El artista moralmente libre 1

Del siguiente fragmento de una entrevista al director de cine Orson Welles quiero extraer varias ideas que me sirvan para convertirme en un artista moralmente libre.

  1. Uno no tiene por qué considerar el arte como lo más importante en la vida. La amistad puede ser, para uno, más importante que su propio arte.
  2. Hay varias formas de lealtad en la vida; nuestra dedicación al arte es una de ellas; y no tiene por qué ser la más importante.
  3. Existe la concepción romántica de que el artista debe estar por encima de todo lo demás. Uno puede seguir esta concepción o desecharla.
  4. Hay que respetar al artista que considera su dedicación al arte como la forma de lealtad más importante. Este tipo de artistas son probablemente los más valiosos.
  5. Uno puede definir el tipo de artista que es otro, pero lo importante es definir el tipo de artista que es o quiere ser uno mismo.
  6. Ser feliz en la aceptación del tipo de artista que es uno mismo.
  7. Los tipos de artistas pueden ser muchos. Uno de ellos es el profesional. Orson Welles no se considera un profesional, sino un aventurero.
  8. El artista profesional que es profundamente serio en su dedicación artística a expensas de cualquier otro valor en la vida es el que quizá hace los aportes más valiosos al arte.
  9. Esta el principio que moralmente obliga a hacer un aporte al arte y está la creencia en este principio. Uno es libre de creer o no creer en él.
  10. Uno puede quedar como artista dividido entre su creencia en este principio y su posicionamiento como artista no profesional corriendo el riesgo de diluir su aporte. Esa disolución puede ser mala para el arte, pero no para el artista que se sitúa como artista no profesional y que considera que su arte no es lo más importante en la vida.
  11. El artista es libre de mandar al diablo su necesidad de trascender.

David Galán Parro

30 de julio de 2022

Sobre el campo perceptivo

(Colaboración sobre el artículo titulado Los Conceptos)

Entiendo que de forma análoga, podríamos aplicar a la percepción visual, lo que has expuesto en relación a la extensión de los conceptos. Si me sitúo delante de la puerta de una vivienda, el campo de visión es muy reducido pero captaré numerosos y de pequeños detalles de ella, la nitidez de las líneas que la conforman y una multitud de características y determinaciones que la puerta contiene.

Me alejo de la puerta y amplío mi campo de visión. Ahora, dentro de él, no cae solamente la puerta sino también la fachada principal de la vivienda. De este modo, aumenta el número de los objetos percibidos (paredes, ventanas, techo, etc) pero a costa de ver reducido los detalles que percibimos y las determinaciones que conforman cada una de las partes u objetos, así como la nitidez de las líneas que dan forma a los elementos de la fachada.

Me alejo más, hasta lo alto de una pequeña y cercana colina desde donde puedo divisar la totalidad del pueblo. Aumento más mi campo de visión. Ahora veo las casas, las calles, los parques, la gente que pasea, los coches que circulan, etc. Sin embargo, este aumento del campo de mi visión provoca que no perciba las determinaciones concretas de los objetos que caen dentro de mi campo de visión. Ahora los contornos de los objetos no son precisos. Las líneas se difuminan, predominando las masas de colores.

Por último, si observara el pueblo desde la ventanilla de un avión, a varios kilómetros de altura, mi campo perceptivo sería enorme pero no podría visualizar ningún objeto concreto perteneciente al pueblo. Este se me presentaría como una totalidad sin partes, como una simple extensión de un color diferente a la enorme superficie de tierra en la que está incluida.

En definitiva, en la medida que aumenta la extensión del campo de visión disminuyen las determinaciones concretas del conjunto percibido. Percibimos de manera más amplia pero carente de determinaciones concretas, percibimos de forma más abstracta.

Ramón Galán González

3 de julio de 2022

Los Conceptos

Proporcionar el concepto de una cosa es equivalente a proporcionar la definición de dicha cosa. Los conceptos pueden estar muy detallados o poco detallados. Lo importante es proporcionar definiciones o conceptos previos que no sean muy extensos. Los conceptos pertenecen a teorías donde se relacionan con otros conceptos y adquieren desarrollo.

Me veo en la necesidad para hablar de los conceptos de proporcionar unas definiciones mínimas de sensación y percepción. Las sensaciones son reflejos de aspectos aislados de los objetos: colores, olores, sabores, texturas y sonidos. Las percepciones son reflejos de los objetos como totalidades. También es conveniente saber que las percepciones están mediadas por la memoria y por los conceptos. Cuantas más experiencias tenemos de un objeto, nuestra percepción de dicho objeto será más rica y más precisa. Y cuantos más conceptos tenemos de un objeto, nuestra percepción será más profunda y de mayor calidad. Si disponemos de conceptos sobre el Renacimiento, nuestra percepción de los cuadros de Botticelli será más rica y de mayor calidad.

