Promesa y soledad

Bajo el dosel del palio, parece dormido en su sitial. Lo llevan sobre la parihuela mientras lo envuelve el estremecimiento colectivo. Las borlas en los flecos de las bambalinas se agitan como un eco de la pugna que mantienen las manos solícitas por agarrar los travesaños de la base. Todos quieren complacer al sabio líder.

Son los fervientes acólitos de él que con rutilante boato lo sacan en loor de su sabiduría absoluta, en loor del conocimiento infinito que los salva. Una brizna de hierba que mueve el viento, la ínfima vibración del ala de un insecto, de un pelo apenas surgido del folículo; pero también la sustancia dinamizadora que buscaron los griegos, el resultado final todavía no desentrañado de una vasta cadena de ecuaciones matemáticas, el centro mismo de la singularidad que aúna lo infinitamente pequeño y grande del cosmos, la certeza de si hubo Dios allí, aunque alguien lo afirmara muerto… Todo, absolutamente todo, lo ha experimentado y lo conoce; todo, absolutamente todo, lo ha dado o lo dará con su perfecta generosidad de trasmundo.

Entre empellones, se agolpan al paso de la plataforma de madera; lloran, se mesan el cabello, extienden los brazos al cielo como urgiendo el maná, galvanizados por un fogonazo de arrebatado júbilo. Avanzan hacia la loma atravesando la húmeda pradera, veteada de flores, salpicada de árboles y arbustos. «Nuestro sabio líder camina… ¡Camina!… pese a su sufrimiento incomprendido, pese al odio que le tributan los mediocres, los adocenados, los injustos y los necios. Hemos conjurado gracias a él la vil disipación y por ello, a él le debemos también nuestra salvación. Es como un mesías para nosotros, espíritus libres… para nosotros que fuimos históricamente acusados de injuriar el orden y la moral establecidos ¡Al fin, nuestro espíritu libre hecho carne!» clama uno traspasado por una especie de epifanía.

El sabio líder va en silencio con una expresión de cera incorruptible,  acendrada, los párpados cerrados, abstraído de la multitud que le implora, que lo alza, que le canta y lo celebra. Su mirada es luz para aquellos que por ella hayan sido tocados. No dejan de llorar por su dolorosa entrega al mundo que lo rechaza ¡Cuánta magnanimidad concentrada en un sólo hombre! ¡Cuánto futuro sobre sus hombros para dicha de la humanidad!

Ahora, alcanzan el pie de la loma y la parihuela comienza su ascenso por el caminito que serpentea suavemente. Unos pocos corren y se adelantan para tomar el alto antes que el resto, y al pisarlo, lo descubren enfangado. Sopla un viento frío. Desde allí, extienden su mirada al paisaje de abajo y ven otra escena, la verdadera escena: la muchedumbre en torno al líder acarreado se ha ido deshojando en una aterradora ristra de cadáveres; los acólitos que quedan suben instigados por un fervor que no quiere morir; los portadores van desfallecidos pero sin transparentar un ápice de deslealtad, de renuncia; la pradera se ha convertido en un pedregal donde no medra ni árbol ni arbusto ni flor ni matojo ni nada y la tierra que se ha teñido de un color extrañamente gris, parece el borde de una sima. Minucioso, un denso nimbo va cubriendo el cielo. Los que están en lo alto comprenden entonces: el paso sordo y duro de la muchedumbre entregada al líder ha traído la inesperada devastación que contemplan.

Los portadores arriban a la cúspide y sitúan la parihuela en mitad del montículo. Los demás hacen cerco en torno a ella. En todos los presentes, se esconde una callada tristeza ante lo que ven, mientras una fina lluvia pegajosa les ventea y va sumiéndolos lentamente en el barro que pisan. Ovacionan, lloran al sabio líder en una especie de delirio atávico, de alucinada plenitud, de rencorosa obstinación, que en realidad no es sino un intento de disimular la congoja, de insuflarse valor. Presienten cercanas las horas fatales…

Pero se equivocan: desde mucho tiempo atrás, por no cuidar en bajarse (o bajarlo) de la parihuela a tierra, lo que se yergue sobre la peana, lo que está en el sitial, no es ya el sabio líder, sino el cadáver de una vieja promesa y dentro de él, la traza, la sombra, de una espantosa soledad. 

David Galán Parro

2 de agosto de 2025

Acércate y calla

No te creas bendecido por un orden ideal preexistente.

Lo pagarás.

No te creas demasiado seguro de ti mismo.

Lo pagarás

No quieras dominar lo que no es de tu incumbencia.

Lo pagarás.

No rebases los límites que lo natural impone.

Lo pagarás.

No desprecies lo que está lejano e inconcebible para ti.

Lo pagarás.

Tu tamaño no es la medida.

Antes que a ti

el aire prefirió a la mosca impertinente,

la fuerza, a la hormiga laboriosa

la enfermedad y el hambre, al desesperanzado,

la locura,  a la mente devastada, 

la riqueza, al hombre brutal,

la fe, al recalcitrante…

No conoces nada que de antemano

te prefiera a los demás,

te proyecte en carne viva hacia otros espacios,

te prometa la sabiduría plena

y te haga garante de ella.

