Los bombones mágicos (*)

Lo juro. Lo que voy a contar me pasó de niña y es real como la vida misma.

Mamá estaba contenta ese día. Había venido su hermano, mi tío Felipe. Mi tío era un viajero empedernido. Le encantaba viajar y solía traernos pequeños regalos de los países lejanos que visitaba. Aquella vez, Felipe había viajado a Suiza, un país lleno de montañas y bosques en el que, por lo visto, hacen muy buen chocolate, y me había traído una caja de bombones.

—Rebeca, aquí tienes los mejores bombones del mundo. Se los compré a una misteriosa anciana que tenía una casita en mitad de un bosque. Te los mereces: papá y mamá me han dicho que has estudiado bastante ¿No es verdad?

—Sí —asentí orgullosa.

—Pues bien: estos bombones tienen algo especial…

—¿El qué?

—Todos ellos tienen un mismo envoltorio y por sus envoltorios parecen iguales. No sabes cuál te va a tocar, ni qué sabor te espera. De entre todos, hay uno, solo uno, de chocolate blanco. La anciana me dijo que el blanco era el llamado Bombón del Día de la Buena Suerte y me dijo que le tocaría al niño que se portara de manera mas justa y comprensiva con los demás.

Yo me alegré: de todos los tipos de bombones, el de chocolate blanco era mi preferido.

—Pero no sabrás cuál de ellos es —siguió diciendo Felipe—, hasta que no empieces a comértelos.

Entonces papá, que estaba escuchando, le interrumpió con tono aleccionador:

—A ver, Felipe. Son muchos bombones para la niña, demasiado azúcar, una «bomba de glucosa». No olvides que tenemos diabéticos en la familia.

Como siempre, papá se preocupaba por que mi alimentación fuera sana. Se preocupaba hasta lo cansino.

—Sí —replicó mamá—, pero la niña puede compartir los bombones en el colegio con sus compañeros y no comerlos todos.

—¡Buena idea! —exclamó Felipe.

Sin embargo, la idea no me gustó nada. Los bombones me encantaban ¿Y si al repartirlos le tocaba el Bombón del Día de la Buena Suerte a alguno de mis compañeros? ¿Y si encima le tocaba a Pedro? No era justo. El regalo me lo habían hecho a mí. Pensé en una buena excusa para salirme con la mía y dije:

—Pero mamá, mis compañeros reparten golosinas el día de su cumpleaños y mañana no será mi cumpleaños.

—No importa, Rebeca. Los regalos no tienen que esperar por ninguna fecha. Se reciben mejor cuando nadie los espera y son una sorpresa. 

Abrí la caja. Eran veinticuatro bombones, todos con el mismo envoltorio. No podía anticipar algo de sus sabores, ni cuál era el de chocolate blanco. ¡Cómo me fastidiaba pensar que debía compartirlos! ¡Y sobre todo con Pedro!

* * * * *

Llevé la caja escondida en la maleta. No quería enseñarla hasta que no me decidiera a compartir los bombones. Cuando las tres primeras horas de la mañana pasaron, la sirena sonó y todos mis compañeros salieron al patio. Yo, con el permiso de la profesora, me quedé sola en el aula. Estaba indecisa. Compartir, no compartir. De repente, unas extrañas vocecitas empezaron a escucharse. Salían del fondo de mi maleta. Me pareció que estaba soñando.

—¡Queremos niños! ¡Queremos niños! ¡Queremos niños! —jaleaban delicadamente.

Abrí la maleta y no tuve duda. Eran los bombones que hablaban y discutían entre ellos.

—¡Compañeros! ¡Silencio! ¡Sileeeeencio!—se oyó un bombón imponiéndose a los demás— No se impacienten. Aún no sabemos si nos compartirá —hablaban de mí— Quizás al final de las clases se decida a hacerlo.

—Eso dices tú, siempre tan optimista a diferencia de nosotros —protestó otro—; pero yo no entiendo porque aún no nos ha sacado de aquí. Hace mucho calor y me estoy derritiendo. Voy a parecer un bombón viejo con tantas arrugas.

—Sí, es verdad—intervino otro— Cuando nos vayan a comer estaremos horriblemente derretidos y tendremos unas pintas feísimas ¿Quién quiere comer bombones derretidos? ¡Nadie!

—Sí, es verdad —soltó otro, con voz fina— ¿Para esto hemos venido desde Suiza? Somos bombones suizos. Tenemos una buena categoría, una alta calidad. Esto es indignante, humillante.

—Esta niña es egoísta y caprichosa —intervino otro.

—Tranquilos, compañeros, ella cambiará de idea y nos repartirá —sentenció el bombón optimista.

Pero la mayoría refunfuñó sin convencerse de sus palabras.

* * * * *

Ese día, volví nerviosa a casa con los bombones dentro de la maleta. Mamá me preguntó si habían gustado a los compañeros. Yo le respondí que sí, fingiendo tranquilidad. Mi plan era esconderlos en mi cuarto y empezar a comérmelos todos, uno o dos al día, sin que nadie me viera. 


Pero entonces, ciertos hechos inesperados esa tarde, me hicieron desistir del plan. Primero, papá regresó del trabajo diciendo que se le había estropeado el coche; luego, mi hermana recién nacida se echó a llorar sin que papá y mamá pudieran calmarla, lo que hizo que se pusieran a discutir sin parar; además, la tarea que había mandado la profesora me resultó súper difícil y yo no quería pedir ayuda a mis padres tal como estaban. Ya me imaginaba el enfado de la profesora al día siguiente viéndome sin la tarea hecha. Toda la situación era muy extraña: demasiada mala suerte junta en una sola tarde. Nunca me había sucedido. Entonces oí a los bombones reírse triunfantes dentro de la caja.

—¡Se lo tiene bien merecido! —se decían unos a otros— Es una niña demasiado egoísta y además es un poco mentirosa.

