Cuando te succionan la vida, destruyendo la posibilidad de descubrir tu identidad, de descubrir tu fuerza, alejándote de tu centro, de tu libertad, injurias a los que lo hicieron. Te permites ese vano alivio, queriendo precipitar lo que sólo reparan las nuevas acciones, las nuevas personas, los nuevos horizontes.
No obstante, el daño que te han hecho es fuerte y arrastra. Su alcance lo calibras en su justa medida cuando has recuperado algo de esa libertad y dignidad succionadas. Es en los momentos mas bajos, acaso los mas lúcidos, los que hablan mejor de tu verdadera salud, los que te recuerdan con su dolor, lo que realmente fue aquella vida pasada idealizada, en la que te creíste protegido por otros a cambio de nada.
Esos momentos bajos son hijos de la libertad y la dignidad de ahora. Ellas te remiten a ese dolor, te reprochan tus cobardías pasadas, tu indefensión, tu debilidad de entonces que quisiste enmascarar con una falsa bondad y permisividad que fue la hendidura por la que se coló la succión de tus fuerzas entregadas por obligación moral a los que te protegían.
Duele esta certeza clara ahora como la luz del sol y se mezcla con la rabia de quien ahora sí tiene la piel hecha para sentir su quemazón. La piel de antes fue algo que soportó tanto lo que le quemaba que se quedó muerta en vida, una costra negra en la que ya nada se filtraba.
Ahora lo sabes y por eso, de repente, algo te es revelado con la fuerza de un rayo, algo que ves con la sabia perspectiva del tiempo; algo que descubres que nadie pudo destruir, algo que se mantiene en pie, pese al dolor; algo que te conmueve: entre las ruinas de ese tiempo de destrucción soterrada de ti mismo, vislumbras la silueta lejana de un niño que te mira silencioso, vislumbras su inocencia, su pureza, su hermosura, su fuerza de niño.
Y desde ese paisaje devastado, el niño con su poderosa mirada te dice: «No te rindas. No te rindas, jamás. Yo nací para que te hicieras cargo de mí; pase lo que pase» y le deberás cada gota de la fuerza que te resta de vida.
Tienes cuarenta y ocho años en ese momento íntimo y estás llorando de felicidad y de amor hacia ti mismo.
Los que te han succionado hasta la extenuación han saltado ya de tu vida y vuelan hacia otras. Su ciclo parasitario no descansará nunca. Son gracias a otros. A la ayuda abnegada que creen y dicen dar a otros. Bien lo sabes, ahora. Ya no te engañas. Al menos has llegado a la etapa de poderlo decir sin sentir rubor, sin sentir culpa, sin sentirte traidor, ni egoísta, ni indigno. Pronúncialo, grítalo aunque se te raje la garganta: ¡Yo, la víctima! Y aprende que en esta certeza que declaras no hay remisión, no hay salvación, no hay injusticia moral. Es así y así ha de quedarse: intransferible y dura, como la losa que nos aplasta en el camposanto.
Pero no te confundas: estás encadenado aún a la promesa que le hiciste al hermoso niño que te mira mas allá de los años que se allegaron con irremediable torpeza hasta ti.
Mamá acababa de morir y debíamos ocuparnos de papá con el poco ánimo que nos quedaba. Mi hermano que vivía a sus cuarenta con él, solterón y parado, le cocinaría, le resolvería la limpieza doméstica y lo acompañaría en sus salidas por el pueblo; yo que estaba recién separada del padre de mi hija y por eso disponía de más tiempo, iría a visitarles por las tardes después del trabajo. Tenía pensado en principio ir sin la niña, pues no quería meterla en aquel triste ambiente de luto mientras no pasara lo mas duro. Pero para mi sorpresa, fue mi hija quien torció el plan al pedirme estar junto a su abuelo.
En los primeros días, papá anduvo taciturno. Comía poco, no quería salir y ponía cara de poca gana a todo. Temí que se le avecinara una depresión y quedara definitivamente así. Pero con mi hija todo cambió. Su presencia y sus juegos fueron animándolo y al cabo de un mes, el viejo recuperó el apetito, su locuacidad acostumbrada y sus ganas de callejear.
Por naturaleza mi padre fue siempre un hombre alegre, para el que la tristeza constituía una fiebre pasajera, algo que venía y se iba sin mucho asunto. Quizás el trabajo físico en su finca de plataneras, bajo el sol radiante y el aire fresco, había hecho de él una suerte de terco optimista, de hombre que espantaba la melancolía. Por eso nunca le oí hablar con derrota; ni siquiera en medio de la tristeza del luto aquel.
A día de hoy me sigo preguntando muchas cosas…
Como la mayoría de las relaciones de antes, de hombres y mujeres de poca palabra y mucho callo, la de mis padres no se explica con los cánones actuales —el amor, sin duda, se ha complicado mucho— y por ello, me deja siempre el mismo interrogante: ¿Qué cosas la mantuvieron casi intacta? Tal vez lo pregunte con el sesgo idealizado de quien no quiere repetir ciertos egoísmos o limitaciones heredados que socavan el amor incondicional. Pero pronto me desengaño: mis padres fueron siempre la noche y el día bajo un mismo techo. Frente a esto, no puedo sino escarbar en los temperamentos, repasar las anécdotas de siempre, chocar de nuevo contra ciertas evidencias, si quiero hallar respuestas.
