Érase un camello que iba por el desierto, cuando un león sediento y hambriento le salió al paso. El camello se asustó y el león le habló así:
-Tranquilo, amigo camello, confía en mí. Tengo sed y estoy perdido. Si me llevas al oasis más cercano para beber, te prometo que no te comeré.
El camello que conocía bien los caminos del desierto decidió ayudarlo, de manera que lo guió entre dunas hasta llegar al oasis. El león pudo entonces beber y saciar su sed, pero como no encontraba un animal grande que comerse que no fuera el camello, dijo:
-Amigo camello, bien hiciste en evitar que muriera de sed, pero ahora es momento de que evites que me muera de hambre.
Y como el camello no supo qué darle al león, éste se le echó encima y se lo comió.
«No te confíes de alguien que difícilmente puede cumplir su palabra»
Catedral de Las Palmas de Gran Canaria y Plaza Santa Ana
La catedral preside la plaza pródiga de espacio. Durante la noche, las palomas duermen en las cornisas y en los sucios recovecos de su fachada. El alba las despertará sigilosamente mientras despoja de sombras las hermosas formas de la piedra gris.
Es domingo por la mañana en la plaza y van llegando las familias. Estoy sentado en un banco leyendo. A veces levanto la mirada y recuerdo que quiero ser escritor cuando contemplo a los niños en bicicleta o en patines, o pateando sus pelotas, o hilando el aire bajo los capachos de los cochecitos y a los adultos entregados a las conversaciones jubilosas aliviados de su sacrificio semanal. El libro abierto en mi regazo en verdad me aparta de este paisaje humano que es más mío que de la voz que sostienen las páginas que leo ¿Por qué huyo entonces de mi mundo o me protejo de él por medio de este libro? ¿Acaso está él por encima de la irrepetible existencia de este momento mío con voz única también? ¿Acaso me da él la clave de mi vivencia inmediata? ¿Acaso me entrego rendido a la palabra de otro, por no poderme dar fe? Me revuelvo en preguntas trascendentales y nimias.
Mientras, van lloviendo palomas sobre los adoquines de la plaza. Ya desperezadas no esconden su voracidad obscena. Vienen a lo que vienen, aunque yo insista en atribuirles una dulce expresión poética al mirarlas. Un anciano, en otro banco, desmiga un mendrugo y lo reparte frente a si por ver el tumulto ansioso de las aves, sus picoteos efectivos, sus aspavientos y medrosos aleteos, su violencia necesaria. Quizás el espectáculo deja en el viejo un resabio febril y secreto que le hará llevadera la rutina.
Lo contemplo todo esa mañana y al día siguiente vuelvo a mi trabajo de maestro. Pronto será navidad y he llevado a mis alumnos gominolas, chicles y piruletas, tal como estipula para ese día la sorpresa del calendario de adviento que hemos creado cubriendo el mes de diciembre en curso. Es verlas en mis manos y rompen incontenibles en gritos de alegría. Se desbordan, se abalanzan, se agolpan, se dan codazos sibilinos en torno a mí. No distan de las palomas a las que colmaba el viejo.
Es entonces que me descubro decepcionado, estúpidamente idealista: «dedico esfuerzo a que sientan igual entusiasmo por mis cosas intelectuales, pero es en vano» pienso.
Y sin embargo lo sé: la naturaleza tiene sus fuerzas indómitas, su libertad primigenia, y por eso los niños se disfrutan realmente cuando no figuran en nuestros símbolos particulares, cuando no admiten que hagamos falsa y vacía poesía con ellos.
Lo juro. Lo que voy a contar me pasó de niña y es real como la vida misma.
Mamá estaba contenta ese día. Había venido su hermano, mi tío Felipe. Mi tío era un viajero empedernido. Le encantaba viajar y solía traernos pequeños regalos de los países lejanos que visitaba. Aquella vez, Felipe había viajado a Suiza, un país lleno de montañas y bosques en el que, por lo visto, hacen muy buen chocolate, y me había traído una caja de bombones.
—Rebeca, aquí tienes los mejores bombones del mundo. Se los compré a una misteriosa anciana que tenía una casita en mitad de un bosque. Te los mereces: papá y mamá me han dicho que has estudiado bastante ¿No es verdad?
