Las ardillas (versión para niños)

El incendio había comenzado al mediodía y no había dejado de extenderse. Las llamas saltaban de árbol en árbol sin que nada pudiera detenerlas. Las criaturas del bosque estaban horrorizadas. Lo único que les quedaba era huir de aquel infierno que parecía salido de las mismas entrañas de la tierra.

Aunque estaba atardeciendo parecía que se había hecho de noche de tanto humo que había en el cielo.

Entre las criaturas que escapaban del incendio había un grupo de ardillas voladoras a las que el fuego seguía muy de cerca sin dar descanso. Llevaban dos o tres kilómetros recorridos cuando encontraron tras unos arbustos la entrada de una madriguera tapada por una piedra. Una de las ardillas se apresuró a empujarla primero pero no pudo moverla. Luego otras fueron en su ayuda y tampoco pudieron moverla. Tenían que entrar como fuera. El fuego pronto las alcanzaría. Entonces una ardilla planteó que quizás en la madriguera estuvieran sus moradores y que quizás se apiadarían de ellas y les dejaran entrar si lo pedían. Y así hicieron, llamando desesperadas a los que suponían dentro.

En efecto, adentro, muy en silencio, estaban sus moradores, los conejos, escuchando los ruegos de afuera y sin atreverse a dar paso a quienes rogaban. La madriguera era el único lugar seguro en que podían salvarse las ardillas.

Entonces uno de los conejos que parecía ser el líder dijo:

—Compañeros y compañeras, está claro que quienes así ruegan son ardillas y esta situación requiere de una decisión rápida. Tenemos que decidir qué hacer: si dejarlas fuera o dejarlas entrar. Yo opino que las dejemos fuera puesto que nuestra madriguera no es muy espaciosa y los víveres que ahora tenemos son limitados. 

—Son limitados, es verdad —dijo un conejo más joven—, pero no escasos.

—Cierto, pero no sabemos cuántas ardillas están afuera pidiendo entrar —contestó el Conejo Líder—. Quizás sean demasiadas y no veamos desbordados. No podemos arriesgarnos.

—¿Y vamos a dejar morir a nuestras amigas? El fuego avanza hacia aquí. Si estuviéramos en su situación querríamos ser ayudados —insistió el Joven Conejo.

Todos callaban. Estaban nerviosos porque no había mucho tiempo para tomar la decisión. Entonces un conejo de más edad intervino:

—Tal vez cambie la dirección del viento y las llamas no vengan hacia este lado del bosque. 

—Sí, pero lo que dices no sabemos si va a ocurrir. Si no ocurre morirán. No podemos abandonar a las ardillas a su suerte —le respondió el Joven Conejo. 

Otro conejo de mediana edad, dijo con tranquila y suave voz:

—No, a su suerte no. Dios no abandona a su suerte a ninguna de sus criaturas. Dejemos que decida Él. Él sabe bien qué final le toca a cada cual.

—Ya, pero ¿Y si Dios no existe, compañero? —le contestó el Joven Conejo—. Si no existe seremos responsable de la muerte de esas pobres. Y yo me sentiría muy mal sabiendo que pude salvarlas y no lo hice ¡Apartemos entonces la piedra de la entrada!

Así dijo, pero ningún conejo se movió. Seguían en silencio, llenos de miedo. Cada vez tenían menos tiempo. Afuera, las ardillas desesperadas intensificaron sus reclamos mientras se escuchaba el fuego cada más cerca. Los conejos se miraban indecisos y acobardados a pesar de las palabras que el Joven Conejo había pronunciado para convencerlos. 

—Supongamos, joven, que las dejamos entrar —comenzó de nuevo el Conejo Líder— ¿No nos arriesgamos a que se corra la voz en el bosque y que otros animales quieran igualmente entrar? ¿No nos arriesgamos a que, como ya dije, no haya espacio ni víveres para todos? Además si el tiempo de incendio se prolonga y los que entran nos superan en número ¿No se sentirán más fuertes que nosotros y querrán quitarnos todo lo que tenemos cuando, sin poder salir, pasemos hambre? Ya dije que no podemos arriesgarnos.

—¡Pues yo opino que no deben entrar! —gritó de repente un conejo desde el fondo de la madriguera. Otros dijeron lo mismo. Parecían muy enfadados.

—Compañeros y compañeras, las ardillas morirán entonces sin tener culpa.  El hombre daña los bosques y provoca los incendios ¿Qué culpa tienen las ardillas de que el hombre sea tan irresponsable? —dijo el Joven Conejo.

