores. 

Con sus redes nos enmarañaron e inmovilizaron. Yo tendría siete años entonces. Me separaron de mamá y de mis hermanos y me embarcaron hacia un país desconocido. 

Estuve meses en una oscura bodega junto a otros animales, algunos de los cuales nunca había visto. En situación parecida a la mía, se comportaban de manera bruta y huraña, acaso por la inmensa tristeza que estaba en el corazón de cada uno de ellos. Gallinas, cerdos, caballos, uno que llamaban chimpancé, parecido a mis captores, los humanos, y algunas aves muy coloridas y habladoras, llamadas loros eran toda la tripulación cazada y presa. En jaulas y encadenados nos llevaban hacia tierras extrañas. La comida era escasa y repugnante. Yo no podía dejar de pensar en mis hermanos, en nuestros juegos en el prado, en nuestras luchas victoriosas con los lobos y sobre todo, en mi madre, a la que ya no volvería a ver. Rebuzné muchas noches y lo pagué con muchos latigazos. 

El día que llegamos a tierra firme fuimos recibidos por una comitiva de gente en el muelle y aunque todo era música y fiesta, nosotros nos sentíamos ajenos e inquietos ante toda esa algarabía humana. En nuestras jaulas, las gallinas cacareaban, el mono ululaba, los loros parloteaban sin ton ni son, los caballos relinchaban, los cerdos gruñían y yo rebuznaba. Estábamos todos muy nerviosos esperando nuestro destino.

Nos metieron por separado en carros. A mí y al chimpancé nos tocó ir juntos. Estuvimos dos días traqueteando caminos. El lugar al que llegamos estaba lleno de gente que trasegaba con fruta, ropa, artesanía y otros animales. Oímos que lo llamaban Kuichú. Con los años sabría que se trataba de un pueblo costero de China. A mi compañero, el chimpancé, se lo llevó un señor que venía con un séquito de muchos criados. Alguien más discreto se interesó por mí. Quedé solo con él. Era un hombre de edad madura que se movía con energía y juventud. Me puso una cuerda en torno al cuello, una cosa llamada albarda sobre el lomo y tiró de mí hacia su casa. 

La familia me llamaba Lú y me pusieron atado a un poste dentro de un cercado con valla. Al principio me dediqué a rebuznar y a practicar mis coces: no quería perder lo aprendido pese a mi cojera. Mi comportamiento atrajo la curiosidad de los más pequeños de la casa y luego, de los vecinos convirtiéndome en un raro espectáculo en todo el pueblo. Cierta felicidad sentí en esos días, pero la tristeza volvió y perdí las ganas de mostrar mis habilidades. Entonces mi amo viéndome tan desganado empezó a impacientarse. Días después decidió deshacerse de mí. Ahora puedo comprenderle: No sabía en que emplearme y le era caro mantenerme a cambio de nada.

De nuevo me puso la soga al cuello, la albarda y tiró de mí, encaminándose hacia el bosque. Al llegar a un claro salpicado de tocones me soltó y desapareció. Yo me quedé quieto. Estaba desconcertado: no sabía si seguirle para no verme solo o huir por si volvía con la pretensión de encerrarme de nuevo. Así estuve hasta que se hizo la noche y me vino el sueño.

Al día siguiente me desperté con la luz y el calor del sol sobre mí. Miré a mi alrededor y vi con alegría pasto, el suficiente como para mantenerme vivo en aquel lugar. Luego, cuando la sed se hizo insoportable me puse a buscar algún lugar donde beber y descubrí un sendero que me llevaba a un remanso. Volver a ver mi hocico reflejado en las aguas claras me recordó con dolor mi vida pasada. Estaba solo, muy solo.   

Una mañana en que me sentía especialmente triste, rebuzné largamente. El sonido se prolongó y se perdió en la fronda verde del bosque. Entonces lo oí. Era el murmullo de arbustos rozados por algo cercano a mí que se escapaba y se alejaba pesadamente. Al rato volvió. Esto se repitió en varias ocasiones más hasta que un día mi rebuzno dejó de surtir su efecto disuasorio. Yo estaba aterrado. Pensé en los lobos y en cómo los enfrentaría ahora sin mis hermanos.

