No como querías

En el principio, no luché por ti;

no como querías: 

con arrojo, con audacia, con peligro.

No. Así no fue y ya nunca será.

No hubo sorpresas, ni flores, ni cenas con velas;

no hubo canciones de amor,

y ni de lejos, algo parecido 

a esta cosa fría que ahora te escribo.

En su lugar —mi memoria así lo quiere—,

fue una tarde mutua bajo un nimbo plomizo;

un paseo sobre adoquines suciamente trasegados;

una lánguida conversación en un banco de piedra gris;

un soportal para guarecernos de la lluvia;

por un filo traicionero en la pared donde nos reclinamos a la espera del escampe, 

tu media corrida;

y ya de noche, empapados al borde de la despedida,

un beso por llegar.

Nada era claro aún, ni debía serlo.

Días después, a nuestra torpe manera,

algo vacilante se anticipó

cuando consentimos aquel ausente beso 

de nuestra penosa tarde de lluvia

en mi coche —en mi también penoso coche—

bajo un puente en que rodaban otros

con la feroz determinación que tal vez ya nos debíamos.

Ahora incluso sospecho que llevabas prisa por volver a casa.

Sí, mi amor: no hubo lucha a la manera que esperabas entonces;

quizás me reservaba sin saberlo para ésta de ahora, más ardua: 

la que día tras día, fuerte e inevitablemente,

nos seduce y allega siendo la que no querías.

David Galán Parro

27 de abril de 2025

Abismo

No te vayas de mi lado, amor,

Nunca

Volverán los monstruos 

y no sé si podré conjurarlos

solo, 

suspendido, 

sobre la vida que socavaron, 

sobre al abismo que dejaron.

A veces me despierto sobresaltado

y te llamo como un niño 

que ha regresado a una casa desolada por la guerra

—perdóname, si aún soy eso—.

Como él, temo 

que me sean sordos los tabiques

y que no responda tu cálida voz tras ellos.

La pesadilla me acecha desde la sima

con sus fauces de dios aniquilador de todas las cosas,

con sus monstruos que miran de soslayo.

Y es tan horrible este vértigo,

aquí suspendido sobre el abismo,

que solo saber que no estás,

vuelve la abjuración que es

verte con ojos de trasmundo, 

en un consuelo.

David Galán Parro

16 de abril de 2025

El principiante del amor

Diotima, la sacerdotisa de Mantinea, hablaba al principiante del amor. Aún los deseos de éste se regocijaban en el estrecho ámbito de las naderías mortales, de las formas efímeras. Aún estaba él, lejos de ser el sabio que perduraría en la memoria secular.

«Como amante, encamínate por las sendas perfectas del amor. El horizonte te espera. Es una revelación suprema de difícil alcance. Yo te haré por mis palabras conocedor de cómo se desenvuelve su existencia.

De todos los cuerpos bellos a los que debes prestar atención, sólo uno se erigirá como único. Este cuerpo será la materia en la que insuflar un hálito de razonamiento, también bello. El equilibrio de cuerpo y alma debe quedar establecido en el que sea tu amado.

Pero la belleza, una y la misma, no sólo habita en ese bello cuerpo que hayas elegido, sino que asoma en todo cuerpo bello, y por eso en todos has de considerarla. Vuelve así tu mirada, hacia el interior de todos los cuerpos, y en ellos encuentra la belleza repartida, aquella que te aquietará las ansías más terrenales por el solo cuerpo de tu amado, y que hará de él para ti, poca cosa. Esto constituye tu primer desprendimiento. Supeditarás la lozanía a la virtud, el cuerpo al alma, de manera que lo poco agraciado no será óbice a tu modo de amar.

Contemplarás las virtudes, te embriagarás con ellas y te harás maduro para descubrir la belleza también en los mundos ético y político, pues en ambos las virtudes actúan recíprocamente en armonía siempre constructiva.

Luego sentirás cómo esa belleza de las normas de conducta resuena en las leyes naturales que rigen las cosas. Te convertirás en el amante de una estrella, de una piedra, de un río, de un hombre, de un caballo, de una hormiga, de todo ser cambiante. Una abierta mirada viajará contigo con ojos que te develarán la belleza tras el mundo. La ciencia será tu herramienta; la sabiduría, tu credo.

