Madres disparejas

Me llama al móvil. No puede más. Está desbordaba por sus reclamos. Aire, necesita aire.

Intento romper mi abulia vital, intento situarme, empatizar con su dolor antes de verla: Aquella mujer insaciable, reclamadora de amor, de un amor que en vida dice haberle entregado, con su megalomanía, su narcisismo, su ajado orgullo burgués, su clasismo, su xenofobia, su férrea voluntad creadora de sentimientos culpabilizadores y deudores, su terrorismo moral como una losa para enterrarse con ella en vida. Una momia, con sus alhajas y sus avituallamientos para su descenso definitivo al inframundo, y al lado la osamenta de los esclavos que allá partieron aterrorizados con el cadáver aún palpitante de la faraona. Igual. Morir velando a un muerto vivo. Aquella mujer vampiro; aquella mujer vórtice, que quiere que el mundo gire hecho a su medida, que gire para ser devorado por la antigualla de su concepto. Aquella mujer: su madre 

¿Y si eso es también ella, la hija? La astilla recomponiendo el palo ¿Y si yo ando con astillas? Vidas astilladas. Trozos de vida luchando inútilmente por recomponerse en algo nuevo, y que luego, cuando se ven recompuestos calcan, sin saberlo o sin aceptarlo, aquello de lo que se desprendieron como astilla… Pero ¿Con qué autoridad moral hablo? ¿Acaso soy yo algo diferente? ¿Algo humanamente inhumano?

—Relájate, ¿Por dónde andas? Sí, vale ¿Dejas a Anita con su amiga, y seguimos nosotros? Vale, relájate,… un café, sí cualquier cosa, sí, claro,…podemos pasear, ya, ya, no está muy agradable, mucho viento, sí, pero…¡Exacto! Ver el mar siempre reconforta, sí, aunque nos trague una ola, sí, ja, ja, ja,… sí, ja, ja, ja,… sí, voy saliendo…

Risa para aplacar la ansiedad o para derrotar la apatía vital que me enclaustra entre cuatro paredes.

La ciudad rezuma cielo, aire, mar. Como ella, también me espera y como ella, siempre me será leal. Su avenida: esa serpiente gris dormida amante de una luna de arena violentada por las olas. Mi pereza, recorre su lomo sinuoso aprontada por los minutos previos a la cita. «Es un hábito recomendable caminar. Atenúa la ansiedad que procura tanto trabajo intelectual. Hay que salir» suele decir mi psicólogo. «Me retraso diez minutos» le escribo «¡Qué raro!» me devuelve ella. La ironía: viejo bálsamo con el que alegremente toleramos nuestras flaquezas y, a veces, las ajenas.  

Se me acerca trémula, contenida. Su silueta se recorta contra la cortina líquida de una fuente que deja tras de sí. Parece emerger de sus aguas. Una mirada vítrea y garza, hace de cualquier otro estímulo, infamia. Crespones rojos desprendidos por sus sienes. Labios mullidos, indolentes, pronto marchitos. El albur de la inevitable rendición de la carne prieta. Quiero abrazarla, tal vez, besarla. Las viejas normas morales, las vidas elegidas o que nos eligieron, encauzando el aluvión de los deseos inconfesos. Ella y yo, aceptadas ya nuestras seguridades, perdidos en esta domeñadora corriente, disecados bajo la untuosa pátina de los hábitos burgueses «Soy un hombre moral, soy un hombre moral, soy un… ¿cobarde?»

* * * * *

En la cafetería, se arranca con palabras como clavos en carne viva… Me encantan los bordes de las tazas de café. Me distraen y me reconfortan en momentos como éste. Bordes receptivos. Bordes, a veces, delatores de labios ausentes. Como viejos compañeros reconfortantes, me han perseguido desde el apremio materno que me expelía hacia la puerta de un colegio. Ahora los llamarían (es época de precisiones), bordes ergonómicos aplicados a bocas sorbentes. No sólo lo que dice el hombre es bueno para el hombre. También lo que hace el hombre con el mundo, moldeándolo para su eterna profanación ¿Y para qué? Para no sufrir, para aliviar sus terrores. Pero ella dice palabras como clavos desclavados antes enterrados en carne viva. Carne viva no mía, suya. Apenas resuena en mí su dolor. Huyo de él como del mío propio (quizá por eso me detengo distraído entre bordes de tazas de café) porque hemos aceptado esa débil promesa, esa debilidad mutua consentida, a la que llamamos amistad para sobrellevarnos, para sobrevivir. Consigno este torbellino de crudas ideas como prueba de que aún palpito. Sangran las palabras. Al fin lo admito: soy mezquino.

—Nunca dejó de hacer su papel. Es victimista y plañidera hasta lo indecoroso. No le doy lo suficiente, dice. La decepcioné, dice, porque Alberto no es un hombre a mi altura; es un hombre que vive de mi posición, que parasita la posición que adquirió la familia a base de años. Si piensa así de él, imagínate lo que pensará de Anita, aunque no se atreva a confesármelo: Un producto de mi arbitrio pasado. Obviamente para Ana no existe su abuela. Y como ella lo sospecha, luego me acusa de haberla puesto en su contra. No encuentro una sola fisura en su alma por la que pueda penetrar algo de sensatez. Es dura, compacta en su podredumbre.