Entonces entendí el porqué de la mala suerte. Aquellos bombones tenían el poder de crear problemas si yo no actuaba de manera correcta ¿Quién sería en verdad aquella misteriosa anciana a la que mi tío le había comprado los bombones? «No he hecho bien —pensé—. Tengo que cambiar»

 * * * * *

Al día siguiente, llevé de nuevo los bombones escondidos en la maleta, pero esta vez al llegar la hora del recreo me acerqué a la profesora y le dije que quería dar una sorpresa a mis compañeros. Me sonrío.

—¡Qué bien, Rebeca! Veo que estás cambiando a mejor. Repártelos afuera.

En el patio, abrí la caja y ofrecí los bombones, aún algo remisa. Mis compañeros se acercaron sorprendidos y eufóricos. Los bombones eran también de sus golosinas preferidas. Cada uno cogía su bombón, me daba las gracias y se alejaba. Yo observaba cuando lo desenvolvían para comprobar que ninguno se llevaba el de chocolate blanco.

Entonces, en mitad del reparto, se me ocurrió esconder uno de los bombones. Se trataba del que le tocaba a Pedro, el compañero abusador y burlón al que nadie quería. Cuando se acercó a coger en último lugar —yo hice que así fuera—, quedaba un solo bombón y a nadie le había tocado el del Día de la Buena Suerte.

—Lo siento, Pedro — le dije y aparté rápidamente la caja, manteniendo bien oculto el suyo, el que antes había quitado—.  Éste que ves es mío. No hay ninguno para ti.

Pedro me miró sin poder creer lo que oía. En su cara se iba asomando la tristeza. Pensé: «Tengo el suyo y el mío. Uno de los dos es el de la Buena Suerte. Si no le doy ninguno, me toca» Yo deseaba tanto comérmelo que insistí en mi mentira:

—Lo siento, Pedro —repetí haciéndome la compungida—, pero se me gastaron.

Los ojos se le aguaron de repente. Contenía las lágrimas, quería parecer fuerte —solía hacerlo así cuando le pillaban en alguna de las suyas y no quería reconocer la falta—, pero al final, no pudo más y rompió a llorar amargamente.

—¿Por qué? —gritó entre sollozos, con la cara bañada en lágrimas— ¿Qué he hecho ahora? Nadie me quiere. No siempre me porto mal. Me echan la culpa siempre de todo. No soy un niño malo.

Entonces, comprendí que yo estaba siendo cruel y que en verdad, Pedro, ni nadie, se merecía que le hicieran eso. Los bombones tenían bastante razón: muchas veces yo había sido egoísta y mentirosa, y sin embargo, ni mis padres, ni la profesora, ni mi tío, me habían hecho sentir mal por ello. Yo era muy pequeña entonces y no podía darme cuenta de que en esto, mis mayores sabían bien lo que hacían.

—Perdóname, Pedro. Aquí está tu bombón —y saqué el suyo de mi bolsillo.

Cabizbajo, puso su mano y se lo di. Luego levantó la cara. 

—Gracias, Rebe —dijo más tranquilo. Y sonrió.

Al verle así, no me importó que pudiera llevarse el que yo más quería, el de La Buena Suerte. Era la primera vez que me sentía bien conmigo misma haciendo feliz a otro. 

Entonces Pedro desenvolvió su bombón y uno de chocolate negro apareció. El que yo mas deseaba estaba entre mis manos esperando a que le quitara su envoltorio y me lo comiera.

La vendedora del bosque, la misteriosa anciana, no se había equivocado en su vaticinio.

David Galán Parro

3 de diciembre de 2024 

(*) a mis alumnas y alumnos de ocho años: Reichel, Alba, Fiorella, Acaymo, Ágora, Neiza, Agoney, Leo, Alejandra, Paola, Yanely y Yuleidy.

Pájaro preso

Muchas veces en mi niñez, tuve en mis manos el frágil aleteo contenido de un pájaro atemorizado en su vano intento de ser libre, de zafarse de mi fuerza más poderosa que la suya ¡Qué delicado se me hacía ahí, por mis manos atrapado!

Entonces aquel temblor de huesecillos bajo las plumas resonaba en mi pecho de niño, como si mi propio corazón no fuera otra cosa sino un pájaro igual a él; un pájaro que procuraba aliviarle con ternura su miedo de pájaro. 

Yo, aquel niño, pedazo de vida cobijando a otro pedazo, pretendía ilusionado y sin saberlo la eternidad de ese instante efímero y por eso me demoraba en él.

Así te siento hoy, mi amada, cuando te dejas abrazar por la espalda y con el gesto me regalas generosa esa vulnerabilidad de pequeño pájaro de mis días de infancia. 

Solo que ahora en nuestro temblor compartido no hay un miedo de pájaro preso.

David Galán Parro

28 de noviembre de 2024

El odio mutuo

Se enamoró y buscó por medio de ella sanar sus llagas. Ella le correspondió haciendo lo propio en espejo leal. Así, se creyeron mutuamente salvados.

A esto lo bautizaron como plena sinceridad mutua.

Durante años, estuvieron contemplándose, viéndose mutuamente tiernos en esa desnudez herida y vulnerable que les procuraba mutua indulgencia.

A esto lo bautizaron como espera y perdón mutuos.

Muy lejos ya de la pasión primera, otros amores les develaron la derrota mutuamente fraguada y la promesa vergonzante que se hicieron por miedo a la inminente soledad de la carne: la de darse hasta el fin mutua salvación, espera y perdón mutuos.

Por ello, llegados hasta aquí, el último vástago recién bautizado los mira, silencioso y sombrío: el odio mutuo: el odio que en verdad se profesan a sí mismos, juzgándose sin piedad, cobarde y mezquino para con el otro.

David Galán Parro

26 de noviembre de 2024

Mi opinión sobre David Foster Wallace (3)

David Foster Wallace en su breve novela autobiográfica «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer» deja entrever su visión política conservadora que raya lo reaccionario. Que lo haga con o sin consciencia de ello, no cambia en nada las cosas.

