Una mosca en el cristal. Tras el cristal se desliza el paisaje soleado. Gritan y cantan los niños en la guagua escolar. La mosca asciende por el cristal, cae y rebota con desesperación de mosca. Está en el cielo y a la vez no está en él, deformada su posibilidad de vuelo en un errático caminar por algo que le es invisible. Si el cielo es el hijo de sus alas ¿quién se lo niega? Tienta con sus nerviosas patitas un intento de fuga. Los niños no dejan de cantar, indiferentes a su desgracia. Los profesores exigen silencio en vano. La mosca también sorda a esta demanda, a cualquier demanda, ya tiene con lo suyo: escapar y recuperar al hijo de sus alas. Yo quiero imaginar que al menos lo imagina…
Estoy consignando irremediablemente este hecho que observo. Es un balbuceo errático. Solo puedo hacer eso, desesperado por las preguntas sin respuesta en mi vida, desesperado por el cristal. Acaso sea la única manera en cómo puedo volar. No sé hacer otra cosa. Soy el buscador de historias, el escritor, algo parecido a la mosca que contemplo.
Esto que escribo es la estela de ese vuelo feliz que sólo me es posible: el vuelo imaginado que me salva y que a nadie importa.
«Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, el hielo adornaba los bordes de los techos, los niños esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por las calles heladas como grandes osos negros.
Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como si alguien hubiera abierto de par en par la puerta de un horno. El calor latió entre las casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó a fundirse. Las puertas se abrieron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres se despojaron de sus disfraces de osos; la nieve se derritió, descubriendo los viejos y verdes prados del último verano.
El verano del cohete. Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas. El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida. El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez más rojo. El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes.
El cohete creaba el buen tiempo, y durante unos instantes fue verano en la tierra…»
El verano del cohete de Ray Bradbury
Narrador
Narrador que no participa en la historia, extradiegético.
Narrador que solo se refiere a hechos exteriores a la conciencia de los personajes, es decir, que se refiere al mundo objetivo y no entra en el mundo subjetivo de los personajes.
Personaje
Los habitantes del pueblo de Ohio. Personaje Colectivo. Acción colectiva de los personajes. Ningún individuo se destaca de la colectividad.
Argumento de la historia
Un cohete va despegar de una plataforma de lanzamiento que esta situada cerca del pueblo de Ohio. Despide de sus reactores nubes de fuego y calor de horno. Este hecho provoca en el pueblo, que se encuentra en periodo invernal, un repentino calor que torna el paisaje invernal y las costumbres de invierno de sus habitantes en paisaje veraniego y en costumbres de verano.
Presentación de la historia
En orden invertido, primero las consecuencias, luego la causa. Esto hace aparecer el Dato Escondido. Pero el dato no es absolutamente escondido. En diversos momentos del discurso se intercala la enigmática expresión que le da titulo al capítulo: El verano del cohete. Esta expresión circula en el discurso narrativo como expresión popular de los personajes que va de boca en boca y como anticipación del dato escondido: el inminente despegue del cohete.
La narración nos muestra con este hecho que otro hecho, el despegue del cohete, es ya harto conocido por los habitantes del pueblo y por ello, no es un hecho puntual, sino habitual e integrado en la vida del pueblo. Por eso adquiere sentido la presencia de la expresión El verano del cohete en el discurso narrativo.
Tema y Manifestación del tema en la historia
La contradicción Costumbres sociales / Condiciones materiales de existencia. Las segundas determinando a las primeras. Este tema se manifiesta en el hecho de la repentina transformación de las costumbres de los habitantes del pueblo en el momento en que el cohete va a ser lanzado.
La contradicción Naturaleza / Tecnología. Las segunda determinando a la primera. Este tema se manifiesta en el hecho de la repentina transformación del paisaje natural y urbano del pueblo en el momento en que el cohete va a ser lanzado.
La contradicción Realidad Poética / Realidad no Poética. Las segunda determinando a la primera. Este tema se manifiesta en el hecho de que un objeto, el calor sofocante que despide la nave y que se extiende hasta el pueblo, es metaforizado, se convierte en objeto de una metáfora expresada por los personajes mediante el sintagma «el verano del cohete».