La presencia invisible se hizo habitual. Me seguía como una sombra  y me acechaba, pero de manera inofensiva por lo que al cabo me acostumbré y le perdí el miedo. Oía sus pasos en la hojarasca, su deslizamiento entre los arbustos, su aliento acompasado y cálido. Podía ser una criatura divina y benigna. Un ángel de la guarda semejante al que escuché contar a uno de los marineros, una noche en el barco.

Al fin un día pude ver entre los arbustos su piel brillante como el sol, con vetas negras en el lomo y los flancos y con pelo blanco en el cuello y en pecho. Otro día me dejó ver su ancha cabeza ancha. Tenía una boca con grandes y afilados colmillos. Sus ojos centelleaban. Me miró silencioso y atento. Contemplando sus orejas redondeadas (los lobos las tienen afiladas) quise atribuirle una intención más amigable que la de mis antiguos enemigos.

Estuvimos así un tiempo, tanteándonos a distancia. Yo pensaba que su actitud respondía más a la extrañeza o a la curiosidad o a la timidez o quizá a que, como ser divino que era, rehuía el contacto con el pobre ser mortal que era yo. Fui acostumbrándome a su sola visión hasta el punto que se me volvió grata y admirable. Se desplazaba con calma majestuosa, con seguridad, sin afectación,  entre la fronda.

Pero un día su actitud cambió. Empezó a tomarse ciertas libertades injustificadas: se acercaba con brusquedad primero; después me rozaba; luego los roces pasaron a empellones que me hacían resbalar y caer a tierra. Yo soportaba todo pacientemente. Habiéndole perdido el miedo le dejaba hacer y todo por complacerle en lo que creía su inocente juego. Pero aquello empezaba a cansarme ¿Qué quería comunicarme? Finalmente se le ocurrió ponerme una de sus garras en la grupa. Entonces perdí la poca paciencia que me quedaba y le solté una de mis ensayadas coces. Le alcancé el hocico y dio con el lomo en tierra, revolviéndose un rato entre la maleza dolorido. Al incorporarse lo que vi me hizo temblar de las orejas al rabo; las patas me cedían como barro blando por el miedo. Convertido en una mole musculada por la furia dio un salto y lo vi como una enorme piedra abalanzándose sobre mí y tapando a mis ojos la esperanzadora luz del sol. Entonces cuando el recuerdo de mi madre cruzaba en ese instante mi mente en fugaz y definitiva despedida, un destello metálico impactó con mi enemigo en el aire y lo barrió como un trapo. Cayó a mi lado blando y pesado sin tocarme siquiera. El cuello quedó de un tajo a medio abrir dejando manar la sangre. Un hacha voladora me había salvado. Mi vigilante enemigo, el tigre, palpitó hasta morir sobre un lecho de tiernas hojas enrojecidas.

Lo que sucedió se supo pronto en el pueblo y corrió de boca en boca. Quizá me convierta en el protagonista de alguna breve narración popular. Preveo en ella, un final n tan justo para el personaje que me representa, pero sí más aleccionador. A fin de cuentas a punto estuve de sucumbir por esa confianza imprudente que me hacía alardear de una habilidad que me ponía en clara desventaja frente al tigre.   

Sea como sea, después de aquello vivo en este establo de una cabaña perdida en el corazón del bosque de Kuichú. El leñador, el señor Haoran fue mi salvador, y se hizo mi propietario. He acarreado durante años la madera fruto de su modesta industria. Ese fue el digno trabajo que me supo encomendar y que le dio sentido a mi vida entonces. El amor de su hija y ahora de su nieta terminan de colmar mi ya viejo corazón. Moriré decididamente dichoso.