—¿Y qué vas a hacer, entonces? ¿Al final se irá a vivir con ustedes?

—¡Imposible! En mi casa no hay sitio y si lo hubiera tampoco la traería ¿Me entiendes? ¿Quién mete semejante víbora?

—Sí, ya… Pero ¿Qué harás?

Entonces me cuenta que está en espera de que le concedan una plaza en un centro municipal de acogida de mayores. Tiene que modificar algunos datos en el padrón, puesto que, de su época de soltera, aún figuran como convivientes, y la suma de ingresos de ambas impide la admisión. Aún no se lo ha comunicado. Pospone la tormenta que se desatará: «Me metes en un asilo, en una antesala a la cámara mortuoria, en un aceptado matadero, en un rincón de trastos olvidados… Siempre fuiste egoísta… Sabía que llegarías a esto…» Palabras recriminadoras en su boca para flagelar, hasta la extenuación, su consciencia ¿Y qué le queda a ella entonces? Cumplir con la fría obligación que le imponen los lazos consanguíneos vaciados desde su niñez: vaciados de toda ternura. Es hercúlea la tarea y lo sabe.

La miro en silencio. Sonríe en un gesto que parece una bocanada de aire atravesando una ventana abierta: es el hálito de su resilencia frente a las contingencias de la vida. Entonces se dibuja torpemente en mí la duda. Sé que preguntárselo es casi un acto de autoconfesión doloroso que me hago. Quizá por eso es por lo que quisiera dejarla dentro, sepultarla. Pero la duda me quema…

—¿Llorarás… llegado el momento?

Al principio, frunce el ceño y me clava la mirada como ofendida por la exasperante ingenuidad que sólo un estúpido, a estas alturas de la vida, puede sostener. Luego intuyo que vibra una primera respuesta equívoca en su interior: un no que quiere ser lapidario sin conseguirlo. Y así es: Al momento relaja las facciones, recapacita y encuentra bajo la dureza, el sustrato blando, antiguo, inquebrantable, redentor.

—Supongo que eso no se elige —sentencia al fin aún pensativa. 

* * * * *

Salimos de la cafetería y regresamos para encontrarnos con Anita y su amiga. Al separarnos la contemplo yendo junto a las niñas hacia la parada de guaguas y todo me resulta extraño: me apantalla una sensación onírica ¿Y si ella fuera sólo la efímera visión de una mujer madura a cargo de dos niñas esperando con apatía la llegada de una guagua? ¿La apreciaría entonces? ¿La pondría a la altura de mi engaño, de mi destino intelectual trascendente?

Mientras vuelvo a casa compruebo en el móvil algún mensaje no leído. Como de costumbre mi madre me ha atiborrado el chat personal.

«Que tengas un feliz descanso, hijito mío, y que empieces bien la semana en el trabajo. Ya te lavé la ropa y te dejé en el congelador algo de comida que hice para que tengas de todo, mi amor. Dime cuando vendrás por aquí a buscarla. Te quiero mucho, muchísimo.»

Soy un aterrado soltero, una veleta al viento, una nave zozobrando, una fruta pudriéndose contumaz en la rama de un árbol.

No le respondo. Me suele pasar.

13 de abril de 2024

David Galán Parro

No es fácil amar

Ya comprendí que para amar, para lo que se dice amar, debemos aceptar las pequeñas cobardías que jalonan el presente del ser amado, porque todos las tenemos, más privadas que públicas. Tal vez en esta aceptación, en esta espera, nos sintamos derrotados, o cansados, o traicionados, o sumidos en un fango compartido que no nos beneficia.

Nadie dijo que amar fuera fácil.

Quien no contemple con claridad lo antes dicho, no amará nunca, simplemente estará ajustando experiencias ajenas a sus propias teorías morales para con ello justificar y salvar, del peso de su conciencia, su propia experiencia de vida.

12 de abril de 2024

David Galán Parro

¿Qué nos ata?

Muchas veces uno se mantiene dentro de una relación por motivos que puede muy bien no sospechar. Entre ellos yo adivino al menos tres.

El primero, una necesidad casi congénita de sentirse querido para rehuir la soledad.

El segundo, una obligación moral impuesta por la tradición, diría yo, católica. El abandono de alguien presupone casi la deslealtad o el daño al prójimo.

El tercero, la concepción de que el dolor (como el que nos procura la ruptura) no debe ser parte de la vida y por ello todo dolor evitado hace nuestra vida más placentera. Pero Oscar Wilde decía por boca de su Príncipe Feliz que el placer no es igual a la felicidad.

12 de abril de 2024

David Galán Parro

Mitología griega para niños (1): Caribdis y Escila

Los aqueos iban remando en el barco cuando vieron a lo lejos dos enormes riscos, uno frente a otro. Tenían que pasar por el medio de los dos aunque por ahí el mar se estrechaba tanto que los barcos podían chocar contra las rocas de uno o de otro lado. El paso se llamaba el estrecho de Mesina.

