El abrazo final

En todas sus mañanas Uno se levanta pocos minutos antes de que suene el despertador. Como cada noche, no dejó que la somnolencia le dictara cuándo tomar la cama. Ha dormido profundo. Se despereza y comienza los ejercicios que tonifican sus músculos y le convienen a su espalda de oficinista. Limpia y ordena todo cuánto ofende su vista en los rincones de la casa. Se agasaja con un desayuno espléndido. Se ducha con parsimoniosa liturgia y se adereza con cremas y perfumes. Elige solemne qué vestir y calibra su porte final frente al espejo. Justo antes de salir comprueba que en el escritorio del portátil figuren solo los archivos necesario para la reunión inicial del día y en el móvil, los diversos recordatorios que habrán de auxiliar su prematura desmemoria.

En cambio, en las de Otro todo acontece al revés: apaga la alarma, se arrebuja entre sábanas descoyuntado por un sueño ligero y se concede más tiempo con la falsa creencia, la temeraria seguridad de que domeñará a su antojo el avance de los minutos inminentes. La cadena de actos preparatorios para su salida a la oficina va a quedar como siempre postergada y en consecuencia con sus eslabones ya degenerados por la precipitada improvisación, en el amargo café quemándole la boca, en los lamparones de una camisa importunada por la piel aún húmeda, en el afeitado incumplido de su barba rala, en la deslavazada combinatoria de prendas que calla el espejo, en el escritorio atestado de archivos basura, en las jalonadas traiciones de una memoria desasistida durante el decurso ingrato de las ocupaciones diarias.

Y así, en todos los días y en todas las horas y en todas las cosas, Uno es un jinete resolutivo y Otro, un descabalgado irremediable en pos de un caballo en fuga.

Nadie sabe que Uno y Otro se conocen demasiado bien y que sobrellevan su convivencia en íntimo silencio. Uno, siente verdadero desprecio por Otro y Otro admira a Uno. Uno avergüenza despiadado a Otro y Otro sufre la severidad moral de Uno. Uno se aleja en vano de Otro y Otro le sigue los pasos a Uno con la escasa determinación de una voluntad mermada. Uno siente el terror de ser algún día alcanzado por Otro y Otro, de no poder alcanzar nunca a Uno.

Lo que ambos habrán de descubrir con el paso de los años es que, como siameses fatalmente unidos por un mismo tronco, no pueden sino resignarse a una convivencia forzosa y atroz.

Un abrazo final sellará este descubrimiento antes de trasponer la última puerta.

David Galán Parro

30 de junio de 2024

El teórico formal y el creador activo

En la actividad de escribir hay multitud de individuos que se colocan en posición crítica frente a la obra literaria sin dilucidar nada más allá de lo que le proveen sus conceptos formales. Estos son representantes del prototipo que cabe llamar teórico formal. 

El teórico formal tiene por conceptos, fórmulas, y busca entender con ellos lo que lee. Pero lee y no estudia. No parte de la realidad concreta que es el texto. Le tiene pánico. No muestra múltiples y diversos procedimientos de análisis. Va de sus conceptos formales a la realidad, pero nunca al revés. Así se hace pobre intelectualmente, rígido. Su principal desgracia es que ni transita por la vida sensible, ni transita por la conceptual. Nada de peso tiene pues para emitir un juicio constructivo. Nada podrá decir esencialmente acertado en torno a la gestación de una obra literaria preñada de vida. Bordea las lindes de la misma y golpea queriendo penetrar en sus entrañas. Recoge aspectos formales y los mete en los sacos vacíos que arrastra por sendas polvorientas desde sus primeros tiempos de estudiante.

El teórico formal se frustra entonces. Siente viejos sus conceptos. Se le han acartonado. La vida pasa por delante de ellos, ha evolucionado y no alcanza a explicarla. Como libros viejos en estantería, así se ajan sus conceptos.  Lo que metió en sus sacos vacíos además se le escapa por los agujeros del fondo raído. No obstante, los agarra y los arrastra como firmes creencias que son, luchando con denuedo para validarlos, aunque en su fuero íntimo sabe que no le sirven. Tiene desligada la vida y la creación literaria, pero se obstina en encontrarle las pulsaciones a este cadáver.

Frente al teórico formal se halla el creador activo. Este es vital, es sangre, es dolor, es padecimiento en toda su plenitud. No le conciernen en absoluto las apreciaciones de conceptos  formales, de libros viejos, de sacos vacíos y rotos. No le sirven para crear. Solo le pueden servir los conceptos dados por aquellos otros creadores activos que han hecho su infatigable recorrido. Sabe que ellos le llevarán de la mano para su propósito. En el creador activo resuenan los viejos anhelos, los padecimientos, las incertidumbres, los interrogantes, las victorias de los creadores que le precedieron, hayan estos adquirido nombre o no, poco importa. Con ellos, se entiende, los siente presentes, a su lado le alivian, y con ellos se encuentra lejos del instante congelado que le propone el teórico formal.