Las palabras tienen dos funciones: la función nominativa y la función conceptual. A una niña que todavía no sabe hablar, le señalamos el biberón y le decimos “biberón”. Y así con el resto de las cosas. Solo cuando la niña se ha hecho con el nombre de las cosas, puede dirigirse a su padre y decirle lo que quiere. Sin nombres, en la vida no hay nada que hacer.  Con los nombres podemos recordar las cosas y podemos representarnos las cosas, aunque no estén presentes. Con los nombres, la representación, que es hija de la percepción, empieza a desarrollarse y a adquirir protagonismo en nuestra vida consciente. Imaginar y representar son equivalentes. A menudo me sucede, cuando contemplo una catedral, por ejemplo, que no dispongo de los nombres de ciertas partes de dicha obra arquitectónica y no puedo hablar de ellas a terceros. Es una situación que intelectualmente hace sentirme mal.  Con los nombres podemos destacar, diferenciar, las partes de una cosa.

Hablemos ahora de la función conceptual de las palabras. Aconsejo al lector que busque en internet la palabra “silla”. Observará que hay muchas fotografías de sillas distintas. Y si observa las fotografías ofrecidas por Wikipedia, verá sillas de marcado carácter histórico. Hay sillas preciosas y hay sillas muy artísticas. Las fotografías nos ofrecen lo que ocurre en la percepción: predomina la diversidad y la multiplicidad. Diferentes diseños, diferentes materiales y diferentes elementos decorativos. Pero Wikipedia nos ofrece el significado o concepto de la palabra “silla”. La silla es un mueble que suele tener un respaldo, generalmente cuenta con tres o cuatro apoyos y su finalidad es la de servir de asiento para una persona. Las partes principales de una silla son tres: asiento, respaldo y patas. Mientras que en la percepción predomina la multiplicidad y la diversidad, en el concepto predomina la unidad. Este es el papel del concepto y su influencia en el conocimiento sensible:  dotar a la percepción de unidad.

Mientras que la percepción refleja la apariencia de las cosas y, por consiguiente, su diversidad, el concepto refleja lo esencial de las cosas. Lo que nos dice el concepto de silla sobre todas las sillas es lo que hay de común entre ellas: el asiento, el respaldo y las patas. La unidad que el concepto expresa es la unidad que existen entre todas las sillas. Las sillas son esencialmente iguales. De ahí que compartan el mismo nombre.

Esta es la superioridad de los seres humanos respecto de los animales. Los seres humanos comparten con los animales la función perceptiva de los órganos de los sentidos. Pero mientras los animales solo disponen de percepciones, los seres humanos disponen de percepciones conceptualizadas. Los conceptos se alimentan de percepciones, y las percepciones necesitan de los conceptos para mejorar su rendimiento cognitivo.

Francisco Umpiérrez Sánchez

2 de julio 2022

¿Qué es Filosofía?

Laia, amiga de mi hija Patricia, se ha vuelto lectora de mi blog. Me veo en la necesidad de aclarar algunos conceptos básicos. Mi sobrino Mani dice que mis trabajos son muy densos. La razón: haga uso de muchos conceptos. Las ilustraciones de los conceptos que pongo en juego son pocas. La explicación: Soy heredero del pensamiento de Hegel, Marx y Husserl, pensadores altamente conceptuales. En la filosofía hay distintas escuelas y líneas de pensamientos. Yo pertenezco a la escuela y línea de pensamiento de los autores mencionados. Por el contrario, hay pensadores como Hofstadter y Sander que son muy pocos conceptuales. De hecho, de las 160 páginas que he leído de su libro La analogía todavía no he visto elaborado un solo concepto. Y es un requisito del pensamiento filosófico, también debería serlo de cualquier científico o pensador, definir previamente los conceptos que se van a emplear. Con los conceptos logramos darle unidad a la multiplicidad del mundo. Proporcionamos también por medio de los conceptos orden, claridad y mesura.

Pero vayamos al tema que nos ocupa. Todo el mundo conoce la palabra “mesa”. Con ella se pueden nombrar multitud de objetos que existen en viviendas distintas, en países distintos y en épocas históricas distintas. El número de objetos que puedo nombrar con la palabra “mesa”, lo denominaremos extensión del concepto ´mesa´. A la mesa también puedo denominarla con la palabra “mueble”.  De este modo aumentamos la extensión del concepto del objeto que antes denominábamos con la palabra “mesa”. Pero a lo que antes denominábamos “mesa” y después “mueble”, podemos denominarlo con las palabras “valor de uso”, “bien” o “mercancía”. Volvemos a extender aún más el concepto donde originariamente habíamos incluido el objeto que denominábamos “mesa”. Y si ya denominamos a lo que originariamente llamábamos “mesa” con las palabras “objeto” y “ser”, la extensión del concepto ya se hace casi infinita. ¿Qué entidades hay en el mundo -personas, cosas y animales-, a las que no podríamos denominarlas con las palabras “objeto” y “ser”? Respuesta: ninguna.