La razón que sustenta mi afirmación se basa en los siguientes contenidos, implícitos o explícitos, de su novela:

1) Foster Wallace parte de la crítica a la excelente oferta de ocio de una empresa de cruceros para exponer su visión crítica del consumismo en la sociedad capitalista. Los personajes que aparecen en su novela son gente de clases medias trabajadoras, de  todas las edades y provenientes de distintas ramas de la producción. Están disfrutando de un ocio merecido que Foster Wallace sin embargo ve como algo negativo para la espiritualidad de esas personas ¿Por qué no ve Foster Wallace en ese ocio la contrapartida a sus vidas de esfuerzo y trabajo duro? ¿Cómo puede tener un concepto tan negativo sobre el hecho de que la clase trabajadora acceda con cierta facilidad al disfrute del conjunto de los  valores de uso que ella misma produce? 

2) Foster Wallace parte de su percepción de las duras condiciones de trabajo de la tripulación del barco y de la percepción del trato laboral vejatorio que sufren los trabajadores de rango inferior por parte de los de rango superior para exponer su crítica a la explotación laboral
¿Por qué saca conclusiones Foster Wallace del trabajo de duras condiciones en base a una percepción de la tripulación del barco? ¿No es pobre esta visión y por ello, sus conclusiones? ¿Acaso la existencia material del barco en el que va se da forma espontánea? ¿Quién produjo tal maravilla de la ingeniería humana sino la fuerza de trabajo de millones de personas, niños y adultos, en sus diversas condiciones laborales? ¿No tendría entonces que tener un concepto más amplio para profundizar su crítica si ese es su fin en la novela? ¿Cómo puede tener un concepto de explotación tan estrecho? ¿Sabe que el concepto de explotación está más relacionado con la proporción entre beneficio y salario? ¿Sabe, por ejemplo, que un futbolista de élite es bajo su forma económica de miembro de clase capitalista un explotador de primer orden? No, él es como si viera el sol por el cielo y estableciera su crítica a partir del movimiento aparente del sol.

3) Foster Wallace hace mención en distintas partes de la obra de la identidad nacional y racial de ciertos personajes: los operarios del aeropuerto son todos cubanos, los trabajadores de rango inferior de la tripulación son libaneses, los trabajadores de rango superior son griegos, «una legión de tipos del Tercer Mundo con monos» (nota 17) y (pág. 65, capítulo 9) ¿Por qué lo hace? ¿Porque es racista? No creo. Pienso que lo hace porque él concibe las relaciones de explotación como contradicción entre el Primer Mundo y el Tercer Mundo, pero confronta el consumo excesivo del Primer Mundo con la explotación laboral de trabajadores que provienen del Tercer Mundo, como si el hecho segundo fuera consecuencia directa del hecho primero, como si la clase trabajadora que consume de un lado fuera la responsable de las condiciones laborales opresivas que sufre la clase trabajadora del otro lado. Esto a mi juicio, es no entender en absoluto las contradicciones de clase a nivel mundial, que ya en el momento en que se escribió la novela, se manifestaban de similar manera a la manera actual.

4) Foster Wallace pierde esta atenta mirada, que no deja de ser bienintencionada, cuando en determinadas partes de la novela frivoliza o deforma con el lenguaje el contenido real de determinados acontecimientos históricos muy dolorosos: en el capítulo 5 para referirse al estado calamitoso de las infraestructuras de un aeropuerto estatal y su trasiego desordenado de personas dice primero: «Imaginen el día después de la caída del Muro de Berlín si todos los alemanes del Este fueran rollizos, de aspecto cómodo y vestidos con tonos pastel caribeños, y se harán una idea bastante buena del aspecto que tiene hoy el aeropuerto Fort Lauderdale» ¿Sabe lo que significó en verdad Foster Wallace la Caída del Muro de Berlín? La Caída del Muro de Berlín supuso una derrota para el avance del Socialismo en el mundo ¿Qué concepto tiene Foster Wallace de Socialismo? ¿Es tan pobre como su concepto de explotación? ¿Cómo puede frivolizar Foster Wallace comparando un acontecimiento doloroso con un hecho que manifiesta depauperación en los medios de la economía pública? Más adelante en el mismo capítulo: «Por lo visto el aeropuerto Fort Lauderdale es el típico aeropuerto tranquilo de tamaño medio durante seis días a la semana, pero todos los sábados parece la Caída de Saigón» ¿Sabe lo que significó en verdad Foster Wallace la Caída de Saigón? Lo que llama él «la Caída de Saigón» fue la liberación de la ciudad de Saigón por parte del ejército comunista de la ocupación estadounidense ¿Por qué entonces no dice la «Liberación de Saigón»? ¿Cómo se puede permitir esta tergiversación de la realidad histórica por medio del lenguaje, precisamente él, que en la novela es manifiesta su crítica al uso falsario y espurio del lenguaje para nominar la realidad y manipularla? ¿Cómo se permite esta contradicción de bulto? ¿Acaso no le traiciona un cierto fondo político conservador, e incluso reaccionario, pese a que quiere anticiparse a él? En otra parte compara el hecho de esperar en la cola para acceder al crucero con una fila de personas que de forma inminente van a entrar en la cámara de gas nazi ¿Es consciente Foster Wallace de la frivolidad y la falta de sensibilidad con que escribe al sacar estos temas? Un escritor a mi juicio debe ser un hombre atravesado por el impacto emocional de ciertos hechos imborrables y bárbaros de la Historia. No estar en esta disposición es alejarse mucho de la condición humanista profunda que debe vibrar en el espíritu del que escribe.

David Galán Parro

25 de noviembre de 2024  

Mi opinión sobre David Foster Wallace (2)

Sigo leyendo la novela de David Foster Wallace “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer” y aunque en el Taller de Literatura al que asisto nos han pedido la lectura completa de tal novela, no llegaré ni a la mitad de la misma, quizás dada mi tendencia a tomar notas que me ralentizan el proceso de lectura.