—Sí —asentí orgullosa.
—Pues bien: estos bombones tienen algo especial…
—¿El qué?
—Todos ellos tienen un mismo envoltorio y por sus envoltorios parecen iguales. No sabes cuál te va a tocar, ni qué sabor te espera. De entre todos, hay uno, solo uno, de chocolate blanco. La anciana me dijo que el blanco era el llamado Bombón del Día de la Buena Suerte y me dijo que le tocaría al niño que se portara de manera mas justa y comprensiva con los demás.
Yo me alegré: de todos los tipos de bombones, el de chocolate blanco era mi preferido.
—Pero no sabrás cuál de ellos es —siguió diciendo Felipe—, hasta que no empieces a comértelos.
Entonces papá, que estaba escuchando, le interrumpió con tono aleccionador:
—A ver, Felipe. Son muchos bombones para la niña, demasiado azúcar, una «bomba de glucosa». No olvides que tenemos diabéticos en la familia.
Como siempre, papá se preocupaba por que mi alimentación fuera sana. Se preocupaba hasta lo cansino.
—Sí —replicó mamá—, pero la niña puede compartir los bombones en el colegio con sus compañeros y no comerlos todos.
—¡Buena idea! —exclamó Felipe.
Sin embargo, la idea no me gustó nada. Los bombones me encantaban ¿Y si al repartirlos le tocaba el Bombón del Día de la Buena Suerte a alguno de mis compañeros? ¿Y si encima le tocaba a Pedro? No era justo. El regalo me lo habían hecho a mí. Pensé en una buena excusa para salirme con la mía y dije:
—Pero mamá, mis compañeros reparten golosinas el día de su cumpleaños y mañana no será mi cumpleaños.
—No importa, Rebeca. Los regalos no tienen que esperar por ninguna fecha. Se reciben mejor cuando nadie los espera y son una sorpresa.
Abrí la caja. Eran veinticuatro bombones, todos con el mismo envoltorio. No podía anticipar algo de sus sabores, ni cuál era el de chocolate blanco. ¡Cómo me fastidiaba pensar que debía compartirlos! ¡Y sobre todo con Pedro!
* * * * *
Llevé la caja escondida en la maleta. No quería enseñarla hasta que no me decidiera a compartir los bombones. Cuando las tres primeras horas de la mañana pasaron, la sirena sonó y todos mis compañeros salieron al patio. Yo, con el permiso de la profesora, me quedé sola en el aula. Estaba indecisa. Compartir, no compartir. De repente, unas extrañas vocecitas empezaron a escucharse. Salían del fondo de mi maleta. Me pareció que estaba soñando.
Abrí la maleta y no tuve duda. Eran los bombones que hablaban y discutían entre ellos.
—¡Compañeros! ¡Silencio! ¡Sileeeeencio!—se oyó un bombón imponiéndose a los demás— No se impacienten. Aún no sabemos si nos compartirá —hablaban de mí— Quizás al final de las clases se decida a hacerlo.
—Eso dices tú, siempre tan optimista a diferencia de nosotros —protestó otro—; pero yo no entiendo porque aún no nos ha sacado de aquí. Hace mucho calor y me estoy derritiendo. Voy a parecer un bombón viejo con tantas arrugas.
—Sí, es verdad—intervino otro— Cuando nos vayan a comer estaremos horriblemente derretidos y tendremos unas pintas feísimas ¿Quién quiere comer bombones derretidos? ¡Nadie!
—Sí, es verdad —soltó otro, con voz fina— ¿Para esto hemos venido desde Suiza? Somos bombones suizos. Tenemos una buena categoría, una alta calidad. Esto es indignante, humillante.
—Esta niña es egoísta y caprichosa —intervino otro.
—Tranquilos, compañeros, ella cambiará de idea y nos repartirá —sentenció el bombón optimista.
Pero la mayoría refunfuñó sin convencerse de sus palabras.
