Clases de Filosofía 26/04/23: «El destino, el mercado mundial y los fondos de inversión»

De la reunión de ayer me quedo con muchas cosas tal vez dispersas de las que trataré hablar antes que se pierdan dentro de mi. Tratan sobre la conducta intelectual en general frente al mundo; sobre conceptos filosóficos aplicados a la realidad del mercado mundial actual; y sobre posiciones definitorias de la identidad personal e […]

Luces de neón

«Luces de neón de calles nocturnas» pintura de Oleksandr Piletskyi

Luces de neón latigando las derruidas calles de esta ciudad en sombras. 

Con su hambre de gente, las tiendas y las casas en venta; con su hambre, la gente

Ya no siento nada

Pedazos de un hombre habitando sobre un pedazo de cartón.

Nada por tí.

Una mujer sentada en el suelo con su rostro huyendo, como el ocaso, entre las rodillas; cóncava, su mano, pide.

¿Y por qué no siento nada? Porque nunca me tome en serio.

Un niño frente a un escaparate mirando los juguetes que le son inalcanzables. Es Navidad.

Sólo quiero desaparecer. Perderme. Un viaje, no muy caro, sin compañías.

Luces de neón latigando las derruidas calles de esta ciudad en sombras…

Y yo hacia dentro, ensordecido por mi falta de amor hacia ella, devorándome, desperdiciándome, escupiendo insensible a la cara de la pobreza ajena que me grita y me atenaza.

David Galán Parro

8 de diciembre de 2012

Procedimiento Creativo 1: La Reescritura

Muchas veces me encuentro con el problema sobre qué escribir. No tengo historia, o si la tengo no puedo enfocarla hacia un tema. Otras veces no hay una idea definida sobre algo. No hay una posición frente a algo. estoy perdido. La sensación de vacío me embarga. Me desespero y me frustro. Pero quiero y tengo que ser productivo. Tengo que llevar a cabo mi actividad y hacerla con un nivel mínimo de estímulo, de entusiasmo.

Tengo la impresión emotiva que me ha dejado un cuento de Chejov. No se ha desvanecido todavía. Esta la representación en mi mente de una de sus intensas escenas: Un médico y su mujer acaban de perder a un hijo de seis años que muere de forma dramática tras una dura y larga enfermedad. La mujer esta postrada al lado de la cama y reclinada sobre el cadáver del hijo. Están devastados. La casa está silenciosa y desolada. Los criados han sido retirados de la casa. Tocan al timbre y el mismo médico es quien acude. Alguien le requiere sus servicios. Está desesperado: su caso es urgente. El médico le informa sobre el luctuoso hecho que acaba de acontecer y se niega a ofrecer ayuda. Sigo leyendo y comienza la escena que transcribiré. La fuerza emocional esta entre lineas. Vuelvo a la escena y reeleo. Es impresionante cómo el dolor apresa a los personajes y se aferra a ellos hasta lo inhumano. Ya tengo la motivación, el estímulo. Es el momento de arrancar y me dispongo a reescribir el trozo de texto, con una representación clara y con un alto nivel emocional dentro de mi. Estoy agarrado al contenido. Busco la expresión, el estilo, el tono, en los que moverme. Es mi voz narrando lo que Chejov ha dejado dentro de mi.

Ha nacido un nuevo procedimiento…  

11 de abril de 2023

David Galán Parro

Ejercicio de reescritura (2)

Extracto del cuento «Enemigos» de Anton Chéjov.

Texto original

Allí reinaba una calma mortal. Todo, hasta el último detalle, hablaba con elocuencia sobre la tormenta que acababa de pasar, de su agotamiento, y todo ahora descansaba. Una vela, colocada sobre un taburete, metida entre una multitud de botellas, frascos, cajas y latas, y una gran lámpara sobre el vestidor, iluminaban toda la estancia. Sobre la cama, al lado de la ventana, estaba echado el niño con los ojos abiertos y una expresión sorprendida en el rostro. No se movía, pero daba la impresión de que sus ojos se oscurecían por momentos y se hundían en su calavera. Al lado de la cama, con las manos echadas sobre su cuerpo y con el rostro escondido entre las sábanas, su madre estaba arrodillada. Igual que el niño, estaba inmóvil, pero se adivinaba la vida en la curva de su cuerpo y en sus manos. Se había dejado caer sobre la cama con abandono, como asustada de echar a perder la postura cómoda y relajada en la que se había configurado su cuerpo exhausto. Las sábanas, los trapos, los cubos, los charcos sobre el suelo, los pinceles y las cucharas tirados por cualquier parte, la botella blanca llena de agua de cal, incluso el mismo aire, pesado y recargado: todo se había detenido y parecía hundido en la calma más absoluta.