—Va a ser muy difícil pasar por el medio —dijo Odiseo, el jefe de todos.

—No creo que sea como dices, Odiseo. Somos buenos remando y sabemos dirigir bien la nave. No chocaremos —dijo confiado uno de los remeros.

Pero Odiseo sabía bien porqué era difícil. En cada uno de los riscos algo terrorífico les esperaba; algo que solo Odiseo conocía y no quería contar para que sus hombres no se acobardaran antes de enfrentar el peligro real.

Cuando se acercaron a uno de los riscos un marinero gritó asustado:

—¿Qué es eso?

Todos miraron a donde señalaba y vieron un remolino enorme en el agua; de su centro salía una columna de humo. 

—¡Cuidado, compañeros! Es Caribdis —dijo Odiseo—. Antes era una ninfa, pero Zeus, padre y rey de dioses, la convirtió en el remolino que veis. Si pasamos muy al lado de ella nos tragará y moriremos ahogados.

Los remeros soltaron los remos y se escondieron asustados en la bodega, pero Odiseo les ordenó:

—¡Vuelvan a coger los remos! ¡La nave está descontrolada y se dirige hacia el remolino!

Los remeros volvieron y remando se esforzaron por controlar el barco.

Entonces de repente se escuchó un aullido débil, como de un cachorro de perro, y todos los marineros enmudecieron. Otro marinero, señalando al risco de enfrente, gritó:

—¡Por Zeus! ¿Qué es eso que se ve allí?

Todos miraron aterrorizados hacia donde señalaba. En el borde del otro risco había una mujer gigante con las piernas convertidas en seis feroces perros hambrientos. El cuerpo de cada uno de ellos salía de debajo de la cintura de la mujer y se sostenía solo con las patas delanteras. Los aullidos venían de la boca de ella y sus perros, desde la roca estiraban sus largos cuellos acercando los hocicos a la borda del barco para atrapar a los marineros.

—¡Cuidado, compañeros! Es Escila —dijo Odiseo—. Era también una bella ninfa, pero Circe, la hechicera, la convirtió en el monstruo que veis, porque estaba celosa de ella. Si nos acercamos sus perros nos morderán y moriremos devorados.

Los dos monstruos, al igual que los riscos, estaban tan cerca entre sí que Odiseo comprendió que era imposible salvarse de los dos a la vez. Tenía que elegir a cuál de ellos acercarse para salvar a la mayoría de sus hombres. Entonces pensó: «El monstruo más peligroso es sin duda Caribdis, pues la fuerza de su remolino lo traga todo y hundirá el barco con todos nosotros dentro. No se salvará nadie» 

Entonces Odiseo gritó a sus hombres: 

—Lleven la nave hacia Escila y cúbranse si pueden con los escudos para que no les muerdan sus perros hambrientos —y lo decía sabiendo que seis de ellos iban a morir devorados; uno por cada perro.

Y así fue. El barco pasó cerca de Escila y cada uno de los seis perros atrapó con sus fauces a un remero, tal como había previsto Odiseo.

-Sigan remando con fuerza y no miren atrás. Estamos pasando el peligro -les volvió a gritar a sus hombres para darles ánimo.

Pero en verdad iba pensando: «¡Qué pena! No he podido salvarlos a todos. Sin embargo, gracias al sacrificio de seis remeros nos hemos salvado los demás. Juro que siempre me acordaré de esos seis, por haber sido tan valientes». 

David Galán Parro

11 de abril de 2024 

Preguntas del Lector (1): Sobre el relato Keimu -kan

Un lector me formula las siguientes preguntas en relación a mi cuento titulado «Keimu-kan»

¿Por qué gana la fuerza sojuzgadora y no gana la fuerza liberadora?

Varias son las razones de por qué elijo ese final. 

Una es de carácter artístico. En el género de terror, las historias, ya sea en cine o literatura, tienen un final donde suelen vencer las fuerzas sojuzgadoras. El género de terror parte del concepto reaccionario de que la fuerza sojuzgadora termina destruyendo a las fuerza liberadora. El mal venciendo sobre el bien. La base de este concepto quizás provenga de nuestra visión negativa de la muerte y de nuestro miedo.

Otra es de carácter personal. Siempre he vivido sojuzgado por la obligación moral para con el otro. Esto me ha provocado mucho sufrimiento y una gran falta de libertad interior. Frente a las fuerzas exteriores que me sojuzgaban estaba mi miedo a enfrentar por mi mismo la vida. Esto me llevo a darle autoridad a esas fuerzas sojuzgadoras y delegué en la voluntad de ellas, mi propia voluntad. Esta vivencia aparece representada por medio del personaje de la madre que es un agente activo que sojuzga en tanto fuente exterior de la moral interior del protagonista; y luego, por medio del keimu-kan que es el agente activo que sojuzga con su egoísmo absoluto.

¿Por qué el niño no tira la maldita caja que lo tiraniza y se deja de someter por un bicho horrendo?