* * * * *
Ese día, volví nerviosa a casa con los bombones dentro de la maleta. Mamá me preguntó si habían gustado a los compañeros. Yo le respondí que sí, fingiendo tranquilidad. Mi plan era esconderlos en mi cuarto y empezar a comérmelos todos, uno o dos al día, sin que nadie me viera.
Pero entonces, ciertos hechos inesperados esa tarde, me hicieron desistir del plan. Primero, papá regresó del trabajo diciendo que se le había estropeado el coche; luego, mi hermana recién nacida se echó a llorar sin que papá y mamá pudieran calmarla, lo que hizo que se pusieran a discutir sin parar; además, la tarea que había mandado la profesora me resultó súper difícil y yo no quería pedir ayuda a mis padres tal como estaban. Ya me imaginaba el enfado de la profesora al día siguiente viéndome sin la tarea hecha. Toda la situación era muy extraña: demasiada mala suerte junta en una sola tarde. Nunca me había sucedido. Entonces oí a los bombones reírse triunfantes dentro de la caja.
—¡Se lo tiene bien merecido! —se decían unos a otros— Es una niña demasiado egoísta y además es un poco mentirosa.
Entonces entendí el porqué de la mala suerte. Aquellos bombones tenían el poder de crear problemas si yo no actuaba de manera correcta ¿Quién sería en verdad aquella misteriosa anciana a la que mi tío le había comprado los bombones? «No he hecho bien —pensé—. Tengo que cambiar»
* * * * *
Al día siguiente, llevé de nuevo los bombones escondidos en la maleta, pero esta vez al llegar la hora del recreo me acerqué a la profesora y le dije que quería dar una sorpresa a mis compañeros. Me sonrío.
—¡Qué bien, Rebeca! Veo que estás cambiando a mejor. Repártelos afuera.
En el patio, abrí la caja y ofrecí los bombones, aún algo remisa. Mis compañeros se acercaron sorprendidos y eufóricos. Los bombones eran también de sus golosinas preferidas. Cada uno cogía su bombón, me daba las gracias y se alejaba. Yo observaba cuando lo desenvolvían para comprobar que ninguno se llevaba el de chocolate blanco.
Entonces, en mitad del reparto, se me ocurrió esconder uno de los bombones. Se trataba del que le tocaba a Pedro, el compañero abusador y burlón al que nadie quería. Cuando se acercó a coger en último lugar —yo hice que así fuera—, quedaba un solo bombón y a nadie le había tocado el del Día de la Buena Suerte.
—Lo siento, Pedro — le dije y aparté rápidamente la caja, manteniendo bien oculto el suyo, el que antes había quitado—. Éste que ves es mío. No hay ninguno para ti.
Pedro me miró sin poder creer lo que oía. En su cara se iba asomando la tristeza. Pensé: «Tengo el suyo y el mío. Uno de los dos es el de la Buena Suerte. Si no le doy ninguno, me toca» Yo deseaba tanto comérmelo que insistí en mi mentira:
—Lo siento, Pedro —repetí haciéndome la compungida—, pero se me gastaron.
Los ojos se le aguaron de repente. Contenía las lágrimas, quería parecer fuerte —solía hacerlo así cuando le pillaban en alguna de las suyas y no quería reconocer la falta—, pero al final, no pudo más y rompió a llorar amargamente.
—¿Por qué? —gritó entre sollozos, con la cara bañada en lágrimas— ¿Qué he hecho ahora? Nadie me quiere. No siempre me porto mal. Me echan la culpa siempre de todo. No soy un niño malo.
Entonces, comprendí que yo estaba siendo cruel y que en verdad, Pedro, ni nadie, se merecía que le hicieran eso. Los bombones tenían bastante razón: muchas veces yo había sido egoísta y mentirosa, y sin embargo, ni mis padres, ni la profesora, ni mi tío, me habían hecho sentir mal por ello. Yo era muy pequeña entonces y no podía darme cuenta de que en esto, mis mayores sabían bien lo que hacían.
—Perdóname, Pedro. Aquí está tu bombón —y saqué el suyo de mi bolsillo.
Cabizbajo, puso su mano y se lo di. Luego levantó la cara.
—Gracias, Rebe —dijo más tranquilo. Y sonrió.
