La bestia de la cueva

Una zorra y una ardilla tomaban el sol en el claro de un bosque cuando una liebre se les acercó llena de miedo y empezó a decirles:

—Amigas, vengo de la cueva que está detrás de la cascada del río y he visto dentro la bestia más terrorífica del bosque.

La ardilla escuchaba confiada, no así la zorra, que esperaba conocer más detalles.

—En la penumbra de su interior pude ver unos ojos rojizos y brillantes, unas alas enormes estriadas, una boca llena de colmillos y unas orejas puntiagudas. A unos cazadores oí discutir una noche en un campamento sobre la existencia de unas criaturas, dragones las llamaban, a las que los humanos le tienen verdadero pánico. Dicen que su aliento es puro fuego. La criatura que vi se parece a lo que contaban. Yo por allí no vuelvo.

Y se marchó dejando a las dos amigas pensativas.

—Amiga zorra, la liebre tiene muy buena vista en la oscuridad y el ser humano, mucho juicio. Lo que cuenta debe ser verdadero. Tengo miedo al pensar en ese dragón, pero estoy deseosa de verlo.

—Seamos prudentes, ardilla. Al amanecer visitaremos la cueva y sabremos quién allí habita.

Esa noche la ardilla apenas pudo dormir y cuando lo hacía se despertaba al poco asustada por las pesadillas. La zorra en cambio durmió sin pausa y profundamente.

No había amanecido todavía cuando ambas se encaminaron por un sendero boscoso que les llevaba al pie de la ladera que ascendía por un lado de la cascada hacia la boca de la cueva. Al llegar frente a ella la ardilla dijo:

—Amiga zorra, no dudemos en entrar ya: el miedo es enemigo del riesgo y sin éste, la vida carece de emoción.

—Yo prefiero esperar a que la luz del día madure y dé algo más de claridad al interior. De ese modo veré mejor a la criatura.

Y así la zorra se quedó fuera esperando tranquilamente mientras la ardilla llena de impaciencia se adentraba en la oscuridad de la cueva. Al rato la zorra escuchó un chillido viniendo desde el interior y luego vio a su amiga salir corriendo de manera precipitada, tropezar con una piedra, caer a tierra y rodar ladera abajo. Lastimada de una pata quedó tendida al borde del remanso. Entonces la zorra bajó en su auxilio y le preguntó:

—¿Qué viste?

—Al dragón que describió la liebre. Y lo más espantoso fue cuando abrió sus fauces llenas de afilados colmillos para comerme. Te juro que sentí en mi hocico ese aliento de fuego del que hablan los humanos. No se te ocurra entrar.

Pero la zorra no hizo caso y viendo que la luz del día era ya clara, tumbó a la ardilla en un lecho de hojas húmedas, regresó a la boca de la cueva y entró en ella. Su amiga esperaba aterrorizada a que saliera.

Al cabo de un rato la zorra apareció y bajó por la ladera. Venía tranquila y sin ningún daño.

—¿No viste al dragón?— le preguntó la ardilla.

—No, pero tú tampoco, porque dragón no había. Tú creíste verlo y yo no. Lo que sí vimos ambas fue un murciélago, grande para ti, pequeño para mi. Y lo que te llevó a susto no fueron sus ganas de comer, sino su bostezo porque habrá pasado la noche en vela y querrá dormir durante el día. No esperaste la claridad diurna y te creíste lo que contó la liebre por eso te pareció ver lo que en verdad no había.

Y dicho esto puso a la ardilla en su lomo y entró con ella en lo profundo del bosque de vuelta a casa.

No hagas siempre caso de lo que te cuenten los demás; comprueba las cosas por ti mismo. 

17 de enero de 2024

David Galán Parro

Anotaciones al Soneto XXIII de Garcilaso de la Vega

1) En este soneto el poeta se dirige a una joven para decirle que mientras sea joven aproveche y disfrute de lo que la juventud le da antes que pase el tiempo y se vuelva anciana. Esta apelación al disfrute de la juventud la hace el poeta bajo su concepción de la fugacidad de la vida.