—¡Tampoco nosotros tenemos culpa! —vociferó de nuevo el conejo del fondo—. Además no es culpa nuestra que las ardillas hayan elegido vivir en los árboles y no bajo tierra, más protegidas. En otras lugares del mundo dicen que tienen hermanas que cavan la tierra y hacen madrigueras igual que nosotros.

Esto dijo y la mayoría de conejos pensaba igual.

—Sí, pero siguen sin tener culpa -volvió a contestar el Joven Conejo—. Las ardillas de nuestro bosque son una especie de ardilla que salta de rama en rama. Los árboles han sido durante miles de años sus hogares naturales, como nuestros son las madrigueras. No han elegido vivir en los árboles. La naturaleza dice dónde debe vivir cada cual.

Cada vez que el Joven Conejo terminaba de hablar todos se quedaban callados. Entonces empezaron a escuchar a las ardillas gritar aterrorizadas. El fuego estaba ya muy cerca de ellas, pero los conejos no querían aún dejarlas entrar, no querían hacer caso de las razones del Joven Conejo.

—¡Compañero! —volvió a hablar el Conejo Líder—. Eres muy joven y por eso ignorante del daño que en el pasado nos han hecho las ardillas. Son un verdadero mal para nosotros. Nuestras colonias podrían haberse desarrollado mucho más de no haber convivido con esta clase de ardilla. Las ardillas voladoras han devorado durante años casi todos los frutos colgados en los árboles impidiendo que cayeran aquí en tierra para poderlos comer nosotros. Siempre fue así. Las ardillas voladoras son muy egoísta por naturaleza.

—Yo pienso igual -gritó de repente el conejo del fondo—. Por eso el Joven Conejo no tiene derecho a pedirnos que salvemos a las ardillas cuando ellas siempre nos han quitado el alimento. Pedirnos que seamos comprensivos con ellas es injusto ¿No será que necesitará él estar unos años fuera de nuestra colonia y convivir con sus amigas para ver que tal le va? Quizás así deje de ser tan estúpidamente solidario ¡Que se vaya con ellas! Seguro que volverá pronto con la cabeza gacha, arrepentido y haciendo más caso de las palabras de nuestro Conejo Líder. También será más agradecido y amoroso con todos nosotros que le hemos visto nacer, le hemos cuidado y le hemos alimentado desde que era una cría.

La gran mayoría aplaudió el discurso. El Joven Conejo ya no supo qué responder. Era imposible convencerlos. Se sentía triste y con ganas de llorar al pensar en el final que les esperaba a las pobres ardillas. También se sentía avergonzado creyéndose egoísta respecto de la comunidad de conejos que siempre le había ayudado en la vida.

Entonces un conejo que todos conocían tomó la palabra. Era el Viejo Conejo, el más viejo de la colonia, y quizás por ello, el que más había sentido y padecido en la vida. Pese a no ser el líder, todos lo respetaban y solían hacer caso de sus sabios consejos:

—Nuestro joven compañero no tiene de qué avergonzarse. Él es noble, valiente y justo. Todos los que aquí estamos, existimos gracias al resto de criaturas del bosque, tanto animales como plantas. Nuestra vida y muerte es necesaria para que exista todo el ecosistema. Si una especie se extingue se extinguirán poco a poco todas las demás del ecosistema. Tenemos pues que proteger también a nuestros diferentes, a las demás especies, incluso en momentos tan difíciles como los de ahora. Ellos son ardillas; nosotros, conejos; pero en algo somos iguales: pertenecemos a la misma cadena de seres vivos que nos da existencia y nos mantiene aquí en la Tierra como especies. No destruyamos nuestra unión natural ¡Dejemos entrar a esas pobres que nos piden ayuda y pensemos luego en cómo resolver los problemas que aparezcan! El miedo al futuro nunca sirvió para nada.

Así habló y nadie le llevó la contraria.

La piedra en la entrada de la madriguera fue entonces rápidamente apartada y las ardillas entraron felices.

David Galán Parro

18 de junio de 2024

Las ardillas

El incendio había comenzado al mediodía y no había dejado de extenderse. Las llamas saltaban de árbol en árbol sin que nada pudiera detenerlas. Las criaturas del bosque estaban horrorizadas. Lo único que les quedaba era huir de aquel infierno que parecía salido de las mismas entrañas de la tierra.

Atardecía pero la noche fue anticipada por el humo.

Las ardillas voladoras habían conseguido escapar y en su huída habían dado con la entrada de una madriguera ocupada por una colonia de conejos. Como una piedra impedía el paso empezaron a pedir ayuda a los de adentro. Estos, en silencio, escuchaban los ruegos sin atreverse a darles paso, pese a que sabían que su madriguera era el único lugar seguro en que podían salvarlas.