Luego, humildemente, acércate y calla…

David Galán Parro

26 de julio de 2025

Para no matar la vida

Hubo una época de mi vida en que mis relaciones personales no consentían que el placer de conversar por conversar fuera la razón misma de la conversación. Lo meramente particular, lo anecdótico era tachado de bajo, de superficial. La conversación se transformaba en una prueba intelectual en la que debían vincularse lo particular y lo universal —y cuando digo debían hablo de un desgastante imperativo moral— haciendo de lo particular soporte ilustrativo de un concepto del que se hablaba, o punto de partida para una conclusión universal. Todo se intelectualizaba mediante la absoluta tiranía de la razón pensante y lentamente todo el sustrato vivo, libre y propio, hecho de tus intereses, de tu voluntad y de tu pensamiento en desarrollo, iba silenciosamente muriendo. En estas conversaciones se caía con demasiada frecuencia en el adoctrinamiento moral.

Hoy que ando con personas que prescinden en las conversaciones de prueba intelectual alguna, todavía el mal hábito de conversar para intelectualizarlo todo aflora en mi y trata de imponerse. Pero entre esta gente normal y nueva, la conversación intelectualizada y moralizadora no tiene cabida lo que supone un enriquecimiento antes inimaginable para mí. No hay razones, ni valores morales, ni compromisos, ni lealtades que alguien imponga sobre los demás. Todo es visto en su más rica diversidad y todo contribuye de una u otra manera. Y como el rol intelectual —que no la inteligencia natural de casi todo el mundo— no es decisivo aquí, puedo descansar de mi mismo. Convivir y disfrutar con estas personas es salir de mi actividad intelectual y volver a ella con más ganas. Un buen amigo expresa la nueva actitud con una sencilla consigna que es título también de uno de sus escritos: «En todo veo algo, de todo me llevo algo»

Derrumbada en mi vida esta tiranía, ahora soy más dado a ver pasar los hermosos pedazos de vida a mi lado sin hablar intelectualmente de ellos, sin sacarle punta intelectual a la vida, sin matar la vida, sin ponerle moralina… Escuchen…  

Una pareja se encuentra con un amigo de noventa y cuatro años y le dice: «¿Qué tal estás?» El anciano responde: «Bien, pero no tengo tiempo para entrar en detalles»

Un niño de no más de tres años va de la mano de su madre. De repente la hace parar, se vuelve mirando hacia atrás y con el dedo apuntando a una señal en la carretera dice. «Da-niel» Entonces la madre lo corrige con fastidio: «No, Daniel, dice STOP ¡Ay, qué egocéntrico me salió este chiquillo!»

Una mujer parada en mitad del boulevard atestado de gente que transita. Tiene el móvil pegado a la oreja y hablando a gritos (cree que nadie la oye): «Ese, eeeese… el clarito café con leche…ese es el color del forro del sillón»

Otra mujer lleva a su perro atado. El perro parece cansado y le demora el paso a la dueña. La mujer (esta también cree que nadie la oye) le increpa: «Tú no puedes más, pero yo tampoco»

Un grupo de maestros quedamos en un restaurante. La conversación se empantana en torno a cuestiones técnicas del gremio —los largos procesos de selección de oposición, la incertidumbre de las listas para trabajar al curso siguiente, los colegios a los que nos destinan, los chiquillos descarriados,…—. Se respira aburrimiento. Entonces alguien salva la cosa diciendo: «¡Venga gente!… ¿Quién inicia el salseo…?» Y se sueltan alegres a rajar con sus lenguas viperinas. Sé que me voy a reír mucho y que no diré ni .

David Galán Parro

23 de julio de 2025

Las madres

La casa familiar estaba al principio de una calle en cuesta en la parte del pueblo que se había expandido hacia lo alto de la loma. Las irregulares oleadas de construcción urbana habían parido una intrincada red de callejuelas y una abigarrada aglomeración de casas en la ladera.

Nuestra calle era de las principales. Todas las mañanas mi hermana Carmen y yo subíamos por ella para llegar a la explanada donde estaba el colegio.  A mitad de calle estaba la casa del ferretero del pueblo, un hombre viudo, que mataba su soledad a base de criar perros de compañía. Tenía unos diez o doce, a cada cual más chico —los mil leche, los llamábamos— que alborotaban siempre a nuestro paso hacia arriba. A este hecho le debo mi miedo actual a todo lo relacionado con el mundo de los perros. Luego en el camino de vuelta, el alboroto perruno era el mismo. Así todos los días entre semana. Mi madre suspiraba aliviada cada vez que nos veía salir; esto incluía a mi padre que se iba a la finca a lo suyo hasta el anochecer. Eran las cinco horas de libre ocupación doméstica de mamá.

Era una época en que el barrio estaba lleno de gatos y los vecinos se habían concedido tenerlos en las casas. Los gatos parecían una comunidad paralela que se había ganado la intimidad del vecindario de manera que cada cual disfrutaba de la compañía de alguno sin que existiera un pacto explícito de propiedad. Los gatos eran de todos y de nadie. Al menos fue así en mi calle. Los gatos eran leales o traicioneros. Un día te tomaban por dueño, otro ni te conocían. Todo dependía de su predilección. Tanto amor y traición era un asunto de estómago.