2) El poema se articula en dos partes: una, dos primeras estrofas (cuartetos), en la que se hace referencia a la juventud de la joven y la otra, dos últimas (tercetos), en la que se le invita a aprovechar y disfrutar de la juventud mientras dure. Esta es la forma bajo el punto de vista poético. 

3) Bajo el punto de vista de la forma sintáctica tenemos también dos partes: una estructura sintáctica que abarca las tres primeras estrofas y la otra, la última. En la primera parte la estructura sintáctica se puede reducir a: En tanto que A, B. En la segunda, tenemos dos oraciones independientes bajo el punto de vista sintáctico, pero relacionadas bajo el punto de vista semántico

4) Esta forma sintáctica coincide plenamente con el cambio de receptor en el acto comunicativo que realiza poeta. En la primera, el poeta exhorta a la bella joven; en la segunda, nos alecciona sobre la fugacidad del tiempo haciendo caduca la belleza.

5) El poeta nos acerca sensualmente a la joven. Parece que estamos fisicamente muy cerca de ella cuando hace referencia al color del gesto, (entendemos el color de la tez cuando la joven se ruboriza); a la forma de mirar y al efecto de enardecer y, a la vez, de aplacar pasiones que produce esta mirada en el enamorado; al color rubio del cabello y su movimiento producido por el viento; y al cuello hermoso, blanco y enhiesto. En resumen: la tez ruborizada, la mirada, el cabello y el cuello se nos aproximan intensamente para darnos una sensación física.

6) El todo es la joven. La tez, la mirada, el cabello y el cuello son las partes. Cada una de estas partes es un elemento sustancial que o produce consecuencia o es afectado por una causa: la tez blanca es afectada por un rubor; la mirada ardiente y honesta produce un efecto a quien la contempla; el cabello rubio y el cuello hermoso, blanco y enhiesto son afectados por el viento.

7) El poema comienza desde un aspecto accidental (el rubor) de una parte (la tez) del todo (la joven). Y se comienza haciendo del rubor, lo accidental, algo más físico, algo que toma cuerpo tangible, algo que se sustancia utilizando la expresión «de rosas y de azucenas».

8) Algunas metáforas que se pueden encontrar son:

– «Rosas y azucenas» objeto metaforizador y «rubor» objeto metaforizado (*).

– «Tempestad» objeto metaforizador y «ánimo del enamorado» objeto metaforizado.

– «Oro» ídem y «cabello rubio» ídem.

– «Primavera» y «juventud».

– «Dulce fruto de la primavera» y «dones de la juventud».

– «Cumbre nevada» y «canas en el cabello».

– «Rosa» y «joven amada».

9) Por «edad ligera» entendemos el rápido transcurrir del tiempo.

10) «Todo lo mudará la edad ligera» y luego en el último verso «por no hacer mudanza en su costumbre»: entendemos que esta costumbre (mudarlo todo) él (el tiempo) no la va a cambiar: personificación del «tiempo».

(*) Objeto metaforizador y objeto metaforizado son dos conceptos extraídos del trabajo Las metáforas y los símbolos de Francisco Umpiérrez Sánchez.

11 de enero de 2023

David Galán Parro

Agujero negro

Llagada de plata, la noche;

me aferro a esta visión de su negra piel

para rehuir el dolor que me procuraron.

«Pronto serás un cadáver» resuenan aún

las voces apodícticas

que me hacían culpable 

de una vasta cobardía

que me convertía

en voraz sima sideral.

Así me reprobaron y por ello

no les concedo perdón.

Imagino que anhelan

el cumplimiento de la condena

cuyo veredicto rezaba:

indolente, mezquino, egoísta,

y sobre todo, enemigo de nuestra verdad moral.

«Engañará a otros que hacia él se avengan.

Los acechará sigiloso, parapetado

tras su horizonte de sucesos 

que engulle toda luz vital o esperanza

que lo traspone.

Entre esas distraídas víctimas, ella, 

pobre mujer succionada

a la que escupirá triturada

al otro lado del agujero de gusano.»