Quizás —he dicho— dada mi tendencia… porque del lado del autor hay algo de base que me impide avanzar con fluidez. Algo que quiero llamar falta de contenido esencial.

El contenido esencial de una obra que expresa una historia —pienso en literatura y en el cine—, debe ser a mi juicio, el mundo subjetivo universal, esto es, el mundo interior a la conciencia del hombre trascendiendo casi cualquier época y lugar.

No hay historia con finalidad artística que no deba ser contada apuntando sólo al mundo subjetivo universal. No hacerlo es caer en el documentalismo, en el ensayo, en la monografía.

Ese mundo interior a la conciencia no puede estar formado por otra cosa que no sean los sentimientos, las creencias, los pensamientos y los valores en estado de conflicto dentro de los agentes activos de la historia contada, los llamados personajes. En la medida en que la obra no expresa la parte que trata de ese mundo, esto es, el tema, y no lo expresa con claridad suficiente a través de sus particulares medios artísticos, la obra se empobrece y se vacía. Y la propia elección del tema también es decisivo para el alcance de la obra: por ejemplo, no es lo mismo tratar el tema de los celos en pareja que la muerte de un ser querido o el acercamiento de la muerte propia.

Establecidas para mí estas premisas, no puedo sino señalar en la obra de D. F. Wallace la poca presencia del mundo interior a la conciencia y sus conflictos y la falta de claridad en la expresión de éste mundo por medio de la representación literaria.

* * * * *

Para ejemplificar esto que digo quiero centrarme en el estudio del capítulo 7, concretamente sobre lo que ahora llamaré inadecuadamente Tema.

En este capítulo el protagonista acaba de embarcar en un crucero que durará siete días y a mi parecer, debemos distinguir un discurso principal y un discurso secundario en el discurso total del capítulo.

El discurso principal aborda el Tema —repito, si así lo podemos llamar— de “la marejada” y lo desarrolla mediante dos líneas de subtemas: línea 1) La marejada y el mal tiempo / La marejada y el mareo / el mareo y los hipocondriacos / el mareo en general / el mareo en el narrador / El mareo y los parches para el mareo que usan los pasajeros del crucero / El mareo y el aspecto físico del mareado determinado por los síntomas del mareo / El mareo como tema de conversación entre pasajeros; y línea 2) La marejada y el movimiento del barco / los movimientos del barco: “dar cabezadas” y “bambolearse” y sus respectivos efectos negativos / el movimiento del barco y su efecto positivo: el descanso.

Esto es el esqueleto temático del discurso principal del capítulo, girando en torno a un objeto del mundo exterior «la marejada» y no a un objeto del mundo interior consciente del ser humano. No hay sentimientos, creencias, pensamientos, valores, confrontados, puestos en lucha. No hay movimiento de fondo. No está el contenido esencial propio de la Literatura. Todo lo que cuenta aparece tocado por el gélido despliegue formal del narrador con sus sorpresivas ocurrencias desde una originalidad que consiste en el destellar aislado de una excentricidad personal particular puesta al servicio del humor inteligente que no trasciende ni alivia de nada al que busca en la literatura algo de verdad sobre la condición humana.

El discurso secundario del capítulo 7 se despliega en una extensa nota (la nota número 32) en la que el narrador describe la relación que mantiene con otros pasajeros del crucero con los que compartirá mesa durante los siete días. Ni siquiera en este despliegue discursivo, carente prácticamente de historia —y por eso, sin ella, de narración— encontramos un Tema.

* * * * *

Para acabar confesaré algo personal que sentí con lo leído: Foster Wallace me agota, me vacía, me exaspera y me duele a la manera de la persona que queremos sin saber por qué; o que sabiéndolo la queremos porque intuimos en ella a alguien que se acerca a nuestra emoción por otras vías; a alguien que sin poder evitar ser quien es, se cuela para regalarnos también muy buenos momentos.

25 de noviembre de 2024

David Galán Parro

Mi opinión sobre David Foster Wallace (1)

Tal vez yo no sea una persona comprometida socialmente. Mucho me queda para serlo. Mucha observación y reflexión sobre la vida y el mundo. Pero lo que no haré nunca es escribir con la visión de David Foster Wallace.

Estoy leyendo la novela «Algo supuestamente divertido que nunca volveré hacer» y no la acabaré. No me interesa, aunque me he prometido sin embargo algún día abordar los relatos de su autor. No me cierro a ello, quizás con la esperanza de que me resarza de esta frívola novela. Y muchos son los rasgos, que en mi opinión, la hacen insoportablemente tal; rasgos determinados por la visión del mundo y de la vida que tiene Foster Wallace; visión que me parece superficial, pesimista y reaccionaria.

En primer lugar, para Foster Wallace el mundo objetivo sensible y el subjetivo y la relación de ambos nos lo presenta negativamente. El mundo objetivo sensible lo vuelve frío, feo, oscuro, excesivo, protuberante, histriónico, enfermo. El mundo subjetivo lo vuelve vacuo, materialista, hedonista, opresor, carcelario, autocomplaciente, decadente. El mundo objetivo sensible lo presenta como fachada procaz y reflejo de un mundo subjetivo vacío. El autor parece sentirse por encima de esta aberrante verdad por el mero hecho de hacernos saber que es consciente de la misma. Parece sentirse salvado moralmente por constatarla. Se extraña del mundo y lo juzga desde fuera. Pero se equivoca: nadie está más dentro de él que quien lo contempla conscientemente y juzga sus limitaciones como verdaderas aberraciones morales sin ofrecer nada a cambio.

En segundo lugar, no hay profundización en sus personajes. Su novela parece destinada a ser una catalogación genérica de grupos humanos tratados como rebaño usando burdas etiquetas en donde no hay distinción. Así nos concreta los personajes colectivos. Si algún personaje individual aflora de entre esa masa social petrificada, no hará nada por presentárnoslo con una mínima explicación psicológica de fondo que no sea su propia concepción negativa de la condición humana. Todo es despersonalizado en beneficio de su visión superficial.