El teórico formal se ha quedado solo como un juez que dicta sentencias en una sala desolada aplicando sus conceptos y pensando que son Los Conceptos. Trata de hilvanar un discurso general, pero por ser general, es vacío. Se ha parapetado en él. Nadie le escucha, pero se alivia desde la ignorancia que no se reconoce así misma confundiendo oscuridad con profundidad. Es una sima de palabras en la que nadie encuentra puntos de agarre. Y la sima es una cárcel. 

Por lo dicho, el creador activo es para el teórico formal, lo que un preso vital para un gris carcelero: alguien al que es incapaz de domeñar, alguien que se le ha convertido en un prófugo impenitente, alguien que le escamotea de por vida sus planes de fuga.

David Galán Parro

24 de junio de 2024

Barbarie

Está el producir y está el no producir.

Vemos a un niño en la playa. El niño tiene una pala y un cubo. El niño llena de arena el cubo hasta su borde pacientemente, sin apuro, y luego lo voltea. Lo que pretendía fuera una torre se desmorona. Lo que esperaba que fuera no ha sido. No llora el niño por el resultado de su intento, sino que se dispone de inmediato a repetir la operación. Esta vez en el momento del volteo toma sus precauciones. Aún así la torre no quiere tenerse en pie y cae. El montón de arena se resiste a ser aún lo que el niño espera. Vuelve el niño a un tercer intento. Llena el cubo de nuevo, pero esta vez, ha echado arena húmeda y presiona la superficie que alcanza el borde. Se asegura, dando golpecitos en ella, que quedé compacta —no sabe lo que es compacta— y luego voltea una vez más el cubo. Ahora, sí. El montón de arena deviene torre firme ante sus ojos triunfantes. Lo que esperaba, ya es.  

Solemos contemplar este hecho como quien contempla la luna, la lluvia, una hoguera en la noche, el propio mar. Se nos antoja inagotable a los sentidos. Admiramos la relación intima entre el productor, el niño, y lo producido, la torre. Nos fijamos en los sencillos medios de trabajo del niño, la palita y el balde, y en el objeto de trabajo que emplea, la arena. Vemos cómo opera con la palita y el balde y cómo se decanta finalmente por la arena húmeda, más adecuada para su propósito de compactar la torre. Ha pensado para alcanzar su meta. No hacemos juicio de su actividad productiva en tanto no producimos nada. No hacemos juicio de su relación íntima, emocional, con lo producido. Esto es sagrado, inviolable. Si podemos le animamos a que acometa siempre la actividad con ilusión, afán y paciencia. Si somos productores como él, pero con más experiencia práctica, tenemos cierta autoridad para ofrecerle, no imponerle, otras alternativas. 

Si además el niño es nuestro hijo el hecho descrito y nuestra relación con el mismo adquiere dimensiones emocionales gigantescas. 

Sabemos que el productor, el niño, produce la torre, pero sabemos también que lo producido, la torre produce al niño como productor. En las múltiples y diversas ocasiones en que el niño acomete la tarea, el niño se produce como productor, y se produce no como productor animal, no pensante, sino como productor humano, pensante. Por medio de su pensamiento, el niño se humaniza como productor. Son las hermosas leyes de la dialéctica presentes no solo en los hechos naturales sino en la misma actividad productora del hombre lo que debemos descubrir ¡Cuánta riqueza nace de esta actividad del hombre, en sus dos vertientes, la material y la espiritual!

Ahora volvamos al principio. Está el producir y como dialécticos que somos sabemos que está su opuesto, el no producir. El no producir al no ser, no produce nada. No está siquiera por encima del producir animal, del producir no pensante. No comenzó siquiera su andadura, su evolución. No ha superado a la naturaleza. Luego el no producir mantiene absolutamente al ser humano en la animalidad y un ser humano en la animalidad no trasciende jamás su estadio primitivo natural.

¿Cuál es entonces de forma concreta la relación negativa absoluta del no producir sobre el producir? La relación de barbarie.

¿Y qué es entonces un bárbaro? Un individuo que sin producir pretende la destrucción del individuo que produce. O en términos mucho más abstractos: el ser que no es negando al ser que es.

David Galán Parro

19 de junio de 2024

Las ardillas (versión para niños)

El incendio había comenzado al mediodía y no había dejado de extenderse. Las llamas saltaban de árbol en árbol sin que nada pudiera detenerlas. Las criaturas del bosque estaban horrorizadas. Lo único que les quedaba era huir de aquel infierno que parecía salido de las mismas entrañas de la tierra.