En el rigor del discurso encontrarás el broncíneo espejo de ese orden natural recién descubierto. Te afanarás en la dialéctica, pues ella es la más certera adecuación entre el movimiento del pensamiento y el de dicho orden. Pertrechado de esa nueva clarividencia, no escatimarás esfuerzos en hacerte heraldo de la verdad y te sentirás obligado a democratizarla. Esto se volverá en ti, un imperativo ético. El recorrido de años de observancia amorosa hacia todo lo mudable te deparará la sabiduría buscada: verás las cosas unidas por medio de cada particular ciencia como se ven los hilos en una bella tela; y las distintas ciencias por medio de una última y sola ciencia, como se ven las telas en una majestuosa túnica.

Estarás preparado ya entonces. El esfuerzo te habrá dado su fruto insospechado. Tu embelesamiento de ahora te parecerá algo trivial, indigno. Frente a ese fruto, te rendirás contemplativo: Ni nace ni muere. De nada se predica que no sea él mismo y nada lo mide, pues ninguna es su forma. En nada participa únicamente pues es de todos y de ninguno. Todos fluyen a través de él porque necesitan de él.

Tal es la naturaleza de ese fruto llamado belleza en sí.

¡Yo te lo digo, joven Sócrates, aventúrate con tu sangre audaz y ávida por estos caminos que proclamo y tuyo será el favor de los dioses y acaso también su reservada inmortalidad!»

Y dicho esto, la sacerdotisa calló.

David Galán Parro

27 de abril de 2025

Nuestra guerra

He persistido en el modo antiguo del amor. Tal es así:

Como todos, fui la mirada despreocupada hacia una multitud de rostros indistintos que en vano hacían por seducirme.

Luego, la mirada embelesada hacia una sucesión de rostros, siempre únicos y dolorosamente hermosos.

Después, un arriesgado minuto, la celebración de su «sí» tácito, el verdor de su beso, una riada por extrañas regiones a mares aún lejanos, un impulso insaciable hacia su carne proclive a mí y por ésta, colmando mi impulso, fui un estallido de dicha.

Después, como todos, fuimos —no fui— un remanso de aguas quemadas por el cielo desgastado del poniente, un banco en mitad de un sendero grave y boscoso en el que maridar dos destinos en uno, un espejismo de paz.

Y luego —en este orden cíclico que entreveo eterno—seremos: palabras en mutua búsqueda, una incierta encrucijada; un ruido de sables de ejércitos confrontados, el avistamiento mutuo de las insignias que se odian, de las posiciones enemigas; la extenuación de la contienda sin un final próximo, la negra desesperación, un campo plagado de unánimes cadáveres, un osario sobre el que brotar de nuevo, como campo de briznas de hierbas primero, de tímidos matorrales y árboles después; y finalmente, paridos de los troncos que inauguran el nuevo bosque, los nuevos luchadores dispuestos a sucumbir en otra inminente batalla.

Y así, la vida y la muerte que nos traerá nuestra particular guerra, repoblará el desierto infinito que trajimos de cuando aún no existíamos el uno para el otro.

David Galán Parro

24 de abril de 2025   

El eterno insatisfecho


Soy el hijo de una ocasión propicia que la astucia de una mendiga supo ver en el sueño de un dios entorpecido por el néctar. Dormía mi padre su exceso en el Jardín de Zeus y hasta él se allegó furtiva mi madre para cubrirle. En ese desigual lance fui engendrado.

La suerte quiso que todo aconteciera en la fiesta de natalicio de ésta a quién ahora acompaño y para la cual me hallo siempre solícito. No me separo de su sombra, pues me precio de ser amante empedernido de una belleza que a mí no me fue dada. Y Afrodita es dolorosamente bella.

Duro y flaco no he podido desmentir esa falsa creencia que me representa delicado y melifluo y que auguro se extienda infame en la memoria de los hombres futuros  ¿Cómo habría yo de ser de tal condición, teniendo por herencia la astucia de una mujer que constantemente mendigaba o rapiñaba recursos? Puertas y caminos son mi lecho; la intemperie, mi manta; mis pasos desnudos, una prisa hacia la oportunidad, hacia un destino incierto. La indigencia es la divisa que felizmente me ha tocado.