La vida feliz tiene sus rutinas y apegos y un día éstos pueden traicionarnos.  A mí esa suerte me tocó en los campos de Francia quizá con la utilidad de recordar a otros muchos que no se sientan absolutamente a salvo o cuánto menos ajenos al destino de aquellos que les tocará sufrir la repetición de mi incierta peripecia. 

Repetida hasta que mi sueño se haga realidad a través de la Historia: instaurar en el mundo, el reino del justo reparto.

David Galán Parro

29 de marzo de 2024

El asno de Kuichú (adaptación de una fábula china).

He procedido a adaptar el final de esta hermosa fábula popular china con dos objetivos:

1) Para hacer la fábula más amable para los sentimientos de los niños y niñas;

2) y para poder después crear un nuevo relato aún más libre que con ese final se adecue mejor al tema que he elegido para la confección del mismo.

El asno de Kuichú (*)

Nunca se había visto un asno en en el pueblo de Kuichú, hasta el día en que un hombre rico al que le gustaban las cosas raras, mandó que le trajeran uno por barco. Pero como no supo en qué utilizarlo, lo soltó en las montañas.

Un tigre, al ver a tan extraña criatura, sintió miedo porque pensaba que era un dios. Lo observó escondido en el bosque, hasta que se atrevió a abandonar la selva,  donde vivía, para vigilarlo siempre a una cuidadosa distancia.

Un día el asno rebuznó largamente y el tigre echó a correr espantado. Pero se volvió y pensó que, a pesar de todo, ese dios no debía de ser tan terrible. Ya acostumbrado al rebuzno del asno, se le fue acercando, pero sin arriesgarse más de la cuenta.

Cuando ya le tomó confianza, comenzó a molestarle, rugiéndole, rozándolo, dándole algún empujón, así hasta que el asno, furioso, le propinó una coz. “¿Y eso es todo lo que sabe hacer para defenderse?”, se dijo el tigre. Y saltó sobre el asno para comérselo. Pero justo cuando iba a caer sobre él un cazador que pasaba por allí disparó al tigre y evitó la muerte del inocente asno.

Ten cuidado de mostrar toda tu fuerza al enemigo; puede aprovecharlo para hacerte daño.

(*) Adaptación de un cuento popular chino de David Galán Parro

Estudiando Literatura 5: «El suicida» de J.L.Borges

El suicida

No quedará una estrella en la noche.

No quedará la noche.

Moriré y conmigo la suma

del intolerable universo.

Borraré las pirámides, las medallas,

los continentes y las caras.

Borraré la acumulación del pasado.

Haré polvo la historia, polvo el polvo.

Estoy mirando el último poniente.

Oigo el último pájaro.

Lego la nada a nadie.

Jorge Luis Borges

* * * * *

«No quedará en la noche una estrella. / No quedará la noche.»

El segundo verso es una abstracción del primero. Esta abstracción afecta al contenido de manera poderosa. El nivel de destrucción que se produce es mayor, casi absoluto, con el cambio del primer verso. La destrucción de los elementos representados se corresponde con la mutilación del primer verso.

«Moriré y conmigo la suma / del intolerable universo.»

Los dos primeros versos adquieren significación ahora. El verbo «morir» define el significado de la expresión «No quedará…» aparecida antes. La muerte del poeta es la aniquilación del universo. Concepción filosófica: la percepción de las cosas determina su existencia.

«Suma» como colección de cosas que existen.

«Intolerable» este adjetivo se explica en tanto hace referencia al estado de ánimo del suicida. Esto produce una inesperada relación entre el sujeto «universo» y el atributo «intolerable».

«Borraré las pirámides, las medallas, / los continentes y las caras. / Borraré la acumulación del pasado.»

Ahora la expresión «Borraré…» contribuye a la idea de destrucción también pero con un sentido en el que el poeta incluye su voluntad en esa destrucción, se decide a destruir. Antes no se incluía su voluntad en los verbos que expresan destrucción y muerte.

«Las pirámides, las medallas, los continentes y las caras» se reducen a «acumulación del pasado.». La realidad material es reducida a acumulación del pasado.