Aunque estaba atardeciendo parecía que se había hecho de noche de tanto humo que había en el cielo.

Entre las criaturas que escapaban del incendio había un grupo de ardillas voladoras a las que el fuego seguía muy de cerca sin dar descanso. Llevaban dos o tres kilómetros recorridos cuando encontraron tras unos arbustos la entrada de una madriguera tapada por una piedra. Una de las ardillas se apresuró a empujarla primero pero no pudo moverla. Luego otras fueron en su ayuda y tampoco pudieron moverla. Tenían que entrar como fuera. El fuego pronto las alcanzaría. Entonces una ardilla planteó que quizás en la madriguera estuvieran sus moradores y que quizás se apiadarían de ellas y les dejaran entrar si lo pedían. Y así hicieron, llamando desesperadas a los que suponían dentro.

En efecto, adentro, muy en silencio, estaban sus moradores, los conejos, escuchando los ruegos de afuera y sin atreverse a dar paso a quienes rogaban. La madriguera era el único lugar seguro en que podían salvarse las ardillas.

Entonces uno de los conejos que parecía ser el líder dijo:

—Compañeros y compañeras, está claro que quienes así ruegan son ardillas y esta situación requiere de una decisión rápida. Tenemos que decidir qué hacer: si dejarlas fuera o dejarlas entrar. Yo opino que las dejemos fuera puesto que nuestra madriguera no es muy espaciosa y los víveres que ahora tenemos son limitados. 

—Son limitados, es verdad —dijo un conejo más joven—, pero no escasos.

—Cierto, pero no sabemos cuántas ardillas están afuera pidiendo entrar —contestó el Conejo Líder—. Quizás sean demasiadas y no veamos desbordados. No podemos arriesgarnos.

—¿Y vamos a dejar morir a nuestras amigas? El fuego avanza hacia aquí. Si estuviéramos en su situación querríamos ser ayudados —insistió el Joven Conejo.

Todos callaban. Estaban nerviosos porque no había mucho tiempo para tomar la decisión. Entonces un conejo de más edad intervino:

—Tal vez cambie la dirección del viento y las llamas no vengan hacia este lado del bosque. 

—Sí, pero lo que dices no sabemos si va a ocurrir. Si no ocurre morirán. No podemos abandonar a las ardillas a su suerte —le respondió el Joven Conejo. 

Otro conejo de mediana edad, dijo con tranquila y suave voz:

—No, a su suerte no. Dios no abandona a su suerte a ninguna de sus criaturas. Dejemos que decida Él. Él sabe bien qué final le toca a cada cual.

—Ya, pero ¿Y si Dios no existe, compañero? —le contestó el Joven Conejo—. Si no existe seremos responsable de la muerte de esas pobres. Y yo me sentiría muy mal sabiendo que pude salvarlas y no lo hice ¡Apartemos entonces la piedra de la entrada!

Así dijo, pero ningún conejo se movió. Seguían en silencio, llenos de miedo. Cada vez tenían menos tiempo. Afuera, las ardillas desesperadas intensificaron sus reclamos mientras se escuchaba el fuego cada más cerca. Los conejos se miraban indecisos y acobardados a pesar de las palabras que el Joven Conejo había pronunciado para convencerlos. 

—Supongamos, joven, que las dejamos entrar —comenzó de nuevo el Conejo Líder— ¿No nos arriesgamos a que se corra la voz en el bosque y que otros animales quieran igualmente entrar? ¿No nos arriesgamos a que, como ya dije, no haya espacio ni víveres para todos? Además si el tiempo de incendio se prolonga y los que entran nos superan en número ¿No se sentirán más fuertes que nosotros y querrán quitarnos todo lo que tenemos cuando, sin poder salir, pasemos hambre? Ya dije que no podemos arriesgarnos.

—¡Pues yo opino que no deben entrar! —gritó de repente un conejo desde el fondo de la madriguera. Otros dijeron lo mismo. Parecían muy enfadados.

—Compañeros y compañeras, las ardillas morirán entonces sin tener culpa.  El hombre daña los bosques y provoca los incendios ¿Qué culpa tienen las ardillas de que el hombre sea tan irresponsable? —dijo el Joven Conejo.

—¡Tampoco nosotros tenemos culpa! —vociferó de nuevo el conejo del fondo—. Además no es culpa nuestra que las ardillas hayan elegido vivir en los árboles y no bajo tierra, más protegidas. En otras lugares del mundo dicen que tienen hermanas que cavan la tierra y hacen madrigueras igual que nosotros.