Tengo en los buenos y bellos mis presas. Lleno sus corazones de estas ansías que siempre me desbordan. Conmigo han probado la dicha y la desdicha en vertiginoso maridaje y los he instruido en la eficacia de los recursos de que hago acopio con mi avidez de conocimientos. Soy el impulso que impulsa. Nada me guardo si de mí se espera el prodigio de un movimiento siempre cíclico: morir en cada necesidad satisfecha y revivir en la que está por satisfacer. Soy el insatisfecho en búsqueda perpetua.

Soy por ello, también, una suerte de género proscrito que encuentra en el oxímoron el más veraz espejo de su esencia: soy un eterno siempre mortal o un inmortal siempre efímero…

Soy el Amor.

David Galán Parro

12 de abril de 2025

Fuentes para la creación literaria 1: usando lo superado

Borges explota la paradoja del espacio y del tiempo en el mito de Aquiles y la Tortuga contado por Zenón para su propósito literario. En su conclusión falsaria encuentra Borges una fuente de inspiración para la creación.

He aquí pues, otra fuente de la que puede beber la literatura: aquellas teorías y paradojas que han sido superadas y con las que le es factible crear nuevos mundos. La literatura tomando el residuo de teorías y paradojas superadas crea nuevos mundos ficticios.

En ese sentido en el texto el Enigmático sonido me aventuré a pergeñar una realidad literaria imposible: la equiparación de dos mundos con valor ontológico diferentes: el mundo de la no ficción y el de la ficción. De esta manera, Quijano, convertido en Quijote, cuando come en la venta y ve al capador de puercos con su capapuercas es el equivalente a mi persona en mi niñez que sólo alcanzaba a oír el tañido del capapuercas en la calle. Qué relación tiene cada uno de estos dos personajes, tras su acto de percepción —visual, Quijano; auditivo, mi yo narrador— con respecto al posterior acto de representación, es algo que contribuye a hacer factible la contradicción: pero como contradicción para un uso literario.

Otros textos de la mitología clásica griega me invitan a la creación. Textos preñados de una concepción antigua y mítica del mundo y de los hombres. No representan mi concepción, pero sí mi particular encuentro con algunas de las premisas que demanda mi nueva identidad.

David Galán Parro

11 de abril de 2025

Diferencias y coincidencias de pensamiento

En una conversación, un amigo me cuenta que un partido político de ámbito municipal, al que llamaremos Z, fue creado por cuatro hombres jóvenes. El partido de carácter asambleario y vecinal, de izquierda y nacionalista, se mantiene hasta hoy en el gobierno del municipio, tras casi sesenta años. Mi amigo atribuye a éstos hombres que lo fundaron el rasgo moral de «buenos», y atribuye su éxito electoral entre otras cosas, a este rasgo.

Yo escucho a mi amigo y procuro ser muy cuidadoso en cómo le confronto, porque para mí lo primero es el lazo de amistad que tengo con él, que se sustenta en el plano teórico, en nuestras comunes y profundas convicciones humanísticas; y en el plano práctico, en nuestros momentos de alegría, disfrute y comunicación.

De la exposición de sus ideas, lo que principalmente valoro es que me haga partícipe de ellas sin temor a mi juicio. Y gracias a que me expone sus ideas, renuevo o refuerzo, modifico o afianzo las mías. Y sobre todo capto bien lo que me une y lo que me identifica con él.

¿Qué saco a cuenta de lo que me ha contado en la conversación que tuvimos? Nuestras diferencias y coincidencias de pensamiento en lo político.

Las diferencias que encontré fueron:

Mi amigo pone importancia en la acción individual del dirigente político a la hora de afectar el devenir de los acontecimientos sociales y económicos futuros; yo en cambio no lo considero así, porque pienso que el individuo es un producto de su época y de unas tendencias históricas (*) y no al revés. Y no por ello desdeño o minimizo el valor o el alcance de la acción individual sobre la realidad en la que le toca vivir. Teniendo en cuenta mi anterior concepto tampoco pienso determinante para aquel devenir, los rasgos morales o éticos del dirigente político.

Mi amigo estima importante el carácter local y nacionalista del partido Z porque considera clave la disgregación administrativa para evitar la concentración de poder y en consecuencia, el abuso de poder que de ella se deriva. Tampoco lo considero así, porque pienso que eso lleva al debilitamiento o desaparición del Estado nación, elemento decisivo actual de nuestra época de transición hacia el Socialismo. Teniendo en cuenta este concepto, pienso en la realidad económica y política que es la actual China y para mí la dimensión de su avance y su unidad es una prueba práctica de que lo que pienso se ha manifestado ya con éxito en el mundo. Y porque es el mundo real en el que vivo, y no un mundo ideal que no sé si de realizarse, acercándose al concepto de «disgregación política» que él me propone, será mejor que el actual, es por lo que me mantengo y me reafirmo en mi concepto sin tomar el suyo.