2
Para empezar mi madre era una mujer de armas tomar, un verdadero látigo, un órdago a la paciencia humana, alguien que pensaba en ella, luego en ella y al final también en ella; mi padre, en cambio, era su némesis involuntaria. La mujer se enervaba. «¡Con hombre más bobo no pude casarme! ¡Cualquiera se la pega!» solía decir antes de recriminarle un dinero prestado, un pago fiado, una mercancía malvendida. A papá le perdía su generosidad incorregible; pero a mamá, el mando que se atribuía en virtud del celo y la eficacia con que administraba la casa y el dinero que papá ganaba con lo recogido en la finca. Por aquel mérito incuestionable a sus espaldas, la vieja vindicaba entonces su autoridad en otros asuntos de la familia. «¡Ay, si yo no estuviera… !» repetía a menudo.
Una vez, por la tarde al volver del instituto —tendría yo los dieciséis—encontré a mamá preparándose nerviosa para salir. No parecía arreglada para ir al centro del pueblo.
—Voy a la finca. Tu padre se ha dejado aquí la comida para los perros.
La finca se encontraba a casi una hora a pie. Si mamá consideraba una soberana pérdida de tiempo recorrer tal trayecto y más por un despiste que bien sabía podía resolver papá pidiendo el favor a un propietario cercano ¿a qué iba allí? Todo era muy extraño. Empecé a inquietarme. Un desagradable presentimiento se definía dentro de mí: «¿No irá a comprobar algo con sus propios ojos…?» Con el corazón en un puño, la esperé sintiendo la casa a cada minuto más estrecha y desolada «Papá nunca lo haría» me dije en un intento de tranquilizarme. Pero ¿quién podía adivinar lo que andaba por su cabeza? ¿Acaso no circulaban por el pueblo las más inverosímiles traiciones amorosas? Unas tres o cuatro horas después, mamá reapareció por la puerta, sola y con un cabreo monumental, echando pestes del viejo. Estaba tan cabreada que yo le era invisible.
—Pero ¿cómo se atreve el muy…? ¡Y sin decirme nada! ¡A mí, que me desvivo por él, que le resuelvo todo, que le hago y le llevo las cosas como a un niño chico,…!
—¡Madre! ¡madre!… —le supliqué al fin descompuesta.
—¿Qué? —y al fin me vio.
—¿Qué ha pasado?
—¿Qué? —repitió como si tuviera que conocer el motivo de su enojo—. Pues que el muy mentecato tiene unas gallinas ponedoras allá y no me lo había dicho ¿Te parece bonito? Él creía que no iba sospechar nada, como si una no viera los restos de plumas que traía últimamente pegados a la ropa de faena…
Entonces mi hermano que pasaba por allí sin ser visto, dijo con su habitual desenfado:
—Pero má… Deja que haga esas cosas el hombre. Necesita distraerse un poco… Ni que fuera a arruinarse por invertir en unas gallinas…
—¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cáaaallaaaaateeeee! ¡Qué sabrás tú! ¡Y a ver si te pones a trabajar de una vez y nos ayudas en algo, gandul! Entre tu padre y tú… ¡Vaya dos!… ¡No me sirven sus cabezas ni para el caldo pescao!
Mi hermano me miró con resignación, se encogió de hombros como diciendo «es lo que hay, Ania, no insistas» y salió por la puerta tranquilamente hacia la calle.
Durante unas semanas, mamá siguió enfurruñada a la vez que comprobaba para su derrota, cómo día tras día y al golpito a papá le iban rentando las aves. Fue de las pocas veces que la vi enmudecer ante una iniciativa del viejo y no sabría decir si por orgullo herido o por conformidad inconfesa.
De todos modos aquella anécdota no le iba a hacer virar su carácter. Espinosa como un cardo, no se achantó en su control de todo. Ante un retraso de papá de la finca, gruñía: «¿Dónde se habrá metido ese hombre? Seguro que Juan le andará llorando y él le dirá que sí» y ante un adelanto, soltaba: «¿Ya por aquí? ¿Recogiste todo, descabezado?» y tras uno u otro, estampaba en la mesa algo de dinero: «Y no lo malgastes, deja algo para mañana». Entonces el viejo se ponía como niño contento en camino a su ronda de café y charla por el pueblo. Era su cándida manera, a la vez, que nuestra suerte: a papá no le arrastraba la bebida, ni las calamitosas apuestas, ni tirarle los tejos a otras mujeres, como descubrí aquel día —cosa que en verdad podía hacer pues aún era bien parecido—. Estas raras cualidades para la época, por raras, también eran celadas a la vista de otras cónyuges. Pero tal privilegio, mamá no podía agradecerlo en su justa medida.