Porque el personaje está sojuzgado por los valores morales que adquiere por su madre. La madre es el agente externo que encarna el código de valores que le impide rebelarse. Si hubiera habido un personaje que adoptara este papel para contrarrestar su sumisión tendría coherencia su rebeldía con este hecho.

¿Por qué su madre solo habla de obligación y no promueve la rebeldía?

Porque el personaje de la madre es un personaje conservador que su necesidad en la historia es la de anular la voluntad del hijo. También es un personaje que no busca las causas de lo que le sucede al hijo a través de la relación particular que tiene con él sino a través de su concepto superficial sobre psicología.

El detalle de la obligación del protagonista de compensar el trauma de su madre por la muerte del padre sin haberlo conocido es significativo en cuanto al deber moral férreo del protagonista, desligado por completo de una relación real con él. 

¿Por qué los amigos solo son sombras?

Porque los amigos son personajes secundarios que no interfieren en la relación del protagonista con el keimu-kan. Simplemente aparecen como agentes pasivos que también son afectados por la anulación de la voluntad del protagonista y deciden según sus intereses de juego completamente ajenos a la realidad del amigo que sufre.

Esto en parte lo representé así porque yo viví en esta situación durante años. Las personas que veían la relación de sometimiento no intervenían en la destrucción de estos lazos subyugantes.  

¿Por qué vive tan aislado?

Los hábitos de aislamiento y falta de ocio son básicos para el advenimiento, el establecimiento, el mantenimiento y el fortalecimiento de una relación de sometimiento. El personaje debe ser el resultado de una educación que prepara su personalidad para estar sometido.

¿Por qué vive en una cárcel?

El medio en el que vive, limitado al colegio y al cuarto, sin exteriores; los hábitos de ocio, completamente domésticos, para luego ser transformados en hábitos de sacrificio y deber; la relación de incomunicación con la madre, con la profesora y con los amigos y compañeros; procuran la atmósfera que necesita el relato para que la sensación de opresión alcance al lector.

David Galán Parro

9 de abril de 2024

Ejercicio de reescritura (5) a partir de un texto de Rafael Cansinos Assens

Debo el descubrimiento de la prosa de Rafael Cansinos Assens, escritor español de principios del siglo XX, a Jorge Luis Borges. El escritor argentino lo reconoció como su maestro y esto despertó mi interés. No creo que me equivoqué al afirmar que en Borges se puede rastrear al mentor.

Siempre admiré en los grandes artistas y pensadores su honestidad intelectual y su agradecimiento para con sus predecesores, así como su labor silenciosa por un necesario sentido del deber que les alejaba de la vanidad. 

Intuyo que estos dos excelsos escritores se sabían pequeños afluentes abocados al gran río que es, la producción intelectual de la humanidad.

Texto original

El enigma de la vida ha cautivado mis ojos desde la niñez; y mis ojos se han hecho ciegos y no he podido descifrarlo.

Durante mucho tiempo, mis labios han dicho palabras insensatas; y he afirmado o he negado según el tiempo que hacía en mi corazón; y al final me he convencido de que no he hecho otra cosa que crear nombres y que el enigma continuaba indescifrable.

Y al fin he dicho: dejemos que los locos disputen; todo lo que el hombre dice, sólo es bueno para él.

(Extracto de El candelabro de los siete brazos de Rafael Cansinos Assens).

Versión 1

Mis ojos, desde que era niño, han contemplado con estupor la vida y cautivados por su enigma han quedado ciegos sin llegar a descifrarlo. 

Mis labios (los años son testigos) se han empeñado en pronunciar palabras insensatas, afirmando o negando según la corriente de fondo de mi corazón; y al final me he convencido de que todo en este tiempo ha sido crear nombres que el enigma sorteaba indescifrable.

He dicho al fin: dejemos que los engañados por palabras propias disputen; todo lo que el hombre dice es sólo bueno para él.

Versión 2

Son mis ojos los cautivos de un enigma que guarda con celo la vida. Ya  éstos en mi niñez anhelaban liberarse para contemplar con estupor lo que la vida les oculta. Pero no ha podido ser. En la inútil espera, estos dos prisioneros han quedado ciegos y el enigma, el carcelero, permanece aún más inescrutable.

Durante años, fueron mis labios, atrevidos portadores de palabras  ajenas con las que buscaba reflejar y fijar el movimiento indómito de la vida. Pero todo fue una pretensión insensata: las palabras se agolpaban infructuosas en torno a un sí o a un no, pues no eran más que espejos de otra mudanza, la de mi alma. Definitivamente me resigné: era inútil crear palabras con las que descifrar el enigma.

Al final una certeza aliviadora me es dado enunciar: ¡Qué los locos disputen lo que quieran! Todo lo que el hombre dice, lo dice a su medida.

Versión 3

El enigma de la vida rehuye mis ojos y se niega a ser descifrado.

Durante años, mis labios fueron emisarios de palabras imprecisas y un sí o un no en ellos, testigos de la mudanza de mi alma. Me he desengañado. Nada espero de las palabras: el enigma es inescrutable.

Hoy una certeza me golpea: ¡Qué los locos disputen cuánto quieran! El hombre sólo dice para su propio bien.