Ya entonces por mi casa paraba una gata a la que mi madre bautizó como Juanita. Era gris y encarada. No solía asustarse cuando se le hacía espanto. Pienso —el tiempo me daría la razón— que distinguía a su modo gatuno, el peligro real de la amenaza artificiosa —distinción que a los humanos nos resolvería bien muchas absurdas preocupaciones, la verdad—. El caso era que Juanita empezó a preferir nuestra casa frente a la de los vecinos y a tener una extraña fijación con mi madre. Tengo en el recuerdo la estampa de la gata junto a ella. Merodeaba cerca de sus faldones como protegiendo un territorio que se movía a la par del trajín de las labores de la mujer que poco a poco la consentía. Pronto se produjo como una conexión animal, una admiración secreta de mujer fuerte a mujer fuerte. Cada una parecía conocer los tiempos de la otra. Si mi madre necesitaba estar sola o concentrarse en alguna ocupación importante, Juanita no se acercaba a reclamarle. Y por su parte mi madre, si Juanita dormitaba, evitaba atosigarla con caricias y arrumacos impertinentes. Era un tácito equilibrio de discreciones mutuas. A la hora de comer Juanita no maullaba aunque mi madre se demorara con los pucheros. Eso favorecía la relación: no había nada peor que meter prisa a mi madre, experta en meterla a los demás. Y como Juanita sabía esto, sin duda, también a su modo, supo convertirse para mi madre, en su ojito derecho, en el miembro consentido del hogar, en detrimento incluso de sus propias hijas. Por ejemplo: Mamá al tomar su siesta no nos permitía reclamo alguno. Su dormitorio era sagrado en lo que duraba la siesta. Era así excepto para Juanita que ya antes de que mi madre ocupara la cama, la veíamos encaramada en el borde del cabezal, con la mirada fija hacia la puerta entornada aguardando su llegada. No es descabellado creer que si Juanita nos hubiera hablado en aquel entonces muchos enigmas de lo que fue mamá nos hubieran sido revelados y mucho hubiéramos sabido sobre ella. Acaso otra mujer me parecería hoy.

Un día, Juanita desapareció. Mamá se desesperaba:

—La han debido envenenar —insistía—. A Mariola le encontraron el otro día uno de sus perros envenenado en la finca.

—Pero Paqui, eso seguro fueron ladrones ¿quién gana envenenando a Juanita?—le decía mi padre.

—Gente mala en este pueblo, gente mala…

—Ya aparecerá, ya aparecerá,…—repetía mi padre en tono acariciante.

Y apareció, pero casi al mes, maullando desde la calle, como pidiendo permiso o disculpas. Mi madre que había sufrido muchísimo en su ausencia se puso como loca. No le guardaba rencor. Yo sentí vagamente el desprecio inconsciente que nos hacía mamá en aquel momento con su inusitada alegría; contrastaba con la dureza habitual de su trato, especialmente hacia Carmen que ya tenía once años —yo ocho—. Intuí que Juanita no iba a recibir su escarmiento. Era un asunto de mujer a mujer, del que no se rendía cuentas y que concernía a una libertad femenina conquistada. Nada que ver con el hecho de que Carmen o yo nos hubiésemos perdido de vista una tarde entera. Insisto: sobre todo, para Carmen a la que mamá ya le vigilaba las compañías.

Mi madre calculaba que sería la primera y última desaparición, pero lejos de ser así, Juanita iba a iniciar una tanda de ellas, ya no tan espaciadas, a las que mi madre tuvo a bien acostumbrarse.

—Se ha independizado —decía mi madre—. Mi amiga se ha independizado y tiene sus cosas. No creo que me ande traicionando con la boba de Fefi.

En uno de esos días de ausencia, volvíamos Carmen y yo del colegio cuando sentimos el habitual alboroto a la altura de la casa del ferretero. Algo o alguien había anticipado la fogosidad con la que nos recibían sus perros. Al acercarnos lo que vimos nos quedó a fuego: Juanita impedía el paso de los mil leches al callejón transversal que daba al solar de doña María. Lo hacía encarándose, bufando, mostrando sus colmillos, saltando e interponiéndose aquí y allá, con el lomo tensamente arqueado. La jauría de chuchos retrocedía contagiada por el terror. Nosotras observábamos entre incrédulas y fascinadas la escena a cierta distancia. Cuando los perros se retiraron al fin, Juanita se calmó y pareció reconocernos. Entramos por el callejón y entre matojos y escombros vimos la hermosa camada de Juanita retozando por aquí y por allá, ajena al peligro. Contamos la prole diseminada: eran siete. A mi madre la noticia pareció reconfortarla consigo misma: «Ya sabía yo que de eso iba la cosa» dijo. Tuvo que ser un momento de mucha felicidad para mamá «Eso sí que es una madre» sentenció.

Al poco de aquello, Juanita se presentó con la camada ya criada. Estaban los siete y rebosaban salud. Mi madre, que siempre luchó por los suyos, hubo de ver entonces en su amiga una proyección fantástica de sí misma que no iba sino a acrecentar el fuerte lazo íntimo que se tenían. Y así, mi madre se dedicó también a los siete de Juanita. No escatimó en comida ni cobijo.