Al verle así, no me importó que pudiera llevarse el que yo más quería, el de La Buena Suerte. Era la primera vez que me sentía bien conmigo misma haciendo feliz a otro.
Entonces Pedro desenvolvió su bombón y uno de chocolate negro apareció. El que yo mas deseaba estaba entre mis manos esperando a que le quitara su envoltorio y me lo comiera.
La vendedora del bosque, la misteriosa anciana, no se había equivocado en su vaticinio.
David Galán Parro
3 de diciembre de 2024
(*) a mis alumnas y alumnos de ocho años: Reichel, Alba, Fiorella, Acaymo, Ágora, Neiza, Agoney, Leo, Alejandra, Paola, Yanely y Yuleidy.
Muchas veces en mi niñez, tuve en mis manos el frágil aleteo contenido de un pájaro atemorizado en su vano intento de ser libre, de zafarse de mi fuerza más poderosa que la suya ¡Qué delicado se me hacía ahí, por mis manos atrapado!
Entonces aquel temblor de huesecillos bajo las plumas resonaba en mi pecho de niño, como si mi propio corazón no fuera otra cosa sino un pájaro igual a él; un pájaro que procuraba aliviarle con ternura su miedo de pájaro.
Yo, aquel niño, pedazo de vida cobijando a otro pedazo, pretendía ilusionado y sin saberlo la eternidad de ese instante efímero y por eso me demoraba en él.
Así te siento hoy, mi amada, cuando te dejas abrazar por la espalda y con el gesto me regalas generosa esa vulnerabilidad de pequeño pájaro de mis días de infancia.
Solo que ahora en nuestro temblor compartido no hay un miedo de pájaro preso.
Se enamoró y buscó por medio de ella sanar sus llagas. Ella le correspondió haciendo lo propio en espejo leal. Así, se creyeron mutuamente salvados.
A esto lo bautizaron como plena sinceridad mutua.
Durante años, estuvieron contemplándose, viéndose mutuamente tiernos en esa desnudez herida y vulnerable que les procuraba mutua indulgencia.
A esto lo bautizaron como espera y perdón mutuos.
Muy lejos ya de la pasión primera, otros amores les develaron la derrota mutuamente fraguada y la promesa vergonzante que se hicieron por miedo a la inminente soledad de la carne: la de darse hasta el fin mutua salvación, espera y perdón mutuos.
Por ello, llegados hasta aquí, el último vástago recién bautizado los mira, silencioso y sombrío: el odio mutuo: el odio que en verdad se profesan a sí mismos, juzgándose sin piedad, cobarde y mezquino para con el otro.
David Foster Wallace en su breve novela autobiográfica «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer» deja entrever su visión política conservadora que raya lo reaccionario. Que lo haga con o sin consciencia de ello, no cambia en nada las cosas.
La razón que sustenta mi afirmación se basa en los siguientes contenidos, implícitos o explícitos, de su novela:
1) Foster Wallace parte de la crítica a la excelente oferta de ocio de una empresa de cruceros para exponer su visión crítica del consumismo en la sociedad capitalista. Los personajes que aparecen en su novela son gente de clases medias trabajadoras, de todas las edades y provenientes de distintas ramas de la producción. Están disfrutando de un ocio merecido que Foster Wallace sin embargo ve como algo negativo para la espiritualidad de esas personas ¿Por qué no ve Foster Wallace en ese ocio la contrapartida a sus vidas de esfuerzo y trabajo duro? ¿Cómo puede tener un concepto tan negativo sobre el hecho de que la clase trabajadora acceda con cierta facilidad al disfrute del conjunto de los valores de uso que ella misma produce?