Antes para referirse a la idea de lo inmenso, el todo dijo: «suma del intolerable universo»; ahora: «acumulación del pasado».

«Haré polvo la historia, polvo el polvo.»

Otra expresión que se refiere a la idea de lo inmenso, el todo: «la historia.»

Nueva expresión de la voluntad destructora del poeta: «Haré polvo…», además expresada de forma graduada y llevada hasta lo absoluto.

«Estoy mirando el último poniente.»

A partir de aquí los verbos se expresan en presente; antes en futuro. Un futuro en donde sólo hay destrucción absoluta, nada. Es lo que espera el suicida.

El poeta nos sitúa en un espacio. Tal vez desde una altura donde ve el poniente. 

Vuelve a confrontarse con la idea de lo inmenso, el todo para representárnoslo como algo pequeño frente a lo inmenso, el todo y como algo que se va a fundir en ello.

Coincidencia entre la idea del final de la vida y la del día, el poniente. Además es el «último poniente» Se refuerza así el dramatismo del suicidio.

En este momento el poniente aparece como elemento individualizado que confiere más carácter de inmediatez, de presente al momento en que se esta expresando el verso.

«Oigo el último pájaro.»

«Último pájaro» Elemento que remite de nuevo al final del día y al propio final de la vida del poeta.

También en este momento el pájaro aparece como elemento individualizado que confiere más carácter de inmediatez, de presente al momento en que se esta expresando el verso.

«Lego la nada a nadie.»

El morir implica que deja de existir todo, menos lo no existente, luego en lo no existente, algo que no es puede ser traspasado a algo que no es

Este verso expresa así un acto puramente ideal que nunca puede materializarse.

David Galán Parro

25 de marzo de 2024

Hormigas

Y entonces los niños se apartaron con estrépito febril de sus asientos dejando libretas abiertas y lápices tumbados sobre los pupitres y de hinojos frente al encerado se reclinaban hacia el rodapié para contemplar embelesados la hilera de hormigas que lo orillaba. Expeditas y laboriosas trasegaban con pedazos de una especie de pulpa negra. Algunas se entrechocaban y se detenían como si conversaran, como si intimaran.

—¿De qué hablan las hormigas, profesor?—preguntó uno

La hilera se perdía en una grieta en la base de la jamba y allí otros pocos niños se arremolinaban fascinados por el milagro de la dispersión de la vida, quizá por la resonancia que en ellos una soterrada brutalidad atávica hacía: el cadáver de un escarabajo era meticulosamente desmantelado.

—¡Mire, profesor, parece que se lo llevan como si fuera un puzzle!

—Sí

—¿Y por qué lo hacen?

—Están trabajando. Lo llevan al hormiguero.

—¿Y por qué lo rompen para llevarlo al hormiguero y no se lo llevan entero?—inquirió otro.

—Para que quepa dentro y poder repartirlo a todas sus hermanas y para que todas puedan comer. Ese será el alimento que guardarán durante el invierno.

—¿Y no tienen pena del escarabajo, profesor?—siguió otro

—No

—¿Y por qué no?

—Porque la naturaleza es así —sentenció él.

* * * * *

Al terminar la jornada, sabía que el padre de Marcos se retrasaría para llevárselo. Había tomado esa intolerable costumbre hacía unos meses. En ella el profesor barruntaba una humillante crueldad, un terco orgullo, pues el hombre había sido amonestado por su impuntualidad y no daba visos de tomar solución o de disculparse. Le justificaba un poco, el reciente abandono, decían, de su mujer, de la que nada se sabía, y su oscura presencia era atribuida a una posible depresión por la ruptura; otros, de lenguas más maldicientes, hablaban de una vuelta a sus escarceos con las drogas. Toda esta calamitosa situación suya había malogrado un incipiente despegue del niño en su capacidad de lectoescritura ¿Y quién debía al final enderezar la situación?