Así dirían si de ti, amor, supieran

porque como siempre 

necesitan explicar cómo pervive

toda vida que escapa 

de la devastación que (ahora sí) 

escupen y amontonan al otro lado.

10 de enero de 2023

David Galán Parro

La moza asturiana

La diligencia de tus manos se prodigará en cuidados para los extraños que a la venta llegan. Pero aún no es el momento. Esa pareja forastera que traspasa la puerta te arroba de puro inédita: uno, de rostro consumido, atravesado cuán largo es sobre el lomo de la recua y cargado como fardo inútil, desmadejado; el otro, achaparrado conduciendo con una cuerda al animal que trastabilla agotado  Amo y escudero son en el desatino mutuo que hasta allí les allega. Pero tú no los concebirás jamás como esperpentos humanos porque las desgracias y sucesos de tu destino te han puesto una infinita mirada comprensiva.

Ancha cara, cogote llano, nariz roma, crin hirsuta por cabello, agrio aliento, ciego un ojo y tuerto otro, siete palmos de pies a cabeza, una despiadada giba hundiendo el mentón en el pecho obligándote a mirar más al suelo que al cielo ¡Cuántas faltas se conjuran para negarte y sin embargo, con cuánta gallardía y entrega las niegas tú, moza asturiana!

En un viejo desván de techo estrellado, ultimarás, junto a la hija del ventero, el camastro maldito para descanso del hidalgo alucinado; luego bizmarás su piel amoratada sin sospechar el baile de estacas que magulló su carne; luego tomarás por verdad las mentiras del escudero que te esconderá la visión de la violencia que le precede; luego preguntarás, sin pudor de tu ignorancia, qué es eso de ser arriesgado caballero; luego serás víctima accidental de los requiebros que el loco incorporado en el camastro le dedica a la hija del señor del castillo, por la cual ha de reprimir su pasión obedeciendo a los dictados de la ley del amor caballeresco que obliga a tener en boca no más nombre que el de la ingrata amada; y lo serás con la confusión de quién no usa de ese lenguaje amatorio, con la confusión de quien amor es impulso sin miramiento, ni medida, ni palabra mediante; finalmente una tentativa de amor, una cómica escaramuza hará trasiego con tu cuerpo imperfecto entre ávidos brazos machunos sin envilecerte pues, por sobre todo, quedarás como estela secreta de lealtad, entrega y candor anidando en la memoria unánime de los hombres venideros.

El escudero te llamará «hermana» como sólo el pueblo se reconoce en el pueblo; Cervantes y el árabe te bautizarán con las cualidades espirituales únicas que te redimirán de la descripción que convierte tu estampa en condena; y yo, habré de descubrir en la lectura que con pocas pinceladas te recrea esa estela que esparces y depositas por doquier. 

Maritornes, moza asturiana de ausente gracia en tu cuerpo, concédeme la dicha de atribuirte al fin estas excepcionales palabras: bella, gentil, humilde; y sálvame del egoísmo y de la soberbia que en estos tiempos que corren nos hacen ciegos de tu incomparable dechado.

9 de enero de 2023

David Galán Parro

Lo perdido

Hace casi medio siglo que vine, siendo un niño, a esta isla. Atrás quedaron mis primos, tíos, abuelos, amigos. O el proyecto de la relación compartida con ellos. Tenía tres años y yo era el inevitable acompañante de una pareja de jóvenes enamorados que hallaban su asiento y trabajo aquí. Yo no podía elegir mi destino. Quizá ellos, tampoco. El mar era una vasta promesa de regreso incumplida. Yo lo sentí con el tiempo como la misma encarnación de los años que nos prohibieron la vuelta definitiva. 

Ayer fue víspera de Reyes. Los niños, aunque no los he oído en toda la mañana afuera en la calle estrenando sus juguetes como así sucediera antaño, me cabe imaginarlos con sus candorosos rostros irradiando asombro y felicidad en todos los rincones de las casas de esta ciudad. La calle está extrañamente silenciosa, ausentes sus voces luminosas. Es otra época.