2) Foster Wallace parte de su percepción de las duras condiciones de trabajo de la tripulación del barco y de la percepción del trato laboral vejatorio que sufren los trabajadores de rango inferior por parte de los de rango superior para exponer su crítica a la explotación laboral ¿Por qué saca conclusiones Foster Wallace del trabajo de duras condiciones en base a una percepción de la tripulación del barco? ¿No es pobre esta visión y por ello, sus conclusiones? ¿Acaso la existencia material del barco en el que va se da forma espontánea? ¿Quién produjo tal maravilla de la ingeniería humana sino la fuerza de trabajo de millones de personas, niños y adultos, en sus diversas condiciones laborales? ¿No tendría entonces que tener un concepto más amplio para profundizar su crítica si ese es su fin en la novela? ¿Cómo puede tener un concepto de explotación tan estrecho? ¿Sabe que el concepto de explotación está más relacionado con la proporción entre beneficio y salario? ¿Sabe, por ejemplo, que un futbolista de élite es bajo su forma económica de miembro de clase capitalista un explotador de primer orden? No, él es como si viera el sol por el cielo y estableciera su crítica a partir del movimiento aparente del sol.
3) Foster Wallace hace mención en distintas partes de la obra de la identidad nacional y racial de ciertos personajes: los operarios del aeropuerto son todos cubanos, los trabajadores de rango inferior de la tripulación son libaneses, los trabajadores de rango superior son griegos, «una legión de tipos del Tercer Mundo con monos» (nota 17) y (pág. 65, capítulo 9) ¿Por qué lo hace? ¿Porque es racista? No creo. Pienso que lo hace porque él concibe las relaciones de explotación como contradicción entre el Primer Mundo y el Tercer Mundo, pero confronta el consumo excesivo del Primer Mundo con la explotación laboral de trabajadores que provienen del Tercer Mundo, como si el hecho segundo fuera consecuencia directa del hecho primero, como si la clase trabajadora que consume de un lado fuera la responsable de las condiciones laborales opresivas que sufre la clase trabajadora del otro lado. Esto a mi juicio, es no entender en absoluto las contradicciones de clase a nivel mundial, que ya en el momento en que se escribió la novela, se manifestaban de similar manera a la manera actual.
4) Foster Wallace pierde esta atenta mirada, que no deja de ser bienintencionada, cuando en determinadas partes de la novela frivoliza o deforma con el lenguaje el contenido real de determinados acontecimientos históricos muy dolorosos: en el capítulo 5 para referirse al estado calamitoso de las infraestructuras de un aeropuerto estatal y su trasiego desordenado de personas dice primero: «Imaginen el día después de la caída del Muro de Berlín si todos los alemanes del Este fueran rollizos, de aspecto cómodo y vestidos con tonos pastel caribeños, y se harán una idea bastante buena del aspecto que tiene hoy el aeropuerto Fort Lauderdale» ¿Sabe lo que significó en verdad Foster Wallace la Caída del Muro de Berlín? La Caída del Muro de Berlín supuso una derrota para el avance del Socialismo en el mundo ¿Qué concepto tiene Foster Wallace de Socialismo? ¿Es tan pobre como su concepto de explotación? ¿Cómo puede frivolizar Foster Wallace comparando un acontecimiento doloroso con un hecho que manifiesta depauperación en los medios de la economía pública? Más adelante en el mismo capítulo: «Por lo visto el aeropuerto Fort Lauderdale es el típico aeropuerto tranquilo de tamaño medio durante seis días a la semana, pero todos los sábados parece la Caída de Saigón» ¿Sabe lo que significó en verdad Foster Wallace la Caída de Saigón? Lo que llama él «la Caída de Saigón» fue la liberación de la ciudad de Saigón por parte del ejército comunista de la ocupación estadounidense ¿Por qué entonces no dice la «Liberación de Saigón»? ¿Cómo se puede permitir esta tergiversación de la realidad histórica por medio del lenguaje, precisamente él, que en la novela es manifiesta su crítica al uso falsario y espurio del lenguaje para nominar la realidad y manipularla? ¿Cómo se permite esta contradicción de bulto? ¿Acaso no le traiciona un cierto fondo político conservador, e incluso reaccionario, pese a que quiere anticiparse a él? En otra parte compara el hecho de esperar en la cola para acceder al crucero con una fila de personas que de forma inminente van a entrar en la cámara de gas nazi ¿Es consciente Foster Wallace de la frivolidad y la falta de sensibilidad con que escribe al sacar estos temas? Un escritor a mi juicio debe ser un hombre atravesado por el impacto emocional de ciertos hechos imborrables y bárbaros de la Historia. No estar en esta disposición es alejarse mucho de la condición humanista profunda que debe vibrar en el espíritu del que escribe.
