Niño que mira juegos ajenos al borde de una piscina

Es sábado. Se ha levantado a las diez de la mañana, tarde para él. Debe abreviar el desayuno y comenzar la lectura que se pospone entre semana por los compromisos ineludibles. Se siente sobrepasado, hastiado, vacío, alejado de su centro vital. Siempre así: largos viajes semanales por quehaceres que no le representan ni en lo mínimo ni íntimo y que sin embargo sostienen materialmente sus breves momentos de esparcimiento intelectual. «Sábado» fulgura en su ánimo como un cielo azul bendiciendo el nacimiento de los primeros hombres.

De repente una llamada al móvil interrumpe el paladeo del café. Es su amigo y entrenador personal. La vida le ha deparado amistades un tanto insólitas a su naturaleza contemplativa, hombres de acción y calle cuyo último refugio sería una biblioteca o una hoja en blanco en la que historiar o reflexionar. Al borde de la piscina de verano donde los demás niños alborotaban el agua con sus juegos salvajes, él los miraba ensimismado y retraído. Él, esquivo al ajetreo de la vida.

—¿Qué estás haciendo ahora? Vamos a la cafetería cerca de mi casa —le suelta imperioso el amigo.

Leer es la disculpa.

—¿Leer? ¡Anda ya! Es fin de semana. Deja los libros. Dentro de quince minutos nos vemos.

Efectivamente: no es sano recluirse. Su impulso creador a fin de cuentas se alimenta del estímulo de la calle y lo sabe. Sutilmente lo ha experimentado pese a sus opacados sentidos de rata de biblioteca y a su obstinado desinterés por lo accidental de las cosas cotidianas. Renuente se viste y antes de salir un impulso inconformista le impele a tomar uno de sus libros de los anaqueles de su biblioteca. Tiene tiempo, quiere creer, para extraviarse un poco en alguna de sus páginas y encontrar un pasaje sentencioso que como un talismán conjure lo fútil por unas horas. Aquella forma atroz de apurar y retorcer los últimos minutos para compensar su vacío y que le aleja de todo es exasperante para cualquiera que le solicite. Un regusto insatisfecho y ansioso traspone la puerta de casa con él.

En la cafetería el amigo se abrasa en el asiento.

—¿Por qué tardaste tanto? ¿Dónde te habías metido? 

Da una razón verosímil.

—Me acompañas a la depilación ¿no? 

Asiente sin resistencia.

—Tengo que hacérmela por aquí —el amigo tironea de unos pelos rebeldes que salpican su mentón sin querer hacer barba—. No me gusta un carajo verme así. La chica que me hace la cera es muy profesional. Pronto cuando tenga algo más de dinero le pido la depilación láser por el cuerpo. Deberías hacértela, tú que puedes. Estás muy dejado con eso. Las sesiones de cuerpo completo están regaladas, a mitad de precio, comparadas con las de hace cinco años y… 

Él se mira los brazos. Despoblar la piel puntualmente a cada diez días es la exigencia de su genética si quiere acompasarse al vértigo de la moda ¿Por qué tiene que plegarse a los nuevos tiempos? Entonces recuerda la espalda velluda de su abuelo cuando se descamisaba en mitad de la canícula veraniega y por la que vertía con su desportillada palangana agua para mitigar el sofoco ¡Aquellos benditos hombres libres sin complejos que transmutaron a esclavos de esta nueva época y atados a las veleidades del mercado de solteros si quieren sobrevivir!

—¿Has entrado ya en Tinder (*)?

No lo ha hecho aún.

—¿Cómo que no? ¿A qué esperas? ¿A conocer viejas en el parque mientras lees? O estás a punto de salir del armario o eres bobo. Tienes cuarenta y siete años, soltero, funcionario, dinero de por vida… Métete ya en Tinder… Viaja, conoce mundo…y cambia ya de coche…

«Ese cacharro con el que me muelo las vértebras. Y sin embargo lo amo» En su habitáculo, el cacharro había acogido además los besos y las caricias de amores frustrados, el ajetreo de múltiples cambios de residencia en su antigua vida nómada y el espanto que le imprimió para siempre alguna anécdota al volante en que se salvó para contarla. Ahora, deslustrado, rozado, abollado, sucio… Su maltrecho perro viejo o él, un idiota nostálgico.