Tengo ante mí, la tercera entrega de la saga Dos amigas titulada Las deudas del cuerpo. He salido, como en las entregas anteriores, convulsionado. Leer a Ferrante es asomarte al discurrir de la vida sin atenciones, ni juicios morales sobre ella ¡Cómo rehuyen sus páginas cualquier prurito ideológico o moral! Estoy ante una vida que transcurre en paralelo a la que habito y aprendo a que cómo esta, aquella no se presta al juicio moral absoluto, castrante, espurio.
Uno debe salir en su propia vida de todo lo que lo constriñe y lo inválida. Uno no debe abandonarse a lealtades, compromisos, objetivos, ideales, ajenos, y por ello falsos. Se te echarán encima los infames moralistas, los muertos en vida; todos, ellos carceleros de tu libertad conquistada. Sólo es verdad aquello que sientes y crees para ti necesario, y hacia allí te mueves. Y cómo aquello que sientes y crees necesario es cambiante, la verdad para ti cambia. Esto lo sabe y lo deja claro Elena Ferrante a lo largo de la saga. Sólo a alguien mínimamente sanado le penetra hasta la médula este mensaje.
La aún estrecha mente que tengo, heredada de relaciones que la sometieron a un idealismo limitante, a un autoritarismo moral, se confronta a las últimas páginas del libro en absoluto desconcierto. Le reclama ejemplaridad moral a Elena Greco, Lenù, personaje protagonista, a la que he acompañado desde los inicios de la saga. Pero Elena se ha desgarrado y se ha revelado en su más descarnada necesidad: la de sentirse libre. Ha estudiado, ha trabajado, ha esperado el amor, se ha implicado en las luchas sociales, hace aquello para lo que se preparó, tiene dos hijas, un matrimonio, en suma, ha sido el éxito esperado, y no obstante, al final de esa tercera entrega la vemos como una mujer insatisfecha, extraviada de sí misma, en estado deplorable. Me veo en sus carnes. Fui eso un día. Pero de repente, percibo en mí el consentimiento hipócrita del lector inmerso en una vida como la que ella me ha presentado, desapasionada y llena de contradicciones, -raro es el lector asiduo que no la tenga; Cervantes la entrevió en Quijano y le sirvió como punto de partida de su locura- Entonces, me siento comprometido, interpelado, casi culpable, a la vez que me revuelvo en su contra como un infame moralista más, cuando la veo conseguir el amor del hombre al que siempre amó a costa de la destrucción de su matrimonio, del sufrimiento de sus hijas, de su posición social, de su exitoso futuro profesional ¡Cómo me duele su renuncia, su fuga, su libertad, su poderoso egoísmo! Siento el dolor del marido que abandona y su terror a la soledad, al desamor, a todo hecho que ponga al descubierto, como dijera Hermann Broch, al hombre acomplejado, al impotente, al no-hombre. Siento la carencia de valentía que se pega a tantas decisiones importantes pospuestas a lo largo de la vida.
El libro nos interpela a todos, nos desenmascara. Brinda por la libertad de la mujer. Aterroriza a ciertos hombres aquejados de viril soberbia. Y sobre todo, destruye al completo cualquier corsé moral que queramos ponerle a la vida, cualquier corsé en el que se rotulen de forma absoluta palabras como amor, sinceridad, compromiso, trascendencia, plenitud,…
Quizá para dejar intacto de la devastación, cueste lo que cueste, lo más hermoso y esencial en la vida: la libertad.
Desbordado por los símbolos, les concedió primero la deplorable vida -en aberrante inversión contra natura-: siempre fue antes la vida y luego, el símbolo.
Luego la urgencia que procuraba el ultraje de esas vívidas formas creadas le impelía a darse vida en el caballero andante, con todos los elementos que habrían de tolerar su alucinada empresa -las potentes armas, el rocín, el fiel escudero-. Y así entre lo favorable y lo adverso proyectado por su imaginación, nacía, se confirmaba, con su ansia de gloria, a la vez, que se encaminaba hacia su propia claudicación.
En esos inicios fue el tenaz creador y el creado. Presumimos que en aquel íntimo parto escondido al juicio ajeno -tal vez, los restos de su lucidez así aconsejaban que fuera- tuvo su única y verdadera dicha en lo que le restaba de vida.
Ya, en el otro lado, en el delirio, perdido y con júbilo secreto, asumió vivir la inquina de sus enemigos, el desaliento del escudero, las lealtades, las traiciones, los desafueros ominosos, el sacrificio y el desamor.
¿Acaso no simpatizamos con esta historia?
¿No la estaremos replicando sin saber?
