De regreso a casa, y enfrascado en el contenido de uno los últimos trabajos publicados en su blog por Francisco Umpiérrez, De lo abstracto a lo concreto, caminaba yo aquella tarde por la avenida de la Playa de Arinaga, cerca del muelle viejo. Es una zona tranquila que invita a la reflexión. La borrasca daba sus últimos coletazos y el mar se mostraba más vivo y bello que nunca. Me paré frente a él. En estas ocasiones, mejor sentir que pensar. Ahí estaba. Inquieto, cambiando de forma sin dejar de ser él mismo. Con el poder que le otorga la fuerza de su inmensidad, sepultando con su manto las rocas negras que conforman la orilla a las que, instantes después, dejaba de nuevo emerger para que yo pudiera contemplarlas. Acompañando la estampa, lo oía rugir como un lamento por su eterno e incesantemente ir y retornar, sintiendo sobre mi rostro las diminutas gotas del abanico de espuma que levantaba frente a mí y que el viento transportaba. Y todo ello envuelto en el aroma que desprende el mar cuando hay “tiempo del sur”, en el hablar de los isleños.
En ese instante, mi pensar se unió a mi sentir. En mi memoria hizo acto de presencia la cita de Hegel que Francisco trascribió en su trabajo con el fin de rebatir las afirmaciones de Manuel Sacristán sobre el riguroso pensador alemán al que atribuía vaguedad e imprecisiones en la exposición de sus ideas. La cita de Hegel dice literalmente así:
“El contenido concreto de la certeza sensible hace que este se manifieste de un modo inmediato como el conocimiento más rico e incluso como un conocimiento de riqueza infinita a la que no es posible encontrar límite si vamos más allá en el espacio y en el tiempo en que se despliega, como si tomásemos un fragmento de esta plenitud y penetrásemos en él mediante la división. Este conocimiento se manifiesta, además, como el más verdadero, pues aún no ha dejado a un lado nada del objeto, sino que lo tiene ante sí en toda su plenitud”.
Así tenía yo el mar ante mí: en toda su plenitud.
Poco después reinicié mi paseo. Llegando a casa, y entre dos contenedores de basura, vi una mesa que alguien habría depositado en la basura cuando ésta dejó de serle útil. En un primer momento, sentí indignación al comprobar cómo parte de la ciudadanía ensucia el paisaje urbano. Para algo están los “puntos limpios”. Después centré mi atención en la mesa. De madera, color miel, su tablero circular, con una única base central rematada por cuatro pequeñas patas, dos de las cuales estaban partidas. Los basureros son los cementerios de las mercancías cuando estás dejan de ser útiles.
Viendo la mesa, mi pensamiento se llenó de preguntas:
¿De qué bosque, de qué especie de árbol, de qué árbol individual salió la madera? ¿En qué carpintería o fábrica se construyó? ¿Quiénes y cuántos fueron los trabajadores que participaron en elaborarla? ¿Qué herramientas utilizaron? ¿Cuántas horas de trabajo emplearon? ¿Una vez terminada, cuántos días permaneció almacenada a la espera de su venta? ¿De qué lugar vino? ¿Cómo fue trasportada hasta la tienda donde fue vendida? ¿Cuál fue su precio de venta? ¿Cuántas “hermanas” semejante a ellas existirían? ¿Cuántas seguiría siendo útiles? ¿Qué lugar de la vivienda ocupó? ¿Qué uso tuvo? ¿En cuántas comidas, cenas y desayunos estuvo presente? ¿Cuántos manteles la cubrieron? ¿Fue encima de ella donde los pequeños de la casa hicieron los deberes del colegio? ¿Qué acontecimientos sociales tuvieron lugar a su alrededor? ¿Fue un mudo testigo de alguna partida de zanga?
A punto de entrar en casa, de nuevo recordé la cita de Hegel, y pensé que el contenido concreto de la certeza sensible de la mesa no aportaba respuesta alguna a las múltiples preguntas que sobre ella me formulé.
