Hoy, tú eres

Antes eras, pero por medio de otro. Eras él viviendo en ti. El dos en el uno. Él y tú en el tú. Encadenado a la mano que te daba de comer, te negabas a ti. El tú se quedo huérfano de ti. Eras y no eras. Frente al espejo, tú. En el espejo, él. Eras su imagen proyectada en ti. Eras pura e ideal semejanza. 

Pero hoy, tú eres. Palabra fundida que se clava y ahonda, que recorre y se extiende en mi conciencia. Ahora te reconozco en mí. Ahora me reconozco en ti. Comparto mi tiempo en instantes de ti, izándote en mi presente, conviviendo en mi identidad y haciéndome tú. Yo, por medio de mí, en ti. Tú, por medio de ti, en mí.

Tú, ya por siempre. Cabalgando sobre el viento de poniente que te lleva a la libertad deseada. Así, tú, hoy. Abriendo caminos libres hacia un futuro que nos empeñamos en hacerlo posible. Así, tú, hoy. Presencia vibrante que me impulsa a crecer sin desiertos ni vacíos, sin sentirme huérfano de besos y palabras. 

Así, tú, hoy. Te has ofrecido en una visión diáfana, más acertada que hasta hoy. Hoy te conozco en mí y me fundo en ti. Hoy voy desde el mí al todo tú, por siempre y en todas partes de ti. Hoy tú eres, naciendo una vez más. Hoy te has moldeado a ti mismo y has conquistado tu nombre, que yo hago mío.

Arinaga. 8 de septiembre de 2022

Ramón Galán González

Lo externo y lo interno (1)

Fachada de la Iglesia de San Carlo de Las Cuatro Fuentes

Estoy visitando Roma. Me paro delante de la fachada que preside la Iglesia de San Carlos de las Cuatro Fuentes.  La miro detenidamente. Su materialidad conformada se enfrenta a mí como una realidad exterior. Es de día. La luz permite que su valor referencial, su imagen, se proyecte y refleje en mi retina. La Iglesia de San Carlos renace ahora en mí. Se duplica en mí. La hago mía. Inmaterial, ahora yace también en el interior de mi conciencia. Sin embargo, mi visión y mi conciencia son algo más que una cámara fotográfica. No quedan reducidos a un simple fenómeno óptico.

Antes de visitar Roma me hice con el libro Renacimiento y Barroco de H. Wölfflin. Mientras observo la Iglesia de San Carlos de las Cuatro Fuentes, rememoro las palabras de H. Wölfflin. Efectivamente, se me presenta como una arquitectura barroca, dinámica, en movimiento, donde las líneas viven en libertad, rompiendo las anteriores reglas impuestas por el Renacimiento. Siento en mi interior una gran emoción al comprobar que la belleza que ante mí se alza no tiene una vida reposada y tranquila, ya que las masas que la conforman parecen retorcerse inquietas, en apasionados flujos y reflujos, modificando sus formas a cada instante.

Ya, de nuevo, en casa pienso en la experiencia vivida. Me represento de nuevo la fachada de la iglesia en su nueva existencia interna e independiente. Sin embargo, la acojo en mi interior como algo más que una mera imagen percibida en su día. Ahora es también experiencia vivida que altera mi sensibilidad. Es la expresión particular y concreta de la belleza arquitectónica realizada por el hombre que me causa admiración y dicha, que me provoca, al mismo tiempo, pensar y sentir.

Ramón Galán. Las Palmas. Agosto 2022

Súcubo

La noche muda es único testigo.