¿Acaso no nos concierne a todos nosotros, los ociosos hombres del mundo, esa inversión de la realidad que ella consiente?
¿Acaso no nos interpela a través de los siglos porque, como el hidalgo, también somos sus prisioneros?
Aún no era medianoche cuando ella le pidió ir a dormir antes de lo habitual. Solía hacerlo así para darle alguna comunicación desacostumbrada y porque era su modo velado de decir «vamos a hablar seriamente tú y yo, de mujer a hombre, en la intimidad» Aquellas indirectas a él le ponían nervioso y expectante. Reclinados sobre sus respectivas almohadas miraban con atención difusa lo que daban en el televisor asentado sobre la cómoda. La tensión espesaba el aire del dormitorio.
—Voy a hacer un voluntariado —dijo ella al fin.
—¿Sí?
—Sí. Algo que rompa mi rutina semanal y me obligue un poco a salir de casa. Madres en acción, se llama la ONG.
Se hizo una pausa. El televisor disparaba ahora un histriónico debate acerca de la traición que una madre, cantante de éxito venida a menos, había sufrido por parte de una hija adoptada. Ella apagó el aparato y soltó un leve soplido de alivio.
—¡Qué bueno, cariño! Creo que te vendrá estupendo —apuntaló él
—Sí, claro.
—¿Y qué harás?
—Visitar a niños huérfanos en los Hospitales Infantiles y acompañarlos. Algunos son tan pequeños que se necesita tomarlos en brazos para que sientan el calor materno. Hay un cuadrante de voluntarias e iríamos cubriéndolo. Una hora a la semana es lo mínimo que nos piden.
Cunas de patas esqueléticas con neonatos y en el suelo blanco impoluto pelones gateando o trastabillándose por todas partes aproximándose febriles a las firmes pantorrillas de ella; el olor del alcohol isopropílico sepultando el hedor de lo próximo a la muerte también por todas partes. Una tierna cara rosada asomando por una capucha entre sus brazos y llenando su pecho de júbilo maternal. Algo inexistente en su día a día.
—Te vendrá bien, cariño. Muchos niños necesitan de mujeres como tú. Hay mucho abandono en esta sociedad. Cada uno va a lo suyo y nada lo justifica. Alguno dirá, que es lógico que así sea por aquello de que se sobrevive más que se vive y…
Para ella, él hablaba y hablaba y hablaba y lo único que conseguía con su perorata era devolverle por dentro el resabio de su enquistada decepción: estaba comprometida con un niño pretencioso que medraba sin esfuerzo a costa de la familia, un inconsecuente de palabra y acto, un irresponsable sentimental. Hacia años que barruntaba, por el hecho de ser la mantenida, su soterrada autocomplacencia, su empoderamiento. Aquel circunloquio de burladero le iba empantanando hasta la exasperación. Él de pronto intuyó los viejos nubarrones y decidió rematar:
—…Así que me alegro. Te vendrá muy bien, cariño.
—¡Lo has dicho tres veces! Sé que me vendrá bien, lo sé, y por eso lo he decidido.
Aquel razonable discurso aburguesado de él ¡Cómo lo odiaba con sólo verlo venir! Él se quedó callado y luego dijo con actuada incredulidad:
—¿A qué viene esa dureza ahora?
—No es dureza. Es cansancio. Mucho cansancio.
—¿Cansancio?
—Sí, cansancio de escuchar tus discursos de concienciación social.
—¿Y qué otra cosa esperas que diga?
—Precisamente, Enrique, no espero nada. No te lo he pedido.
Él calló de nuevo. Calibraba una réplica para no estar absolutamente contra las cuerdas.
—Sabes que es mi manera de animarte en tus nuevas iniciativas, en tus intereses, quiero verte realizada, cariño.
Ella le miró y amusgó los ojos con reprobación.
—No. Esa no es la verdad. No te engañes y no me metas en tu engaño.
—Te estoy diciendo lo que siento. Es la verdad —insistió él.
—No. A cada cual le resuena el pasado según el rastro que deja su falta de decisiones, en tu caso, tu falta de cojones. Piensa a quién pretendes en verdad dar alivio con tu manera de animarme, y cómo lo pretendes… ¿Con un discurso moralizador acerca de lo bueno de tener una conciencia social en este mundo lleno de egoísmo? ¿A mí con eso? No, yo tengo mi conciencia muy tranquila, Enrique. No me vengas con lo que sabes que sé de sobra y menos para soportar una situación que elegiste tú. No tienes derecho a tomar ese papel.