Me apresto a salir de casa. Vivo en un ático desde donde se escuchan los ruidos monótonos cotidianos que trepan por un patio central comunitario. De repente minutos antes de mi salida, un tropel de voces de todas las edades se siente ascendiendo por la estrecha escalera del edificio. Entran en el segundo. Gritos de alegría, conversación desaforada, se jalean consignas propias de las fiestas: «¡Que lo, abra que lo abra,… oohhhh!» y luego aplausos y exclamaciones de sorpresa de las voces protagonistas de hoy que no escuché en toda la mañana, estridentes y agudas como gorjeos de pajarillos inquietos en jaula. Son ellos.

La escena, sólo escuchada para ser imaginada desde la soledad de mi ático, se me antoja de repente como el eco desvaído y triste de algo remoto, perdido o que nunca tuve: la alegría desbordante y abrazadora de la gran familia en mi infancia.

6 de enero de 2023

David Galán Parro

La Cultura del revolcón (1)

Veo un documental sobre la llamada Cultura del revolcón. Miles de jóvenes, hombres y mujeres, afluyen en masa a los eventos festivo musicales en playas turísticas de EEUU y México. Buscan alcohol, droga y relaciones sexuales libres. El documental se centra en los comportamientos de estos hombres y mujeres que se relacionan entre sí en esos ambientes que invitan a satisfacer plenamente la necesidad sexual y la necesidad de disfrute.

¿Qué es la Cultura del revolcón? Un determinado conjunto de valores que rigen el modo de relacionarse sexualmente que tienen determinados hombres y mujeres. Un valor: déjate llevar por el deseo y busca sólo el placer sexual. Otro valor: No pongas sentimientos en tus encuentros sexuales. Otro valor: el hombre es valorado como hombre en tanto puede acostarse con una mayor cantidad de mujeres. Otro valor: la mujer es valorada como mujer en tanto despierta y es deseada sexualmente por una mayor cantidad de hombres. Otro valor: usa el alcohol y las drogas para alcanzar tus propósitos en el momento de la seducción y para aumentar tu placer.

La Cultura del revolcón está en la conciencia de la masa. Esta cultura rige, marca los roles, dictamina que es lo viril y lo femenino, cómo se debe actuar. Pero no apareció de la nada, ni la inventaron los hombres y las mujeres en asamblea democrática. Apareció en la conciencia de la masa a través de los sentidos, llegó a través de la práctica social. ¿De qué practica social? De la práctica de millones de hombres y mujeres que se relacionan sexualmente en el mundo. Luego esa cultura se ha adquirido por una práctica social de masa que acontece de modo recurrente a nivel global y que se refleja en la conciencia de masa como Cultura del revolcón.

La práctica de la Cultura del revolcón la consideramos una práctica inédita y moderna que ha dañado la espiritualidad de los hombres y las mujeres. Una diferencia nos puede hacer pensar en la posibilidad de revertir la situación: una cosa son los valores de la conciencia individual y otra los de la conciencia de masa. No toda la conciencia individual participa por entero de los valores de la conciencia de masa. El ser humano aislado de los condicionantes sociales puede elegir libremente, pensamos aliviados. Aparece entonces en nosotros la creencia idealista, la ilusión, de qué en base a la suma de voluntades de conciencias individuales aisladas la situación pueda revertirse. Pero no. Esa no será la solución. El ser social de la masa, esto es, el conjunto de relaciones sociales y la forma de relacionarse de la masa y las condiciones materiales que permiten estas formas de relación se imponen a cualquier intento de cambio que provenga de la conciencia individual aislada por mucho que apelemos a ésta a que no participe en la práctica de la  Cultura del revolcón.

6 de enero de 2023

David Galán Parro

La ingenuidad del novillo

Un novillo salvaje capturado en el monte fue puesto en venta en el mercado del pueblo. Un criador al verlo quedó impresionado por su buen aspecto y no dudó en comprarlo pese a que entregaba una suma de dinero gravosa para sus cuentas: entre otras cosas preveía en él una buena pieza semental con la que aumentar la calidad de su ganado.