—Estás haciendo progresos en el entrenamiento, pero no te desbarates comiendo lo que no te puse en la dieta. El entrenamiento es principalmente disciplina en lo que se come…

Una carrera a contrarreloj por compactar la caída congénita muscular,  por demorar el desbordamiento flácido en la parte abdominal, por echar a volar la testosterona, por reprimir la rebelión pilosa en el cuerpo y alentarla en la zona craneal son los ingredientes mínimos necesarios para brillar algo en el escaparate en donde todos se matan a codazos por defender su hueco.

—Esas camisas a cuadros y esos pantalones chinos que te quedan un poco sueltos por la pantorrilla son horrorosos. Ya te diré como renovar el armario…

El aderezo: una estética de ropa ceñida aparentando juventud…¿Por qué aquella moda le apremiaba y le negaba? Él, el retrógrado.

Mientras espera su turno para entrar a la sala de depilación, el amigo le enseña videos en el móvil. En ellos, ostentosas viviendas, barcos y coches de lujo quieren aplastar las esperanzas de las mezquinas cucarachas obreras. «Haber elegido ser bróker de un fondo de inversión o futbolista de élite o cantante internacional con superventas. A lo mucho cópianos el rasurado y los tatuajes. Pero ni se te ocurra asaltar los cielos y profanar nuestro paraíso financiero. Hay estados de cosas que tocarlos se paga caro, cucaracha» reza la grosería del lujo en las imágenes. Pleitesía, dicta el sentido común fosilizado.

—Y en esta de aquí celebraron su boda. Costó dos millones de dólares…

Salen del centro de estética y el mentón del amigo brilla embadurnado de aceite protector.

—Es para hidratar—y luego— Acompáñame ahora al supermercado. Tengo que comprar algunas cosas. No serán muchas. Marta no ha cobrado y no podemos gastar mucho…—. El amigo da la espalda a las puertas automáticas corredizas que se accionan intermitentes descubriendo al fondo la espantosa marabunta que trasiega desaforada con carros atestados de bolsas.

Entonces sucede: primero de repente una sensación de vértigo le golpea y contempla al amigo como al que en el tumulto de una dársena al pie de un autobús a punto de partir implora no ser abandonado por quien ya no lo ama; luego un sentimiento de extrañamiento le asalta y le embarga mientras el otro le interpela. Y en el amargo sentimiento adivina una dureza vital necesaria para sobrevivir, un camino propio alejado de concesiones a otros…

Un camino cuyo origen fraguaba el niño al borde de una piscina de verano.

David Galán Parro

1 de octubre de 2023

(*) Tinder: plataforma global de citas, generalmente amorosas, en internet.

El lector incrédulo

Extraviado al fin el juicio daba crédito a cuántas aventuras fantásticas de valerosos caballeros andantes se historiaban en las miles de hojas de su biblioteca desaforada cuya forma primera fue tierra seca y soledades y que para concluir su transfiguración necesitó de esa cosa harto repetida que es el dinero. En aquel extravío anidaba su juicio crítico intacto; juicio que daba por fehacientes los hechos narrados, pero no así la acomodación de la narración al hecho.

De esta manera en el loco se encontraba el lector que descree de la voz altisonante de los narradores que lleva a contradicción realidad y literatura. Y así, no le era verosímil a su entendimiento crítico la piel inmaculada e indemne del héroe don Belianís tras dar su pecho y brazo valeroso a la resolución de los más injustos agravios; y sí, en cambio, una piel lacerada, irreparable para la ciencia médica de entonces, en la que los costurones testimoniarían sus encarnizadas peleas pasadas. Pese a estas consideraciones, no dejaba de admirar al autor de aquel libro inacabado cuya infinitud le impelía a tomar la pluma además de la espada.

La locura no deja de ser la casa donde puede habitar la más certera y exigente cordura.