Esto dijo y la mayoría de conejos pensaba igual.

—Sí, pero siguen sin tener culpa -volvió a contestar el Joven Conejo—. Las ardillas de nuestro bosque son una especie de ardilla que salta de rama en rama. Los árboles han sido durante miles de años sus hogares naturales, como nuestros son las madrigueras. No han elegido vivir en los árboles. La naturaleza dice dónde debe vivir cada cual.

Cada vez que el Joven Conejo terminaba de hablar todos se quedaban callados. Entonces empezaron a escuchar a las ardillas gritar aterrorizadas. El fuego estaba ya muy cerca de ellas, pero los conejos no querían aún dejarlas entrar, no querían hacer caso de las razones del Joven Conejo.

—¡Compañero! —volvió a hablar el Conejo Líder—. Eres muy joven y por eso ignorante del daño que en el pasado nos han hecho las ardillas. Son un verdadero mal para nosotros. Nuestras colonias podrían haberse desarrollado mucho más de no haber convivido con esta clase de ardilla. Las ardillas voladoras han devorado durante años casi todos los frutos colgados en los árboles impidiendo que cayeran aquí en tierra para poderlos comer nosotros. Siempre fue así. Las ardillas voladoras son muy egoísta por naturaleza.

—Yo pienso igual -gritó de repente el conejo del fondo—. Por eso el Joven Conejo no tiene derecho a pedirnos que salvemos a las ardillas cuando ellas siempre nos han quitado el alimento. Pedirnos que seamos comprensivos con ellas es injusto ¿No será que necesitará él estar unos años fuera de nuestra colonia y convivir con sus amigas para ver que tal le va? Quizás así deje de ser tan estúpidamente solidario ¡Que se vaya con ellas! Seguro que volverá pronto con la cabeza gacha, arrepentido y haciendo más caso de las palabras de nuestro Conejo Líder. También será más agradecido y amoroso con todos nosotros que le hemos visto nacer, le hemos cuidado y le hemos alimentado desde que era una cría.

La gran mayoría aplaudió el discurso. El Joven Conejo ya no supo qué responder. Era imposible convencerlos. Se sentía triste y con ganas de llorar al pensar en el final que les esperaba a las pobres ardillas. También se sentía avergonzado creyéndose egoísta respecto de la comunidad de conejos que siempre le había ayudado en la vida.

Entonces un conejo que todos conocían tomó la palabra. Era el Viejo Conejo, el más viejo de la colonia, y quizás por ello, el que más había sentido y padecido en la vida. Pese a no ser el líder, todos lo respetaban y solían hacer caso de sus sabios consejos:

—Nuestro joven compañero no tiene de qué avergonzarse. Él es noble, valiente y justo. Todos los que aquí estamos, existimos gracias al resto de criaturas del bosque, tanto animales como plantas. Nuestra vida y muerte es necesaria para que exista todo el ecosistema. Si una especie se extingue se extinguirán poco a poco todas las demás del ecosistema. Tenemos pues que proteger también a nuestros diferentes, a las demás especies, incluso en momentos tan difíciles como los de ahora. Ellos son ardillas; nosotros, conejos; pero en algo somos iguales: pertenecemos a la misma cadena de seres vivos que nos da existencia y nos mantiene aquí en la Tierra como especies. No destruyamos nuestra unión natural ¡Dejemos entrar a esas pobres que nos piden ayuda y pensemos luego en cómo resolver los problemas que aparezcan! El miedo al futuro nunca sirvió para nada.

Así habló y nadie le llevó la contraria.

La piedra en la entrada de la madriguera fue entonces rápidamente apartada y las ardillas entraron felices.

David Galán Parro

18 de junio de 2024

Las ardillas

El incendio había comenzado al mediodía y no había dejado de extenderse. Las llamas saltaban de árbol en árbol sin que nada pudiera detenerlas. Las criaturas del bosque estaban horrorizadas. Lo único que les quedaba era huir de aquel infierno que parecía salido de las mismas entrañas de la tierra.

Atardecía pero la noche fue anticipada por el humo.

Las ardillas voladoras habían conseguido escapar y en su huída habían dado con la entrada de una madriguera ocupada por una colonia de conejos. Como una piedra impedía el paso empezaron a pedir ayuda a los de adentro. Estos, en silencio, escuchaban los ruegos sin atreverse a darles paso, pese a que sabían que su madriguera era el único lugar seguro en que podían salvarlas.

Entonces los conejos se reunieron para tomar una decisión:

—Compañeros y compañeras —comenzó el conejo que parecía ser el líder— Tenemos que valorar las consecuencias de nuestra insoslayable decisión. El espacio de nuestra madriguera y los víveres de los que hemos hecho acopio para sobrevivir son limitados. 