Llegaba entonces con la ropa desaliñada, el rostro opacado, los ojos de ausencia, graso el cabello y desgana en su caminar. Arramblaba con Marcos, mascullando palabras inconexas en las que el profesor quería adivinar o excusas con las que el hombre aliviaba su mala conciencia, o insultos con los que tal vez se arrancaba su indiscriminada hostilidad hacia el mundo.

Padre e hijo se perdían entonces de su vista como fantasmas silenciosos trasponiendo los árboles del parque frente al colegio. En esos momentos en que algunos padres cedían a las peticiones de los hijos para jugar en el parque, aquel hombre  nunca consintió su tiempo para disfrute del hijo. Todo parecía siempre hecho a su huraña medida.

* * * * *

El hombre entra en la casa empujando la puerta entornada. El niño, que quedó rezagado por el camino, va tras él como exangüe y se deja caer en un sofá ajado. Apenas hay luz en el salón y en la cocina y la penumbra del pasillo no nos da cuenta del número de habitaciones. En las paredes cuelgan los desconchados que la pareidolia del niño a veces vivifica inútilmente en sus largas horas de silencio, de hastío. El mobiliario desvencijado y polvoriento es testigo de que en aquella casa se ha detenido de alguna forma para siempre la vida. O quizá nunca estuvo.

El hombre abre la nevera para encontrar algo que beber y luego, como asaltado por un recuerdo incómodo se dice con pesado fastidio que el niño debe comer. La nevera está casi vacía y completamente mugrienta. Envuelto en film transparente sobre una de sus frías planchas, hay un brazo humano. La pintura en las uñas de sus finos dedos la delatan. 

La naturaleza, corrompida por la sociedad aún insoluble, también es así.

David Galán Parro

21 de marzo de 2024

La cierva entre leones

Una cierva que tenía sed fue al río cargando con su cría. Para no exponerla al peligro de los caimanes que por allí merodeaban, quiso dejarla a la sombra de un árbol cercano y sin perderla de vista, se dirigió al remanso. Iba a beber cuando de repente desde el fondo del agua un hambriento caimán salió y le apresó con sus fauces una pata. La cierva forcejeaba para escapar, pero el caimán, más fuerte, tiraba de ella y la arrastraba hacia adentro. Pocos duró la resistencia. La cierva desapareció llevada por el caimán en la boca. Bajo el árbol, se escuchaban los balidos desconsolados de la cervatilla que por ser tan pequeña aún, no podía entender porqué no regresaba su madre..

Entonces al rato unos leones que pasaban por allí la escucharon y acercándose al árbol la vieron:

—Parece una cervatilla perdida —dijo el que parecía el jefe— La cuidaremos. Formará parte de la manada. Es muy niña y pronto aprenderá nuestras habilidades. —luego se calló, meditó algo y finalmente sentenció— Sé bien que hacer con ella.

Y se la llevaron.

La cervatilla se crío pues entre leones. Aprendió sus costumbres en años de convivencia. Corría y saltaba como ellos y con su balido hacía algo parecido a un rugido. No obstante no consiguió comer la carne de las presas. Su alimentación era inevitablemente hierba y pasto.

Cuando creció y se hizo joven, salía de caza con sus hermanos. Ella hacía de cebo. Se ponía cerca de los ciervos machos que la pretendían y se dejaba perseguir un rato por ellos hasta los lugares recónditos donde sus hermanos tenían preparada la emboscada.

En uno de esos días, en mitad de la carrera, el ciervo en celo que la perseguía cayó en una profunda hondonada y se partió una pata. La joven cervatilla se asomó al borde del hoyo y desde abajo el ciervo herido le habló así:

—Se quién eres. No traigas a los leones, por favor. Me comerán. Tu eres de los nuestros y no deberías perjudicar a tus verdaderos hermanos, los ciervos.

—Mis verdaderos hermanos son los leones porque entre ellos me he criado.

—Sí, pero desprecias a la Naturaleza. A la hora de la verdad los leones no dejarán de verte como una cierva y eso lo pagarás. Ahora nada te hacen porque te necesitan para sus planes.

—Y siempre será así.

—No creo. Las circunstancias cambian y por ello también la necesidad. Te confías.

