Ei viaje del concepto universal abstracto al concepto universal concreto

En El Capital de Karl Marx he aprendido por medio del filósofo marxista Francisco Umpiérrez Sánchez el concepto universal de valor de uso. Su tiempo ha merecido. Me siento satisfecho del aprendizaje, pero al cabo del tiempo comprendo que mi concepto de valor de uso es incompleto y en este sentido abstracto al ser un aprendizaje meramente teórico. No he hecho en mi día a día ningún acto práctico de forma consciente que me lleve a llenar de contenido práctico dicho concepto. Y difícil lo tengo: mi sensibilidad, la fuerza en que las cosas afectan a mis sentidos es muy débil. Camino por las calles comerciales y los múltiples y diversos valores de uso que pueblan los escaparates afectan débilmente a mis sentidos. No prende la llama del entusiasmo pese a que ellos se esfuerzan en seducirme con sus fascinantes formas y colores. La experiencia sensible no aporta su contenido a mi concepto de valor de uso. Sigo siendo un hombre profundamente teórico, tristemente teórico. Pasa mi vida y no arraiga la carne en las formas vacías de mis conceptos universales.

Francisco me aporta una noticia y una reflexión sobre ella, que intento hacer mía: En una alejada aldea de China, sus habitantes han tomado la noble costumbre de consumir hasta el final la vida útil de los valores de uso que les rodean. Y ningún valor de uso alimentará las vitrinas de los museos mientras su utilidad no sea igual a cero. La satisfacción de las necesidades de esa población tomará matrimonio fiel con la vida útil de los valores de uso. No se consume nada que no apure por entero su utilidad. En este hecho, en esta práctica colectiva, entreveo el viaje que aún no he dado, el que me llevará del concepto universal abstracto al universal concreto. Para mi, valor de uso es una mera palabra, un concepto universal abstracto, un concepto universal carente de contenido práctico. Para aquellos hombres y mujeres de lugares remotos en cambio es un concepto universal concreto, un concepto universal lleno de contenido práctico hasta tal punto que determina totalmente su día a día, que determina totalmente el consumo y el nivel de desarrollo material en el que desean y eligen vivir.

22 de julio de 2023

David Galán Parro

Amor asesino

Ella vuelve del trabajo. Sube con fatiga por la escalera del edificio sin ascensor hasta el cuarto piso. Tras la puerta se oyen los arañazos desaforados de él mientras va abriendo. Se le abalanza entonces a las pantorrillas, ladrando agudamente, meneando su pequeño rabo inquieto, saltando sobre sus patas traseras. Parece que quisiera encaramarse al tronco espigado de ella y ella se inclina y lo coge. Ahora su frágil cuerpo de caniche se convulsiona excitado en los brazos; su hocico, una húmeda piedra blanda, deja su rastro en las caras mejillas. Ella le prodiga palabras amorosas en tono maternal. Él se va anegando paulatinamente de calma: Al fin ella está con él o más bien esta ya dentro de él, colmando su necesidad de compañía, mitigando su espantosa sensación de soledad.

Pero solo ahora que ella está en sus entrañas como presencia inequívoca de amor; ahora que ella es su cobijo y su alimento, su fe y su todo; ahora sí es cuando podrá apalearlo hasta morir, porque él mismo aceptará como incontestables las razones de ella y por eso de que es admisible y justo su propio asesinato.

15 de julio de 2023

David Galán Parro

Sobre el diálogo literario

En una clase de Literatura, el profesor nos preguntó: «¿Para qué sirve en general el diálogo?» 

Las respuestas fueron varias: 

1) Para hacer avanzar la trama. 

2) Para imprimir dinamismo y dramatismo a la historia.

3) Para imprimir intensidad emocional a una escena.

4) Para representar la psicología del personaje por medio del mismo personaje y no por medio del narrador. 

En el final del relato «Araby» del libro de cuentos de Dublineses de Jame Joyce el protagonista, un joven enamorado, ha cruzado la ciudad en tren para llegar a un edificio comercial en el que quiere adquirir un artículo de regalo para la chica a la que pretende. Llega tarde y casi todas las tiendas están cerradas. En una a las que todavía tiene acceso, una señorita y dos jóvenes caballeros charlan apostados en la puerta de entrada. Transcribo el diálogo:

«—¡Bah nunca dije tal cosa!