Mis primos cargaban el féretro donde iba mamá. La comitiva la formábamos unas treinta personas. El camposanto estaba silencioso y nosotros también. Todo obraba armonizado para mamá. El brazo de Silvia me prendió la cintura; yo, un poco por corresponderle, le pasé el mío por el hombro. Era un último gesto mutuo: entre nosotros se deslizaba ya sin retorno el frío pragmatismo de la ruptura. La tristeza y la culpa me embargaban mientras caminábamos. En mi vida no había hecho otra cosa que intentar cerrar puertas tras de mí, escribir capítulos siempre malogrados. Y la indiferencia por la suerte de mamá de los dos últimos años era una de esas puertas, uno de esos capítulos.
Delante de nosotros iba Clara. Había viajado desde Irlanda expresamente para despedir a mamá. También sentiría como yo, el no haber hecho nada por recomponer su relación con ella. La idea no me aliviaba. Clara intentaba mantener su falsa fotografía familiar, su mascarada de vida plena en Irlanda. Tres años antes, la crisis la había llevado allá como camarera de hotel; luego, la relación íntima con el gerente, su actual esposo, la había hecho medrar dentro de la empresa; después un hijo con él la había apartado del trabajo—eso convinieron—; y ahora, dos o tres competidoras andaban socavando el matrimonio. Pronto volvería a España —estaba cantado— y yo preveía que la distancia entre nosotros sería más obscena superada la geografía. Era una tarde gris y caminábamos junto al féretro ¿qué otra cosa podíamos ya hacer por mamá?
Frente al nicho, mis primos descargaron el féretro y lo introdujeron en él. Mamá se perdía definitivamente de vista en el hueco. De fondo, las ramas de los cipreses se oían agitadas por el viento. Una persistente llovizna nos empapaba. El operario iba colocando la lápida mientras yo pasaba revista a los asistentes. Los reconocía a todos. A todos, menos a uno: un señor calvo, con barba, fornido y de baja estatura —de hecho, era el más bajo de la comitiva— de unos sesenta y largos años. Vestía de forma descuidada y llevaba una cazadora vieja con forro de felpa y pantalones vaqueros. Estaba solo y parecía ensimismado. Miré a sus pies y le vi unas zapatillas deportivas gastadas que desentonaban en color y estilo con el conjunto. Luego observé que regularmente se llevaba un pañuelo a la nariz y se sonaba. En sus ojos —a mi alcance estaban— entreví una profunda afectación. A toda vista, parecía un hombre bueno ¿Quién sería? Pregunté discretamente a Silvia y no supo decirme. Cuando el operario terminó el sellado y se fue, Clara agradeció la compañía a los asistentes. Luego, el lugar se fue despejando y quedamos los más allegados; también el desconocido. Seguía solo, pero ahora frente al nicho, mirándolo. Me acerqué a su lado y me presenté.
—Era una gran mujer, su madre —recuerdo que dijo—. La conocí en la parroquia. Llevaba comida y ropa para mucha gente. Fue de gran ayuda.
Siempre atribuí a mamá una escasa vida social. Pero tal vez, tras la muerte de papá y en medio de la soledad extrema, el instinto de supervivencia le llevó a un empeño filantrópico y un orgullo de madre abandonada, a no comunicarnos nada. Por su modo de vestir, deduje que aquel hombre sería uno de los beneficiados.
—También gracias a ella me animé a volver a terapia. Le prometí que cumpliría.
Me pregunté cómo habría mamá conseguido traspasar el trato formal y entrar en aquellas intimidades con él. Fue entonces cuando sentí que en verdad no me despedía de mamá —o de quien yo recordaba como mamá—, sino de una mujer a la que le atribuía una soledad e infelicidad insalvables que no eran más que la proyección de lo que temía en mi ruptura con Silvia. Como se suele decir, mamá «había rehecho su vida», sin miedos ni esperas, pero a espaldas de Clara y de mí, con intereses que no calculábamos y que no eran propios de nuestras urgentes vidas.