—Estoy pensando que tus razones son una mera estrategia para salir sano y salvo. Pero eso no pasará: no te voy a sacar de ahí—y dicho esto la cierva se fue a donde estaban sus hermanos y los trajo hacia la hondonada para que devorarán al ciervo herido.

Un año después se produjo una sequía. Se secó por entero el río y la verde sabana y muchos animales emigraron a regiones menos inhóspitas para sobrevivir. 

Para los leones, las presas empezaron a escasear y la desesperación y el hambre apareció entre ellos. Entonces, antes de que tomaran rumbo a otras regiones, cazaron y comieron todo lo que aún quedaba en la sabana, antaño su fértil hogar. 

Todo; incluido la joven cierva que hacía de cebo en sus cacerías.

David Galán Parro

19 de marzo de 2024

La infame magia

Son poco más de treinta. Están tumbados en el avaro campo en que unas pocas cosas, a medida humana concebidas, les cercan hasta la extenuación: el pedregal lacerante, el monte seco, la altiva encina solitaria, el viento y el polvo incansables, el cielo azul desvaído. 

Haciendo llaga ardiente en sus pródigas espaldas desnudas, el sol les hostiga mientras esperan al enemigo. 

Desde que su dios creador, el sabio Frestón, los trajo a la vida, desde que los arrancó de las páginas estériles en que se regocija la molicie de tanto lector anodino, desde entonces, nunca se habían enfrentado a un tan digno adversario como aquel que se aprontaba a aparecer en la linea lejana del horizonte, abstraído primero a un mero punto inofensivo.

Andaban ya impacientados cuando lo divisan. Enfebrecidos por el anhelo de la contienda inminente tiemblan sus cuerpos robustos. Ya algunos se yerguen sobre sus piernas estevadas basculando los torsos prietos y sudorosos; ya blanden por encima de sus cabezas horrendas los brazos de casi dos leguas; ya injurian, amenazan y juran la derrota absoluta del único que se les acerca para confrontarles, del único que ansía hacer de ellos despojos vencidos, mala simiente arrasada para el servicio divino en la Tierra.

El punto lejano se aproxima y se bifurca en dos imprecisas figuras humanas casi inapreciables en el reverbero de la tierra ocre.

Una es el héroe que sospechan; la otra, un inesperado acompañante sobre una recua mansa del que no oirían mentar gloria alguna. Se han detenido. Parece que una plática inoportuna les demora. Quizá la prudencia les haga desistir. 

De repente el héroe se pone en marcha y se apresta hacia ellos, clavando espuelas al caballo, fijando en el peto la lanza al ristre, apurando la rodela defensora. En sus labios, va mascullando algo parecido a una ferviente plegaria en la que se entremezcla el nombre de una mujer. Ya ven el rostro enjuto y la mirada alucinada del jinete. En la montura, pellejo adherido a un afilado esqueleto cuadrúpedo, el cansancio jadea desaforado en las ijadas.

El otro, el indigno, atrás, no secunda el arrojo. Inmóvil, vocifera clamando imposible cordura al que se precipita al galope. Acaso sabe que la desigual batalla le depara inevitablemente la derrota al amigo.

Al fin, el compañero que está en primera linea recibe la embestida del caballero armado y siente una punzada fría en el brazo. Una lanza mohosa le ha atravesado la carne. Hace el gesto de zafarse del filo hundido y en la violencia astilla el arma y derriba al jinete y al caballo que caen y se revuelven en el polvo sin tomar pie para reiniciar la lucha. Se mira entonces el brazo que le late de dolor y ve unas vetas de madera que le trepan hacia el hombro, engarrotando sus músculos. En el otro brazo, la misma transmutación le va ganando carne arriba, y en las piernas también empieza a operarse el cambio. Sus extremidades se vuelven rígidas a la vez que ligeras. Tan ligeras que ceden a su voluntad y casi flotan en un volteo incontrolado que les procura el viento sofocante. La cabeza, el pecho, el abdomen son ya una misma dureza de piedra que le enraiza al descampado. No entiende. Quisiera gritar pero carece de voz. No le ha dado tiempo de volverse para ver y pedir auxilio a los compañeros, que extrañamente también han enmudecido a sus espaldas.