—¡Claro que la dijiste!

—¡Claro que no la dije!

—¿Acaso no dijo ella eso?

—Sí que lo dijo. Lo oí.

—¡Bah, menuda… trola!»

Fijémonos: Es un diálogo en el que el protagonista participa de manera pasiva, oyendo nada más. No conoce en absoluto a los interlocutores que en el relato son personajes secundarios muy circunstanciales; de hecho desaparecerán sin decir más en esta escena final. No sabemos de qué trata el contenido de lo que discuten. No hay verbos de diálogo tras sus intervenciones. El diálogo es muy abstracto.

Entonces cabe preguntar ¿Qué función tiene este pequeño diálogo del que no conoceremos a sus interlocutores, ni conocemos su contenido y que por ello es difícil de encajar para el desenvolvimiento de la trama?

La tercera de las respuestas se amolda más a su efecto: Para imprimir intensidad emocional a una escena. ¿Y cuál es el sentimiento que Joyce quiere intensificar en esta escena? El sentimiento de decepción que concurre en el ánimo del protagonista (y también en el del lector que le acompaña) ante su intento fallido en una situación decisiva para él. El diálogo se explicita entonces como un elemento del paisaje urbano que no atiende a la necesidad perentoria y sublime del protagonista y la desprecia con su naturaleza banal y despreocupada. Joyce nos golpea indirectamente con su cruda intrascendencia y derriba las ilusiones amatorias del protagonista que también son, llegando al final del relato, de alguna manera ya nuestras.

14 de julio de 2023

David Galán Parro

Sobre el género literario

En mi relato «El interrogatorio«, un lector amigo me dijo un día que le había gustado pero que para él, el final adolecía de cierta previsibilidad y tal vez esa apreciación sea justa y necesite el relato de una reforma satisfactoria. Según él el relato podría haber funcionado muy bien como relato distópico.

La cuestión es que el relato se articula en dos escenas: Una primera en la que se establece un diálogo entre un interrogador y el interrogado con poca presencia del narrador omnisciente y una segunda en la que se establece otro diálogo entre un hombre y su mujer con mucha presencia del narrador omnisciente.

En el inicio de la segunda escena el hombre, que resulta ser el interrogado de la primera, se despierta azorado y convulso. Este hecho provoca los siguientes efectos que podamos descubrir en el conjunto del relato.

1) Aparecen dos espacios: el sueño y la vigilia.

2) Se produce un cambio de género en el relato: pasamos del relato distópico al relato realista.

3) Y se establecen dos cierres finales puesto que considerando el relato hasta cada uno de ellos, el relato en sí constituye una historia acabada.

En cuánto al segundo punto decir que finalmente rige el cierre final definitivo en la determinación del género del relato: pese a que contiene una historia distópica en su conjunto es de género realista.

¿Pero qué lo hace en última instancia que en su conjunto sea de género realista? El espacio de la segunda escena, la vigilia, que rige como realidad real frente a la realidad ideal del sueño.

La vigilia como marco espacial en una historia se impone generalmente al sueño.

¿Pero por qué esto es así? Porque la representación, la obra literaria, esta determinada por la ley que rige en la realidad representada, la vida; y esta ley nos dice que en la vida la vigilia, como realidad real se impone finalmente a la realidad ideal para la que es sustrato, el sueño.

12 de julio de 2023

David Galán Parro

Pigmea

1

Una vez por semana, Itziar llama a Isabel, su amiga de la infancia, y habla largamente con ella. Cientos de kilómetros de tierra las separan. Dos o tres ocasiones al año son las que se permiten con mucha dificultad para encontrarse en persona; a veces a expensas de obligaciones familiares y trabajo. Los móviles suplen la distancia en los intersticios de ausencia.

Se conocieron en uno de esos remotos pueblos de interior de Extremadura en los que refluía la población trabajadora que emigró a País Vasco, Cataluña y Madrid en busca de mejores oportunidades y como niñas que eran entonces no conocían otra cosa que el juego en el caserón de la madre de Isabel o en los campos ardientes del erial extremeño, entre zarzales y alambradas. 