—Pero… sabes que es mi manera de estar contigo en esto…
—No… no… no… —y con los ojos apretados, ella negaba con la cabeza como si cada palabra de él le desbordara— Tú hablas para tranquilizar tu conciencia, para eludir responsabilidades, para pasar falsamente página, para volver a tomar las riendas de todo, para recuperar tu ego, para colocarte en un lugar de poder y sentirte aliviado. Y no digo que no tengas derecho a hacerlo, pero no me hagas creer tu propio engaño. No te creas que tomo la decisión de ir al voluntariado por darle continuidad a mi antigua militancia de izquierdas. No va de eso. No va de conciencia política y lo sabes. Hace tiempo que tú y los tuyos me hicieron aborrecer la política.
—¿Por qué empiezas lo que no conduce a nada, cariño, por favor…? —dijo él vagamente compungido.
—Porque no mides lo que dices. Yo no estoy para escuchar: «estoy contigo en esto»—y afilando su mirada— ¿De verdad piensas que estar conmigo en esto, es echarme ese discurso manoseado sobre la entrega social que aprendimos en Ciencias Políticas juntos? ¿De verdad que esperas que me lo crea? Sé honesto, Enrique: a ti te importan un carajo esos niños huérfanos y lo que yo haga con ellos; lo consientes para mi distracción, para tu alivio, para seguir retardando lo que tarda…
—Es mi manera de apoyarte…
—¿Tu manera de apoyarme? Sabes bien cuál es la única manera en que puedes apoyarme. Pero aún te faltan muchos… pero muchos cojones.
—Lo intento, Gloria, sabes que lo intento, pero no es fácil… La situación no es fácil… —el tono era ya casi suplicante.
—¿Qué situación? La situación eres tú, Enrique. Tú y tu miedo. El miedo a no enfrentarte al animal de tu padre. Nunca lo has sentido en verdad tu enemigo, alguien a quién debías pararle los pies. No lo intentas ni siquiera. Estás cagado y no das el puñetazo definitivo. Has dejado que se impusiera a ti y que te impusiera su visión de mí; una visión de la que aún no escapas.
—¡Eso no es así! Yo no te veo para nada como él te ve.
—¿Ah no? ¿Y entonces cómo es que permites que suelte en petit comité delante de ti eso de «las extravagancias de la perroflauta esa» y tú apoquinas? Hace tiempo que tenías que haberle parado. Ahora está envalentonado y…
Él miraba abstraído hacia la penumbra que se hacía al pie de la cama. Allí había algo que no sabía decir si era calzoncillo o braga.
—…En verdad desearías, para evitar complicaciones, que yo fuera otra mujer, más práctica, más previsible, más manejable, menos idealista, más como él espera; mucho tarda ya en aceptar a la perroflauta esa ¿no crees?
La interpelación devolvió a Enrique a la realidad que le flagelaba. Dijo entonces:
—Sabes que he discutido mucho con él y que a mí también me duelen sus insinuaciones… —y lo dijo en un intento de zanjar la discusión. Pero ella no captó su intención y siguió ensañándose:
—De nada sirve lo que le digas, Enrique. No seas ingenuo. Cedes a sus chantajes velados. O te dejas comprar. Los ideales de nuestra carrera fueron una cosa y el comer otra ¿Y a quién le has puesto tú la mano para las cosas del comer? A él ¿Y a costa de qué? De nuestra libertad. Se siente con poder y tú no quieres enfrentarte a él aún. Te es más fácil decirme —y puso voz meliflua— «te vendrá estupendo, cariño» «haz esto o lo otro», «quiero estar contigo en esto, cariño», «te apoyaré»… siempre que la cosa no choque con papá.
—Pero, Gloria, cariño, quiero estar contigo en esto, y superarlo, de veras —repitió con voz afectada.
—¿Y acaso no debías estarlo? El tema es de qué manera quieres estar ¿A tu manera de siempre? Te negaste durante años a lo que necesitábamos, utilizando un argumento «práctico», y ahora, cuando soy yo la que principalmente sufro por tu negativa de entonces (porque en el fondo fue por tu negativa, no por circunstancias inevitables o por las urgencias laborales de tu padre o por el mantenimiento de la empresa familiar) hablas tratando de que me crea tu autoengaño, tu huida, como si quisieras una vez más llevar el control de nuestra situación, de mis sentimientos, de mis tiempos, de mi espacio, de mi dolor y de mi resignación ¿No te han bastado todos estos años?