El hombre me miró fijamente. Unos hermosos ojos azules parecían a punto de quebrarse. Entonces dijo:
—Yo no podía conocerte ni a Clara ni a ti. Era el trato. No se lo reproches.
Y dicho esto, se despidió y sin mirar atrás enfiló por el camino flanqueado de hierba y flores. No lo volví a ver.
(NOTA: El siguiente texto lo escribí en 1988 a los doce años. Lo presento sin modificar)
Como he de contar había una vez un topo que tenía los ojos negros que la vida no veían.
Viose el pobre cegato en tal maltrecha situación, pues era que a cada tres o cuatro pasos que daba, besaba duro y sucio suelo en donde contaba estrellas una a una y dolores y más dolores llegaban y se iban de su cabeza.
Ya harto de su desdicha decidió ver al cuervo oculista de quien seguramente arreglásele su problema ciego.
—Este problema se le presenta a los topos en su mayoría —decía el cuervo—, pero tiene arreglo, pues usando estas gafas ya verás que saldrás de tus sufrires —terminó su consejo y de allí salió alegre el topo.
Pues poco después viole el celoso búho que quedole el celo por las gafas que el topo usaba. Creía el muy tacaño que con esas mismas gafas contaría mejor su mucho dinero y quiso él también unas parecidas. Visitó también al oculista cuervo…
—Quiero unas gafas que me hagan ver mejor el dinero que tengo —decíale la codicia.
—Estas le servirán —aconsejole el cuervo.
—No. Éstas son borrosas.
—Pues éstas… —volvió a decirle.
—No. Veo pequeñas las cosas —optó el búho por la negación.
Así pasáronse horas y horas cambiando y probando gafas que ya casi loco el oculista estaba y quiso éste darle entonces las de la tontuna, las de sin cristales. Y así tomó el búho aquellas con su muy tonto deseo, y tan locamente las deseó que por ellas pagó la mitad de toda su fortuna.
¿Quién no hubiera reído ante semejante estupidez? Y así acaeció que riose más el oculista que un payaso de circo, pues se fue el búho entusiasmado con el creer de las gafas que se hallaban con transparentes cristales. Y bien ganó el cuervo oculista, pues merecido se lo tenía el búho.
Jorge Agustín Regustín acababa de cumplir dieciocho y no quería seguir estudiando en el instituto. Se lo pasaba sin hacer nada y desperdiciaba su tiempo jugando a videojuegos, haciendo comentarios random en las redes sociales y escroleando con el móvil todo el rato. En consecuencia había suspendido todas e iba a repetir. Su padre le decía:
—¡Si no quieres estudiar tienes que buscarte un trabajo y ahorrar para independizarte!
Y sí, a Jorge le hacía ilusión la idea de independizarse, especialmente porque tenía una novia con la que soñaba convivir algún día en una casa propia. También significaba comprarse el móvil de última generación, una buena moto como la de su primo, ropa de marca, y demás lujos, hacerse rico algún día como influencer o invirtiendo en bolsa,… Pero claro, como las cosas no se regalan tenía sí o sí que aceptar lo que le decía su padre: tenía que encontrar un trabajo.
A los pocos días de dejar el instituto consiguió uno de repartidor de comida a domicilio en una hamburguesería, cosa que le alegró de entrada. Siempre le había gustado ir en la patineta eléctrica a todas partes y a mucha velocidad y en su trabajo la patineta era imprescindible para llevar los pedidos a tiempo. Todo le pareció muy divertido al principio, —al principio, claro— pero cuando se vio conduciendo la patineta tantas horas al día y teniendo que sortear peligrosamente el tráfico de la ciudad, ya el trabajo no le pareció tan divertido. Además le pagaban poco y eso de ahorrar e independizarse iba a tardar más de lo que esperaba.
—Creo que tardaremos en vivir juntos —le dijo Jorge decepcionado a su novia—. Pagan poco y las cosas están caras.