—Son limitados, es verdad —dijo un conejo más joven—, pero no escasos.

—Cierto, pero no sabemos cuántas ardillas están fuera pidiendo entrar —repuso el Conejo Líder— Quizás sean tantas que no haya espacio ni víveres para ellas y nosotros. No podemos arriesgarnos.

—¿Y vamos a dejar morir a nuestras amigas? El fuego avanza hacia aquí. Si estuviéramos en su situación querríamos ser ayudados —insistió el Joven Conejo.

Todos callaban. Se sentían increpados en sus conciencias, impelidos a decidir en uno u otro sentido. Entonces un conejo de más edad intervino:

—Tal vez cambie la dirección del viento y las llamas no vengan hacia este lado del bosque. 

—Sí, pero confiar en que se realice esta posibilidad es igualmente abandonar a nuestras amigas a su suerte —le respondió el Joven Conejo.

Otro conejo de voz meliflua y trémula, también de mediana edad, apostilló:

—No, a su suerte no. Dios no abandona a su suerte a ninguna de sus criaturas. Dejemos que se haga su voluntad. Él sabe qué le toca a cada cual.

—Siguiendo tu razonamiento, compañero —le contestó el Joven Conejo—, si somos sus criaturas, somos creaciones de su voluntad en todos los sentidos, de manera que nuestros pensamientos, nuestra conversación y la decisión final que se tome es igualmente voluntad de él. Yo soy ateo y no creo que voluntad divina alguna se encuentre en los hechos del mundo. Pero si yo fuera escéptico tampoco consideraría este momento pertinente para enfrascarme en tales disquisiciones: determinar si nuestros actos se gobiernan por voluntad propia o divina es irrelevante ya que a fin de cuentas si por una u otra fuera, a la decisión final que se tome poco le importa quien la maneje, En cambio, como ateo que soy, sí me sentiré responsable del resultado de las decisiones que yo mismo adopto. Luego, yo no quiero lamentarme por mi falta de decisión… ¡Apartemos de una vez compañeros esa piedra que impide el paso a nuestras infelices amigas!

Así dijo, pero nadie se movió. Un nuevo silencio se hizo, calibrador y apremiante. Afuera los reclamos de las ardillas se intensificaban por la desesperación. De fondo un rumor continuo insinuaba el fragor crepitante que se acercaba. Los conejos se miraban con estupor, desconcertados, acobardados, pese a los argumentos ya vertidos.

—Supongamos, joven, que las dejamos entrar —comenzó de nuevo el Conejo Líder— ¿No nos arriesgamos a que se corra la voz en el bosque y que otros animales pretendan igualmente entrar? ¿No nos arriesgamos a que, como ya dije, no haya espacio ni víveres para todos? Además si el tiempo de incendio se prolonga y resulta que nos superan en número aquí dentro ¿No verán en esta circunstancia una ventaja para amotinarse y hacerse con todo lo que nos pertenece? No podemos tomar una decisión tan a la ligera.

—¡Pues yo opino que no deben entrar! —soltó enardecido un conejo al fondo del espacio horadado. Otros secundaron con inusitada brusquedad la opinión.

—Compañeros y compañeras, las ardillas morirán entonces sin tener culpa de la irresponsabilidad del hombre que daña los bosques y provoca los incendios —replicó el Joven Conejo.

—¡Tampoco nosotros! —vociferó de nuevo el del fondo— Además no es culpa nuestra que hayan elegido vivir en los árboles y no bajo tierra, a buen recaudo. En otras regiones del mundo dicen que tienen hermanas que igual que nosotros, cavan la tierra y hacen madrigueras —la mayoría muy crispada empezaba a suscribir interiormente este discurso por entero.

—Sí, pero siguen sin tener culpa: las ardillas de nuestro bosque son una especie de ardilla voladora, que salta de rama en rama. Los árboles han sido durante miles de años sus hogares naturales, como nuestros son las madrigueras. No han elegido vivir en ellos. La naturaleza determina lo que es de cada cual.

Cada argumento del Joven Conejo golpeaba la conciencia de todos, enmudeciéndolos.  Ahora las ardillas habían empezado a gritar horrorizadas a la par que el rumor de fondo se hacía más audible, más parecido al rugido del fuego que abstraía. El miedo en los corazones de los de dentro era cada vez mayor y no iban a cejar en sus argumentos a la contra del Joven Conejo.