No obstante ahora, con la madurez que me dan los años, veo en aquella tensa cuerda de mi madre, una sinceridad de mujer fuertemente enamorada, y acaso también un miedo íntimo a perder al hombre único y alegre que le quería con locura…
Tensa cuerda que no sólo apretó a mi padre, sino también a mi hermano y a mí en lo que a educación se refería…
Un plato en la mesa, ropa de mercadillo, techo sin goteras y material escolar, no mucho más, era lo que defendía mamá como indispensable. Los juegos con los hijos le parecían superfluos y que éstos se soltaran a leer y a escribir ¿quién dijo que era meritorio? Simplemente tenía que suceder, estar ahí, sin mas; mamá no iba a disertar acerca de la rectitud, el esfuerzo, la entrega en la vida: no iba a disertar sobre lo obvio. Los consejos morales no debían repartirse a nadie, sobraban, según su visión práctica y tal vez porque una vaga sospecha la hacía enemiga de darlos: aconsejar a otros era recibirlos sin pedirlos. Y mi madre no estaba para consejos de nadie: le agotaban, le desperdiciaban el tiempo, le dilapidaban su economía psíquica. El mundo o era a su medida o no era nada. No iba a hacer lo que otros le dijeran y menos viniendo de nadie. Y como todos eran nadie en ese sentido, porque, según ella, todos se desautorizaban solos, el mundo se convertía en ese lugar donde pululan por doquier los malosbichos. «Fíate y te sacarán los ojos», era su principal lema.
Dos breves anécdotas me recuerdan su desconfianza hacia todos.
En la primera, mi hermano se quería deshacer de varios electrodomésticos inservibles que se acumulaban sin tino en la casa. Mamá se resistía de modo que hubo agarrada:
—Te los llevo al punto limpio, má… Tienes que tirarlos. Compraremos unos nuevos. Así no puedes seguir. Vas a padecer el síndrome de Diógenes y …
—¿El qué?
—El síndrome de Diógenes…
—¿De qué tontería hablas, Luis? Llévatelos, anda, y déjame en paz… pero espera… Coge una tijera, coge una tijera…—apremió como asaltada por una intuición repentina.
—¿Una tijera? ¿Para qué?
—Para cortar los cables que dan a la corriente. Nunca se sabe quién se puede quedar con los aparatos…
En la otra, fui yo quien tuve el encontronazo:
—Mamá, me vendría bien cambiar de móvil, ¿podrías dejarme uno de los tuyos?—. Era la época en que los teléfonos móviles se habían hecho habituales en nuestras vidas y mamá, que no paraba de aceptar las agresivas ofertas de las compañías de telefonía, había inundado la casa de ellos. Estaban por todos los rincones, junto a los fijos de los que tampoco se deshacía. Era una locura.
—No, no —me respondió sin dudar.
—Pero mamá, si no les das uso ¿para qué los quieres? ¿Qué más te da? Te lo cambio por el que tengo. No vas a perder nada…
—¿Por uno tan antiguo? ¿Me ves cara de boba? —Y antiguo era.
Pero la historia que mejor hablaba de su natural recelo hacia todo el mundo, era la del pleito que se tenía con mi tía Mela, unos años mayor que ella.
El pique venía de viejo. No se llamaban nunca, ni se hablaban pero sabían buscarse. Mamá y mi tía tenían esa conexión venenosa que sólo dos mujeres de mucho carácter y orgullo pueden sufrir bien aunque ello lleve a los demás al mismísimo infierno. «Quien antes muera que no informe a la otra» nos decía mamá a cada dos por tres. Y no lo decía en broma. Un día mi tía descubrió desde dónde aguijonear a mamá. El matinal de la radio local se abría entre semana a los vecinos y les daba voz en directo. La inquina soterrada de ambas se desenterró allí y se oreaba impúdica. Fue por un largo tiempo, el frente de hostilidades. Mi tía presumía de los logros académicos de sus nietas, de sus adquisiciones inmobiliarias, de sus posiciones laborales cada vez más ventajosas, de la buena marcha de los negocios de su Juan, mi tío. «Presume de nietas porque sus hijas no han llegado a nada por ellas mismas» criticaba mamá satisfecha mientras escuchaba la voz aguda de mi tía en directo. Y mamá lo decía porque yo era la única universitaria entre mis primos, el bastión de su orgullo. Luego durante la tarde, la veía pensativa, preparando su artillería, calibrando la respuesta con la que meternos a todos en el embolado radiofónico de la mañana siguiente. El pueblo comenzó entonces a saber de mí, más de lo razonable y eso me tenía en vilo. Un novio, la buena marcha de mis estudios, mi casamiento, un trabajo nuevo y mi promoción en él, su nieta, incluso mi separación, fueron en ese orden algunas noticias en el pueblo gracias a mamá. Yo le reprendía.
—Pero ¿qué más te da? —me soltaba ofendida— ¿A quién le va interesar tu vida que no sea a la engreída de tu tía? —y parecía que la ofensa era que yo dudara de su control de la situación. Todo lo justificaba por razón de aquella inquina, nunca aclarada, y por desarbolar sistemáticamente a la parte enemiga. Yo no esperaba ni unas mínimas disculpas, claro.
Por eso, porque aquella inquina era como era, cuando mamá enfermó y hubo que ingresarla, lo que sucedió en el hospital nos dejó a todos perplejos: en su delirio, bajo los efectos de los analgésicos que la embotaban, mamá llamaba a mi tía para que acudiera a su cama haciendo emerger de improviso a la niña que necesitaba a su hermana Mela y con la que se sentía protegida de sus más poderosos miedos nocturnos. Era cómico y tierno verla así, vuelta como un calcetín y con la guardia baja. Ya pasado el bache y en casa, le estuvimos aguijoneando un tiempo con el que fue su lamentable estado. Ella se reía con la broma al principio, pero a los pocos días volvió al redil de su duro carácter y nos mandaba callar.