La llovizna punzaba el silencio y perlaba el ventanal. La puerta del dormitorio estaba abierta y Enrique miró hacia el pasillo que daba a ella. Una vez más le pareció tristemente desolada la casa. Convivían allí hacía apenas cinco años. Enrique retomó lo que decía más por evitar el silencio que por encontrar razones que le redimieran de su débil sentimiento de culpa.
—No es justo lo que dices. Ya no soy el de antes. Hago esfuerzos por cambiar. Estoy más tiempo contigo. Mi padre se ha mentalizado y ha cedido en algunas cosas. Sabes que él piensa que nos ha dado todo lo que tenemos ahora y eso bajo su mentalidad es deuda.
—Y en la tuya también. No te engañes ¿O acaso crees que tu sentimiento de deuda con él no nos afectó ya lo suficiente? ¿Por qué debo yo pagar ese sentimiento tuyo y además aceptarle a tu padre que me considere menos que una concubina que por tu capricho dejaste permanecer demasiado tiempo a tu lado? Para tu viejo, su opción preferida para ti fue siempre Sonsoles, la hija del ex-alcalde. Estaba claro además que andaba colada por ti en la época en que gobernaba su padre.
El discurso de ella, desnudo, real, le destrozaba, le tenía agotado. Era demasiada verdad para sus delicadas entrañas, demasiado apremio agolpándose de pronto. Tuvo que reprimir un bostezo que afloraba inoportuno. Luego hizo un esfuerzo y dijo arrastrando las palabras:
—He conseguido que ya no me requiera cuando le da la gana en los asuntos de la empresa. No ha sido fácil conseguirlo. Ese hombre es de la vieja escuela. Chapado a la antigua. Le va a costar aceptar nuestra decisión… Sabes que es así, cariño.
—¿Y de qué me sirve escucharte eso ahora? Precisamente ahora que ya nos hemos decidido ¿Lo echarás a perder todo de nuevo por tu cobardía? —le increpó y él recordó de repente el grito de impotencia, que el día en que recibieron los resultados médicos devastadores, ella le había soltado: «¡Ya no hay tiempo, Enrique! Ahora es imposible» A eso les había deparado su sometimiento al padre y, por complacerle, su recurrente negativa al deseo de ella: una vida llena de proyectos empresariales heredados, pero vacía de hijos.
—¡Dime! ¿Lucharás? ¿O de nuevo te veré cruzado de brazos frente a lo que él estima razonable para ti?
—Lucharé, sí, lucharé… —repitió como para insuflarse fuerzas; pero lo decía con ausencia.
—Incluso cuando vea el color de piel de la niña… ¿No te echarás atrás? ¿Seguro? ¿O también necesitarás un tiempo para defenderte de sus humillaciones al respecto y para convencerle? —le dijo con sarcasmo—. Tu padre hará todo lo posible por impedir que una niña extraña en la familia pueda heredar lo más mínimo de lo que dan sus negocios.
Entonces, la luz de la pantalla del móvil de Enrique se disparó en la penumbra. Tomó el aparato, miró y cerrando la llamada lo puso bocabajo sobre la mesilla. Estaba aterrado ¿Por qué coño arriesgaba la situación si le había dicho mil veces que a esas horas era seguro que estuviera con Gloria en la cama?
—¿Quién es?
—Barreto —mintió.
—¿Barreto? ¿A estas horas? Joder, Enrique, ese tío es al estilo de tu padre. Son tal para cual: se cree que puede tocar los ovarios cuando quiere por haber estado ocho años gobernando esta puta ciudad.
—Mañana lo llamo, tranquila.
—Sí, hazlo, por favor.
Y no había más que decir. No podía seguir machacándolo sin medida. Conocía bien los límites de él y ya era suficiente por hoy. Una especie de renuncia a convivir con alguien más osado y capaz en la vida le había predispuesto a tratarle con cierta indulgencia, con cierta piedad maternal. Su duro sentido del deber le impedía volver atrás y ahora se arrepentía vagamente de haberse abandonado a la seguridad de una vida con él.
Apagaron las lámparas y se dieron las buenas noches y las espaldas. Enrique al fin respiró aliviado. No podía más y por suerte la llamada no había complicado más las cosas. Ese hecho estaba reservado para la satisfacción de la preferencia del padre.