—No tengas prisa, Jorge. Deja el trabajo. Es mejor que trabajes en verano y aproveches estos meses para sacarte el carnet de conducir. El curso que viene vuelve al instituto y tómate en serio los estudios. Yo estoy bien en casa con mis padres y no necesitamos todavía irnos a vivir juntos.
Pero a Jorge, que era obstinado, no le tranquilizaba la solución; así que prefirió seguir en su trabajo, a la vez que perder el tiempo con los videojuegos y las redes sociales.
* * * * *
Un día, un cliente llamó por teléfono al restaurante para hacer su pedido. Hablaba imperiosamente:
—Quiero el punto de la carne bien hecha. No me gusta cruda. Échenle poco ketchups a las papas, que el ketchup me da ardor de estómago. La ensalada que no tenga cebolla; me deja la boca apestando. Y no me pongan refresco; tiene mucho gas, se me hincha la barriga y me cuesta después ponerme los pantalones. Mejor agua sin gas, natural.
—Sí, señor —dijo Jorge
—¡AH! ¡Y NO TARDES! —gritó.
El cliente dio la dirección de casa y colgó.
Cuando el pedido estuvo preparado, Jorge lo metió en su maleta de reparto y salió con la patineta como un rayo hacia la casa del cliente. Ésta se encontraba en la urbanización mas lujosa de la ciudad y en el último piso de un edificio de diez plantas. Cuando Jorge llegó tocó en el telefonillo. La voz enfadada del cliente se escuchó entonces:
—¡TE HAS RETRASADO CINCO MINUTOS!
A pesar del reproche, el cliente abrió la puerta y Jorge dejó la patineta en el zaguán. Luego, entró en el ascensor —diez plantas eran muchas plantas por la escalera— y pulsó el botón con el número diez. La puerta se cerró al instante y el ascensor empezó a subir «Uno, dos, tres, cuatro, cinco,…» iba contando Jorge «seis, siete, ocho, nueve, diez, once ¿once?, doce ¿DOCE?, ¿TRECEEEEE?…» y el ascensor seguía subiendo y subiendo y subiendo. Entonces miró por la ventana incrustada en la puerta y vio que el ascensor había roto el último techo del edificio y se alejaba volando de él «CINCUENTA Y DOS, CINCUENTA Y TRES, CINCUENTA Y CUATRO,… ¡Madre mía! ¿Cómo voy a volver, ahora?»; luego dejó de ver el edificio y vio todo el barrio, y luego dejo de ver el barrio y vio toda la ciudad con las montañas que la rodeaban y el río que por mitad de ella pasaba como un hilito azul echado sobre la tierra. Y fue tan y tan alto que atravesó las nubes y acabo viendo grandes cúmulos de nubes y un cielo azul por todas partes. Y ya cuando el ascensor cogió una altura increíble, el cielo empezó a oscurecerse a la vez que las nubes se alejaban de su vista: estaba entrando en el espacio sideral. Y así fue que al poco vio la hermosa esfera azul que es nuestro planeta Tierra con sus continentes, brillando inmensa como solo un astronauta puede verla. «MIL DOSCIENTOS SETENTA Y TRES, MIL DOSCIENTOS SETENTA Y CUATRO, MIL DOSCIENTOS SETENTA Y CINCO,…» salían los números en la pantallita del ascensor —Jorge ya no contaba—. Entonces, a lo lejos otra esfera plateada apareció: era la luna que poco a poco se agrandaba a medida que el ascensor se acercaba a ella. Unos minutos después el ascensor comenzó a orbitarla y se quedó sobrevolando su superficie, como si buscará un sitio apropiado para aterrizar, sin cráteres y llano. Así estuvo un rato sin tocar tierra, hasta que detrás de una montaña se dejó ver una enorme cúpula hecha de cristal y dentro de ella, una ciudad entera, con sus luces, edificios, puentes y carreteras. Cuando estuvo más cerca, Jorge vio también pequeños drones y naves volando y en las calles de la ciudad caminando a seres parecidos a humanos, pero de color rojo brillante. Entonces el ascensor fue ralentizando su vuelo, aproximándose a una entrada abierta en la cúpula, donde había un grupo de estos seres, esperando a que aterrizara. El ascensor se coló por la entrada y ésta se cerró.