Con el tiempo algunos de aquellos gatos desaparecieron; otros fueron dados a las vecinas por aquello de que los hijos les cogían cariño. En casa quedaron Juanita, siempre fiel a mi madre, y Candela, una de sus hijas. Habían pasado cuatro años y yo andaba terminando la Primaria; Carmen ya fumaba y flirteaba secretamente en el instituto, con unos y otros.

Al morir Juanita, mi madre no quiso hacer asunto de la pérdida. No recuerdo que llorara. Le dijo a mi padre que la llevara a la finca y que la enterrara por allí. Luego se corrigió: «Tírala de camino allá en el primer contenedor que encuentres. No quiero que tenga lugar de reposo que yo pueda visitar» Mi padre salió con Juanita en un saco de esparto. Años mas tarde, papá me confesaría que no tuvo fuerzas para ejecutar la voluntad de mamá, por lo que acabó enterrando a Juanita al borde de la carretera. Me lo confesó un día mientras conducía señalando el pie de un árbol en torno al cual crecía a diferencia de otros, una profusa vegetación.

Carmen, papá y yo teníamos claro que Candela ocuparía el lugar privilegiado de su madre. De hecho Candela reproducía casi exactamente ciertos hábitos de Juanita que hacían sin pretenderlo el gusto a mamá, como el recibimiento único sobre el cabezal de la cama o la contención de los reclamos a deshora. Todo pintaba que iba a ser así de manera que mamá recuperaba poco a poco la alegría.

Sin embargo la cosa cambió a partir del día en que a Candela le tocó también ser madre. Las desapariciones habituales, tres meses antes del parto, no fueron esta vez preocupación para mi madre. «Está en la edad del desfogue» nos decía. A diferencia de Juanita, Candela parió en casa, sobre un lecho de tierra que papá le había preparado en la azotea. Fue de noche y oíamos sus maullidos de madre primeriza. Mamá que casi no podía dormir, no hizo por verla, porque como me diría mas tarde «le resultaba irrespetuoso acercarse a Candela» en aquel momento decisivo. Así que mamá esperó el alba. Yo andaba ya despierta cuando habiendo apenas luz del día, sentí sus pasos en los peldaños que daban a arriba. Luego, un grito de horror que al principio no pude adivinar de mi madre rompió el silencio de la mañana. Oí a mi padre, que se andaba preparando para salir a la finca, subir presuroso y trastabillarse por la escalera. «Es verano y no tengo que ir al colegio» recuerdo que pensé. Tampoco iría en septiembre. El pensamiento en el esperanzador futuro nos protege sabiamente de las intuiciones del horror presente. Como nos contó papá, sin mucho detalle, Candela había devorado a sus crías durante la noche. Mamá nunca pudo hablar de ello con nosotras. Aquello le resultaba como fuera de toda realidad concebible.

Al cabo de unos días, Candela desapareció. Y sería para siempre. En casa no se hablaba de su ausencia. Carmen me dijo que a eso se le llamaba tema tabú. Mamá no parecía triste, sino más bien aliviada. Muchos años después supe por mi padre que desbordada por el asco que le provocaba la cercanía de Candela, mamá le pidió que se deshiciera de ella. «Pégale un tiro en la próxima caza que hagas. Esa no es hija de mi Juanita» le dijo.

Por suerte para Candela, papá tampoco ejecutó esta voluntad.

David Galán Parro

22 de julio de 2025

Una distinción de Soto Ivars sobre la izquierda independentista vasca

Soto Ivars, escritor y columnista español, en su video de Youtube, Conocer lo que fue ETA para saber lo que es Bildu, dice en el minuto 16:56, lo siguiente: «En Bildu han acabado abertzales que estuvieron por la paz por una razón ética, y abertzales que estuvieron por la guerra y luego estuvieron por la paz por una razón práctica y yo te diría que en el Espíritu de Bildu predomina los que dijeron que hay que dejar de matar porque ya no nos sirve…»

Soto Ivars cae en una distinción que de nada sirve para la paz conquistada en el País Vasco a día de hoy. Inventa el concepto «Espíritu de Bildu», y desde él cataloga la moralidad de multitud de dirigentes de la izquierda independentista vasca, reduciéndolos a dos tipos: los que aceptaron el abandono de la violencia por razones éticas y los que la aceptaron por razones prácticas. Lo que hubo en la conciencia de esos dirigentes bajo el punto de vista moral no interesaba para la resolución del terrorismo. La moral es un asunto interno de cada cual, no así la ética. En ese sentido que un individuo piense que hay que dejar de matar por razones éticas o prácticas no cambia en nada las cosas para alcanzar objetivamente la paz. Para el caso que nos ocupa, lo que está o estuvo en el terreno ideal, no cuenta para la resolución de algo que se encuentra en el mundo real. Pongo este ejemplo: hay personas en España que piensan que a los inmigrantes que vienen a España de manera ilegal a trabajar hay que deportarlos y otras, que no hay que deportarlos por ser ilegales. Aquí lo importante no es lo que piensen estos dos grupos, sino lo que objetivamente se consiga, esto es, no deportar a nadie por ser inmigrante ilegal, dado que el derecho de ser acogido es un derecho inalienable por razones humanitarias para cualquier persona inmigrante. No sirve para nada hacer distinciones sobre la subjetividad en torno a este asunto, solo y cuando estas subjetividad no traspase el doloroso mundo objetivo y se caiga en la injusticia o la barbarie. Por eso, a mi modo de ver, Soto Ivars se equivoca haciendo catalogaciones que perjudican el trabajo de los nuevos dirigentes de la izquierda vasca independentista, que en este caso sí se enfrentan al problema de cerca y de modo real, y no como él, de lejos y de modo teórico.

