La pastilla del señor Tilla

Jorge Agustín Regustín acababa de cumplir dieciocho y no quería seguir estudiando en el instituto. Se lo pasaba sin hacer nada y desperdiciaba su tiempo jugando a videojuegos, haciendo comentarios random en las redes sociales y escroleando con el móvil todo el rato. En consecuencia había suspendido todas e iba a repetir. Su padre le decía:

—¡Si no quieres estudiar tienes que buscarte un trabajo y ahorrar para independizarte! 

Y sí, a Jorge le hacía ilusión la idea de independizarse, especialmente porque tenía una novia con la que soñaba convivir algún día en una casa propia. También significaba comprarse el móvil de última generación, una buena moto como la de su primo, ropa de marca, y demás lujos, hacerse rico algún día como influencer o invirtiendo en bolsa,… Pero claro, como las cosas no se regalan tenía sí o sí que aceptar lo que le decía su padre: tenía que encontrar un trabajo.

A los pocos días de dejar el instituto consiguió uno de repartidor de comida a domicilio en una hamburguesería, cosa que le alegró de entrada. Siempre le había gustado ir en la patineta eléctrica a todas partes y a mucha velocidad y en su trabajo la patineta era imprescindible para llevar los pedidos a tiempo. Todo le pareció muy divertido al principio, —al principio, claro— pero cuando se vio conduciendo la patineta tantas horas al día y teniendo que sortear peligrosamente el tráfico de la ciudad, ya el trabajo no le pareció tan divertido. Además le pagaban poco y eso de ahorrar e independizarse iba a tardar más de lo que esperaba.

—Creo que tardaremos en vivir juntos —le dijo Jorge decepcionado a su novia—. Pagan poco y las cosas están caras.

—No tengas prisa, Jorge. Deja el trabajo. Es mejor que trabajes en verano y aproveches estos meses para sacarte el carnet de conducir. El curso que viene vuelve al instituto y tómate en serio los estudios. Yo estoy bien en casa con mis padres y no necesitamos todavía irnos a vivir juntos.

Pero a Jorge, que era obstinado, no le tranquilizaba la solución; así que prefirió seguir en su trabajo, a la vez que perder el tiempo con los videojuegos y las redes sociales.

* * * * *

Un día, un cliente llamó por teléfono al restaurante para hacer su pedido. Hablaba imperiosamente:

—Quiero el punto de la carne bien hecha. No me gusta cruda. Échenle poco ketchups a las papas, que el ketchup me da ardor de estómago. La ensalada que no tenga cebolla; me deja la boca apestando. Y no me pongan refresco; tiene mucho gas, se me hincha la barriga y me cuesta después ponerme los pantalones. Mejor agua sin gas, natural.

—Sí, señor —dijo Jorge

—¡AH! ¡Y NO TARDES! —gritó.

El cliente dio la dirección de casa y colgó.

Cuando el pedido estuvo preparado, Jorge lo metió en su maleta de reparto y salió con la patineta como un rayo hacia la casa del cliente. Ésta se encontraba en la urbanización mas lujosa de la ciudad y en el último piso de un edificio de diez plantas. Cuando Jorge llegó tocó en el telefonillo. La voz enfadada del cliente se escuchó entonces:

—¡TE HAS RETRASADO CINCO MINUTOS!