* * * * *
—¡Hola Jorge! —saludó uno de ellos al ver a Jorge salir del ascensor—. Bienvenido a nuestra colonia lunar. Soy el agente interestelar Z1A2; aunque el nombre humano que me pusieron mis jefes es Francisco Tilla Marujón o Paco Tilla, para los amigos; pero para ti, seré «señor Tilla».
Los acompañantes rojizos que oyeron la presentación del señor Tilla emitieron una especie de silbido parecido a una risa. «¿De qué se reirán estos tontos?» pensó entonces Jorge «¿Y cómo sabe mi nombre este tipo tan feo?».
—¡No nos insultes, Jorge! —dijo el señor Tilla— Puedo escuchar el pensamiento humano. Te explicaré lo sucedido: estás aquí entre nosotros, por decisión del CIREME, Consejo Interplanetario de Reparaciones de Especies Mentalmente Enajenadas y te hemos hecho venir…
—Ya, pero no teníamos más remedio… Como te decía… Te hemos hecho venir en un ascensor trucado, dotado de autopropulsión e Inteligencia Artificial, después de que fueras elegido de entre los millones de seres humanos de la Tierra como ejemplar perfecto para nuestro experimento.
—¿El ejemplar perfecto?
—Sí, el ejemplar perfecto de ser humano que habiendo nacido con todo (amor, salud y dinero), no sabe qué hacer con su vida. Yo he sido el encargado de enterarme de los detalles de tu día a día y de ir con el chisme al CIREME. Sé todo sobre ti.
—¿Todo?
—Todo. Sé cómo está tu expediente académico en el instituto; sé cómo llevas las relaciones con tus padres, con tu novia y tus amistades; sé cómo vas en el nuevo trabajo, sé cuáles son tus hobbies —me he tenido que tragar cada una de tus partidas a Roblox, Fortnite, Minecraft, League of Legends…(1)— Espiarte no ha sido divertido, especialmente cuando te lo pasabas genial jugando con tu consola. Me he aburrido más que una piedra en un desierto.
—¿Y qué culpa tengo yo de que seas tan cotilla y chismoso?
—Es el trabajo que me obligaron a hacer. Nadie lo quería. Encima mis jefes me pusieron este nombre y apellidos humanos ciertamente ridículos —se escuchó de nuevo la risa silbante de los que acompañaban—. ¿Ves cómo se ríen de mí por tu culpa mis compañeros de trabajo? Encima me pagan una miseria. No es estimulante espiar a un humano que no sabe lo que quiere en la vida.
Jorge no sabía muy bien qué decirle al señor Tilla para consolarlo. A él tampoco le pagaban mucho por ser repartidor de comida, y también él, tenía lo suyo, aguantando a gente maleducada y rara como el último cliente.
—Bueno, pero entonces ¿Qué quieren que haga? ¿Para qué me han traído hasta aquí?
El señor Tilla extendió entonces sus brazos frente a Jorge y abrió las manos. En la palma izquierda apareció, como de la nada, una cápsula de color blanco; en la derecha, un vaso con un líquido rojo.
—Queremos que te tomes esta pastilla. Con ella, tu vida cambiará. O eso pensamos. Si la pastilla funciona te harás más responsable, no te será ya tan placentero perder el tiempo con tu vida virtual, y empezarás a esforzarte en tu vida real. Madurarás.
«¡Menuda trola se está echando!» pensó Jorge.
—No es trola —apostilló algo ofendido el señor Tilla.
—Vale, vale… Pero ¿por qué me eligen a mí, si al menos me he esforzado trabajando?