Lo único que consigue Ivars es el error de siempre: ponerse del lado de aquellos que airean interesadamente, una y otra vez, el daño y el dolor ajeno sufrido por una lacra pasada que como todo pasado no se puede cambiar.

David Galán Parro

18 de julio de 2025

La estación de los insurrectos

Yo estaré allí

cuando los trenes vengan a buscarte, amor.

para llevarte al otro lado.

No te podré ver cuando subas,

confundida en el tumulto enardecido

que aborda los vagones

gritando sus proclamas incontestables. 

Decidiste ir con ellos

a la llamada perentoria

de un futuro que quieren solo suyo.

Cuando asome tu rostro por la ventana

nuestras miradas se encontrarán

y contemplarán por última vez

el hermoso e intacto fondo que nos unió.

Pero será tarde,

decidiste ir con ellos,

y yo quedaré allí,

en la desolada estación de los que

para los que van contigo al otro lado,

seremos los insurrectos.

David Galán Parro

18 de julio de 2025

Amor, cuando el odio venga a por ti…

Amor, cuando el odio venga a por ti,

corre,

porque conseguirá definitivamente

hacerte suyo si te alcanza

y nuestro viaje íntimo

se habrá cerrado para siempre.

Ese día volverán los ejércitos 

de trabajadores del mundo,

con sus manos ya fatigadas, 

desarrapados y hambrientos

para morir en la devastación por la que fueron paridos

pero quedando también acá otra

en los corazones de un mundo ya envenenado.

Ese día será el fin.

Por eso, amor, corre; 

corre por delante de ese odio,

ahora hordas

mañana multitudes,

y en el mañana, la nada celebrando la nada.

¿Por qué no ha de ser posible, amor,

si el vergel es un estallido

de exultante y hermosa diferencia?

Corre, amor, de mi mano 

pérdida, trémula, pero viva,

y atravesemos juntos el puente

al encuentro de la justicia

que hoy nos jugamos.

David Galán Parro

18 de julio de 2025

VOX: explicar, justificar y consentir

Veo un corte de video sobre la violencia que se ha desatado en Torre Pacheco contra la población magrebí tras la brutal paliza que un grupo de jóvenes de esta nacionalidad ha propinado a un hombre de sesenta y ocho años. En el video un vecino sale de su casa con un bate de béisbol en actitud amenazante dispuesto a encarar a los inmigrantes magrebíes. Es por la noche y la calle está despejada de gente con lo cual se deduce que el vecino está alejado del tumulto. Dos policías lo interceptan y le quitan el «arma», el bate de béisbol. Otro hombre lo tranquiliza y lo hace regresar a casa.

Supongamos que el hombre consigue llegar al tumulto y comete el delito de agredir a algún magrebí ¿Se puede explicar su comportamiento? Sí, aunque no es el asunto ahora ¿Se puede justificar su comportamiento? No ¿Se puede consentir su comportamiento? No

Su comportamiento se puede explicar atendiendo a las múltiples causas que lo llevan a emplear la violencia.

Su comportamiento no se puede justificar, porque nada lo exonera de la responsabilidad individual del daño que ocasione; y gracias a que estamos en un Estado de derecho esta falta de exoneración tiene forma legal en el delito.

Y su comportamiento no puede ser consentido pues aceptamos y defendemos la existencia y autoridad de un Estado de derecho y su función de velar por los derechos de la sociedad civil. Consentir, en este caso, implica aceptar  que como individuos de la sociedad civil estamos expuestos a la indefensión frente al que decida hacer justicia individual, esto es, frente al que decida actuar de forma fascista.

Pues bien: el partido español VOX todavía no ha condenado el hecho de que este comportamiento violento se haya convocado y organizado en hordas para agredir a la población magrebí por parte de grupos violentos de ultraderecha en redes de internet. Mientras no lo haga, el partido VOX institucionalmente está justificando un comportamiento de violencia civil fascista. Y esto es una gravísima irresponsabilidad desde lo institucional.

Últimas preguntas que hago: ¿Qué pensaríamos del policía que en dejadez de sus funciones hubiera consentido al vecino con el bate de béisbol marchar al corazón de la refriega a hacer justicia? ¿Cómo es que este policía actúa desde su posición institucional de base y el dirigente máximo del partido de VOX no lo hace cuando ni menciona ni condena explícitamente a los instigadores del desorden público que podía acarrear la paliza al anciano? ¿Cómo no lo hace teniendo una responsabilidad institucional mucho mayor y de más alcance que la del policía? 