Años después se verían en la canícula de las tardes somnolientas junto con otras allegándose a la sombra de las tapias de la iglesia a ligar con los muchachos que las pretendían con bravuconadas, chistes zafios y guitarreo. Isabel en esa época pasó a llamarse la Pim, de Pigmea. A diferencia de las demás no había dado el estirón y tenía el pecho plano y las caderas estrechas como si el tiempo no quisiera hacerla mujer. Además era ligeramente nariguda. Los muchachos la sentían con indiferencia y sin deseo, como una amiga, de manera que rara vez alguno se enrollaba con ella a no ser que anduviera muy borracho. Esas pocas ocasiones constituían la oportunidad y acaso la efímera felicidad de la Pim con un chico. Era la desesperada, la chica fácil. Itziar en cambio, más suspicaz, sabía guardarse y ser inaccesible. También lo valía, creían ellos.

En los siguientes años las muchachas afianzaron la amistad. Salían juntas a las noches de fiesta y verbeneo yendo del brazo inseparables y arrastrando con una botella de vino, cervezas y cigarros. Isabel era la que se emborrachaba casi siempre hasta caer e Itziar era la abnegada que le devolvía a casa. En aquellas salidas más de una vez por salvaguardar la mutua lealtad rechazaron y sacrificaron sus deseos de pretendientes apetecibles para ambas. Alguno las tildó por ello de boyeras pero no importaba. Tanto se querían que esa lealtad se volvió consigna de su amistad. Todo lo compartían y todo se contaban.

Hicieron estudio, trabajo y familia cada una como pudo en sus respectivos lugares de residencia. En los siguientes regresos al pueblo la vista de sus respectivos acompañamientos familiares informaba mutuamente y sin palabras confidentes del devenir amoroso de cada una. Noviazgos, separaciones, hijos, trabajos y preocupaciones se visibilizaban en los encuentros anuales en el pueblo. Esto en verdad, rezaba para todo el mundo.

Ahora, ya maduras y gracias a los avances tecnológicos, la comunicación es, como ya dije, semanal. Palabras, emoticonos, fotos y videos jalonan el intercambio afectivo entre ambas. Es el nuevo lenguaje al que pronto se hicieron como cabía esperar: jamás iban a quedar varadas en el tiempo como aquellas mujeres del pueblo que en su día las criticaban por sus aparentes hábitos disolutos. La conversación sobre sus vidas, anhelos, esperanzas y desdichas nació intensa siendo niñas y debe morir igual.

Al menos así lo siente Itziar. 

Entonces un día, uno de sus mensaje no recibe respuesta. Sigue intentando el contacto pero es en vano ¿Estará enfadada? ¿Habrá perdido el móvil? Pasan dos, tres semanas y los mensajes se apilan vacíos; del otro lado un mutismo incomprensible que se le empieza a antojar irrespetuoso, aunque trate de arrojar de sí sentimientos negativos hacia la amiga. No hay señales de vida. Baraja, incluso, como no descabellada la idea de hacer un viaje y hacerle una visita personal para saber. Una sorpresa, de paso. Pero… ¿No será eso indiscreto?

Al mes recibe una llamada de un antiguo novio de Isabel, uno de esos a los que renunció para que la amiga, menos agraciada, lo disfrutara. «Isabel (le dice) está gravemente enferma» Parece ser que lleva meses así. Ya está en el hospital, pero no quiere trato con nadie. Él mismo en sus repetidos intentos de contactar ha recibido el incomprensible silencio por respuesta. Está desesperado. Como sabe en qué hospital se encuentra, viajará (él también vive lejos) para encontrarse con la exnovia. Ya tiene la maleta para salir. Intenta tranquilizar a Itziar. En cuánto sepa algo le informará. Entonces Itziar en un arranque de incontrolable desazón toma el móvil e improvisa unas sentidas palabras escritas: «Isabel, amiga, te quiero con todo mi corazón. Eres la persona más importante de mi vida. Siempre lo has sido. Quiero que lo sepas. Nunca la soledad vino a mi vida porque estaba tu abrazo, tu sonrisa, tu alivio. Mi amiga hermosa, mi Pim, ponte en contacto, conmigo. Si quieres., claro. Un beso enorme». Lo envía y dos vetas azules chivan que alguien al otro lado lo ha recibido y quizás lo ande leyendo.