Foster Wallace confunde su representación del mundo con el mundo mismo y no se da cuenta de que al final él mismo contribuye a la barbarie con lo que escribe ¿Hace humor Foster Wallace? Yo diría que no. Simplemente oscurece y vulgariza el mundo y nos quiere hacer creer con ello, que se encuentra más cerca de la verdad, cuando lo que hace es humor sin un fin liberador. Por eso su posición es, bajo mi punto de vista, no liberadora: el humor para devastar más aún la vida devastada. Humor para encerrarnos. Humor ocurrente que no ofrece alternativa, que no alivia. Y por eso quizás él mismo, como escritor, se ha deshumanizado y malogrado.

Ahora hablaré de mí. Como creador de relatos cómicos, he perseguido con el humor un objetivo liberador. También aliviar el dolor que producen ciertas contradicciones del mundo consciente universal a veces insalvables. Tengo necesidad —por ciertas experiencias personales que no vienen al caso— de observar en el mundo las limitaciones humanas y reflejarlas en personajes incorregibles e imperdonables a los que finalmente el tratamiento humorístico redime. Con el humor los exculpo de sí mismos por lo que son, sienten, creen y hacen. Y por supuesto lo hago siendo fiel a mis valores de cada momento. He encontrado en el humor, esperanza y comprensión; un relativismo moral que necesito y me libera.

Pero en David Foster Wallace, el humor pierde su finalidad liberadora. Entonces ¿para qué escribe este autor desde lo humorístico? ¿para qué nos encarcela con su humor oscuro? ¿para qué nos hace partícipes de su negativa visión del mundo que de nada sirve? ¿Cómo pretende superar esa devastación que percibe? Si su escritura ha perdido su objetivo liberador ¿a cuenta de qué escribe? ¿Para hacernos reír mientras contemplamos un mundo sin alternativa, sin solución?

Encuentro suficientes estas razones para que Foster Wallace me parezca un escritor con una visión superficial, pesimista y reaccionaria del mundo.

David Galán Parro

24 de noviembre de 2024

¡No te vayas de mí, amor!

¡No te vayas de mí, amor!

¡Sé una puerta abierta siempre,

un horizonte preñado

de una infinita suma de cosas

que me desgarren el pecho

y me desangren!

El hombre nuevo que espero ser

será hijo de esa sangre

que sólo tú conoces.

Nací con el espanto al rumbo incierto

pero también al camino

ya delante, tendido, rendido, petrificado

¿Cómo se aúnan ambos terrores contrarios?

¿Cómo sobrevivir a la cuerda

que tensan y me ahoga?

¡No te vayas de mí, amor!

Y si algún día así haces 

que sea al menos

porque quisiste dar paso 

a la fuerza que aún preciso

para aliviar la cuerda.

David Galán Parro

15 de noviembre de 2024

La promesa que te salva

Cuando te succionan la vida, destruyendo la posibilidad de descubrir tu identidad, de descubrir tu fuerza, alejándote de tu centro, de tu libertad, injurias a los que lo hicieron. Te permites ese vano alivio, queriendo precipitar lo que sólo reparan las nuevas acciones, las nuevas personas, los nuevos horizontes.

No obstante, el daño que te han hecho es fuerte y arrastra. Su alcance lo calibras en su justa medida cuando has recuperado algo de esa libertad y dignidad succionadas. Es en los momentos mas bajos, acaso los mas lúcidos, los que hablan mejor de tu verdadera salud, los que te recuerdan con su dolor, lo que realmente fue aquella vida pasada idealizada, en la que te creíste protegido por otros a cambio de nada.

Esos momentos bajos son hijos de la libertad y la dignidad de ahora. Ellas te remiten a ese dolor, te reprochan tus cobardías pasadas, tu indefensión, tu debilidad de entonces que quisiste enmascarar con una falsa bondad y permisividad que fue la hendidura por la que se coló la succión de tus fuerzas entregadas por obligación moral a los que te protegían. 

Duele esta certeza clara ahora como la luz del sol y se mezcla con la rabia de quien ahora sí tiene la piel hecha para sentir su quemazón. La piel de antes fue algo que soportó tanto lo que le quemaba que se quedó muerta en vida, una costra negra en la que ya nada se filtraba. 

Ahora lo sabes y por eso, de repente, algo te es revelado con la fuerza de un rayo, algo que ves con la sabia perspectiva del tiempo; algo que descubres que nadie pudo destruir, algo que se mantiene en pie, pese al dolor; algo que te conmueve: entre las ruinas de ese tiempo de destrucción soterrada de ti mismo, vislumbras la silueta lejana de un niño que te mira silencioso, vislumbras su inocencia, su pureza, su hermosura, su fuerza de niño.

Y desde ese paisaje devastado, el niño con su poderosa mirada te dice: «No te rindas. No te rindas, jamás. Yo nací para que te hicieras cargo de mí; pase lo que pase» y le deberás cada gota de la fuerza que te resta de vida.

Tienes cuarenta y ocho años en ese momento íntimo y estás llorando de felicidad y de amor hacia ti mismo.

Los que te han succionado hasta la extenuación han saltado ya de tu vida y vuelan hacia otras. Su ciclo parasitario no descansará nunca. Son gracias a otros. A la ayuda abnegada que creen y dicen dar a otros. Bien lo sabes, ahora. Ya no te engañas. Al menos has llegado a la etapa de poderlo decir sin sentir rubor, sin sentir culpa, sin sentirte traidor, ni egoísta, ni indigno. Pronúncialo, grítalo aunque se te raje la garganta: ¡Yo, la víctima! Y aprende que en esta certeza que declaras no hay remisión, no hay salvación, no hay injusticia moral.  Es así y así ha de quedarse: intransferible y dura, como la losa que nos aplasta en el camposanto.

Pero no te confundas: estás encadenado aún a la promesa que le hiciste al hermoso niño que te mira mas allá de los años que se allegaron con irremediable torpeza hasta ti.

