Los viejos amigos

(Del blog Historias de un folio de Antonio Rodríguez Miravete)

Hace poco volví a ver a un viejo amigo. Habíamos compartido muchas cosas, habíamos llegado a conocernos, a apreciarnos bien. Me soltó el “cómo estás” con el que solemos empezar a hablar los amigos. Le dije que bien, como de costumbre, rechazando los chistes de “bien ¿o te cuento…?” o el “pues anda que tú…”

Pero él ya me estaba preguntando, buscando en mis ojos: “¿pero bien, bien…?” Y dejándome sin palabras.

¡Qué cosa tan rara es la amistad…! El código fuente de la amistad es, la ignorancia tácita, sobre la razón última de su misma existencia. Lo primero que se me pasó por la cabeza al volverle a ver fue: ¿Cómo es que no hemos hecho nada por volver a vernos? Me consolé pensando, en que todo el arte en el trato con los seres humanos, está en mantener durante largos períodos de tiempo la misma agradable distancia media, sin alejamientos ni acercamientos, y sin variaciones de la cualidad. También el cosmos social de los conocidos, de los matrimonios, de las amistades reposa, igual que el cosmos astronómico, en ese equilibrio entre la fuerza centrífuga y la gravedad. La parte más agradable de la vida no es, sin duda, aquella que se basa en el cambio, sino aquella que se basa en la repetición.

Con toques de queda, estados de alarma, confinamientos perimetrales y domiciliarios, con restricciones de proximidad con los convivientes, y toda esa mala leche que los tiempos nos está imponiendo, el talento para la amistad es puesto a prueba. Como si hubiéramos estado enfermos, convalecemos. En general, somos criaturas que no aprendemos cosas que valgan mucho la pena, ni siquiera lo de disfrutar de la vida.

Extraños a convivencias prolongadas, nos aburrimos en general hasta de los mejores amigos después de estar con ellos media hora; sólo ansiamos verles cuando pensábamos en si hacerlo, y las mejores horas en que nos acompañan son aquellas en que sólo soñamos que estamos con ellos. No sé si esto indica poca amistad. Las cosas que más amamos, o creemos amar, sólo tienen su pleno valor real cuando son simplemente soñadas. Sobre todo ahora.

Al volverle a ver me doy cuenta de lo poco que se me ocurre ponerme a la defensiva con él. Cualquier intención de defensa con respecto a un amigo o a un paciente, aumenta nuestra vulnerabilidad, y disminuye nuestra capacidad de amistad, o de terapia. Yo debo tener un aspecto inquietante porque he visto demasiadas veces hasta qué punto las personas con las que trato se ponen a la defensiva conmigo. Hasta a mí me pasa conmigo; en cuanto me descuido un poco, me llamo de Usted.

De la amistades entre escritores que han pasado a la historia hay dos que no he olvidado; que de algún modo he tenido presentes, incluso antes de que se murieran mis mejores amigos. La primera es la amistad de Schiller con Goethe, un hecho feliz que forjó el convencimiento “de que ante lo eminente, no hay otra libertad que el amor”.

La otra es la de Montaigne, que analizaba así la fuente de su afecto hacia M. de La Boétie: «Sólo él gozaba del privilegio de mi verdadera imagen». Únicamente él le comprendía de manera adecuada, le dejaba ser él mismo. Con su agudeza psicológica le hacía capaz de serlo, daba cancha a varios aspectos del carácter de Montaigne hasta entonces descuidados.

Y ello, sugiere que no sólo escogemos al amor y a nuestros amigos por su amabilidad y por su alegre compañía, sino quizás por algo más importante todavía: porque nos aceptan por lo que creemos ser.

Historias de Paco Sanz

!5 de mayo de  2021

El arrepentimiento

Querida Raquel:

Amar, lo que se dice amar, no es cosa de niños. Contigo lo aprendí. Esperabas de mi algo más allá que mis ambiciones de rockero diletante en garitos de mala muerte; algo más que una falsa conciencia política derrochada en interminables reuniones por los cafés bohemios de la ciudad, donde la quimera de cambiar el mundo se ahoga en la realidad incontestable; algo más que mi sueldo suculento e inamovible de funcionario vitalicio; algo más que las palabras apasionadas de un ardor primero y efímero; algo más que esta abúlica vida mía que ha desembocado en un mar de silencios recíprocos. Abandonarme, entiendo, fue tu única alternativa.