Sigo leyendo la novela de David Foster Wallace “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer” y aunque en el Taller de Literatura al que asisto nos han pedido la lectura completa de tal novela, no llegaré ni a la mitad de la misma, quizás dada mi tendencia a tomar notas que me ralentizan el proceso de lectura.
Quizás —he dicho— dada mi tendencia… porque del lado del autor hay algo de base que me impide avanzar con fluidez. Algo que quiero llamar falta de contenido esencial.
El contenido esencial de una obra que expresa una historia —pienso en literatura y en el cine—, debe ser a mi juicio, el mundo subjetivo universal, esto es, el mundo interior a la conciencia del hombre trascendiendo casi cualquier época y lugar.
No hay historia con finalidad artística que no deba ser contada apuntando sólo al mundo subjetivo universal. No hacerlo es caer en el documentalismo, en el ensayo, en la monografía.
Ese mundo interior a la conciencia no puede estar formado por otra cosa que no sean los sentimientos, las creencias, los pensamientos y los valores en estado de conflicto dentro de los agentes activos de la historia contada, los llamados personajes. En la medida en que la obra no expresa la parte que trata de ese mundo, esto es, el tema, y no lo expresa con claridad suficiente a través de sus particulares medios artísticos, la obra se empobrece y se vacía. Y la propia elección del tema también es decisivo para el alcance de la obra: por ejemplo, no es lo mismo tratar el tema de los celos en pareja que la muerte de un ser querido o el acercamiento de la muerte propia.
Establecidas para mí estas premisas, no puedo sino señalar en la obra de D. F. Wallace la poca presencia del mundo interior a la conciencia y sus conflictos y la falta de claridad en la expresión de éste mundo por medio de la representación literaria.
* * * * *
Para ejemplificar esto que digo quiero centrarme en el estudio del capítulo 7, concretamente sobre lo que ahora llamaré inadecuadamente Tema.
En este capítulo el protagonista acaba de embarcar en un crucero que durará siete días y a mi parecer, debemos distinguir un discurso principal y un discurso secundario en el discurso total del capítulo.
El discurso principal aborda el Tema —repito, si así lo podemos llamar— de “la marejada” y lo desarrolla mediante dos líneas de subtemas: línea 1) La marejada y el mal tiempo / La marejada y el mareo / el mareo y los hipocondriacos / el mareo en general / el mareo en el narrador / El mareo y los parches para el mareo que usan los pasajeros del crucero / El mareo y el aspecto físico del mareado determinado por los síntomas del mareo / El mareo como tema de conversación entre pasajeros; y línea 2) La marejada y el movimiento del barco / los movimientos del barco: “dar cabezadas” y “bambolearse” y sus respectivos efectos negativos / el movimiento del barco y su efecto positivo: el descanso.
Esto es el esqueleto temático del discurso principal del capítulo, girando en torno a un objeto del mundo exterior «la marejada» y no a un objeto del mundo interior consciente del ser humano. No hay sentimientos, creencias, pensamientos, valores, confrontados, puestos en lucha. No hay movimiento de fondo. No está el contenido esencial propio de la Literatura. Todo lo que cuenta aparece tocado por el gélido despliegue formal del narrador con sus sorpresivas ocurrencias desde una originalidad que consiste en el destellar aislado de una excentricidad personal particular puesta al servicio del humor inteligente que no trasciende ni alivia de nada al que busca en la literatura algo de verdad sobre la condición humana.
El discurso secundario del capítulo 7 se despliega en una extensa nota (la nota número 32) en la que el narrador describe la relación que mantiene con otros pasajeros del crucero con los que compartirá mesa durante los siete días. Ni siquiera en este despliegue discursivo, carente prácticamente de historia —y por eso, sin ella, de narración— encontramos un Tema.
* * * * *
Para acabar confesaré algo personal que sentí con lo leído: Foster Wallace me agota, me vacía, me exaspera y me duele a la manera de la persona que queremos sin saber por qué; o que sabiéndolo la queremos porque intuimos en ella a alguien que se acerca a nuestra emoción por otras vías; a alguien que sin poder evitar ser quien es, se cuela para regalarnos también muy buenos momentos.
