Nació sin nada,
sin padre ni madre,
porque —dicen— la madre murió en el parto
y el padre andaba desaparecido.
En la casa de acogida,
los demás eran hermanos
y las cuidadoras, madres.
No entendía en el colegio,
porque —dicen— no atendía.
«Comportamiento disruptivo»
aclaraba el expediente escolar.
En el instituto, pegó fuego a una mesa,
para acallar un rato las voces de su mente,
y lo expulsaron.
Recurrió al alcohol y luego a las drogas,
porque —dicen— era inmaduro;
pero era en verdad también,
para acallar un rato las voces de su mente.
Con dieciocho años buscó empleo
pero todos los perdía,
porque —dicen— era un inadaptado, un vago.
Siguió sin nada:
no quería medrar —dicen—.
La crisis económica le dio a conocer la calle
Le apalearon de noche en una acera;
sólo tenía su cartón de vino.
Otro día, lo atropelló un coche
y quedó inválido de cintura para abajo.
Cuando vino la guerra,
no pudo correr para alcanzar el refugio antiaéreo
y se lo llevó la misma lengua de fuego que se llevó
la acera, las casas, los coches, los postes, los jardines…
Y todo esto,
porque —dicen— no quiso hacerse a sí mismo.
David Galán Parro
13 de enero de 2026