David Galán Parro

12 de noviembre de 2024

El hombre que amó siempre a mamá

1

Mamá acababa de morir y debíamos ocuparnos de papá con el poco ánimo que nos quedaba. Mi hermano que vivía a sus cuarenta con él, solterón y parado, le cocinaría, le resolvería la limpieza doméstica y lo acompañaría en sus salidas por el pueblo; yo que estaba recién separada del padre de mi hija y por eso disponía de más tiempo, iría a visitarles por las tardes después del trabajo. Tenía pensado en principio ir sin la niña, pues no quería meterla en aquel triste ambiente de luto mientras no pasara lo mas duro. Pero para mi sorpresa, fue mi hija quien torció el plan al pedirme estar junto a su abuelo.

En los primeros días, papá anduvo taciturno. Comía poco, no quería salir y ponía cara de poca gana a todo. Temí que se le avecinara una depresión y quedara definitivamente así. Pero con mi hija todo cambió. Su presencia y sus juegos fueron animándolo y al cabo de un mes, el viejo recuperó el apetito, su locuacidad acostumbrada y sus ganas de callejear. 

Por naturaleza mi padre fue siempre un hombre alegre, para el que la tristeza constituía una fiebre pasajera, algo que venía y se iba sin mucho asunto. Quizás el trabajo físico en su finca de plataneras, bajo el sol radiante y el aire fresco, había hecho de él una suerte de terco optimista, de hombre que espantaba la melancolía. Por eso nunca le oí hablar con derrota; ni siquiera en medio de la tristeza del luto aquel.

A día de hoy me sigo preguntando muchas cosas…

Como la mayoría de las relaciones de antes, de hombres y mujeres de poca palabra y mucho callo, la de mis padres no se explica con los cánones actuales —el amor, sin duda, se ha complicado mucho— y por ello, me deja siempre el mismo interrogante: ¿Qué cosas la mantuvieron casi intacta? Tal vez lo pregunte con el sesgo idealizado de quien no quiere repetir ciertos egoísmos o limitaciones heredados que socavan el amor incondicional. Pero pronto me desengaño: mis padres fueron siempre la noche y el día bajo un mismo techo. Frente a esto, no puedo sino escarbar en los temperamentos, repasar las anécdotas de siempre, chocar de nuevo contra ciertas evidencias, si quiero hallar respuestas.

2

Para empezar mi madre era una mujer de armas tomar, un verdadero látigo, un órdago a la paciencia humana, alguien que pensaba en ella, luego en ella y al final también en ella; mi padre, en cambio, era su némesis involuntaria. La mujer se enervaba. «¡Con hombre más bobo no pude casarme! ¡Cualquiera se la pega!» solía decir antes de recriminarle un dinero prestado, un pago fiado, una mercancía malvendida. A papá le perdía su generosidad incorregible; pero a mamá, el mando que se atribuía en virtud del celo y la eficacia con que administraba la casa y el dinero que papá ganaba con lo recogido en la finca. Por aquel mérito incuestionable a sus espaldas, la vieja vindicaba entonces su autoridad en otros asuntos de la familia. «¡Ay, si yo no estuviera… !» repetía a menudo. 

Una vez, por la tarde al volver del instituto —tendría yo los dieciséis—encontré a mamá preparándose nerviosa para salir. No parecía arreglada para ir al centro del pueblo. 

—Voy a la finca. Tu padre se ha dejado aquí la comida para los perros.

La finca se encontraba a casi una hora a pie. Si mamá consideraba una soberana pérdida de tiempo recorrer tal trayecto y más por un despiste que bien sabía podía resolver papá pidiendo el favor a un propietario cercano ¿a qué iba allí? Todo era muy extraño. Empecé a inquietarme. Un desagradable presentimiento se definía dentro de mí: «¿No irá a comprobar algo con sus propios ojos…?» Con el corazón en un puño, la esperé sintiendo la casa a cada minuto más estrecha y desolada «Papá nunca lo haría» me dije en un intento de tranquilizarme. Pero ¿quién podía adivinar lo que andaba por su cabeza? ¿Acaso no circulaban por el pueblo las más inverosímiles traiciones amorosas? Unas tres o cuatro horas después, mamá reapareció por la puerta, sola y con un cabreo monumental, echando pestes del viejo. Estaba tan cabreada que yo le era invisible.

—Pero ¿cómo se atreve el muy…? ¡Y sin decirme nada! ¡A mí, que me desvivo por él, que le resuelvo todo, que le hago y le llevo las cosas como a un niño chico,…!

—¡Madre! ¡madre!… —le supliqué al fin descompuesta.

—¿Qué? —y al fin me vio.

—¿Qué ha pasado?

—¿Qué? —repitió como si tuviera que conocer el motivo de su enojo—. Pues que el muy mentecato tiene unas gallinas ponedoras allá y no me lo había dicho ¿Te parece bonito? Él creía que no iba sospechar nada, como si una no viera los restos de plumas que traía últimamente pegados a la ropa de faena…

Entonces mi hermano que pasaba por allí sin ser visto, dijo con su habitual  desenfado:

—Pero má… Deja que haga esas cosas el hombre. Necesita distraerse un poco… Ni que fuera a arruinarse por invertir en unas gallinas…

—¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cáaaallaaaaateeeee! ¡Qué sabrás tú! ¡Y a ver si te pones a trabajar de una vez y nos ayudas en algo, gandul! Entre tu padre y tú… ¡Vaya dos!… ¡No me sirven sus cabezas ni para el caldo pescao!

Mi hermano me miró con resignación, se encogió de hombros como diciendo «es lo que hay, Ania, no insistas» y salió por la puerta tranquilamente hacia la calle. 

Durante unas semanas, mamá siguió enfurruñada a la vez que comprobaba para su derrota, cómo día tras día y al golpito a papá le iban rentando las aves. Fue de las pocas veces que la vi enmudecer ante una iniciativa del viejo y no sabría decir si por orgullo herido o por conformidad inconfesa.