Y las coincidencias que encontré fueron:

Él, al igual que yo, piensa que no se debe cometer el error de asumir medidas que no respondan al mundo que hay y que por eso las ideas que uno tiene no son para aquí y ahora.

Él, al igual que yo, confía en la natural bondad de los hombres y en su entrega a intereses colectivos. Y así me lo da a entender en la estima que tiene hacia aquellos que fundaron el partido Z en su juventud.

Él, al igual que yo, cree firmemente que el mundo actual es muy injusto, muy desigual en el reparto de la riqueza y muy irracional.

Y sobre todo, él, al igual que yo, es un claro defensor de las posiciones no dogmáticas, tan necesarias y desgraciadamente exiguas en el mundo de hoy.

David Galán Parro

5 de abril de 2025

(*) Concepto materialista de la historia que me aportó Francisco Umpiérrez Sánchez

No saben querer

No sabe querer el que ensaya su concepto contigo.

No sabe querer el que te aprisiona con su recuerdo.

No sabe querer quien no te alivia.

No sabe querer quien dictamina sin oír tu latido.

No sabe querer quien te dice: sí o no, blanco o negro, elige.

No sabe querer el que se siente fuerza de gravedad sobre ti

No sabe querer el que te extravía de ti mismo.

No sabe querer quien hace de ti, espera incierta.

Y no te saben querer

—aunque crean que saben—

mientras tú dejes, una y otra vez, que así sea,

y mientras así sea, no te engañes, 

eres el peor de todos…

David Galán Parro

4 de abril de 2025

Elegir las luchas

Nunca puse límites a la voluntad invasiva de otros sobre mí. Siempre me pareció fútil establecer una contención a las pretensiones ajenas que afectaban directamente al desarrollo natural de mi personalidad. Condescendí y lo pagué caro. Quien ha vivido en carne propia durante años en esa condición sabe bien de qué hablo. El desprecio que me hice entregando mi dignidad, mi orgullo y mi voluntad a otros me llevó a una debilidad extrema de la que luego, no tuve, ni tengo derecho a reclamar responsabilidades fuera de mí.

En esa extrema debilidad de carácter viví engañado sobre mí mismo y sobre la relación que mantenía con los que me rodeaban. Mi propia imagen, mi propia valoración personal no era algo que yo hubiera formado por mí mismo: era minuciosamente construida por un juicio moral de otros que se pretendían guías auxiliares de mi persona y que integré con absoluta fe. Tanto en la alabanza descomedida como en la denigración más espantosa, me volví un espectador de mi mismo. Me entregué a esa imagen que a nadie pedí pero que no rechacé, dejando que actuara como un corsé que determinaba en todo momento cuándo y hacia dónde debía moverme y que decidía cuál era el valor de mi dignidad  —como si tal cosa pudiera medirse—. Estuve cómodo durante años dentro de esa imagen, mientras me era favorable el concepto moral que se hacía sobre mi persona. Pero en cuanto este concepto cambió, la imagen se convirtió en una verdadera tortura, puesto que no podía combatirla confrontándole una imagen propia por mi elaborada. Y así, sometido a un concepto moral ajeno llegué incluso a justificarlo como «verdadero» y «merecido» para complacer a aquellos que me lo atribuían y para poder recuperar el beneplácito de antaño. Me desangré por dentro. Me convertí en un cadáver vital. No podía articular un solo pensamiento sin sentir una profunda repugnancia hacia mí mismo, y me aterrorizaba exteriorizarlo por el juicio negativo que conllevaría. Era tal el dolor que sentía que me desdoblé: una parte de mí servía para el escarnio público que me infligían mis «amigos» y que yo aceptaba; y otra, rompía soterradamente los vínculos emocionales con ellos, pese a que intentaba sentirlos y creerlos como tales. No podía explicar con precisión aquel brutal desgarramiento; y no sabía cómo lo iba a sufrir en el futuro. Al poco, la mayoría de las personas que conformaban ese círculo de relaciones se retiraron de mi vida de golpe. Sentí el desamparo, la soledad, la resignación, la vergüenza y la incertidumbre como olas constantes en mi día a día, pese a que hubieron algunas personas que permanecieron conmigo y me ayudaron. Aquella abrupta ruptura sirvió de algún modo para comprender que aquellas relaciones se habían vuelto formales y que nunca me habían aportado independencia, dignidad, orgullo y libertad.