Por fin, un mes antes de morir, lo que tenía que suceder, sucedió: una tarde, sin que nadie lo previera, sonó el teléfono. Era tía Mela. La conversación fue inusitadamente cordial y no duró más de quince minutos. Mamá no nos refirió con claridad su contenido, tal vez porque en ella capitulaban ambas con unánime vergüenza sin explicitarlo. Sea como fuere, el pleito quedó sellado y debió traer —quien sabe— el mutuo alivio que se negaban. Era la despedida.
3
Mi madre fue una mujer inmensa que apuntaló hasta el fin su egoísmo, su fortaleza —yo quiero para mi hija y para mí, ese dechado—; y aunque a día de hoy pienso en esto, convencida de que así lo hizo para protegerse de un mundo que se le antojaba hostil, de un tiempo para acá, una vaga corazonada insiste en mí a la luz de ciertos conocimientos modernos que me hacen concebirla fuera de cualquier regla de su época: ¿Por qué mamá tenía esa incapacidad, diríase «de fábrica», que le impedía colocarse en zapatos ajenos, que le negaba la resonancia de padecimientos no suyos, que le hacía ciega al impacto emocional de sus decisiones en los otros? ¿No sería una tara congénita no diagnosticada la que operaba para su tranquilidad, para su fuerza y su convencimiento? ¿Una tara a la que nos habíamos resignado y que sobrellevábamos cómo buenamente podíamos? ¿Una tara que nos abrazaba con lógica natural y nos salvaguardaba a la vez de egoísmos ajenos?… Por esa posible tara ¿quién fue en verdad mamá?
La fortaleza que nos dejó, yo la iba a descubrir poco a poco en su herencia de sangre, en el latido de su prole de segundo orden…
Había pasado por lo menos una semana de su muerte y yo me resistía aún a comunicarle a mi hija la noticia. No sabía ni cómo ni cuándo empezar. Siempre tenía alguna falsa razón con la que tachar de traumático el momento e intentaba no urgirme viendo en ella su falta de sospecha. O al menos eso creía. Una mañana, a la desesperada, me armé de valor y me planté al fin en su cuarto. Debí entrar con el rostro desencajado. Como de costumbre estaba reconcentrada en su tablet, distraída. No me miraba «Le afectará menos» pensé. Balbuceé primero, luego opté por mis rodeos acostumbrados y conseguí decir en un remedo de voz «Julia, debo darte una mala noticia que espero sepas llevar, cariño…» pero no pude continuar: me miró de pronto y abriendo los ojos y la boca con candorosa sorpresa, me preguntó confirmando:
—¡¿Se murió abuela?!
Desde hacía días lo intuía y lo había aceptado. Me eché a llorar. Unas palabras de consuelo brotaron pausadas de su boca y me sorprendió encontrar en ellas una suerte de comprensión adulta. Fue la primera vez que reconocí en Julia la entereza que siempre sobrepasaría su edad biológica —tenía nueve años—; y fue también entonces, cuando me pidió pasar aquellas hermosas tardes de luto junto al hombre que a su idealizada manera, nunca dejó de estar enamorado de su abuela.
El desastre natural de Valencia, con sus hasta ahora 217 muertos y cerca de 250 desaparecidos ha vuelto a mostrarnos en toda su crudeza cómo cubren los grandes medios de comunicación privados en España, los acontecimientos mas trágicos que viven las mayorías trabajadoras.
En la manera de hacerlo puedo resaltar las siguientes prácticas:
Instigan la indignación popular mas allá de los límites de los directamente afectados y la vuelcan sobre los dirigentes políticos de cualquier divisa partidaria.
Se hacen eco del descontento y la desesperanza de los damnificados sin ninguna utilidad práctica. Lo justifican como desahogo del dolor de los damnificados, aunque esta labor corresponda a los profesionales habilitados para eso: los psicólogos de emergencia que atienden telefónicamente.
Extraen testimonios individuales de los damnificados y los toman como representación de la tragedia general en detrimento de la opinión de los técnicos más cualificados.
Aparecen los periodistas más populares de dichos medios en los lugares de la tragedia como corresponsales (cosa que no realizan habitualmente) y actúan como periodistas de opinión política y se erigen como representantes del dolor popular sobre el terreno.
Se pone en valor el voluntariado y la improvisación civil como elemento clave de salvamento en detrimento del trabajo de las fuerzas de seguridad del Estado. No se plantea esta contradicción cómo colaboración sino cómo confrontación.
Culpabilizan a los dirigentes políticos haciendo caso omiso de la postura oficial que toma el gobierno, desautorizándolo.
Esto muestra una vez más en mi opinión, que los grandes medios de comunicación deben estar mucho más regulados por el Estado para que la práctica periodística no vaya más allá de lo que le corresponde hacer y no se convierta, como en este caso, en una práctica periodística irresponsable.
Una mosca en el cristal. Tras el cristal se desliza el paisaje soleado. Gritan y cantan los niños en la guagua escolar. La mosca asciende por el cristal, cae y rebota con desesperación de mosca. Está en el cielo y a la vez no está en él, deformada su posibilidad de vuelo en un errático caminar por algo que le es invisible. Si el cielo es el hijo de sus alas ¿quién se lo niega? Tienta con sus nerviosas patitas un intento de fuga. Los niños no dejan de cantar, indiferentes a su desgracia. Los profesores exigen silencio en vano. La mosca también sorda a esta demanda, a cualquier demanda, ya tiene con lo suyo: escapar y recuperar al hijo de sus alas. Yo quiero imaginar que al menos lo imagina…
Estoy consignando irremediablemente este hecho que observo. Es un balbuceo errático. Solo puedo hacer eso, desesperado por las preguntas sin respuesta en mi vida, desesperado por el cristal. Acaso sea la única manera en cómo puedo volar. No sé hacer otra cosa. Soy el buscador de historias, el escritor, algo parecido a la mosca que contemplo.