Entonces los conejos se reunieron para tomar una decisión:

—Compañeros y compañeras —comenzó el conejo que parecía ser el líder— Tenemos que valorar las consecuencias de nuestra insoslayable decisión. El espacio de nuestra madriguera y los víveres de los que hemos hecho acopio para sobrevivir son limitados. 

—Son limitados, es verdad —dijo un conejo más joven—, pero no escasos.

—Cierto, pero no sabemos cuántas ardillas están fuera pidiendo entrar —repuso el Conejo Líder— Quizás sean tantas que no haya espacio ni víveres para ellas y nosotros. No podemos arriesgarnos.

—¿Y vamos a dejar morir a nuestras amigas? El fuego avanza hacia aquí. Si estuviéramos en su situación querríamos ser ayudados —insistió el Joven Conejo.

Todos callaban. Se sentían increpados en sus conciencias, impelidos a decidir en uno u otro sentido. Entonces un conejo de más edad intervino:

—Tal vez cambie la dirección del viento y las llamas no vengan hacia este lado del bosque. 

—Sí, pero confiar en que se realice esta posibilidad es igualmente abandonar a nuestras amigas a su suerte —le respondió el Joven Conejo.

Otro conejo de voz meliflua y trémula, también de mediana edad, apostilló:

—No, a su suerte no. Dios no abandona a su suerte a ninguna de sus criaturas. Dejemos que se haga su voluntad. Él sabe qué le toca a cada cual.

—Siguiendo tu razonamiento, compañero —le contestó el Joven Conejo—, si somos sus criaturas, somos creaciones de su voluntad en todos los sentidos, de manera que nuestros pensamientos, nuestra conversación y la decisión final que se tome es igualmente voluntad de él. Yo soy ateo y no creo que voluntad divina alguna se encuentre en los hechos del mundo. Pero si yo fuera escéptico tampoco consideraría este momento pertinente para enfrascarme en tales disquisiciones: determinar si nuestros actos se gobiernan por voluntad propia o divina es irrelevante ya que a fin de cuentas si por una u otra fuera, a la decisión final que se tome poco le importa quien la maneje, En cambio, como ateo que soy, sí me sentiré responsable del resultado de las decisiones que yo mismo adopto. Luego, yo no quiero lamentarme por mi falta de decisión… ¡Apartemos de una vez compañeros esa piedra que impide el paso a nuestras infelices amigas!

Así dijo, pero nadie se movió. Un nuevo silencio se hizo, calibrador y apremiante. Afuera los reclamos de las ardillas se intensificaban por la desesperación. De fondo un rumor continuo insinuaba el fragor crepitante que se acercaba. Los conejos se miraban con estupor, desconcertados, acobardados, pese a los argumentos ya vertidos.

—Supongamos, joven, que las dejamos entrar —comenzó de nuevo el Conejo Líder— ¿No nos arriesgamos a que se corra la voz en el bosque y que otros animales pretendan igualmente entrar? ¿No nos arriesgamos a que, como ya dije, no haya espacio ni víveres para todos? Además si el tiempo de incendio se prolonga y resulta que nos superan en número aquí dentro ¿No verán en esta circunstancia una ventaja para amotinarse y hacerse con todo lo que nos pertenece? No podemos tomar una decisión tan a la ligera.

—¡Pues yo opino que no deben entrar! —soltó enardecido un conejo al fondo del espacio horadado. Otros secundaron con inusitada brusquedad la opinión.

—Compañeros y compañeras, las ardillas morirán entonces sin tener culpa de la irresponsabilidad del hombre que daña los bosques y provoca los incendios —replicó el Joven Conejo.

—¡Tampoco nosotros! —vociferó de nuevo el del fondo— Además no es culpa nuestra que hayan elegido vivir en los árboles y no bajo tierra, a buen recaudo. En otras regiones del mundo dicen que tienen hermanas que igual que nosotros, cavan la tierra y hacen madrigueras —la mayoría muy crispada empezaba a suscribir interiormente este discurso por entero.

—Sí, pero siguen sin tener culpa: las ardillas de nuestro bosque son una especie de ardilla voladora, que salta de rama en rama. Los árboles han sido durante miles de años sus hogares naturales, como nuestros son las madrigueras. No han elegido vivir en ellos. La naturaleza determina lo que es de cada cual.