Texto reelaborado

Allí, reinaba una luctuosa calma. Todos los detalles de la estancia hablaban con elocuencia del tormento vivido y descansaban apacibles: una vela sobre un taburete escondiéndose entre botellas, frascos, cajas y latas abandonadas; una gran lámpara sobre el vestidor consumiendo la incierta penumbra del lugar; y en la cama, al lado de la ventana, el niño yaciendo inmóvil.  En su rostro desfigurado por una mueca de sorpresa, sus ojos abiertos parecían sumirse por momentos en la oscuridad de las cuencas. La madre, con las manos echadas sobre el cuerpo del hijo y escondido el rostro entre las sábanas desechas, permanecía arrodillada a su lado. Un tenue temblor en la curva de su espalda y en sus manos era el resquicio por el cual se asomaba el dolor inquebrantable. Rendida se había dejado caer sobre el catre y así permanecía como si se negará a abandonar aquella postura cómoda y relajada en la que todavía esperaba encontrar las palpitaciones huidas de él. Sábanas, trapos, cubos, charcos sobre el suelo, pinceles y cucharas  rodeaban a la mujer y al niño difunto. También el aire, pesado y denso. Todo era mudo testigo del drama y todo se entregaba a la calma perfecta que imponía la muerte

20 de abril de 2023

David Galán Parro

El interrogatorio

a Marcos Hernández Bolaños

1

Ascendió por una escalinata a la planta superior del edificio oficial. La serie de corredores y dependencias que a su paso dejó era laberíntica y oscura. En ella, hombres y mujeres sin rostro, casi sombras, se aglomeraban sentados en las ringleras de sillas plásticas a la espera de ser atendidos en los departamentos. Él sin embargo no tuvo que esperar. Tras la puerta ligeramente entornada una voz imperiosa mentó su número. Entró. Las siluetas de dos funcionarios a los que la penumbra igualaba el rostro se recortaban detrás de una mesa metálica. En un extremo de ésta, uno de ellos tecleaba concentrado en un portátil. Hacía frío en la sala.

—¿Nombre?

—Manuel Benavides López.

—¿Edad?

—Cuarenta y tres años.

—Vaya, se conserva usted muy bien. No le castiga mucho el destino. Vida almibarada. De tener callos en sus manos no será por picar piedras…

—¿Cómo? No entendí

—No importa ¿Situación sentimental?

—¿Estoy obligado a responder a esto?

—¡Auxiliar, tome nota! En «Resistencia a la autoridad», de momento, falta leve —ordenó al subalterno para de inmediato seguir— ¿Soltero, casado, separado, divorciado, patriarca de un harem, macho alfa en una licenciosa comuna hippie…?

—Soltero… soltero… pero tengo una chica.

—¿Y cómo se entiende eso, amigo? Dígame ¿En qué trabaja?

—De oficinista administrativo…

—Las oficinas están llenas de hombres como usted y como ellos estará bien abastecido ¿Desde cuándo padece el problema?

—¿Problema?

—¡Anote, pinche! —urgió de nuevo al subalterno— De momento, máxima nota en el apartado «Falta de autorreconocimiento de transtorno compulsivo» —-y volviéndose hacia el otro— Sí, amigo, me ha oído bien: Pro-ble-ma… ¡y gordo!

—Eh…bueno…desde los catorce… más o menos…

—¡Madre mía! Usted es de la vieja tropa ¡Qué espécimen de generosidad masculina nos brinda la naturaleza! ¡Auxiliar, quitémonos el sombrero ante tal eminencia! Seguro que ya las chicas en su época se andarían fijando en sus granitos delatores al borde de los labios, ¿eh?

—¿Granitos?

—Sí, bueno, usted sabe… no se haga el nuevo— y le guiñó un ojo cómplice a la par que le sonreía maliciosamente para confraternizar con él. Éste creyendo encontrar algo de comprensión en el funcionario confesó:

—Bueno… una prima mía, sí,… algún comentario cruel hizo en su momento.

—¡Menuda su prima, tan joven y tan experimentada ya! —rió— ¡Quién fuera joven para vérselas con ella…! Y dígame, ¿Cómo empezó la cosa?

—Los amigos…

—¿No me diga que usted era de esos que en manada se lo montaban?

—¡No, no,… nunca participé en nada de eso! Ni siquiera en los intercambios de material explícito que entre ellos se hacían. Me mantenía al margen…

—¡Ah viejo zorro! Para parecer más casto y espiritual y sentirse por encima de la vulgar masa pueblerina ¿no? Usted es de lo peorcito, amigo…

—Bueno no lo hacía con esa intención…

—Es de lo peorcito, amigo, y punto. Mucha represión la suya. Va muy mal: acabará persiguiendo niñas a la salida de un instituto de secundaria, ya verá.

—Jamás pensaría tal cosa…

—Ya. Y dígame ¿Sabe por qué le hemos convocado, verdad?

—No, exactamente. Yo sólo obedecí al requerimiento oficial que en la pantalla de mi ordenador salió de forma imprevista en la tarde del 16 de marzo y que me emplazaba a este lugar y hora. Dí mis datos en la entrada y efectivamente el requerimiento se había enviado desde estas oficinas.

—Buen chico… buen chico… no hubo que emplear agentes, ni patada en la puerta… sobre todo: Co-la-bo-ra-ción ¿Sabe a quiénes representamos mi subalterno y yo?

