
Al mar le debo un reencuentro.
Ella, que me arrastra a la rutina,
esa tarde se dejó llevar —convencida por fin—
a la orilla del mar.
Estábamos en la arena, mirando las olas, los niños y los bañistas.
«¿Qué sentido tiene estar sin más?» dijo.
«En cualquier lugar puede ser formulada la misma pregunta» dije yo
«Nada me llama la atención aquí» insistió,
y había cielo y mar y montañas y horizonte y alegría de niños
y el ocaso prodigándose por todas partes.
Entré en las olas y nadé en soledad hacia lo profundo.
Ella no estaba para eso. Las cosas de mujer le excusaban.
No me importó.
Salí y no me había esperado.
Tampoco me importó.
Al rato, se asomó a la baranda del paseo,
en ese momento, un río de caras variopintas,
y me ofreció sorbos de un café para llevar,
mencionando lo que le había costado
en tiempo y en dinero: una barbaridad, un abuso.
Entonces dijo: «Nos sentamos en ese banco»
y yo dije sí —y el sí era también mío—,
y en el banco, otra vez frente al mar,
me contó una breve conversación espontánea
con un desconocido en la cafetería.
Me alegró sentirla relajada mientras contaba.
Volvimos a casa
con arena en el calzado,
con mi bañador húmedo,
con el frío en las costillas y en los riñones,
y sobre todo, con la rutina rota.
En la cama, las cosas de mujer no importaron.
No hubo orgasmo,
pero nos reencontramos
con uno de esos momentos bisoños de antaño,
renovado.
Y todo, porque la tarde, el mar y la playa,
impusieron sus sanadoras sendas secretas,
muy lejos de las que por demasiado transitadas,
se nos habían quedado desgastadas.
El sentido del estar sinsentido
no se conoce de antemano…
Mejor así:
esa relajada ignorancia
es la perfecta huida
de lo que lentamente todo lo mata.
David Galán Parro
5 de abril de 2026