¿Qué es la filosofía? Aquella forma del pensamiento que hace uso de los conceptos con mayor extensión: ser, objeto, esencia, sustancia, apariencia y muchos otros más. Cuanto más extenso es un concepto, más difícil es adivinar a qué nos estamos refiriendo y de qué contenido estamos hablando. Cuanto más extenso es un concepto, más abstracto se vuelve el pensamiento y más difícil es hablar con claridad. Quien lea los textos de Hegel, pensador abstracto por excelencia, notará como si hubiera perdido todos los sentidos y no pudiera ver nada de lo que habla este pensador. Un buen filósofo es aquel que maneja con pulcritud y rigor los conceptos abstractos y no se pierde.

Francisco Umpiérrez Sánchez

22 de junio de 2022

El escritor incipiente

Antonio hace una pequeña narración. La base de la historia que cuenta consiste en un joven de 40 años que está totalmente sumergido en narrar una pequeña historia tras esnifar una raya de cocaína, y su madre que está preocupada porque su hijo se alimente mejor y deje de consumir un producto que mejora su rendimiento físico. Cuando a Antonio se le pregunta sobre la protagonista de su narración, nos dice que esa mujer solo está preocupada por asuntos “mundanos”, por asuntos de estómago, mientras que el protagonista principal está preocupado por asuntos espirituales, por alimentos para el alma. El narrador me pregunta si en su narración está siendo superficial y cómo puede ser más profundo.

Yo le aconsejo que escriba como quiera y sienta, pero que después reflexione sobre su narración incluyendo un poco de ideología. También le aconsejo que no describa el mundo tal y como él lo ha experimentado o tal y como se lo han contado las personas que ha entrevistado para extraer el material de la historia, sino que debería idealizar la historia que narra. La idealización no implica separarse de la realidad, sino representar un mundo que contribuya a mejorar la conciencia que tenemos de él y nos mueva a mejorarlo. Le digo, en primer lugar, que la mujer que retrata en su historia la deja mal parada. Nos dibuja no solo una mujer antigua, una mujer donde parece que la única causa de su existencia es el cuidado de sus hijos, sino también una mujer carente de vida interior, de pensamientos propios y de ideas críticas sobre cómo es su vida.

Si el narrador quiere profundidad, debió haber presentado a la madre del protagonista sentada a la mesa, mirando de manera crítica a su hijo y diciéndose así misma: “¡Qué hijo más ingrato he criado! Es un egoísta. Aspira a ser un gran escritor. ¡Pobre diablo! Cree que lo que él hace es más importante en la vida que alimentarse bien. Ignora la vinculación entre alimentación, ciencia y salud, que ha constituido mi experiencia en los últimos años de mi trabajo en el sector sanitario. Ni me ve. No me atribuye saber ni experiencia. Actúa como si yo no existiera y como si lo que yo pensara no valiera para nada. No se preocupa por mí y tiene ya más de cuarenta años. Y yo, tonta de mí, sin vida propia e independiente, preocupada siempre por los demás y no por mí. Si volviera a nacer y fuera de esta época, donde las mujeres son más independientes y libres, me pensaría mucho tener hijos que solo te dan preocupaciones y casi ninguna alegría. ¡Pobre ignorante y pobre de mí!

Del mismo modo que Antonio hubiera logrado un poco de profundidad hablando de la madre del protagonista asignándole algunos pensamientos críticos, obtendría igualmente un poco de profundidad si le hubiera asignado al protagonista pensamientos críticos sobre sus dudas, desgarros e insatisfacciones. En suma, le digo a Antonio que, si busca profundidad, solo debe dotar a sus personajes de pensamientos críticos sobre el mundo.

4 de junio de 2022

Francisco Umpiérrez Sánchez

(NOTA: Este artículo hace referencia al cuento Stevenson, el culpable)

La espera de la Parca

dedicado a la familia Galán Parro

Una madre espera la partida para siempre de su hija. Una espera que nunca termina. Toda una vida de espera. Nunca llega la partida y el definitivo adiós. También hay madres que esperaron su partida en cualquier momento dejando atrás a sus niños. Siempre  esperando refugiadas en el hogar. Y tuvieron nietos, muchos  nietos. Y tu conociste a sus hijos. También conociste a sus nietos. Creo que también conociste  a la madre que esperó tanto su marcha al mundo de los espíritus. En el mundo en el que no existen espíritus. Es cualquier madre en cualquier  lugar. Alguien le cantó en su adiós «gracias  a la vida». Y sí, siempre agradeció la vida.

Jerónimo Artiles Vizcaíno