David Galán Parro

15 de julio de 2025

Reflexión sobre El nuevo abogado de Kafka

«Tenemos un nuevo abogado, el doctor Bucéfalo. Poco hay en su aspecto que recuerde la época en que era el caballo de batalla de Alejandro de Macedonia. Sin embargo, quien está al tanto de esa circunstancia, algo nota. Y hace poco pude ver en la entrada a un simple ordenanza que lo contemplaba con admiración, con la mirada profesional del aficionado a las carreras de caballos, mientras el doctor Bucéfalo, alzando gallardamente los muslos y haciendo resonar el mármol con sus pasos, ascendía escalón por escalón la escalinata.

En general, la Magistratura aprueba la admisión de Bucéfalo. Con asombrosa perspicacia dicen que dada la organización actual de la sociedad, Bucéfalo se encuentra en una posición un tanto difícil y que en consecuencia y considerando además su importancia dentro de la historia universal, merece por lo menos ser recibido. Hoy –nadie podrá negarlo– no hay ningún Alejandro Magno. Hay muchos que saben matar, tampoco escasea la pericia necesaria para asesinar a un amigo de un lanzazo a través de la mesa del festín; y para muchos Macedonia es demasiado reducida y maldicen en consecuencia a Filipo, el padre; pero nadie, nadie puede abrirse paso hasta la India. Aún en sus días las puertas de la India estaban fuera de todo alcance, aunque su camino fue señalado por la espada del rey. Hoy dichas puertas están en otra parte, más lejos, más alto; nadie muestra el camino; muchos llevan espadas, pero sólo para blandirlas, y la mirada que las sigue sólo consigue confundirse.

Por eso, quizás, lo mejor sea hacer lo que Bucéfalo ha hecho, sumergirse en la lectura de libros de derecho. Libre, sin que los muslos del jinete opriman sus flancos, a la tranquila luz de la lámpara, lejos del estruendo de las batallas de Alejandro, lee y relee las páginas de nuestros antiguos textos.»

Mi pequeña reflexión:

En este breve relato, Kafka imagina una situación que en modo genérico puede enunciarse tal así: el sujeto separado de las circunstancias que dan sentido a su existencia deja de ser ese sujeto, de manera que es tal la pérdida de identidad que de esta operación se deriva que el mismo sujeto puede ser trasplantado violentamente de las circunstancias de origen a otras enteramente extrañas de las que se le arrancó. Se plantea a mi modo de ver que el sujeto alcanza a ser solo un conjunto de circunstancias. O lo que es lo mismo, el sujeto alcanza a ser su propia negación y pasa a ser una pura entelequia.

Esta fascinante premisa ontológica, esta operación abstracta a la que de fondo nos invita Kafka sin llevarla para desarrollo del cuento a su máximo extremo, es la fuente de su relato, es su esqueleto, su inédita necesidad y por ello, su inestimable valor literario.

David Galán Parro

12 de julio de 2025

Artículos de interés sobre el mismo cuento:

Franz Kafka y el nuevo abogado, análisis de la obra

Kafka y el caballo de Alejandro Magno

La desgarradura

El sol impenitente calcinaba el aire y reblandecía el alquitrán sobre el que, pesadamente, rodaban orillando los descampados. Bajo un capó deslucido por lamparones mate, el soniquete metálico de las entrañas del auto era el quejido asincrónico de las piezas apenas desbaratadas. Las ventanillas delanteras iban abiertas. El viento caracoleaba en el habitáculo.

—Cariño ¿De verdad que no había otra idea mejor? —-preguntó él, con las rodillas apretadas contra la guantera.

—No —contestó con aspereza. Obviamente no para ella, que conducía.

—Quiero decir ¿No hubiera sido una mejor idea contratar el servicio de transporte y montaje? Tan caro no era y los muebles estarían en pocos días en casa, ya preparados —insistió mientras sentía en el envés del respaldo la presión que el filo de una tabla le imprimía al asiento del copiloto donde estaba encajonado.

—¿Qué no era tan caro? Hablas cómo si te sobrara el dinero. No pareces preocupado.

—¿Y por qué habría de estarlo?

—¿Y por qué? ¿Acaso, Oscar, me puedes asegurar que cobrarás este mes?

—Por mis clases particulares, no lo sé; pero por el taller, sí.

Había sobrevivido en la plantilla de escritores mediocres contratados por la academia para impartir aquellos cursos en los que el alumnado entraba como diletante y como tal, salía. Todo era un negocio alejado de la pura e íntima necesidad de los pupilos; un negocio cada vez menos rentable en aquellos tiempos tan pragmáticos y críticos. Entre los ilusos principiantes había conocido a Raquel. Prometía. Tenía fuerza. Planificaba y elaboraba, aunque le perdía cierta rigidez discursiva. Él, de línea en línea, iba dejando entrever sus intenciones; primero, regalándole la exclusividad de sus más preciados secretos profesionales; luego, invitándola al café, al cine, a lo sesudo, sin menoscabo de placeres más fútiles y mundanos; finalmente, vendría el íntimo compromiso de noviazgo, sellado con el beso en los labios ya expectantes de la joven.

Pero aquella época amarilleaba ahora en su memoria.

—La academia no aguantará, Óscar. Lo sabes bien. No le doy más de tres meses de vida.