Cada argumento del Joven Conejo golpeaba la conciencia de todos, enmudeciéndolos.  Ahora las ardillas habían empezado a gritar horrorizadas a la par que el rumor de fondo se hacía más audible, más parecido al rugido del fuego que abstraía. El miedo en los corazones de los de dentro era cada vez mayor y no iban a cejar en sus argumentos a la contra del Joven Conejo.

—¡Compañero!—volvió a intervenir el Conejo Líder— Tu inexperiencia te hace ignorante de la historia de perjuicios que nuestras vecinas las ardillas nos han infligido durante años en el bosque. Son un verdadero mal para nosotros. Nuestras colonias podrían haberse desarrollado más ampliamente de no haber convivido con esta clase de ardilla que siempre fue una plaga para nosotros. La ardilla voladora ha devorado sin mesura el fruto colgado en la rama de los árboles impidiendo su caída para recogerlo nosotros aquí en tierra. Siempre fue así. La ardilla voladora es absolutamente egoísta por naturaleza.

—Igual pienso —declaró de improviso el conejo más exaltado— Por eso me resulta insultante ver ahora a este joven pedir que seamos comprensivos con las ardillas ¿No será que necesitará él estar unos años fuera de nuestra colonia y convivir con sus amigas para que compruebe en carne propia que tal le va? Quizás así la práctica de su convivencia con ellas desmienta su discurso solidario. Lo veo regresando pronto con la cabeza gacha, convertido en el defensor más recalcitrante del sentido común de nuestro líder y, ojalá también, con los sentimientos más claros y firmes respecto de la comunidad que le vio nacer, que le ampara y le alimenta.

La mayoría aplaudió el discurso. El Joven Conejo no supo qué responder. Por vez primera dudó de sus convicciones. Un sentimiento de vergüenza, de indignidad y de culpa se asomaba sutilmente en su interior ¿Por qué en sus convicciones anteponía el interés de las ardillas al de sus propios compañeros, al de su verdadera familia? ¿Por qué escuchaba mejor a su razón que a su corazón en relación a los intereses de los suyos? ¿Qué extraña traicionera era su razón?

Entonces una voz que a todos era familiar tomó la palabra. Era la voz del Viejo Conejo, el más viejo de la colonia, y quizás por ello, el que más había sentido y padecido en la vida. Su entrega por la comunidad era indiscutible. Nadie podía reprocharle falta alguna:

—No llenéis de vergüenza a nuestro joven compañero. Su pretensión es noble y valiente. Todos los aquí presentes, existimos gracias a la existencia del resto de criaturas del bosque, sean de índole animal o vegetal.  Nuestra vida y muerte particular, se dé en condiciones apacibles o violentas, es necesaria para la existencia de un todo superior que nos trasciende llamado ecosistema. La extinción absoluta de una especie implica fácilmente la extinción, más temprano que tarde, del resto de especies que componen ese todo. Tenemos pues que proteger también a nuestro diferente, incluso en circunstancias como las presentes, tan difíciles para nuestra colonia. Ellos son ardillas; nosotros, conejos; pero algo nos iguala: el hecho de pertenecer a una misma cadena de seres vivos que nos da existencia y nos mantiene aquí en la Tierra como especies. Nos destruyamos por circunstancias accidentales y pasajeras nuestro nexo universal. Hagamos pues entrar a esas pobres que nos reclaman y pensemos luego en cómo afrontar los problemas que aparezcan. El miedo al futuro incierto nunca fue buen consejero.

Así habló y nadie pudo replicarle.

La piedra en la entrada de la madriguera fue rápidamente retirada.

David Galán Parro

18 de junio de 2024

La escritura liberada

Me encuentro con el siguiente texto en un foro de aficionados a la escritura en el que participo:

«¿Dónde estará la escritura que dibuje esa sensación, mezcla de asombro y miedo con diques de respiración? Viene uno a nacer en el filo de una época, y de ahí con el pesado equipaje del equívoco ciego que oculta los ilimitados horizontes humanos, alimentamos la mentira, uniformando los profundos caminos del pensamiento y de las emociones devaluados, falsos, inexistentes.

Seguir escribiendo hasta poder alcanzar las imágenes esquivas de una parte del océano fundamental del estar en la cuerda inexplicable del mundo.

Poder alcanzar la escritura que libere la respiración contenida. Encontrar la escritura donde descansar de la agobiante descarriada realidad. Escribir como niño que va veloz entre el sol y el viento en una bicicleta roja brillante, hermanado de los árboles. LLegar a escribir descarnado del ego, descarnado de falsas e inexistentes candilejas.