Pronto se le reservó un establo con su parcela exclusiva en la que se dejaba ver a ratos causando la admiración de los que se acercaban a la valla. Como esto se hizo frecuente se volvió una atracción para los curiosos y un filón más para el criador.

Durante el siguiente año todos los favores le fueron dados de modo que creció solazándose en la parcela, comiendo el mejor pienso y esperando los agradables momentos en que cubría amorosamente a las vacas, todas ellas, madres de los que serían después sus innumerables becerros. Esta cómoda vida lo convirtió en un toro algo engreído.

Un día, tras una acalorada discusión entre su propietario y otro criador fue trasladado a una granja más amplia junto a otros siete toros también del lugar. Allí, alguien que lo examinó corroboró su excelencia como pieza de lidia para las corridas que empezarían en poco.

No concebir intereses contrarios a nuestra voluntad detrás de los favores que nos hacen

denota una visión muy ingenua de la vida.

5 de enero de 2023

David Galán Parro

La lluvia sedienta

Es mi manera de amarte la que a veces todo lo arrasa. La lluvia no siempre alimentó los campos. 

Tal vez deba volverme llovizna para hacer germinar las simientes o escampar o ser más unánime sobre las vastas regiones de tu alma.

¿Para qué esta prisa mía? ¿Qué urgencias arrecian mis aguas sobre ti?

El campo reverdecido fue antaño un páramo paciente y más atrás, un candoroso mar que no sospechaba su muda. El páramo siempre media en este ciclo de origen remoto.

«Cada momento espera su momento»

Lo sé, amor mío, pero yo no decido mi naturaleza; soy como la lluvia suspendida sedienta de tierras fértiles.

4 de enero de 2023

David Galán Parro

El páramo

Amor, hay días que se adentra en mí el páramo y en él me pierdo. Un nimbo gris lo aplasta y es difícil respirar su aire gélido sin que el pecho reclame el llanto. 

No me busques entonces. Sé que es doloroso y te culpas. No eres tú. No soy yo. Es lo que también nos trajo esta dicha de amarnos.

No hagas preguntas: solo quedará mi cuerpo suspendido a merced del movimiento de la materia para dar respuestas tan convincentes y falsas como cuando la carne esté ahí vencida incapaz de atestiguar nuestra muerte. Con ellas, sólo pretendo hacerte llevadera mi cercana ausencia y hacerte creer que las verdades me han sido develadas. 

Mientras, por favor, espera a que vuelva y me reintegre a ese río que nos lleva y que nunca es el mismo. No concibo el día en que no te encuentre a mi vuelta. En el fondo del más acérrimo nómada existe una inconfesada sed de hogar.

Por eso amor mío, espérame que yo sólo habré ido a buscar al páramo la savia que regenera el impulso de mis horas contigo.

4 de enero de 2023

David Galán Parro

El cerco

Es alguien de rutina, de hábitos.

Sabe bien que cada acción cotidiana, al acontecer por vez primera, inaugura la serie de su repetición, el hábito; y que la agrupación inamovible y repetida de los hábitos es, a su vez, la rutina. Lo sabe.

Es alguien sin nuevas iniciativas.

Sabe bien que en la repetición de cada una de sus acciones cotidianas, en la rutina plena que al fin deviene, encuentra su seguridad, encuentra su refugio frente a las eventualidades de la vida. Se parapeta tras ella rehuyendo toda nueva iniciativa y deja que el tiempo pase, creyéndose a salvo. Tiene miedo a que las eventualidades rompan el cerco y ha perdido la capacidad de improvisar soluciones por lo cual un halo de inutilidad lo acompaña. Nada nuevo le acontece. Siente la quietud. La rutina lo hunde, lo agota, le aterroriza y le succiona sus fuerzas vitales. Le falta el aire limpio del riesgo, del más mínimo riesgo. Muere en vida y lo sabe.

Es alguien consciente de ser quien es. Ahora escribe para no olvidar nunca su naturaleza amedrentada.

Es también una áspera confesión: ese alguien soy yo.

David Galán Parro

3 de enero de 2023