David Galán Parro

6 de abril de 2024

Keimu-kan (*)

1

Era una criatura babosa que se arrastraba dentro de una caja de cristal.  No tenía cabeza, ni patas. Dos puntitos negros en su piel eran sus ojos. 

Mi madre me la regaló por mis once años.

—¿Qué es esto? —le pregunté—. Parece un caracol que ha perdido su caparazón.

—Es un keimu-kan ¿te gusta?

—Sí —y en verdad me resultaba horroroso.

—Bueno… Es un poco feo —dijo mamá como si se disculpara intuyendo mi pensamiento—, pero si come y duerme lo suficiente, en su piel aparecerán colores muy bonitos y luminosos. Es muy sencillo darle de comer. Mira.

Entonces cogió un bote con un aplicador y lo estrujó metiendo el aplicador por un agujero que había en la parte superior de la urna. La papilla cayó dentro y manchó el suelo. El keimu-kan se deslizó por encima de la mancha como si la fregara con su cuerpo hasta hacerla desaparecer. Así debía comer la criatura.

Luego mamá añadió en voz baja:

—Este extraño animal es único en el mundo. Debe ser nuestro secreto, Albert. A nadie puedes enseñárselo. A nadie. Ni decir que lo tienes. Será tu mascota. Necesita de mucha atención. Es muy delicada y por eso no la puedes ni siquiera sacar de la caja ¿Te comprometes a cuidarla a partir de hoy?

—Sí

Pero tampoco era verdad. Mentí porque mamá estaba triste y sola, sin papá, y si aceptaba el regalo se alegraría. Yo no conocí a papá. Era muy pequeño cuando murió.

2

Así que empecé a dar de comer al keimu-kan cómo lo había hecho mamá delante de mí. Lo hacía cuatro veces al día. Era la cantidad que necesitaba. Como estaba bien alimentado y cuidado, su cuerpo brillaba por la noche e iluminaba suavemente mi cuarto: primero su piel se ponía roja, luego pasaba al naranja; del naranja al amarillo; del amarillo al verde; del verde al azul claro y de éste al oscuro; y finalmente acababa en el violeta. Brillaba consecutivamente con los siete tonos del arcoiris. Pero si se me olvidaba darle la merienda o la cena, permanecía tristemente apagado. No podía despistarme si quería verlo brillar durante la noche.

Una tarde me puse a hablarle como quién tiene un amigo para comprobar que percibía sonidos y noté por un leve temblor en su piel que se animaba al escuchar mi voz. Esa noche me dio toda su luz, contento quizás de que le hablara. A partir de entonces, lo hice todas las tardes. 

De vez en cuando dos de mis amigos venían a jugar conmigo a casa. En esas ocasiones yo guardaba rápidamente dentro del ropero la urna con el keimu-kan. No podían verlo. Mamá había dicho que era nuestro secreto. Pasaba entonces la tarde con ellos y cuando se marchaban, ponía el keimu-kan fuera de nuevo. 

Hasta aquí, todo parecía ir bien, como mamá había previsto, pero a los pocos meses el keimu-kan cambió su actitud. Se volvió exigente y caprichoso. Si estaba toda la tarde con mis amigos jugando, si no le daba más comida o si no me quedaba con él, hablándole de mis cosas, no me daba su luz nocturna. También me la dejó de dar si ponía mi música favorita, o si jugaba con mis juguetes o con mi consola. Se enfadaba y era su manera de castigarme por no hacerle el caso que quería.

 Cuando se lo conté a mamá, ella, que no sospechaba el cambio, en vez de creer en mi palabra, me regañó:

—Albert, te comprometiste a su cuidado y no estás siendo responsable. Sé más atento con él. Es un ser vivo sin inteligencia humana, pero con sentimientos parecidos a los de un perro. Se siente abandonado. Eso es todo.

Me sentí culpable al oír estas palabras ¿Serían imaginaciones mías y pensaba mal de mi mascota? Me empeñé pues en cuidarla mejor. Yo debía ser un buen dueño y de paso, hacer feliz a mamá.

En las noches siguientes, el keimu-kan no brilló nada y eso que lo alimentaba, lo cuidaba y le hablaba. Pensé que seguía enfadado. Pero no era eso. Era algo peor que estaba aún por llegar… 

Una noche me pareció oír en la oscuridad de mi cuarto una leve risa escondida. Venía desde el interior de la caja. Era el keimu-kan, que se reía… Pero ¿de quién se reía? Mis sospechas volvieron con más claridad… ¡Se reía de mí! No podía ser de otra manera aunque fuera difícil creerlo. Seguramente sabía que tenía el control de la situación y que triunfaba con su plan de poner a mamá en mi contra. Y sí, lo hacía porque quería mi atención, toda la atención. Era maligno, egoísta y se aprovechaba de mí.

¿Hasta dónde llegaría con sus oscuras exigencias?