—No.

—¿Le suena la DOEAPPS, Departamento Oficial de Eliminación de Adicciones Potencialmente Peligrosas para la Sociedad?

—No.

—Pues me place comunicarle oficialmente señor Benavides que a partir de hoy lo sabrá por exceso: va a sentir nuestro aliento caliente en su cogote. Ya hemos elaborado su ficha tras un previo rastreo de sus movimientos en la red y le encantará saber que es usted un firme candidato a la supervisión continua y exhaustiva de nuestro insigne departamento. Sentirá el hocico de nuestros sabuesos entre sus glúteos. Pero no se preocupe, todo será beneficio, ya verá, si no para usted al menos para la sociedad.

—¿Se me acusa de algo?

—¡Pinche, en «Actitud Retadora» ponga un excelente!—y volviéndose de nuevo al interrogado le espetó— ¿Ha hecho algo que pueda y deba decirnos?

—¿Qué deba decirles? Si ni siquiera sé qué constituye para ustedes un hecho delictivo.

—¿Quiere salir de dudas, señor Benavides? Tenga en cuenta que nuestro ámbito de acción es amplio pues incluye lo potencialmente peligroso para la sociedad. Y eso se cuantifica. Los algoritmos no fallan. Cierto número de visitas al día a webs monotorizadas por nuestro departamento son reconvertidas en datos informativos que evaluados por unos indicadores objetivos de riesgo son enviados a la centralita de nuestras oficinas y rebasado el límite, la consabida ventanita oficial se tomará automáticamente la molestia de requerirle en la pantalla de su ordenador ¿Va entendiendo?

—Más o menos. Pero también entiendo que no se me puede acusar de nada.

—Claro, pero se le preacusa, usted es un elemento sospechoso. Esta ahí, entre el sí y el no, caminando en el filo, en el área potencial y bordeando peligrosamente la delictiva. De momento queda catalogado por nuestros algoritmos como un ser que padece un nivel grave de adicción al consumo de la pornografía, o hablando eufemísticamente, un onanista empedernido, un veterano y rancio pajillero, un desviado de picha despierta, un contrahecho sexual,… 

—No entiendo a qué viene ese tono… Ciertamente he sufrido a lo largo de los años un trastorno y he luchado, reconozco que inútilmente, por superarlo pero… Llegados a este punto ¿Qué se supone debo hacer?

—A ver, señor Benavides, yo le agradezco que facilite las cosas cuando reconoce al fin que padece un problema pero no es de nuestra incumbencia determinar que remedios debe aplicar al caso. No nos pagan para eso. Vaya a un especialista. 

—¿Y si no me lo puedo permitir? Entre la hipoteca y mi sueldo seguramente no alcanzaría.

—Ya, pero nosotros no somos las Hermanitas de la Caridad. Nosotros sólo hacemos el trabajo sucio de advertirle en qué elemento social peligroso se está usted convirtiendo. Cuánto pesen sus consideraciones morales en su conciencia una vez le informemos es asunto suyo.

—¿A qué se refiere con lo de elemento social peligroso? No creo haber perjudicado a nadie con mi trastorno, siempre lo he llevado en la intimidad. Es muy vergonzoso reconocerlo públicamente ¿Me entiende?

—Tampoco nos incumbe el estado de su reputación, señor Benavides. Pero vayamos al grano. En el informe individualizado que hemos hecho se refleja que usted se masajea la culebrilla al menos tres veces al día. Mañana, tarde y noche. En la oficina, en su casa, a destajo ¿No es así? Puede mentir si quiere.

—Sí… bueno… es así.

—¿Lo sabe la parienta? ¿Le ha pillado infraganti? ¿Ella es invidente? ¿Sabe que cuando está en la faena roza el adulterio? Yo se lo confesaría a ella si aún lo escondiera y algo de  honestidad me quedara.

—¿Sabe? Esta entrevista me parece bastante ofensiva y denigrante…

—¿Ofensiva y denigrante?—enfatizó el funcionario alzando de repente la voz— ¿Y qué espera que le demos el premio Nobel por Buena Conducta, señor Benavides? ¡No! ¿Usted no sabe con quiénes está tratando? La escoria moral no está de este lado de la mesa ¿Sabe?

Se hizo un tenso silencio entre ambos en el que goteaba el tecleo incesante del subalterno en su portátil.  El interrogador se había despegado del respaldo de su asiento y congelaba una mirada hostil sobre el rostro del preacusado.

—No, yo sólo digo que todos tenemos nuestro derecho a la presunción de … —recomenzó lentamente el interrogado.

—Por favor, sr. Benavides. Actualícese un poco —y se dejó caer en el respaldo— Usted le repito es un elemento social desviado pasivo, un delincuente sexual en potencia, una lacra social en retaguardia, una amenaza para la futura infancia,…

—¿Para la infancia?

