Descubriendo a mamá

Mis primos cargaban el féretro donde iba mamá. La comitiva la formábamos unas treinta personas. El camposanto estaba silencioso y nosotros también. Todo obraba armonizado para mamá. El brazo de Silvia me prendió la cintura; yo, un poco por corresponderle, le pasé el mío por el hombro. Era un último gesto mutuo: entre nosotros se deslizaba ya sin retorno el frío pragmatismo de la ruptura. La tristeza y la culpa me embargaban mientras caminábamos. En mi vida no había hecho otra cosa que intentar cerrar puertas tras de mí, escribir capítulos siempre malogrados. Y la  indiferencia por la suerte de mamá de los dos últimos años era una de esas puertas, uno de esos capítulos.

Delante de nosotros iba Clara. Había viajado desde Irlanda expresamente para despedir a mamá. También sentiría como yo, el no haber hecho nada por recomponer su relación con ella. La idea no me aliviaba. Clara intentaba mantener su falsa fotografía familiar, su mascarada de vida plena en Irlanda. Tres años antes, la crisis la había llevado allá como camarera de hotel; luego, la relación íntima con el gerente, su actual esposo, la había hecho medrar dentro de la empresa; después un hijo con él la había apartado del trabajo—eso convinieron—; y ahora, dos o tres competidoras  andaban socavando el matrimonio. Pronto volvería a España —estaba cantado— y yo preveía que la distancia entre nosotros sería más obscena superada la geografía. Era una tarde gris y caminábamos junto al féretro ¿qué otra cosa podíamos ya hacer por mamá?

Frente al nicho, mis primos descargaron el féretro y lo introdujeron en él. Mamá se perdía definitivamente de vista en el hueco. De fondo, las ramas de los cipreses se oían agitadas por el viento. Una fina lluvia nos empapaba ininterrumpidamente. El operario iba colocando la lápida mientras yo pasaba revista a los asistentes. Los reconocía a todos. A todos, menos a uno: un señor calvo, con barba, fornido y de baja estatura —de hecho, era el más bajo de la comitiva— de unos sesenta y largos años. Vestía de forma descuidada y llevaba una cazadora vieja con forro de felpa y pantalones vaqueros. Estaba solo y parecía ensimismado. Miré a sus pies y le vi unas zapatillas deportivas gastadas que desentonaban en color y estilo con el conjunto. Luego observé que regularmente se llevaba un pañuelo a la nariz y se sonaba. En sus ojos —a mi alcance estaban— entreví una profunda afectación. A toda vista, parecía un hombre bueno ¿Quién sería? Pregunté discretamente a Silvia y no supo decirme. Cuando el operario terminó el sellado y se fue, Clara agradeció la compañía a los asistentes. Luego, el lugar se fue despejando y quedamos los más allegados; también el desconocido. Seguía solo, pero ahora frente al nicho, mirándolo. Me acerqué a su lado y me presenté.

—Era una gran mujer, su madre —recuerdo que dijo—. La conocí en la parroquia. Llevaba comida y ropa para mucha gente. Fue de gran ayuda.

Siempre le atribuí a mamá una escasa vida social. Tal vez, un instinto de supervivencia tras la muerte de papá le llevó a su faceta filantrópica en medio de una soledad extrema y un orgullo de madre abandonada, a no comunicarnos nada. Por su modo de vestir, deduje que aquel hombre sería uno de los beneficiados.

—También gracias a ella me animé a volver a terapia. Le prometí que cumpliría.

Me pregunté cómo habría mamá conseguido traspasar el trato formal y entrar en aquellas intimidades con él. Fue entonces cuando sentí que en verdad no me despedía de mamá —o de quien yo recordaba como mamá—, sino de una mujer a la que le atribuía una soledad e infelicidad insalvables que no eran más que la proyección de lo que temía en mi ruptura con Silvia. Como se suele decir, mamá «había rehecho su vida», sin miedos, pero a espaldas de Clara y de mí, con intereses que no calculábamos y que no eran propios de nuestras urgentes vidas.

El hombre me miró fijamente. Unos hermosos ojos azules parecían a punto de quebrarse. Entonces dijo:

—Yo no podía conocerte ni a Clara ni a ti. Era el trato. No se lo reproches.

Y dicho esto, se despidió y sin mirar atrás enfiló por el camino flanqueado de hierba y flores. No lo volví a ver.

David Galán Parro

8 de marzo de 2026

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