David Galán Parro

28 de septiembre de 2023

La monstruosa celada

Sus manos descarnadas tiemblan de emoción cuando tocan las armas en un rincón olvidadas. Orín y moho afrentan el pasado glorioso de la hoja, la lanza y la adarga que el hidalgo enloquecido insistirá en revivir. Ante sus ojos engañados brillan los cuerpos de hierro y de madera bajo el paño paciente que las adereza. Sin embargo, una pieza ausente es remplazada por el morrión en el astillero: la celada. El hecho no desalienta la determinación del hidalgo: su más lúcido discernimiento y su ingeniosa industria trabajan al servicio de la locura, instigadora genuina de la acción. Improvisa un primer prototipo monstruoso, un morrión transfigurado en celada contrahecha y con el filo de la espada prueba la consistencia del invento. En un instante el golpe desbarata semanas de laboriosa artesanía. Pese a ello, no decae su obstinación frente al fracaso. Rehace el engendro, lo fortalece a base de hierros interiores y le repone su visera de papelón. Al final, la locura estima, evitando de nuevo el bautismo a golpe de espada, que la obra quede sellada y diputada como celada de muy fino encaje.

Cuatro siglos después, el 16 de julio de 1945, en un valle de Nuevo Mexico, una detonación destripa el vientre de plutonio que hierra para siempre el oscuro firmamento. Como el hidalgo a la infame celada, los técnicos  confirman apta la bomba para su fin y Trinity (*) estrena la nueva era. Es el mundo real que Cervantes anticipó sin saber en aquella escena donde el ingenio resolutivo de Quijana se afanaba plegado a la locura.

Y así como quiso pensar el hidalgo que con la celada quedaba protegido su rostro cetrino del toque de espadas o lanzas enemigas; así lo iba a querer el Hombre con la bomba… 

Pero para disuadir a sus propios demonios.

David Galán Parro

22 de septiembre de 2023

(*) Trinity era el nombre de la primera prueba con arma nuclear de la historia de la Humanidad. Fue realizada por el gobierno de los EEUU.

El estudiante

La vida me ha deparado encallecer mis manos en el duro trabajo de la construcción para desengaño del muchacho que se descubría amigo de libros y vericuetos poéticos. Con aquella neblina creativa me protegía del horror a los estampidos de pistolas en la noche de sangre de los barrios atroces en que me crié. 

Siempre fui pobre en este plano inclinado que es el mundo. Iba a migrar a otras latitudes pese a ciertas facilidades económicas: el incierto futuro me obligaría a ello: el país entero era una casa de locos, un polvorín.

Aquí y ahora, en estas otras latitudes, nadie regala nada. Me levanto de madrugada con el cuerpo descoyuntado por el dolor físico al grito de un implacable reloj puntual. A menudo me sobreviene en esta áspera ejecución mañanera, la nostalgia de cuando la salida al instituto era un dulce ritual de sahumada presunción, un preámbulo para la galantería cotidiana. Ando disciplinándome en llevar al menos la comida que me haga soportable la rudeza del día que se aviene.  Alcanzo apurado la guagua y me dirijo hacia esa rutina que me mata a plazos. Para mis compañeros, hombres nacidos en otros estratos más crueles, hombres de tez curtida, de manos y dedos imponentes, de hombros amasados por la energía concentrada, soy el estudiante, el novato, el aprendiz, el tierno muchacho delgado que aún no se ha metamorfoseado en hombre de calle. Siento que esperan con alegría ese momento en que tras mi aprendizaje, el valor y la fuerza emanen de mí. No hay burla. No hay reproches. Son hombres de mirada franca y lúcida con una visión realista de futuro. Son los doctos de esta época brutal que los intelectuales no adivinaron. El horizonte de todos ellos, no así aún el mío, es la renuncia. Sospecho que ese sentimiento íntimo será mi bautizo de fuego. Está al llegar.

Versan sus conversaciones sobre los felices domingos con mujer e hijos, sobre los lejanos parientes a los que envían dinero, sobre la jugada tramposamente pitada que no favoreció la divisa de sus equipos, sobre las averías de sus cochambrosos autos. Hablan sin lamento ni autocompasión. No dejan entrever apenas esas bocas difíciles de alimentar, o esas facturas que se amontonan y apremian o alguna mujer que los condena al frío de sábanas desoladas. Soy admirador secreto de sus silencios inescrutables. El semblante de la pobreza son unos ojos donde no anida el miedo inventado.