Al cabo de dos días de incertidumbre un mensaje, escueto y contundente, golpea la pantalla en el móvil: «No vengas, Itziar, no quiere ver a nadie. Es imposible. Estoy volviendo a casa.» La amiga mira con horror el mensaje. Lo relee. Llama. Salta el vacío silencioso del contestador. No sabe cómo rellenarlo, qué decir. Es como estar en el centro de una habitación a oscuras con ganas de gritar el nombre de la amiga desesperadamente sin distinguir si para insultar o si para exigir explicaciones.  Cuelga. Se agolpan en su pecho la incredulidad, la rabia, la impotencia, el desengaño ¿Quién es verdaderamente Isabel? ¿Por qué le ha ocultado su enfermedad durante meses? ¿De qué otras cosas perentorias y graves no le habrá hecho partícipe en su vida? ¿Le habrá presentado un escaparate falaz de si misma? ¿Por qué no quiere contar con ella para ofrecerle no la ayuda, casi siempre innecesaria, sino la posibilidad de ayuda? ¿Por que no confía en ella? «¿Por qué, Isabel, por qué me abandonas de esta manera? ¿Por qué no me das respuestas?…»

Pocos días después otro mensaje, también conciso, informa del fallecimiento.

2

Con la aldaba golpea la puerta del caserón encajada en un arco de medio punto; la misma puerta rústica por la que trasegaba cuando niña con la amiga en busca de juego o merienda. La tarde se demora y el sol repite su calor obstinado, quieto, aplastante de todos los años. Y lo repetirá así siempre, sordo a la desesperanza de los lugareños. Entonces una voz trémula quiere oírse a través de la ciega madera para calmar el apremio del visitante. Cede el postigo superior y un arrugado rostro casi masculino se asoma por él. Al principio no reconoce a la joven. Luego ensaya un nombre probable y la otra le corrige. El rostro anciano se ilumina, la mirada tambalea de emoción, unas manos trémulas se alargan hacia las facciones prietas de la visitante, la toman, unos mullidos labios amorosos se prodigan en las caras mejillas. 

—Itziar, pasa, pasa,…

Muebles antiguos, bodegones en las paredes, orfebrerías varias. Se sientan. La anciana se acuna en su mecedora levemente, se diría a la espera de las consabidas palabras de pésame. Intercambian entonces retazos de información sobre el destino de vidas ajenas que poco o nada importan ya. Tal vez ambas lo hagan para reconciliarse con la idea del irremediable paso del tiempo y no lo sepan. Desde los portarretratos caras color sepia contemplan la conversación que se alarga y se detiene. La joven se ve sorprendida por la inusitada lucidez de la vieja en los vericuetos de sus historias. Su voz ya va goteando de puro cansancio.

Entonces las dos mujeres se miran. La anciana amasa la respuesta a la pregunta que intuye inminente.

—¿Por qué doña Julia…? ¿Por qué no quiso contar conmigo?

El silencio que se hace parece un testigo omiso, cobarde.

—No lo sé, mi hija. Sólo Dios lo sabe.

Entonces la joven reclina la cabeza en su pecho, devastada. Quisiera dormir para ahogar el sufrimiento. Vuelve a sus entrañas el ardor que sintiera el día de la triste noticia. Es el fuego de la rebeldía contra la ausencia de respuestas válidas. Es el orgullo herido que no ha aceptado el rechazo de su útil amistad. Es la impotencia de sentirse pequeña y vulnerable frente a la sinrazón y el arbitrio de la vida. Levanta entonces la mirada crispada hacia la anciana que oscila suavemente en su mecedora y encuentra en sus pequeños ojos enterrados una luz llena de calma, una comprensión e indulgencia infinitas. No puede entender su fuerza bajo ese cuerpo encogido, estragado por los años. 

Los breves labios de la vieja intentan el consuelo:

—Itziar, hija mía, no estés enfadada. Isabel se fue con Dios sabiendo que tú la dejabas ir cómo ella quería irse. Se fue tranquila. Respetaste su última voluntad pese a tu dolor y eso te hace grande. Y debes estar orgullosa de ti. No pidas a nadie que te quiera según lo que tú entiendes por querer. Esto es pretencioso e injusto y provoca sufrimiento innecesario. El verdadero amigo no consiente jamás esto.