Esto que escribo es la estela de ese vuelo feliz que sólo me es posible: el vuelo imaginado que me salva y que a nadie importa.
«Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, el hielo adornaba los bordes de los techos, los niños esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por las calles heladas como grandes osos negros.
Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como si alguien hubiera abierto de par en par la puerta de un horno. El calor latió entre las casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó a fundirse. Las puertas se abrieron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres se despojaron de sus disfraces de osos; la nieve se derritió, descubriendo los viejos y verdes prados del último verano.
El verano del cohete. Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas. El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida. El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez más rojo. El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes.
El cohete creaba el buen tiempo, y durante unos instantes fue verano en la tierra…»
El verano del cohete de Ray Bradbury
Narrador
Narrador que no participa en la historia, extradiegético.
Narrador que solo se refiere a hechos exteriores a la conciencia de los personajes, es decir, que se refiere al mundo objetivo y no entra en el mundo subjetivo de los personajes.
Personaje
Los habitantes del pueblo de Ohio. Personaje Colectivo. Acción colectiva de los personajes. Ningún individuo se destaca de la colectividad.
Argumento de la historia
Un cohete va despegar de una plataforma de lanzamiento que esta situada cerca del pueblo de Ohio. Despide de sus reactores nubes de fuego y calor de horno. Este hecho provoca en el pueblo, que se encuentra en periodo invernal, un repentino calor que torna el paisaje invernal y las costumbres de invierno de sus habitantes en paisaje veraniego y en costumbres de verano.
Presentación de la historia
En orden invertido, primero las consecuencias, luego la causa. Esto hace aparecer el Dato Escondido. Pero el dato no es absolutamente escondido. En diversos momentos del discurso se intercala la enigmática expresión que le da titulo al capítulo: El verano del cohete. Esta expresión circula en el discurso narrativo como expresión popular de los personajes que va de boca en boca y como anticipación del dato escondido: el inminente despegue del cohete.
La narración nos muestra con este hecho que otro hecho, el despegue del cohete, es ya harto conocido por los habitantes del pueblo y por ello, no es un hecho puntual, sino habitual e integrado en la vida del pueblo. Por eso adquiere sentido la presencia de la expresión El verano del cohete en el discurso narrativo.
Tema y Manifestación del tema en la historia
La contradicción Costumbres sociales / Condiciones materiales de existencia. Las segundas determinando a las primeras. Este tema se manifiesta en el hecho de la repentina transformación de las costumbres de los habitantes del pueblo en el momento en que el cohete va a ser lanzado.
La contradicción Naturaleza / Tecnología. Las segunda determinando a la primera. Este tema se manifiesta en el hecho de la repentina transformación del paisaje natural y urbano del pueblo en el momento en que el cohete va a ser lanzado.
La contradicción Realidad Poética / Realidad no Poética. Las segunda determinando a la primera. Este tema se manifiesta en el hecho de que un objeto, el calor sofocante que despide la nave y que se extiende hasta el pueblo, es metaforizado, se convierte en objeto de una metáfora expresada por los personajes mediante el sintagma «el verano del cohete».
Tengo ante mí, la tercera entrega de la saga Dos amigas titulada Las deudas del cuerpo. He salido, como en las entregas anteriores, convulsionado. Leer a Ferrante es asomarte al discurrir de la vida sin atenciones, ni juicios morales sobre ella ¡Cómo rehuyen sus páginas cualquier prurito ideológico o moral! Estoy ante una vida que transcurre en paralelo a la que habito y aprendo a que cómo esta, aquella no se presta al juicio moral absoluto, castrante, espurio.
Uno debe salir en su propia vida de todo lo que lo constriñe y lo inválida. Uno no debe abandonarse a lealtades, compromisos, objetivos, ideales, ajenos, y por ello falsos. Se te echarán encima los infames moralistas, los muertos en vida; todos, ellos carceleros de tu libertad conquistada. Sólo es verdad aquello que sientes y crees para ti necesario, y hacia allí te mueves. Y cómo aquello que sientes y crees necesario es cambiante, la verdad para ti cambia. Esto lo sabe y lo deja claro Elena Ferrante a lo largo de la saga. Sólo a alguien mínimamente sanado le penetra hasta la médula este mensaje.