Yo, el estudiante, el precoz hombre de letras, que en la sombra de mi cuarto ensayé sonetos dedicados a los trémulos corazones de mis compañeras de grado, yo, que entonces abominaba de la pereza mental de esos compañeros, los mala hierba, venidos de los suburbios y destinados al fracaso endémico; yo, ahora venerando sus fuerzas vitales, sus enterezas, sus ambiciones aferradas a tierra. ¡Perdón a la vida por mi inmodestia, por mis absurdas pretensiones, mi futilidad de antaño!

—Santiago, pocos viven la vida que quieren. Esos, poco le sacan. La vida que enseña de verdad es la que toca. No te ahogues en aquella que deseas —me consolaba una vez un primo en una de las llamadas desesperadas a casa de mi tía. Tal vez eso pensó mientras se desangraba antes de morir en el callejón en que le atracaron.

A pesar del cansancio, siento la fortuna de ver la vida con la perspectiva de quienes me eran odiosos, o mejor decir, de quiénes encarnaban mi miedo a las contingencias futuras. Presiento en mi blanda carne al hombre de calle pujando sobre el pusilánime estudiante como imparable aluvión sobre dique. Ese hombre se acerca para hermanarse más profundamente con la humanidad doliente. Y sé que lo hará con la misma alegría de estos laboriosos seres.

—Santiago, esto es lo que hay de momento —me dice uno mientras acarrea con la carretilla llena de bloques—. El mes que viene a buscar trabajo de nuevo. Ley de vida.

David Galán Parro

20 de septiembre de 2023

Anotaciones dispersas sobre El Quijote (1)

La idea inicial del texto Hidalgos surge de la aplicación de tres categorías filosóficas que elaboró y me mostró el filósofo Francisco Umpiérrez Sánchez: Género, especie e individuo. Ej: Alimento, género; fruta, especie; fresa, individuo. Pensando en esta gradación observé con entusiasmo su presencia implícita en el comienzo de El Quijote: Hidalgo, género; Hidalgos anticuados (de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor), especie; Alonso Quijano, individuo. Esto me permitió representar literariamente el marco social en el que se desenvuelve el individuo Alonso Quijano y verle en relación a ese marco y establecer sus diferencias, de las cuales la que más le define es su locura y su decisión de armarse caballero.

También se puede aplicar esta gradación a los narradores del Quijote, cuando se dice «los autores que deste caso escriben». Género, autores; especie, los que del caso escriben; individuo, el árabe Cide Hamete Benengeli.

Cervantes quizá sin saberlo nos acercó en ese memorable comienzo al individuo Quijano el hidalgo, desde el género hidalgo, pasando por la especie, hidalgos anticuados y nostálgicos. Y en ese acercamiento adivinamos el marco social y el valor trascendente de ese paso voluntarioso que la locura de Quijano ordenaba.

David Galán Parro

10 de septiembre de 2023

Hidalgos

Es verosímil pensar, desentrañando el comienzo de la narración de la historia, que de entre aquellos que esperaron en sus casas solariegas cercadas por el sol o el frío implacable de La Mancha la llamada al ejercicio de las armas, unos se desengañaron y se contentaron sólo con el favor que les otorgaba el título de hidalgo y así bien gozaron del privilegio de no pertenecer a esos llamados pecheros que consideraban cuanto menos indignos. Se deshicieron pues de las armas por sus antepasados heredadas a sabiendas de que en esa decisión anticipaban los tiempos futuros donde la gloria caballeresca quedaba enterrada para siempre en acto, que no a falta de palabra impresa y, por salvar sus vidas de la agonía que deja el tiempo ocioso, tomaron asunto, con ayuda de ama, familiares y criados, de la administración de sus haciendas. La caza y la cría de palomas eran actividades con las que, suponemos, rehuían el tedio.

Así, repito, nos cabe imaginarlos a la luz de ese primer párrafo inmortal. Pero de él, algo más se deduce… 

Otros hidalgos más nostálgicos, ansiaron en su espera tomar dichas armas y regresar tan pronto a la llamada del rey para recuperar la gloria arrebatada a los reinos de España allende del mar. Las arrimaron en astillero y mantuvieron al menos un rocín ensillado siempre por algún mozo solícito que podara a la vez en los jardines o en campo abierto. El presente para estos hidalgos estaba preñado de un pasado que existía soterrado bajo las cosas repetidas de la rutina efímera.