—¡Compañero!—volvió a intervenir el Conejo Líder— Tu inexperiencia te hace ignorante de la historia de perjuicios que nuestras vecinas las ardillas nos han infligido durante años en el bosque. Son un verdadero mal para nosotros. Nuestras colonias podrían haberse desarrollado más ampliamente de no haber convivido con esta clase de ardilla que siempre fue una plaga para nosotros. La ardilla voladora ha devorado sin mesura el fruto colgado en la rama de los árboles impidiendo su caída para recogerlo nosotros aquí en tierra. Siempre fue así. La ardilla voladora es absolutamente egoísta por naturaleza.

—Igual pienso —declaró de improviso el conejo más exaltado— Por eso me resulta insultante ver ahora a este joven pedir que seamos comprensivos con las ardillas ¿No será que necesitará él estar unos años fuera de nuestra colonia y convivir con sus amigas para que compruebe en carne propia que tal le va? Quizás así la práctica de su convivencia con ellas desmienta su discurso solidario. Lo veo regresando pronto con la cabeza gacha, convertido en el defensor más recalcitrante del sentido común de nuestro líder y, ojalá también, con los sentimientos más claros y firmes respecto de la comunidad que le vio nacer, que le ampara y le alimenta.

La mayoría aplaudió el discurso. El Joven Conejo no supo qué responder. Por vez primera dudó de sus convicciones. Un sentimiento de vergüenza, de indignidad y de culpa se asomaba sutilmente en su interior ¿Por qué en sus convicciones anteponía el interés de las ardillas al de sus propios compañeros, al de su verdadera familia? ¿Por qué escuchaba mejor a su razón que a su corazón en relación a los intereses de los suyos? ¿Qué extraña traicionera era su razón?

Entonces una voz que a todos era familiar tomó la palabra. Era la voz del Viejo Conejo, el más viejo de la colonia, y quizás por ello, el que más había sentido y padecido en la vida. Su entrega por la comunidad era indiscutible. Nadie podía reprocharle falta alguna:

—No llenéis de vergüenza a nuestro joven compañero. Su pretensión es noble y valiente. Todos los aquí presentes, existimos gracias a la existencia del resto de criaturas del bosque, sean de índole animal o vegetal.  Nuestra vida y muerte particular, se dé en condiciones apacibles o violentas, es necesaria para la existencia de un todo superior que nos trasciende llamado ecosistema. La extinción absoluta de una especie implica fácilmente la extinción, más temprano que tarde, del resto de especies que componen ese todo. Tenemos pues que proteger también a nuestro diferente, incluso en circunstancias como las presentes, tan difíciles para nuestra colonia. Ellos son ardillas; nosotros, conejos; pero algo nos iguala: el hecho de pertenecer a una misma cadena de seres vivos que nos da existencia y nos mantiene aquí en la Tierra como especies. Nos destruyamos por circunstancias accidentales y pasajeras nuestro nexo universal. Hagamos pues entrar a esas pobres que nos reclaman y pensemos luego en cómo afrontar los problemas que aparezcan. El miedo al futuro incierto nunca fue buen consejero.

Así habló y nadie pudo replicarle.

La piedra en la entrada de la madriguera fue rápidamente retirada.

David Galán Parro

18 de junio de 2024

La escritura liberada

Me encuentro con el siguiente texto en un foro de aficionados a la escritura en el que participo:

«¿Dónde estará la escritura que dibuje esa sensación, mezcla de asombro y miedo con diques de respiración? Viene uno a nacer en el filo de una época, y de ahí con el pesado equipaje del equívoco ciego que oculta los ilimitados horizontes humanos, alimentamos la mentira, uniformando los profundos caminos del pensamiento y de las emociones devaluados, falsos, inexistentes.

Seguir escribiendo hasta poder alcanzar las imágenes esquivas de una parte del océano fundamental del estar en la cuerda inexplicable del mundo.

Poder alcanzar la escritura que libere la respiración contenida. Encontrar la escritura donde descansar de la agobiante descarriada realidad. Escribir como niño que va veloz entre el sol y el viento en una bicicleta roja brillante, hermanado de los árboles. LLegar a escribir descarnado del ego, descarnado de falsas e inexistentes candilejas.

Una noche cualquiera la libertad transparente tomará el control de las manos, entonces ya no habrá como respirar sin escribir las posibilidades de existir.»

Pablo Arciniegas Ávila

NOTA: Pinchar aquí para leer más del autor.

Este hermoso texto de uno de los miembros del foro le da delimitación y sentido al acto de la escritura. Mi encuentro con el texto se produce una mañana en que estoy viendo conmocionado, un documental sobre la barbarie mundial que perpetraron Alemania, principalmente, y otros países avanzados e imperialistas; me encuentro con él y me habla, en contraste, sobre la grandeza del espíritu humano en su búsqueda, en sus preguntas y en su necesidad creativa. El texto me reconforta y me devuelve la esperanza.