Itziar escucha. Sus ojos, anegados en lágrimas, arden.

Su corazón, ya no.

David Galán Parro

11 de julio de 2023

Una pequeña manera de entender a China

Un compañero del Centro de Estudios Karl Marx (CEKAM) ha tenido la gentileza de remitirme un vídeo relativo a la estancia en China de Patricia Amate, estudiante española de sociología, con motivo de una tesis doctoral que está realizando sobre la más importante novela tradicional de la literatura china:  Sueños en el Pabellón Rojo de Cao Xueqin.

Me tomo la libertad de ofrecerles el enlace a dicho vídeo para que puedan visualizarlo y conseguir, de este modo, que mis palabras y comentarios tengan mayor referencia y significación. 

La China que va conmigo | Estudiante española investiga la novela más clásica de la literatura china

La primera e inmediata impresión. Las imágenes y, sobre todo, el tono, el ritmo con que se expresa Patricia Amate, trasmiten serenidad y sosiego, consiguiendo con ello que al final del vídeo te quede un buen sabor de boca. Sus palabras lejos de mostrar excentricidades, manifestaciones de grandeza o trascendencia, hablan desde la sencillez y, al mismo tiempo, desde el rigor con que ella pretende realizar su investigación.

Del mismo modo, el vídeo de nuestra compatriota pone de manifiesto la importancia de la obra de literatura «Sueños en el Pabellón Rojo» y su entronque con la cultura y la tradición china. Sin embargo, y creo no estar equivocado, la obra no tiene en el mundo occidental el reconocimiento social que se merece, teniendo en cuenta que constituye una las obras cumbres de la literatura universal.

Otro aspecto que destila el vídeo es el conjunto de valores éticos y morales que imperan en la sociedad china: el trabajo colectivo y en equipo, la hospitalidad, la generosidad intelectual y la ayuda desinteresada, la amistad, la cordialidad, etc. También me llama la atención comprobar cómo en una sociedad a la vanguardia en el ámbito de la tecnología y de la producción en general, sigan arraigados y unidos a su cultura y tradición, conformando su identidad como pueblo, a modo de una autoconciencia colectiva, que se mantiene a lo largo de su dilatada historia.

A continuación, el método de estudio, trabajo e investigación de la socióloga española. En primer lugar, destacar su honesta disposición, su discreción y respeto al pueblo chino, a sus valores y tradición. No adapta la cultura del país que visita a su modo de ver el mundo sino al revés: es ella quien se disuelve en el mundo y en la sociedad china. En segundo lugar, y dado la grandeza del contenido de la obra literaria, cómo acota su investigación, limitando su análisis sociolingüístico a una pequeña parcela, a cinco personajes femeninos.Es decir, se centra en un pequeño aspecto del objeto de trabajo haciendo abstracción del resto. Finalmente, dota a los resultados de su investigación con un sentido de actualidad y modernidad: la perspectiva de género. Tomemos todos, ejemplo de ello.

Una última consideración. El contenido del vídeo entra en contradicción con la información que de manera continuada nos proporcionan los medios de comunicación occidentales sobre el llamado “gigante asiático”. Son numerosos los programas televisivos que, refiriéndose a este país, limitan la información proporcionada a trágicos sucesos, motivados por accidentes laborales o por catástrofes medioambientales o, también, haciendo hincapié a la falta de respeto a los derechos humanos o calificándolo de “enemigo potencial” para el mundo occidental. Seguro que Patricia Amate no comparte esa visión. Seguro que sabrá que China jamás ha invadido ni intervenido militarmente país alguno, que siempre se ha mostrado respetuoso con los devenires históricos de los distintos pueblos y que ha mantenido una posición neutral ante los conflictos internacionales. El caso de la guerra de Ucrania así lo atestigua.

Seguro, guste más o guste menos, que tendremos que acostumbrarnos en los próximos años a la presencia e influencia de China dentro de nuestra esfera social y cultural. Llegado ese día, imitemos a Patricia Amade y mostremos el mismo respeto y consideración al pueblo chino del que hace gala en el presente vídeo.

Ramón Galán González.

Miembro del Centro de Estudios Karl Marx (CEKAM)

El espejo del hijo

¿Dónde estas, madre, que no te veo?