Ya fueran de espíritu contemporáneo o nostálgico, ambos dechados concluían con sus horas ociosas el día laborioso, paladeando gestas imposibles en los libros de caballerías que entonces trasegaban de mano en mano para deleite de estudiantes, curas, barberos y otros escasos lectores variopintos. Eran también una delicia las tertulias literarias consiguientes entre estos en tanto se discutía acaloradamente sobre la valentía de los brazos armados de cada uno de los héroes o sobre el sinnúmero de vidas que los filos de sus espadas descontaban acá en la Tierra. Tal vez encarnasen estos lectores diletantes entonces el prototipo de amante de libros en el que se advierte menos apego por la historia de la vida cotidiana propia que por las historias paridas por la fantasía ajena. Los veo en mitad del bochorno vespertino o el frío nocturno que cae sobre el patio solariego, reviviendo en la conversación apasionada lo que un viejo anhelo les dicta hacer, pero sin atreverse a dar el salto sublime y único de los libros a las armas que sólo la locura le tiene reservada a él, a nuestro sosegado hidalgo.

Entonces las manos se aferran a las plumas tan pronto se oyen los ecos lejanos de las andanzas desatinadas del loco sobre su montura escuálida decidido ya él a salvar, en soledad o a escudero aparejado, el sueño colectivo. Cada uno quiere narrar la historia de los entuertos mal desechos, de los menesterosos al final desprotegidos, de las alucinaciones, de las cavilaciones consigo mismo y las pláticas disparatadas con los lúcidos, que el singular caballero andante protagoniza; y así lo quiere cada uno para trascender la época literaria y dar feliz satisfacción a su hambrienta vanidad.

Sólo la voluntad cervantina colmará con esa dicha a un anónimo y a dos árabes,

David Galán Parro

9 de septiembre de 2023

El extravío

Amodorrado en su sofá y bajo un calor sofocante que el aparato de aire acondicionado no puede mitigar sigue el linchamiento público…   

—¡El beso fue consentido! —afirma un tertuliano.

En el plató, el fondo abigarrado, las voces soliviantadas, los ademanes afectados, los tupés fijos, los escotes y las camisas desabotonadas, los pechos operados de ellas, depilados los de ellos y las gafas de pasta quieren rascar audiencia en el sopor de la tarde. Son la tribu cosmopolita que parten la pana, que están en la cresta. Tú no. Que nadie piense. Es la comidilla del momento para la masa acrítica, para el populacho. Circo para eyaculación de los pobres. 

—No fue consentido. Le agarró la cabeza… —interrumpe una. Espumarajos en su cerebro recalcitrante—-…se la inmovilizó y le dio el beso. A la vista de todos están las imágenes… ¿Y eso no es agresión sexual? Entonces ¿Qué más… qué más se necesita para ser agresión? ¿Que le magree las nalgas, joder?

Sí, chica, partiste la pana. Se hacen fuertes acantonados en sus posiciones condenatorias. El áspero feminismo exhibiéndose para el negocio. El público se desborda en una marea de palmas. Las cotas de audiencia están en picos, a reventar. La tarde avanza y a la vez siente que se estanca por la liviandad estentórea de los tertulianos acodados a la mesa del plató escupiendo sus perlas. Parodia pública de intelectualismo.

En ese momento, como hoja en rama una llamada entrante silenciosa estremece el móvil. Es su hermano, no Raquel. Se siente aliviado. Descuelga.

—¿Qué pasa mariconeti?

—Necesito que lleves a Braulio a la estación. No cabemos todos en el coche. Lucía no puede llevarle. Lo siento. Estate en diez minutos donde siempre.