No habrá otra mujer en esta casa. Ninguna tendrá la capacidad de arrancarme del pecho estas estacas que son mis secretos sólo a ti confesados: la muerte elegida de mi hermano Miguel al que nunca perdoné; la depresión posterior que estragó a mamá y de la que nada quise saber y cuya precipitada solución fue arrinconarla en el geriátrico; el hijo tantas veces solicitado por Eva y que me negué a tener reprochándole inmadurez para ser madre; soy el hombre que siempre actuó para su propio beneficio y para huir del compromiso y del dolor de vivir sin sospechar que lo hacía llevándolo como sombra aferrada a mis pies.

Pero no sólo fui egoísta. Fui alguien también insospechadamente peor. Alguien que te despreciaba adrede, que sabía cómo postrarte. Alguien, brutal y taimado. Ante un atisbo de iniciativa tuya buscaba razones para tacharlo de conato fruto de la improvisación y la ingenuidad. Para ocultar mi propia desidia te reprochaba falta de imaginación en el día a día de manera que sintieras siempre que nada bastaba. Use el silencio para hacerme el ofendido. Me divertía despertar tu miedo a la incomunicación; ese miedo que precipitaba en tí preguntas necias y forzadas con las que luego yo te ridiculizaba sutilmente delante de los amigos. Y así haciéndote indefensa preparaba la antesala de los juegos de sumisión con los que me desfogaba contigo en la cama. Era inevitablemente cíclico este proceso. He sido un monstruo. 

¿Cómo podré ahora resarcirte? ¿Cómo? Por favor, perdóname. He cambiado, te lo juro. Atrás queda la soberbia que me deparaba mi marcado carácter intelectual que nunca sirvió para nuestra felicidad mutua y que solo usé para empequeñecerte y sentirme con una vergonzante ventaja que en el fondo impedía un viaje parejo. Perdóname, amor. Tú, siempre mostraste las cartas sobre la mesa; yo trampeaba con las mías. Pero ese desigual juego ya acabó. Te lo juro.

Mañana por la tarde, a las seis, te espero en la plaza. Todo volverá a ser como al principio. O todo será cómo tuvo que haber sido…

* * * * *

Los ojos del amigo se mantuvieron clavados en la pantalla del portátil hasta apurar la última palabra escrita. Luego le miraron a él exultantes.

—Eres el puto amo, Manuel, puro caramelo ¿Dónde aprendiste a escribir así? La tendrás en unas semanas chupándote de nuevo la polla. Fijo.

—Eso espero —dijo cerrando la ventana emergente que parcelaba el texto. Fue a su correo y adjuntando el archivo empantanado en el desorden del escritorio envió el mensaje.

—Me voy, cabronazo. El sábado, habrá fiesta con las amigas guarras de Leo en el Centinela. Así que no te confundas mañana con Raquel aunque te lo ponga a tiro; quiero verte allí. Dale recuerdos de mi parte.

—¿Recuerdos tuyos? Mejor, no —Y el amigo soltó una carcajada antes de trasponer la puerta del apartamento. 

Manuel se levantó entonces de su butaca de escritorio y fue a la cocina. Era ya de noche. Cogió una cerveza de la nevera y volvió frente a la pantalla del ordenador. No iba a cenar. El silencio invocaba misteriosos sonidos arrancados calle afuera. Hizo click y otra ventana emergió. Él siempre porfió a sus amigos que todos esos muslos impúdicamente abiertos rezumaban auténtico placer. Algunos dudaban de esa autenticidad. 

Se hurgó en los calzoncillos con ansia irrefrenable.

15 de noviembre de 2023

David Galán Parro

El león confiado

A la orilla de un río una manada de leones acude a beber. El jefe deja colocado junto a un árbol cercano al agua un pedazo de carne, resto de un ciervo recién cazado y luego se aleja distraído a saciar su sed. 

En esto está cuando de repente ve que algo parecido a una piedra medio hundida en el lodo se mueve sigilosamente hacia el árbol donde está el alimento y tronchándose en dos hileras de colmillos lo aprisiona. Es un caimán que atraído por el olor de la carne ha abierto su boca y le hurta su comida. Entonces el león dando un salto corre hacia el reptil antes de que éste se sumerja en el agua y escape con lo que es suyo. Cae sobre su lomo y lo despedaza. Regresa con su alimento recuperado y con la rubia melena manchada de sangre y lodo. Entonces dice ufano a sus compañeros: «Hay algunos que olvidan que por algo nos llaman los reyes de la selva. Somos los más fuertes» y los demás leones admirados le felicitan.