Sin embargo, era ella la que no había aguantado. Todo había quedado en un conato de pasión artística y su excepcional naturaleza creativa se uniformaba diluida en las sensatas obligaciones que imponían el comer y el advenimiento, infructuosamente buscado, de la prole. Su aprobado en las oposiciones a la administración pública había empalidecido además la ingenua chispa idealista que ardía en ella cuando la conoció. Más pálida si cabe por los viperinos comentarios de su madre, sobre las nulas perspectivas laborales del futuro yerno ocioso. En la penumbra, se persignaba secretamente la vieja rogando también por la nulidad de su leche machuna.

—Me parece una visión muy pesimista del futuro, la verdad.

—Realista, diría yo.

—Pues podías haber aplicado un poco de tu realismo a la hora de decidir llevar los muebles. Me estoy dejando las rodillas y el espinazo, querida.

Ella, enérgica, ladeó su cabeza y le lanzó una mirada abrasadora. Un pertubador bandazo respondió a la fuerza del gesto. Con las manos engarradas al volante, la joven convertía a la sumisa máquina en una endeble extensión de su cuerpo enervado. Durante la pausa que se produjo, ajeno a todo, el viento seguía racheando en el habitáculo, entretenido con los mechones de negro azabache que resbalaban por sus sienes crispadas. Estaba terriblemente hermosa.

—¿Me lo dices así, tan a la ligera? ¿A mí, que tengo que estar pensando en todos los asuntos domésticos que nos conciernen a los dos y de los que no te ocupas? —le recriminó con los ojos inyectados de odio. —Gracias a mi realismo resuelvo, Óscar.

—Bueno, eso no es exactamente así. No exageres. Me ocupo por mantener la limpieza en casa. Y me he esforzado mucho, bien lo sabes, por aportar espiritualmente a nuestra relación ¿Quién te sacó de tu total falta de realismo en tantos asuntos diarios? Ese realismo del que hablas, no salió de la nada. Su tiempo me llevó —y le hizo un gesto de reconfortante triunfo a modo de carantoña amorosa.

—¿Cómo puedes echarme en cara otra vez eso? No sé a cuento de qué viene ahora —dijo incrédula.

—Viene porque pareces olvidar lo que me costó que te deshicieras de tus rarezas

—¿Rarezas? ¿Y las vuelves a llamar así después de tanto tiempo?

—De acuerdo, corrijo: acciones individuales de lucha solidaria —apostilló resabido y burlón—. Acciones como subir por la escalera comunitaria del edificio con las luces apagadas; como conducir con las ventanillas cerradas y sin aire acondicionado pese al calor sofocante en el coche; como ducharte,  un día sí, y tres, no; como hablar por el móvil con el auricular a cuatro palmos de la cara por asunto de las radiaciones; como no comprar artículos de marca o de multinacionales,… Concesiones  que no le hacías al sistema contaminante, consumista, dominante, explotador,…

—¡Porque era el estilo de vida que había elegido para mí…! —soltó en un espumarajo de rabia contenida.

—Tú lo has dicho: que elegías para ti; pero no para mí, que convivía y convivo contigo. No me negarás que sufrí como un campeón por tus acciones solidarias. Aunque tu ocurrencia de hoy es un extra a destiempo, una leve involución que me parte el espinazo y que tomaré, para resignarme, como un benévolo déjà vu míoaguijoneó con sorna victimista.

—Eres cruel, muy cruel… Seguía mis creencias de entonces… ¡de entonces! 

—Sí, y menos mal que allá quedaron, si no a estas alturas tendría mis posaderas pegadas al pescante de un carro azuzando a una mula, durmiendo sobre una esterilla dentro de una cueva y frotando un palo para hacer el fuego de nuestro nido de amor…

Se hizo un tenso silencio, solo amortiguado por la carraspera prolongada del motor, milagrosamente vivo a pesar de sus años. Entonces, ella pulsó los interruptores de los elevalunas. Peligro. El viento quedó implorando ululante al otro lado de los vidrios mientras era rasgado.

—¿Por qué subes los cristales, cariño? No quiero asarme —protestó, aún mordaz.

—Como siempre, Óscar, te niegas a valorar mis cambios —comenzó en un susurro de odio creciente— Es lo que le interesa a tu miedo, a tu falta de iniciativa en todo, a tu amargura. Prefieres recordar mi pasado y juzgarme para ponerme a tu nivel. Y quieres con ello también adueñarte de mis esfuerzos y mis conquistas presentes, hacerme sentir en una deuda perpetua contigo, para tenerme picoteando de la palma de tu mano. Intentas hacerme sentir como una estúpida. Siempre lo haces. ¡Eres muy despreciable!

Era obvio que, desde hacía ya mucho tiempo ella orbitaba alejada de él, en torno a algo duro, amasado y compactado por el sentimiento de abandono a través de los años. Algo que se le mostraba ininteligible e inquietante toda vez que ella lo invocaba con sus ásperas palabras. La inconsciencia le había hecho frívolo e insensible; el miedo, algo peor, un hombre pueril, un inmaduro.

—Cálmate Raquel. Era broma. Solo quería que te rieras. Que te vieras con distancia y te rieras de ti misma. Quería distender, amor mío, de verdad que no pretendía ofenderte. No me importa, estar así, aquí… doblado.

Pero era tarde. Del hilo ya asomado, la madeja se deshacía.