Tenía que deshacerme de él, hacerlo desaparecer, matarlo. Después diría que se había fugado. A fin de cuentas ¿Qué importaba su muerte? Yo no quería a aquella criatura. Y seguro que ella a mi tampoco. Nos odiábamos, pero yo además le tenía miedo. La había aceptado como un regalo de mamá para no decepcionarla y ahora tenía que estar esclavizado por ella soportando su carácter terrorífico.

Decidí entonces llevarla al baño una noche y volcar la caja sobre la taza de la vasija para que cayera y se ahogara. Pero cuando estaba a punto de precipitarse hacia el hueco comenzó a chillar.  Mamá se despertó al instante. Al ver lo que yo intentaba hacer se enfadó muchísimo y me castigó durante varias tardes encerrado en mi cuarto. En las noches de castigo oía la risa maligna del keimukan haciéndome de rabiar.

Solo una cosa me permitía hacer el keimu-kan, quizás para que nadie sospechara de él, para que todo pareciera normal: me permitía estudiar y hacer los deberes. Y sí, me seguía yendo bien en los estudios, pero ya no era feliz. Nada feliz. Me volví triste y miedoso. Por las mañanas en el colegio no quería jugar con nadie y por las tardes estudiaba y cuidaba todo el tiempo del keimu-kan. Ningún amigo volvió a visitarme a casa. Decían que se aburrían conmigo. 

«Son cosas de la edad» aseguraba mi madre a sus amigas y a la profesora, «se está haciendo adolescente antes de tiempo y los adolescente, ya sabemos, que tienen un ánimo muy variable y, a veces, problemático» Se me olvidó decir que mamá era psicóloga y explicaba todo por medio de su profesión.

¿A quién le iba yo entonces a contar que la culpa de todo la tenía esa malvada criatura? Nadie me creería y me tomarían por un niño loco. Yo, para no discutir con mamá y preocuparla, disimulaba que todo iba bien. Pero nada iba bien. Nada.

La última noche que pasé con el keimu-kan fue así: yo estaba en la cama despierto y el keimu-kan empezó a brillar más fuerte que nunca. Debía sentirse contento por hacerme daño. Entonces su luz iridiscente se fue haciendo más y más grande, ocupando por completo el cuarto y dejándome ciego. No veía mis brazos, ni mis piernas, ni mi tronco. Nada. Solo veía un arcoiris. De repente un calor intenso recorrió todo mi cuerpo, perdí todas las fuerzas y dejé de tener peso. Me sentía flotar y estaba desapareciendo. Al final, el cuarto se llenó de una brusca oscuridad y me quedé como dormido…

3

Al día siguiente la voz de un niño me despertó:

-¿Qué es esto, mamá? -gritó sorprendido-. Parece un slime (**) con vida. 

Entonces vi todo mi cuerpo convertido en una babosa que se arrastraba dentro de una caja de cristal.

3 de abril de 2024

David Galán Parro

(*) Keimu-kan en japonés significa «carcelero»

(**) Juguete que consiste en una masa viscosa, pegajosa y muy flexible y que ofrece múltiples posibilidades de manipulación para los niños.

La malla

Sé de la noche gracias al día y del día a la noche. Son recíprocos delatores que se conocen de años.

El día se declara enemigo de mis apocados sentidos. Soy un hombre oscuro al que lo decisivo de la vida se le antoja transcurriendo dentro de su cabeza; que se refugia en las representaciones que le ofrecen los libros; que rehuye la amalgama de percepciones por parecerle intolerablemente abigarrada. Chispean las percepciones sin tomar lugar definitivo en un sistema dentro de mí. 

Frustración.

La noche, en cambio, es amante de mis horas. Pero como amante, me busca y convulsiona. Afloran con ella, el anhelo de los proyectos futuros vistos con esperanza engañosa, el conato de rebeldía ante la aquietada vida diurna que convoca minutos por minutos, la quimera de ser otro más enérgico, más comprometido, más práctico. Chispean las representaciones sin materializarse.

Frustración.

Lentamente el alba y el ocaso reconcilian a aquellos dos viejos conocidos para salvarme de sus cuerpos sublimes e hirientes. Y en ambos, momentos crepusculares me encuentro: yo que me asemejo más a una suave transición que a los contundentes día o noche.

Soy como la lánguida malla que transita de la claridad a la tiniebla y luego regresa; esa lánguida malla que contiene a los contrarios y los perdona.

David Galán Parro

30 de marzo de 2024

El sueño del asno de Kuichú

Yo era un buche que se destetó tarde, quizás porque una ligera cojera hizo de mí un asno algo temeroso al que mamá no podía evitar proteger en exceso. En comparación con mis hermanos, aprendí más tarde a correr, saltar y dar coces.

Vivíamos libres en los hermosos prados y bosques de Francia. No nos faltaba nada. Teníamos el agua de un río y abrevado por él, mucho pasto. Todo el peligro que hasta entonces había nos lo procuraban los lobos, enemigos que mis hermanos y yo, en pandilla feroz, sabíamos enfrentar. Las certeras coces que les dábamos cuando nos atacaban en manada nos dieron fama de rudos y terribles. No recuerdo que ninguno de nosotros sufriera una dentellada de alguna de aquellas bestias hambrientas. Mamá estaba orgullosa y se sentía segura.