Días después dos hombres provistos de escopetas se encuentran con el león y le disparan. Al momento el león siente una extraña somnolencia y queda dormido. Se despierta más tarde dentro de la bodega de un barco junto a otros animales capturados. Entonces escucha en cubierta: «El propietario del circo nos dará mucho dinero por él» Tiene que escapar. Mira a su alrededor: en el alto de las paredes de la bodega una estrecha claraboya, a su lado derecho un par de ardillas retozan ajenas a la gravedad del momento y a su izquierda una jirafa, a la que en otras circunstancias no hubiera dudado en comer, le observa aterrorizada con su ojos de largas pestañas. Se remueve entonces en el interior de la malla que lo inmoviliza y trata de rasgarla pero es inútil. Se pone a pensar y al cabo de un rato así se dirige a sus compañeros de viaje: «Ustedes, ardillas, miren que juego se me ocurre: A ver quién de las dos tiene mejores dientes y quien más eficazmente puede emplearlos. Acá vengan para roer estas duras cuerdas que me aprisionan que yo daré fe de la ganadora» Y escuchando esto, las ardillas se aprontan a jugar como les propone el león sin saber que a la vez lo liberan. Luego el león habla así a la jirafa: «Estoy hambriento y quisiera comerte; más para salvarte de mi hambre te propongo que agaches la cabeza y me permitas por tu cuello trepar hasta alcanzar aquella claraboya por la puedo escapar» Y la jirafa llena de miedo obedece. Nadie quiere ser comido.

Encaramado ya a la claraboya salta fuera del barco. «Estoy libre» ruge triunfante mientras se precipita al agua. Comienza a nadar ayudado por la corriente del río. Quiere alcanzar la orilla en la que se encontrará con los demás leones y a los que ahora contará la hazaña de su fuga. Entonces una sombra alargada se coloca bajo sus patas y el león al verla se estremece de terror. Es otro caimán, pero esta vez el león es devorado sin poder hacer nada: dentro del río no es el más fuerte.

Nadie es absolutamente débil o fuerte. El grado de la fuerza depende entre otras cosas del medio donde uno la ejerza.

11 de noviembre de 2023

David Galán Parro

El marinero repudiado

Después de muchos años trabajando en alta mar arrojan por la borda al marinero. «Hacía tan mal su trabajo que era un lastre intolerable para nuestro barco» asegura el capitán al resto de subordinados. Estos aceptan sus razones: temen ir en pos del repudiado. Lo dejan solo, sin salvavidas, a merced de las olas. Otra cosa que no sean sus brazos no le queda para mantenerse a flote. Las aguas quieren engullirlo.

Se acerca un pequeño bote. En él, dos hombres: uno maneja con esfuerzo unos enormes remos; el otro, de espigada complexión, rostro adusto, gafas de pasta y entallada chaqueta cruzada está sentado a proa fumando en pipa. Rezuma elegancia y gestos flemáticos a la inglesa. Está cavilando. Al cabo de un rato de observar cómo nuestro marinero bracea torpemente para flotar dice: «Tranquilo, yo sé cómo podrá salvarse. Mi ayuda le será muy útil» El marinero espera un salvavidas o una soga al menos pero el de la pipa le corresponde con una charla instructiva; primero, sobre las formas más apropiadas de nadar, e incluso de cómo hacerlo infundiendo cierto estilo al braceo; luego sobre los motivos por los que considera fue arrojado al agua y abandonado a su suerte por parte de la tripulación; luego sobre los prototipos de capitanes y marineros que faenan en el mar y de la jerarquía de mando entre ellos; y finalmente sobre las erróneas rutas que se trazan y que a ningún puerto ni paraíso llevan, tan solo a la ineludible destrucción del buque del que ha sido expulsado el infeliz que ante él se ahoga  «Conceptos le aporto cuando le hablo» dice «Sólo con éstos se podrá salvar: Con estos poco a poco convertirá el océano que le traga en una simple gota de agua y ésta, como océano en miniatura, podrá ser finalmente por usted sorbida. Así conseguirá revertir el problema de su ahogamiento. El elemento que causa su destrucción será el elemento por usted destruido. Hágame caso. Tiempo al tiempo» Despachadas sus palabras empieza a alejarse no sin antes vanagloriarse de la inestimable ayuda que al otro ha aportado. Y así nuestro infeliz amigo vuelve a quedarse solo, a la deriva en el desierto de agua que lo cerca. Pronto ha de morir ahogado.