La aún estrecha mente que tengo, heredada de relaciones que la sometieron a un idealismo limitante, a un autoritarismo moral, se confronta a las últimas páginas del libro en absoluto desconcierto. Le reclama ejemplaridad moral a Elena Greco, Lenù, personaje protagonista, a la que he acompañado desde los inicios de la saga. Pero Elena se ha desgarrado y se ha revelado en su más descarnada necesidad: la de sentirse libre. Ha estudiado, ha trabajado, ha esperado el amor, se ha implicado en las luchas sociales, hace aquello para lo que se preparó, tiene dos hijas, un matrimonio, en suma, ha sido el éxito esperado, y no obstante, al final de esa tercera entrega la vemos como una mujer insatisfecha, extraviada de sí misma, en estado deplorable. Me veo en sus carnes. Fui eso un día. Pero de repente, percibo en mí el consentimiento hipócrita del lector inmerso en una vida como la que ella me ha presentado, desapasionada y llena de contradicciones, -raro es el lector asiduo que no la tenga; Cervantes la entrevió en Quijano y le sirvió como punto de partida de su locura- Entonces, me siento comprometido, interpelado, casi culpable, a la vez que me revuelvo en su contra como un infame moralista más, cuando la veo conseguir el amor del hombre al que siempre amó a costa de la destrucción de su matrimonio, del sufrimiento de sus hijas, de su posición social, de su exitoso futuro profesional ¡Cómo me duele su renuncia, su fuga, su libertad, su poderoso egoísmo! Siento el dolor del marido que abandona y su terror a la soledad, al desamor, a todo hecho que ponga al descubierto, como dijera Hermann Broch, al hombre acomplejado, al impotente, al no-hombre. Siento la carencia de valentía que se pega a tantas decisiones importantes pospuestas a lo largo de la vida.
El libro nos interpela a todos, nos desenmascara. Brinda por la libertad de la mujer. Aterroriza a ciertos hombres aquejados de viril soberbia. Y sobre todo, destruye al completo cualquier corsé moral que queramos ponerle a la vida, cualquier corsé en el que se rotulen de forma absoluta palabras como amor, sinceridad, compromiso, trascendencia, plenitud,…
Quizá para dejar intacto de la devastación, cueste lo que cueste, lo más hermoso y esencial en la vida: la libertad.
Desbordado por los símbolos, les concedió primero la deplorable vida -en aberrante inversión contra natura-: siempre fue antes la vida y luego, el símbolo.
Luego la urgencia que procuraba el ultraje de esas vívidas formas creadas le impelía a darse vida en el caballero andante, con todos los elementos que habrían de tolerar su alucinada empresa -las potentes armas, el rocín, el fiel escudero-. Y así entre lo favorable y lo adverso proyectado por su imaginación, nacía, se confirmaba, con su ansia de gloria, a la vez, que se encaminaba hacia su propia claudicación.
En esos inicios fue el tenaz creador y el creado. Presumimos que en aquel íntimo parto escondido al juicio ajeno -tal vez, los restos de su lucidez así aconsejaban que fuera- tuvo su única y verdadera dicha en lo que le restaba de vida.
Ya, en el otro lado, en el delirio, perdido y con júbilo secreto, asumió vivir la inquina de sus enemigos, el desaliento del escudero, las lealtades, las traiciones, los desafueros ominosos, el sacrificio y el desamor.
¿Acaso no simpatizamos con esta historia?
¿No la estaremos replicando sin saber?
¿Acaso no nos concierne a todos nosotros, los ociosos hombres del mundo, esa inversión de la realidad que ella consiente?
¿Acaso no nos interpela a través de los siglos porque, como el hidalgo, también somos sus prisioneros?
Aún no era medianoche cuando ella le pidió ir a dormir antes de lo habitual. Solía hacerlo así para darle alguna comunicación desacostumbrada y porque era su modo velado de decir «vamos a hablar seriamente tú y yo, de mujer a hombre, en la intimidad» Aquellas indirectas a él le ponían nervioso y expectante. Reclinados sobre sus respectivas almohadas miraban con atención difusa lo que daban en el televisor asentado sobre la cómoda. La tensión espesaba el aire del dormitorio.
—Voy a hacer un voluntariado —dijo ella al fin.
—¿Sí?
—Sí. Algo que rompa mi rutina semanal y me obligue un poco a salir de casa. Madres en acción, se llama la ONG.
Se hizo una pausa. El televisor disparaba ahora un histriónico debate acerca de la traición que una madre, cantante de éxito venida a menos, había sufrido por parte de una hija adoptada. Ella apagó el aparato y soltó un leve soplido de alivio.
—¡Qué bueno, cariño! Creo que te vendrá estupendo —apuntaló él
—Sí, claro.
—¿Y qué harás?
—Visitar a niños huérfanos en los Hospitales Infantiles y acompañarlos. Algunos son tan pequeños que se necesita tomarlos en brazos para que sientan el calor materno. Hay un cuadrante de voluntarias e iríamos cubriéndolo. Una hora a la semana es lo mínimo que nos piden.
Cunas de patas esqueléticas con neonatos y en el suelo blanco impoluto pelones gateando o trastabillándose por todas partes aproximándose febriles a las firmes pantorrillas de ella; el olor del alcohol isopropílico sepultando el hedor de lo próximo a la muerte también por todas partes. Una tierna cara rosada asomando por una capucha entre sus brazos y llenando su pecho de júbilo maternal. Algo inexistente en su día a día.
—Te vendrá bien, cariño. Muchos niños necesitan de mujeres como tú. Hay mucho abandono en esta sociedad. Cada uno va a lo suyo y nada lo justifica. Alguno dirá, que es lógico que así sea por aquello de que se sobrevive más que se vive y…
Para ella, él hablaba y hablaba y hablaba y lo único que conseguía con su perorata era devolverle por dentro el resabio de su enquistada decepción: estaba comprometida con un niño pretencioso que medraba sin esfuerzo a costa de la familia, un inconsecuente de palabra y acto, un irresponsable sentimental. Hacia años que barruntaba, por el hecho de ser la mantenida, su soterrada autocomplacencia, su empoderamiento. Aquel circunloquio de burladero le iba empantanando hasta la exasperación. Él de pronto intuyó los viejos nubarrones y decidió rematar:
—…Así que me alegro. Te vendrá muy bien, cariño.