—Sí, por los datos recabados la pedofilia será su destino, señor Benavides, poco o nada puede hacer: Gasta en Chicas Jóvenes Calientes un sesenta por ciento de su semen; en latinas Principiantes, un diez; y en Jovencitas Asiáticas apartado Chinas un treinta…¿Ha trabajado alguna vez en un campo de rehabilitación chino? ¿No? Le vendrá bien. Nuestros colegas chinos se esmeran muy bien en reeducar a los bobos de asignatura pendiente como usted. Esos no se andan con contemplaciones.

—¿Cómo se me puede acusar de tener unas fantasías que quedan sólo en el terreno de mi intimidad sexual?

—¿Intimidad? Desde que usted entra en la red y visita esos antros virtuales ¿En dónde cree que anda? ¿En una playa privada de nudistas? ¿En un night club de maridos putañeros? ¿En una logia masónica sexual? A la luz pública queda usted ¿O aún no se ha enterado?… Señor Benavides desengáñese de usted mismo. No se tenga como un ciudadano ejemplar, como una persona bondadosa, como un ser lleno de amor puro y casto, porque no lo es. Usted es de lo peor. A nosotros no nos engaña. A la luz del día brilla su apariencia de persona equilibrada, pero a la luz de nuestros focos se descubre su más repugnante esencia. Un favor le hacemos cuando lo desenmascaramos incluso para usted mismo.

—Pero ¿Van a decir que mi problema lo he creado yo? Soy una víctima de ese pérfido negocio que produce lo que consumo.

—¡Apunte, pinche! En «Esgrime razones políticas subversivas»: Cum laude ¡Otro con el discurso moral anticapitalista para echar balones fuera! —y de nuevo girándose hacia el interrogado— Ya, ya,… ¿Y usted prueba la mierda de perro de la calle porque la cagan los perros? Usted elige lo que consume, señor Benavides ¿a quién pretende engañar?

—No, no digo eso. Es difícil escapar de lo que produce ese negocio cuando uno vive bajo la presión de unas estresantes condiciones laborales y de unas pésimas, financieras. Deben entender esto. Les pido que empaticen en este sentido y sean comprensivos…

—Sí, claro. Ahora resulta que su trabajo y sus finanzas son las responsables, junto con ese sórdido negocio, de que la sin hueso luzca como un hueso. Por favor, señor Benavides, por sus respuestas, todo justificaciones y evasivas, nos confirma la peor de las sospechas, es usted un elemento altamente incorregible en el marco de su adicción próxima al delito. Esto es, ya no bordea el delito, ya podemos anticipar el delito, ya está en el delito mismo.

—¿Me va a decir que soy un delincuente?

—Sr. Benavides, cuándo usted entró por esa puerta, no podíamos adivinar sus respuestas. Usted tiene un serio problema que ha reconocido. Pero también ha reconocido que no puede arreglarlo. Si no puede arreglarse el problema que le lleva al delito, ya esta en el delito. Luego en consecuencia…

—¿En consecuencia qué?

—Tengo que informarle que queda detenido…

2

Se despertó empapado en sudor, con una plomiza sensación en su cabeza que le desmadejaba el cuerpo. La luz de la mañana iba dibujando el resquicio rectangular de la ventana entornada. A su lado, la tez rosácea de Amparo se entreveraba por el pelo enmarañado que se desbordaba sobre la cálida almohada. Ella se revolvió dulcemente presintiendo el despertar de él y le recibió con una plácida mirada desleída por el sueño. Lo encontró recostado y mirándola pusilánime, casi suplicante.

—¿Qué ocurre, Manu?

—He tenido una horrible pesadilla—y volvió a tumbarse colocando su cabeza cerca de la de ella.

—¿Ah sí? ¿Y qué, cariño? ¿No me dejarías fuera? ¿Saldría yo en ella, no? —dijo despreocupada, sonriéndole y arrebujándole en un abrazo.

—Bueno…más o menos…

—Ya.

Entonces ella pausadamente fue perdiéndose bajo la sábana y se deslizó sobre su pecho y su abdomen hasta trajinarle finalmente la entrepierna con besos, lametones y caricias. Él se sentía como un traidor, un cobarde, alguien condenado al ostracismo moral, al repudio y a la soledad perpetua. La dopamina, decían, en los de su baja ralea andaba descarriada dentro, haciendo que la excitación tocara techo y precipitara la inevitable caída, la vergonzante disfunción del palo viril. En esas cábalas estaba, cuando desde bajo de la sábana le vino la voz de ella susurrante y arrastrando mansamente las palabras:

—Cariño, nos vendría bien un poco de salsa para levantar mejor esto. Unas peliculitas picantonas para ver juntos, tal vez. Débora, me dijo, que le funcionan de mareo cuando lo hace con Alberto.

David Galán Parro

19 de abril de 2023

Mi experiencia con el COVID19

Para hablar de mi experiencia particular con el COVID19 debo ponerme a recordar y ahora recordar esta experiencia en mi es reunir muchos momentos e información fragmentaria y darle cierto orden.