Pasan las horas y entonces sucede. A lo lejos, un cuerpo blanco y alargado emerge bruscamente de la superficie, hace una pirueta y cae sobre las olas. En esa figura de luz el marinero reconoce un delfín que se aproxima. «Dicen de estos animales que muchas vidas han salvado sin ellos mismos saber de su hazaña. Los niños los adoran» piensa. Cuando el delfín se allega a él empieza a nadar en torno suyo (obviamente conceptos para salvarle no le dará) y al cabo de un rato le engancha por las piernas dejándole a horcajadas sobre el lomo. El marinero sujetándose a su dura aleta dorsal semejante a una tira de goma se deja arrastrar por la fuerza del animal a través del mar. No sabe a dónde lo lleva ni tampoco puede preguntarle: no entiende su rudimentario lenguaje de silbidos y chasquidos. Confía solo en su connatural sonrisa de delfín «aunque esta no pueda ser una manifestación intencionada de cordialidad. A fin de cuentas no es un ser reflexivo» se dice el marinero e inmediatamente se siente ingrato por tener estos pensamientos tan inoportunos.

Tras muchas horas surcando el mar con la mágica criatura avista sobre la linea del horizonte la irregular silueta de una isla. Al alcanzar una de sus playas y ya en la orilla el marinero se deja resbalar del lomo, pisa aliviado el lecho de arena bajo las olas y antes de que pueda despedirse del animal, este con un rápido movimiento se pierde de nuevo hacia el océano abierto sin concederle siquiera una mínima expresión de agradecimiento. Esto entristece un poco a nuestro hombre que esperaba del animal a un nuevo amigo.

Se interna en la espesura del manglar a recomenzar su vida en tierra. No volverá a ser marinero.

7 de noviembre de 2023

David Galán Parro

El idólatra de la Contingencia

Es la Contingencia, ente veleidoso y empoderado, que nadie anticipa y comprende, el que nos eleva al pedestal o nos arroja al abismo ciego; el que da o niega; el que nos recuerda el evanescente carácter de las formas del orbe; el que elige entre el ser o el no ser.

Yo la temo y mi temor amancebado con ella pare ese otro sentimiento que como su madre también se muestra veleidoso y cruel. Punza mi corazón a cada segundo, el hijo de ambos, la Incertidumbre.

La Incertidumbre, imagen de la Contingencia en el espejo del alma, se jacta de ser dueña de mis apacibles horas y de la frágil certeza de un destino acomodado.

En vano la rehuyo: vive como sombra inevitable aparejada a mis pequeños actos cotidianos. Me acecha y me asedia. En ocasiones la gente que me abraza descubre su presencia trepidándome las carnes y me pregunta: «¿Qué es eso?» Y la Incertidumbre se agazapa rápidamente avergonzada. «No es lícito darle pábulo cuando el pan está más que asegurado: esto es miserable» proclama el viejo moralista que en mí habita.

Unos inclementes versos me buscan: «Yo, dondequiera que viva mi vida quiero hacer frente a las contigencias y encarar la noche, las tormentas, el hambre, el ridículo, los accidentes y los rechazos como lo hace el animal»

¡Oh, Contigencia, ya es hora, cómo dictan estos versos del viejo Whitman, y cómo merece la vida, de convertirme en tu más acérrimo idólatra…!

6 de marzo de 2023

David Galán Parro

El río indómito

Es antigua y acaso siempre necesaria la metáfora de que el mundo es un río. En ella se nos concibe solazándonos en sus aguas.

Yo no admito esta imagen.

Si el río es el mundo, somos seres de agua.

Si sus aguas fluyen, el río nunca es el mismo.

Luego, nosotros nunca seremos los mismos.

¿Qué manantial lo inauguró?

No alcanzamos a ver la explosión que pare a la suma inconmensurable de sus cosas diversas. Río sin manantial. 

¿Qué mar le espera?

No alcanzaremos a ver la implosión que pare a la nada. Río sin mar.

Luego, río infinito.

Mi pretensión literaria: De estas aguas inestables quiero que mis cóncavas manos, también de agua, atrapen un pedazo y al pedazo bautizarlo historia y a la historia reflejarla frente al cristal de mis palabras y al reflejo bautizarlo narración y de la narración destilar una explicación universal, una nube que elevada sobre el río se sume al nimbo que lo contempla pero que lo oscurece y le arrebata su abigarrado color primigenio, su libertad líquida.

Mi vana pretensión literaria: el río es indómito; no admite tiranos, no se puede humanizar, no me concederá la paz anhelada.

Yo, como a él, me encuentro desesperadamente inescrutable.

1 de octubre de 2023

David Galán Parro