Una noche cualquiera la libertad transparente tomará el control de las manos, entonces ya no habrá como respirar sin escribir las posibilidades de existir.»

Pablo Arciniegas Ávila

NOTA: Pinchar aquí para leer más del autor.

Este hermoso texto de uno de los miembros del foro le da delimitación y sentido al acto de la escritura. Mi encuentro con el texto se produce una mañana en que estoy viendo conmocionado, un documental sobre la barbarie mundial que perpetraron Alemania, principalmente, y otros países avanzados e imperialistas; me encuentro con él y me habla, en contraste, sobre la grandeza del espíritu humano en su búsqueda, en sus preguntas y en su necesidad creativa. El texto me reconforta y me devuelve la esperanza.

Ahora yo, frente al texto, quiero encontrar significados y me propongo un procedimiento, quizás algo especulativo, que me estimule y ayude. A fin de cuentas un lector no es más que alguien que toma a su manera el testigo que le brinda el escritor. He de respetar, valorar y cuidar el testigo que me es dado.

Siete ideas claves sobre el acto de escribir creo extraer en la lectura del texto:

– La incertidumbre que se presenta en el acto de escribir: «¿Dónde estará la escritura que dibuje esa sensación, mezcla de asombro y miedo con diques de respiración?»

– La necesidad de reflexionar sobre la vida, profundizarla y ampliarla espiritualmente por medio del acto de la escritura, pese a que tenemos en contra una sociedad convulsa y alienante: «Viene uno a nacer en el filo de una época, y de ahí con el pesado equipaje del equívoco ciego que oculta los ilimitados horizontes humanos, alimentamos la mentira, uniformando los profundos caminos del pensamiento y de las emociones devaluados, falsos, inexistentes.»

– La obligación, la cruz y la gloria, que le es dada al escritor de perseverar en su acto creativo: «Seguir escribiendo hasta poder alcanzar las imágenes esquivas de una parte del océano fundamental del estar en la cuerda inexplicable del mundo.»

– La liberación, reducida a veces a una sensación de alivio físico, psíquico y moral, que nos depara el acto de escritura: «Poder alcanzar la escritura que libere la respiración contenida. Encontrar la escritura donde descansar de la agobiante descarriada realidad (…)»

– La necesidad del acto de escribir como necesidad que brota espontánea y que es primigenia, natural y consustancial y que se ejecuta con disfrute infantil: «Escribir como niño que va veloz entre el sol y el viento en una bicicleta roja brillante, hermanado de los árboles.»

– La necesidad del acto de escribir como necesidad que carece de sentimientos de vanidad y trascendencia social: «Llegar a escribir descarnado del ego, descarnado de falsas e inexistentes candilejas.»

– El acto de escribir sustanciado, hecho sujeto activo de sí mismo y liberado al fin de las propias limitaciones que le impone el escritor alienado y rendido al poder del mercado; el acto de escribir convirtiéndose en el verdadero creador de la vida nueva y libre; el acto de escribir con su propio sentido histórico socialista: «Una noche cualquiera la libertad transparente tomará el control de las manos, entonces ya no habrá como respirar sin escribir las posibilidades de existir.»

David Galán Parro

15 de junio de 2024

El eterno sudario

Se arrojó desesperada al mar para borrarse, pero una bandada de ánades le negaron en el último momento esa definitiva derrota.

Ahora el día contempla su labor constructora; la noche, su operación inversa. Teje y desteje incansable en su aposento.

El ciclo que se postula infinito ha transfigurado el amor imposible y la heroicidad más allá de su objeto, en unas manos que rehuyen el ultraje de los pretendientes retornando incesantes al alba a uno y el mismo sudario.

Ya no contempla el regreso del amado, pero el ciclo simétrico pervive unánime en cada singladura con la que él se le allega.

Mientras la asedian, la esquilman, la quieren traidora.

¿Qué objetiva la mujer entonces en ese sudario siempre inconcluso? Su inexcusable fidelidad a sí misma, su rebeldía precursora, su libertad.

12 de junio de 2024

David Galán Parro

Reencuentro

a Carlos Martín Vega

Fuiste mi pupilo con ocho años

 y hoy alcanzas los veinticuatro.

Eres dos puntos:

uno, vívido recuerdo; otro, compacta presencia.

En medio, nada. 

Así dictó la vida que fueras para mí 

y así te reconozco.

No tengo otras referencias

en este inusitado reencuentro.

Como profesor confieso

que poco te di:

me limité a repetir caminos.

Nada de lo que te ofrecía era mío

porque ni tan siquiera 

tuve la audacia de tenerme.