Tengo ahora un amigo al que le debo la formación de estas ideas liberadoras; él se atribuiría parte de las causas exógenas de mi lucha actual por superar el trauma y diría que las causas endógenas las pongo yo. Rompe así con inteligencia el ciclo de mi natural condescendencia con otros —mi principal atadura—, me da importancia en mi propio cambio y me hace ser un egoísta positivo, esto es, una persona que usa el egoísmo para forjar, mantener y fortalecer su individualidad y su identidad, su dignidad y orgullo.

Un ejemplo me basta para que se entienda nuestra relación peculiar: voy paseando con él y tropezamos con una chica que ha sido compañera de trabajo mía. Hacemos alusión a ciertos problemas personales que se viven y perduran en el centro de trabajo y entonces, sonriéndome, dice: «Pero eso a ti te resbala: eres un pasota» Al oírla me río, en parte halagado por la opinión que tiene de mi: la de que soy alguien que elude sagaz la maraña de la problemática y que en general, no toma partido en los conflictos que presenta inevitablemente la vida. Nos despedimos y todo parece normal, pero mi amigo me dice entonces: «Ese concepto que tiene de ti es falso. Deberías haberle dicho que no eres pasota, sino que tú eliges las luchas en las que quieres participar» Entiendo entonces que estas palabras entrañan la distinción conceptual siguiente: no está la persona que lucha y la persona que no lucha; lo que está es la lucha que puede elegir cada persona en cada momento de su vida.

Me quedo con esta distinción conceptual grabada intensamente y con ella me identifico y fortalezco ciertos pensamientos: en mi trabajo, procuro mantenerme al margen de conflictos personales que me desvíen de mis intereses profesionales e intelectuales. Es un entramado de relaciones que siento y considero pequeño, insulso, poco edificante y que muchas veces, arrastra a la tristeza y a la desesperanza. Me dejan frío ciertas quejas, me envenenan ciertos favores y no presto atención a triquiñuelas. No me caso con nadie que no me demuestre por acto su disposición a resolver necesidades. Tampoco entro en cómo quieren o pueden hacer su trabajo.  Intento hacerme con una visión lo más objetiva posible de la situación. He ido convirtiendo estos pensamientos en mis principios.

¿Qué lucha elijo si me muevo en el estrecho ámbito de mi trabajo? Aquella que reporte mayor beneficio a los intereses colectivos de la comunidad.

¿Qué lucha elijo principalmente si me muevo fuera de ese ámbito? Entre otras, la que me desarrolla como escritor e intelectual.

Pocos días después mi amigo añade: «Si tu compañera piensa y se manifiesta así sobre ti, es que así te ven muchas más personas en tu centro de trabajo y eso es responsabilidad tuya»

Por esta otra distinción, en consecuencia, debo añadir una lucha más, mucho más central y urgente: la de poner límites a la voluntad invasiva de otros sobre mí, sean éstos próximos o lejanos.

David Galán Parro

27 de marzo de 2025

La plenitud perdida

Platón atribuye en El banquete al comediógrafo Aristófanes una cómica (o candorosa) explicación en forma de leyenda acerca de los impulsos amorosos entre los humanos y nos justifica al fin cuál de entre esos impulsos es el que concluye en la relación amorosa verdadera. No deja de admirarnos cómo en los albores de la conciencia humana lo racional y lo mítico se abrazan necesariamente con una lógica aplastante; cómo lo primero nada inmerso en lo segundo, abriéndose paso en su interior; cómo conviven en transición los contrarios…

Déjenme revivirles los viejos rescoldos de la ingenua comicidad de la leyenda:

Al principio, éramos criaturas robustas y esféricas a semejanza de los astros de los que descendíamos. Tres y no dos, eran los sexos posibles. El masculino descendiente del Sol; el femenino, de la Tierra y el andrógino, de la Luna. Como criaturas plenas y satisfechas —así nos veríamos hoy— nos embargaba una felicidad constante, una embriaguez febril. Teníamos una cabeza bifronte de miradas opuestas, cuatro orejas, cuatro brazos, cuatro piernas, dos espaldas
y dos órganos sexuales que se mostraban impúdicos en sendas rabadillas. Quien de las dos mitades iniciaba la marcha arrastraba con la otra opuesta cual fardo pasivo. Eramos vigorosos, ágiles y rápidos de movimiento y para correr rodábamos libres como saltimbanquis despreocupados usando nuestras ocho extremidades. Aparejados así, no concebíamos el sentimiento de soledad ni el mal de amores.