¿Lucía no puede llevarle? Si su cuñada estuviera enferma con diarrea o aquejada de hemorroides lo podría entender. Pero es su miedo a la conducción lo que va a despegarle del sofá ¿Qué coño le sucede al mundo que no hay quien aguante su propia vela? O todos son exasperantemente cansinos o se está volviendo viejo. No obstante se convence de que le es rentable el perdón de las cobardías ajenas. Dentro de unos años quizá alguien le esté cambiando pañales en un asilo. «Ahí no me quejaré» piensa y luego también «¡Qué cansado estoy también de argumentar para hacer llevadera la vida!» Se levanta, se ducha y va poniéndose la ropa. Se perfuma y se pregunta para qué demonios lo hace: Es solo una salida para resolver un inconveniente familiar, no una cita romántica. Sale del apartamento y baja por la escalera del edificio hacia la planta subterránea del garaje. En el segundo rellano el caniche de la presidenta de la comunidad ladra desaforado tras la puerta cuando le siente pasar. Quizá huela su deuda de cinco mensualidades. Aprieta el paso agarrándose al pasamano y amplia a dos o tres escalones la zancada.

Toma el coche y sale a la calle. La circulación está desquiciada. Tras las lunetas solo ve rostros crispados, reñidos con el mundo, en plan me urge mi urgencia. Y la suya no es menos. Como siempre va muy ajustado. Se lacera por su inamovible impuntualidad. De seguir así un día ya no podrá reprochárselo a sí mismo y lo sabe. Espera al menos que sea un taponazo rápido e indoloro. Cuando llega al lugar convenido, Braulio, el cuñado de su hermano, alto, desgarbado como si le colgaran los hombros de una percha y con el semblante mohíno, le hace una seña apostado al pie de un semáforo con una desvencijada maleta ¡Qué patético! ¿No ha pasado quince días de vacaciones en compañía de su hermana con todos los gastos pagados para sobreponerse de los cuernos? ¿Qué coño más quiere? ¿Dónde están los efectos beneficiosos de aquellos días de desconexión? Ya va siendo hora de que encuentre algo de trabajo y se deje de tanta mandanga. Y otra cosa… ¿por qué se remete siempre el faldón de la camisa a cuadros por los pantalones ajustados frisando el ombligo? ¿Qué mujer no manda al carajo a semejante tipo?

En el trayecto el pobre hombre despliega su incontinencia verbal, su miedo al silencio. Habla del buen tiempo pero que en estos últimos días ha apretado el calor y se agobió mucho al final y no esta acostumbrado a este clima en el que la humedad acrecienta la sensación térmica y aunque la playa le ha permitido refrescarse un poco no puede abusar de una exposición continuada al sol debido a su piel delicada que necesita de mucha hidratación y crema protectora pero el tiempo al lado del mar siempre despeja a cualquiera, dice, y él lo necesita más que nadie para desconectarse de lo ocurrido con ella, y las terrazas a pie de playa tienen buena pinta para sentarse y desconectarse mientras te tomas un refresco y picas algo, pero tampoco puede gastar mucho porque al no tener trabajo no anda bien de dinero y aún así ha conseguido sentirse bastante desconectado (parecía su palabra favorita, desconectado) de todo aquello, y claro tal vez vuelva en unos meses si ahorra algo cuando empiece a trabajar porque es un proceso lento su recuperación sentimental y patatín patatán…

—Claro. Entiendo —«¡Madre de Dios!»

Al llegar a la estación su hermano, como siempre en estos casos, pulcro y puntual (¿En qué fallaron los viejos con él y no con su hermano?) esperaba nervioso con los demás en la entrada.

—¡Qué rapidez la de esta gente! Salieron después de mi y han llegado antes —aguijonea sin pretensión el cuernudo desde la ventanilla abierta del coche. Las torvas miradas le atraviesan.

—Gracias, hermano. Lucía esta con una de sus crisis de pánico y le es imposible — Y es cierto, la vida es de pánico: conducir, comer, trabajar, cagar, fornicar,…todo es de pánico. De hecho en el mundo hacen su agosto millones de especialistas para superar los pánicos. Son los salvadores de esta humanidad desquiciada. Es la nueva religión. Bien lo sabe él porque sigue sus peroratas en internet.

—De nada, estamos para lo que haga falta —y al decirlo sabe que se arriesga incluso a que le hagan cargar con su propio ataúd de camino al cementerio. Ya que estás por aquí, dirían.