La COVID19 fue en un principio para mi una noticia lejana de algo que acontecía en China. Esto sucedía sobre el mes de enero de 2020. Lo sentía como una amenaza pero pensaba en que las autoridades sanitarias chinas podían controlar y resolver el problema. Sobre febrero se hablaba de casos en Europa. Morían muchas personas en Italia. Empezaron los casos en España. Todo sucedía antes del confinamiento.

Un viernes de mediados de marzo, la directora del colegio en que trabajaba nos anunció que se cumplía lo irremediable: íbamos al confinamiento por el plazo de quince días. Yo entendía que la medida era  necesaria. No me sentía alarmado.

Pero esos quince días se aplazarían hasta hacer que el curso no se reiniciara.

No tengo un recuerdo duro del confinamiento dadas mis condiciones materiales y financieras. La administración me mantuvo íntegramente el sueldo y vivía solo en una casa espaciosa.

Mis preocupaciones fueron durante ese periodo elaborar tareas para mis alumnos e impartir clases on line. Elaboré un horario para atender diariamente a los alumnos y busqué también tiempo para estudiar. Por las mañanas hacía ejercicio porque tenía molestias de espalda. Tuve sensaciones de angustia cuando veía imágenes en la televisión de hospitales  y residencia de ancianos llenos de enfermos y cuando daban cifras de muertos que la autoridades sanitarias trataban de contener. A veces imaginaba la situación de las familias de mis alumnos y otras familias en las ciudades de España, recluidas en pequeñas casas, hacinadas, contando lo mínimo para alcanzar el fin de mes, llenos de incertidumbre sobre su futuro y su situación laboral; y lo peor: al tanto de la dramática muerte en el hospital de algún ser querido del que ni siquiera llegarían a despedirse.

Cuando salía de casa para comprar y veía en las calles desoladas a personas que tenían que hacer su trabajo y luego a las personas que dentro del supermercado nos atendían me sentía privilegiado y con  impotencia. Sentía que eran las personas que desde su quehacer anónimo directamente me mantenían y sin embargo poco o nada podías hacer para compensarles.

A diario contactaba o con algún amigo o con algún familiar. No recuerdo que echara de menos a nadie: sabía que estaban bien y confiaba en que nadie muriera. Si alguno de mis amigos necesitaba dinero por su estrecha situación, yo lo daba sin contrapartida. Entendía que estaba en posición de hacerlo.

Y tal como confiaba, de mis allegados nadie moría por COVID19. Ni familiares, ni amigos, ni tan siquiera conocidos de tercer orden. Tampoco conocí a gente que me hablara de muertos entre los suyos. Los muertos estaban para mi representados en las devastadoras cifras oficiales. Conocía, eso sí, gente que enfermaba con síntomas graves o leves pero nunca mortales.

Todas estas circunstancias me llevaron a no tener una sensación de peligro y por ello a no considerar peligrosa mi realidad inmediata. Esto chocaba para mi con muchas de las medidas preventivas que articularon las autoridades locales en el ámbito de la convivencia ciudadana. Las sentía innecesarias y se me figuraban más un producto del miedo que de una decisión cabalmente meditada. No obstante procuraba entender que los hechos lo habían desbordado todo y las decisiones administrativas que se tomaban provenían de personas que se veían en situación de improvisación y urgencia extrema. No podía ser de otro modo. En ese sentido, no las calificaba dentro de mi, como otros las consideraban, imposiciones, sino como errores necesarios. Llegaba a pensar: ¿Y si yo fuera alguien que llegado el momento tuviera la responsabilidad de decidir en circunstancias tan inéditas sobre lo que iba a afectar al día a día de otros? ¿Lo hubiera hecho mejor?

Esta consideración de que las decisiones administrativas podían fácilmente incurrir en error dada la urgencia del momento también se me antojaba aplicable a decisiones políticas más amplias, de ámbito nacional, o incluso internacional.

Pasado unos meses fueron determinantes en mi pensamiento la forma de pensar de mi círculo de amigos más próximo; una forma de pensar que llegaba a ser, en mi opinión de ahora, extremista. Sus afirmaciones continuamente irrespetuosas hacia la sensibilidad de otras personas que lo vivían con un miedo o una precaución que ellos no compartían no me gustaban. Me sentía escéptico frente a éstas y callaba. Pero al callar, sin alentarlas, me hacía partícipe. Y a esa forma de pensar me amoldé por dos motivos: El primero era que yo no me molestaba en tener una opinión razonada de lo que pasaba en torno mío y el otro era que yo asumía la concepción de ellos por complacencia y cobardía, para no sentirme juzgado en mi posición práctica y moral. En este círculo yo delegué inconscientemente la creación de esa concepción, porque no la sentía necesaria para vivir y porque además me ahorraba la confrontación con ellos. Así que no me cree mis consideraciones independientes y libres respecto al asunto.