—¡Lo has dicho tres veces! Sé que me vendrá bien, lo sé, y por eso lo he decidido.
Aquel razonable discurso aburguesado de él ¡Cómo lo odiaba con sólo verlo venir! Él se quedó callado y luego dijo con actuada incredulidad:
—¿A qué viene esa dureza ahora?
—No es dureza. Es cansancio. Mucho cansancio.
—¿Cansancio?
—Sí, cansancio de escuchar tus discursos de concienciación social.
—¿Y qué otra cosa esperas que diga?
—Precisamente, Enrique, no espero nada. No te lo he pedido.
Él calló de nuevo. Calibraba una réplica para no estar absolutamente contra las cuerdas.
—Sabes que es mi manera de animarte en tus nuevas iniciativas, en tus intereses, quiero verte realizada, cariño.
Ella le miró y amusgó los ojos con reprobación.
—No. Esa no es la verdad. No te engañes y no me metas en tu engaño.
—Te estoy diciendo lo que siento. Es la verdad —insistió él.
—No. A cada cual le resuena el pasado según el rastro que deja su falta de decisiones, en tu caso, tu falta de cojones. Piensa a quién pretendes en verdad dar alivio con tu manera de animarme, y cómo lo pretendes… ¿Con un discurso moralizador acerca de lo bueno de tener una conciencia social en este mundo lleno de egoísmo? ¿A mí con eso? No, yo tengo mi conciencia muy tranquila, Enrique. No me vengas con lo que sabes que sé de sobra y menos para soportar una situación que elegiste tú. No tienes derecho a tomar ese papel.
—Pero… sabes que es mi manera de estar contigo en esto…
—No… no… no… —y con los ojos apretados, ella negaba con la cabeza como si cada palabra de él le desbordara— Tú hablas para tranquilizar tu conciencia, para eludir responsabilidades, para pasar falsamente página, para volver a tomar las riendas de todo, para recuperar tu ego, para colocarte en un lugar de poder y sentirte aliviado. Y no digo que no tengas derecho a hacerlo, pero no me hagas creer tu propio engaño. No te creas que tomo la decisión de ir al voluntariado por darle continuidad a mi antigua militancia de izquierdas. No va de eso. No va de conciencia política y lo sabes. Hace tiempo que tú y los tuyos me hicieron aborrecer la política.
—¿Por qué empiezas lo que no conduce a nada, cariño, por favor…? —dijo él vagamente compungido.
—Porque no mides lo que dices. Yo no estoy para escuchar: «estoy contigo en esto»—y afilando su mirada— ¿De verdad piensas que estar conmigo en esto, es echarme ese discurso manoseado sobre la entrega social que aprendimos en Ciencias Políticas juntos? ¿De verdad que esperas que me lo crea? Sé honesto, Enrique: a ti te importan un carajo esos niños huérfanos y lo que yo haga con ellos; lo consientes para mi distracción, para tu alivio, para seguir retardando lo que tarda…
—Es mi manera de apoyarte…
—¿Tu manera de apoyarme? Sabes bien cuál es la única manera en que puedes apoyarme. Pero aún te faltan muchos… pero muchos cojones.
—Lo intento, Gloria, sabes que lo intento, pero no es fácil… La situación no es fácil… —el tono era ya casi suplicante.
—¿Qué situación? La situación eres tú, Enrique. Tú y tu miedo. El miedo a no enfrentarte al animal de tu padre. Nunca lo has sentido en verdad tu enemigo, alguien a quién debías pararle los pies. No lo intentas ni siquiera. Estás cagado y no das el puñetazo definitivo. Has dejado que se impusiera a ti y que te impusiera su visión de mí; una visión de la que aún no escapas.
—¡Eso no es así! Yo no te veo para nada como él te ve.
—¿Ah no? ¿Y entonces cómo es que permites que suelte en petit comité delante de ti eso de «las extravagancias de la perroflauta esa» y tú apoquinas? Hace tiempo que tenías que haberle parado. Ahora está envalentonado y…
Él miraba abstraído hacia la penumbra que se hacía al pie de la cama. Allí había algo que no sabía decir si era calzoncillo o braga.
—…En verdad desearías, para evitar complicaciones, que yo fuera otra mujer, más práctica, más previsible, más manejable, menos idealista, más como él espera; mucho tarda ya en aceptar a la perroflauta esa ¿no crees?
La interpelación devolvió a Enrique a la realidad que le flagelaba. Dijo entonces:
—Sabes que he discutido mucho con él y que a mí también me duelen sus insinuaciones… —y lo dijo en un intento de zanjar la discusión. Pero ella no captó su intención y siguió ensañándose:
—De nada sirve lo que le digas, Enrique. No seas ingenuo. Cedes a sus chantajes velados. O te dejas comprar. Los ideales de nuestra carrera fueron una cosa y el comer otra ¿Y a quién le has puesto tú la mano para las cosas del comer? A él ¿Y a costa de qué? De nuestra libertad. Se siente con poder y tú no quieres enfrentarte a él aún. Te es más fácil decirme —y puso voz meliflua— «te vendrá estupendo, cariño» «haz esto o lo otro», «quiero estar contigo en esto, cariño», «te apoyaré»… siempre que la cosa no choque con papá.