¿Por qué te escondes en la reafirmación de la vida de otros?

¿Por qué insistes en perder tu voz? La necesito. Quiero escucharla. No le tengas miedo a mis consideraciones intelectuales y morales. Las arrojaré para ti, para que al fin sea tu voz hacia conmigo un sonido claro,  contundente y definitivamente libre. Yo soy el producto de una época más ventajosa que la tuya pero eso no me otorga razones más ciertas.

No te hagas espejo de mi, ni de nadie. Yo al menos estoy hastiado de ver mi imagen a través de ti. No me asomaré a tu borde para eternizar la función que te hemos asignado, aunque la hayas pedido. A una madre hay que educarla para ser libre. Yo no lo hice bien, madre.

Eres un espejo en que se reflejan las necesidades, las ilusiones, las esperanzas, las ambiciones ajenas. Y tú no pareces querer ser otra cosa sino eso: un espejo al servicio vidas ajenas. ¿Qué pasará madre cuando no haya vidas que en ti puedan o quieran reflejarse? Sin utilidad te verás y añicos querrá hacerse tu cuerpo. No seas más por y para otros.

No sirvas más de espejo madre aunque te sientas perdida en el ocaso de tus años.

11 de marzo de 2023

David Galán Parro

Las ilusiones de la conciencia

Les trascribo una pequeña cita que encontré al final del prólogo de La ideología alemana de Karl Marx: 

“Un hombre listo dio una vez en pensar que los hombres se hundían en el agua y se ahogaban simplemente porque se dejaban llevar de la idea de la gravedad. Tan pronto como se quitasen esta idea de la cabeza quedarían sustraídos al peligro de ahogarse. Ese hombre se pasó toda la vida luchando contra la ilusión de la gravedad, de cuyas nocivas consecuencias le aportaban nuevas y abundantes pruebas todas las estadísticas.”

Esta cita me trae a la memoria todos aquellos teóricos, ideólogos y filósofos que viven instalados en el reino del pensamiento puro. Creen que todo lo pueden encontrar mirando dentro de su conciencia donde habitan las ideas, los pensamientos y los conceptos. En ella buscan la esencia humana, creyendo que es inherente a cada individuo, que se mantiene socialmente intacta a lo largo de la historia como una simple suma de conciencias de hombres aislados, abstractos y mudos. Por ello, consideran que todas las relaciones que se manifiestan en la sociedad humana y las leyes que las rigen son productos de esta conciencia y que, por lo tanto, para cambiar el mundo basta con cambiar las ideas, los pensamientos y los conceptos que conforman dicha conciencia.

Así, los hombres listos han dado en pensar, y continuamente nos lo hacen ver, que la existencia del reino de las necesidades básicas insatisfechas, es decir, de la pobreza, es un producto de la conciencia que determina la esencia humana inherente al hombre, y de cuyas nocivas consecuencias nos aportan cada día las abundantes estadísticas que nos ofrecen los medios de comunicación. El ser humano, dicen, es por naturaleza individualista, desconfiado, busca su propia supervivencia y bienestar, es egoísta, insolidario, manifiesta un ansia de poder y un deseo insaciable de acumular riqueza, y que este propósito justifica todos los medios, incluso el uso de la violencia. Y concluyen que tan pronto como se quitasen de la cabeza estas determinaciones inherentes a la esencia humana quedaría resuelto el problema de la pobreza y sus fatales y dramáticas consecuencias.

Por todo ello, continúan diciéndonos estos hombres listos: Para acabar con la pobreza basta crear al hombre nuevo. Cambiemos su conciencia y su esencia humana. Hagamos del ser humano un ser social, no individualista, solidario, generoso, pacifista, que no pretenda acumular más riqueza de lo estrictamente necesario para tener todas sus necesidades satisfechas y cuyo excedente social sea distribuido de manera más justa y equitativa entre todos los seres humanos que pueblan la tierra.