De todos modos aquella anécdota no le iba a hacer virar su carácter. Espinosa como un cardo, no se achantó en su control de todo. Ante un retraso de papá de la finca, gruñía: «¿Dónde se habrá metido ese hombre? Seguro que Juan le andará llorando y él le dirá que sí» y ante un adelanto, soltaba: «¿Ya por aquí? ¿Recogiste todo, descabezado?» y tras uno u otro, estampaba en la mesa algo de dinero: «Y no lo malgastes, deja algo para mañana». Entonces el viejo se ponía como niño contento en camino a su ronda de café y charla por el pueblo. Era su cándida manera, a la vez, que nuestra suerte: a papá no le arrastraba la bebida, ni las calamitosas apuestas, ni tirarle los tejos a otras mujeres, como descubrí aquel día —cosa que en verdad podía hacer pues aún era bien parecido—. Estas raras cualidades para la época, por raras, también eran celadas a la vista de otras cónyuges. Pero tal privilegio, mamá no podía agradecerlo en su justa medida.

No obstante ahora, con la madurez que me dan los años, veo en aquella tensa cuerda de mi madre, una sinceridad de mujer fuertemente enamorada, y acaso también un miedo íntimo a perder al hombre único y alegre que le quería con locura… 

Tensa cuerda que no sólo apretó a mi padre, sino también a mi hermano y a mí en lo que a educación se refería… 

Un plato en la mesa, ropa de mercadillo, techo sin goteras y material escolar, no mucho más, era lo que defendía mamá como indispensable. Los juegos con los hijos le parecían superfluos y que éstos se soltaran a leer y a escribir ¿quién dijo que era meritorio? Simplemente tenía que suceder, estar ahí, sin mas; mamá no iba a disertar acerca de la rectitud, el esfuerzo, la entrega en la vida: no iba a disertar sobre lo obvio. Los consejos morales no debían repartirse a nadie, sobraban, según su visión práctica y tal vez porque una vaga sospecha la hacía enemiga de darlos: aconsejar a otros era recibirlos sin pedirlos. Y mi madre no estaba para consejos de nadie: le agotaban, le desperdiciaban el tiempo, le dilapidaban su economía psíquica. El mundo o era a su medida o no era nada. No iba a hacer lo que otros le dijeran y menos viniendo de nadie. Y como todos eran nadie en ese sentido, porque, según ella, todos se desautorizaban solos, el mundo se convertía en ese lugar donde pululan por doquier los malos bichos. «Fíate y te sacarán los ojos», era su principal lema. 

Dos breves anécdotas me recuerdan su desconfianza hacia todos.

En la primera, mi hermano se quería deshacer de varios electrodomésticos inservibles que se acumulaban sin tino en la casa. Mamá se resistía de modo que hubo agarrada:

—Te los llevo al punto limpio, má… Tienes que tirarlos. Compraremos unos nuevos. Así no puedes seguir. Vas a padecer el síndrome de Diógenes y …

—¿El qué?

—El síndrome de Diógenes…

—¿De qué tontería hablas, Luis? Llévatelos, anda, y déjame en paz… pero espera… Coge una tijera, coge una tijera…—apremió como asaltada por una intuición repentina.

—¿Una tijera? ¿Para qué?

—Para cortar los cables que dan a la corriente. Nunca se sabe quién se puede quedar con los aparatos…

En la otra, fui yo quien tuve el encontronazo:

—Mamá, me vendría bien cambiar de móvil, ¿podrías dejarme uno de los tuyos?—. Era la época en que los teléfonos móviles se habían hecho habituales en nuestras vidas y mamá, que no paraba de aceptar las agresivas ofertas de las compañías de telefonía, había inundado la casa de ellos. Estaban por todos los rincones, junto a los fijos de los que tampoco se deshacía. Era una locura.

—No, no —me respondió sin dudar.

—Pero mamá, si no les das uso ¿para qué los quieres? ¿Qué más te da? Te lo cambio por el que tengo. No vas a perder nada…

—¿Por uno tan antiguo? ¿Me ves cara de boba? —Y antiguo era.

Pero la historia que mejor hablaba de su natural recelo hacia todo el mundo, era la del pleito que se tenía con mi tía Mela, unos años mayor que ella. 

El pique venía de viejo. No se llamaban nunca, ni se hablaban pero sabían buscarse. Mamá y mi tía tenían esa conexión venenosa que sólo dos mujeres de mucho carácter y orgullo pueden sufrir bien aunque ello lleve a los demás al mismísimo infierno. «Quien antes muera que no informe a la otra» nos decía mamá a cada dos por tres.  Y no lo decía en broma. Un día mi tía descubrió desde dónde aguijonear a mamá. El matinal de la radio local se abría entre semana a los vecinos y les daba voz en directo. La inquina soterrada de ambas se desenterró allí y se oreaba impúdica. Fue por un largo tiempo, el frente de hostilidades. Mi tía presumía de los logros académicos de sus nietas, de sus adquisiciones inmobiliarias, de sus posiciones laborales cada vez más ventajosas, de la buena marcha de los negocios de su Juan, mi tío. «Presume de nietas porque sus hijas no han llegado a nada por ellas mismas» criticaba mamá satisfecha mientras escuchaba la voz aguda de mi tía en directo. Y mamá lo decía porque yo era la única universitaria entre mis primos, el bastión de su orgullo. Luego durante la tarde, la veía pensativa, preparando su artillería, calibrando la respuesta con la que meternos a todos en el embolado radiofónico de la mañana siguiente. El pueblo comenzó entonces a saber de mí, más de lo razonable y eso me tenía en vilo. Un novio, la buena marcha de mis estudios, mi casamiento, un trabajo nuevo y mi promoción en él, su nieta, incluso mi separación, fueron en ese orden algunas noticias en el pueblo gracias a mamá. Yo le reprendía. 