—Pero, Gloria, cariño, quiero estar contigo en esto, y superarlo, de veras —repitió con voz afectada.
—¿Y acaso no debías estarlo? El tema es de qué manera quieres estar ¿A tu manera de siempre? Te negaste durante años a lo que necesitábamos, utilizando un argumento «práctico», y ahora, cuando soy yo la que principalmente sufro por tu negativa de entonces (porque en el fondo fue por tu negativa, no por circunstancias inevitables o por las urgencias laborales de tu padre o por el mantenimiento de la empresa familiar) hablas tratando de que me crea tu autoengaño, tu huida, como si quisieras una vez más llevar el control de nuestra situación, de mis sentimientos, de mis tiempos, de mi espacio, de mi dolor y de mi resignación ¿No te han bastado todos estos años?
La llovizna punzaba el silencio y perlaba el ventanal. La puerta del dormitorio estaba abierta y Enrique miró hacia el pasillo que daba a ella. Una vez más le pareció tristemente desolada la casa. Convivían allí hacía apenas cinco años. Enrique retomó lo que decía más por evitar el silencio que por encontrar razones que le redimieran de su débil sentimiento de culpa.
—No es justo lo que dices. Ya no soy el de antes. Hago esfuerzos por cambiar. Estoy más tiempo contigo. Mi padre se ha mentalizado y ha cedido en algunas cosas. Sabes que él piensa que nos ha dado todo lo que tenemos ahora y eso bajo su mentalidad es deuda.
—Y en la tuya también. No te engañes ¿O acaso crees que tu sentimiento de deuda con él no nos afectó ya lo suficiente? ¿Por qué debo yo pagar ese sentimiento tuyo y además aceptarle a tu padre que me considere menos que una concubina que por tu capricho dejaste permanecer demasiado tiempo a tu lado? Para tu viejo, su opción preferida para ti fue siempre Sonsoles, la hija del ex-alcalde. Estaba claro además que andaba colada por ti en la época en que gobernaba su padre.
El discurso de ella, desnudo, real, le destrozaba, le tenía agotado. Era demasiada verdad para sus delicadas entrañas, demasiado apremio agolpándose de pronto. Tuvo que reprimir un bostezo que afloraba inoportuno. Luego hizo un esfuerzo y dijo arrastrando las palabras:
—He conseguido que ya no me requiera cuando le da la gana en los asuntos de la empresa. No ha sido fácil conseguirlo. Ese hombre es de la vieja escuela. Chapado a la antigua. Le va a costar aceptar nuestra decisión… Sabes que es así, cariño.
—¿Y de qué me sirve escucharte eso ahora? Precisamente ahora que ya nos hemos decidido ¿Lo echarás a perder todo de nuevo por tu cobardía? —le increpó y él recordó de repente el grito de impotencia, que el día en que recibieron los resultados médicos devastadores, ella le había soltado: «¡Ya no hay tiempo, Enrique! Ahora es imposible» A eso les había deparado su sometimiento al padre y, por complacerle, su recurrente negativa al deseo de ella: una vida llena de proyectos empresariales heredados, pero vacía de hijos.
—¡Dime! ¿Lucharás? ¿O de nuevo te veré cruzado de brazos frente a lo que él estima razonable para ti?
—Lucharé, sí, lucharé… —repitió como para insuflarse fuerzas; pero lo decía con ausencia.
—Incluso cuando vea el color de piel de la niña… ¿No te echarás atrás? ¿Seguro? ¿O también necesitarás un tiempo para defenderte de sus humillaciones al respecto y para convencerle? —le dijo con sarcasmo—. Tu padre hará todo lo posible por impedir que una niña extraña en la familia pueda heredar lo más mínimo de lo que dan sus negocios.
Entonces, la luz de la pantalla del móvil de Enrique se disparó en la penumbra. Tomó el aparato, miró y cerrando la llamada lo puso bocabajo sobre la mesilla. Estaba aterrado ¿Por qué coño arriesgaba la situación si le había dicho mil veces que a esas horas era seguro que estuviera con Gloria en la cama?
—¿Quién es?
—Barreto —mintió.
—¿Barreto? ¿A estas horas? Joder, Enrique, ese tío es al estilo de tu padre. Son tal para cual: se cree que puede tocar los ovarios cuando quiere por haber estado ocho años gobernando esta puta ciudad.
—Mañana lo llamo, tranquila.
—Sí, hazlo, por favor.
Y no había más que decir. No podía seguir machacándolo sin medida. Conocía bien los límites de él y ya era suficiente por hoy. Una especie de renuncia a convivir con alguien más osado y capaz en la vida le había predispuesto a tratarle con cierta indulgencia, con cierta piedad maternal. Su duro sentido del deber le impedía volver atrás y ahora se arrepentía vagamente de haberse abandonado a la seguridad de una vida con él.
Apagaron las lámparas y se dieron las buenas noches y las espaldas. Enrique al fin respiró aliviado. No podía más y por suerte la llamada no había complicado más las cosas. Ese hecho estaba reservado para la satisfacción de la preferencia del padre.
Esa noche no pudo dormir. Sentía una confusa mezcolanza de sentimientos encontrados que le eran familiares: la culpa y a la vez el júbilo secreto del niño mentiroso que fue y que se sabía imposible de coger en un embuste.