Cuando llegaron las vacunas, la falta de miedo y mis opiniones dependientes y prestadas no me impelían a vacunarme. No me sentía en absoluto con la necesidad de hacerlo. Y de hecho, no lo haría nunca. A los pocos meses un amigo médico me dio ciertos argumentos que me hicieron desconfiar de la efectividad de las vacunas y me convencieron de mi decisión, pese a que no vacunarse podía acarrear limitaciones para el desenvolvimiento normal de mi vida personal. Pensaba: «mientras legalmente no nos obliguen, puedo evitar vacunarme». Tras hablar con él, a la falta de miedo y a mis opiniones se le vino a sumar el miedo a vacunarme. Literalmente, le cogí desconfianza y miedo a la vacuna. Y quise a muchas de las personas cercanas hablarles de que no lo hicieran o de que era un error haberlo hecho, pero no quería contribuir a la desconfianza y miedo en ellos: al fin y al cabo de lo que se trataba en mi opinión era que cada cual dentro de los márgenes legales optara por la decisión íntimamente más tranquilizadora. Mas tarde me afianzaría en mi creencia el hecho de que muchos se vacunaron y no podían evitar la enfermedad e incluso la muerte.

La opción a la que me agarré fue estar atento a todas las decisiones gubernamentales estrictamente obligatorias, acatarlas y guardarme mis opiniones que al fin y al cabo no iban a producir ningún efecto transformador en la situación social reinante, y que sólo lo que traían aparejadas era la confrontación dolorosa e inútil con mis seres cercanos queridos.

15 de abril de 2023

David Galán Parro

En las riberas del Aqueronte

1. Los infortunados

¡Oh, Hebe, amada, nosotros que no habíamos elegido ir por aquellos parajes de piedras y espinos que quisieron lacerar nuestra carne hecha luz, ni por estas ciénagas de ahora que fatigan nuestros ya cansados pasos bajo la espesa oscuridad que la mudable luz de las antorchas apenas mitiga!

Por delante de mi caminas cabizbaja y en sepulcral silencio. En tu pecho se hamaca ese pedazo tuyo y mío, que no adquirió la palabra, caro a nuestros corazones anudados ¿Por qué este castigo? ¿Qué hacemos aquí, Hebe, como eslabones de una cadena de infortunados tempranamente vaciados de carne, sangre y huesos? ¿Qué hacemos aquí, ya eternamente incorruptos? ¿Qué hacemos atrapados en este instante imperecedero? ¿Acaso no merecíamos la dicha de envejecer juntos, de contemplar el crecimiento de nuestra simiente? Ya solo eso somos, Hebe, una atroz imagen sin ocaso, un despojo incorpóreo, eidolones. Esta condición nueva que nos ha otorgado injustamente el destino nos niega el abrazo y el beso definitivos en la despedida que nos aguarda. Eso somos, los tres. Chispean los lamentos apagados, casi animales, de quienes corrieron nuestra misma suerte, en esta fila de condenados que serpentea a través de los montes que nos llevan a las riberas del Aqueronte. Es despiadadamente escaso el tiempo que nos resta para ya ni siquiera regalarnos a los ojos: apenas lo que duraba el bello hundimiento de la broncínea cuadriga tras las cumbres heladas.

Es y será por siempre la noche cerrada. 

Flamean las ígneas melenas de las antorchas que nos guían, hermanas de aquellas que nos parieron a este lado sin retorno, que nos sentenciaron a este desdichado destino. Fue inclemente el rigor de las hordas enemigas que arrasaron el hogar y que cebaron con la carne de nuestros cuerpos, el fuego. Fue inclemente esa, nuestra primera despedida. Y ahora Hebe, que oímos cercano el arrullo premonitorio de las olas de la ribera se cumplirá la otra, la despedida dentro de la despedida, como sombra en noche, gota en mar, polvo en montaña… ¡Una espada de dolor me raja el pecho, Hebe, y sangran mis ojos sus inevitables lágrimas!

2. El barquero (*)

Vela junto al río el viejo barquero horriblemente escuálido. Sobre su pecho tendida una larga barba gris enmaraña y un andrajoso manto le cuelga de un nudo desde su hombro. Dos ascuas centelleantes en el fondo de las cuencas son sus inmóviles ojos; con ellos rasga la bruma a ras del agua escudriñando alguna traza humana en la otra ribera.

Impasible, los espera.

El mohoso esquife fondea mansamente cerca de una peña, también atento a que el amo ejecute una vez más su eterno cometido.

Llegan los conocidos signos que catapultan la espera hacia al otro lado del río: El creciente murmullo de las voces aterrorizadas; la lívida hilera de luces de las antorchas en la espesura de la noche, apeñuscándose al borde del cauce; la confusión impaciente de los que aún no aciertan a saber cuándo aparecerá el barquero y cómo será el paraje que les acoja.

Sólo él, Caronte, dueño absoluto de ese intersticio de noche atroz, lo sabe.

Con su largo varal en una de sus manos y con la vela en la otra, recomienza su hábil maniobra hacia el encuentro de los infortunados cuerpos que ha de transbordar.

A su retorno sólo quedarán allá los sin óbolo, condenados a una centuria de extraviados pasos a lo largo de la ribera.

3. El sacrificio.

El horror aprieta el corazón de la joven madre cuando contempla el número inequívoco de monedas. Lanza una mirada de súplica, de perfecta incredulidad, a su amado como si con ella pudiera arrancarle al momento un pedazo de irrealidad salvadora. Rompe a llorar el niño en sus brazos presagiando el desgarro final. 

