
(NOTA: El siguiente texto lo escribí en 1988 a los doce años. Lo presento sin modificar)
Como he de contar había una vez un topo que tenía los ojos negros que la vida no veían.
Viose el pobre cegato en tal maltrecha situación, pues era que a cada tres o cuatro pasos que daba, besaba duro y sucio suelo en donde contaba estrellas una a una y dolores y más dolores llegaban y se iban de su cabeza.
Ya harto de su desdicha decidió ver al cuervo oculista de quien seguramente arreglásele su problema ciego.
—Este problema se le presenta a los topos en su mayoría —decía el cuervo—, pero tiene arreglo, pues usando estas gafas ya verás que saldrás de tus sufrires —terminó su consejo y de allí salió alegre el topo.
Pues poco después viole el celoso búho que quedole el celo por las gafas que el topo usaba. Creía el muy tacaño que con esas mismas gafas contaría mejor su mucho dinero y quiso él también unas parecidas. Visitó también al oculista cuervo…
—Quiero unas gafas que me hagan ver el dinero que tengo mejor —decíale la codicia.
—Estas le servirán —aconsejole el cuervo.
—No. Éstas son borrosas.
—Pues éstas… —volvió a decirle.
—No. Veo pequeñas las cosas —optó el búho por la negación.
Así pasáronse horas y horas cambiando y probando gafas que ya casi loco el oculista estaba y quiso éste darle entonces las de la tontuna, las de sin cristales. Y así tomó el búho aquellas con su muy tonto deseo, y tan locamente las deseó que por ellas pagó la mitad de toda su fortuna.
¿Quién no hubiera reído ante semejante estupidez? Y así acaeció que riose más el oculista que un payaso de circo, pues se fue el búho entusiasmado con el creer de las gafas que se hallaban con transparentes cristales. Y bien ganó el cuervo oculista, pues merecido se lo tenía el búho.
David Galán Parro