Ahora es tarde.

A través de ti siento

el vértigo de un tiempo

que se precipita despiadado;

y también una cierta rendición de cuentas:

tu presencia interroga a mis años.

¿Qué has hecho hasta hoy?

¿Qué has perseguido con denuedo?

¿Qué me traes de vuelta?

¿Cuál es tu verdad?

Dame una al menos, me gritas.

Y solo soy

una tediosa indolencia

un balbuceo vanidoso,

trazos perdidos,

teselas dispersas.

Antaño me reía

de tu pueril ilusión

a rebasarme en altura;

de tu sueño febril en la Noche de Reyes;

de las alegrías que te procuraba

tu boca mellada a plazos.

Hoy,

de aquella risa primaveral, 

esta sombra de otoño;

de aquella leve despreocupación,

este grave y tardío desafío:

el de ser hasta el fin,

tu amigo.

David Galán Parro

5 de junio de 2024

Anotaciones a «Límites» un poema de J.L.Borges

Límites

Hay una linea de Verlaine que no volveré a recordar,

hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,

hay un espejo que me ha visto por última vez,

hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.

Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)

hay alguno que ya nunca abriré.

Este verano cumpliré cincuenta años;

la muerte me desgasta, incesante.

ANOTACIONES

-El poema es una enumeración de hechos particulares.

-Los hechos enumerados no parecen tener relación entre sí, dado que en ellos participan objetos de muy diversa índole.

-Esos objetos son: una línea de Verlaine, una calle próxima, un espejo, una puerta y un libro de su biblioteca.

-Entonces ¿por qué esos objetos se puedan poner en relación? Primero, porque son objetos que pertenecen al mundo objetivo del poeta; y segundo, porque son objetos que ya no pueden relacionarse con el poeta, quedan fuera de su vida, y en tanto fuera de su vida, son límites determinados por algo que no se repetirá, que no acontecerá de nuevo, que muere.

-Como en la vida todos los hechos tienen una última vez de ahí que el poema se cierre con el verso: «La muerte me desgasta, incesante»

-El recurso entonces que ha utilizado Borges es hacer una enumeración de elementos particulares aparentemente sin relación y dejar para el final la expresión de su determinación común esencial.

-Otro recurso con el que Borges consigue anchura y amplitud en su poema se encuentra en el hecho de que los objetos seleccionados de su mundo objetivo son objetos muy separados entre sí en tanto se relacionan con el poeta en momentos cotidianos distantes en el espacio o el tiempo. Eso procuran la sensación al lector de que se encuentra en un espacio junto al poeta, rodeados de un mundo amplio de acciones cotidianas. A este efecto contribuye ese recurso recurrente de Borges de representarnos el todo refiriéndose a algunas partes situadas discreccionalmente.

3 de junio de 2024

David Galán Parro

Sobre el narrador en primera persona

Cuando he narrado en primera persona me he encontrado con un problema insoslayable. 

Narrar en tercera persona implica la ausencia de un personaje-narrador, mientras que narrar en primera persona implica la presencia de un personaje-narrador. En la tercera persona el narrador es una forma vacía de conciencia; en la primera, contiene una conciencia. Esta es una diferencia decisiva. Luego nos encontramos ante un problema: Si todo personaje debe establecer una relación de verosimilitud con el modelo o modelos de los que proviene fuera del ámbito de la ficción, esto es, debe tener unas características psicológicas verosímiles y unos comportamientos que obedezcan a la ley de causa-efecto de la realidad objetiva ¿no estará su modo de expresarse determinado por esa conciencia modelo de la realidad objetiva de la que proviene?

Comienzo a leer el relato En tierras bajas de Herta Müller y me encanta la sencillez y a la vez dureza de su prosa pero advierto que quien cuenta la historia es una niña. Inmediatamente me asalta la contradicción y avanzo con inusitada sospecha por las páginas del libro. No me cuadra el modo de expresarse del personaje atendiendo a la edad que se le prefigura ¿Está obligada la autora a hacer verosímil la manera de expresarse de su personaje en primera persona?

Algunos amigos intelectuales resolverían mi duda diciendo que el arte no debe copiar la realidad objetiva exactamente. Para copiar la realidad objetiva ya está la realidad objetiva misma ante nosotros. Eso dirían. Pero ¿No impone la realidad objetiva su ley de causa-efecto natural a la historia literaria? Y si esto es así ¿No se aplicará esta ley a todo hecho objetivo o subjetivo representado en la historia? Es verdad que siempre podemos, como creadores de historias, lanzar una piedra al vacío y hacer que quede suspendida o volando libre; o hacer que un personaje se alegre sobremanera por la muerte de su ser querido. Pero ¿No nos reclama nuestra razón una explicación a esta falta de relación entre hechos, una explicación extraliteraria, la presencia de una ley de causa-efecto natural? A veces, la resolución de una historia no es más que una explicación que ajusta la lógica de la ficción a la lógica natural de la realidad objetiva.