Se ha cerrado el círculo de la dicha compartida de antaño y así como su carne y su latido se perdieron en el mundo de los vivos, ahora así se perderá su figura primero, en la neblina devoradora en la que el barquero, remando sobre la corriente, sumirá a la madre y al hijo, y luego en la neblina también devoradora que el olvido impondrá al padre al cabo de cien años de destierro en la ribera.   

Dos óbolos extendidos en la mano nudosa del barquero sellan el trato para el transbordo de ambos al otro lado del río.

13 de abril

David Galán Parro

(*) Parte del contenido literario de este trozo esta extraído de la Eneida de Virgilio.

Ser productivo en Literatura

No soy experto en procedimientos para la creación literaria y no creo conveniente hablar sobre aquello que no sé, aunque se me antoja que el criterio general de estudiar y tener como referencia a los grandes maestros de la literatura debe ser acertado y de gran utilidad como apunta David Galán en su artículo “Procedimiento Creativo 1: La Reescritura

Sin embargo, sí me gustaría compartir con ustedes la reflexión relativa al párrafo inicial de dicho texto. Transcribo:

“Muchas veces me encuentro con el problema sobre qué escribir. No tengo historia, o si la tengo no puedo enfocarla hacia un tema. Otras veces no hay una idea definida sobre algo. No hay una posición frente a algo. Estoy perdido. La sensación de vacío me embarga. Me desespero y me frustro. Pero quiero y tengo que ser productivo. Tengo que llevar a cabo mi actividad y hacerla con un nivel mínimo de estímulo, de entusiasmo.”

La producción creativa literaria, o científica, no tiene su inicio en el acto de dotar de consistencia objetiva, bajo la forma de obra escrita, lo que habita en el pensamiento del artista. Este acto constituye la última fase de un proceso. Parafraseando a Francisco Umpiérrez antes de apuntar y disparar a un blanco, debemos llenar de flechas el carcaj. David Galán, de forma implícita, reconoce que hay momentos que carece de flechas y de blanco (No tengo historia, o si la tengo no puedo enfocarla hacia un tema). Debemos, pues, admitir que tener “historias” y “temas” constituye una de las fases necesarias de la producción literaria y que esta actividad no consiste solamente en el hecho de escribir. En otras palabras: un escritor no puede reducir su actividad productiva al acto mismo de escribir.

Pero las “historias” y los “temas” no flotan en el aire esperando a ser rescatadas por las musas que supuestamente rigen la inspiración artística del literato. Las “historias”, los “escenarios” y los “temas” nacieron, o están presentes, en la vida, en el mundo, en la historia de la humanidad y el escritor debe ir a la búsqueda de estos elementos que constituirán la materia prima de su producción literaria.

Para lograr tal fin, es necesario que el artista se sumerja en la vida práctica, se llene de experiencia sensible mediante la participación de los órganos de los sentidos, tanto los teóricos como los prácticos, desarrollar la capacidad de percibir el mundo que le rodea, educando su visión, acomodándola a las distintas intensidades de luz, color y líneas que la naturaleza le ofrece. Debe aprender a interpretar miradas y rostros humanos. Escuchar risas, llantos, anhelos, desesperanzas, dichos y hechos, relatos de otras vidas y otros tiempos. Debe aprender a estremecerse junto con otros hombres y mujeres, participando de manera colectiva en la vida social. Visitar puertos, fábricas, parques, mercados, teatros, hospitales, abrir su vida a otros pueblos, a otras razas, a otras culturas. Debe, luego, aprender a digerir todos estos alimentos e ir a la búsqueda de aquello que representa lo universal y esencial para la vida humana.

Tiene que ser un hombre o mujer de su tiempo, que nada que suceda en el mundo le resulte extraño, desconocido o ajeno. Debe aprender a hundir sus raíces en la cultura de la cual procede. Indagar en la historia del ser humano en tanto ser humano. Beber de las fuentes de los grandes maestros. Sin el carcaj lleno de flechas, ningún escritor podrá disparar a blanco alguno. 

Finalmente, debe aprender a tensar y manejar el arco, esto es, utilizar con maestría sus materiales, siguiendo el movimiento interior de sus facultades armónicamente cultivadas. De esta manera, la última fase, la que proporciona la existencia propia al texto literario, será tanto una consecuencia como una necesidad que nace  e impulsa al escritor a elaborar el producto final.

Sin estas premisas, siempre existirá el problema sobre el qué escribir, faltarán historias, temas, ideas definidas. El artista se sentirá perdido, vacio, lleno de desesperanza y frustración, falto de estímulo y entusiasmo.

Llenémonos de vida antes de llevar a cabo el acto de crear.

David Galán, me consta,  tiene toda una vida por delante, sensibilidad y maestría.

Ramón Galán.