Deja al cuernudo y arranca como alma delante del diablo. A veinte minutos de casa la autopista despejada tiene el sabor de una libertad reconquistada. Nadie a quien soportar, nadie con quien ser inconfesadamente condescendiente. Una ducha, una pajilla, un refresco y el sofá son su casa en la pradera, su dulce nido, su mezquino anhelo. De repente, otra epiléptica llamada al móvil. Es Muriel, no Raquel ¡Oh, Muriel, tus ojos garzos, tu cruel sonrisa, tus pechos de vértigo! ¡Y esa otra boca vertical en la que resbala mi mentón ávido de aguas y que costó tantas falsas promesas hasta su profanación!

—Dime, lindísima.

—Hoy no hay chocho. No te embales. Voy con mi hija a la cafetería de al lado de casa. Vente para acá. Ella se divierte contigo. 

—A mi costa querrás decir.

—Bueno, a falta de su padre buenas son las tortas.

—¿Y dónde anda ese buen hombre sin su esposa y su hija?

—¿Te importa?

—Noooo. Solo que quiero asegurarme de que no me arranque la cabeza.

—Está lejos. Se ha embarcado por dos semanas. En estos días buscamos hueco. Te tengo ganas, ¿sabes?

Sus muslos abriéndose bajo la falda y él sumiendo delicadamente su yema por la mata de pelo crepitante y luego húmeda. Así herró el primer escarceo su mente: deliciosa tortura.

—Espérame entonces, voy de camino.

En la cafetería, parejas desapasionadas, tediosas familias echando la tarde, corros de viudas o solteronas pintarrajeadas y trajeadas aliviándose con el terco aleteo de los abanicos son atendidos por una camarera gorda, que malvive quizá de su sueldo con un hijo a cargo, luchadora emancipada, dirían eufemísticamente. Desde un rincón una pérfida mirada adolescente va escrutando sus intenciones, adivinando sus trucos. Intuye en ellos las traiciones maritales de su progenitora.

—Hola Deisy, ¿Tu madre te trae a estos sitios tan aburridos y no te quejas?

—¿Y qué esperas si lo único que tiene son amigos viejos y aburridos?

—Ahora iremos a ver algo de ropa. Vienes ¿no? —sí, no, sí, no, sí, no, pero sí… la ducha, la pajilla, el refresco y el sofá malogrados por una flojedad espiritual inculcada a base de voluntades familiares fracasadas: Despersonalización heredada.

Una breve conversación insustancial deshonra la excelencia del café y los pasteles. Se levantan y se internan en el bullicio de la riada humana que repta frenética por la avenida. Los escaparates avivan en los transeúntes cíclicos caprichos ¿Cuántos nos antecedieron y nos secundarán en este festín disoluto que devora sin asimilar? La necesidad ahíta del hombre regurgitando el trabajo muerto del hombre. Muriel y Deisy, las devoradoras, de la mano caminan a su lado embriagadas por el sueño incandescente de las tiendas que les llaman, ajenas a la natural belleza de las nubes incendiadas por el sol efímero de la tarde. Muriel y Deisy, lánguido amor sin preguntas ni ataduras.

Al término del paseo llegan a la plaza inmensa que se abre circundada por la majestuosidad de la catedral y las casas consistoriales. Algunas palomas demoran su sueño azuzadas por las últimas migas que desperdiga una anciana al pie de un banco. Cerca un niño corretea en pos de una que renquea nerviosa.

—Déjala tranquila, déjala que no puede volar la pobrecita —dice la anciana.

El niño se para y la mira. Un fogonazo de tristeza y culpa se asoma al párvulo rostro. Su madre al lado sonríe para tranquilizarle. Las farolas ya chispean su luz inicial. En otra parte de la plaza un grupo de personas bailan libremente al son de la música swing que expele un altavoz improvisado. Hay un joven de quince años acoplando suavemente su movimiento a una mujer de sesenta a la que prende por la cintura; una niña bailando con un hombre que parece su padre; y una pareja más decidida, de capacidad unánime desplegando toda su pericia. Cada uno con su iniciativa arropada por la misma sintonía…  

De repente suena una trompeta y tras su solo, la voz rajada de Louis Amstrong se despereza inaugurando la invasión de la noche en la plaza. Entonces le viene a la memoria la sencilla y hermosa letra de What a wonderful world y algo se le anuda a la garganta.