El sabio Frestón ha vencido muy provisionalmente sobre su enemigo, el idealismo, esa lacra, esa enfermedad que se arraiga en el hombre para hacer llevadera la crudeza de la vida o para instigarlo con motivos que perpetran horizontes imposibles.  

Venció urdiendo la magia infame que hizo de un puñado de ingenuos gigantes, cebo. Venció con la promesa falaz hecha a éstos, sus propias criaturas, de que la victoria sobre el hidalgo loco llenaría páginas eternas. Esos pobres gigantes son mártires de su lucha, de sus designios. Cumplido el propósito restaba aniquilarlos.

Los pocos más de treinta que son regresan así resignados al tedio de su real y triste faena: abrevar la tierra labrada y machacar el grano que sustancia el pan.

David Galán Parro

13 de marzo de 2024

Historia a partir de una representación inicial dada (1)

A partir de una representación inicial dada narro una historia. Para ello añado personajes nuevos y establezco unas relaciones entre ellos. Esto produce una secuencia de hechos encaminados a un desenlace basado en la representación inicial dada.

Representación dada: Cómo capturan los pescadores al calamar

El calamar tiene ocho brazos que puede replegar sobre su cabeza: de tal modo se esconde de cualquier enemigo. Para protegerse mejor, también suelta un líquido muy negro, la famosa tinta que le sirve para ocultarse al menor peligro.

Cuando los pescadores ven que el agua se pone negra echan la red y así pescan fácilmente a los calamares.

Texto popular de China

* * * * *

Narración: El pequeño pez y el calamar

Un pequeño pez cansado de ser perseguido por un calamar pidió consejo a un amigo suyo, el cangrejo, más sabio que él.

—Ponle una trampa— le dijo el cangrejo.

—¿Pero cómo?

—Acércalo con tu huída a un tiburón.

Al día siguiente, el pez se encontró con el calamar y éste inmediatamente se puso a perseguirle para comérselo. El pez nadando se dirigió hacia la costa donde sabía que encontraría algún tiburón. Entonces justo cuando iba a ser capturado, uno enorme apareció. Entre el pequeño pez y el calamar, el tiburón prefirió al segundo, al ser presa mayor con que satisfacer su hambre. Pero el calamar no se arredró. Soltó su líquido negro, la famosa tinta, ante los ojos del tiburón para poder huir sin ser visto. «Lo que me aconsejó el cangrejo no sirve. El tiburón no podrá cazar al calamar y yo tendré que vérmelas de nuevo con él» pensó el pez contemplando la mancha oscura dejada por su infatigable perseguidor y al tiburón completamente desconcertado.

Pero fue decirse esto y al punto ver salir del agua tintada una red con el calamar atrapado en ella. 

Era la red que había echado un viejo pescador que por allí pasaba al intuir por medio del agua ennegrecida la presencia del calamar cerca de su barca.

Evidenciar tu fuerza frente a unos te pone en desventaja frente a otros.

David Galán Parro

11 de marzo de 2024

Ejercicio de reescritura (4): El asno de Kuichú

El asno de Kuichú (*)

Versión original

Nunca se había visto un asno en Kuichú, hasta el día en que un excéntrico, ávido de novedades, se hizo llevar uno por barco. Pero como no supo en qué utilizarlo, lo soltó en las montañas.

Un tigre, al ver a tan extraña criatura, lo tomó por una divinidad. Lo observó escondido en el bosque, hasta que se aventuró a abandonar la selva, manteniendo siempre una prudente distancia.

Un día el asno rebuznó largamente y el tigre echó a correr con miedo. Pero se volvió y pensó que, pese a todo, esa divinidad no debía de ser tan terrible. Ya acostumbrado al rebuzno del asno, se le fue acercando, pero sin arriesgarse más de la cuenta.