A pesar del reproche, el cliente abrió la puerta. Jorge dejó la patineta en el zaguán, entró en el ascensor —diez plantas eran muchas plantas por la escalera— y pulsó el botón con el número diez. La puerta se cerró al instante y el ascensor empezó a subir «Uno, dos, tres, cuatro, cinco,…» iba contando Jorge «seis, siete, ocho, nueve, diez, once ¿once?, doce ¿DOCE?, ¿TRECEEEEE?…» y el ascensor seguía subiendo y subiendo y subiendo. Entonces miró por la ventana incrustada en la puerta y vio que el ascensor había roto el último techo del edificio y se alejaba volando de él «CINCUENTA Y DOS, CINCUENTA Y TRES, CINCUENTA Y CUATRO,… ¡Madre mía! ¿Cómo voy a volver, ahora?»; luego dejó de ver el edificio y vio todo el barrio, y luego dejo de ver el barrio y vio toda la ciudad con las montañas que la rodeaban y el río que por mitad de ella pasaba como un hilito azul echado sobre la tierra. Y fue tan y tan alto que atravesó las nubes y acabo viendo grandes cúmulos de nubes y un cielo azul por todas partes. Y ya cuando el ascensor cogió una altura increíble, el cielo empezó a oscurecerse a la vez que las nubes se alejaban de su vista: estaba entrando en el espacio sideral. Y así fue que al poco vio la hermosa esfera azul que es nuestro planeta Tierra con sus continentes, brillando inmensa como solo un astronauta puede verla. «MIL DOSCIENTOS SETENTA Y TRES,  MIL DOSCIENTOS SETENTA Y CUATRO, MIL DOSCIENTOS SETENTA Y CINCO,…» salían los números en la pantallita del ascensor —Jorge ya no contaba—. Entonces, a lo lejos otra esfera plateada apareció: era la luna que poco a poco se agrandaba a medida que el ascensor se acercaba a ella. Unos minutos después el ascensor comenzó a orbitarla y se quedó sobrevolando su superficie, como si buscará un sitio apropiado para aterrizar, sin cráteres y llano. Así estuvo un rato sin tocar tierra, hasta que detrás de una montaña se dejó ver una enorme cúpula hecha de cristal y dentro de ella, una ciudad entera, con sus luces, edificios, puentes y carreteras. Cuando estuvo más cerca, Jorge vio también pequeños drones y naves volando y en las calles de la ciudad caminando a seres parecidos a humanos, pero de color rojo brillante. Entonces el ascensor fue ralentizando su vuelo, aproximándose a una entrada abierta en la cúpula, donde había un grupo de estos seres, esperando a que aterrizara. El ascensor se coló por la entrada y ésta se cerró.

* * * * *

—¡Hola Jorge! —saludó uno de ellos al ver a Jorge salir del ascensor—. Bienvenido a nuestra colonia lunar. Soy el agente interestelar Z1A2; aunque el nombre humano que me pusieron mis jefes es Francisco Tilla Marujón o Paco Tilla, para los amigos; pero para ti, seré «señor Tilla». 

Los acompañantes rojizos que oyeron la presentación del señor Tilla emitieron una especie de silbido parecido a una risa. «¿De qué se reirán estos tontos?» pensó entonces Jorge «¿Y cómo sabe mi nombre este tipo tan feo?».

—¡No nos insultes, Jorge! —dijo el señor Tilla— Puedo escuchar el pensamiento humano. Te explicaré lo sucedido: estás aquí entre nosotros, por decisión del CIREME, Consejo Interplanetario de Reparaciones de Especies Mentalmente Enajenadas y te hemos hecho venir…

—¡Querrás decir «te hemos secuestrado»! —interrumpió molesto Jorge.

—Ya, pero no teníamos más remedio… Como te decía… Te hemos hecho venir en un ascensor trucado, dotado de autopropulsión e Inteligencia Artificial, después de que fueras elegido de entre los millones de seres humanos de la Tierra como ejemplar perfecto para nuestro experimento.

—¿El ejemplar perfecto?

—Sí, el ejemplar perfecto de ser humano que habiendo nacido con todo (amor, salud y dinero), no sabe qué hacer con su vida. Yo he sido el encargado de enterarme de los detalles de tu día a día y de ir con el chisme al CIREME. Sé todo sobre ti.

—¿Todo?

—Todo. Sé cómo está tu expediente académico en el instituto; sé cómo llevas las relaciones con tus padres, con tu novia y tus amistades; sé cómo vas en el nuevo trabajo, sé cuáles son tus hobbies —me he tenido que tragar cada una de tus partidas a Roblox, Fortnite, Minecraft, League of Legends…(1)— Espiarte no ha sido divertido, especialmente cuando te lo pasabas genial jugando con tu consola. Me he aburrido más que una piedra en un desierto.

—¿Y qué culpa tengo yo de que seas tan cotilla y chismoso?

—Es el trabajo que me obligaron a hacer. Nadie lo quería. Encima mis jefes me pusieron este nombre y apellidos humanos ciertamente ridículos —se escuchó de nuevo la risa silbante de los que acompañaban—. ¿Ves cómo se ríen de mí por tu culpa mis compañeros de trabajo? Encima me pagan una miseria. No es estimulante espiar a un humano que no sabe lo que quiere en la vida. 

Jorge no sabía muy bien qué decirle al señor Tilla para consolarlo. A él tampoco le pagaban mucho por ser repartidor de comida, y también él, tenía lo suyo, aguantando a gente maleducada y rara como el último cliente.

—Bueno, pero entonces ¿Qué quieren que haga? ¿Para qué me han traído hasta aquí?

El señor Tilla extendió entonces sus brazos frente a Jorge y abrió las manos. En la palma izquierda apareció, como de la nada, una cápsula de color blanco; en la derecha, un vaso con un líquido rojo.