—Pero ¿qué más te da? —me soltaba ofendida— ¿A quién le va interesar tu vida que no sea a la engreída de tu tía? —y parecía que la ofensa era que yo dudara de su control de la situación. Todo lo justificaba por razón de aquella inquina, nunca aclarada, y por desarbolar sistemáticamente a la parte enemiga. Yo no esperaba ni unas mínimas disculpas, claro. 

Por eso, porque aquella inquina era como era, cuando mamá enfermó y hubo que ingresarla, lo que sucedió en el hospital nos dejó a todos perplejos: en su delirio, bajo los efectos de los analgésicos que la embotaban, mamá llamaba a mi tía para que acudiera a su cama haciendo emerger de improviso a la niña que necesitaba a su hermana Mela y con la que se sentía protegida de sus más poderosos miedos nocturnos. Era cómico y tierno verla así, vuelta como un calcetín y con la guardia baja. Ya pasado el bache y en casa, le estuvimos aguijoneando un tiempo con el que fue su lamentable estado. Ella se reía con la broma al principio, pero a los pocos días volvió al redil de su duro carácter y nos mandaba callar.

Por fin, un mes antes de morir, lo que tenía que suceder, sucedió: una tarde, sin que nadie lo previera, sonó el teléfono. Era tía Mela. La conversación fue inusitadamente cordial y no duró más de quince minutos. Mamá no nos refirió con claridad su contenido, tal vez porque en ella capitulaban ambas con unánime vergüenza sin explicitarlo. Sea como fuere, el pleito quedó sellado y debió traer —quien sabe— el mutuo alivio que se negaban. Era la despedida.   

3

Mi madre fue una mujer inmensa que apuntaló hasta el fin su egoísmo, su fortaleza —yo quiero para mi hija y para mí, ese dechado—; y aunque a día de hoy pienso en esto, convencida de que así lo hizo para protegerse de un mundo que se le antojaba hostil, de un tiempo para acá, una vaga corazonada insiste en mí a la luz de ciertos conocimientos modernos que me hacen concebirla fuera de cualquier regla de su época: ¿Por qué mamá tenía esa incapacidad, diríase «de fábrica», que le impedía colocarse en zapatos ajenos, que le negaba la resonancia de padecimientos no suyos, que le hacía ciega al impacto emocional de sus decisiones en los otros? ¿No sería una tara congénita no diagnosticada la que operaba para su tranquilidad, para su fuerza y su convencimiento? ¿Una tara a la que nos habíamos resignado y que sobrellevábamos cómo buenamente podíamos? ¿Una tara que nos abrazaba con lógica natural y nos salvaguardaba a la vez de egoísmos ajenos?… Por esa posible tara ¿quién fue en verdad mamá?

La fortaleza que nos dejó, yo la iba a descubrir poco a poco en su herencia de sangre, en el latido de su prole de segundo orden…

Había pasado por lo menos una semana de su muerte y yo me resistía aún a comunicarle a mi hija la noticia. No sabía ni cómo ni cuándo empezar. Siempre tenía alguna falsa razón con la que tachar de traumático el momento e intentaba no urgirme viendo en ella su falta de sospecha. O al menos eso creía. Una mañana, a la desesperada, me armé de valor y me planté al fin en su cuarto. Debí entrar con el rostro desencajado. Como de costumbre estaba reconcentrada en su tablet, distraída. No me miraba «Le afectará menos» pensé. Balbuceé primero, luego opté por mis rodeos acostumbrados y conseguí decir en un remedo de voz «Julia, debo darte una mala noticia que espero sepas llevar, cariño…» pero no pude continuar: me miró de pronto y abriendo los ojos y la boca con candorosa sorpresa, me preguntó confirmando:

—¡¿Se murió abuela?!

Desde hacía días lo intuía y lo había aceptado. Me eché a llorar. Unas palabras de consuelo brotaron pausadas de su boca y me sorprendió encontrar en ellas una suerte de comprensión adulta. Fue la primera vez que reconocí en Julia la entereza que siempre sobrepasaría su edad biológica —tenía nueve años—; y fue también entonces, cuando me pidió pasar aquellas hermosas tardes de luto junto al hombre que a su idealizada manera, nunca dejó de estar enamorado de su abuela.

David Galán Parro

9 de noviembre de 2024

Los grandes medios de comunicación privados y la catástrofe valenciana

El desastre natural de Valencia, con sus hasta ahora 217 muertos y cerca de 250 desaparecidos ha vuelto a mostrarnos en toda su crudeza cómo cubren los grandes medios de comunicación privados en España, los acontecimientos mas trágicos que viven las mayorías trabajadoras.

En la manera de hacerlo puedo resaltar las siguientes prácticas:

Instigan la indignación popular mas allá de los límites de los directamente afectados y la vuelcan sobre los dirigentes políticos de cualquier divisa partidaria.

Se hacen eco del descontento y la desesperanza de los damnificados sin ninguna utilidad práctica. Lo justifican como desahogo del dolor de los damnificados, aunque esta labor corresponda a los profesionales habilitados para eso: los psicólogos de emergencia que atienden telefónicamente.

Extraen testimonios individuales de los damnificados y los toman como representación de la tragedia general en detrimento de la opinión de los técnicos más cualificados.

Aparecen los periodistas más populares de dichos medios en los lugares de la tragedia como corresponsales (cosa que no realizan habitualmente) y actúan como periodistas de opinión política y se erigen como representantes del dolor popular sobre el terreno.

Se pone en valor el voluntariado y la improvisación civil como elemento clave de salvamento en detrimento del trabajo de las fuerzas de seguridad del Estado. No se plantea esta contradicción cómo colaboración sino cómo confrontación.

Culpabilizan a los dirigentes políticos haciendo caso omiso de la postura oficial que toma el gobierno, desautorizándolo.

Esto muestra una vez más en mi opinión, que los grandes medios de comunicación deben estar mucho más regulados por el Estado para que la práctica periodística no vaya más allá de lo que le corresponde hacer y no se convierta, como en este caso, en una práctica periodística irresponsable.

David Galán Parro

4 de noviembre de 2024