Segura hasta el día en que llegaron los cazadores. 

Con sus redes nos enmarañaron e inmovilizaron. Yo tendría siete años entonces. Me separaron de mamá y de mis hermanos y me embarcaron hacia un país desconocido. 

Estuve meses en una oscura bodega junto a otros animales, algunos de los cuales nunca había visto. En situación parecida a la mía, se comportaban de manera bruta y huraña, acaso por la inmensa tristeza que estaba en el corazón de cada uno de ellos. Gallinas, cerdos, caballos, uno que llamaban chimpancé, parecido a mis captores, los humanos, y algunas aves muy coloridas y habladoras, llamadas loros eran toda la tripulación cazada y presa. En jaulas y encadenados nos llevaban hacia tierras extrañas. La comida era escasa y repugnante. Yo no podía dejar de pensar en mis hermanos, en nuestros juegos en el prado, en nuestras luchas victoriosas con los lobos y sobre todo, en mi madre, a la que ya no volvería a ver. Rebuzné muchas noches y lo pagué con muchos latigazos. 

El día que llegamos a tierra firme fuimos recibidos por una comitiva de gente en el muelle y aunque todo era música y fiesta, nosotros nos sentíamos ajenos e inquietos ante toda esa algarabía humana. En nuestras jaulas, las gallinas cacareaban, el mono ululaba, los loros parloteaban sin ton ni son, los caballos relinchaban, los cerdos gruñían y yo rebuznaba. Estábamos todos muy nerviosos esperando nuestro destino.

Nos metieron por separado en carros. A mí y al chimpancé nos tocó ir juntos. Estuvimos dos días traqueteando caminos. El lugar al que llegamos estaba lleno de gente que trasegaba con fruta, ropa, artesanía y otros animales. Oímos que lo llamaban Kuichú. Con los años sabría que se trataba de un pueblo costero de China. A mi compañero, el chimpancé, se lo llevó un señor que venía con un séquito de muchos criados. Alguien más discreto se interesó por mí. Quedé solo con él. Era un hombre de edad madura que se movía con energía y juventud. Me puso una cuerda en torno al cuello, una cosa llamada albarda sobre el lomo y tiró de mí hacia su casa. 

La familia me llamaba Lú y me pusieron atado a un poste dentro de un cercado con valla. Al principio me dediqué a rebuznar y a practicar mis coces: no quería perder lo aprendido pese a mi cojera. Mi comportamiento atrajo la curiosidad de los más pequeños de la casa y luego, de los vecinos convirtiéndome en un raro espectáculo en todo el pueblo. Cierta felicidad sentí en esos días, pero la tristeza volvió y perdí las ganas de mostrar mis habilidades. Entonces mi amo viéndome tan desganado empezó a impacientarse. Días después decidió deshacerse de mí. Ahora puedo comprenderle: No sabía en que emplearme y le era caro mantenerme a cambio de nada.

De nuevo me puso la soga al cuello, la albarda y tiró de mí, encaminándose hacia el bosque. Al llegar a un claro salpicado de tocones me soltó y desapareció. Yo me quedé quieto. Estaba desconcertado: no sabía si seguirle para no verme solo o huir por si volvía con la pretensión de encerrarme de nuevo. Así estuve hasta que se hizo la noche y me vino el sueño.

Al día siguiente me desperté con la luz y el calor del sol sobre mí. Miré a mi alrededor y vi con alegría pasto, el suficiente como para mantenerme vivo en aquel lugar. Luego, cuando la sed se hizo insoportable me puse a buscar algún lugar donde beber y descubrí un sendero que me llevaba a un remanso. Volver a ver mi hocico reflejado en las aguas claras me recordó con dolor mi vida pasada. Estaba solo, muy solo.   

Una mañana en que me sentía especialmente triste, rebuzné largamente. El sonido se prolongó y se perdió en la fronda verde del bosque. Entonces lo oí. Era el murmullo de arbustos rozados por algo cercano a mí que se escapaba y se alejaba pesadamente. Al rato volvió. Esto se repitió en varias ocasiones más hasta que un día mi rebuzno dejó de surtir su efecto disuasorio. Yo estaba aterrado. Pensé en los lobos y en cómo los enfrentaría ahora sin mis hermanos.

La presencia invisible se hizo habitual. Me seguía como una sombra  y me acechaba, pero de manera inofensiva por lo que al cabo me acostumbré y le perdí el miedo. Oía sus pasos en la hojarasca, su deslizamiento entre los arbustos, su aliento acompasado y cálido. Podía ser una criatura divina y benigna. Un ángel de la guarda semejante al que escuché contar a uno de los marineros, una noche en el barco.

Al fin un día pude ver entre los arbustos su piel brillante como el sol, con vetas negras en el lomo y los flancos y con pelo blanco en el cuello y en pecho. Otro día me dejó ver su ancha cabeza ancha. Tenía una boca con grandes y afilados colmillos. Sus ojos centelleaban. Me miró silencioso y atento. Contemplando sus orejas redondeadas (los lobos las tienen afiladas) quise atribuirle una intención más amigable que la de mis antiguos enemigos.