Cuando ya le tomó confianza, comenzó a tomarse algunas libertades, rozándolo, dándole algún empujón, molestándolo a cada momento, hasta que el asno, furioso, le propinó una patada. “Así que es esto lo que sabe hacer”, se dijo el tigre. Y saltando sobre el asno lo destrozó y devoró.

¡Pobre asno! Parecía poderoso por su tamaño, y temible por sus rebuznos. Si no hubiese mostrado todo su talento con la coz, el tigre feroz nunca se hubiera atrevido a atacarlo. Pero con su patada el asno firmó su sentencia de muerte.

(*) Cuento popular chino.

Ejercicio de reescritura

Un asno era algo inconcebible entre los habitantes de Kuichú, hasta que un día el más adinerado del pueblo, ávido de novedades, mandó le trajeran uno por barco. Su llegada al muelle fue una fiesta ese día y luego durante unos meses, su presencia, una atracción para los lugareños.

Al año, el excéntrico comprador se cansó del animal. No sabía en qué emplearlo y solo le daba gastos de modo que lo abandonó a su suerte en un bosque cercano.

Un tigre que a veces merodeaba por allí lo vio. Como no había visto criatura semejante en su vida se le antojó que no podía ser otra cosa sino una terrible divinidad. Pero poco a poco la curiosidad, acaso el hambre, le fue impeliendo a observar a escondidas; y a tanto llegó en esto que pronto se fue de la selva, su hábitat, y se trasladó al bosque para poder acecharla en todo momento y siempre a una prudente distancia.

Un día el asno, ingenuo como era, dejó escapar un rebuzno. El tigre de nuevo asustado huyó despavorido, pero pasado el miedo en él, decidió regresar. Allí seguía la extraña divinidad hozando tranquilamente entre las hierbas. «No parece tan peligrosa» pensó. 

A partir de ese día, el tigre, fue acostumbrándose a los rebuznos y tomando confianza, a la vez que ciertas libertades con las que empezó a importunar al otro: primero se le acercaba, luego le rozaba, y finalmente le daba empellones que lo hacían trastabillar. Enojado ya por tanta molestia, el asno acabó por darle una coz al tigre que al levantarse, sin daño alguno, se dijo: «¿Y esto era todo lo que yo temía?» Entonces se abalanzó sobre él, lo despedazó y se lo comió.

No firmes tu sentencia de muerte mostrando toda tu fuerza frente al que quiere dañarte. Sé muy comedido en esto.

David Galán Parro

9 de marzo de 2024

¿Quién mueve la sombra de las flores?

«La luna iba moviendo de lugar la sombra de las flores de un jardín» (*)

En el oscuro descanso del día, la luna rememora las flores congregadas. Las despoja de sus diversos colores y las cubre por igual de plata. Pasivas en el jardín son el milagro que trajo la luz de la luna.

La sombra de las flores es el sueño de las flores, aquello que no recordarán en su luminosa vigilia. Si la sombra se mueve de lugar y las flores permanecen quietas ¿Quién mueve entonces la sombra de las flores quietas? Quien las renace bajo el oscuro trance del día: la luna con su luz y su viaje nocturno.

¿Con su luz?

No suya, su luz prueba su derrota. El cuerpo desnudo de la luna violentado por la luz inclemente e insomne de la estrella más cercana derrama sobre las flores su derrota de plata. Opacas las flores le regalan a la derrota el sueño mientras esperan el regreso de sus diversos colores. 

¿Con su viaje nocturno?

Rota la inmensa tierra en que se sustentan las flores y la rotación ofrece el navegar con que la luna surca el firmamento.

Luna sin luz suya, sin viaje nocturno. Luna así develada por los siglos de ciencia y que a falta de ésta, fue la creencia la creadora de la bella representación que late en una antigua cita china.

David Galán Parro

8 de marzo de 2024  

(*) Cita de Viaje al Oeste de Wu Cheng’en, facilitada por Francisco Umpiérrez Sánchez.