¿Dónde quedó la inocencia? ¿En qué momento nos extraviamos? ¿Era esto la responsable vida adulta que esperábamos? 

David Galán Parro

2 de septiembre de 2023

A las puertas de una venta

A través del polvo y el oro de la tarde que declina una sombría silueta incierta se divisa detenida en lontananza a la espera de la señal en la que un enano anunciará a toque de clarín su llegada. El bronco sonido de un cuerno, que todos menos ella reconocemos, apresta a los puercos a la piara. Entonces la figura difusa retoma su paso y al poco deviene montura y jinete. Se oye su monótono traqueteo metálico sobre el lomo mientras cabalga hacia la venta. Cuando al fin alcanza la entrada se aprecian la vieja armadura, la deforme celada, la adarga y la lanza endebles, resucitadas por la locura para la memoria de los hombres venideros. El caballo escuálido cabecea de hambre y sed. 

Nadie antes lo vio. Fue soledad y campo yermo su desatinado propósito hasta ese único momento. Él, ya parido por la imaginación alucinada del hidalgo, ahí al fin, tristemente corpóreo frente a ellas. 

La visión inconcebible ante los ojos aterrorizados de las dos jóvenes meretrices apostadas a la entrada amaga la estampida de ambas. Sin embargo, desde su ufano desatino, el corazón del caballero andante se llena de tiernas palabras con las que les exhorta y tranquiliza.  

¡Qué ingenuas y alegres miradas le bendicen entonces, primero chanceando de su estampa y luego colmándolo de hermosas atenciones!

¿Qué dechados opuestos se descubrieron en la pureza de ese encuentro imprevisto? 

Ellas que nunca pretenderían la gloria frente al loco que sí la pretendió; ellas, las analfabetas frente al letrado; ellas que ni se sabrían dignas de ese momento genuino y atemporal en el que quedarían encerradas con él para siempre en millones de hojas unánimes y celebradas.

¡Oh, ustedes las tolosas y las molineras, innombrables, embellecidas por la mente alucinada del caballero; recordadas por la pluma eterna del capitán Cervantes; amadas por los corazones solitarios desde lo más recóndito de la Historia! ¡Oh, ustedes, ángeles caídos, terrenales, compasivas, que moverán el mundo y nos redimirán de toda la gloria inútil y la sinrazón!

22 de agosto de 2023

David Galán Parro

Los enemigos de nuestra motivación

Concédele siempre más importancia a tu motivación que a tu capacidad.

Si no tienes una construcción segura de ti mismo, nunca apuestes por aquellas voces que te señalan como un ser excepcional bajo el punto de vista de las capacidades. Eso será tu perdición. Y máxime cuando esas capacidades han sido elaboradas con ayuda de ellos a partir de tus capacidades originarias. Quedarás vendido a las expectativas que ponen sobre ti y te lo harán saber en su momento mediante el reproche, la culpa y la vergüenza si no estas a la altura de sus expectativas. Y serás prisionero de ellas. Cuánto más tardes en zafarte de estos seres que socavan tu yo primigenio, más te despersonalizas y te destruyes. Hazlo cuánto antes, sin dudar. 

Las personas que quieren en verdad ayudarte priorizarán en ti tus motivaciones propias, por pequeñas que les parezcan, frente a tus capacidades. Sólo las personas que no quieren ayudarte pondrán las segundas por encima de las primeras especialmente para la consecución de sus planes y proyectos. Puede pasar que estas personas lo hagan inconscientemente pero este hecho no las exculpa de su acción en sí dañina. Y puede que nunca reconozcan ni internamente el daño provocado. Morirán autoengañadas.

Otra cosa a tener en cuenta es que no es sano medirnos por la fuerza de las motivaciones que tengamos. Ni capacidades ni motivaciones estarán jamás por encima de ti. Son solo partes de ti y por eso tú eres más que ellas. Nunca un mar fue mayor que un océano.

Y nunca las capacidades que están en ti serán el motor que impulse tu entrega en el hacer. No te confundas. Y no permitas que te confundan.

21 de agosto de 2023

David Galán Parro