—Porque en verdad solo lo haces para conseguir cosas materiales y para convertirte en el futuro en un ser humano codicioso que se aprovecha del esfuerzo de los demás. No lo haces para aprender, ni para ayudar a los demás. Así que tú nos servirás de cobaya. Si sirve, intentaremos dársela a todos los humanos. Últimamente, andan muy despistados sobre lo que es realmente importante en la vida. Casi nadie sabe qué hacer con ella o la derrochan o la usan para perjudicar a otros. Es una enfermedad que se está apoderando de vuestra especie. Se llama Estupiditis Crónica. La hay en otros planetas, pero en el de ustedes es alarmante, y les tenemos que dar prioridad.
«¡Madre mía!» pensó Jorge asombrado y más convencido.
—No debes preocuparte por tu madre. Ella aún no la sufre. Ni por tu novia, aunque tu padre la ha cogido un poco. Pero ¿quién sabe dentro de unos años? Los seres humanos cada vez sois más codiciosos, cada vez os respetáis menos por vuestras diferencias personales y no cuidáis nada el propio planeta. La Estupiditis Crónica se contagia rápido.
Jorge cogió la cápsula y la miró a trasluz. El señor Tilla le dijo que no podía morderla. Debía tragarla entera.
—Pues dame un RedBull (2) para que no me atragante—pidió Jorge.
—¡Nooooooooo! —dijeron todos a coro, incluido el señor Tilla, que prosiguió diciendo— Es mejor que te la tomes con este zumo cien por cien de pomelo —y le dio el vaso con el líquido rojo.
—Pero no me gusta nada el zumo de pomelo —protestó Jorge—. Es amargo.
—Sí, lo sé. Como amargo es casi todo lo que uno tiene que hacer en la vida para mejorar.
Entonces Jorge se puso la cápsula en la lengua y se la tragó bebiendo el zumo. A los pocos segundos, sintió una repentina sensación de sueño, se sentó en el suelo y se quedó dormido.
* * * * *
Al despertar, se vio dentro del ascensor recostado en una de sus paredes. En la pantalla estaba el número diez y las puertas abiertas «¿Habrá sido todo un sueño?» pensó «Si lo fue, era muy real, la verdad». e incorporándose, salió con la maleta en la que aún llevaba el pedido. Caminó por un pasillo hasta dar con la puerta del cliente. Tocó y su voz desagradable se oyó refunfuñando tras ella desde el fondo de la casa. La puerta se abrió y apareció un hombre flaco y desgreñado con pinta de estar a malas con todo el mundo.
—La próxima vez, me quejaré a tus jefes. La gente joven como tú no sabe lo que es hacer bien su trabajo. Ni para éste de repartidor, sirve.
Jorge se le quedó mirando en silencio: aquel ser humano no daba para más. Iba a ser difícil que cambiara —ni con la cápsula del señor Tilla—; tendría mucho dinero, un buen negocio o un trabajo muy bien pagado, buenos coches, una moto mejor que la de su primo, un móvil última generación, aquella casa en la urbanización más lujosa de la ciudad… Pero ¿para qué si había perdido todo el respeto por los demás?
Entonces Jorge le entregó el pedido sin decir nada y salió.
Desde ese día, escuchó con más atención los consejos que le daba su novia, su madre y todo aquel que no hubiera cogido aún la Estupiditis Crónica… aunque no sabemos bien si fue o porque se hartó de la vida que llevaba o porque le hizo efecto la cápsula del señor Tilla.
David Galán Parro
12 de febrero de 2026
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Bebida energética distribuida por la compañía austríacaRed Bull GmbH.[1] Fue creada en los años 1980 por el austriaco Dietrich Mateschitz, a partir de una fórmula concebida por el tailandés Chaleo Yoovidhya. La primera lata se vendió el 1 de abril de 1987 en su país de origen, Austria, siendo el lanzamiento no solamente de un producto totalmente novedoso, sino el nacimiento de la categoría de bebidas energéticas.