Esa noche no pudo dormir. Sentía una confusa mezcolanza de sentimientos encontrados que le eran familiares: la culpa y a la vez el júbilo secreto del niño mentiroso que fue y que se sabía imposible de coger en un embuste.
Es un error sentirse menos frente a los grandes artistas y pensadores. Hay una concepción, entre algunos hombres que se creen garantes de saber, que desprecia equivocadamente el aporte que muchos pueden hacer desde su conocimiento de las cosas. El que crea no debe sentirse reo en absoluto de estas apreciaciones nocivas y castrantes para su libre vuelo creador. Esta idea liberadora es importante tenerla clara en el instante en que la necesidad creadora aflora. Y hay que tenerla en el corazón y en el pensamiento. Es una idea que le provee a uno de una gran ligereza y de un aire renovado para descubrir y descubrirse en cualquiera de esos momentos creativos.
Cada artista ocupa un lugar en el Arte, esa tarea colectiva que es de todos y de nadie. Nadie debe despreciar el sentido del aporte de los demás. Es una pérdida de tiempo entrar en estas lizas. Cómo dijera Orson Wells en una entrevista: están los que se sienten llamados a dedicarse en cuerpo y alma a su arte, (quizás los más valiosos, dice) y que consideran su arte por encima de todas las formas de lealtad con las que una persona puede sentirse unida a la vida. y están los que no sienten intensamente esa llamada. Pero la lealtad a la profesión no es la única lealtad, ni en tiempo ni energía, a la que una persona se debe en vida. Eso es decisión íntima y exclusiva de cada cual ¿Quiénes somos nosotros para juzgar esto que excede los límites de nuestro mundo moral particular? De modo que el artista no le debe una lealtad ni excelencia al Arte. Primero se la debe a sí mismo. De esta manera se zanja en el interior del artista la contradicción. Crea, si es tu deseo, pero hazlo lo mejor que puedas con el nivel que te permita tu conocimiento. Esta es tu primera lealtad artística, a la que te debes como creador. La segunda, la lealtad al Arte, ya decidirás en qué grado la asumes. Pero que nadie te dicte el cómo y el cuándo de esta decisión sólo tuya.
Bajo esta reflexión apelo a un valor, en mi opinión a veces perdido entre artistas, que es la humildad. Un artista con mirada soberbia entre sus compañeros siempre caminará incompleto, ocupe la posición que ocupe en esa construcción social que es el Arte.
A colación traigo una anécdota de juventud contada de forma vivida por el cantautor Facundo Cabral en la que se cifra un hermoso ejemplo de esta humildad recíproca. Permítanme que yo la recree.
Cabral frecuentaba con su pandilla de amigos un bar próximo a la casa de Jorge Luis Borges. Bulliciosos y osados, con sus camisas floreadas y fumando, departían sobre el poder de la canción, como género musical capaz de cambiar la sociedad. Abominaban de cierto idealismo de izquierda sin descubrir en ellos tal defecto; también, de instituciones benéficas que malograban la verdadera revolución social. A veces Borges pasaba por delante de la cristalera y ellos lo miraban con admiración. Por entonces iba con sus diferentes lazarillos: había ido perdiendo desde 1955 la vista. Ninguno de los muchachos se atrevía a salir y encararlo al menos para saludarlo. Se limitaban a decir: ¡Mirá, otra vez Borges!
Un día, el poeta entró en el bar. Le acompañaba un amigo y ambos se acodaron a la barra. Cabral bromeó entre los colegas: «Ahí me pego a ellos y les jodo una buena idea para el futuro de la Historia de la Literatura» Los muchachos rieron y luego hicieron venir aparte al camarero: «Son invitados nuestros» le susurraron. Al rato, al verse invitada, la pareja de amigos se allegó respetuosamente a la mesa de los jóvenes que en ese momento estaban en un hilo, entre la vergüenza y la dicha. Borges dijo:
— Caballeros, han sido ustedes muy gentiles, ¿A qué se dedican?
El más inconsciente soltó:
—Somos colegas suyos, Maestro.
Borges sonrió y dijo piadoso:
—¡Qué interesante! ¿Y qué escriben?
Todos sintieron sincera su pregunta.
—Canciones protesta, Maestro —dijo otro
—¡Cuánto los envidio! Porque cuando estoy enojado a mí no se me ocurre nada.
Este bellísimo cruce de humildes miradas no daba cabida a un ápice de desprecio. Cada cual sabía por dónde y para qué caminaba.