—Estoy cansada… muy cansada, Óscar. Siempre lo mismo: esa alegre indolencia, ese regocijo para hacerme sentir ridícula en mis decisiones, pero…—suspiró  rebasada y con los ojos acuosos—al menos las he tomado, intentando encontrar una salida a los asuntos del día a día, aunque no salgan bien, porque he querido que lo nuestro fuera adelante ¡adelante!… Pero de tu parte nunca he visto esfuerzo, Oscar, no lo veo,… Tú solo esperas en la absurda creencia de que las cosas se van a reconducir por sí solas y lo único que hacen es empeorar y empeorar; y no das señales de vida y estás como ausente y refugiado en tus historias y en tu mundo literario del que no me haces partícipe desde que dejé de escribir porque ya no soy de tu interés intelectual… y yo cada vez más y más lejos, y no parece importarte nada, nada, nada…

Y se derrumbó llorando de un modo lastimoso con la mirada perdida en las líneas divergentes y sinuosas que le abrían el paso al salpicadero. Él ensayó en vano alguna que otra palabra de consuelo. Pero solo cabía esperar a que el llanto amainara de puro cansancio. Entonces una sensación de impotencia, de vacío, de soledad, de asco hacia sí mismo, se adueñó de él y se sumió como un pedazo de plomo hacia el fondo de su corazón. ¿Qué había sido de aquella relación prometedora que se alimentaba de los intereses comunes en la literatura, de aquel tándem de voluntades firmes, de aquella futura colaboración artística de la que germinaría una familia de educación avanzada y libre? ¿Qué la había corrompido? Desde luego que la seguridad del puesto vitalicio y burocrático de ella había bifurcado en dos formas muy opuestas el sentir del día a día de ambos y había contribuido a las desavenencias. Pero no podía ser el único motivo. Tal vez lo crucial se revelaba tras la desgarradura infligida por ella y que le desenmascaraba: Se había resignado a vivir con una mujer que no había cubierto sus expectativas intelectuales. Pero ¿Qué era Raquel entonces? ¿Un fantasma de sus ilusiones abandonadas? ¿Un reflejo de su aquiescencia podrida? ¿Una mantenedora económica de todos los mundos por él ficcionados? ¿La amaba? ¿La conocía ahora realmente? Todavía escuchaba en el bisbiseo de sus labios la palabra «nada» repetida como un eco parsimonioso y aturdido, mientras negaba levemente con la cabeza. La palabra languideció hasta apagarse. Parecía pensativa y lejana.

—Nos estamos quedando sin gasolina —-dijo entonces con sonámbula lucidez.

Él se alongó como pudo para ver el nivel en el cuadro de mandos.

—Sí, el testigo se ha encendido, pero da para llegar bien —aseveró con impostada convicción.

—Es mejor no apurar, Óscar. Es una mala costumbre que has adquirido —-le reprendió en un suave tono maternal, quiso creer, conciliador.

—Tienes razón.

Tomaron la desviación más próxima y entraron en una estación de servicio. Bajo el cemento armado que la encapotaba, los clientes, trasegados por el autorepostaje, hormigueaban entre los vehículos aparejados a los surtidores y el establecimiento de pago. 

Tenía las mejillas veteadas por el rímel corrido. 

—¿Estás mejor, cariño? —preguntó cuando se detuvieron, en un remedo de voz solícito de perdón, ansiando el acercamiento.

Ella no le contestó. Sacó una toallita húmeda, se limpió la cara y se sonó la nariz afresada por la congestión.

—Toma; vete y avísame cuando hayas pagado —-y se bajó del coche para tomar la pistola dispensadora.

Desde la cristalera del establecimiento, mientras era uno más en la fila de anónimos pagadores, contemplaba agradecido la pequeña (para él inmensa) figura muda esperando repostar: la melena undívaga, la tez blanca, el aniñado porte al que se ajustaban unos pantalones vaqueros y un top fruncido. Se le antojó entonces la imagen como una bella fotografía casualmente hallada entre la insignificante hojarasca de otras que, desprendidas de la anodina y previsible vida compartida, testimoniaban la inexorable muerte de esta. Un sentimiento de dulce compasión hacia la novia y, a la vez, de tristeza por las oportunidades perdidas en la desidia cotidiana le embargó al punto. Aquella mujer era lo más noble que había conocido nunca.

Al término del pago se aplicó en hacer la seña convenida. Seña que, comprendería más tarde, era inútil en el encargo, pero muy útil, para risa del destino, en la parodia de despedida en que, ante sus atónitos ojos, se estaba transfigurando el momento final: Sin apuro, habiendo ya despachado su parte, la joven dejó la pistola en el surtidor, cerró la tapa del depósito, entró en el coche y arrancó. No le miró. Sobre el salpicadero su cartera y su móvil iban bamboleados por la prisa violenta de la fuga.

Algunas horas después, tras un exasperante y vergonzoso viaje de regreso, encontró la cerradura cambiada de la puerta de casa, y, abandonada, en el zaguán del edificio, su maltrecha maleta de viaje, junto a unos pocos enseres más. Nadie contestó al otro lado de la madera; tampoco, de la linea telefónica.

Fue la última y perfecta alegría que se llevó la vieja chismosa.

David Galán Parro

20 de abril de 2022