Al poco, la dicha exultante degeneró en arrogancia y ésta, devino en la osadía de anhelar la cumbre del monte Olimpo, morada de dioses. La pretensión de ascender hasta allí suponía una amenaza para los inmortales y a Zeus, padre de ellos, le preocupábamos. Nuestra insolencia debía ser refrenada de algún modo. A la sazón, no podía eliminarnos por entero, pues de las criaturas existentes éramos quienes al fin y al cabo le rendíamos un consciente y fiel tributo; en nosotros, disputaban sin resolución cierta, la lealtad y la soberbia frente a lo divino.

Zeus tuvo entonces que urdir la abrupta solución que nos condenó a la necesidad actual: partirnos por la mitad como se corta un huevo cocido con la crin de un caballo. De esta manera, el vigor y la fuerza descomedida que nos impelían a la sedición quedarían reducidos —o mejor, dicho repartidos— en una doble cantidad de cuerpos más vulnerables y torpes; y aún en caso de insistir en el desacato, una segunda partición nos simplificaría al deambular unípede y a la debilidad extrema. Luego Apolo, continuando la tarea de su padre, nos volteó la cabeza hacia el lado del seccionamiento, agarró nuestras carnes y las anudó firmemente hacia el punto ciego que llamaría «ombligo». Cierta flacidez en nuestros costados y por debajo del vientre testimoniaban la negligente solución, la precipitación del arreglo improvisado. Las vergüenzas seguían expuestas al final de nuestras espaldas.

Quedó borrada así en nosotros la plenitud y por ello, la dicha de quien no conoce los dolores del desamor. Nos volvimos tristes y abúlicos. Nada nos colmaba que no fuera el regreso a la unión con aquella otra mitad que nos habían arrancado de un tajo. Hubo alguno, con un poco de suerte, que consiguió encontrarla, pero en el amago de reagrupamiento no podía consumar el contacto íntimo con el otro. Todo quedaba en un abrazo inútil y desalentador. Así íbamos pereciendo de pura pena.

Zeus nos contemplaba con un resabio piadoso. Tenía que perdonarnos esa insensatez pueril por la que padecíamos ahora: la privación a la que nos había sometido era ya suficiente. Maquinó pues, para una futura unión y supervivencia de los que podrían aún avenirse a sus designios y mantener la especie, otra solución: nos colocó los órganos por delante, donde se hallaba el antiguo corte, de manera que tuviéramos la posibilidad del apareamiento y de la concepción interna, antes imposible, pues con los órganos en oposición distante concebíamos externamente, en la tierra como las cigarras. Y así aconteció a partir de este último cambio: las partes que provenían del individuo masculino completo o del femenino, no darían prole como fruto de sus uniones amorosas restablecidas, sino que, acabado el acto de placer, quedarían a expensas de ocupaciones útiles diarias; no así, en cambio, pasaría con las  partes provenientes del individuo andrógino, que sí darían tal descendencia y más aún, grandes quebraderos de cabeza por sus irrefrenables tendencias adúlteras.

Hasta aquí, la impertinente recreación de la leyenda…

En esta solución, la mentalidad griega encontraba su preferencia, su ideal de relación amorosa como destilación de los impulsos carnales más obscenos. Para esta mentalidad, de los tres prototipos de relación amorosa que establece la leyenda, el mas perfecto y desinteresado, era el que unía al hombre con el hombre, y más particularmente, al joven amado con el amante maduro, que hacía a la vez de mentor de él. Un prototipo de relación amorosa que despojándonos ahora de lo mítico era la expresión idealizada de una realidad que los hombres de la época no alcanzaban a ver: aquella en la que los hombres que detentaban el poder económico y político, los llamados hoy «hombres libres», eran los que podían elegir libremente la relación amorosa más ajustada a sus íntimos deseos.

David Galán Parro

23 de marzo de 2025