Pero entonces ¿por qué la escritora rehuye la resolución de esta contradicción en el modo de expresarse de la protagonista narradora del relato? ¿Qué argumento podrá esgrimir que explique este rehuir?

Yo, de momento, elijo acercar el modo de expresarse del narrador protagonista lo más posible al modo de expresarse del modelo o modelos sin menoscabo de mi estética literaria.

A fin de cuentas toda decisión (en este caso narrar en primera persona) conlleva inevitables renuncias.

David Galán Parro

2 de junio de 2024   

El consuelo

No debería ser un drama para mí.

En la cruz que dio muerte a Cristo,

en la filantropía y la espada  de Trajano,

en la castidad del hidalgo que se armó caballero, 

en el vientre de Carlota ante el cadáver de su amante suicida, 

en los talismanes de un escritor argentino ciego,

en la ardua laboriosidad que se impuso Tesla,

en un tío abuelo mío que volvió de las trincheras enloquecido,

en los niños por su propio hambre devorados,

en la metralla o el plutonio que arrasa primaveras,

en cualquier otra circunstancia o cosa que lo niegue

nunca estuvo o estará.

Por eso ya acepté

que no llorará por mis siete duros años en Ogigia,

que no consolará a su madre y mi esposa,

que no buscará noticias de mí en Pilos ni Esparta,

y que a mi lado su espada no exterminará pretendientes.

Porque no es un drama

que lo que no fue ni será en mis días

me reproche su orfandad en mitad de la noche.

30 de mayo de 2024

David Galán Parro

Ancianos profundos

Estoy en clase ante la monótona docena de alumnos y alumnas de siete años a los que les imparto Lengua y Literatura. Acarreo con un pedazo colectivo de la inteligencia humana a mis espaldas. Necesitan de mi victoria, necesitan de mis fuerzas ilimitadas. No puedo zozobrar y, con ello, hundir el entusiasmo de sus crecientes ansias de conocimiento.

Leemos un viejo cuento ruso. Su autor, Leon Tolstoi, ya vivirá para siempre en la memoria futura de los hombres. En la historia que narra, un pequeño perro es arrojado a la jaula de un león para que éste se alimente.  Su suerte, decidida por los dueños del zoo, no transita lo previsto. La magia del giro literario opera, como el milagro que solo a un creador divino le es dado conceder, la salvación: el perro y el león pues traban amistad.

Lucha en nosotros, lectores, esa tensión que nos depara admitir que estamos a expensas de lo inexplicable y que el regreso a la lógica de la Naturaleza no tiene otra solución que la sangre final. Tolstoi se guarda para nuestra deleitosa incertidumbre, nuestro dulce desasosiego, el porqué del hecho que hace temblar aparejados dentro de la jaula a la fragilidad y la fuerza en un inusitado equilibrio que presumimos quebradizo. 

Pero el incalculable escritor nos devuelve con otro inesperado hecho, con otro giro, la lógica natural perdida: al cabo de un año de convivencia monstruosa el perro muere por una enfermedad. 

En el león se suceden entonces la confusión, la falta de aceptación, la impotencia, el dolor, la tristeza, el desamparo. No es una bestia. Es el trasunto de un hombre al que las poderosas fuerzas de la Naturaleza le han arrancado lo que más ama.

En este punto de la historia, mis alumnos respiran compungidos. Alguno aguanta las lágrimas. La vergüenza ayuda a ello. La historia sigue.

En mitad de la devastación del león, los propietarios del zoológico improvisan una solución urgente. Dan al león otro perro con el fin de restituir la pérdida. La solución se hace vana: el león lo despedaza y lo devora.

Miro a mis alumnos y presiento en sus mentes la confusión de este tercer giro. No saben que ésta es universal. Es la confusión que nos alcanza cuando somos testigos o protagonistas de hechos en los que se manifiesta la lucha entre necesidad y libertad. Quieren ver en la fiera un acto determinado por su voluntad, por motivos morales y no por la mera necesidad. Repito: no lo saben, pero ahora se enfrentan a la contradicción, como lo harán, una y otra vez, en el decurso de sus vidas azarosas e inciertas.