Qué duda cabe: son bellas palabras que cualquier hombre de buen corazón harían suyas. Sin embargo, las ideas residen en la conciencia; las leyes, no. Las leyes existen y rigen en el mundo exterior, tanto natural como social. Y, por ello, para transformar el mundo no basta con modificar las conciencias sino las leyes que lo rigen y gobiernan. La gravedad no debe su existencia a la idea de esta dentro de la conciencia humana, sino que tiene lugar en el mundo exterior en forma de ley. De la misma forma, las injusticias sociales, incluida la pobreza, no deben su existencia a las ideas que conforma la conciencia humana en un momento histórico determinado, sino a las leyes políticas, sociales y económicas que rigen dicha sociedad. Por ello, y como conclusión final, debemos tener siempre presente que si pretendemos realizar un verdadero y radical cambio social debemos modificar las leyes que rigen las relaciones económicas de nuestra actual sociedad donde predomina el modo de producción capitalista. Es el ser social el que determina y modifica la conciencia y no al revés.

7 de julio de 2023

Ramón Galán González

Sobre el uso agresivo e impreciso del lenguaje en el discurso político II

Hay un argumento harto conocido en boca de dirigentes políticos de extrema derecha en España que dice así: «El partido X debe ser ilegalizado porque entre sus filas cuenta con personas que tienen en su pasado delitos de sangre por terrorismo. En consecuencia son terroristas y por ello debe ilegalizarse el partido X»

¿En qué se basa la afirmación que una persona con delitos de sangre en el pasado por terrorismo sea igual a un terrorista?

Quien esto afirma estará de acuerdo que esa persona ha cumplido la condena estipulada para tales delitos dentro del marco jurídico democráticamente aceptado por todos y si como reza en el Código Penal «la responsabilidad criminal se extingue con el cumplimiento de condena» esa persona no es jurídicamente un criminal y en consecuencia puede concurrir a presentarse en las listas de un partido que acepte las reglas democráticas para la consecución de sus fines políticos.

Solo si el partido de extrema derecha alcanza la suficiente representación parlamentaria para gobernar y modificar el marco jurídico podrá hacer una excepción para criminales por delito de terrorismo en el pasado. No antes. Y de hacerlo serán criminales bajo el punto de vista legal, pero no bajo el punto de vista práctico

Vayamos a la práctica a comprobarlo:

Si son terroristas ¿Qué tipo de terroristas: aislados u organizados? Si es así ¿Dónde están las consecuencias actuales de sus actos que los hacen terroristas? ¿Dónde los muertos? ¿Dónde la infraestructura para sus operaciones delictivas? ¿Dónde las armas? ¿Cómo pueden estas personas ser terroristas sin siquiera tener los medios materiales para serlo? ¿Sin siquiera tener el entrenamiento para llevar a cabo sus atrocidades? Y si no pueden ser terroristas, la pregunta es: ¿Por qué emplea entonces  la extrema derecha española un nombre totalmente disociado del contenido práctico de este concepto en la actualidad? Toda respuesta a esta pregunta que niegue como razón última el rédito electoral se me antoja premeditadamente espuria.

David Galán Parro

5 de julio de 2023

Sobre el uso agresivo e impreciso del lenguaje en el discurso político

En el discurso político es necesario utilizar las palabras con rigor y precisión en correspondencia al contenido que significan. Si no el discurso político se pervierte y no se habla con verdad. Se añade a esto una agresividad innecesaria en la forma en que se expresan las ideas y esto hace repulsivo y excluyente el discurso. 

Un ejemplo: Muchos representantes de izquierda llaman «fascistas» a dirigentes de extrema derecha y muchos representantes de derecha llaman feminazis a las representantes del feminismo extremista vinculado a la izquierda extremista ¿Tienen estos representantes de izquierda y de derecha un concepto claro de lo que fue y es el fascismo? ¿Han pensado estos representantes de izquierda y de derecha lo que significó históricamente el fascismo (y el nazismo como una de sus formas particulares) para la humanidad? Los 80 o 100 millones de personas masacradas en la Segunda Guerra Mundial responden a esta  última pregunta. Hay que hablar de fascismo y nazismo en nuestra actualidad con arreglo a las consecuencias reales de la actividad política de estos grupos extremistas. Y las consecuencias de su actividad a día de hoy están muy lejos de tener relación directa con esas espantosas cifras de muertos.

El discurso en que se incluyen indiscriminadamente estas categorías es irracional, obsceno e intolerable para aquel quiera encontrar un contenido histórico verdadero en cualquier discurso político que se precie.

30 de junio de 2023

David Galán Parro