Abril. 2023

Ejercicio de reescritura (1)

Extracto del cuento «Enemigos» de Anton Chéjov

Texto original

Hubo un silencio. Kirilov le dio la espalda a Aboguin, se quedó quieto un minuto, y después salió despacio del vestíbulo hacia la antesala. A juzgar por sus movimientos mecánicos e inciertos, por la atención con la que ajustaba la tulipa destartalada sobre una lámpara apagada y por cómo observaba el grueso libro que estaba abandonado sobre la mesa, era obvio que en aquel momento no tenía intención o deseo por nada, y que no estaba pensando sobre nada, e incluso que se había olvidado de que había otro hombre de pie en el vestíbulo. La oscuridad y el silencio en la sala incrementaron su sensación de pérdida. Abandonó la antesala pasando hacia su estudio, y lo hizo levantando la pierna derecha más de lo necesario, y rozando el marco de la puerta con sus manos, y en aquel instante se sintió extraño, como si se hubiera colado en la casa de alguien, o bien, por primera vez en su vida, se hubiera emborrachado, y ahora se encontrara experimentado sensaciones desconocidas. Sobre una de las paredes de su estudio, entre las estanterías, podía distinguirse una línea blanca de luz; además del aroma pesado y químico del ácido fénico y del éter, esta luz entró a través de la puerta parcialmente abierta, que llevaba desde su estudio hasta la habitación… El médico se hundió en el sillón opuesto al escritorio; durante un minuto contempló adormilado sus libros iluminados, y a continuación se levantó y se dirigió hacia la habitación.

Texto reelaborado

Kirilov calla y le da la espalda a su interloculor. Queda quieto durante un minuto frente a él y como si recobrara cierta voluntad sale despacio del vestíbulo hacia la antesala. En sus movimientos inciertos y mecánicos, en el celo con el que se prodiga al ajustar la destartalada tulipa de una lámpara apagada, en la observación ciega de un grueso libro abandonado sobre la mesa se entreve la ausencia de intención, deseo o pensamiento alguno, el olvido incluso, casi instantáneo, del visitante que le espera aún en el vestíbulo. La sensación de pérdida es más intensa si cabe en mitad de la penumbra y el silencio que dominan las dependencias de la casa. Abandona la antesala y pasa al estudio y lo hace levantando la pierna derecha más de lo necesario, rozando el marco de la puerta con sus manos, sintiéndose con ello extraño, como huésped en casa ajena, como bebedor primerizo experimentando inéditas sensaciones. Sobre una de las paredes de su estudio, la luz que se filtra desde la entornada puerta del estudio dibuja una fina linea blanca entre las estanterías. También penetran el pesado aroma químico del ácido fénico y el éter. Se hunde  en el sillón opuesto al escritorio y contempla apático los libros iluminados que colman los anaqueles. Al cabo de un minuto se levanta y se dirige hacia la habitación contigua.

David Galán Parro

11 de abril de 2023

El daño inevitablemente cíclico

Tengo delante el siguiente texto escrito por el señor X:

«Por enorme que haya sido el daño que te hayan procurado, no permitas que en tu alma el odio y el rencor levanten campamento, porque avanzarán sin tregua ni descanso hasta alcanzar los rincones últimos de tus huesos, donde lograrán tu aniquilación total. No hay peor daño que el que uno se hace a sí mismo»

El texto carece de ejemplos particulares, en ese sentido es general y cómo es escaso su desarrollo, puedo decir que es abstracto. Por medio de una serie de preguntas que me hago con él intento ir más hacia lo concreto.

En primer lugar el señor X afirma que hay un daño que nos procura otra persona. Luego afirma que este daño esta vinculado al odio y al rencor que sentimos hacia el que nos lo ha infligido. 

Me pregunto: ¿Por qué un daño tiene que estar necesariamente vinculado al odio y al rencor? ¿Esta vinculación que hace el señor X en qué se sustenta?

Pero aceptemos tal vinculación. 

Hay muchos tipos de daño atendiendo a la causa. Se me ocurren: el que nos hace la naturaleza, el que nos hace otro o el que nos hacemos a nosotros mismos ¿Por qué el señor X vincula solo el odio y el rencor al daño que nos hace otro y no al que nos hacemos a nosotros mismos? ¿O incluso  al que nos hace la naturaleza?

¿Y si ese daño que nos pone en primer lugar el señor X sobre la mesa estuviera provocado por nosotros mismos? ¿Dónde está la demostración de que está provocado por otro?

Esta última pregunta a mi juicio es muy importante puesto que de no demostrarse la causa del daño primero del que nos habla no se conoce tampoco la causa del odio y del rencor a los que no hay que permitir que levanten campamento y nos aniquilen totalmente; no se conoce la causa del odio y del rencor con los que finalmente nos hacemos daño a nosotros mismos.

¿Y si de ese daño primero que nos hicimos a nosotros mismos, por no conocer esta, su causa verdadera, no podemos evitar su efecto: hacernos más daño a nosotros mismos? 

¿Cómo evitar entonces esta forma cíclica de hacernos daño?  

No hay solución a un problema si no se demuestra su causa verdadera.

David Galán Parro

9 de abril de 2023