Uno de ellos, un alumno que me suele recibir con aparente frialdad, sin mucho entusiasmo, acaso midiendo el grado de manifestación de sus emociones, me escucha con sus ojos azules expectantes. Bulle el prodigio de su mente.

—El león no mató y devoró al primer perro —empiezo— No sabemos por qué. Al segundo, sí ¿Por qué lo hizo?

—Porque tenía que comer—me responde él.

—Entonces ¿Puedo decir que el león quiso comerse al segundo perro?

—No. Que tuvo que comérselo.

Vuelvo a pensar que tiene siete años mi alumno y que ya vislumbra que hay actos en la vida que no elegimos. 

Las palabras iniciales de Oda a la edad de Neruda, me vienen al recuerdo y de nuevo me estremecen corroboradas por mi experiencia docente:

«Yo no creo en la edad

Todos los viejos

llevan

en los ojos

un niño,

y los niños

a veces

nos observan

como ancianos profundos.»

28 de mayo de 2024

David Galán Parro

El nacimiento del coraje


Los sonrosados dedos de la aurora tantean el vellón de oveja que lo cubre y se allegan sigilosos a los párpados cerrados. Son los del caro hijo de Odiseo que duerme en su aposento. La luz primera le reclama para el inicio de la gesta. Están madurando su sangre y su carne aún y se fragua la idea de la espada mortífera en él. Abre entonces sus ojos desbordados por la claridad doliente y mira hacia el horizonte que espejea enmarcado en el vano, desnudo de cortinas, que da al balcón. Reconoce en esa desnudez el vestigio del paso mañanero de la leal y digna Euriclea aprontada por el canto del gallo al que las pausadas bestias, que ahora ve pastar a campo abierto, no consideran. «Quien fuera ellas» se dice y casi a la vez se reprocha estas palabras de leve cobardía. Va desperezándose. Abajo, en el patio, se oye el trasiego de sirvientes y heraldos preparando el saqueo festivo de los pretendientes, prestos a refocilarse en la devastación de la hacienda familiar. Ya han sido descubiertas las noches de insomnio aparejadas a las suyas, en una habitación contigua: entre dos antorchas y excitada por el frenesí del desteje de un sudario interminable intentaba alcanzar el alba, ella, la asediada, la embaucadora, la viuda, la futura hija desposada de Icario: su madre. Y sabe que el descubrimiento ha enervado los apetitos obscenos que les cercan. Algo le alivia: la posibilidad de que el vaticinio, que en la víspera pronunció el sabio Mentes, se cumpla. Imagina entonces al padre extraviado en la puerta de entrada de la casa, como un ser de trasmundo renacido, blandiendo terrible sus dos lanzas. «Ese día —piensa—- ansiarán los insolentes más la ligereza en sus pies huidizos que todo el oro y los vestidos del mundo» y en el pensamiento se cobija su esperanza. 

Vuelve a mirar la intangible linea y se pregunta qué abstrae, qué se contiene invisible en ella ¿Una isla perdida en mitad de las abruptas olas reteniendo la vida o los despojos de él? ¿Un abismo en cuyo lecho arenoso descansa el espolón que precedió al desventurado en el momento final? 

¿Dónde está él, su padre? ¿Cómo convertir la incertidumbre que deja su ausencia, en aliento y coraje? ¿Cómo parir de las propias entrañas al hombre futuro que peleará junto al hombro paterno para vindicar el ultraje?

Toma la blanca túnica y la ajusta firme al torso. Luego coge la espada y se la cuelga al hombro. Después se calza con sandalias los pies. Ensimismado hace maquinalmente estas operaciones y así se descubre. Una lánguida ansia le trepa pecho arriba. Avisa a los heraldos y estos vociferan convocando a todos. Se encamina al ágora. Despega de la columna en que reposan las lanzas del ausente, la suya de bronce. A mitad de trayecto acuden a su encuentro dos fieles perros que le flanquean acompasados. Es la imagen del terror venidero tocada por la gracia divina.

Siente el miedo, el vértigo del momento crucial. Prevé una áspera asamblea mientras ensaya interiormente sus argumentos. Un nudo ardiente se aprieta a su garganta. Lágrimas de impotencia quieren asomar. Las fuerzas no le asisten.  Aún no sabe que todo lo que siente es parte de la lenta agonía de una crisálida.

El sitial le espera, desocupado por la suerte del padre. Los ancianos le ceden respetuosos el lugar, acaso porque la sabiduría intuye que el día presente prefigura la justicia que se avecina, la venganza.

David Galán Parro

27 de mayo de 2024