Ahora yo, frente al texto, quiero encontrar significados y me propongo un procedimiento, quizás algo especulativo, que me estimule y ayude. A fin de cuentas un lector no es más que alguien que toma a su manera el testigo que le brinda el escritor. He de respetar, valorar y cuidar el testigo que me es dado.

Siete ideas claves sobre el acto de escribir creo extraer en la lectura del texto:

– La incertidumbre que se presenta en el acto de escribir: «¿Dónde estará la escritura que dibuje esa sensación, mezcla de asombro y miedo con diques de respiración?»

– La necesidad de reflexionar sobre la vida, profundizarla y ampliarla espiritualmente por medio del acto de la escritura, pese a que tenemos en contra una sociedad convulsa y alienante: «Viene uno a nacer en el filo de una época, y de ahí con el pesado equipaje del equívoco ciego que oculta los ilimitados horizontes humanos, alimentamos la mentira, uniformando los profundos caminos del pensamiento y de las emociones devaluados, falsos, inexistentes.»

– La obligación, la cruz y la gloria, que le es dada al escritor de perseverar en su acto creativo: «Seguir escribiendo hasta poder alcanzar las imágenes esquivas de una parte del océano fundamental del estar en la cuerda inexplicable del mundo.»

– La liberación, reducida a veces a una sensación de alivio físico, psíquico y moral, que nos depara el acto de escritura: «Poder alcanzar la escritura que libere la respiración contenida. Encontrar la escritura donde descansar de la agobiante descarriada realidad (…)»

– La necesidad del acto de escribir como necesidad que brota espontánea y que es primigenia, natural y consustancial y que se ejecuta con disfrute infantil: «Escribir como niño que va veloz entre el sol y el viento en una bicicleta roja brillante, hermanado de los árboles.»

– La necesidad del acto de escribir como necesidad que carece de sentimientos de vanidad y trascendencia social: «Llegar a escribir descarnado del ego, descarnado de falsas e inexistentes candilejas.»

– El acto de escribir sustanciado, hecho sujeto activo de sí mismo y liberado al fin de las propias limitaciones que le impone el escritor alienado y rendido al poder del mercado; el acto de escribir convirtiéndose en el verdadero creador de la vida nueva y libre; el acto de escribir con su propio sentido histórico socialista: «Una noche cualquiera la libertad transparente tomará el control de las manos, entonces ya no habrá como respirar sin escribir las posibilidades de existir.»

David Galán Parro

15 de junio de 2024

El eterno sudario

Se arrojó desesperada al mar para borrarse, pero una bandada de ánades le negaron en el último momento esa definitiva derrota.

Ahora el día contempla su labor constructora; la noche, su operación inversa. Teje y desteje incansable en su aposento.

El ciclo que se postula infinito ha transfigurado el amor imposible y la heroicidad más allá de su objeto, en unas manos que rehuyen el ultraje de los pretendientes retornando incesantes al alba a uno y el mismo sudario.

Ya no contempla el regreso del amado, pero el ciclo simétrico pervive unánime en cada singladura con la que él se le allega.

Mientras la asedian, la esquilman, la quieren traidora.

¿Qué objetiva la mujer entonces en ese sudario siempre inconcluso? Su inexcusable fidelidad a sí misma, su rebeldía precursora, su libertad.

12 de junio de 2024

David Galán Parro

Reencuentro

a Carlos Martín Vega

Fuiste mi pupilo con ocho años

 y hoy alcanzas los veinticuatro.

Eres dos puntos:

uno, vívido recuerdo; otro, compacta presencia.

En medio, nada. 

Así dictó la vida que fueras para mí 

y así te reconozco.

No tengo otras referencias

en este inusitado reencuentro.

Como profesor confieso

que poco te di:

me limité a repetir caminos.

Nada de lo que te ofrecía era mío

porque ni tan siquiera 

tuve la audacia de tenerme.

Ahora es tarde.

A través de ti siento

el vértigo de un tiempo

que se precipita despiadado;

y también una cierta rendición de cuentas:

tu presencia interroga a mis años.

¿Qué has hecho hasta hoy?

¿Qué has perseguido con denuedo?

¿Qué me traes de vuelta?

¿Cuál es tu verdad?

Dame una al menos, me gritas.

Y solo soy

una tediosa indolencia

un balbuceo vanidoso,

trazos perdidos,

teselas dispersas.

Antaño me reía

de tu pueril ilusión

a rebasarme en altura;

de tu sueño febril en la Noche de Reyes;

de las alegrías que te procuraba

tu boca mellada a plazos.

Hoy,

de aquella risa primaveral, 

esta sombra de otoño;

de aquella leve despreocupación,

este grave y tardío desafío:

el de ser hasta el fin,

tu amigo.