Tal vez yo no sea una persona comprometida socialmente. Mucho me queda para serlo. Mucha observación y reflexión sobre la vida y el mundo. Pero lo que no haré nunca es escribir con la visión de David Foster Wallace.
Estoy leyendo la novela «Algo supuestamente divertido que nunca volveré hacer» y no la acabaré. No me interesa, aunque me he prometido sin embargo algún día abordar los relatos de su autor. No me cierro a ello, quizás con la esperanza de que me resarza de esta frívola novela. Y muchos son los rasgos, que en mi opinión, la hacen insoportablemente tal; rasgos determinados por la visión del mundo y de la vida que tiene Foster Wallace; visión que me parece superficial, pesimista y reaccionaria.
En primer lugar, para Foster Wallace el mundo objetivo sensible y el subjetivo y la relación de ambos nos lo presenta negativamente. El mundo objetivo sensible lo vuelve frío, feo, oscuro, excesivo, protuberante, histriónico, enfermo. El mundo subjetivo lo vuelve vacuo, materialista, hedonista, opresor, carcelario, autocomplaciente, decadente. El mundo objetivo sensible lo presenta como fachada procaz y reflejo de un mundo subjetivo vacío. El autor parece sentirse por encima de esta aberrante verdad por el mero hecho de hacernos saber que es consciente de la misma. Parece sentirse salvado moralmente por constatarla. Se extraña del mundo y lo juzga desde fuera. Pero se equivoca: nadie está más dentro de él que quien lo contempla conscientemente y juzga sus limitaciones como verdaderas aberraciones morales sin ofrecer nada a cambio.
En segundo lugar, no hay profundización en sus personajes. Su novela parece destinada a ser una catalogación genérica de grupos humanos tratados como rebaño usando burdas etiquetas en donde no hay distinción. Así nos concreta los personajes colectivos. Si algún personaje individual aflora de entre esa masa social petrificada, no hará nada por presentárnoslo con una mínima explicación psicológica de fondo que no sea su propia concepción negativa de la condición humana. Todo es despersonalizado en beneficio de su visión superficial.
Foster Wallace confunde su representación del mundo con el mundo mismo y no se da cuenta de que al final él mismo contribuye a la barbarie con lo que escribe ¿Hace humor Foster Wallace? Yo diría que no. Simplemente oscurece y vulgariza el mundo y nos quiere hacer creer con ello, que se encuentra más cerca de la verdad, cuando lo que hace es humor sin un fin liberador. Por eso su posición es, bajo mi punto de vista, no liberadora: el humor para devastar más aún la vida devastada. Humor para encerrarnos. Humor ocurrente que no ofrece alternativa, que no alivia. Y por eso quizás él mismo, como escritor, se ha deshumanizado y malogrado.
Ahora hablaré de mí. Como creador de relatos cómicos, he perseguido con el humor un objetivo liberador. También aliviar el dolor que producen ciertas contradicciones del mundo consciente universal a veces insalvables. Tengo necesidad —por ciertas experiencias personales que no vienen al caso— de observar en el mundo las limitaciones humanas y reflejarlas en personajes incorregibles e imperdonables a los que finalmente el tratamiento humorístico redime. Con el humor los exculpo de sí mismos por lo que son, sienten, creen y hacen. Y por supuesto lo hago siendo fiel a mis valores de cada momento. He encontrado en el humor, esperanza y comprensión; un relativismo moral que necesito y me libera.
Pero en David Foster Wallace, el humor pierde su finalidad liberadora. Entonces ¿para qué escribe este autor desde lo humorístico? ¿para qué nos encarcela con su humor oscuro? ¿para qué nos hace partícipes de su negativa visión del mundo que de nada sirve? ¿Cómo pretende superar esa devastación que percibe? Si su escritura ha perdido su objetivo liberador ¿a cuenta de qué escribe? ¿Para hacernos reír mientras contemplamos un mundo sin alternativa, sin solución?
Encuentro suficientes estas razones para que Foster Wallace me parezca un escritor con una visión superficial, pesimista y reaccionaria del mundo.