—Queremos que te tomes esta pastilla. Con ella, tu vida cambiará. O eso pensamos. Si la pastilla funciona te harás más responsable, no te será ya tan placentero perder el tiempo con tu vida virtual, y empezarás a esforzarte en tu vida real. Madurarás.

«¡Menuda trola se está echando!» pensó Jorge.

—No es trola —apostilló algo ofendido el señor Tilla.

—Vale, vale… Pero ¿por qué me eligen a mí, si al menos me he esforzado trabajando?

—Porque en verdad solo lo haces para conseguir cosas materiales y para convertirte en el futuro en un ser humano codicioso que se aprovecha del esfuerzo de los demás. No lo haces para aprender, ni para ayudar a los demás. Así que tú nos servirás de cobaya. Si sirve, intentaremos dársela a todos los humanos. Últimamente, andan muy despistados sobre lo que es realmente importante en la vida. Casi nadie sabe qué hacer con ella o la derrochan o la usan para perjudicar a otros. Es una enfermedad que se está apoderando de vuestra especie. Se llama Estupiditis Crónica. La hay en otros planetas, pero en el de ustedes es alarmante, y les tenemos que dar prioridad.

«¡Madre mía!» pensó Jorge asombrado y más convencido.

—No debes preocuparte por tu madre. Ella aún no la sufre. Ni por tu novia, aunque tu padre la ha cogido un poco. Pero ¿quién sabe dentro de unos años? Los seres humanos cada vez sois más codiciosos, cada vez os respetáis menos por vuestras diferencias personales y no cuidáis nada el propio planeta. La Estupiditis Crónica se contagia rápido.

Jorge cogió la cápsula y la miró a trasluz. El señor Tilla le dijo que no podía morderla. Debía tragarla entera.

—Pues dame un RedBull (2) para que no me atragante—pidió Jorge.

—¡Nooooooooo! —dijeron todos a coro, incluido el señor Tilla, que prosiguió diciendo— Es mejor que te la tomes con este zumo cien por cien de pomelo —y le dio el vaso con el líquido rojo.

—Pero no me gusta nada el zumo de pomelo —protestó Jorge—. Es amargo.

—Sí, lo sé. Como amargo es casi todo lo que uno tiene que hacer en la vida para mejorar.

Entonces Jorge se puso la cápsula en la lengua y se la tragó bebiendo el zumo. A los pocos segundos, sintió una repentina sensación de sueño, se sentó en el suelo y se quedó dormido.

* * * * *

Al despertar, se vio dentro del ascensor recostado en una de sus paredes. En la pantalla estaba el número diez y las puertas abiertas «¿Habrá sido todo un sueño?» pensó «Si lo fue, era muy real, la verdad». e incorporándose, salió con la maleta en la que aún llevaba el pedido. Caminó por un pasillo hasta dar con la puerta del cliente. Tocó y su voz desagradable se oyó refunfuñando tras ella desde el fondo de la casa. La puerta se abrió y apareció un hombre flaco y desgreñado con pinta de estar a malas con todo el mundo.

—La próxima vez, me quejaré a tus jefes. La gente joven como tú no sabe lo que es hacer bien su trabajo. Ni para éste de repartidor, sirve.

Jorge se le quedó mirando en silencio: aquel ser humano no daba para más. Iba a ser difícil que cambiara —ni con la cápsula del señor Tilla—; tendría mucho dinero, un buen negocio o un trabajo muy bien pagado, buenos coches, una moto mejor que la de su primo, un móvil última generación, aquella casa en la urbanización más lujosa de la ciudad… Pero ¿para qué si había perdido todo el respeto por los demás?

Entonces Jorge le entregó el pedido sin decir nada y salió.

Desde ese día, escuchó con más atención los consejos que le daba su novia, su madre y todo aquel que no hubiera cogido aún la Estupiditis Crónica… aunque no sabemos bien si fue o porque se hartó de la vida que llevaba o porque le hizo efecto la cápsula del señor Tilla.

David Galán Parro

12 de febrero de 2026

  1. Video-juegos contemporáneos muy demandados y consumidos en el mercado del ocio virtual.
  2. Bebida energética distribuida por la compañía austríaca Red Bull GmbH.[1] Fue creada en los años 1980 por el austriaco Dietrich Mateschitz, a partir de una fórmula concebida por el tailandés Chaleo Yoovidhya. La primera lata se vendió el 1 de abril de 1987 en su país de origen, Austria, siendo el lanzamiento no solamente de un producto totalmente novedoso, sino el nacimiento de la categoría de bebidas energéticas.

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