Estuvimos así un tiempo, tanteándonos a distancia. Yo pensaba que su actitud respondía más a la extrañeza o a la curiosidad o a la timidez o quizá a que, como ser divino que era, rehuía el contacto con el pobre ser mortal que era yo. Fui acostumbrándome a su sola visión hasta el punto que se me volvió grata y admirable. Se desplazaba con calma majestuosa, con seguridad, sin afectación,  entre la fronda.

Pero un día su actitud cambió. Empezó a tomarse ciertas libertades injustificadas: se acercaba con brusquedad primero; después me rozaba; luego los roces pasaron a empellones que me hacían resbalar y caer a tierra. Yo soportaba todo pacientemente. Habiéndole perdido el miedo le dejaba hacer y todo por complacerle en lo que creía su inocente juego. Pero aquello empezaba a cansarme ¿Qué quería comunicarme? Finalmente se le ocurrió ponerme una de sus garras en la grupa. Entonces perdí la poca paciencia que me quedaba y le solté una de mis ensayadas coces. Le alcancé el hocico y dio con el lomo en tierra, revolviéndose un rato entre la maleza dolorido. Al incorporarse lo que vi me hizo temblar de las orejas al rabo; las patas me cedían como barro blando por el miedo. Convertido en una mole musculada por la furia dio un salto y lo vi como una enorme piedra abalanzándose sobre mí y tapando a mis ojos la esperanzadora luz del sol. Entonces cuando el recuerdo de mi madre cruzaba en ese instante mi mente en fugaz y definitiva despedida, un destello metálico impactó con mi enemigo en el aire y lo barrió como un trapo. Cayó a mi lado blando y pesado sin tocarme siquiera. El cuello quedó de un tajo a medio abrir dejando manar la sangre. Un hacha voladora me había salvado. Mi vigilante enemigo, el tigre, palpitó hasta morir sobre un lecho de tiernas hojas enrojecidas.

Lo que sucedió se supo pronto en el pueblo y corrió de boca en boca. Quizá me convierta en el protagonista de alguna breve narración popular. Preveo en ella, un final n tan justo para el personaje que me representa, pero sí más aleccionador. A fin de cuentas a punto estuve de sucumbir por esa confianza imprudente que me hacía alardear de una habilidad que me ponía en clara desventaja frente al tigre.   

Sea como sea, después de aquello vivo en este establo de una cabaña perdida en el corazón del bosque de Kuichú. El leñador, el señor Haoran fue mi salvador, y se hizo mi propietario. He acarreado durante años la madera fruto de su modesta industria. Ese fue el digno trabajo que me supo encomendar y que le dio sentido a mi vida entonces. El amor de su hija y ahora de su nieta terminan de colmar mi ya viejo corazón. Moriré decididamente dichoso.

La vida feliz tiene sus rutinas y apegos y un día éstos pueden traicionarnos.  A mí esa suerte me tocó en los campos de Francia quizá con la utilidad de recordar a otros muchos que no se sientan absolutamente a salvo o cuánto menos ajenos al destino de aquellos que les tocará sufrir la repetición de mi incierta peripecia. 

Repetida hasta que mi sueño se haga realidad a través de la Historia: instaurar en el mundo, el reino del justo reparto.

David Galán Parro

29 de marzo de 2024

El asno de Kuichú (adaptación de una fábula china).

He procedido a adaptar el final de esta hermosa fábula popular china con dos objetivos:

1) Para hacer la fábula más amable para los sentimientos de los niños y niñas;

2) y para poder después crear un nuevo relato aún más libre que con ese final se adecue mejor al tema que he elegido para la confección del mismo.

El asno de Kuichú (*)

Nunca se había visto un asno en en el pueblo de Kuichú, hasta el día en que un hombre rico al que le gustaban las cosas raras, mandó que le trajeran uno por barco. Pero como no supo en qué utilizarlo, lo soltó en las montañas.

Un tigre, al ver a tan extraña criatura, sintió miedo porque pensaba que era un dios. Lo observó escondido en el bosque, hasta que se atrevió a abandonar la selva,  donde vivía, para vigilarlo siempre a una cuidadosa distancia.

Un día el asno rebuznó largamente y el tigre echó a correr espantado. Pero se volvió y pensó que, a pesar de todo, ese dios no debía de ser tan terrible. Ya acostumbrado al rebuzno del asno, se le fue acercando, pero sin arriesgarse más de la cuenta.

Cuando ya le tomó confianza, comenzó a molestarle, rugiéndole, rozándolo, dándole algún empujón, así hasta que el asno, furioso, le propinó una coz. “¿Y eso es todo lo que sabe hacer para defenderse?”, se dijo el tigre. Y saltó sobre el asno para comérselo. Pero justo cuando iba a caer sobre él un cazador que pasaba por allí disparó al tigre y evitó la muerte del inocente asno.

Ten cuidado de mostrar toda tu fuerza al enemigo; puede aprovecharlo para hacerte daño.

(*) Adaptación de un cuento popular chino de David Galán Parro