Sobre el promontorio, el templo amasa su sueño secular. Un sendero abrupto lleva a la escalinata que serpentea hasta alcanzar la base rectangular de su estructura. De los altos muros emergen suplicantes las pilastras. Dentro, la luz de la luna cubre de plata un patio interior en el que la hierba se estremece removida por el viento. En su centro, un apilamiento de piedras desiguales sostiene una plancha de pizarra dispuesta en horizontal imitando un altar; y en sus vértices, descansan sobre sus respectivas peanas, cuatro esfigies de bronce, ciegas y ajenas al ámbito y al tiempo que habitan. Rodea el patio, un peristilo de marmóreas columnas; en sus corredores, la oscuridad es herida a trechos por el baile incesante de las llamas en las antorchas fijadas con apliques de cobre a los paramentos; de ellas, gotea el alquitrán mancillando los adoquines, y el sordo goteo se apareja a las estridulaciones erráticas de los grillos ocultos entre los arbustos de los arriates que se arremolinan en torno a la pila central. De fondo, el viento tibio ronronea caracoleando entre las pálidas columnas del peristilo.

La luna llena ha alcanzado el cenit. Es el momento prefijado, definitivo. 

Sube por la escalinata y avanza por el soportal hacia el arco de entrada, pero se detiene sin traspasarlo, sobrecogido: el horror inminente hace irreal la escena. Sobre la afilada pizarra, una mujer yace con su turgente cuerpo desnudo; se despereza: quiere estar preparada. Cuando reconoce, en la silueta que le observa bajo el intradós, al visitante, un fogonazo de excitación le trepida en los muslos calientes que se abren y se prodigan. Brilla su aterciopelada piel aún palpitante; también, la linea perfecta del acero fatal que ha venido a buscarla.

«El cúmulo jamás será tálamo» se repite en letanía el visitante invocando la fuerza de una renuncia que lo alivie. No obstante, una esperanza quiere aún sobrevivir en su atribulado corazón: que el rigor de la luctuosa tarea ahogue cualquier resquicio de piedad, amor o deseo. Pero es vana, y por ello efímera, esta creencia. La templada firmeza, coraza precisa de todo verdugo, no dará el consuelo a su dolor que se prolongará, hasta lo inhumano, haciendo de él un cadáver en vida.

Ella, impávida, así lo cree y espera para consumar su venganza.

29 de agosto de 2022

David Galán Parro

La confesión

Camina con sus sandalias de rafia por la arena húmeda desafiando el borde del rompiente. No puede evitar su naturaleza de niña retadora. De repente una lengua de mar se extiende por donde pasa y golpea sus piernas. Da un respingo en la huida y se me acerca riendo. Pero su risa se me antoja un tanto afectada; seguramente, se siente ridícula ante mí y necesita de cierta impostura. Ventea su toalla, la extiende a mi lado y se deja caer, acodándose de espaldas. Sin cruzar nuestras miradas, quedamos en silencio, en un largo silencio en el que tal vez se abisman nuestros sentimientos inconfesados, removiendo cada segundo mutuamente compartido. Me va a explotar el corazón. Aún no se ha quitado sus desgastados pantalones vaqueros. «No se ha dado cuenta. Está también nerviosa», quiero pensar, para darme cierta ventaja. Entonces toma el filo mojado de la pernera izquierda y, lentamente, la recoge hacia la rodilla. Lo mismo con su par derecho. Parece ensimismada. Unas gotas de mar perlan sus torneadas pantorrillas. El blanco crudo de su blusa de lino plisada resalta su belleza natural, su falta de pretensión. Se lleva una mano al sombrero de ala ancha que el viento insiste en hurtarle y vuelve su rostro ovalado hacia mí. Ahora parece decidida. Unas tenues guedejas negras oscilan juguetonas tras su mirada expectante, azorada. Las aparta y las prende a sus finas orejas. «Está clarísimo» me digo con forzada convicción.

Entonces, en un susurro de emoción contenida, casi imperceptible, va y me suelta: «Ayer volví con él»

Fue uno de esos momentos en la vida en que sentí el peso intolerable de ese aforismo de Nietzsche que reza: «Las mujeres pueden muy bien entablar amistad con un hombre; más para mantenerla, es preciso tal vez el concurso de una pequeña antipatía física». Cierto, pero se olvidó decir que a falta de esta, mucha ha de ser la obligación moral que ha de concurrir en el hombre si anda perdidamente enamorado de una mujer. 

Esa obligación que en mí, siempre se vuelve condena.

David Galán Parro

4 de agosto de 2022