David Galán Parro

5 de junio de 2024

Anotaciones a «Límites» un poema de J.L.Borges

Límites

Hay una linea de Verlaine que no volveré a recordar,

hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,

hay un espejo que me ha visto por última vez,

hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.

Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)

hay alguno que ya nunca abriré.

Este verano cumpliré cincuenta años;

la muerte me desgasta, incesante.

ANOTACIONES

-El poema es una enumeración de hechos particulares.

-Los hechos enumerados no parecen tener relación entre sí, dado que en ellos participan objetos de muy diversa índole.

-Esos objetos son: una línea de Verlaine, una calle próxima, un espejo, una puerta y un libro de su biblioteca.

-Entonces ¿por qué esos objetos se puedan poner en relación? Primero, porque son objetos que pertenecen al mundo objetivo del poeta; y segundo, porque son objetos que ya no pueden relacionarse con el poeta, quedan fuera de su vida, y en tanto fuera de su vida, son límites determinados por algo que no se repetirá, que no acontecerá de nuevo, que muere.

-Como en la vida todos los hechos tienen una última vez de ahí que el poema se cierre con el verso: «La muerte me desgasta, incesante»

-El recurso entonces que ha utilizado Borges es hacer una enumeración de elementos particulares aparentemente sin relación y dejar para el final la expresión de su determinación común esencial.

-Otro recurso con el que Borges consigue anchura y amplitud en su poema se encuentra en el hecho de que los objetos seleccionados de su mundo objetivo son objetos muy separados entre sí en tanto se relacionan con el poeta en momentos cotidianos distantes en el espacio o el tiempo. Eso procuran la sensación al lector de que se encuentra en un espacio junto al poeta, rodeados de un mundo amplio de acciones cotidianas. A este efecto contribuye ese recurso recurrente de Borges de representarnos el todo refiriéndose a algunas partes situadas discreccionalmente.

3 de junio de 2024

David Galán Parro

Sobre el narrador en primera persona

Cuando he narrado en primera persona me he encontrado con un problema insoslayable. 

Narrar en tercera persona implica la ausencia de un personaje-narrador, mientras que narrar en primera persona implica la presencia de un personaje-narrador. En la tercera persona el narrador es una forma vacía de conciencia; en la primera, contiene una conciencia. Esta es una diferencia decisiva. Luego nos encontramos ante un problema: Si todo personaje debe establecer una relación de verosimilitud con el modelo o modelos de los que proviene fuera del ámbito de la ficción, esto es, debe tener unas características psicológicas verosímiles y unos comportamientos que obedezcan a la ley de causa-efecto de la realidad objetiva ¿no estará su modo de expresarse determinado por esa conciencia modelo de la realidad objetiva de la que proviene?

Comienzo a leer el relato En tierras bajas de Herta Müller y me encanta la sencillez y a la vez dureza de su prosa pero advierto que quien cuenta la historia es una niña. Inmediatamente me asalta la contradicción y avanzo con inusitada sospecha por las páginas del libro. No me cuadra el modo de expresarse del personaje atendiendo a la edad que se le prefigura ¿Está obligada la autora a hacer verosímil la manera de expresarse de su personaje en primera persona?

Algunos amigos intelectuales resolverían mi duda diciendo que el arte no debe copiar la realidad objetiva exactamente. Para copiar la realidad objetiva ya está la realidad objetiva misma ante nosotros. Eso dirían. Pero ¿No impone la realidad objetiva su ley de causa-efecto natural a la historia literaria? Y si esto es así ¿No se aplicará esta ley a todo hecho objetivo o subjetivo representado en la historia? Es verdad que siempre podemos, como creadores de historias, lanzar una piedra al vacío y hacer que quede suspendida o volando libre; o hacer que un personaje se alegre sobremanera por la muerte de su ser querido. Pero ¿No nos reclama nuestra razón una explicación a esta falta de relación entre hechos, una explicación extraliteraria, la presencia de una ley de causa-efecto natural? A veces, la resolución de una historia no es más que una explicación que ajusta la lógica de la ficción a la lógica natural de la realidad objetiva.

Pero entonces ¿por qué la escritora rehuye la resolución de esta contradicción en el modo de expresarse de la protagonista narradora del relato? ¿Qué argumento podrá esgrimir que explique este rehuir?

Yo, de momento, elijo acercar el modo de expresarse del narrador protagonista lo más posible al modo de expresarse del modelo o modelos sin menoscabo de mi estética literaria.

A fin de cuentas toda decisión (en este caso narrar en primera persona) conlleva inevitables renuncias.

David Galán Parro

2 de junio de 2024